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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 178 | Enero 1997
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Centroamérica

La gran mentira del desarrollo

Este documento es la carta preocupada de un amigo del Norte que trabaja en el Sur. Es una llamada de atención para las ONG, un texto para la reflexión y el debate.

Andrés McKinley

En esta oportunidad les escribo para informarles que, debido a los cambios relativos a la participación de la región en la toma de decisiones dentro de la Community Aid Abroad (CAA) (Oxfam Australia), he decidido renunciar como su representante regional para Centroamérica. Aprovecho para agradecer a todas y a todos su apoyo y amistad durante los cinco años que trabajé con la institución y espero que nuestros caminos continúen cruzándose en el futuro.

* Como los viejos irlandeses jamás abandonamos un lugar calladamente, antes de cerrar este capítulo de mi vida en Centroamérica, quisiera compartir con ustedes algunas de mis preocupaciones. No con el propósito de hacer un juicio personal de la institución, sino como un pequeño esfuerzo con el que llamar la atención sobre lo que percibo como una tendencia preocupante dentro de la comunidad internacional de ONGs en su conjunto.

* En 1977, cuando llegué a Centroamérica, las manifestaciones de descontento popular estaban en su apogeo. Estudiantes, campesinos, trabajadores y pobladores de tugurios se movilizaban alrededor de temas apremiantes como la tenencia de la tierra, los salarios, la vivienda y los servicios básicos. Al final de aquella década, y ante la escalada de la represión gubernamental, las protestas se volvieron más violentas y grandes sectores de la sociedad optaron por la lucha armada.

* Quienes de nosotros vivimos esta situación, acompañando a los pueblos centroamericanos en estos largos años de conflicto, aprendimos las lecciones evidentes de ese momento de la historia. En primer lugar, que el fracaso de los esfuerzos previos por construir estas naciones y promover el desarrollo de sus pueblos se debía a la imposición de esquemas económicos y de modelos políticos de naturaleza jerárquica y excluyente. En segundo lugar, que la promoción de un sistema más democrático y participativo sólo podría lograrse a través de instituciones y organizaciones que supieran internalizar y poner en práctica los valores y principios alternativos que promovían.

* Cuando empecé a trabajar con CAA en 1992, la institución estaba iniciando un interesante experimento de descentralización. La planificación estratégica y la toma de decisiones relacionadas con el diseño de programas y la selección de contrapartes se trasladaba gradualmente de la sede en Australia a la región. Con afán de ir democratizando más la toma de decisiones dentro de la región, formamos también un Comité Asesor de centroamericanos de los cuatro países en los que trabajamos.

* A mediados de 1996, para enfrentar la crisis económica de la institución, CAA empezó a hablar de "presiones externas para redefinir el enfoque del programa", explicándonos que la necesidad de buscar financiamiento externo obligaba a que el programa "se dirigiera más por parámetros externos". A la vez, nos informaron que el rumbo por el que el Comité Asesor quería llevar el programa ya no se correspondía con las prioridades organizacionales de CAA, y que la futura administración del programa estaría cada vez más dentro del ámbito de la sede central en Australia.

* CAA no es la única agencia internacional que se encuentra hoy en día ante este dilema. Las fuentes externas de financiamiento (principalmente gubernamentales o multilaterales) están definiendo cada vez más la agenda de desarrollo de muchas ONGs internacionales y nacionales. Dentro de este nuevo contexto, la toma de decisiones en forma participativa es mirada cada vez más como un obstáculo y se le resta importancia a los mecanismos que le dan voz a las comunidades locales en la definición de las prioridades y en el diseño de los programas de desarrollo.

* CAA insiste en que su compromiso por "armonizar" unir las fuerzas de las diversas Oxfam para maximizar el impacto de sus programas y esfuerzos es otro factor que exige de un control centralizado. Pero, maximizar el impacto de esos programas en Centroamérica requiere también de la participación de los centroamericanos. Además, resulta irónico que CAA abandone con nosotros la línea de trabajo que mantiene en sus cabildeos con el Banco Mundial, el FMI y Naciones Unidas, orientada, precisamente, a que CAA logre mayores niveles de participación en la formulación de las políticas.

* El punto principal en todo esto no es la reducción del papel de las oficinas regionales. La cuestión más profunda es quién define la agenda del desarrollo en la región y a qué intereses responde esta agenda. Pocas agencias internacionales están logrando retomar y discutir críticamente este punto.

* En la búsqueda de su viabilidad económica, corren el riesgo de volver a poner a los pobres al margen y de seguir promoviendo la gran mentira del desarrollo: que las élites del mundo saben lo que es mejor para los pobres sin tener que preguntarles a ellos; que el proceso de desarrollo puede darse en cualquier contexto social, económico y político; que el problema de fondo es técnico y no de poder; que el proceso y la metodología aplicados no son factores determinantes; y que la solidaridad humana no es un elemento clave en el desarrollo.

* El compromiso de reducir o eliminar la pobreza y de promover estilos sostenibles de vida es, por su naturaleza, un compromiso político. Como dijo un autor, "todos formamos parte de un sistema mundial que perpetúa la pobreza y el despojo" y "la pobreza y el despojo son los resultados de la polarización del poder y de la falta de poder". Cualquier proceso de desarrollo sostenible tiene que enfocarse en el desafío de dar poder a los pobres, y esto comienza con la consolidación de mecanismos de participación.

* Una anciana salvadoreña expresó todo esto de forma mucho más sencilla. Cuando le preguntaron lo que más recordaba de Rutilio Grande sacerdote jesuita asesinado en 1977 en El Salvador por apoyar a los campesinos en sus esfuerzos por organizarse , recordó el día en que el Padre Grande le preguntó qué pensaba ella. "Nadie nunca me había hecho esa pregunta en mis 70 años", dijo la viejita.

* Antes, nuestras instituciones no sólo le pidieron su opinión a los pobres, sino que hicieron de la participación de los pobres un principio de su trabajo. Mi temor es que ahora esta tradición está llegando a su fin.

Sinceramente,
Andrés McKinley*

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