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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 172 | Julio 1996
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Centroamérica

La nueva sociedad que queremos

Para una fuerza politica realmente popular, tan importante es ganar democráticamente unas elecciones, como perderlas y desarrollar una estrategia de oposición activa y de propuestas. Nadie debe considerarse hoy vanguardia del pueblo, sino retaguardia de la sociedad civil organizada.

Juan Hernández Pico, SJ

Cayó el muro de Berlín, se desmembró la Unión Soviética y asistimos al derrumbe de utopías basadas en el socialismo que comenzó a construirse en 1917. Pero aún no se ha desplomado la gran muralla de la pobreza. Con el advenimiento de la libertad de mercado en el antiguo bloque socialista europeo y con el ocaso de un cierto tipo de proyectos revolucionarios en nuestra Centroamérica -simbolizado en la derrota electoral del sandinismo en 1990 y más aún en su crisis ética- no ha mejorado nada la vida de las dos terceras partes de la humanidad, que vive en la miseria. Una nueva sociedad es aún necesaria en el mundo y en Centroamérica. ¿Qué rasgos fundamentales ha de tener esa sociedad nueva? ¿Podemos ya esbozar sus contornos básicos?

Mundialización y globalización

Las semillas de una nueva sociedad tienen que ser sembradas ya desde ahora y esa sociedad nueva acontecerá con dimensiones mundiales. Hoy coexisten simultáneamente una mundialización humanizante y una globalización deshumanizante. Frente a todo tentador maniqueísmo, también en los actuales cambios universales encontramos que el buen grano y la maleza crecen juntos.

Humanizante es el fin del provincianismo, la conciencia de universalidad con que vivimos en los rincones más apartados, la proximidad de todos los que habitamos ya como vecinos esta aldea planetaria. Es humanizante la posibilidad de vivir como cercanas las catástrofes de Bosnia o de Ruanda y Burundi y como propios los triunfos de Sudáfrica o de Haití, así como el participar, más allá de las distancias, en los grandes encuentros deportivos, musicales o religiosos de la humanidad.

Deshumanizante es que esa universalidad se haya logrado con el triunfo global de un capitalismo que ha transnacionalizado como modo de producción la máxima eficacia explotadora, imponiendo a todos el cosmopolita estilo de vida de los altos e intercambiables ejecutivos de las multinacionales.

Crucial es reconocer que lo que ha sucumbido en esta globalización es el internacionalismo solidario de los pobres de la tierra, que pretendió ser representado por el de las clases proletarias y terminó siendo suplantado por el interés de un Estado-Partido superpotencia y de su clase burocrática dirigente. Una mundialización en la que la solidaridad encuentre nuevos cauces institucionales es un gran desafío aún pendiente. No se puede abordar el proyecto de una nueva sociedad en una dimensión que no integre la mundialización y que no busque la superación de la globalización transnacionalizadora de signo capitalista, que mina hoy la vida de las mayorías de la humanidad.

Aquí ha de situarse nuestro cambio de perspectiva. No nos basta analizar la globalización constatándola. Frente a ella, frente a lo que desde nuestros valores son sus características deshumanizantes, tenemos que diseñar un programa de esfuerzos convergentes para hacer que surjan sus posibilidades de mundialización humanizante. Se trata de introducir cada vez más mecanismos democráticos en el sistema mundial que ha emergido del cambio de época de 1989-91.

Por arriba y por abajo

Esos esfuerzos convergentes deben emprenderse por arriba y por abajo. Por arriba, repensando los vínculos sociales en la tan heterogénea sociedad mundial, desenmascarando las ideologías de la globalización, planteando nuevos desafíos éticos, esclareciendo la doble moral que presenta como relaciones internacionales lo que son vínculos elitistas al interior de la clase dirigente transnacional o que da validez sólo nacional a valores que deben tener vigencia universal. El ingente y creciente problema de las migraciones, la elaboración de un derecho laboral a nivel mundial, el combate contra el racismo, son algunas piezas de la agenda de una mundialización humanizante. Hay que luchar también por la democratización institucional de las Naciones Unidas: por la supresión del derecho de veto de las cinco grandes potencias y por la ampliación a Estados del Tercer Mundo la membresía permanente en el Consejo de Seguridad. Y no hay que cejar en los esfuerzos porque se democraticen el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, esas grandes dictaduras al servicio de la transnacionalización capitalista.

Pero es muy importante que también por abajo programemos los esfuerzos convergentes: organizando redes internacionales de solidaridad en la sociedad civil. Redes religiosas -en el ámbito católico, por ejemplo, entre parroquias "hermanas"-, redes de luchadores por los derechos humanos y contra la impunidad, redes de medios de comunicación alternativos, de proyectos de desarrollo, de bancos populares para democratizar el crédito, de iniciativas de salud, de vivienda, de educación formal y no formal, de organizaciones no gubernamentales, de agrupaciones de mujeres, de organizaciones étnicas, etc., etc.

A pesar de los fracasos de las revoluciones, no ha perdido vigencia la necesidad de construir un poder popular y de socializar la formación humana, los medios económicos, las formas organizativas y los sueños culturales. Inventar con la gente formas eficaces de movilización popular para ir creando estas redes de solidaridad es un gran reto que tenemos entre manos. Un reto que tendrá que enfrentar el desencanto de grandes masas de la población, inclinadas hoy hacia valores y sueños conservadores e individualistas.

Intentar darle al movimiento popular una dimensión mundial de lucha significa ir construyendo una identidad social que traspase fronteras estatales, ocupacionales, étnicas, lingüísticas, religiosas, de género y de generaciones, comenzando a construir una común cultura mundial de la liberación, mientras continuamos luchando por la liberación humana en los niveles de la identidad nacional, local y personal.

Producción y especulación

Es en el nivel económico de la sociedad donde más se ha instaurado una globalización, marcada por dos tendencias enormemente deshumanizantes. La primera, la tendencia a sustituir -no solamente a complementar y a aliviar- el trabajo humano con el de la máquina. Este proceso, conocido hace unos años como automación y hoy como robotización, se refuerza con la cada vez menor incorporación de materia por unidad de producto. La segunda tendencia es la inclinación a invertir el capital más en el circuito financiero que en el productivo, especulando con la producción de dinero más que con la producción de bienes que satisfagan necesidades humanas fundamentales. Ambas tendencias se fusionan para resultar en un crecimiento económico que no lleva aparejada la creación de empleo. Unidas estas dos tendencias con una tercera -no novedosa-, la ampliación de la brecha entre los poquísimos muy ricos y los muchísimos muy pobres, conducen a una creciente pauperización de la mayoría de la humanidad y a la exclusión de cada vez más gente de las oportunidades de trabajo. Sólo en el Sudeste de Asia se está dando hoy un crecimiento económico con creación de empleos.

Es evidente que una teoría económica montada sobre la fe ciega en el libre juego del mercado total no nos está encaminando hacia la superación de las grandes desigualdades económicas que desgarran a la humanidad, ni siquiera a la satisfacción de las necesidades fundamentales de la mayoría de los seres humanos. Por sí mismo, el mercado sólo crea los empleos que permiten al capital reproducirse con las máximas tasas de ganancia en los plazos más breves posibles. La globalización transnacional deja al descubierto más que nunca que impera la ley del mayor lucro.

El triunfo de la globalización transnacional ha significado la derrota de la planificación estatal central como motor creador de riqueza social, de bienes capaces de responder en forma innovadora a las necesidades fundamentales de la humanidad. Estos dos extremismos ideológicos, el mercado total y la total planificación estatal central, han mostrado ya sus límites como motores humanizadores de la economía.

Frente a estas dos corrientes deshumanizantes, el compromiso con una nueva sociedad debe mostrar varios esfuerzos convergentes. No es posible renunciar ni teórica ni prácticamente a la economía mixta. Mercado y planificación deben ser vías complementarias que mutuamente se corrijan. Los grandes costos del Estado del Bienestar no pueden conducir a estigmatizar la regulación de la economía por parte del Estado. A lo que deben conducir es a descentralizar la regulación y a desburocratizarla, potenciando la capacidad de la sociedad civil y de sus múltiples organizaciones para regular los mecanismos del mercado. Menos Estado no significa un Estado más débil, sino un Estado fuerte, subsidiariamente presente allá donde ninguna otra organización desarrolle una actividad necesaria para humanizar la economía. No podemos aceptar una sociedad nueva sin políticas económicas. Estas políticas económicas tienen que gravar fuertemente las actividades financieras puramente especulativas y estimular las actividades productivas que respondan a las necesidades básicas de la humanidad a escala local, nacional y mundial. Tienen además que estimular la creación de puestos de trabajo.

Empleo, alimento, vestido, techo, salud, educación, crédito, descanso y seguridad para todos: con estas piezas se levanta el proyecto de una nueva sociedad. La sociedad del pleno empleo -es decir del empleo accesible a todo el que lo quiera- no es un dogma del socialismo. Es una característica de cualquier nueva sociedad verdaderamente humana. Necesitamos una cultura del trabajo que valore realmente la contribución humana a la transformación de la realidad como uno de los más importantes pilares de la convivencia. Y para esta cultura necesitamos una concepción de la educación y de la formación humana, que nos preparen para una diversificación del trabajo mucho mayor de la que actualmente conocemos.

Poder transnacional y poder nacional

La victoria de la globalización transnacional capitalista ha hecho que el poder político se desplace de una competencia entre bloques liderados por superpotencias a un monopolio indisputado del bloque de los países más ricos. Hasta hace poco, los estados nacionales tenían un cierto margen de capacidad de transformación social insertándose en uno u otro bloque en competencia o definiéndose como no alineados. El sistema mundial no era monolítico y por sus fisuras podían abrirse paso ciertas propuestas o ciertos intentos de nueva sociedad, usando para ello la vía de la toma del poder del Estado. En el monolitismo del actual sistema mundial el Estado nacional ha perdido poder, al perder capacidad transformadora de su propia sociedad.

El triunfo de la globalización transnacional ha estimulado la extensión y radicalización de un doctrinarismo antiestatal que comenzó a emerger con fuerza en 1979-80, época de Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Este doctrinarismo maneja ciertos postulados que parecen incuestionables: la privatización -la empresa privada transnacional siempre es más rentable y administra mejor que el Estado-, la desregulación -el mercado es mejor planificador del crecimiento económico que cualquier instancia de planificación y debe contar con absoluta libertad-, el énfasis en la oferta en lugar de en la demanda -estímulo al capital y a sus grandes ejecutivos más que a la capacidad adquisitiva de las grandes mayorías que dependen de su trabajo-, el crecimiento de la macroeconomía -énfasis cuantitativo en algunos grandes indicadores económicos, sin complementarlos cualitativamente con los pequeños números que expresan las necesidades fundamentales de la gente-.

La tentación de la corrupción

Los postulados de este dogma antiestatal se aplican con coherencia sólo a los programas de estabilización y ajuste estructural impuestos a los países del Sur por esos nuevos gobiernos o gabinetes económicos supranacionales que son el FMI y el BM. En los países centrales del sistema mundial monolítico, el Estado conserva y practica la capacidad de proteger empresas transnacionales o ramas enteras de la economía nacional. La política de subsidios agrícolas y ganaderos en los Estados Unidos y en la Comunidad Europea, así como la política de cuotas en el comercio internacional, son buenas pruebas de que existe la ley del embudo. Como en todas las épocas, el capitalismo sigue dando ventaja en el mercado a quienes concentran capital. Esa ventaja tiene hoy su máxima ex- presión en la exigencia que se hace a los países con escaso capital de que abran totalmente su mercado y en la permisibilidad con que se tolera el proteccionismo de los países que disponen de abundante capital.

Estas tendencias se traducen políticamente en la disminución de poder del Estado nacional y en el aumento del atractivo de la corrupción entre los políticos. El poder político ha estado siempre tentado por el oportunismo económico, hoy lo está mucho más. El aliciente intrínseco del poder -la posibilidad de que el gobernante sea creador o transformador de la sociedad- tiene cada vez menos oportunidades de realización. Si no se puede utilizar el poder estatal para hacer ingeniería social, entonces habrá que utilizarlo para cobrar por administrar lo que no se puede transformar.


Poder estatal y poder social

En el mundo actual el poder social está en crecimiento. Existe una experiencia cada vez mayor de organización gremial, sindical, de derechos humanos, de desarrollo, étnica, religiosa y, en general, cultural. Este poder, ubicado en la sociedad civil, funciona ya en no pocas ocasiones como instancia mundial. Las diversas federaciones mundiales de sindicatos fueron instancias pioneras, aunque muy viciadas por su dependencia de partidos políticos y de políticas estatales y de bloques. En el caso de los derechos humanos, es visible desde hace tiempo el funcionamiento mundial de Amnistía Internacional, que lucha en favor de los presos de conciencia o en contra de la tortura. También es visible ya la mundialización en las asociaciones de universidades, en los Congresos de los Pueblos Indígenas, en las asociaciones de teólogas y teólogos del Tercer Mundo, en los encuentros interreligosos que comenzaron hace varios años en favor de los refugiados, en esas organizaciones que con tanta fuerza simbólica se llaman Médicos del Mundo, Veterinarios del Mundo y hasta Payasos del Mundo y -sin que agotemos los ejemplos- en los encuentros que organizaciones no gubernamentales celebran en ocasión de las grandes cumbres de la ONU en torno a la ecología, la población, la cuestión social, la mujer o la vivienda.

En estas instancias universales de poder social está presente a menudo cierto elitismo y un excesivo poder de las cúpulas, e incluso la corrupción y nuevas formas de dominación. Aún así, esta sociedad civil pluralmente organizada a nivel mundial puede y tiene hoy la capacidad de promover propuestas alternativas de nueva sociedad y también de comenzar experimentos que comprueben esas nuevas posibilidades.

Frente al desprestigio de los partidos políticos y los sindicatos como instancias mediadoras de la participación ciudadana en el poder, frente a la pérdida de poder del Estado nacional y sobre todo, frente al monopolio del poder que intenta consolidarse alrededor del nuevo monolitismo político de las fuerzas económicas transnacionales y de sus brazos ejecutivos en el FMI y el BM, se necesita reinventar solidaria y participativamente la política. Se imponen esfuerzos convergentes que rescaten la política de su actual deterioro y falta de importancia. Se necesita despertar vocaciones políticas con un carisma de servicio, que intenten acceder a la administración pública y al poder del Estado con una nueva humildad, conscientes de que, a diferencia de antes, ese poder es poco poder. Es muy importante imaginar una nueva política, en la que un aspecto de la actitud con la que se va a las campañas electorales -el intento de sondear las aspiraciones populares y el de suscitar el potencial aporte cívico para conseguir triunfos políticos- se mantenga más allá de las elecciones como hábito consultivo, como desafío a la participación, como construcción real de un auténtico poder popular.

La fuerza verdadera de un gobernante estaría hoy no sólo en los mecanismos administrativos o en los recursos financieros o en las fuerzas armadas, sino sobre todo en la capacidad de volver a interesar a mucha gente y a muchas organizaciones en lo público, tratando así de contrapesar la desencantada fuga hacia los ámbitos de la privacidad. Estaría en la capacidad de apoyar un fuerte movimiento popular pluralmente organizado y de apoyarse en él y en sus articulaciones mundiales, para contrarrestar con él las presiones dictatoriales del monolitismo político global del Grupo de los 7, del FMI y del BM. La agenda de políticas y los políticos dedicados a las causas de las mayorías no deben enfatizar lo que se puede lograr con el poder estatal sino lo que se puede hacer abriendo cauces a la actividad organizada del pueblo y poniendo a su servicio el aparato estatal.

No vanguardias, sino retaguardias

Los líderes políticos del aún inevitable Estado no pueden considerarse vanguardia del pueblo, sino retaguardia del movimiento popular. En toda utopía auténticamente revolucionaria hay una visión de futuro en la que se privilegia un cierto anarquismo, una disolución de las instituciones autoritarias, un desvanecimiento del Estado. Necesitamos menos dirigentes y más intérpretes y administradores de los intereses pluralistas y concertados de la sociedad, y especialmente de los intereses de las mayorías que viven en precariedad. El debate electoral entre candidatos al poder debe dar paso a una sociedad en la que debatir y decidir desde el nivel local hasta el nacional -hasta alcanzar el nivel mundial- cree continuamente intercambios, alianzas y un nuevo hábito negociador.

La vocación política sigue siendo necesaria. Pero la humildad de su ejercicio, en seguimiento de la organización social pluralista, contribuirá a crear un proyecto político nuevo que ubique al Estado en su lugar de potenciador convergente de tantos vigores dispersos, como decía Darío. En este sentido, tan importante es ganar democráticamente unas elecciones y tener así la oportunidad de realizar un proyecto desde el poder estatal, como perderlas y desarrollar una estrategia de oposición activa y propositiva, que tenga como objetivo mayor el mantener vigente la convocatoria de personas y organizaciones, para no dejar ni sólo en manos de los gobernantes, ni mucho menos en el vacío, el ámbito de lo público. Al igual que en la dimensión económica de la sociedad es crucial recuperar la primacía del trabajo y del trabajo productivo, en la dimensión política de la sociedad es crucial recuperar el valor del terreno público, aspirar a llenarlo de protagonistas sociales organizados alrededor de múltiples y plurales intereses y rescatar el deseo y el gusto por la participación.


Globalización cultural y biodiversidad cultural

Una manifestación muy poderosa de la globalización es su dimensión cultural, que nos penetra a través de los medios masivos de comunicación social. El amor al dinero como la oportunidad de unos pocos para vivir con felicidad, la tremenda banalización de la vida humana en las orgías de violencia presentadas como normales, el despojo de misterio que sufre el ser desnudado públicamente y vendido como atracción de feria o proeza muscular, el individualismo que consagra como máximo valor la realización privada en la dimensión de la eficacia, son algunos de los ingredientes de lo que los medios nos presentan a diario como ideal. Detrás está la manipulación masculina del mundo, que insidiosamente introduce el principio de dominación en todo lo que organiza y acaba violándolo todo, ejerciendo violencia contra los seres humanos y contra las naturaleza, y construyendo un mundo uniformado en el que el consumismo destruye la riqueza de la biodiversidad cultural humana.

También en este terreno aparece la ambigüedad. La globalización deshumanizante de la cultura tiene un contrapeso humanizante. Hoy podemos apropiarnos de lo universal y hacer del mundo entero el entorno de todos. Esta posibilidad circula en la misma red de comunicación universal por la que transita el proyecto uniformizador. El maniqueísmo no sirve para dar cuenta de lo que está ocurriendo con los medios de comunicación, en los que también se nos propone un proyecto de humanidad solidaria. Una solidaridad que no se despierta sólo a través del estremecimiento que produce la desgracia o la catástrofe colectiva. No son sólo los rostros prematuramente envejecidos por la hambruna de la infancia africana que con terco ritmo reaparecen una y otra vez en las pantallas. Son también los rostros diversos, los colores diferentes, los vestidos distintos en los variados paisajes, todos ocupados en vivir, en trabajar para vivir, en celebrar los frutos del trabajo y los ensayos de vida mejor, los que también aparecen en esas pantallas y van anudando relaciones universales, preñadas de simpatía. El roce de la diversidad puede despertar impulsos agresivos. Puede también ser acogido con curiosidad y esperanza, como promesa de una vida más rica. Lo que en este mundo nuestro no puede ya suceder es lo que sucedió en el siglo XV y siguió sucediendo hasta el XIX, en la era de los descubrimientos y las colonizaciones: que la sorpresa de encontrar seres humanos tan distintos consolide la tentación de negarles una común humanidad.

En la nueva sociedad no nos servirá ni la globalización homogeneizante de la cultura del capitalismo ni el enfrentamiento insolidario de las diversas culturas. La universalización solidaria y la rica diversidad étnica, de clases y de naciones, de generaciones y de género, de religiones y de cosmovisiones, tiene que florecer en un terreno donde por mucho tiempo convivirán dos racismos: el de las élites satisfechas y el de las mayorías acosadas por la escasez.

También en el campo de la cultura tenemos que inventar esfuerzos convergentes para caminar hacia la nueva sociedad. Habrá que mantener viva la memoria para recuperar una sociedad que tenga como motor el hacer justicia a tantas y tantos a quienes se les arrebató la vida y la dignidad antes de tiempo, en la guerra, en los desplazamientos, en las cámaras de tortura, en los ghettos y en tanto trabajo pagado con salario de hambre. La memoria de los mártires es una memoria humanizante, que recupera el pasado para que sus sueños sigan iluminando la vida y para que sus vidas sigan siendo movilizadoras de solidaridad.

El rostro femenino de la humanidad

Para caminar hacia la nueva sociedad es necesaria una actitud que supere la simple resistencia cultural al paquete de valores individualistas envasado bellamente para ser vendido en el mercado global. Hay que ir más allá. Se trata de hacer una crítica radical al machismo como visión del mundo y sentido de la vida, sobre todo al machismo expresado en ese sentido de posesión de la mujer y de los hijos, en la expoliación del medio ambiente y en el auto- ritarismo que domina las relaciones sociales. Se trata de proponer de manera consistente y de mirar de forma permanente la realidad desde la otra cara del ser humano, la cara femenina. En los levantamientos de cualquier estadística, en todos los trabajos de análisis y de reflexión, en todos los programas de concientización, en todas las convocatorias a la participación, hay que dar este giro.

Es importante retrabajar los mensajes religiosos de la humanidad encontrando en ellos la misericordia y la preferencia de la divinidad por los pobres y los débiles. Urge releer los grandes mitos, relatos y símbolos de la humanidad desde la perspectiva femenina y desde la de los pobres y las razas discriminadas. Hay que transformar las celebraciones y liturgias religiosas en verdaderos festejos de la creatividad y de la solidaridad humanas. Es necesaria una gran campaña para defender la esperanza y levantar el sitio que hoy la acosa dentro de murallas culturales opresoras que se presentan como totalmente indiscutibles.

Hay que aprovechar los medios de comunicación masiva, propiciando redes de comunicación popular alternativa y a la vez, tratando de democratizar los medios ya establecidos, introduciendo en ellos un pluralismo de mensajes, dentro del cual se proponga una visión humanizante del mundo. Es también crucial tratar de ir realizando una nueva alianza entre la ciencia, la tecnología, la investigación y las instituciones universitarias con las organizaciones de los pobres en sus territorios rurales y urbanos. El intercambio de experiencias y la creación en común de proyectos ayudará a combatir el actual mono-polio del conocimiento y de la información. Así se podría combinar el saber y el poder con el producir, y se llegaría a un nuevo pacto social para poder convivir.

Es estratégico trabajar para lograr que se acepte la dimensión ética de la economía, de la política y de la cultura, conscientes de que el capital delincuencial -el que se acumula a través del tráfico y consumo de influencias, de sobornos, de drogas, etc.- es sólo la punta del iceberg de una corrupción ya globalizada que amenaza con destruir toda convivencia humana.

Eurocentrismo y mundialismo

Pensar la historia, dar cuenta de ella, teorizarla, hacerse cargo de ella, es una de las propuestas culturales de mayor trascendencia en esta hora. Al mismo tiempo que el socialismo realmente existente se derrumbaba en Europa, la filosofía eurocéntrica de la historia lo celebraba con una frase lapidaria: "es el fin de la historia". Con mirada miope, menospreciando el valor del horizonte utópico de la humanidad, los vencedores proclamaban el advenimiento del Reino del Capital y la culminación del mito del progreso, quedando sólo para el futuro el alcanzar cuotas cada vez más altas en la única forma de vida deseable, marcada por el consumismo y la tecnocracia.

Con mirada de más largo alcance cabe una distinta teorización de lo que está ocurriendo en el mundo, del gran giro histórico que estamos viviendo. Lo que está adviniendo es el comienzo de una historia no occidental, no eurocéntrica, en la que por primera vez se hace posible asumir la diversidad de la prolongada historia de la humanidad, atravesada toda ella por avances y retrocesos.

La mirada de corto alcance nace de la arrogancia de analistas satisfechos con un balance sacado antes de tiempo desde la embriaguez de una victoria efímera y es una blasfemia contra las mayorías de la humanidad, a quienes les avisan que perdieron la carrera y ya no podrán esperar sino más de la misma miseria. La mirada corta se queda en Occidente, adopta a Europa y a su prolongación, los Estados Unidos, como el centro del mundo, asume la caída del socialismo europeo como fracaso de cualquier otra forma de socialismo y hasta se permite olvidar cuánto contribuyó Estados Unidos a destruir los primeros intentos de socialismo en libertad que la humanidad engendró en Chile y en Nicaragua.

La mirada larga es un acierto teórico, nace de la humildad de quien asume la complejidad de la historia humana y mantiene la esperanza de los pobres y de los hoy vencidos en que la humanidad no está condenada al fracaso de una vida que sea sólo para una minoría. La mirada larga traspasa las fronteras del eurocentrismo -la ideología del capitalismo- y recuerda el experimento del gigante chino -donde vive la sexta parte de la humanidad- en tensión entre socialismo y capitalismo, y la pequeña semilla viva en Cuba, a pesar de errores internos y acosos externos.

Aceptar al otro, destruir todo apartheid

En el esfuerzo por aproximarnos hacia lo que sería una sociedad nueva, diferente de la vieja sociedad, miramos hoy lo que ha alboreado en Sudáfrica: la aceptación del ser humano otro en su mismísima diversidad, la aceptación del blanco por el negro y del negro por el blanco. El desmoronamiento del apartheid significa la caída de un muro tan opresivo como el muro de Berlín. Ninguna explotación económica y ninguna dominación política son humanamente asumibles si no están fundamentadas en la discriminación, en la declaración, expresa o tácitamente racista, de la superioridad de unos sobre otros.

En la nueva historia que comienza afrontaremos el mundo no sólo con ciencia sino también con sabiduría, no sólo instrumentalmente sino también estéticamente, no sólo desde la razón sino también desde los sentimientos, no sólo con frío análisis mental sino también con cálida intuición cordial, no sólo con firme voluntad sino también con libre expresión de la ternura.

Dominada como ha estado la época histórica del eurocentrismo por un terror al otro, que culminó en la aplicación cada vez más científica de la tortura y en la amenaza de extinción de la humanidad por el holocausto nuclear, alborea hoy una nueva época histórica en la que habrá que encargarse de las esperanzas de la humanidad y especialmente de la esperanza de los pobres.

La búsqueda de las formas económicas para producir y para compartir un mínimo vital y digno para las mayorías, la búsqueda de las formas políticas que recuperen el interés de cada vez más personas y grupos organizados en lo público, y la búsqueda de los mitos, sueños y símbolos que sean buenas noticias eficaces para recrear, mantener y movilizar la esperanza humana necesita de fuerzas sociales. Es preciso ubicar las fuerzas que hoy apuestan por una nueva sociedad a nivel local, nacional y mundial. Es evidente que las vamos a seguir encontrando del lado de quienes son los más afectados por la vieja sociedad.

¿Con qué sujeto social?

El sujeto social seguirá estando entre los pobres, y muy especialmente entre las mujeres pobres. Aunque no cualquier pobre ni cualquier mujer. No se trata de resucitar el postulado mesiánico del proletariado. Serán los pobres y entre ellos, las mujeres pobres que sueñen con trabajar, producir y salir de la pobreza y quieran hacerlo eficazmente. Pero serán pobres que no sueñen con volverse ricos ni quieran el lujo y el consumismo. Serán pobres convocados por la conciencia de la catástrofe ambiental que puede arrebatarnos el aire que respiramos, la tierra en que nos movemos y la sombra bajo la que nos cobijamos. Pobres, cuya alegría no consista solamente en tener un carro y ropa de moda, sino en el compartir. Pobres austeros que sepan que sin austeridad no alcanza para todos en el mundo ni alcanza el mismo mundo para vivir.

Todos los que quieran solidarizarse con pobres así serán también sujetos sociales de este caminar hacia la nueva sociedad, en medio de tantos otros empobrecidos, viciados ya por los sueños y las actitudes insolidarias de los ricos, y de tantas mujeres que son el principal sostén del machismo cultural. Se trata de caminar y de buscar la eficacia, concentrando la solidaridad en prioridades fundamentales: las mujeres, las etnias minoritarias y discriminadas, la naturaleza expoliada, los sufrientes deshauciados por las nuevas enfermedades o atrapados por la desesperación de la desocupación y de tanta otra plaga moderna. Se trata de defender la causa de la humanidad, que no puede ser defendida más que a escala mundial.

Priorizar a los jóvenes

El enemigo fundamental del proyecto de una nueva sociedad y del compromiso con ella es la vieja sociedad, ese sistema estructuralmente poderoso que es el capitalismo transnacional globalizante, resultado de un largo proceso de explotación, dominación y hegemonía que ha cuajado en un sistema mundial por primera vez cuasimonolítico. Este sistema sólo puede ser superado manteniendo la capacidad de crecimiento económico, de invención tecnológica, de administración eficiente y de comunicación e información masivas que han sido logradas por él, pero transformando su corazón de piedra en un corazón de carne, su corazón insolidario en un corazón compasivo, usando todas sus potencialidades para que los seis mil millones de personas que hoy poblamos el planeta vivamos en él felices, en reconciliación con la naturaleza y en humanización progresiva. Esta transformación estructural necesita de un proceso educativo abierto al cambio. Las generaciones jóvenes deben ser priorizadas, despertando su potencial de desafiar a la sociedad actual, arraigándolas en la memoria histórica de la humanidad, formándolas para la invención, para la vocación política de servicio, para un compromiso ecológico y para una humilde resistencia en libertad ante las atractivas pasiones del lucro y el autoritarismo.

Siete "enemigos" que llevamos dentro

Pero no basta actuar institucionalmente sobre las estructuras. Urge también identificar algunas de las máscaras personales que el mal ha revestido en estos últimos tiempos de fracasos, algunos de los hábitos del corazón que han minado en tantas personas su espléndido potencial de generosidad y de solidaridad y su voluntad de servicio.

La persona que pretende el protagonismo por encima de todo y que se mira narcisistamente en el espejo de sus aportes a la causa, además de estar frecuentemente destrozada por un conflicto que le impide reconocer el mal en su corazón -está enamorada de su propia genialidad-, hace girar todo proceso de cambio alrededor de sí misma y pervierte así el núcleo de servicio y de convivencia de una nueva sociedad.

La persona poseída por la arrogancia de su superioridad respecto de los demás -aunque sea la virtuosa superioridad de haber sufrido más que nadie por la causa- termina justificando nueva formas de explotación, dominación y discriminación y degrada así a sus compañeros y compañeras de aventura humana, disolviendo éticamente toda transformación emprendida.

La persona dominada por el demonio de la impaciencia, que no aguanta los ritmos diversos de los participantes en la aventura humana de la transformación social y por eso desespera frente a la lentitud de muchos en esta sinfonía, no sabe apostar a largo plazo, derrocha las energías de mucha gente y acaba cosechando el desánimo producido por un desgaste ruinoso de fuerzas.

La persona que vive del éxito y es incapaz de asumir los mil fracasos de la aventura de la transformación social, siembra desilusiones y retiradas a su alrededor, cosechando actitudes de hastío frente a los procesos transformadores, abandonándose al reposo del guerrero y reduciendo sus proyectos al personal proyecto de que todas las primaveras haya rosas en nuestro jardín.

La persona que exagera el ideal y vive de la pureza, de la intransigencia con las debilidades y de la intolerancia ante la ambigüedad, desvaloriza cualquier pequeño avance hacia la nueva sociedad, enjuicia y condena a los que lo logran y acaba justificando sus propias incoherencias, transformándolas en un cinismo absolutista que aburre aún más que su anterior autoimportancia y falta de humor.

La persona que mejora su suerte a lo largo de la aventura hacia la transformación social, y en la confrontación con el sistema dominante, acaba contagiada por los valores que en éste brillan con apariencia de plenitud humana, termina identificando su propia liberación con la liberación del pueblo y corrompida por el dinero, se descuelga del esfuerzo viviendo de rentas ideológicas.

La persona que siendo pobre quiere que la nueva sociedad brote prodigiosamente, como un milagro, cae en la tentación en la que Jesús no cayó -"cambiar las piedras en pan" para saciar el hambre- e infiltra en los procesos de transformación el veneno de la haraganería y la superstición de que hay subsidios capaces de aumentar los bienes en la mesa de la humanidad sin el sudor de nuestras frentes.

Estos siete son algunos de los peores enemigos que nos acechan. No son peligros imaginarios o pensados en un escritorio, sino extraídos de la experiencia de muchos heroísmos frustrados o traicionados en esta ya larga historia de proyectos de nueva sociedad. Conviene tenerlos presentes en humilde lucidez mientras intentamos un cambio de perspectiva y seguimos apostando y sumando fuerzas en camino hacia una nueva sociedad.

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