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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 171 | Junio 1996
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Internacional

¿Ha cambiado la política de Estados Unidos?

Con magistral ironía e indignación ética, el eminente lingüista Noam Chomsky responde a esta pregunta, cuestión clave para una correcta interpretación y transformación del mundo que nos toca vivir.

Noam Chomsky

Existe una imagen convencional de la nueva era hacia la que nos dirigimos y de la promesa que contiene. El asesor para la Seguridad Nacional, Anthony Lake, la formuló claramente al presentar en septiembre de 1993 la Doctrina Clinton: Durante toda la guerra fría, contuvimos una amenaza mundial a las democracias de mercado. Ahora debemos procurar extender el alcance de éstas. El mundo nuevo que se abre ante nosotros presenta inmensas oportunidades para avanzar hasta consolidar la victoria de la democracia y los mercados abiertos, amplió un año después.

Lake continuó, afirmando que se trataba de temas mucho más perdurables que el de la guerra fría. La verdad perdurable sería que la defensa de la libertad y la justicia frente al fascismo y el comunismo fue sólo una fase en una historia de consagración al concepto de una sociedad tolerante, en la que los dirigentes y el gobierno existen no para usar a las personas y abusar de ellas, sino para brindarles libertad y oportunidad". Este es el rostro constante de lo que han hecho los Estados Unidos en el mundo y la idea que defendemos de nuevo hoy. Es la verdad perdurable sobre este mundo nuevo, en el que podemos proseguir con mayor eficacia nuestra misión histórica: enfrentar a los restantes enemigos de la sociedad tolerante, como siempre hemos hecho, pasando de la "contención" a la ampliación. Afortunadamente para el mundo, la superpotencia existente, por supuesto, es única en la historia, en el sentido de que no procuramos ampliar el alcance de nuestras instituciones por la fuerza, la subversión o la represión" y nos limitamos a la persuasión, la consideración y los medios pacíficos.

USA: primacía internacional

Tan ilustrada visión de la política exterior impresionó debidamente a los comentaristas. Y este punto de vista domina de tal modo el discurso público y académico que resulta superfluo proceder a su revisión. Su tema básico fue propuesto tal vez en la forma más sucinta por Samuel Huntington, profesor Eaton de Ciencias de Gobierno y Director del Instituto Olin de Estudios Estratégicos de Harvard, en la publicación académica International Security. Dice Huntington que Estados Unidos debe mantener su primacía internacional en beneficio del mundo, porque es el único país cuya identidad nacional se define por un conjunto de valores políticos y económicos universales. A saber, la libertad, la democracia, la igualdad, la propiedad privada y los mercados. La promoción de la democracia, los derechos humanos y los mercados son de muchísima mayor importancia para la política estadounidense que para la política de cualquier otro país.

La ciencia política enseña que, como se trata de un asunto de definición, podemos obviar la aburrida tarea de la confirmación empírica de estas afirmaciones. Sabia jugada. La investigación revelaría de inmediato que la imagen convencional que Lake presenta fluctúa entre dudosa y falsa en todos sus aspectos cruciales, salvo en uno: tiene razón cuando nos insta a mirar a la historia para descubrir las verdades perdurables que sostienen parte de la estructura institucional y a tomarlas con seriedad al examinar el futuro probable, cuando esa estructura permanece esencialmente inalterada y libre para operar con pocas limitaciones. Una revisión honesta indica que este mundo nuevo pudiera muy bien caracterizarse por un cambio de la contención a la ampliación, pero no precisamente en el sentido en que Lake y el coro de quienes aprueban sus palabras pretenden que lo comprendamos. Adoptando una retórica de guerra fría ligeramente distinta, lo que vemos desplegarse hoy es un cambio de la contención de la amenaza a la democracia y los mercados en funcionamiento a una campaña para revertir lo que se ha alcanzado en un siglo de lucha muchas veces encarnizada.

Lo primero que hay que señalar es la perogrullada metodológica. Si deseamos aprender sobre los valores y objetivos de los dirigentes soviéticos, examinaremos lo que hicieron dentro del alcance de sus poderes. Un analista racional que desee aprender sobre los valores y objetivos de la dirigencia estadounidense y el mundo que esta dirigencia pretendía crear, adoptará el mismo método. Los contornos de ese mundo fueron delineados por la embajadora de Estado Unidos ante Naciones Unidas, Madeleine Albright, en el preciso momento en que Lake encomiaba nuestro compromiso histórico con los principios pacifistas. Albright informó al Consejo de Seguridad que en el caso de Iraq, su país continuaría actuando multilateralmente cuando pueda y unilateralmente cuando deba. Lo que nosotros decimos es lo que vale: así explicó con mayor franqueza la doctrina fundamental el presidente Bush, mientras bombas y misiles llovían sobre Iraq. Los Estados Unidos tienen el derecho de actuar unilateralmente, anunció la embajadora Albright al equivocado Consejo porque reconocemos que (esa zona) es vital para los intereses nacionales de los Estados Unidos. No se requiere ninguna concesión adicional de autoridad.

Nuestra regioncita

De hecho, Iraq fue un buen ejemplo para ilustrar las verdades perdurables. Pero resulta más ilustrativo volverse a la región donde Estados Unidos ha tenido la mayor libertad para actuar a su antojo, donde los valores y objetivos de su dirección política y la versión de los intereses nacionales que representa aparecen con la mayor claridad. Pasemos, pues, a nuestra regioncita de por aquí, que nunca ha molestado a nadie, según describió el Secretario de Guerra, Henry Stimson a nuestro hemisferio al finalizar la Segunda Guerra Mundial, cuando explicaba por qué debían desmantelarse todos los sistemas regionales menos el nuestro, el cual debía ser ampliado. Posición perfectamente razonable, ya que lo que nos conviene a nosotros, le conviene al mundo y ya que todo lo que hagamos es parte de nuestra obligación con la seguridad mundial, como añadió el colega liberal de Stimson, Abe Fortas, al descartar las irracionales sospechas de Churchill de que Estados Unidos albergara ideas de dominación...

El derecho de Estados Unidos de actuar unilateralmente y de controlar las regiones que desee es único en su género, según cuadra a la potencia que se define por su consagración a todas las cosas buenas. El intento del Japón de copiar la Doctrina Monroe en su regioncita condujo a la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico. Y la Guerra del Golfo fue una reacción a la propuesta de Saddam Hussein de que los asuntos de aquella región, también vital para los intereses de los Estados Unidos, fueran manejados por una organización regional. En nuestra regioncita se permite que funcione - sólo dentro de ciertos límites - una organización regional que Estados Unidos está seguro que podrá dominar. En su estudio de la OEA, John Dreier explica que si los latinoamericanos intentan usar en forma irresponsable su fuerza numérica en la OEA, si llevan a extremos la doctrina de la no intervención, si no dejan a Estados Unidos más opción que actuar unilateralmente para protegerse, habrán destruido no sólo la base de la colaboración hemisférica para el progreso, sino toda esperanza de un futuro seguro para sí mismos. Estados Unidos tendrá que actuar con la unilateralidad que sea menester.

El compromiso con las verdades perdurables cubre todo el espectro. En el extremo disidente, el asesor para América Latina del Presidente Carter, el historiador Robert Pastor, escribe que Estados Unidos desea que los demás países actúen de modo independiente, salvo cuando hacerlo afecte adversamente los intereses de los Estados Unidos.

Los Estados Unidos -dice- nunca han intentado controlarlos mientras no escapen a su control. Nadie, pues, puede acusar a la dirigencia estadounidense de una preocupación que no sea el bien del mundo, incluida la libertad plena de actuar según los latinoamericanos le dicten. Si nuestros pupilos usan la libertad que les concedemos en forma imprudente, tenemos todo el derecho de responder unilateralmente en defensa propia, y entonces, las opiniones sobre las opciones tácticas varían, lo que conduce a divisiones entre las palomas y los halcones.

La verdad perdurable en Centroamérica

Es la región de América Central y el Caribe la que, por supuesto, refleja con mayor claridad la idea a la que se ha consagrado el poderío estadounidense, al igual que los países satélites de Europa Oriental revelaban los objetivos y valores del Kremlin. Centroamérica ha sido una de las principales cámaras de horrores del mundo. En la década de los 80 fue escenario de espantosas atrocidades. Estados Unidos dejó a estos países devastados, tal vez más allá de la posibilidad de recuperación, sembrados con miles de cadáveres torturados y mutilados. Las guerras terroristas patrocinadas y organizadas por Washington estuvieron dirigidas en gran medida contra la Iglesia que había osado adoptar la opción preferencial por los pobres y que por eso debía recibir las lecciones que acarrea la desobediencia delictiva.

Difícilmente sorprenda que este espantoso decenio se iniciara con el asesinato de un arzobispo y terminara con la muerte de seis importantes intelectuales jesuitas, en ambos casos liquidados por fuerzas armadas y entrenadas por Washington. En los años intermedios, esas fuerzas asolaron la región destrozándolo todo y acumularon un horrible historial, que incluyó la agresión y el terror que condenara la Corte Internacional de La Haya, un fallo del que Washington y la opinión intelectual hicieron en general caso omiso, encogiéndose de hombros con irritación y desprecio. Corrieron la misma suerte los llamados a la observancia del derecho internacional del Consejo de Seguridad y la Asamblea General de las Naciones Unidas, de los que casi ni se informaba.

Discernimiento razonable, al fin y al cabo. ¿Por qué prestar atención a quienes proponen la ridícula idea de que el derecho internacional o los derechos humanos puedan entrar en los cálculos de una potencia que siempre ha rechazado la fuerza, la subversión o la represión, adhiriéndose por definición al principio de que los gobiernos existen no para usar a las personas y abusar de ellas, sino para brindarles libertad y oportunidad? La verdad perdurable fue bien expresada hace dos siglos por un distinguido estadista: A las almas grandes les importa poco la moral pequeña.

Haití: ejemplo primordial

Una mirada a Centroamérica y el Caribe enseña mucho sobre nosotros mismos, los estadounidenses, pero se trataría de lecciones erradas y por esto, excluidas del discurso respetable. Otra lección errónea y por lo tanto necesariamente relegada a la misma suerte es que la guerra fría tuvo poco que ver con todo esto, aparte de brindar pretextos. La realidad es que las políticas de Estados Unidos eran idénticas antes de la revolución bolchevique y han continuado sin cambios después de 1989. Sin la amenaza soviética, Woodrow Wilson invadió a Haití y a la República Dominicana y desmanteló su sistema parlamentario, por haberse negado Haití a adoptar una Constitución progresista que permitía a los estadounidenses adueñarse de tierras haitianas, asesinando a miles de campesinos, restaurando prácticamente la esclavitud, y dejando el país en manos de un ejército terrorista, primero como una hacienda estadounidense y después como una base de exportación de piezas de ensamblaje donde los haitianos trabajaban en condiciones de miseria.

Hoy, después del desafortunado y fugaz experimento de Haití con la democracia, el marco tradicional ha sido restaurado con asistencia estadounidense, en el preciso momento en que Lake anunciaba la Doctrina Clinton, presentando a Haití como primordial ejemplo de nuestra pureza moral. En otros países también continuaron sin cambio esencial las mismas políticas después de la caída del muro de Berlín, a la que siguió a las pocas semanas la invasión de Bush a Panamá para devolver al poder a una camarilla de banqueros narcotraficantes.

Brasil: un caso revelador

Existe un caso incluso tal vez más revelador, que también ilustra la pertinencia marginal de la guerra fría en la tradicional actitud estadounidense hacia la democracia y los derechos humanos. Se trata del Brasil, al que a principios de siglo se le llamaba el coloso del Sur. Un país con abundancia y ventajas enormes, que debiera ser uno de los más ricos del mundo. Hace 70 años, The Wall Street Journal observó: ningún territorio del mundo merece más ser explotado que el del Brasil Para entonces, los Estados Unidos comenzaban a desplazar de la región a sus principales enemigos, Francia y Gran Bretaña, aunque éstos no desaparecieron hasta la Segunda Guerra Mundial, cuando estuvieron en condiciones de alejarlos y tomar el Brasil como terreno de prueba de modernos métodos científicos de desarrollo industrial, en palabras de una monografía académica altamente considerada sobre las relaciones Estados Unidos-Brasil, del diplomático e historiador Gerald Haines, también importante historiador de la CIA.

Brasil sería un componente de un proyecto mundial en el que Estados Unidos por su propio interés, asumía responsabilidades en el bienestar del sistema capitalista mundial (Haines). A partir de 1945, el terreno de prueba fue favorecido con guía y tutelaje estrechos de los Estados Unidos. Y podemos enorgullecernos de lo que hemos alcanzado, escribió Haines en 1989: un impresionante crecimiento económico basado sólidamente en el capitalismo.

El éxito fue real. Las inversiones y utilidades estadounidenses se elevaron enormemente y a la diminuta élite le iba de maravilla. Brasil era un milagro económico, en el sentido técnico del término. Hasta 1989, el crecimiento del Brasil superó con creces al muy encomiado de Chile, que es ahora el alumno estrella, luego de que el Brasil sufriera un desplome. En el momento culminante del milagro, la abrumadora mayoría de la población brasileña se encontraba entre las más miserables del mundo y habría considerado a Europa Oriental un paraíso, hecho que también enseña lecciones erróneas y que, por lo tanto, se suprime con impresionante disciplina, junto con otras lecciones similares...

Los logros ejemplares para los inversionistas extranjeros y para una pequeña parte de la población reflejan los valores directrices de los preceptores y diseñadores del modelo. El objetivo, según lo describe Haines, era eliminar toda competencia extranjera de América Latina a fin de mantener la región como mercado importante para la producción industrial y las inversiones privadas excedentes de los Estados Unidos, explotar sus vastas reservas de materias primas y mantener a raya el comunismo internacional. Este último objetivo es mero ritual, según observa Haines. Los servicios de inteligencia de Estados Unidos no pudieron encontrar indicios de que el comunismo internacional pretendiera entrar en Brasil, incluso de haber tenido la posiblidad de hacerlo.

Aunque el comunismo internacional no era un problema, el comunismo sin dudas lo era, si entendemos el término en el sentido técnico de la cultura de élite. John Foster Dulles explicó mordazmente este sentido en una conversación privada con el Presidente Eisenhower, quien había observado con pesar que en todo el mundo los comunistas autóctonos tenían ventajas injustas. Eisenhower se quejaba de que los comunistas podían atraer directamente a las masas. Era éste un atractivo que no tenemos la capacidad de imitar, añadía Dulles. Y dio las razones: Es a los pobres a quienes atraen y éstos siempre han deseado saquear a los ricos. Nos resulta difícil atraer directamente a las masas basándonos en nuestro principio de que es el rico quien debe saquear al pobre. Se trata de un problema de relaciones públicas aún no resuelto...

El peligro de los comunistas

El problema se remonta a mucho antes de tener a mano el término comunista para calificar a los herejes. En los debates de 1787 sobre la Constitución Federal, James Madison observó que en Inglaterra, en estos momentos, si se abrieran las elecciones a toda clase de personas, peligrarían las propiedades de los terratenientes y pronto se promulgaría una ley agraria. Para prevenir esa injusticia, "nuestro gobierno debe garantizar los intereses permanentes del país contra la innovación", estableciendo comprobaciones y compensaciones destinadas a proteger a la minoría de los opulentos contra la mayoría. Exige algún talento dejar de ver la verdad perdurable de que desde entonces éste ha sido el interés nacional y que la sociedad tolerante reconoce el derecho a enarbolar este principio con la unilateralidad que sea menester, y con violencia extrema, de ser necesario.

El lamento de Dulles se repite en documentos internos. Así, en julio de 1945, cuando Washington asumía, por su propio interés, responsabilidad por el bienestar del sistema capitalista mundial, un importante estudio del Departamento de Estado y del de Guerra advertía de una marea mundial en ascenso en que el hombre de la calle aspira a horizontes más amplios y elevados. La guerra fría no dejaba de guardar relación con esta ominosa perspectiva... El estudio señalaba que, aunque Rusia no había dado indicios del delito, no podemos garantizar que no haya coqueteado con la idea de prestar apoyo a las aspiraciones del hombre de la calle. Por lo tanto, debíamos actuar en forma rotunda para contener la amenaza a las democracias de mercado, según entendíamos este concepto.

Sin duda, la URSS era culpable de otros delitos. A Washington y a sus aliados les preocupaba en sumo grado que a quienes tradicionalmente dependían de Estados Unidos les impresionara el desarrollo soviético y chino, y sobre que lo compararan con historias de éxito como la del Brasil. Tal vez los intelectuales occidentales disciplinados no se impresionaran, pero los campesinos del Tercer Mundo sí. La asistencia económica del bloque soviético también se consideró una amenaza, a la luz de la práctica occidental. Tomemos como ejemplo a la India. Bajo el dominio británico, la India se hundió en el deterioro y la pobreza, pero cuando los ingleses se marcharon, comenzó algún desarrollo. No ocurrió así en la industria farmacéutica, donde las multinacionales, casi todas británicas, obtenían gigantescas ganancias en la India fijando precios excesivos, basándose en su monopolio del mercado. Con ayuda de la Organización Mundial de la Salud y de la UNICEF, la India comenzó a escapar de esos controles y al fin inició la producción de medicamentos, en el sector público y con tecnología soviética.

En el caso de algunos antibióticos, los precios disminuyeron hasta el 70%, lo que obligó a las transnacionales a bajar también sus precios. Una vez más, la malignidad soviética había dañado a la democracia de mercado, al permitir a millones de personas en la India sobrevivir a las enfermedades... Por suerte, ahora que el delincuente ha desaparecido y triunfa el capitalismo, las transnacionales van recuperando el control gracias a las características muy proteccionistas del más reciente tratado del GATT, de modo que tal vez podamos esperar un abrupto aumento de las muertes junto con ganancias crecientes para la minoría opulenta por cuyos intereses permanentes deben afanarse los gobiernos democráticos...

El peligro de la democracia

A principios del decenio de 1960, el experimento que desarrollaban los Estados Unidos en Brasil encaraba un conocido problema: la democracia parlamentaria. Para eliminar el obstáculo, el gobierno de Kennedy preparó el terreno para un golpe militar, que instituyó el dominio de torturadores y asesinos que comprendían las verdades perdurables. El Brasil es un país importante y el golpe produjo un significativo efecto de dominó. La plaga de la represión se extendió a través del continente, con un coherente apoyo y participación estadounidenses. El principal especialista académico en derechos humanos y política exterior de los Estados Unidos en América Latina, Lars Schoultz, explicó con precisión el objetivo: Destruir para siempre una posible amenaza a la estructura de privilegio socioeconómico existente mediante la eliminación de la participación política de la mayoría numérica. Tampoco la guerra fría tenía apenas algo que ver con esto. Aunque la URSS estuvo dispuesta a colaborar con asesinos depravados por causas en extremo cínicas, ofrecía en ocasiones asistencia a pueblos que intentaban defenderse de quien imponía las reglas del juego en el hemisferio y de ese modo, servía para disuadir el pleno ejercicio de la violencia...

Según la doctrina convencional, al derrocar el régimen parlamentario en América Latina, nuestra zona de prueba privada, e instalar un Estado de Seguridad Nacional regido por generales neonazis, los gobiernos de Kennedy y Johnson, en el momento culminante del liberalismo estadounidense, contenían la amenaza mundial a las democracias de mercado. Esta es la tesis que debemos entonar con la solemnidad adecuada. Y así se presentó el asunto en aquella época, provocando pocos remordimientos detectables. Antes de pasar a ser rector de una gran universidad, el embajador de Kennedy, Lincoln Gordon, explicó que el golpe militar en Brasil había sido una gran victoria para el mundo libre. Se había acometido para preservar la democracia brasilera y no para destruirla. De hecho, había sido la victoria individual más decisiva de la libertad en los decenios centrales del siglo XX, que crearía un clima muy mejorado para las inversiones privadas. De modo, que la democracia parlamentaria sí contenía una amenaza a la democracia de mercado, en un sentido dado del término.

Esta concepción de la democracia se mantiene y está muy extendida. En sus progresistas ensayos sobre la democracia, Walter Lippman sostenía que en Estados Unidos, la población está compuesta por forasteros ignorantes y entrometidos que pueden ser espectadores, pero no participantes en la acción. En el otro extremo del espectro, los reaccionarios estatistas de la variedad reaganista les niegan incluso el papel de espectadores. De ahí que se dieran a una censura sin precedentes y a operaciones clandestinas que son secretas sólo para el enemigo interno. La gran bestia - como llamaba Alexander Hamilton al temido y odiado enemigo interno - debe ser domada o enjaulada si el gobierno pretende garantizar los intereses permanentes del país. Estas mismas verdades perdurables se aplican a nuestros pupilos extranjeros, con mucha mayor energía, ya que las limitaciones son mucho menores. Así lo demuestra con claridad brutal la práctica constante.

Ayudando a la democracia

La tradicional oposición estadounidense a la democracia es comprensible y en ocasiones se la reconoce en forma bastante explícita. Tomemos la década de los 80 cuando, según la doctrina más difundida, los Estados Unidos estaba enfrascado en una cruzada a favor de la democracia, sobre todo en América Latina. Algunos de los mejores estudios de este proyecto - un libro y varios artículos - son de Thomas Carothers, quien combina la visión del historiador con la del participante. Era miembro del Departamento de Estado de Reagan y participaba en programas para ayudar a la democracia en América Latina. Según él, estos programas eransinceros, pero casi siempre eran un fracaso, un curioso fracaso sistemático. En los lugares en que la influencia estadounidense era menor, el progreso era mayor. Por ejemplo, en el cono sur de América Latina, donde se produjo verdadero progreso, al que los seguidores de la doctrina de Reagan se opusieron, aunque usurparon su crédito cuando ya no era posible contener la marea. Donde la influencia estadounidense era mayor - en América Central -, el progreso fue menor. Allí, Washington inevitablemente procuró formas limitadas de cambio democrático de arriba hacia abajo que no hacían peligrar las estructuras tradicionales de poder con las que desde hace mucho están aliados los Estados Unidos, dice Carothers. Los Estados Unidos procuraron mantener el orden básico de sociedades bastante poco democráticas: y evitar el cambio de base populista que pudiera destruir órdenes económicos y políticos establecidos y abrir una dirección izquierdista.

Esto es exactamente lo que estamos viendo hoy en el principal modelo de Lake, si decidimos abrir los ojos. En Haití, se permitió que el Presidente electo regresara, pero sólo después de que se había sometido a las organizaciones populares a una dosis suficiente de terror, y sólo después de que el Presidente aceptase un programa económico dictado por los Estados Unidos que dispone que el Estado renovado debe enfocarse en una estrategia económica centrada en la energía y la iniciativa de la sociedad civil, sobre todo el sector privado, nacional y extranjero. Los inversionistas estadounidenses se encuentran en el núcleo de la sociedad civil haitiana, junto con los que apoyaron el golpe militar, todos desmesuradamente adinerados. No se encuentran en ese núcleo los campesinos y pobladores de los barrios bajos haitianos, que escandalizaron a Washington al crear una sociedad civil tan animada y vibrante que pudo elegir un Presidente y entrar en la palestra pública. Esta desviación de las normas aceptables se superó del modo habitual: con la amplia complicidad de los Estados Unidos. Por ejemplo, con la decisión de los gobiernos de Bush y de Clinton de permitir a la Texaco enviar petróleo a los dirigentes del golpe, violando así las sanciones internacionales contra los golpistas, hecho crucial revelado por la Associated Press el día antes de que desembarcaran en Haití los efectivos estadounidenses.

La realidad es que la democracia, los mercados y los derechos humanos están siendo sometidos a fuertes ataques en gran parte del mundo, incluidas las principales democracias industriales. Y lo que es peor, la más poderosa de ellas - Estados Unidos - dirige el ataque. En realidad, Estados Unidos nunca ha apoyado los mercados libres, desde los primeros tiempos de su historia hasta los años de Reagan, que fijaron nuevas normas al proteccionismo y a la intervención estatal en la economía, a pesar de muchas imágines ilusorias.

¿Mercados libres?

El historiador económico Paul Bairoch señala que la escuela de pensamiento proteccionista moderna nació realmente en los Estados Unidos, que fue el país natal y el bastión del proteccionismo moderno. No estuvieron solos en esta empresa los Estados Unidos. Antes de nosotros, Gran Bretaña siguió el mismo derrotero, pasando al librecambio sólo después de que 150 años de proteccionismo le había dado ventajas tan enormes que un terreno de juego nivelado parecía una apuesta segura, abandonando más tarde su posición cuando ya no se satisfacían las expectativas. No es fácil encontrar una excepción. En el siglo XVIII, el Primer y el Tercer Mundo de entonces eran mucho más parecidos que el Primer y el Tercer Mundo de hoy. Una de las causas de las enormes diferencias que se han establecido desde entonces es que los gobernantes del Primer Mundo no aceptaban la disciplina de mercado que hacían tragar a quienes dependían de ellos. El mito más extraordinario de la ciencia económica - concluye Bairoch a partir de una reseña de los antecedentes históricos - es que el mercado libre sea una vía para el desarrollo: Es difícil encontrar otro caso en que los hechos contradigan de tal modo una teoría dominante, escribe.

Por mencionar sólo un aspecto de la intervención estatal que suele omitirse en la historia económica relatada en forma estrecha, recuérdese que la revolución industrial se fundó en los primeros tiempos en el algodón barato, al igual que la era dorada posterior a 1945 dependió del petróleo barato. El algodón no se mantenía barato por mecanismos del mercado, sino por la eliminación de la población autóctona y por la esclavitud, una injerencia bastante grave en el mercado, aunque no se considere tema de la economía, sino de otra disciplina. Pero, si las ciencias naturales tuvieran un departamento dedicado a los protones, otro a los electrones, un tercero a la luz y así, cada uno limitado a la esfera que se le designase, hubiera poco temor de que se llegase a comprender la Naturaleza...

USA: siempre proteccionistas

El historial es impresionantemente coherente. Gran Bretaña hizo uso de la fuerza para evitar el desarrollo industrial de la India y de Egipto, actuando en forma del todo consciente, con el propósito de eliminar la posible competencia. Después de la revolución en los Estados Unidos, las antiguas colonias británicas emprendieron su propia vía, confiando en la amplia protección y en las subvenciones para su propia revolución industrial, primeramente en los textiles y la maquinaria, luego en el acero y la manufactura, y así hasta el día de hoy: computadoras y electrónica en general, metalurgia, aeronáutica, agroindustrias, productos farmacéuticos... De hecho, en prácticamente toda la estructura funcional de la economía.

A partir de la Segunda Guerra Mundial, el sistema del Pentágono - que incluye a la NASA y al Departamento de Energía - se ha utilizado como un mecanismo primordial para canalizar subvenciones públicas a sectores avanzados de la industria. Esta es una de las razones de por qué ha habido tan pocos cambios después de desaparecido el supuesto pretexto del comunismo internacional. El actual presupuesto del Pentágono es superior en dólares reales al del gobierno de Nixon, no está muy por debajo del presupuesto promedio durante la guerra fría y es probable que aumente con arreglo a las políticas de los estatistas reaccionarios a los que se califica erróneamente de conservadores. Como siempre, gran parte de ese presupuesto funciona como una forma de política industrial, como una subvención del contribuyente al poder y a las utilidades privadas.

Partidarios más extremos del poder y de la intervención estatal han ampliado estos mecanismos. El gobierno Reagan, en gran medida a través de los gastos militares, aumentó la participación estatal en el PNB a más del 35% en 1983, un aumento de bastante más de un tercio con respecto al decenio anterior. La Guerra de las Galaxias se vendió al público como defensa, y a los círculos de negocios como una subvención pública a la tecnología avanzada. De haberse dejado todo a las fuerzas del mercado, en estos momentos no existirían las industrias siderúrgica y automovilística de los Estados Unidos.

Los partidarios de Reagan simple y llanamente cerraron el mercado a la competencia japonesa. El entonces Secretario del Tesoro, James Baker, proclamó orgullosamente ante un público compuesto por hombres de negocios que Reagan había concedido a la industria estadounidense más medidas para paliar el efecto de las importaciones que cualquiera de sus predecesores en más de medio siglo. Estaba siendo demasiado modesto: en realidad, eran más que las de todos sus predecesores juntos, ya que las restricciones a las importaciones se duplicaron hasta alcanzar el 23%. El Director del Instituto de Economía Internacional de Washington, el experto en economía internacional Fred Bergsten, quien en realidad aboga por la libertad de comercio, añade que el gobierno de Reagan se especializó en el tipo de ordenación del comercio que más restringe el comercio y cierra mercados: los acuerdos de limitación voluntaria de exportaciones. Señala que ésta es la forma más insidiosa de proteccionismo, que eleva precios, reduce la competencia y refuerza el comportamiento en forma de cártel. En el Informe Económico de 1994 al Congreso, se calcula que las medidas proteccionistas del período de Reagan redujeron las importaciones manufacturadas de Estados Unidos en aproximadamente la quinta parte. Aunque en decenios recientes la mayoría de las sociedades industriales se hicieron más proteccionistas, los ideólogos de Reagan marcharon a la cabeza.

La crisis económica

En el Sur, los efectos del proteccionismo han sido devastadores. Las medidas proteccionistas de los ricos han sido un factor importante para que desde 1960 se duplicara la ya enorme disparidad existente entre los países más ricos y los más pobres. El Informe de Desarrollo de las Naciones Unidas de 1992 calcula que estas medidas han privado al Sur de 500 mil millones de dólares anuales, unas doce veces la ayuda total del Norte, gran parte de la cual es en realidad promoción de exportaciones, disfrazada de diversas formas. Esta conducta es realmente criminal, según observó el distinguido diplomático irlandés Erskine Childers. Aquí cabría detenerse sólo un momento para examinar el genocidio silencioso que condena la Organización Mundial de la Salud: once millones de niños mueren anualmente porque los países ricos les niegan centavos de ayuda. El más mezquino de estos países, Estados Unidos.

Los ideólogos de Reagan también reconstruyeron la industria estadounidense de los chips de computadora con medidas proteccionistas y con un consorcio entre el gobierno y la industria, para impedir que pasara a manos japonesas. El Pentágono de Reagan brindó a su vez apoyo a la computación de alto desempeño, al convertirse - según informó la revista Science - en una fuerza determinante en el mercado, que impulsó masivamente la computación del laboratorio a la industria naciente, contribuyendo así a crear muchas jóvenes empresas de supercomputación.

Hay muchísimas otras historias en prácticamente todos los sectores funcionales de la economía. La crisis económica y social mundial suele atribuirse a fuerzas inexorables del mercado. Los analistas se dividen en cuanto a la contribución de diversos factores y señalan principalmente dos: el comercio internacional y la automatización. Existe en todo esto un notable elemento de engaño. Siempre se han necesitado - y siguen necesitándose - enormes subvenciones e intervenciones estatales para que el comercio parezca eficiente, por no mencionar los costos ecológicos que se impone a las generaciones futuras que no votan en el mercado, y otros elementos externos que quedan relegados a notas al pie.

Junto con la democracia, los mercados también están sometidos a ataque. Incluso poniendo a un lado la intervención estatal masiva en casa y en la economía internacional, la creciente concentración económica y el control del mercado ofrecen dispositivos infinitos para evadir y socavar la disciplina de mercado. Para mencionar sólo un aspecto, hay que señalar que aproximadamente el 40% del comercio mundial no es en realidad comercio alguno. Consiste en operaciones internas de las empresas, dirigidas centralmente por una mano extremadamente visible, con todo tipo de mecanismos para socavar mercados en interés de las utilidades y el poder. El sistema cuasi mercantilista de capitalismo corporativo transnacional está repleto de todo tipo de conspiraciones de los amos, por no hablar de la tradicional dependencia del poder estatal y de la subvención pública. Un estudio de 1992 de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) concluye que la competencia oligopolística y la interacción estratégica entre las empresas y los gobiernos, y no la mano invisible de las fuerzas del mercado, condicionan las ventajas competitivas y la división internacional del trabajo en las actuales industrias de alta tecnología, como son la agricultura, los productos farmacéuticos, los servicios, y en general, las principales esferas de la actividad económica. La amplia mayoría de la población mundial, sometida a la disciplina del mercado y adormecida con odas a sus maravillas, no se supone que escuche estas palabras, y raramente lo hace.

Examinemos el otro factor. Sin duda, la automatización contribuye en alguna medida a las ganancias, pero esa medida se alcanzó gracias a decenios de protección dentro del sector estatal - la industria militar -, según ha demostrado David Noble en una importante obra. Demuestra además que la forma concreta de automatización que se elegía solía estar guiada más por el poder que por las utilidades o la eficiencia, estaba destinada a descalificar a los trabajadores y a subordinarlos a la gerencia, no por principios de mercado ni por la naturaleza de la tecnología, sino por motivos de dominación y control.

Lo mismo sucede en un nivel más general. Los ejecutivos informan a la prensa que una razón importante para establecer empleos de manufactura, incluso en países con costos de mano de obra más elevados, es paliar la guerra de clases. Un ejecutivo de la Corporación Gillette explicó que, principalmente a causa de problemas laborales, nos preocupa que un producto se fabrique en un solo lugar. Si los obreros de Boston van a la huelga - explicó Gillette - la empresa puede mantener surtidos sus mercados en Europa y Estados Unidos a partir de su planta en Berlín, haciendo fracasar así la huelga de Boston.

Es sencillamente razonable, pues, que Gillette emplee en el extranjero el triple de trabajadores que en los Estados Unidos, cualquiera sea su costo. Y esto, no por la eficiencia económica. Del mismo modo, la empresa Caterpillar, que ahora intenta destruir el último vestigio de sindicalismo industrial, desarrolla una estrategia comercial que ha ido apartando del desafío a los trabajadores estadounidenses para llevarlos al conformismo. La estrategia incluye fabricar instalaciones más económicas en el extranjero y confiar en importaciones de fábricas situadas en Brasil, Japón y Europa.

La grandiosa visión de Clinton

El Contrato con Estados Unidos del Presidente de la Cámara, Newt Gingrich, constituye un claro ejemplo de la ideología de doble filo del mercado libre: protección estatal y subvenciones públicas para los ricos, disciplina de mercado para los pobres. Exige reducciones en los gastos sociales y que pobres y ancianos paguen por la atención a la salud, negando ayuda a los niños y reduciendo los programas de asistencia social para los pobres. Pide también creciente atención social para los ricos, en las formas clásicas: medidas fiscales regresivas y francas subvenciones. En la categoría de las medidas fiscales están las crecientes exenciones tributarias para los negocios y para los ricos. En la de subvenciones están las que hace el contribuyente para las inversiones en plantas y equipos, los reglamentos más favorables para la depreciación, el desmantelamiento de aparatos reglamentadores que protejan simplemente a las personas y a las generaciones futuras, y el fortalecimiento de nuestra defensa nacional de modo que podamos mantener nuestra credibilidad en el mundo, a fin de que quien se equivoque - ciertos sacerdotes y líderes de organizaciones campesinas en América Latina - comprenda que lo que nosotros decimos es lo que se hace.

La defensa nacional no pasa de ser una broma pesada, que debiera provocar una sensación de ridículo entre personas que se respeten a sí mismas. Los Estados Unidos no encaran amenaza alguna, pero gastan en defensa casi tanto como el resto del mundo en conjunto. Y son gastos militares que no son cosa de broma.

La retórica apenas tiene excepciones. En noviembre de 1994, Clinton asistió a la cumbre económica de Asia y el Pacífico en Jakarta. Habló sobre los temas que recalcó en la última cumbre de la APEC celebrada en Seattle, donde presentó su grandiosa visión de un futuro mercado libre, con admiración reverente y gran aclamación. Eligió hacerlo en un hangar de la empresa aérea Boeing, por ser esta empresa ejemplo fundamental de la gran visión del mercado libre y del triunfo de los valores empresariales. Tiene sentido: Boeing es el primer exportador del país, la aviación civil marcha a la vanguardia de las exportaciones elaboradas de Estados Unidos y la industria turística - que tiene como base la aviación - representa aproximadamente la tercera parte del excedente comercial de los Estados Unidos en el sector servicios.

El secreto de la Boeing

Del entusiasta coro sólo se omitieron algunos hechos. Antes de la Segunda Guerra Mundial, la Boeing apenas tenía ganancias. Se enriqueció durante la guerra, con un enorme aumento en las inversiones, más del 90% procedentes del Gobierno Federal. Las ganancias también se elevaron enormemente al aumentar la Boeing su valor neto más de cinco veces, en cumplimiento de su deber patriótico. Su fantástica historia financiera en los años que siguieron se basó también en la generosidad de los contribuyentes, según señala Frank Kofsky en un estudio sobre el sistema del Pentágono a raíz de la guerra, que permitía a los propietarios de empresas de aviación obtener fabulosas ganancias con mínimas inversiones propias.

Después de la guerra, el mundo de los negocios reconoció que la industria de la aviación no puede existir hoy de forma satisfactoria en una economía pura, no competitiva, no subvencionada, de `libre empresa' y que el gobierno es su único salvador posible. Así, se revitalizó el sistema del Pentágono como su salvador, con el propósito de sostener y ampliar la industria junto con gran parte del resto de la economía industrial. La guerra fría brindó el pretexto. El primer Secretario de la Fuerza Aérea, Stuart Symington, lo expresó con gran claridad en enero de 1948: No cabe hablar de `subvención', sino de seguridad. Como representante de la industria en Washington, Symington demandó periódicamente del presupuesto militar suficientes fondos de compra a fin de atender a las necesidades de la industria de la aviación, según decía. Y la Boeing obtuvo la mayor parte de estas subvenciones.

Así continúa la historia. A principios de la década de los 80, la mayor parte de las ganancias de la Boeing procedía del aparato militar y después de una disminución ocurrida entre 1989-91, su departamento espacial y de defensa dio un enorme giro, según informaba The Wall Street Journal. Una causa fue el aumento de las ventas militares en el extranjero, cuando los Estados Unidos se convirtieron en el mayor vendedor de armas del mundo, al capturar casi las tres cuartas partes del mercado del Tercer Mundo y poder confiar en una amplia intervención oficial y en subvenciones públicas que allanaran el camino. En cuanto a las utilidades procedentes del mercado civil, un cálculo adecuado de su escala exigiría dividir la contribución realizada por la tecnología de uso doble y otras contribuciones del sector público, difíciles de cuantificar con precisión, pero sin duda muy apreciables.

La guerra: vitalidad para la economía

El concepto de que la industria no podía sobrevivir en una economía de libre empresa se extendía mucho más allá de la aviación. Después de la guerra, el problema operativo fue qué forma debía adoptar la subvención pública. Los principales hombres de negocios comprendían que el gasto social podía estimular la economía, pero preferían la vía militar, por causas que guardaban relación con el privilegio y el poder, no con la racionalidad económica. En 1948, la prensa de los negocios contemplaba los gastos de guerra fría de Truman como una fórmula mágica para pasarla bien durante un tiempo casi infinito. Estas subvenciones públicas podrían mantener un tono en general hacia arriba, comentaba Business Week, sólo con que los rusos cooperaran lanzando miradas lo suficientemente amenazantes. En 1949, los editores observaban con alivio que, hasta el momento, Washington había puesto a un lado a los enviados de Stalin para examinar las posibilidades de paz, pero seguían preocupados porque la ofensiva de paz de Stalin pudiera interferir en la perspectiva de gastos militares en perenne ascenso. El Magazine of Wall Street veía los gastos militares como un forma de inyectar nueva vitalidad a toda la economía".

En 1949: Business Week explicaba Existe una enorme diferencia social y económica entre la reactivación en forma de asistencia social y la reactivación en forma de gastos militares siendo estos últimos preferibles con mucho. Y así sigue siendo en los baluartes de la doctrina empresarial.

Los mercados libres están muy bien para el Tercer Mundo y para su creciente contrapartida en casa. Puede hablarse severamente a las madres con hijos a su cargo sobre la necesidad de bastarse a sí mismas, pero por favor, no puede tratarse así a los ejecutivos e inversionistas... Para ellos, debe florecer el estado benefactor. Amor duro sería la consigna correcta para esta política estatal, mientras le demos su significado correcto: amor para los ricos y dureza para todos los demás.

Mil millones de dólares se mueven a diario

Los principales factores que han conducido a la actual crisis económica mundial son razonablemente bien comprendidos. Uno es la internacionalización de la producción, que ha ofrecido a las empresas la tentadora perspectiva de poder deshacer las victorias obtenidas por el pueblo trabajador a favor de los derechos humanos. La prensa comercial advierte francamente a los consentidos trabajadores del mundo occidental que deben abandonar sus suntuosos estilos de vida y rigideces del mercado tales como la seguridad laboral y otras tonterías pasadas de moda... Los economistas señalan que es difícil de calcular el flujo de empleos, pero eso es sólo una anécdota en la historia. La amenaza basta para obligar al pueblo trabajador a aceptar salarios inferiores, horarios más largos, menos beneficios y seguridad y otras inflexibilidades de esa índole.

El final de la guerra fría, que devolvió a la mayor parte de Europa Oriental a su papel tradicional de servidor, coloca nuevas armas en manos de los amos, tal y como informa con regocijo desenfrenado la prensa de los negocios. La General Motors y la Volkswagen pueden pasar su producción al Tercer Mundo restaurado del Este, en donde les es posible encontrar trabajadores a una fracción del costo de los consentidos trabajadores del mundo occidental, al tiempo que aprovechan la elevada protección arancelaria y otras facilidades que brindan a los ricos los verdaderos mercados libres existentes. Estados Unidos y Gran Bretaña van a la cabeza en la opresión del pueblo pobre y trabajador, pero arrastrarán a otros, gracias a la integración mundial.

Y mientras el ingreso familiar medio continúa disminuyendo incluso bajo la lenta recuperación, la revista Fortune se regodea con las deslumbradoras ganancias de los 500 de Fortune, a pesar de un crecimiento de ventas estancado. La realidad de la era magra y maligna es que el país está inundado de capital, aunque ya en las manos correctas... La desigualdad ha regresado a los niveles del período anterior a la Segunda Guerra Mundial, y América Latina tiene el peor desempeño del mundo, gracias a nuestro amable tutelaje. Como reconoce entre otros el Banco Mundial, la igualdad relativa y los gastos en salud y educación son factores importantes en el desarrollo económico, por no hablar de la calidad de la vida. A pesar de eso, el Banco Mundial continúa actuando para aumentar la desigualdad y socavar el gasto social, en servicio de intereses permanentes.

Un segundo factor en la catástrofe actual del capitalismo estatal, que ha dejado aproximadamente a la tercera parte de la población mundial apenas con medios de subsistencia, es la enorme explosión de capital financiero desreglamentado después que fuera desmantelado el sistema de Bretton Woods hace veinte años, con tal vez mil millones de dólares moviéndose todos los días. La constitución de ese capital también ha cambiado en forma radical. Antes de que Richard Nixon desmantelara el sistema, aproximadamente el 90% del capital en los cambios internacionales era para la inversión y el comercio y el 10% para la especulación. En 1990 esas cifras se habían invertido y el informe de la UNCTAD de 1994 calcula que el 95% del capital se utiliza ahora para la especulación. En 1978, cuando los efectos eran ya evidentes, James Tobin, economista galardonado con el Premio Nobel, destacó en el discurso que pronunció al asumir la presidencia de la Asociación de Economía norteamericana, que debían imponerse gravámenes para desacelerar las corrientes especulativas, que llevarían al mundo a una economía de altas ganancias, de salarios bajos y de crecimiento pobre. En estos momentos, este pronóstico tiene amplio reconocimiento. Un estudio dirigido por Paul Volcker, ex-director de la Reserva Federal, atribuye al aumento de la especulación una mitad de la responsabilidad en la marcada disminución en el crecimiento que se ha producido en el mundo desde principios de los años 70.

En guerra contra los pobres

En general, una política estatal y empresarial deliberada mueve al mundo entero hacia una especie de modelo de Tercer Mundo: sectores muy ricos, una enorme masa en la miseria y una extensa población superflua, carente de derechos porque no contribuye en nada a la obtención de ganancias, único valor humano.

A la población excedente es menester mantenerla en la ignorancia, pero también controlada. Este problema se encara directamente en los dominios del Tercer Mundo que han estado sometidos desde hace mucho al control occidental y, por lo tanto, reflejan con la mayor claridad los valores dominantes. Entre los dispositivos favoritos están el terror en gran escala, los escuadrones de la muerte, la limpieza social y otros métodos de eficacia demostrada. En casa, el método más favorecido ha sido encerrar a las personas superfluas en barrios pobres urbanos que cada vez se parecen más a campos de concentración. O, si esto falla, en las cárceles, que en una sociedad más rica son la contrapartida de los escuadrones de la muerte que entrenamos y apoyamos en nuestros dominios. En la época de Reagan, el número de presos casi se triplicó en los Estados Unidos, dejando bien atrás a nuestros principales competidores, Sudáfrica y Rusia. Ahora, Rusia acaba de alcanzarnos, al haber comenzado a comprender los valores de sus tutores estadounidenses...

La guerra anti-droga, mayormente fraudulenta, ha servido de principal dispositivo para encarcelar a la población indeseada. Nuevas leyes penales deben facilitar el proceso, con sus procedimientos de condena mucho más rigurosos. Extensos y nuevos gastos en cárceles son acogidos también con beneplácito como otro estímulo keynesiano a la economía. Entre los beneficiarios están la industria de la construcción, los bufetes, los florecientes y rentables complejos de cárceles privadas, los nombres más elevados de las finanzas - Goldman Sachs, Prudential y otros - que compiten para suscribir la construcción de cárceles con contratos privados, exentos de impuestos y también el aparato defensivo (Westinghouse, etc.), que presienten una nueva línea de negocios en los sistemas de vigilancia y control de alta tecnología del tipo que habría admirado el Hermano Mayor.

No es sorprendente que el Contrato de Gingrich abogue por la ampliación de esta guerra contra los pobres. Los objetivos de la guerra son principalmente los negros. La estrecha correlación entre raza y clase hace más natural y sencillo el procedimiento. A partir de muchos estudios - incluida la observación directa realizada por estudiantes y profesores en un proyecto llevado a cabo conjuntamente con la policía de Washington -, el criminalista William Chamblis concluye que a los hombres negros se les considera población penal. Se supone que los delincuentes tengan derechos constitucionales, pero como muestran sus estudios y otros que se han realizado, esto no es así en las comunidades que se convierten en objetivo, a las que se trata como a poblaciones bajo ocupación militar.

Los negros constituyen un objetivo apreciado porque son indefensos. Y engendrar temor y odio es, por supuesto, un método común de control de la población, sean los negros, los judíos, los homosexuales, las mujeres que viven de la asistencia social u otro demonio que se invoque. Estas parecen ser las razones básicas para el crecimiento de lo que Chamblis llama la industria de la lucha contra el delito. No se trata de que un delito no sea una amenaza verdadera a la seguridad y la supervivencia. Lo es y lo ha sido desde hace mucho. Pero no se atiende a las causas sino que se explota en varias formas como método de control de la población.

En guerra contra los niños

Son los sectores más vulnerables los que se hallan sometidos a ataque. Los niños son otro objetivo natural. El tema ha sido examinado en varios estudios importantes. Uno de ellos, realizado para la UNICEF en 1993 por una conocida economista estadounidense, Sylvia Ann Hewlett, se titula Child Neglect in Rich Societies (El des- cuido de los niños en las sociedades ricas). A partir de un estudio de los últimos 15 años, la economista encontró una clara diferencia entre las sociedades angloamericanas y las de Europa continental y el Japón. El modelo angloamericano, - escribe Sylvia Ann Hewlett - es un desastre para los niños y sus familias. El modelo europeo-japonés, en cambio, ha mejorado notablemente la situación de ambos. Como otros, la economista atribuye el desastre angloamericano a la preferencia ideológica por los mercados libres.

Dejando a un lado las causas, no hay muchas dudas sobre los efectos de lo que Sylvia Ann Hewlett llama el espíritu contra los niños que anda suelto por estas tierras, a saber, Estados Unidos y Gran Bretaña. El modelo angloamericano, pletórico de descuido ha privatizado masivamente la educación de los hijos, al tiempo que la ha colocado fuera del alcance de la mayoría de la población. El resultado es un desastre para los niños y sus familias, mientras que en el modelo europeo, más sustentador, la política social ha fortalecido para ellos los sistemas de apoyo.

Una comisión formada por las Juntas Estatales de Educación y la Asociación Médica de los Estados Unidos (AMA), señala que nunca antes había habido en Estados Unidos una generación de niños menos saludables, menos cuidados ni menos preparados para la vida en comparación con sus padres a la misma edad.

En parte, el desastre es un simple resultado de la disminución de los salarios. En el caso de la mayor parte de la población, ambos padres deben trabajar horas adicionales sólo para atender a necesidades básicas. La eliminación de la rigidez del mercado significa que hay que trabajar horas adicionales por salarios inferiores o si no... Las consecuencias son predecibles. El tiempo de contacto entre padres e hijos ha disminuido en forma radical. Existe un abrupto aumento en la confianza en la televisión para el cuidado infantil. El resultado: niños que permanecen largas horas solos en sus casas, alcoholismo y drogadicción infantiles, delincuencia, violencia infantil y contra los niños y otros efectos evidentes sobre la salud, la educación y la posibilidad de participar en una sociedad democrática e incluso de sobrevivir.

Estas no son leyes de la naturaleza, sino políticas sociales diseñadas conscientemente con un objetivo concreto: enriquecer a los 500 de Fortune. Y esto ha ocurrido mientras Gingrich y sus congéneres predican los valores familiares y se salen con la suya, con ayuda de aquellos a los que la prensa obrera del siglo XIX llamaba el sacerdocio comprado.

La ciencia firme de esta hora

Algunas de las consecuencias de la guerra contra los niños y las familias reciben enorme atención. Los principales diarios han estado publicitando a nuevos libros, preocupados por la caída del cociente de inteligencia y de los logros académicos. La sección de reseña de libros en The New York Times dedicó un artículo de fondo desusadamente largo al tema, realizado por su escritor sobre ciencias, Malcolm Browne, quien comienza advirtiendo que los gobiernos y sociedades que pasen por alto los temas que tratan estos libros lo harán a su cuenta y riesgo. No se menciona el estudio de la UNICEF ni he visto reseña sobre él en ninguna parte ni ningún otro estudio interesado en la guerra contra los niños y las familias que se lleva a cabo en las sociedades angloamericanas.

¿Cuál es el problema que pasamos por alto a nuestra cuenta y riesgo? Que tal vez el cociente de inteligencia sea en parte heredado y, lo que es más ominoso, que tal vez esté vinculado a la raza y los negros estén pariendo como conejos y viciando el banco genético y que tal vez las madres negras no nutran a sus hijos porque evolucionaron en el entorno cálido pero muy impredecible de Africa... Esto es lo que propone el autor de uno de los libros reseñados. Esta es la ciencia firme, que pasamos por alto a nuestra cuenta y riesgo. Pero podemos - e incluso debemos - pasar por alto las políticas sociales basadas en los mercados libres para los pobres y la protección estatal para los ricos. De hecho, en la ciudad en que apareció este texto, la más rica del mundo, el 40% de los niños viven por debajo del límite de la pobreza, privados de la esperanza de escapar de la miseria y la indigencia. ¿Tendrá eso algo que ver con el estado de los niños y sus logros académicos? Podemos pasar por alto fácilmente estas preguntas. Hacerlo es una decisión natural para los ricos y poderosos, que se hablan unos a otros buscando justificaciones para la guerra de clases que desarrollan y para encubrir los efectos humanos de esta guerra...

¿Aristócratas o demócratas?

Es fácil comprender el sentimiento de desesperación, ansiedad, desesperanza, ira y temor que prevalece en el mundo, fuera de los sectores ricos y privilegiados y fuera del sacerdocio comprado que canta alabanzas a la magnificencia de los Estados Unidos.

Hace 170 años, muy preocupado por la suerte de la experiencia democrática, Thomas Jefferson estableció una útil distinción entre aristócratas y demócratas. Los aristócratas son los que temen y desconfían del pueblo y desean quitarle todos los poderes para colocarlos en las manos de las clases más altas. Los demócratas, en cambio, se identifican con el pueblo, confían en él, lo aprecian y lo consideran depositario honrado y fiable del interés público, aunque no siempre el depositario más sabio. Los aristócratas de sus días eran quienes abogaban por el estado capitalista en ascenso, que Jefferson contemplaba con gran desaliento, al reconocer la contradicción existente entre democracia y capitalismo, hoy mucho más evidente en la medida en que las tiranías privadas obtienen extraordinario poder sobre todos los aspectos de la vida.

Como en el pasado y como siempre, cabe escoger entre ser un demócrata o un aristócrata en el sentido jeffersoniano. La vía aristócratica ofrece ricas recompensas: la riqueza, el privilegio y el poder. La otra vía es de lucha, muchas veces de derrota, pero también de recompensas inimaginables para los que no sucumben a lo que la prensa de la clase obrera denunciaba hace 150 años como el nuevo espíritu de la época: ganar riquezas, olvidándose de todo, menos de sí mismo.

El mundo de hoy está muy lejos del de Thomas Jefferson o del de los trabajadores del siglo XIX. Las opciones que ofrece, sin embargo, no han cambiado en lo fundamental.

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