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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 171 | Junio 1996
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Nicaragua

Campesinos-finqueros: hay que contar con ellos

Todos los gobiernos han declarado su apoyo al agro. Ninguno lo ha hecho. En Nicaragua existen 57 mil familias de campesinos-finqueros. En ellas reside un desconocido, pero real potencial para la reactivación económica de Nicaragua. El nuevo gobierno que llegará al poder en 1997 contará con ellos?

Peter Marchetti y Cristóbal Maldidier

El campesinado es la fuerza social con más potencial económico y productivo para dinamizar el sector agropecuario de Nicaragua, cuyo estancamiento desde 1983 no hace falta documentar. Es necesario redefinir el campesinado nicaragüense y su diversidad, tanto para superar la visión mistificadora de un campesino reducido a simple habitante pobre del campo como para ver más allá de la cortina de humo creada en las décadas pasadas con los términos de burguesía, campesino pobre-medio-rico, proletariado y semiproletariado.

¿Quiénes son y cuál es su sueño?

En América Latina, el análisis de las clases sociales en el agro se olvida del finquero que existe en el alma del campesino. En una primera definición de aquellos a quienes llamamos campesinos-finqueros diremos que no pertenecen ni a los estratos rurales más pobres de Nicaragua ni tampoco a los estratos acomodados que viven en su finca, a quienes se acostumbra a llamar simplemente finqueros. Los campesinos-finqueros están en el grupo de "en medio", entre los pobres y los finqueros. Tienen una finca, aunque sea pequeña, y son un signo de esperanza y un modelo para todos los campesinos pobres. Porque el campesino asalariado sueña con sembrar, aunque sea en tierra ajena. Porque los que alquilan tierra, los medieros y los colonos, sueñan con tener sus propias parcelas. Porque los beneficiados de la reforma agraria sueñan con el día en que sus amigos califiquen su parcela con la palabra finca. También los campesinos-finqueros aspiran a comprar más tierra, para que sus hijos hereden suficiente y no se reconviertan en parceleros o minifundistas.

Lo que designamos como campesino-finquero es lo que se llama usualmente campesino en los países que han gozado de profundas transformaciones agrarias: Europa noroccidental, China, Japón y Taiwán entre otros. Sin una verdadera revolución en la institucionalidad pública, en los programas de desarrollo y en la política agraria, los estratos "campesinos" del campo nicaragüense no llegarán nunca a tener el potencial económico de los de su misma clase de Europa o del Sudeste asiático.

Los arquitectos de la política agraria y los ejecutores y promotores de programas de desarrollo rural, públicos o de ONGs, tienen perspectivas demasiado influenciadas por la cultura urbana del Pacífico. La cultura campesina y finquera desconfía de los círculos de poder empresariales y urbanos, pero reconoce su existencia. En cambio, estos círculos de poder desconocen las características sociales y los potenciales económicos del campesinado y particularmente de los campesinos finqueros.

En el actual panorama de Nicaragua hay más razones para confiar en los movimientos sociales y en la organización propia de los campesinos, que en la capacidad del gobierno y de los partidos políticos para responder a sus demandas. Sin embargo, la difusión de información que facilite el diálogo entre el mundo rural y los autores urbanos de la política agraria puede aminorar la violencia e inestabilidad social y política en el campo. Sin duda, esta inestabilidad es en parte producto del menosprecio del potencial económico de los campesinos-finqueros, y es a la vez un factor que estorba aún más las posibilidades de reactivación de la economía nacional.

Los siempre "ninguneados"

Los analistas agrarios y los arquitectos de la política agraria se han olvidado del campesino-finquero. O lo han "ninguneado", retomando a Daniel Núñez, presidente de la Unión Nacional de Agricultores y Ganaderos (UNAG), al referirse al trato dado por los gobiernos a las mayorías del campo y a un estrato de finqueros conocido como burguesía chapiolla. En realidad, este campesinado ha sido "ninguneado" desde siempre, para servir los intereses de las clases poderosas: como indio en los 300 años de colonia o como campesino ladino después, cuando la ideología dominante lo considera "atrasado", lo cree mozo o asalariado de otros, o hace de él una víctima o un miembro de su clientela política.

Junto a los estratos pobres del campesinado, los campesinos-finqueros han sido los excluidos de siempre. En Nicaragua, los latifundistas y los empresarios agrarios, nacidos de las familias oligárquicas de Granada y León, han sido los privilegiados de siempre. Así fue hace cien años. Así es hoy.

La apropiación ilegal de los terrenos de los campesinos por los latifundistas, en Nicaragua y en toda América Latina, ha sido una estrategia consciente para que el campesino se olvide de su finca soñada. En América Latina, las políticas de modernización agrícola y las políticas de colectivización de varios países en los años 60 y 70, y después las políticas neoliberales de los 80 y 90, han sido aún más efectivas para borrar los sueños del campesinado. La gran tentación del campesino, contra la cual batalla diariamente, es olvidarse de sí mismo, aceptando las reglas del juego impuestas.

El "olvido" de los terratenientes hacia los campesinos-finqueros ha sido bastante interesado. Los privilegios de los latifundistas, de los empresarios agrícolas y, durante la década pasada, de la burocracia estatal sandinista, dependían en gran parte de excluir a los campesinos-finqueros de su derecho a acceder en términos de igualdad a los beneficios del mercado y a una participación en la institucionalidad agraria nacional. Pero, a pesar del tratamiento desigual recibido durante este siglo, los campesinos-finqueros siguen siendo los portadores de mayor eficiencia económica, por encima de los otros sectores sociales del agro.

Los más productivos

El campesinado nicaragüense en su conjunto produce más riquezas que cualquiera de los otros dos estratos principales del agro - los empresarios y los finqueros-. Una investigación cuidadosa de los tipos de productores que hay en Nicaragua y su compatibilización con las encuestas realizadas por Nitlapán y con la información oficial del MAG y el Banco Central de Nicaragua así lo demuestra. La riqueza producida (valor agregado producido) por los campesinos asalariados, los semicampesinos (campesinos pobres) y los campesinos-finqueros representa un 48% del total. Los empresarios contribuyen sólo con un 35% y los finqueros con un 17%.

Los campesinos logran esto controlando una proporción similar de la tierra en finca del país: 60% del área agrícola y 51% del área ganadera. Con estos recursos, generan el 63% del empleo agrícola y el 48% del empleo en ganadería, lo que es altamente significativo, sobre todo cuando se piensa en que la opinión ampliamente difundida es que estos sectores, pobres casi por definición, no pueden generar riqueza a no ser como empleados de las grandes fincas, y tampoco pueden ser rentables. La realidad es otra.

Con la divisa escasa: los más rentables

La principal crisis económica del país se expresa en la brecha comercial: la diferencia entre nuestras importaciones y nuestras exportaciones. En el período 1983-92 la brecha comercial ha sido de alrededor de 4 mil millones de dólares. La preocupación de los políticos es la búsqueda constante y frenética de más y más ayuda externa para enfrentar esa brecha. Y aunque los medios de comunicación transmiten constantemente a la opinión pública el mensaje de que Nicaragua padece de una escasez aguda de divisas, la verdad es otra: la asignación de las divisas ha sido sumamente ineficiente y el despilfarro de la ayuda externa alarmante. No hacen falta más divisas o más ayuda externa porque con cada dólar que recibimos Nicaragua cae más profundamente en el pozo de la brecha comercial.

No es noticia que el sector urbano sea consumidor neto de divisas y el sector rural productor de ellas. Pero, dentro del sector rural, ¿cuáles sectores sociales son más eficientes en el uso de las divisas internacionales? ¿Quiénes son los portadores de reactivación económica y quiénes podrían hacer la mayor contribución al ajuste estructural?

Los campesinos y los campesinos-finqueros contribuyen con casi el 70% de las divisas netas generadas o ahorradas por el sector agropecuario. En la generación de divisas netas, el problema es la cantidad de divisas gastadas en insumos importados. Si se gasta mucho en insumos, la generación de divisas netas es menor para el país. El campesinado es más eficiente y austero en el uso de las divisas. Los empresarios sólo generan y ahorran un 9% de divisas netas. La contribución de los finqueros es mayor: un 22%. Además, este estrato de productores no sólo genera divisas, también se las ahorra al país al producir alimentos que no hay que importar.

Otra forma de comparar la eficiencia de los distintos estratos de productores es midiendo la rentabildad de divisas gastadas en la compra de insumos y equipos importados. Los empresarios son los menos eficientes. Por cada dólar que gastan en la producción, sólo generan 14 centavos más. Los campesinos-finqueros generan 2 dólares con 50 centavos: 18 veces más que los empresarios. Los finqueros siguen muy de cerca a los campesinos-finqueros en sus niveles de eficiencia.

Los campesinos pobres (campesinos asalariados y campesinos) y los campesinos de frontera agrícola también muestran altas tasas de rentabilidad en la divisa gastada. De hecho, los campesinos de frontera agrícola aparecen en las estadísticas como los más rentables de todo el sector agropecuario, pero esto es una ilusión, porque su rentabilidad la logran destruyendo el bosque tropical húmedo, base del ecosistema nacional, que sostiene no sólo al sector agrario sino a todo el país. Los campesinos muestran una rentabilidad casi igual a la de los campesinos-finqueros, pero la logran por su pobreza: no tienen dinero para comprar fertilizantes, se levantan en la madrugada para quitar insectos a mano y con un foco... Su rendimiento por manzana es bajo, pero sus costos son ínfimos.

En resumen, los estratos de productores que presentan resultados económicos más interesantes desde el punto de vista del beneficio nacional, los que son portadores de la reactivación económica del país, son los que obtienen a la vez una alta tasa de rentabilidad de la divisa sin perjudicar los bosques y los suelos. Esos son los campesinos-finqueros. Utilizan más racionalmente la tierra, generan más empleo y más divisas netas por manzana, y la productividad de su trabajo - si la medimos en términos de riqueza nacional (valor agregado) o en términos de divisas netas por día de trabajo- es similar o superior al promedio del sector en su conjunto. Obviamente, los estratos de productores más grandes y más ricos presentan una productividad más alta, pues utilizan más equipos y maquinaria y tienen cafetales más densos y con variedades más productivas, pero esto lo logran a costa de una rentabilidad más baja de la divisa extranjera, que es el recurso más escaso en el país.

Siempre fuera del juego

En los años 50 y 60, los campesinos-finqueros gozaron de condiciones macroeconómicas y oportunidades de exportación favorables, pero fueron excluidos de los beneficios canalizados por la dictadura somocista a sus socios y a otros empresarios agrarios, ubicados en los enclaves de la agricultura moderna.

En los años 70, este estrato del campesinado jugó un papel importante junto con los finqueros en el último auge de la exportación de café y de carne de res y ofrecieron sus casas y su apoyo a los guerrilleros sandinistas, pero fueron excluidos de las mesas donde el FSLN pactó políticamente con los empresarios agrícolas, industriales y comerciales opositores a la dictadura.

En los años 80, los campesinos-finqueros gozaron de una política de subsidios en créditos e insumos, pero tampoco fueron invitados a la mesa de negociaciones en el Ministerio de Desarrollo Agropecuario y Reforma Agraria, el MIDINRA, donde representantes de los gremios empresariales del ganado, algodón, azúcar, arroz y sorgo discutían con el Ministro de Agricultura las tasas de interés, los precios de los insumos y de los productos agropecuarios. No pudieron expresar su rechazo a la política estatizante de comercio interno, que los iba excluyendo del mercado e iba eliminando la viabilidad de su producción y, a veces, la de sus operaciones de comercio y otros servicios rurales.

Una reforma agraria singular

Fue la política de comercio interior y la incomprensión de su cultura que mostraron los cuadros políticos urbanos del FSLN y del Ejército Popular Sandinista lo que convirtió a los campesinos-finqueros en el centro de gravedad de la contrarrevolución. El costo humano y económico del levantamiento armado campesino-finquero que nutrió a la contra fue altísimo.

Fue una guerra no sólo contra el sandinismo sino contra la institucionalidad pública elitista. Porque esta institucionalidad seguía beneficiando a las ciudades y protegiendo a los latifundistas y empresarios agrarios en medio de una proclamada revolución y de una reforma agraria, que traspasó gran parte de los activos del complejo agroindustrial somocista a los funcionarios del nuevo Estado.

Las propiedades somocistas debían haberse distribuido al campesinado en 1979, en vez de convertirse en fincas estatales. El FSLN demoró casi tres años antes de empezar la expropiación de latifundistas y la entrega de tierras a los campesinos. Tuvo miedo de organizar al campesinado para lograr una profunda reforma agraria de carácter campesino, porque eso hubiera roto su alianza táctica con los empresarios agrarios y hubiera cuestionado su programa estatizante. El primer acto de entrega de tierras a campesinos se dio el 16 de octubre de 1981 en Wiwilí, 26 meses después del inicio de la revolución.

Cuando la expropiación de latifundistas no-somocistas empezó en serio, en el segundo semestre de 1982, los objetivos no eran el hacer menos desigual la tenencia de la tierra o el fortalecer económicamente a un sector campesino. El objetivo era reconquistar al campesinado pobre de la influencia ideológica de los campesinos-finqueros y de los finqueros, y aumentar la capacidad de defensa en la montaña, ampliando el reclutamiento para el servicio militar en las cooperativas de producción del Pacífico.

La verdadera reforma agraria la hizo la guerrilla campesina-finquera de los contras. Fueron ellos los que obligaron al FSLN a convertir 400 mil manzanas de fincas estatales en cooperativas entre 1983 y 1986. Aquí reside una de las ironías históricas de los años 80: los Estados Unidos financiaron una guerrilla que cuestionó no sólo al sandinismo sino, también indirectamente, a la institucionalidad oligárquica del capitalismo agrario de Nicaragua. Pero no fueron los campesinos-finqueros los que se beneficiaron de la reforma agraria - en su gran mayoría ya tenían la propiedad de la tierra-. Fueron lo estratos pobres del campesinado. Latifundistas y empresarios agrarios perdieron en esta etapa más de un millón de manzanas, lo que favoreció el surgimiento de una estructura de tenencia de la tierra menos desigual, la más democrática de América Latina.

Años 90: exclusión generalizada

En los años 90, no sólo los campesinos-finqueros sino también los campesinos pobres y los finqueros - la burguesía chapiolla - siguen siendo excluidos de la participación en la formulación de la política crediticia, del régimen legal rural, de la política tecnológica y del fomento de exportaciones. Hoy, más de 100 mil campesinos y finqueros se encuentran sin acceso al crédito.

Con su guerra, la fuerza social rural logró un objetivo: romper los controles estatales sobre el comercio interior. Sin embargo, el gobierno de Violeta de Chamorro, con la privatización de la Empresa Nacional de Alimentos Básicos (ENABAS) logró el mismo efecto que los sandinistas, pero al revés. Los sandinistas eliminaron el comercio rural privado sin reemplazarlo por un sistema público adecuado a las demandas de los campesinos. El nuevo gobierno, confiando ciegamente en el mercado, eliminó el sistema público sin ofrecer créditos y estímulos para reconstituir con eficiencia un sistema de comercio privado que fue destruido por la política sandinista y por diez años de guerra. Así, el gobierno Chamorro perdió el apoyo de los campesinos y de los finqueros tan rápidamente como lo ganó durante su campaña electoral en 1989.

Excluidos y resistiendo

El problema reside en que el mercado interno sufre de una segmentación profunda, reflejo técnico de la exclusión de los campesinos, finqueros y estratos inferiores de la economía urbana. La actividad de comercio y transporte se concentra en el Pacífico y las áreas más urbanizadas del interior y las regiones de montaña quedan en manos de un comercio con baja competencia. En los últimos 50 años, sólo el somocismo ofreció un esquema viable de comercio a los campesinos y finqueros, aunque su política fue más de olvido que de intervención.

Si el nuevo gobierno ha excluido a la burguesía chapiolla del interior, cuyas fincas promedian 500 manzanas, uno puede imaginarse la dimensión que tiene la exclusión de los beneficiarios de reforma agraria. La inmensa mayoría de estos beneficiarios han parcelado sus cooperativas de producción y las tierras de ex-fincas estatales para trabajarlas dentro de una lógica familiar. Su acceso a la tierra como parceleros es inseguro, sin ningún apoyo jurídico. Pero a pesar de la creciente pobreza de esta franja de la producción rural y de la descapitalización de sus unidades de producción, los beneficiarios de reforma agraria sólo han vendido un 4% de sus tierras a finqueros y empresarios agrarios. Este "milagro" se debe tanto a la resistencia campesina para hacer realidad su sueño de tener un pedazo de tierra asegurada por la ley, como a la iliquidez de los finqueros, también excluidos del sistema financiero, y al limitado dinamismo de los empresarios agrarios.

Los resultados de la actual política agraria han sido: creciente pobreza rural, brotes de violencia política y vandalismo. Las consecuencias económicas, tanto para los finqueros como para los comerciantes rurales, son graves.

Hasta ahora ningún gobierno se ha dejado influenciar ni ha abierto su institucionalidad a la cultura campesina/finquera. La explosividad social y política en el campo ha obligado al gobierno Chamorro a cambiar su discurso, pero su distancia cultural de los campesinos y finqueros es infinita. Los intentos por organizarlos e incorporarlos a los programas estatales no ocultan fines de clientelismo político. En noviembre de 1992, el gobierno anunció la prioridad del Programa Finquero promovido por Nitlapán-UCA, pero nunca se hizo nada por iniciar el programa. Existe un vacío fundamental: falta un tipo de profesionales, un tipo de instituciones y un tipo de programas capaces de servir como puente entre la forma oligárquica del gobierno y las demandas de los campesinos y de los finqueros.

Cómo los ve la oligarquía

El concepto del campesino-finquero no se puede captar desde los enfoques latinoamericanos tradicionales sobre el campesinado. El término campesinado no es ahistórico y requiere ser contextualizado según el nivel de transformación agraria de cada país. En América Latina existen tres concepciones comunes sobre el campesinado: la oligárquica, la leninista y la modernizante.

Una primera visión - quizás la menos elaborada intelectualmente y las más empapada del menosprecio del cual son capaces las fracciones más violentas de la oligarquía y algunos sectores urbanos - considera a los campesinos como seres social y culturalmente inferiores, y los representa a menudo como mozos, en oferta permanente - real o potencial - de su fuerza de trabajo. Esta visión -herencia directa de la que tenían los españoles hacia los indios en la época colonial - es en gran medida coherente con los intereses de los terratenientes, cuya base de acumulación ha sido históricamente la explotación directa de la fuerza de trabajo rural. En un país como Nicaragua, donde las tierras abundan, se ha hecho siempre algo "difícil" a las clases dominantes asegurarse la disponibilidad de mozos. Por esto instauraron el trabajo obligatorio con la famosa "boleta de ocupación" y por esto privatizaron a su favor las tierras comunales a finales del siglo XIX. En lo que va del siglo XX también se empeñaron en tener el mayor control posible sobre la tierra y no aceptaron más que una reforma agraria cosmética en los años 60. Su queja desde el tiempo de los españoles ha sido la misma: "la escasez de mano de obra".

Cómo los ve "la izquierda"

Una segunda y más reciente corriente de análisis sobre la conformación y evolución histórica del agro latinoamericano dibuja al campesino como víctima de represión física y opresión económica. En Nicaragua, esta corriente realza acontecimientos coyunturales de violencia ocurridos en Matagalpa, León y Chinandega para sustentar el argumento de que el campesinado es una clase oprimida. Influenciada por las teorías marxistas y leninistas clásicas, esta corriente caracterizó a principios de los años 80 a este sector como una clase compuesta fundamentalmente por "semiproletarios", producto de la forma específica que habría alcanzado el desarrollo del capitalismo en el agro y preludio de una completa proletarización de la fuerza de trabajo rural.

El eje de las propuestas basadas en este análisis consiste en acelerar la liquidación del campesinado, como residuo precapitalista, para asegurar el pleno desarrollo de las fuerzas productivas y la posterior sustitución de las empresas capitalistas por formas socialistas de producción.

Cómo los ven "los desarrollistas"

Esta visión del agro ha sido eclipsada por un tercer enfoque, hoy dominante. Es el enfoque "modernizante" o "desarrollista", que ubica al campesinado como parte del sector "tradicional" de la economía agraria, en oposición a lo que sería el sector moderno, empresarial, tecnológicamente "avanzado" e integrado a los mercados. Lo asocia a una serie de características: comportamiento económico irracional o poco interés por obtener ganancias y acumular; producción mayoritariamente de subsistencia y débil eficiencia productiva, en oposición a una producción que se destinaría prioritariamente al mercado y tecnológicamente "avanzada"; marcado individualismo y resistencia a los cambios.

De esta conceptualización se deriva que la política adecuada para lograr el desarrollo económico consistiría en "modernizar" la economía campesina promoviendo la transferencia de capital y de tecnologías modernas al campesinado, y empujándolo al cambio de sus actitudes económicas. La reforma agraria y la promoción del cooperativismo - estrategia compartida parcialmente por los leninistas -, se considera una vía idónea para mejorar la productividad, aprovechar los supuestos beneficios de la división del trabajo y de la producción industrial, logrando superarse así el famoso atraso e individualismo campesinos. La creación, en las décadas de los 60 y 70, de Bancos de Desarrollo para dar acceso al crédito al campesinado y, paralelamente, para facilitar la transferencia de las tecnologías de la revolución verde - uso de semillas mejoradas, uso de insumos y de fertilizantes químicos, etc.- es un ejemplo de este tipo de políticas. Muchos proyectos de Desarrollo Rural Integral continúan concibiéndose hoy en día con esta misma inspiración.

Respecto a los enfoques leninista y modernizantes, con los que operan la mayoría de los analistas agrarios, sean de derecha o de izquierda, hay que destacar que las políticas y programas regionales o locales dirigidos al agro latinoamericano, que han inspirado en las últimas décadas, han sido a menudo fracasos. Incluso estos enfoques han llegado a veces a ser tan enemigos del campesinado como los mismos latifundistas y los empresarios agrícolas. Basta mencionar el débil éxito de los proyectos de desarrollo, las insuficientes redistribuciones de tierras, el fracaso del modelo colectivista, la difusión limitada a ciertos sectores de las tecnologías promovidas, etc.

Al estigmatizar al campesinado, al buscar como reducirlo a un campesinado, los enfoques tradicionales sobresimplifican y sesgan tremendamente la realidad de la economía campesina, perdiendo así la posibilidad de reconocer y entender la existencia de un sector socialmente diferenciado y productivamente diversificado. El problema de la visión modernizante es que en la descripción del campesinado enfatiza las características de su sicología o su grado de "tradicionalismo". La visión leninista limita las relaciones sociales de producción en las cuales se inserta el campesinado al nivel de asalarización, medido éste en base a un conteo simplista del número de días que el campesinado trabaja para otro o contrata a otro. El contexto real del campesinado nicaragüense obliga a abandonar estos enfoques.

Tres grandes interpretaciones del desarrollo agrario y de la naturaleza de la estructura agraria nacional, han dominado el debate reciente en Nicaragua:

* El modelo agroexportador capitalista y la perspectiva proletaria.
* Los conflictos interburgueses y la perspectiva de la burguesía chapiolla.
* El potencial campesino y la perspectiva campesina.

Desde los proletarios

La primera interpretación, llamada la del "modelo agroexportador capitalista", difundida por Jaime Wheelock, intelectual sandinista y Ministro de Agricultura en la década de los 80, asume que el desarrollo del capitalismo en el agro nicaragüense ha producido una estructura de tipo latifundio-minifundio, caracterizada por el surgimiento de dos clases sociales y de dos sectores de la economía: una burguesía agraria involucrada en la agroexportación - que corresponde al sector moderno de la economía - y un semiproletario involucrado en la producción de consumo interno, que corresponde al sector tradicional.

La burguesía agraria- que habría nacido a partir de la hacienda tradicional de origen colonial- se diferenciaría en dos subgrupos. En el Pacífico, una burguesía clásica y moderna, que emplea técnicas intensivas en capital importado, en la producción de algodón, caña y banano. Y en el interior del país, la burguesía de hacienda cafetalera y ganadera, que todavía padecería de esquemas tecnológicos poco desarrollados y de relaciones sociales de tipo precapitalista, en cuanto subsisten en ella relaciones paternalistas y no meramente asalariadas.

Los semiproletarios serían antiguos campesinos, inicialmente poco insertos en el mercado, que habrían sufrido un proceso inacabado de proletarización y de mercantilización. Se dedicarían parcialmente a producir granos básicos en pequeñas parcelas y venderían su fuerza de trabajo a la burguesía agraria durante el resto del año.

El enfoque proletario se enmarca dentro de la interpretación que habitualmente se hace en América Latina de la estructura agraria. Representa un análisis leninista renovado con la teoría de la "estructura agraria bimodal" de las economías de la periferia en el mercado internacional, que sostiene que la inserción dependiente de estas economías en el mercado internacional determina una desarticulación al interior del sector agropecuario, en la que el crecimiento económico y el modelo de acumulación se orienta hacia la exportación o la producción de bienes de lujo, en lugar de dinamizar el mercado interno. Grupos minoritarios de terratenientes exportadores concentrarían en sus manos no sólo los ingresos sino el potencial de crecimiento económico, a expensas de las mayorías campesinas, que sufrirían una semiproletarización, funcional para los agroexportadores pero disfuncional para el desarrollo económico nacional.

Así pensaron los sandinistas

Esta interpretación sobredimensiona la importancia de la inserción internacional sobre las dinámicas que existen al interior del sector agropecuario. Las distintas clases sociales, los sistemas de producción y la evolución de la estructura agraria están vistas desde afuera en vez de desde adentro. La visión de los proletarios presupone que la pobreza campesina es signo indiscutible de la falta de potencial económico de los campesinos.

Esta fue la interpretación sustentada por el poder institucional y la hegemonía ideológica del sandinismo entre 1979 y 1983. Los datos empíricos que la respaldaron provienen de una encuesta hecha a 51 mil familias rurales, efectuada por los alfabetizadores de la Cruzada Nacional de Alfabetización en 1980, la llamada "Encuesta de Trabajadores de Campo", que no fue una encuesta a productores agropecuarios sino a modos de producción, medidos casi exclusivamente con la variable de compra-venta de trabajo asalariado.

Utilizando esta encuesta, los documentos oficiales proyectaron una imagen de la estructura agraria nicaragüense parecida a la cubana, con una enorme mayoría de familias campesinas en vías de proletarización y deseosa de ella.

A partir de este marco ideológico se trazó la estrategia agraria del sandinismo, con tres elementos fundamentales:

Priorización de la empresa estatal como motor de acumulación económica.
Alianza con los empresarios agrarios no somocistas dentro de la política de unidad nacional frente al imperialismo.
Postergación de la reforma agraria para asegurar el programa de des-campesinización.

Esta estrategia agraria y este enfoque de las clases sociales no fue vencido por los argumentos de los campesinistas. Fue derrotado por la realidad y por los hechos. Sólo el avance de la contrarrevolución logró romper la estrategia de des-campesinización de la dirigencia sandinista y abrir las posibilidades de un cambio más profundo en la estructura de tenencia de la tierra.

Aunque el nuevo gobierno de Violeta de Chamorro abandonó los rasgos estatizantes del sandinismo, su estrategia agraria se ha basado en un sistema elitista que favorece siempre a las formas empresariales de producción en detrimento del campesinado.

Desde la burguesía chapiolla

La segunda perspectiva, la que realza la importancia de los estratos de productores medianos, critica la interpretación del modelo agroexportador capitalista y la visión bimodal latifundio-minifundio de la estructura agraria. Los investigadores Eduardo Baumeister y Carlos Vilas han sido los protagonistas de esta segunda interpretación. El concepto de burguesía chapiolla tiene en Daniel Núñez a su autor y es, a la vez, una descripción de su propia historia como productor.

Este enfoque aterriza con mucha mayor precisión en la realidad y la cultura nicaragüenses. Mientras que la perspectiva proletaria gozaba del poder político e institucional del Estado en los años 80, esta segunda perspectiva tenía sus voceros en los estratos superiores de los productores de la UNAG.

La interpretación subraya la originalidad de la estructura agraria nicaragüense y destaca los "conflictos interburgueses". Según esta visión, la llamada burguesía agraria y la oligarquía comprenderían tres fracciones muy distintas:

Los empresarios agrarios con control sobre finanzas, procesamiento industrial y comercio internacional (básicamente somocistas).

* Los empresarios agrarios modernos con un esquema de capital intensivo.

* La burguesía chapiolla, que prioriza la tierra y la mano de obra en su lógica de producción.

* Empresarios agrarios modernos y burguesía chapiolla no controlarían formas de capital financiero/comercial e industrial.

El rasgo más típico del campo nicaragüense -en relación a otros países centroamericanos como Guatemala y El Salvador- radicaría en la importancia que tiene la fracción de la burguesía chapiolla, que corresponde a sectores de la mediana producción, "los Kulaks" o los finqueros enriquecidos. Estos capitalistas de origen campesino habrían jugado un papel clave en el crecimiento del agro en las últimas décadas. Estarían involucrados tanto en la agroexportación como en la producción interna y controlarían una parte sustancial de la tierra cultivada y de la producción nacional de café, algodón y granos básicos. Su existencia estaría estrechamente vinculada al proceso de avance de la frontera agrícola sobre los extensos bosques tropicales del centro y zona atlántica del país.

Por su parte, los empresarios agrarios -de un tipo o del otro- se concentrarían más en algunos polos de desarrollo capitalista: las regiones algodoneras y cañeras del Pacífico, las regiones de gran caficultura alrededor de las ciudades de Matagalpa y Jinotega y las regiones de latifundio ganadero en Boaco, Chontales y Río San Juan.

Frente a estas tres fracciones de la burguesía agraria, la imagen que da Baumeister es la de una estructura agraria con altos niveles de proletarización y asalarización de la población rural. Sin embargo, niega el peso y el papel que la visión proletaria atribuye al sector de los semiproletarios, como proveedores principales de mano de obra al sector capitalista y como productores para el consumo interno.

Estos llamados semiproletarios tendrían un papel mucho más secundario y marginal en la estructura nicaragüense. Abarcarían a muchos agricultores empobrecidos y subempleados, ubicados principalmente en el centro seco del país, sin muchas alternativas de empleo asalariado, con baja productividad y responsables solamente de una pequeña proporción de la producción nacional de consumo interno.

La fuerza de trabajo ocupada por la gran hacienda capitalista -y también por los capitalistas de origen campesino- provendría fundamentalmente de un sector social completamente proletarizado de obreros agrícolas. Estacionalmente, provendría de subproletarios urbanos empleados en las cosechas de agroexportación.

Queda oculto su verdadero rostro

La deficiencia de fondo en esta segunda interpretación de la estructura agraria del país es la falta de caracterización sistemática y rigurosa de lo que Baumeister llama "los extensos sectores medios, desde campesinos acomodados hasta fracciones de la burguesía". ¿Quiénes son estos pequeños y medianos productores que controlan más de la mitad de la producción agropecuaria?

Los textos de Baumeister -y los discursos de Daniel Núñez- son muchas veces equívocos por el uso de cifras de producción o de tenencia de la tierra, que incluyen simultáneamente al campesinado y a la burguesía chapiolla. Los términos quedan abiertos así a todo tipo de malabarismos analíticos y políticos. Sin embargo, a diferencia de Wheelock, Baumeister tiene un enfoque mucho más ilustrado y arraigado en la historia política y social de Nicaragua.

Su análisis evita sobredimensionar la influencia de los factores externos en nuestra economía, aunque no logra una caracterización de la estructura de clases en el campo desde su propia lógica. Todo está visto desde afuera, con el prisma de la sociología comparativa y el análisis de información sectorial agregado, que dejan en la sombra la cuestión tecnológica y los comportamientos económicos de los sectores sociales. Al final, permanece demasiado oculto el verdadero rostro de los campesinos y finqueros de nuestro país.

Desde los campesinistas

La perspectiva campesina, conocida en los años 80 como la de los campesinistas, ha nacido de la crítica de la concepción y del papel que se le atribuye al campesinado en las dos perspectivas anteriores. Constituye una tercera interpretación, aunque aún no haya logrado alcanzar consenso con las otras y haya sido repetidamente criticada como antihistórica, conservadora, importada de afuera o incluso romántica.

Tanto en la perspectiva proletaria como en la de la burguesía chapiolla se le atribuyen al campesinado varios de los estereotipos de los enfoques latinoamericanos, sean de inspiración marxista o desarrollistas modernizantes: el campesinado es casi siempre -o está en vías de ser- un parcelero o minifundista, pobre y marginal, vendedor eventual y ocasional de su fuerza de trabajo, productor de granos básicos para la subsistencia.

Sólo en situaciones de colonización campesina exitosa de frontera agrícola, este campesino pobre logra desarrollarse y acumular, y pasa a convertirse en un mediano capitalista. Implícitamente, estos análisis afirman que no ha habido vías propiamente campesinas en el desarrollo del agro y que la economía campesina representa una forma marginal de la producción agropecuaria en Nicragua. El reconocimiento por parte de ambas corrientes, a partir de mediados de los años 80, de la importancia de la pequeña producción y del campesinado en la estructura productiva nacional, no significó un giro en esta conceptualización. De hecho, ese reconocimiento, fue una manera de avalar la existencia de un sector cada vez más importante de cooperativas, producto de la reforma agraria que se profundizó en los años 85-86, y que no fue acompañada de cambios sustantivos en la lógica de la política económica y agraria.

Esta tercera perspectiva -la campesina- se desarrolló en los años 80 a raíz de pacientes investigaciones desarrolladas en pequeñas regiones del país y usando fuentes primarias en el terreno, buscando cómo superar los estereotipos leninistas sobre las clases sociales y abordando más en detalle los aspectos técnicos y económicos de la realidad rural. Estos estudios se interesaron en los procesos históricos de diferenciación social en el seno del campesinado y proponen nuevas categorías para la descripción de estos sectores. Han analizado con cuidado las formas específicas que tomó la inserción en el mercado de la economía campesina en el Pacífico y en el centro del país, y han desentrañado las dinámicas agrarias de la frontera agrícola.

Una opción viable

Nitlapán-UCA tiene ya en imprenta un libro sobre los campesinos-finqueros, del que estas páginas son una reseña literaria de su prólogo. En ese libro se ha desarrollado sistemáticamente la perspectiva campesina como una opción de desarrollo viable para el sector agropecuario nicaragüense.

La regionalización y la tipología de productores descubiertas en el estudio ofrecen un marco de análisis nacional a todos aquellos que conciben y evalúan políticas macroeconómicas, sectoriales y agrarias. Servirá también a los que llevan la responsabilidad de preparar y ejecutar programas de desarrollo local o regional, públicos o de ONGs y a quienes enfrentan la necesidad de conocer más a fondo los actores cuyo desarrollo se proponen fomentar y el marco agro-socio-económico en el cual se insertan.

Lo que hoy se ha avanzado y se conoce desde esta perspectiva no es aún suficiente para dar un giro a la política agraria nacional. Y es obvio que la implementación de políticas nuevas sólo se logra con la fuerza de los movimientos sociales. Pero lo que ya sabemos hoy y lo que vamos descubriendo puede ser importante para contribuir al debate, y para la formación de una nueva generación de profesionales que esté experimentando con programas alternativos de desarrollo local y de formación del capital humano que viabilicen la expansión de esos programas.

Tanto las nuevas políticas agrarias como los nuevos programas de desarrollo local tienen que contar con contrapartes capaces de respuestas positivas. Entre ellas, se destacan los campesinos finqueros. Por su peso social, su potencial económico y su liderazgo ante los campesinos pobres, hay que contar con ellos.

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