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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 170 | Mayo 1996
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Nicaragua

Encuestas electorales: ¿volverá el güegüense?

Amplios sectores del pueblo nicaragüense camuflan su opinión pública Si esta práctica pervive se consolidará una democracia puramente formal.

Leslie E. Anderson

Después de su Independencia en 1821, Nicaragua experimentó una larga serie de dictaduras mientras los dos principales partidos, liberal y Conservador, luchaban por el control político. Ambos eran esencialmente partidos de élites, vinculados a familias ricas. El control político de liberales o conservadores se decidía en base a su poder militar. De tiempo en tiempo, unos u otros buscaban la influencia extranjera, particularmente la de los Estados Unidos, para mejorar su propia capacidad militar.

En la medida en que el control del Estado cambiaba de un partido a otro, la mayoría de la población de Nicaragua, en gran parte campesina, quedaba excluida de cualquier participación política significativa. No obstante, los campesinos eran obligados con frecuencia a enrolarse en uno u otro de los grupos armados en pugna por el control del Estado. En ausencia de conflicto armado, era costumbre atraerlos a votar en elecciones fraudulentas, sobornándolos con comidas y bebidas. La competencia militar por controlar el Estado hizo muy difícil la sobrevivencia al campesinado de Nicaragua.

Sandino generó opinión política

Muchos poblados e individuos preferían mantenerse totalmente alejados de la política, con la esperanza de mantenerse con vida. Se cuenta que en los pueblos rurales nicaragüenses se mantenían siempre dos retratos de los generales de ambos bandos, el liberal y el conservador. Cuando el ejército de uno aparecía por el pueblo, los campesinos se apresuraban a colgar el retrato de su general, cambiándolo por el del otro bando apenas llegaba el ejército contrario. Es un fenómeno que, hasta cierto punto, todavía persiste: la cualidad de camaleón que tienen amplios sectores de la población de Nicaragua al momento de externar su opinión pública. La tendencia nicaragüense a disfrazar la opinión acerca de quién debe mandar creció de tal forma que algunos observadores han llegado a sostener que se trata de una tradición de la cultura nacional, la llamada tradición del güegüense.

A finales de la década de los 20, este patrón de disimulo se rompió cuando los campesinos expresaron una genuina y espontánea opinión política al seguir al revolucionario nacionalista Augusto C. Sandino. Aunque al inicio Sandino se levantó en armas como miembro de uno de los dos ejércitos controlados por la élite, muy pronto desarrolló su propia agenda de lucha. Esta incluía la expulsión del país de los marines de los Estados Unidos y la distribución de tierras a los campesinos que no la tenían. Ambas causas lograron atraer las simpatías de las mayorías empobrecidas de Nicaragua. El pequeño ejército loco de Sandino resistió seis años en guerra de guerrillas contra los marines hasta que Estados Unidos tuvo que retirar sus fuerzas de ocupación en 1933. La fortaleza y alcance del movimiento de Sandino fue expresión de opinión política popular y autónoma y de participación en un país donde esto se reprimía brutalmente. La vehemencia de esta expresión popular atemorizó a la élite y Sandino fue asesinado en 1934.

Durante la era de los Somoza (1936-1979), casi todas las formas de participación popular en la política fueron firmemente reprimidas o manipuladas por el régimen. Pese a esto, la población nicaragüense manifestó su oposición, tanto a las condiciones laborales impuestas en los años 60 como al régimen mismo, apoyando a los partidos opositores independientes o uniéndose a movimientos guerrilleros, incluyendo el del FSLN. Los Somoza sobresalieron por elecciones fraudulentas en las que los campesinos eran obligados a votar. La verdadera opinión popular sobre el gobierno de Somoza se expresó definitiva y dramáticamente en el derrocamiento de la dictadura y en su derrota militar a manos de una población armada.

1984: primeras elecciones

Aunque la insurrección nicaragüense de 1978-79 fue una expresión de opinión política y un ejemplo de participación popular, no fue una elección. Ya en el poder, los sandinistas no tuvieron prisa en celebrar elecciones. Los dirigentes sandinistas argumentaron que el pueblo ya se había pronunciado con su apoyo y que este respaldo era mucho más importante que los votos. En los primeros años post-revolucionarios había mucho de verdad en este argumento.

En parte como resultado de su compromiso con la población, y en parte como resultado de la presión de los Estados Unidos, los sandinistas decidieron celebrar elecciones en 1984. En el mes de noviembre de aquel año, los nicaragüenses votaron en las primeras elecciones libres de la historia de su país.

Ni las élites ni la población tenían ninguna experiencia electoral. Ya acostumbrados a controlar un régimen revolucionario en el que Estado y Partido eran prácticamente inseparables, los sandinistas tuvieron que divorciarse para presentarse ante la población como un partido cuyo control del Estado beneficiaría a la mayoría de los nicaragüenses más que cualquier otra alternativa. Esta autorrepresentación era una novedad para los sandinistas.

La oposición también estaba experimentando. En el somocismo, la oposición había tenido una muy limitada y poco exitosa experiencia electoral y alguno de los partidos opositores al FSLN en 1984 estuvo en algún momento involucrado con Somoza en la maquinación del fraude electoral. En 1984, los partidos de la oposición carecían de experiencia en disputar el apoyo popular por vías legales, o en exteriorizar su oposición al gobierno de turno por los canales electorales.

La falta de experiencia y la disminuida popularidad de los sandinistas hicieron de las primeras elecciones de Nicaragua en 1984 algo inédito. Los sandinistas conservaban mucho de su carisma y los partidos de oposición gastaron muchas de sus energías en disputas entre ellos. El FSLN se enfrentó a seis partidos, que incluían a remanentes de los tradicionales Liberal y Conservador. La población participó masivamente y los sandinistas ganaron con el 67% de los votos. En segundo lugar quedaron los conservadores, con el 14%, mientras que los liberales obtuvieron el 9%.

Aunque las de 1984 fueron las primeras elecciones auténticas en Nicaragua, y aunque en ellas se expresó un claro apoyo al FSLN, estos comicios recibieron muy poca atención en los Estados Unidos, que vivían por esas mismas fechas la reelección de Ronald Reagan.

1990: anhelos de paz y desgaste

Nicaragua celebró las segundas elecciones de su historia en febrero de 1990. Fueron comicios marcadamente diferentes a los de 1984, tanto por la manera en que se desarrollaron internamente como por la atención internacional con que fueron seguidos. El FSLN participó nuevamente como partido en el poder y la oposición cambió completamente sus tácticas. Consciente de que ningún partido político opositor podía por sí solo derrotar a los sandinistas, 14 partidos se aliaron en la Unión Nacional Opositora (UNO). En 1990 la reacción de Estados Unidos fue totalmente diferente a la de 1984. El gobierno de Estados Unidos apoyó abiertamente a la UNO en términos políticos y financieros.

Otra diferencia notable con las elecciones de 1984 fue la cantidad de estudios académicos y políticos que se dieron en torno al voto de 1990. En 1984 hubo una amplia observación internacional el propio día de las votaciones, pero en 1990 la observación comenzó más temprano y fue más detallada. Durante los nueve meses anteriores a la consulta electoral se realizaron muchas encuestas y sondeos de opinión pública, que permiten estudiar más profundamente la opinión pública nicaragüense, lo que no había sido posible nunca antes en la historia del país.

Aunque en las democracias avanzadas cualquier encuesta da una sustancial ventaja a los partidos en el poder, esta ventaja puede revertirse si los votantes están descontentos por la situación nacional en el momento de las elecciones. En la mayoría de las sociedades, la mejor cinta métrica que los votantes usan para juzgar a los gobernantes que aspiran a la reelección es la situación económica. Al acercarse las elecciones de 1990, la economía nicaragüense estaba en una grave crisis. Sin haber sido nunca boyante después de 1979, en 1990 la economía andaba a la deriva. El índice de desempleo crecía sostenidamente y entre octubre y diciembre de 1989 la inflación había pasado del 50 mil por ciento al 71 mil por ciento, según datos del Banco Mundial.

Diversos factores -también el embargo de Estados Unidos- interactuaron para producir una espiral económica descendente que, entre 1984 y 1990, transformó la vida diaria en Nicaragua en una empresa extremadamente difícil. Además de la desastrosa situación económica, la guerra de los contras -financiados por el gobierno de Estados Unidos- desgastó lentamente al pueblo nicaragüense. Con el paso de los años, la determinación de lucha de un amplio sector del pueblo se debilitó. La guerra se prolongaba y cada vez dejaba a más jóvenes lisiados o muertos. El conflicto representó un enorme desangramiento económico para una economía ya quebrada. Cada joven era un soldado a quien había que alimentar y vestir, en lugar de ser un ciudadano productivo. Se hizo insoportable para la mayoría de las familias entregar al ejército, aunque fuera de manera temporal, a quien ganaba el pan de cada día. Más tragedia aún si el hijo regresaba muerto. Ansiosos de liberarse de la presión económica y militar de los Estados Unidos, los nicaragüenses llevaron su cansancio y sus anhelos de paz a las mesas electorales en 1990.

Resultados 1990: sorpresa inesperada

Como en 1984, la población nicaragüense participó masivamente: votó el 86% de la población inscrita. Violeta Chamorro logró el triunfo con el 57.7% de los votos. El FSLN consiguió el 40.8%. Para la mayoría de los observadores, tanto en Nicaragua como en Estados Unidos, la derrota sandinista fue una sorpresa inesperada. Para los votantes de ambos lados los resultados provocaron una auténtica conmoción.

Desde la derrota sandinista de 1990, los estudiosos de la política nicaragüense se han empeñado en entender el por qué de la derrota del FSLN. Retrospectivamente, ha sido fácil encontrar razones. En los meses previos a las elecciones muy pocos la hubieran pronosticado con certeza. Simpatizantes sandinistas al interior de Nicaragua y opositores de los sandinistas a lo interno de la administración Reagan, esperaban una victoria del FSLN. Connotadas organizaciones de sondeo de opinión pública en los Estados Unidos - incluyendo The Washington Post, NBC y Greenberg-Lake - informaron de los resultados de sus estudios, que mostraban ventaja para el FSLN. A las mismas conclusiones llegaron repetidos estudios realizados por organizaciones nicaragüenses e institutos de investigación extranjeros que sondearon permanentemente la opinión pública. Una revisión cuidadosa revela que hubo algunas encuestas que sí pronosticaron la derrota del FSLN, aunque apenas fueron escuchadas.

1989: ¿por qué tantos indecisos?

Nunca sabremos todo lo que nos gustaría acerca de quién y por qué votó por la UNO en 1990. No obstante, la derrota del FSLN y el error en no pronosticarla, deja una estela de serios interrogantes sobre la validez del uso de encuestas de opinión pública orientadas a pronosticar resultados electorales en un país en guerra, sometido a fuertes presiones externas y con una larga tradición de represión y disimulo. Estos interrogantes también incluyen dudas acerca de la posibilidad de la democracia en un pequeño país cuando se enfrenta a una poderosa oposición externa.

Las primeras encuestas de opinión pública en torno a las elecciones de 1990 fueron realizadas siete meses antes, en agosto de 1989. Era un tiempo interesante para examinar la opinión pública pre-electoral, porque aunque todavía no existía formalmente la UNO, era claro que muchos partidos se oponían a los sandinistas, como lo habían hecho en 1984. Aún estaba lejana la posibilidad de que los partidos se tragaran sus diferencias y coexistieran bajo un mismo paraguas opositor. Cuando se realizaron estas primeras encuestas, el FSLN aparecía como el único partido de importancia, cohesionado, viable y capaz de competir en la campaña electoral. Una encuesta temprana, realizada por el instituto nicaragüense de investigación ITZTANI, mostraba un 32% de apoyo al FSLN y un 19% para el conjunto de todos los restantes partidos. Similares perfiles se mantuvieron durante los últimos meses de 1989 y provocaron la generalizada impresión, tanto en los Estados Unidos como en Nicaragua, de que el FSLN estaba muy adelante en las preferencias de la población.

Sin embargo ya en estas encuestas tempranas aparecían también pájaros de mal agüero para el FSLN, aunque fueron practicamente ignorados. Muchos entrevistados -algunas veces la mayoría- no expresaban opinión favorable a ningún partido, negándose a responder preguntas sobre el candidato o el partido de su preferencia o evitando esas preguntas con tácticas evasivas. Sin que lo notaran los observadores electorales parecía estar reapareciendo la tradición del güegüense.

Al evaluar encuestas de opinión se suele tratar las no-respuestas (personas que se niegan a responder) como indecisos, omitiéndolos del análisis. Los analistas consideran que los que no responden son indecisos que al final deciden su preferencia y dividen su voto en porcentajes similares a los de quienes sí dieron una respuesta clara por un partido. Así, los que responden de modo claro son asumidos como representantes de los que no responden. Este enfoque condujo a muchos encuestadores a pronosticar el resultado de la elección en base únicamente a los que respondieron, anticipando así una ventaja para el FSLN.

Esta práctica, aunque posiblemente defendible en democracias establecidas, fue altamente cuestionable en Nicaragua. El número de no-respuestas a las preguntas sobre la preferencia o intencionalidad del voto, fue elevado. Tasas del 10 al 15% son consideradas normales en democracias avanzadas, pero en Nicaragua las encuestas tempranas marcaron tasas entre el 30 y el 50%. ¿Por qué tantos no quisieron revelar su preferencia? En el ambiente tan politizado de la Nicaragua revolucionaria, ¿era tanta la gente realmente indecisa? En la primera encuesta de ITZTANI de septiembre/89, cuando la UNO apenas existía y los sandinistas parecían como el único partido viable para competir, ¿por qué solamente el 32% de los entrevistados dijeron que apoyarían al FSLN?

¿Indecisión o disimulo?

Las encuestas tempranas son normalmente consideradas sólo como un indicador preliminar de opinión pública. En vista de la derrota sandinista, encuestas tempranas como la de ITZTANI podrían haber sido más valiosas de lo que consideraron los encuestadores, precisamente porque no mostraron mas ventaja para el FSLN entre los que respondieron. A la luz de esta hipótesis, los abstencionistas o indecisos de entonces eran ya un indicador de opinión pública, un indicador de que el apoyo al FSLN no era tan fuerte como se deducía. En la medida en que se aproximaba el día de las elecciones y se realizaban más sondeos, las tasas de no-respuestas se reducían. En las encuestas dirigidas por organizaciones nicaragüenses y estadounidenses, creció continuamente la ventaja del FSLN mientras bajaba la tasa de no-respuesta. Estos resultados condujeron a los analistas a creer que los sandinistas ganarían con clara ventaja. Sin embargo, la clave pudo estar en que en esos últimos sondeos la gente era menos sincera que en los tempranos.

Un análisis de las diversas encuestas de opinión me ha llevado a creer que la arraigada tradición nicaragüense de esconder la propia opinión pudo despistar a los analistas y llevarlos a pronosticar incorrectamente. Esto podría explicar cómo se llegó a la impresión de que el FSLN tenía ventaja, cuando en la realidad nunca la tuvo.

El instituto de investigaciones DOXA, con sede en Caracas, realizó una serie de sondeos de opinión pública en los tres meses anteriores a las elecciones. Las actividades de esta organización y sus resultados recibieron relativamente poca atención tanto en Nicaragua como en los Estados Unidos. A diferencia de las organizaciones nicaragüenses y estadounidenses, DOXA pronosticó correctamente la victoria de la UNO, siendo así que, como tantas otras organizaciones, también recibió un gran número de no-respuestas a la pregunta sobre la intención de voto. Tampoco DOXA consideró las no-respuestas para predecir los resultados electorales. Pero sí consideró acertadamente la leve evolución de las tendencias de apoyo en estos tres meses.

No respuesta = apoyo a la UNO

Los resultados de DOXA contenían aún más información de la que sus mismos analistas percibieron. A partir de los datos de DOXA y de sus interpretaciones, resulta notoria la sorprendente cercanía que logramos entre el pronóstico y los resultados electorales, sólo especulando en torno a la preferencia partidaria de las personas que no respondieron. Esto muestra que probablemente se dio una clara correlación entre las tasas de no-respuesta y el apoyo a la UNO. Es válido pensar que al menos una proporción sustancial del apoyo a la UNO se manifestó como no-respuesta en todas las encuestas. Si esta relación es tan clara en los sondeos hechos por una organización venezolana no vinculada a ninguno de los partidos contendientes ni a los Estados Unidos, ¿cuánto más fuerte pudo ser esta relación en los sondeos en los que las personas encuestadas percibían un sesgo político en el encuestador? Nunca conoceremos con toda certeza la validez de esta hipótesis, pero podemos estar razonablemente seguros de que la sorpresiva victoria de la UNO surgió de esa parte del electorado que se negó a responder a la pregunta sobre su intención de voto.

Aquí está la clave de la debacle de los pronósticos de 1990: las no-respuestas fueron ignoradas en los pronósticos. Es cierto que las organizaciones de opinión pública hubieran hecho tal vez el ridículo si aventuraban pronósticos definitivos en base a las preferencias políticas que escondían las no-respuestas, pero hubiera sido preferible que al menos hubieran conjeturado en torno a tan grande y silencioso grupo.

Los sorpresivos resultados de 1990 no hubieran sido tan conmocionantes si los datos de las encuestas se hubieran analizado tomando en cuenta la tradición del güegüense y la antigua tendencia a camuflar las opiniones políticas o a aparecer vacilante en dependencia de quién las escucha.

¿Presión o sentir que soy presionado?

¿Qué podemos aprender de las elecciones de 1990? ¿Qué podemos decir acerca de la democracia en Nicaragua, basados en el fracaso de las encuestas y en la importancia de las no-respuestas? Aunque Nicaragua ha sido escenario de dos auténticas elecciones y vive actualmente con un régimen civil electo democráticamente, la profundidad, envergadura, salud y estabilidad de la democracia nicaragüense están todavía en discusión.

Los nicaragüenses pueden realizar elecciones y votar en ellas. Pueden colocar en el poder a regímenes civiles. Si esta práctica se mantiene durante un largo período de tiempo, podrá afirmarse que Nicaragua goza de una democracia formal y constitucional. Pero si existen nicaragüenses que seleccionados al azar por investigadores no se sienten cómodos expresando sus opiniones y no confían en que sus opiniones van a permanecer confidenciales, entonces la democracia nicaragüense es más superficial de lo que parezcan mostrar los aspectos institucionales. Si el camuflaje de las opiniones persiste de unas elecciones a otras, si en el largo plazo esta realidad pervive, conducirá a la estabilización de una democracia meramente formal.

¿De qué tenían miedo los nicaragüenses en 1990? Los simpatizantes de la UNO dicen que los sandinistas eran represivos y que presionaban a la gente. Los sandinistas argumentan que la presión de los Estados Unidos influyó en las elecciones de manera mucho más fundamental, aunque de modo indirecto. Los simpatizantes del FSLN dicen que los nicaragüenses tenían miedo de votar por el FSLN porque temían la continuación de la guerra y del bloqueo económico. A ambos lados les asisten razones. Es posible que los nicaragüenses se sintieran injustamente presionados por ambos lados y desde muy diferentes direcciones. También es posible que sus temores fueran exagerados o hasta infundados. Con todo, independientemente del origen de la renuencia a responder, o de si eran o no justificados los sentimientos de miedo, hubo una clara percepción de riesgo y de presión en bastantes sectores del electorado.

Todo esto pareciera indicar que las elecciones de 1990 fueron mucho menos democráticas de lo que su formal apariencia nos ha hecho creer. Si la gente estuvo realmente presionada o no, es secundario ante el hecho de que sí se sintió presionada. Con verdad o sin ella, justificadamente o no, dicha percepción refleja algo sobre la naturaleza de la democracia en Nicaragua. Es imposible saber en qué medida el ambiente no democrático afectó el resultado final de las votaciones. ¿Un ambiente de menor presión hubiera cambiado los porcentajes y los resultados? Nunca lo sabremos.

Desde esta perspectiva, los sondeos electorales descubrieron algo mucho más importante que los resultados electorales. Las encuestas revelaron una lamentable presión sobre las elecciones. Revelaron miedo, desconfianza, cautela e incomodidad, características todas de una elección que no es plenamente abierta ni democrática. Revelaron a una población que aunque participaba en una elección técnicamente limpia y pluralista continuaba actuando como si estuviera viviendo bajo circunstancias represivas. Las encuestas revelaron lo que la elección misma ocultó: la percepción de un ambiente no democrático en ocasión de una elección democrática.

1996: ¿elecciones democráticas?

Las elecciones y la democracia en Nicaragua constituyen experiencias nuevas, formas de política todavía a prueba y en proceso de ser comprendidas y asimiladas. La democracia electoral apenas se inicia en Nicaragua y, hasta ahora, se acreditan sólo dos elecciones auténticas en la historia del país. La democracia participativa, un ambiente democrático y un sentimiento general de apertura y libertad son también nuevos y pueden haber alcanzado aún menos desarrollo que la democracia formal electoral.

A veces, los politólogos equiparan las elecciones con la democracia formal y también con el comienzo de la participación popular democrática. Pero cuando el miedo, la desconfianza y la no-respuesta prevalecen en el ambiente, y cuando las elecciones ocurren en un ambiente de presión -incluyendo la de los Estados Unidos- deben ser otras las medidas. Si un Presidente resultó electo en un ambiente en el que los ciudadanos se sintieron presionados a votar de un modo u otro, la elección puede no haber ayudado a consolidar un régimen estable. Si las elecciones dan excusa para que los actores nacionales o extranjeros ejerzan presión o intimiden a la población, las elecciones no contribuyen a la formación de una cultura de participación política.

Y si los Estados Unidos u otra potencia juegan un papel negativo y dominante en la economía y en la política nacional durante los años anteriores a las elecciones, la libertad para ejercer los derechos democráticos se encuentra seriamente comprometida. Todo esto sucedió en Nicaragua en 1990.

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