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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 167 | Enero 1996
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Centroamérica

Entre Somalia y Taiwán ¿Hay otra alternativa?

¿Cómo será Centroamérica en el año 2015? ¿Una mezcla ignobernable de enclaves taiwanizados y regiones somalizadas? ¿O un puente estable entre el Norte y el Sur, entre el Pacífico y el Atlántico?

Xabier Gorostiaga

En las dos últimas décadas Centroamérica vivió convulsionada por un gran dinamismo. La región se convirtió en un imaginario del cambio social posible dentro de la confrontación ideológica de la guerra fría y fue transformada en campo de batalla de este conflicto y en un test del mismo, llenando las primeras páginas de los medios internacionales. Hoy, Centroamérica vive una época de incertidumbres e inseguridades, padece de anomia social y ha quedado marginada de la agenda política y económica del mundo globalizado, aunque se mantienen intactas las causas que provocaron la mayor crisis que ha conocido la historia de estos pequeños países.

Esta crisis no resuelta nos obliga a reflexionar en profundidad sobre lo que ha pasado, lo que sigue pasando y lo que puede pasar en Centroamérica en los próximos 20 años, convencidos de que existen alternativas de desarrollo reales y cualitativamente superiores a las que hoy se nos imponen como tendencias dominantes y que están provocando otra grave, aunque diferente crisis.

Globalizados sin resolver nuestra crisis

Centroamérica ha sido y es actualmente una región abierta, puente natural entre el Norte el Sur del continente, entre la mayor potencia militar y política del planeta y la América Latina. También es puente entre el Pacífico y el Atlántico, entre la nueva Europa y el bloque asiático. Es una región sometida, intensa y directamente, a todos los cambios de la globalización, sin haber superado aún su propia crisis y sin haber conformado aún una entidad propia y suficientemente estable.

La pacificación de la región centroamericana fue la expresión, a nivel regional, del fin de la guerra fría, que transformó el mundo, de uno bipolar en uno multipolar. El empate de las fuerzas contendientes, o el estancamiento del "conflicto de baja intensidad" sin visos de solución definitiva para ninguna de las partes, fue lo que hizo posible el llegar a la negociación política como método civilizado de resolución del impasse. Pero esta solución no tocó las causas que generaron el conflicto político y bélico. Centroamérica entró así en una dinámica de cambios políticos, sin que cambiara sustancialmente ni la economía (instituciones, aparato productivo, tecnología) ni la distribución de activos y del ingreso. Con la democracia, llegaron a Centroamérica los planes de estabilización y ajuste - requisitos para acceder al financiamiento externo- pero no llegó ni la justicia social ni la participación política ni el desarrollo.

Desde la perspectiva de Estados Unidos, la región en su conjunto se convirtió de objetivo estratégico de la política exterior a recuerdo incómodo que había que marginalizar lo más elegantemente posible. Este cambio brusco de la política estadounidense ha abierto para Europa y Asia la oportunidad de jugar un papel inédito en la región, aprovechando los espacios que deja abiertos la política de "neutralidad constructiva" que Estados Unidos pretende para Centroamérica.

Sociedad de dos ciudadanías

¿Qué puede pasar en los próximos 20 años? Si el actual modelo se mantiene y profundiza y si los estilos de cooperación externa no se transforman, es previsible en Centroamérica un "caos de baja intensidad".

La tendencia actual se orienta a la consolidación de una sociedad de dos velocidades que genera dos ciudadanías. Por un lado, amplios sectores y zonas con una creciente tendencia a la africanización y a la desintegración social: grandes mayorías -mujeres, niños y jóvenes los más golpeados- en el desempleo y en la pobreza, con niveles de salud y de educación insuficientes para convertirse en actores de su propio desarrollo. No es previsible que este empobrecimiento pueda desembocar en procesos revolucionarios armados sino que evolucione hacia una creciente descomposición del tejido social, una especie de somalización en los territorios indígenas y en las zonas campesinas, y un incremento de la inseguridad ciudadana urbana, con niveles de violencia que evocarían la situación de guerra de los años 70 y 80.

Por otro lado, otra sociedad con otra velocidad para una pequeña élite, formada básicamente por las redes familiares oligárquicas extendidas por la región - inferiores al 2% de la población - y por un sector de la clase media incorporada al servicio de esta élite y del sector más dinámico de la economía transnacionalizada. En conjunto, un 20% de la población puede alcanzar un nivel importante de modernización y de inserción internacional, logrando una especie de taiwanización en enclaves modernizantes en la industria, el comercio, las finanzas y los sectores no tradicionales agrícolas. Este sector taiwanizado se incorporará a alguna de las variantes que se consolide en el Tratado de Libre Comercio. Una integración centroamericana "formal" y basada en estos sectores modernizantes, liderados por los vástagos de las familias oligárquicas, buscará la "legitimación democrática" de este modelo de dos velocidades, hegemonizando los aparatos jurídicos, legales, políticos y militares y controlando el Ejecutivo.

Por fuera de estos enclaves taiwanizados, sectores de las clases medias urbanas y rurales tendrán ante sí la disyuntiva de luchar por incorporarse a este sector modernizante para no quedar excluidos en el área africanizada sometidos a un empobrecimiento creciente o de emigrar en masa.

Escenario desolador y sin alternativa

Si las cosas no cambian y si se mantiene una situación así, la cooperación externa directa se irá reduciendo progresivamente, concentrándose en proyectos sociales compensatorios que amortigüen los desajustes sociales y mantengan cierta gobernabilidad en medio del creciente tensionamiento social. De esta manera, la cooperación "para el desarrollo" seguirá subsidiando al sistema que reproduce el subdesarrollo.

En los países más endeudados (Nicaragua, Honduras) se seguirá reestructurando la deuda externa en base a los condicionamientos y a la camisa de fuerza financiera que imponen las instituciones financieras internacionales. Estas condiciones eliminan cualquier posibilidad de un desarrollo endógeno, equitativo, sostenible y democrático. Aceptar este dirigismo financiero internacional será la única alternativa realista y posible. Estilos de gobierno cada vez más autoritarios dominarán la escena política, provocando el regreso de los caudillos y el retorno de la oligarquía más modernizante y empresarial, mientras la narcopolítica y la corrupción se van haciendo piezas del juego democrático.

La cooperación externa encontrará cada vez menos sujetos de cooperación, tanto en el país donante como en el receptor. La fatiga y el pesimismo de los donantes aumentarán la crisis actual de la cooperación externa. Si la crisis de creciente ingobernabilidad y descomposición social llegase a provocar un estallido social - más al estilo de Chiapas que al de las revoluciones de los años 80 -, convirtiendo de nuevo a Centroamérica en foco de atención internacional, la ayuda y la cooperación internacional podrían reactivarse por miedo a que se afecte la "estabilidad" del sistema. También podrían reactivarla las cíclicas catástrofes naturales.

En este contexto, la carencia de una política de valores compartidos y de principios éticos, e incluso la carencia de una racionalidad capaz de previsión científica del proceso social que permita reducir costos futuros, provocará aún mayor fatiga del desarrollo entre países e instituciones donantes.

Por este camino y con estas tendencias, en el año 2015 Centroamérica tendrá un mayor grado de dependencia y padecerá mayor exclusión y mayor desintegración social, bajo formas modernizantes y democráticas cada vez más superficiales. Estados Unidos seguirá fomentando entre nosotros la imagen de "paraíso terrenal" que vende a través de sus medios de comunicación, hegemónicos en la región. También fomentarán esta imagen las remesas en dólares de los inmigrantes centroamericanos en Estados Unidos, convertidas en cada uno de nuestros países en pieza clave del sistema de sobrevivencia y de consumo extranjerizante.

¿Vuelve la triple alianza?

El creciente negocio de la droga, alentado por el cercano mercado de Norteamérica, que mueve cientos de miles de millones de dólares, sustituirá en parte a las "economías de postre" del pasado (banano, azúcar, café y cacao) y también a la inmigración, cada vez más limitada por fronteras y leyes que el mercado proteccionista de Estados Unidos aplica a la mano de obra y también a los productos de la región: textiles, cueros, alimentos, etc.

La inseguridad ciudadana y el tensionamiento social exigirán gobiernos fuertes y un gasto creciente en el mantenimiento del orden público, tal vez menos militar que en el pasado, pero recurriendo a nuevas formas de seguridad privada. Seguridad ciudadana pública y privada exigirán una proporción del PIB semejante a la que se utilizó en los peores momentos de los regímenes militares. Son previsibles montos para seguridad equivalentes a los gastos en educación y salud combinados.

Los niveles de inseguridad ciudadana en el campo y en la ciudad no propiciarán que se desarrolle un tejido económico activo, ni siquiera entre las clases medias urbanas y rurales. Y la exigüedad de los presupuestos públicos, por falta de capacidad económica por el reducido mercado interno y la falta de legitimidad en la recaudación, no permitirá que se establezcan los sistemas de seguridad y servicios sociales necesarios para mitigar el creciente tensionamiento social.

Las tendencias dominantes en la actualidad conducen a este escenario desolador, donde los Estados centroamericanos tradicionales se debilitan, se diluyen y se limitan a proveer los servicios administrativos y diplomáticos que el enclave taiwanés necesite. Los ejércitos, reducidos por el impacto de la pacificación y del ajuste estructural y autonomizados económicamente gracias a la conversión de los altos oficiales en empresarios, serán también parte del enclave modernizante, pero no tendrán los medios legales ni económicos necesarios para reprimir y controlar a la parte somalizada del país. Habrán pasado de la guerra fría y de la doctrina de seguridad nacional, inducida por Estados Unidos, a la doctrina de la defensa de sus propios intereses.

La alianza de las élites familiares con los militares empresarios podría reproducir el ciclo histórico de la triple alianza que ha definido a Centroamérica en su historia: oligarquía-militares-gran vecino del Norte. En las décadas pasadas, esta alianza fue quebrada por la lucha popular, por el fin de la guerra fría y por la nueva cultura democrática, pero hoy podría retornar en el marco de una democracia restringida y tutelada.

El inagotable mercado que tiene la droga que transita por Centroamérica hacia Estados Unidos, y en forma creciente también hacia Europa y el Pacífico, ha empezado a corroer el sistema político centroamericano y a enfermar las economías con un exceso de capitales sin controles que buscan en la especulación y en el lavado de dólares una incorporación legal a la "nueva" Centroamérica. Además, la región ha dejado de ser exclusivamente zona de tránsito para convertirse también en zona productora, especialmente de marihuana y heroína.

Al ser insuficientes los programas de inserción productiva, los desmovilizados de los ejércitos y de los grupos paramilitares han pasado de ser "carne de cañón" a ser "carne de droga". La corrupción económica y política vinculada a las drogas seguirá siendo una gran amenaza para Centroamérica, que está ingresando a la tendencia transnacional de la corrupción generalizada entre políticos y empresarios. Este "capital delincuencial", peligroso en cualquier parte del mundo, es más desestabilizador en sociedades sumamente polarizadas y con una institucionalidad débil como son las sociedades centroamericanas.

Alternativas: economía finquera y zonas francas

En este escenario desolador podría encontrarse Centroamérica en el año 2015. Pero éste no es un pronóstico fatal. La convicción de que la alternativa a este panorama es necesaria, de que es posible y de que existen los sujetos y los recursos para ejecutarla, es un presupuesto y al mismo tiempo una condición para construirla.

La Centroamérica alternativa del año 2015 se basaría en un contrato social capaz de crear una base agroindustrial que asegure la autosuficiencia alimentaria y la exportación de granos básicos a los 35 países de la recién conformada Asociación de Estados Caribeños, históricamente deficitarios de estos productos. Una economía finquera de medianos y pequeños productores agropecuarios tiene capacidad para asumir este reto. Además, tiene el potencial de modernizarse para mejorar sus capacidades productoras y exportadoras de café, banano, ajonjolí, azúcar, ganado, etc., productos tradicionales donde Centroamérica cuenta con una renta diferencial regional y las ventajas de su estratégica ubicación geográfica.

La agroindustrialización de estas exportaciones y de las nuevas exportaciones no tradicionales permitiría la interconexión de las zonas rurales y urbanas de la región, ideal que no se logró con el Mercado Común Centroamericano. La producción de bienes no tradicionales - frutas, flores, vegetales, biodiversidad -, con un valor agregado industrial superior al que tienen en el presente, podría evitar la dualización de la economía - zonas modernizadas y zonas retrasadas - creando un empleo y una demanda efectiva capaces de generar un verdadero, ágil y rico mercado interno.

Las zonas francas para la exportación, tanto industriales como agroalimentarias, vinculadas con la inversión extranjera y con compañías transnacionales, añadirían un nuevo eje de acumulación regional. Hay que evitar que las zonas francas de cada país compitan entre sí dentro de la región. El ideal es que se complementen entre ellas, constituyendo así un nuevo tejido industrial regionalmente integrado, capaz de competir con otras zonas francas del resto del mundo.

En este proyecto, la integración centroamericana es un factor determinante para aumentar la competitividad sistémica de cada nación y de toda la región, para aumentar la capacidad negociadora a nivel internacional, y para crear un balance regional de población y de recursos que evite las diferencias actuales, que dificultan la integración. Economía finquera, desarrollo agroindustrial y zonas francas integradas conformarían la base productiva de una economía centroamericana modernizada e insertada selectivamente en la economía global.

Plataforma de servicios y rescate ecológico

Centroamérica puede transformarse también en una plataforma de servicios transnacionales, donde además de las zonas francas industriales y agrícolas podrían crearse centros financieros, comerciales y de reaseguros, aprovechando la ubicación de la región como puente Norte-Sur y puente Pacífico-Atlántico, con las ventajas que le daría un nuevo canal a nivel o el futuro puente terrestre regional, complemento del Canal de Panamá.

Una plataforma de servicios trasnacionales requiere de una infraestructura de transporte, de autopistas y ferrocarriles que conecte a México con Colombia y que vincule al Pacífico con el Atlántico. La construcción de puertos internacionales en el Pacífico y en el Atlántico, complementados por pequeños puertos de cabotaje, añadirían un componente nuevo a la riqueza tradicional de la región, abriendo la costa Caribe de Centroamérica al desarrollo económico, concentrado hasta ahora fundamentalmente en la costa Pacífica.

En este proyecto es estratégica la creación de una autosuficiencia energética, que complemente las actuales fuentes termoeléctricas e hidroeléctricas con el enorme potencial regional para la generación geotérmica y solar, fuentes de energía en las que Centroamérica tiene ventajas comparativas frente al resto del mundo.

La recuperación geoecológica de Centroamérica es también fundamental para el mejoramiento de tierras y aguas, y especialmente para preservar el espléndido potencial de la biodiversidad que se concentra en Centroamérica, frontera geoecológica entre el Norte y el Sur, entre el Pacífico y el Atlántico. La densidad de la biodiversidad centroamericana puede ser una de las fuentes más importantes del desarrollo futuro de la región, base de una industria biogenética, farmacéutica y ecoturística.

Integrados en el Gran Caribe

La Asociación de Estados del Caribe - recién conformada políticamente pero sin una base económica que permita materializar la propuesta integradora del Gran Caribe - ofrece a la región un potencial complementario que requiere ser trabajado cultural y económicamente. En este sentido, resulta estratégica una estrecha vinculación de Centroamérica con el Grupo de los Tres: México, Colombia y Venezuela.

La crisis mexicana y del TLC podrían provocar un replanteamiento regional más maduro para la incorporación de Centroamérica al Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá como un solo bloque subregional, con mayor capacidad negociadora y competitiva. Al mismo tiempo, este regionalismo abierto podría diversificar su dependencia del norte del continente con nuevas vinculaciones regionales con la Unión Europea y el bloque asiático del Pacífico.

En el año 2015 y dentro de la asociación del Gran Caribe, Centroamérica podría convertirse en una subregión de América Latina, equivalente a las conformadas por los países del Pacto Andino y por los del MERCOSUR. Estas tres subregiones latinoamericanas podrían negociar como bloques su incorporación al TLC, manteniendo el principio de diversificar la dependencia y logrando también acuerdos con el megamercado europeo y el megamercado del Pacífico, sin aceptar como inevitable una vinculación exclusiva y dependiente con el mercado norteamericano.

Un nuevo contrato social

Para construir esta Centroamérica del año 2015 hay que partir del supuesto de que el desarrollo es movimiento, no punto de llegada. No se trata de "ser desarrollado" sino de "estar desarrollándose". Sería ésta una Centroamérica en la que se va desarrollando una sociedad más armónica, en la que se va construyendo un contrato social sólido a partir de los diversos estamentos sociales existentes, que han consensuado y pactado el futuro de una región con potencialidad de ser democrática y próspera.

Centroamérica es una región potencialmente rica. No es Somalia ni Etiopía ni el Sub-Sahara. Tampoco es ni puede ser Taiwan, aunque es una región que ya tuvo, como Taiwán, las tasas de crecimiento más altas del mundo durante 20 años (1958-1978), con un crecimiento anual del 6% como promedio. Por otra parte, el fin de la guerra fría ha reducido la hipersensibilidad de Estados Unidos sobre su "patio trasero" y ofrece oportunidades para una Centroamérica con un espacio propio, cualitativamente diferente.

Esta Centroamérica del 2015 no es un sueño, es un potencial y es un reto para la nueva generación centroamericana. Pero sin una visión alternativa, sin un proyecto capaz de generar las instituciones y el capital humano conducentes a hacer real esta visión, las negativas tendencias actuales serán las dominantes, impidiendo que en Centroamérica se consolide la paz, la democracia y el desarrollo.

La visión de las tendencias dominantes de Centroamérica no nace del pesimismo ni la visión de la potencial alternativa nace del optimismo. Es objetivo y realista convencerse de que las fuerzas que podrían influir para darle otro rumbo a la región existen pero están hoy demasiado dispersas y débiles para esperar tener éxito. Al contrario de lo que sucede en una sociedad estable y ubicada en una senda de desarrollo endógeno, las sociedades centroamericanas no generan - sino en forma muy fragmentada y frustrante para los que luchan por una alternativa al sistema de desintegración actual - las instituciones y los mecanismos necesarios para fortalecer un contrato social que permita un crecimiento económico - acompañado de la superación de las desigualdades económicas, de la disminución sustancial de la pobreza, el desempleo y la discriminación de la mujer y los indígenas - a la vez que favorezca las libertades individuales, consolide la democracia y cree una sociedad suficientemente integrada y armónica.

El trauma de la colonización, intensificado por la repetida intervención norteamericana desde mediados del siglo pasado, consolidó el desarrollo de formas de poder excluyentes, basadas en el paternalismo y en la represión de los inconformes. El modelo histórico oligárquico, centrado en la hacienda latifundista y en una estructura política dominada por redes familiares, ha evolucionado hoy hacia un dirigismo internacional que ha hecho alianza con el sector oligárquico modernizante de la sociedad centroamericana y que ha convertido la masiva ayuda externa recibida por Centroamérica en la dos últimas décadas en una moderna pero estricta forma de dependencia. La deuda externa -que tanto pesa, especialmente sobre Nicaragua y Honduras- es en gran parte ayuda externa mal utilizada.

El trauma dejado por los efectos de la intervención y dependencia política de Estados Unidos -aliados de la oligarquía represiva-, unido a una grave discriminación y polarización socioeconómica y a una ayuda externa que refuerza, voluntaria o involuntariamente, este sistema o en el mejor de los casos lo mitiga y le permite un grado de gobernabilidad funcional, no podrá ser superado sin un cambio de rumbo en la ayuda externa, sin una cooperación internacional diferente, que colabore con una recomposición de las fuerzas sociales y económicas de la región. El sueño de Olof Palme de una Centroamérica colocada en la senda del desarrollo, alimentada con la generosidad de una ayuda externa que creara las bases de la sostenibilidad, está a punto de fracasar porque esa ayuda no se vincula directamente con los sujetos portadores del desarrollo y de la democracia, con los sujetos que serían los más eficientes receptores de esa ayuda.

Ayuda externa: un cambio de rumbo

Hay que superar esa ayuda externa que se agota en tratar vanamente de crear bases para poder retirarse y que sólo logra crear más deudas y más dependencia. Se requiere de una ayuda externa que consolide a los sujetos portadores de la nueva sociedad que deseamos. Esto puede significar menores montos de ayuda externa, pero dirigidos con una concepción que busque la raíz del problema: toda ayuda que no contribuya a un desarrollo democrático y endógeno es potencialmente perversa.

El sujeto de la ayuda externa requiere también de una evaluación radical. Sobre todo en estos momentos en que se reduce el papel, la actividad y la capacidad normativa del Estado en las economías de mercado de los países del Sur. En América Latina en el pasado, el rol activo y dominante del Estado en la economía - a pesar de sus deformaciones típicas de gigantismo, militarismo y corrupción - inducía a que fuese el Estado el principal receptor de la cooperación externa. En la actualidad, un Estado débil, trasnacionalizado, sometido al dirigismo externo, sin capacidad de programación, de previsión y hasta de normación, no puede ser el principal receptor de la ayuda externa.

En Centroamérica, la creciente privatización del Estado y la sustitución de sus funciones por un "Estado paralelo" conformado por un conjunto de instituciones y think tanks privados, ha permitido la reconstitución y el retorno de la oligarquía modernizante. Esta "nueva ola" de las familias históricas controla las cúpulas de la empresa privada, de los partidos y de los ejércitos, se vincula con las principales consultoras internacionales del gran capital mundial y de los organismos financieros multilaterales.

La hegemonía oligárquica modernizante es uno de los problemas estructurales que provoca y refuerza la doble velocidad y la doble ciudadanía que vemos hoy en Centroamérica y que la ha conducido a una creciente somalización-taiwanización, que polariza y paraliza el desarrollo sostenible de la región. La ayuda externa para la reforma del Estado, tan importante como necesaria para compensar las rígidas políticas de ajuste estructural, no ha hecho más que tecnificar a un Estado burocrático y oligárquico y no ha propiciado el surgimiento de un Estado democrático eficiente y normativo, agente negociador de un desarrollo equitativo y sostenible, basado en un consenso amplio de la sociedad civil.

¿Cuál es la contradicción central?

Lograr un desarrollo económico equitativo y crear un nuevo contrato social son dos pilares de un mismo arco: no pueden operar el uno sin el otro. La participación es la que aumentará las oportunidades económicas de los agentes portadores del cambio y su fortalecimiento político. Sobre todo, es el capital humano de estos agentes lo que les permitirá acumular el capital social necesario para ser partícipes con pleno derecho en el nuevo contrato social.

La ampliación del mercado interno - que resultaría del despegue económico del sector de la pequeña y mediana producción rural - se traducirá en un factor multiplicador con más oportunidades para los sectores industriales, los de la construcción, el comercio y los servicios urbanos financieros. Hoy, la falta de integración y sincronía de los ritmos económicos de los diversos sectores centroamericanos hacen que los aumentos del ingreso se traduzcan en mayor concentración y mayores desajustes macroeconómicos, comenzando por una mayor demanda de importaciones que no satisface el limitado mercado interno. Los planes de ajuste estructural se agotan tratando de resolver esta contradicción, porque la contradicción principal no está allí.

El capital social que necesitan los nuevos actores no se puede obtener sin elevar sus niveles de producción e ingreso y sus niveles de participación, para que se apropien de los beneficios del crecimiento. Esta es la contradicción central: en una sociedad muy polarizada y excluyente los pobres no se forman competitivamente porque no tienen un ingreso suficiente, y tienen una productividad baja porque no tienen formación, pero no tienen interés en invertir en su formación porque los frutos de esta inversión les parecen más remotos que su esperanza de vida. Como no tienen participación en los asuntos públicos, saben que ellos no construyen el futuro.

Mientras tanto, el estrato social que concentra la riqueza reproduce su estilo de vida y su capital de manera extensiva y con baja productividad, porque cualquier aumento de productividad pasaría por un aumento simultáneo de educación, lo que implicaría una redistribución del ingreso, lo que este estrato no ha estado todavía dispuesto a aceptar.

La participación: clave estratégica

Para evitar que la distribución del ingreso produzca un populismo con desajustes económicos como en el pasado, es fundamental reforzar el eje de la participación y educación para que se reestructure el sistema político patrimonial heredado, eje de la desestabilización social. El círculo vicioso centroamericano -concentración del poder económico y centralización del poder político en pocas familias- debe ser confrontado en ambos frentes simultáneamente.

La acumulación de capital social - del cual la educación y la cultura constituyen la parte esencial - es el punto de llegada. Pero a la vez la educación y la cultura son también el punto de partida. Sin una cultura empresarial no hay clase privada inversionista. Sin una cultura de trabajo no hay incremento posible de la productividad. Sin formación técnica profesional no puede haber producción eficiente ni administración eficiente de los procesos políticos.

Centroamérica necesita estimular y liberar el potencial productivo de los sujetos portadores de desarrollo económico. Esto pasa por fomentar y fortalecer las instituciones portadoras de la participación social y la democratización y pasa también por invertir en un sistema de educación integrada, democratizando la educación técnica y superior y creando un sistema nacional educativo que integre la educación básica con la educación superior. Es peligrosa y falaz la artificial confrontación que los organismos financieros internacionales pretenden promover hoy entre la educación básica y la educación superior.

Según la lógica del ajuste estructural, tal como la defienden y aplican los organismos financieros internacionales, es suficiente que se eliminen las regulaciones internas y las barreras que impiden acceder a los justos precios internacionales, para que los productores más eficientes demuestren su superioridad. Se transformaría así poco a poco todo el tejido productivo nacional.

Los gobiernos centroamericanos han apoyado estas tesis, fortaleciendo las grandes empresas agrarias con la "modernización agrícola" en los años 50 y 60, subsidiando a los grandes oligopolios nacionales y sucursales de transnacionales al amparo de la "sustitución de importaciones" en los 60 y 70, después a los grandes comerciantes con la "apertura comercial" en los 80 y finalmente a los banqueros con la "liberalización financiera" en los 90. Un observador atento puede darse cuenta de que a través de los innumerables nexos familiares, es el mismo estamento oligárquico el que, siempre renovándose, ha salido a flote y ha utilizado el aparato del Estado para costear sus transformaciones con mayor o menor grado de incorporación de las clases medias urbanas según los países. Esta metamorfosis permanente de la oligarquía centroamericana ha sido financiada por el Estado, los organismos internacionales y la cooperación externa.

La alianza entre la oligarquía, el Estado y el capital internacional, con el apoyo político de Washington, ha mantenido a las naciones centroamericanas en el atraso y en un continuo desgarramiento social. Las élites centroamericanas no han constituido un motor de desarrollo regional ni han administrado con capacidad de conducir racionalmente a los demás sectores sociales.

Los nuevos sujetos económicos

En esta situación, es necesario priorizar como eje de la política de desarrollo y de la cooperación externa a los nuevos sujetos económicos, portadores de un desarrollo más equitativo y sostenible. Esto daría fundamento al inicio de un contrato social amplio, que incorporaría a la producción y a la participación política a masivos sectores de pequeños y medianos productores, especialmente a mujeres y jóvenes. Se reduciría así el desempleo y la inestabilidad social, se aumentaría la demanda efectiva del mercado interno, nacional y regional, y se crearían las bases para una genuina participación democrática.

Los pequeños y medianos campesinos del sector finquero son un sector punta en este proceso. Incorporarlos protagónicamente al nuevo contrato social permitiría que ellos arrastraran a un 30%-60% de la población económicamente activa, según los países. Más vale que este 60% de la población tenga una mejoría de tan sólo un 1% a que el 1% de la población, en el otro extremo del abanico de la distribución de la riqueza, crezca económicamente en un 60%. No se trata de un argumento de caridad ni siquiera de justicia, es una evidencia contable.

En Centroamérica, las dudas sobre esta propuesta de hacer protagonistas a los pequeños y medianos productores han venido por tres vías:

*Las falsas reformas agrarias que fueron implementadas en los países de la región, queriendo imponer estilos cooperativos o estatales de producción, incapacitaron el potencial económico del sector campesino.

*El sesgo fuertemente urbano de las políticas de desarrollo, basadas en la sustitución de importaciones y en el abaratamiento de la mano de obra urbana reduciendo el costo de los bienes de la canasta básica, mantuvo deprimidos los precios de los productores rurales, bloqueando su incorporación y acumulación y forzándolos a emigrar a las ciudades o al extranjero.

*La concepción cultural dominante desde la colonia asimiló al campesinado con el atraso.

En el fondo, son muchos los que sueñan con una modernización tecnológica como solución para sacar al campo de su atraso y no quieren entender que la única genuina vía de modernización pasa por una acumulación paulatina, a partir de la propia experiencia y de la educación del capital humano, principal generador de riqueza, de ahorro y de un reciclaje inversionista en el circuito económico.

Campesinos: fase inicial del desarrollo sostenible

Por su número, por su patrón de consumo y por su reserva de capacidad productiva, el campesino es el mayor creador potencial de empleo y de demanda efectiva nacional. Son los campesinos los que tienen el mayor efecto multiplicador que se puede concebir en Centroamérica para el empleo y la demanda. Así sucedió en Europa en los siglos XVIII y XIX y en Estados Unidos con los pioneer farmers en tiempos de George Washington. Sin la integración del campesinado - incorporado a la producción moderna de su tiempo - no hubiera existido ni hubiera sido posible la revolución industrial ni la creación de la nación ni de la democracia ni en Europa ni en Estados Unidos. En Centroamérica estamos todavía en la fase de creación de la nación, de la democracia y sus instituciones y del propio mercado. No se puede forzar la inserción de nuestros países en el mercado internacional sin tener puestas las bases de un mercado nacional propio. Esta es una de las grandes lecciones de "los tigres asiáticos".

La propuesta de crear una economía finquera desafía al desarrollismo, al campesinismo y a la reforma agraria estatista. La salida está en una propuesta y en programas más integrados y más simultáneos que incorporen el potencial económico de la mayoría de la población centroamericana y que fomenten su potencial de participación política para frenar el retorno de las oligarquías. Esto no lo logró ni la revolución mexicana ni los distintos intentos revolucionarios centroamericanos desde Jacobo Arbenz.

La vía de la economía finquera, como paso inicial para el desarrollo endógeno en Centroamérica, implica superar las propias trabas y limitaciones de este sector. Logrado cierto nivel de acumulación, los finqueros buscan imitar, en pequeño, el modelo de la hacienda latifundista: crecer extensivamente y emplear mano de obra barata. Para evitar esto, es indispensable que el modelo de desarrollo no se limite a la producción agropecuaria. Hay que invertir en el fomento de las actividades no agropecuarias para que el excedente económico de los finqueros pueda invertirse en la comercialización y en la transformación industrial de los productos del campo en empresas que serían necesariamente de pequeñas dimensiones y dispersas, como lo son los capitales que se invertirían en ellas, para que se conserve el control local de las mismas y se facilite una redistribución de los beneficios, lo que les permitiría adaptarse a las características, en naturaleza y tiempo, de los bienes que transarían o transformarían. Dentro del sector finquero, la incorporación de la mujer a la producción y a la vida municipal es el factor que puede garantizar una mayor eficiencia social.

Círculo vicioso socio-ecológico

Este proceso de incorporación de los excedentes agrícolas al sector secundario y terciario debe ser descentralizado y participativo desde su inicio. Permitirá absorber localmente el excedente de mano de obra de los campesinos pauperizados, elevando su salario y frenando su emigración a las ciudades o al extranjero. Así, el protagonismo de los pequeños y medianos finqueros -relegados históricamente de la dinámica del desarrollo económico y de la participación política- no sólo ofrece un potencial de desarrollo sino también la posibilidad de detener la descapitalización de los recursos naturales y la degradación ecológica, la inmigración forzada a la ciudad o al extranjero, la inestabilidad política en el agro y el incremento de la delincuencia e inseguridad urbana. Porque en el sector campesino más empobrecido se encuentra hoy el mayor potencial de somalización: la exclusión los está convirtiendo en inmigrantes urbanos "subempleados" en la delincuencia y en "refugiados anti-ecológicos" que sobreexplotan tierras y bosques.

La crisis de Centroamérica también tiene un grave flanco ecológico. Se patentiza en la deforestación, en la creciente escasez de agua y en la "emigración ecológica". Las culturas indígenas-campesinas, que transmitieron durante generaciones una herencia de respeto medioambiental, y la exhuberante biodiversidad regional se están perdiendo forzadas por la depredación que exige la sobrevivencia. La desertificación creciente de los últimos 30 años, provocada por la falta de alternativas económicas y el gigantismo de las áreas metropolitanas con escasez de agua, empleo y vivienda, alimentado por la migración campo-ciudad, son los dos grandes trazos de este explosivo círculo vicioso. En una fase inicial del desarrollo centroamericano, la estrategia finquera podría transformarlo en un círculo virtuoso.

La crisis de la política tradicional

La situación política de Centroamérica está hoy atravesada por tres grandes líneas de fuerza:

*La ineficacia del sistema político tradicional, y también de sus contrincantes tradicionales "de izquierda", para crear una estabilidad democrática compatible con el desarrollo económico.

*Las presiones externas para la modernización del Estado, acompañadas con medidas de reducción de su tamaño, de su capacidad de acción, justificadas en la búsqueda de los equilibrios presupuestarios y en la eficiencia económica de la privatización.

*La atomización de la sociedad civil y la pérdida de interés por la participación cívica, en un trasfondo de profunda desconfianza hacia el sistema político y hacia los partidos tradicionales, tanto de derecha como de izquierda.

A pesar de todo esto, la recién conquistada democracia política, a pesar de sus limitaciones y superficialidad, ha permitido el surgimiento de nuevas instituciones, de nuevas organizaciones civiles, de nuevas vinculaciones regionales. Una de ellas, la ICIC (Iniciativa Civil de Integración Centroamericana), que integra por primera vez a grupos mayoritarios de la sociedad civil nacional y regional. El movimiento cívico va tomando forma a pesar del desempleo y la pauperización y emergen actores mayoritarios, portadores de un proyecto de desarrollo.

En la situación actual, el Estado y los partidos políticos de la región no pueden reformarse a sí mismos. Modernizar el Estado no es poner computadoras en las administraciones y provocar con eso más desempleo. Tampoco la política se democratiza suficientemente por una mayor participación en el Parlamento, por un juego electoral más abierto, por el exceso de partidos políticos o por la reducción del militarismo. Es algo sustancialmente más profundo. Es de la incorporación y formación de la participación cívica de la sociedad civil y sus instituciones, aunque sean débiles, en las tareas de la administración pública de donde tiene que venir la transformación del Estado. Lo mismo se podría decir en referencia a los partidos, profundamente desvinculados de la sociedad civil, con una crisis de credibilidad y un estigma ético que los han hecho pasar de ser "vanguardia de la sociedad civil" a ser, y sólo a veces, su retaguardia.

Introducir mecanismos de rendición de cuentas, de transparencia y de participación a nivel del Estado y de los partidos políticos para garantizar la toma de decisiones y una mayor responsabilidad civil en las mismas, es una tarea complementaria a las transformaciones económicas que podría abrir la vía finquera para el desarrollo. Sin recrear el sentido de la colectividad en la toma de decisiones económicas y políticas, tanto a nivel comarcal, municipal, regional y nacional no podrá darse un desarrollo equitativo y sostenible en Centroamérica por carecer las élites familiares de suficiente balance social para aceptar las transformaciones que requiere la democratización económica y política.

Tres instituciones a tener en cuenta

Hay tres instituciones con peso específico para contribuir al establecimiento de este nuevo contrato social, hoy tan importantes como los partidos, el Estado y los propios gremios empresariales - que, por supuesto, deben de ser también incorporados en la construcción de un contrato que permitirá la viabilidad y dinamizará las potencialidades de Centroamérica -.

*Las propias organizaciones de la sociedad civil vinculadas a nivel regional. En este sentido, ICIC, que integra a las Federaciones Regionales de campesinos, sindicatos, cooperativas, organismos de derechos humanos, de mujeres, de indígenas y de centros de investigación, implica en sí misma una concertación y un contrato social regional desde abajo. En el mismo sentido pueden cooperar el resto de los ONGs y organismos de la sociedad civil.

*Las Iglesias, especialmente la católica y la protestante, son fundamentales para crear conciencia regional y para consolidar el contrato social. Lamentablemente, no se ha logrado un ecumenismo que permita integrar la conciencia religiosa mayoritaria de las poblaciones centroamericanas y las nuevas sectas evangélicas crean tensiones en la región, respondiendo claramente a determinados intereses políticos nacionales e internacionales.

*Las Universidades y el sistema educativo regional. Sin la creación de una cultura de la tolerancia, de una visión de destino regional en la nueva generación, de una práctica de mediación y negociación en la escuela y en la universidad para resolver los conflictos, la polarización económica y social seguirá siendo el mayor obstáculo para el desarrollo.

Flexibilización laboral + educación primaria

La formación del capital humano, nacional y regional, a todos los niveles del sistema educativo y productivo, conforma el eje más determinante del nuevo contrato social.

El paradigma ortodoxo y neoclásico de desarrollo implementado en Centroamérica ha localizado recientemente el principal cuello de botella del crecimiento en la rigidez de los mercados de trabajo. Según los nuevos dogmas neoliberales, estos mercados no logran ajustarse con la velocidad y la amplitud requeridas para lograr el éxito. En consecuencia, la tecnificación y las prácticas innovadoras a nivel fabril se proponen como claves para promover un ajuste exitoso, poniendo énfasis en dos líneas básicas de acción:

- La flexibilización del mercado de trabajo mediante la desregulación de los contratos laborales, el cercenamiento de los derechos de los trabajadores, la marginación de los sindicatos y la reducción de los espacios de negociación.

- La priorización del gasto educativo a nivel primario y a nivel técnico y vocacional, reduciendo los gastos en la educación superior.

A nivel regional, la flexibilización laboral no ha redundado en un mayor nivel de empleo ni de reactivación económica, sino en niveles de desempleo abierto y encubierto superiores incluso a los de los años del conflicto bélico. La "liberación" del mercado de trabajo no trasvasa empleo de los sectores estancados o débiles a los sectores dinámicos, que no absorben gran cantidad de empleo y que requieren altos niveles educativos. El resultado neto ha sido una creciente exclusión. Una política de reconvertir y reciclar la mano de obra está virtualmente ausente en la región. Por otro lado, contraponer la educación primaria a la educación superior para concentrar los recursos presupuestarios en la educación básica lleva implícito un objetivo: educar a la mano de obra regional especializándola sólo para la maquila.

Democratizar el conocimiento: otra clave

Dada la drástica segmentación del conocimiento que existe en Centroamérica, - y que implica una mayor concentración del conocimiento que de los ingresos y la riqueza -, sin una democratización del conocimiento no podrá darse la democratización de la sociedad y un desarrollo sostenible y equitativo. Para lograr esta democratización del conocimiento es fundamental priorizar la inversión en la educación como un continuo educativo integrado desde la primaria hasta la universidad.

Pero la educación no es parte de la solución sino parte del problema si no es transformada radicalmente. Centroamérica requiere de proyectos nacionales de educación que integren el continuo educativo, incluso priorizando a la educación superior como fuerza transformadora de la educación primaria y de la educación secundaria, para la capacitación de los nuevos docentes, la transformación de los curriculum y el uso de las universidades como trampolín de la cooperación tecnológica internacional.

Esto implica una profunda transformación de las universidades. Es éste uno de los aspectos difíciles pero prometedores de la actual situación centroamericana. Existe un movimiento en favor de la reforma universitaria que reconoce que las universidades son esenciales en el futuro de Centroamérica y que busca su profunda transformación. En las tres décadas anteriores, la universidad centroamericana estuvo politizada y radicalizada por los partidos de izquierda o se convirtió en un bastión de las oligarquías. La pérdida de la autonomía académica de la universidad se está comenzando a recuperar, pero no se ha logrado todavía la adecuación de la universidad a las necesidades de la integración regional y del nuevo contrato social regional.

La construcción del nuevo contrato social y la consolidación de los actores económicos y sociales "emergentes" no podrá lograrse independientemente en cada país de la región si no se refuerza la cooperación económica y si no se fomenta la construcción de un espacio ciudadano y cultural también a nivel regional.

El proceso de regionalización se ha relanzado a toda velocidad desde 1992-93. Las cumbres presidenciales se repiten cada seis meses. Desde fines del 94, con la Cumbre de Miami, se pretende una integración de dimensión continental con la creación del Area de Comercio Libre de las Américas (ACLA) en el año 2005. Esta regionalización acelerada fue impulsada por Estados Unidos antes de la insurrección de Chiapas y de la crisis financiera de México. Existe suficiente documentación para probar que el nuevo interés de Washington en América Latina se basa en la necesidad que tiene Estados Unidos de aumentar su competitividad frente los megamercados de Europa y del Pacífico consolidando el megamercado de las Américas bajo su hegemonía.

Por otro lado, los gobiernos de Centroamérica y el Caribe y el Grupo de los Tres acordaron la creación de la Asociación de Estados Caribeños en 1994 - incluyendo a Cuba a pesar de las presiones de los Estados Unidos - para iniciar la formación del tercer bloque regional latinoamericano junto al MERCOSUR y al Pacto Andino. Esta dinámica integracionista es importante, pero enfrenta el mismo problema de las dos velocidades y las dos ciudadanías: puede incrementar la somalización-taiwanización no sólo de Centroamérica sino también de toda la Cuenca del Caribe, incluyendo a México, Colombia y Venezuela.

Integración desde abajo y desde adentro

En Centroamérica, el actual proceso de integración está claramente dirigido por los organismos financieros nacionales e internacionales y por FEDEPRICAP, que aglutina a los empresarios modernizantes, hegemonizados y financiados por Estados Unidos. Pero existe también una integración emergente desde abajo y desde adentro de la región, que pretende balancear la integración desde arriba y desde afuera, no como vía antagónica sino complementaria, y que busca mayores espacios de participación en el proceso regional, desde los intereses de los pequeños y medianos productores, de las cooperativas, de los organismos de la sociedad civil, de los intelectuales y de los grupos cristianos de base, que conforman una emergente red regional.

El ICIC y ASOCODE (integra las organizaciones campesinas) y la Federación de Cooperativas han logrado ya un espacio permanente en organismos regionales como el SICA (Sistema de Integración Centroamericano) y en la propia Cumbre de Presidentes. Sin embargo, su impacto es todavía marginal y se teme que terminen siendo cooptados por la burocracia regional de las dirigencias de los organismos de integración centroamericanos, por no contar todavía con los mecanismos institucionales de trabajo (centros de investigación y asesoría, organismos de programación y financiamiento, sistemas de comercialización, medios de difusión, etc.).

El actual proceso de integración desde arriba y desde afuera está provocando divisiones dentro del sector empresarial y de las diversas facciones del capital centroamericano. El capital financiero y el comercial están favoreciendo claramente la integración vertiginosa desde afuera y desde arriba, mientras que el capital industrial teme no poder competir y desintegrarse ante la avalancha de productos extranjeros. FEDEPRICAP ha iniciado ya contactos con ICIC y con la sociedad civil.

También existen diferencias importantes entre los países. Costa Rica y Panamá mantienen un énfasis más bilateral en relación con el TLC y buscan en la integración una expansión de sus mercados, más que la formación de un Mercado Común Centroamericano. Rechazan además cualquier tipo de integración política. La propuesta económica salvadoreña de enero/95 representa los intereses del sector comercial de ese país y sobre todo, los del sector financiero. Al dolarizarse completamente la economía salvadoreña, se pretendería transformar a ese país en una gran zona libre, aprovechando las ventajas de los mil millones de dólares de las remesas familiares, lo que afectaría gravemente el proceso de integración regional.

El actual proceso de integración y sus contradicciones internas refleja sobre todo los intereses de la cúpula comercial-financiera, que coincide con el intento norteamericano de utilizar en su provecho el Area de Comercio Libre de las Américas. Esta "integración" repite amplificadamente las contradicciones internas del desarrollo que se dan en cada país centroamericano.

La integración centroamericana desde abajo y desde adentro de la sociedad civil permitiría conformar una región más estable. En la posición geoeconómica de Centroamérica, una región estable permitirá atraer y absorber eficientemente la inversión internacional y convertiría a las "repúblicas bananeras" en puente de servicios transnacionales.

Le toca el turno a la democracia

Centroamérica sigue siendo manejada por las instituciones financieras multilaterales. A pesar de la fuerte reactivación del mercado regional, que supera los niveles históricos de 1980, la región no consigue cerrar una brecha externa en constante incremento. Entre 1985 y 1993 la región incrementó sus exportaciones en un 36%, pero en ese mismo período aumentó las importaciones en un 83.6%, ensanchándose su brecha comercial en unos 3 mil 394 millones de dólares. Esta brecha es compensada en parte por las remesas familiares, de las que la mayor parte se concentra en El Salvador. El resto de esta brecha se ha traducido en nuevos endeudamientos. El financiamiento del modelo de crecimiento no viene, como en el anterior Mercado Común Centroamericano, de la producción agroexportadora, sino que se financia mayoritariamente con el ahorro externo de los emigrantes y con las donaciones y préstamos internacionales que incrementan el endeudamiento externo. Es un modelo que produce crecimiento, pero sólo temporalmente y sin acumulación de capital, ni físico ni humano.

Lo más grave es que las remesas familiares, que son divisas generadas con el trabajo de los pobres forzados a emigrar, no son utiliza- das ni captadas por inversionistas productivos sino que pasan a manos de las cúpulas y son fundamentalmente utilizadas para el comercio importador y para la especulación financiera. El potencial de las remesas familiares como fuente de ahorro centroamericano no se ha traducido todavía en un sistema de intermediación financiera interno para la propia integración centroamericana.

Es tal vez el ejemplo más visible y clamoroso de la ausencia de un proyecto de desarrollo endógeno. Y es ese desarrollo endógeno, el nacido y madurado desde dentro de nuestras sociedades, el único que impedirá que la dialéctica perversa de la somalización-taiwanización, de la sociedad de dos velocidades y ciudadanos, mantenga a la región en una permanente crisis de polarización-paralización, de inseguridad-ingobernabilidad que impide aprovechar el potencial de una Centroamérica en la que todos quepan y en la que nadie sea excluido.

Los pueblos de la región lo han intentado todo para provocar los cambios necesarios. Desde la paciencia histórica ante la dominación hasta la rebeldía y la insurgencia popular. Le toca el turno ahora, y por primera vez, a una democracia que aunque incipiente, restringida y superficial está permitiendo una mayor conciencia y relación entre pueblos anteriormente incomunicados.

En el espacio democrático iniciado en los 90, la creciente exclusión social, económica, étnica, el rechazo oligárquico-tecnocrático a la cultura campesina y la marginación de las mujeres son un insulto a la razón y a la con- ciencia. Un nuevo contrato social que aglutine a todos los ciudadanos para enfrentar la crisis y el futuro, no es sólo una urgencia ética. Es también una urgencia de eficiencia social.

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