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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 167 | Enero 1996
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Nicaragua

Qué quieren niñas y niños trabajadores

Hay que incluir entre los derechos de los niños el derecho a trabajar. Lo que viola sus derechos es la pobreza y el maltrato de los adultos. Los niños sueñan con un mundo donde juego, trabajo y estudio vayan juntos.

Manfred Liebel

Desde el año 1994, un grupo de educadores y sociólogos, con la participación activa de niñas y niños trabajadores, venimos estudiando las interpretaciones que ellas y ellos dan sobre su experiencia laboral. El estudio se ha realizado en dos contextos:

- Encuentros y talleres en el que participaron cerca de 1500 niños, niñas y adolescentes trabajadores en la calle, mercados, parqueos, entre 9 y 16 años. Pertenecen al Movimiento de Niños, Niñas y Adolescentes Trabajadores. Ya es costumbre el llamarlos NATRAS.

- Talleres testimoniales sobre el trabajo doméstico que realizan las niñas en el hogar como parte de la Campaña Internacional "Dar una voz a los niños y niñas". En este proceso participaron 110 niñas y adolescentes entre 9 y 16 años de edad.

Los niños y las niñas ya se conocían de otros encuentros y actividades o tuvieron la oportunidad de conocerse y actuar en conjunto durante la investigación. En la elaboración de las guías de preguntas y de la metodología, los líderes infantiles contribuyeron con ideas y propuestas. Los encuentros, talleres y grupos de trabajo fueron dirigidos por ellos mismos. Además de los resultados de Nicaragua, incluimos en este análisis datos de 24 niños y niñas campesinos de El Salvador de entre 7-17 años.

¿Cómo valoran los NATRAS su trabajo? ¿Qué desean? ¿Qué cambios querrían? Sobre su trabajo, ellas y ellos delimitan seis áreas de críticas: discriminación, violencia, condiciones de trabajo no adecuadas, horarios no adecuados, privación de ingresos y privación de libertad.

"Nos hacen mala cara, nos vulgarean"

Las niñas y niños trabajadores se sienten discriminados. No se sienten respetados como personas que asumen una responsabilidad y contribuyen económicamente al sustento de su familia. Señalan que los adultos no valoran su aporte ni reconocen el valor de su trabajo.

A los NATRAS les molesta "cuando la gente dice que los que deben trabajar son nuestros papás", no porque no deseen que sus padres trabajen, sino porque la gente no toma en cuenta que hay mucho desempleo y que los niños trabajan por necesidad.

También se sienten discriminados e irrespetados cuando la gente les caracteriza como "niños de la calle", ladrones o vagos. Critican que muchos adultos "nos hostigan, vulgarean, humillan, nos hacen mala cara, nos desprecian". Ven también discriminación cuando no les reconocen su actividad como trabajo y cuando no les pagan bien por el sólo hecho de que el trabajo es hecho por niños.

Las niñas que trabajan en sus hogares critican que son la únicas que realizan los oficios domésticos y que son regañadas y castigadas más que los varones. Se sienten consideradas inferiores a sus hermanos varones y discriminadas por ser mujeres. Según los estudios de Karla Blanco en El Salvador, Guatemala y Nicaragua, "las niñas tienen claro que los oficios domésticos son para ellas un trabajo que realizan en su casa, pero que no es reconocido ni por su familia ni por la sociedad".

Niños y niñas que trabajan en la calle denuncian la violencia contra ellos. En la calle se ven muchas veces hostigados. "Nos destruyen la venta, hay clientes que nos roban y conductores que nos atropellan y matan, hay adultos que nos quitan clientela, hay maltrato de patrones". También lamentan "el egoísmo entre los mismos que trabajamos" y critican a sus padres y madres porque les pegan y maltratan "cuando no vendemos".

Son principalmente las niñas las que critican la agresión y el abuso sexual, no sólo en la calle, sino también en sus hogares. Denuncian violaciones y acoso sexual por parte de tíos, padrastros, primos y hermanos mayores, al quedar solas en la casa y cuando salen a hacer mandados.

Las niñas que trabajan en la casa denuncian a sus padres por maltrato y por castigarlas cruelmente. "Nos hacen comer toda la comida cuando se nos quema o está mal hecha, nos queman las manos y los pies, nos insultan, nos gritan, nos duplican el trabajo, nos dejan sin comer, nos pegan con fajas, nos jalan las orejas".

"Nos asoleamos, nos rendimos"

Los NATRAS del campo señalan que tienen que realizar trabajos muy pesados. No les gusta, por ejemplo, desyerbar porque "hace grandes dolores de espalda y grandes cansancios, además mucho ardor en los brazos porque estamos debajo del mero sol". Critican especialmente que les obligan a rociar veneno: "Hiede feo el veneno y uno no puede ni respirar. Es fácil arruinarse la respiración, y si uno le echa al agua más de las capadas necesarias se pone muy fuerte". Ven las herramientas que tienen que emplear demasiado grandes y difíciles de manejar, aunque les gusta utilizarlas porque usar lo que usan los adultos les da prestigio y reconocimiento en la comunidad campesina. En general, critican el riesgo de accidentes, el dolor y el cansancio, el sufrir enfermedades y el no poder asistir a clase.

Los NATRAS de la ciudad, los que trabajan en la calle, en la casa o en empresas, critican también el riesgo de accidentes y enfermedades por falta de medidas de protección en los lugares de trabajo. "En las calles nos asoleamos, nos rendimos, nos enfermamos, no nos garantizan salud". Ven los mayores peligros cuando venden de noche y en el día, señalan que los vendedores adultos los corren de los lugares favorables.

Los niños que trabajan en los basureros hablan de que "no hallamos nada de desecho" y que tienen que competir salvajemente con adultos y con otros niños para conseguir lo poco que hay, lo que significa mayores riesgos. Hablan de "los coyotes", los comerciantes intermediarios: les pagan mal y aprovechan su dependencia.

Los niños que trabajan en empresas consideran muy pesado su trabajo, principalmente en la albañilería, y se lamentan de andar sucios cuando trabajan como mecánicos. Las niñas trabajadoras del hogar señalan accidentes - quemaduras, choques eléctricos y heridas - al planchar, al cocinar, al hacer tortillas y al limpiar la casa.

Todos los NATRAS expresan su preocupación por la falta de comprensión de los adultos, que parecen ignorar sus necesidades específicas, de integridad física y de salud.

"Que no prohiban nuestro trabajo"

Unánimemente, los NATRAS critican sus extensos horarios de trabajo, que no les dejan suficiente tiempo para estudiar, divertirse, jugar o pasear. En el campo, niños y niñas trabajan entre 10 y 14 horas diarias, lo que sobrepasa el horario promedio del trabajo infantil en las calles de las ciudades. La carga de las niñas es mucho más grande que la de los varones, porque adicionalmente a los trabajos que realizan en la calle o a su colaboración en las tareas agrícolas tienen que asumir muchas veces responsabilidad en el trabajo de la casa. En las ciudades, los niños - vendedores ambulantes, principalmente - se quejan por tener que trabajar de noche.

Cuando los NATRAS dicen que los adultos - padres o patrones - "nos explotan mucho" o "abusan de nuestro trabajo", quieren decir que nos les pagan el trabajo o que les pagan mal o que les pagan menos que al adulto que hace ese mismo trabajo. Critican que "no hay sueldo fijo" para los niños y, en referencia a los que tienen algún contrato laboral, que "no nos dan aguinaldo". Se ven también explotados por los clientes a los que "fiamos y no nos pagan" y ponen el ejemplo de los taxistas: "nos piden la raspadita y no la pagan".

También señalan a los padres y a otros adultos que "nos quitan lo que recogemos y los reales de la venta". Casi todos los NATRAS quieren ayudar a sus mamás y papás y están dispuestos a entregar o compartir sus ingresos, pero lo quieren decidir ellos mismos. Los que trabajan dentro de la economía familiar sin recibir pago alguno, sienten que "damos más a nuestra familia de lo que recibimos".

Una crítica muy común entre los NATRAS es ésta: los adultos "nos obligan a trabajar". Niñas y niños ven la necesidad de trabajar, dados los escasos recursos de su familia o el desempleo de sus padres, y están dispuestos e interesados en contribuir al sustento de la familia, pero quieren decidir ellos mismos, "si trabajamos o no y cómo trabajamos". Esto incluye decidir sobre las condiciones y el horario del trabajo.

Las niñas critican también que a veces los padres no les dejan realizar los trabajos que ellas quieren realizar, principalmente si son fuera de la casa. En el trabajo doméstico se sienten "vigiladas". En la calle ven una limitación de su libertad de decisión porque a veces - por ejemplo en los semáforos y en las horas más frecuentadas- "las personas adultas nos quitan el trabajo".

Casi todos los NATRAS consideran también como privación de libertad y discriminación que el trabajo de niños sea prohibido por la ley: "Prohibirnos el trabajo es no pensar en los niños... Si prohiben el trabajo actúan en contra de nuestros derechos... En vez de prohibirlo deben apoyarnos... Que no se prohiba el trabajo sino que se hagan leyes para protegernos y tener más derechos en el trabajo".

"Nos moriríamos de hambre"

Si analizamos los comentarios de los NATRAS sobre lo que les gusta de su trabajo o las ventajas que ven en él podemos identificar seis tipos de argumentos. Les gusta porque ganan dinero para satisfacer necesidades, consiguen reconocimiento social y superan la marginación, desarrollan la solidaridad familiar, aprenden a "ganarse la vida", consiguen más libertad y autonomía y tienen más comunicación con otras personas.

Los NATRAS saben que trabajan por necesidad y que se necesita dinero para vivir, no sólo "para comer y vestirnos", sino también para mantener o recuperar la salud y para poder estudiar. En el Estado neoliberal todas las necesidades básicas se convierten en mercancías y ellos y ellas lo saben. Hay que pagar el agua, la luz, el hospital, el médico, la medicina, los impuestos, los útiles escolares, los uniformes de la escuela, etc. "Si no ganamos dinero no podemos curarnos ni arreglarnos los dientes y adiós al estudio".

Si los NATRAS dicen que les gusta ganar dinero, reflejan la situación de pobreza en la que se encuentran sus familias y les parece normal asumir una responsabilidad. Hay algunos que responsabilizan exclusivamente a sus padres de protegerles y garantizarles sus necesidades, pero la gran mayoría prefiere contribuir personalmente Entienden que sin esta contribución, sus propias vidas se deteriorarían grave y rápidamente.

Los que se fijan sólo en el riesgo y en los efectos negativos que tiene el trabajo infantil sobre los estudios y la salud de los niños, olvidan los costos que tendrían que pagar estos niños si no trabajaran. Ellos mismos lo dicen: "Si no trabajáramos fuéramos analfabetas, viviríamos en calzoncillos, viviríamos en la miseria, nos moriríamos de hambre".

Los NATRAS nos recuerdan que no podemos hacer valoraciones negativas sobre el trabajo infantil sin tener en cuenta las condiciones concretas en las que viven los niños que trabajan. En un contexto de amenaza de muerte, el trabajo de los niños es una opción por la vida. No sólo porque no les queda otra salida, sino porque a través del trabajo pueden superar su impotencia y obtener identidad y conciencia de sí mismos.

"La crisis sería peor"

Los NATRAS saben que el hecho de trabajar aumenta su peso social. Aunque en muchos casos no ven reconocido su trabajo, sienten que hacen algo útil e indispensable para su familia y para la sociedad, lo que les hace sentir "alguien en la vida".

Los niños campesinos viven en un contexto que facilita su reconocimiento dentro de la comunidad. En el campo, el trabajo de los niños tiene raíces profundas en las culturas indígenas, que valoran el trabajo como elemento positivo de la socialización y educación de las nuevas generaciones. Con su trabajo, el niño se integra a la comunidad y gana su respeto.

Por estas raíces, son muchos los niños campesinos que se identifican con su trabajo. Para ellos, ver brotar las plantas de la tierra es algo sagrado, de valor sin medida, y por eso aclaran que aunque sea duro su trabajo, vale la pena ver la vida surgiendo de la tierra.

Los NATRAS del campo sienten también que su trabajo es útil para el país. La milpa que se siembra genera alimento para personas que no son ni de su familia ni de su comunidad, sino de otras zonas del país. Saben que ese frijol o maíz se vende en otros lugares y esto - así lo señalan - ayuda al comercio nacional.

En la ciudad, el reconocimiento social que adquieren los niños con su trabajo es prácticamente nulo. Casi no existe ya en la ciudad una cultura de trabajo que incluya a los niños. Sin embargo, aunque en las ciudades los niños y niñas no realizan generalmente trabajos productivos como los niños campesinos, ellas y ellos interpretan que también contribuyen al desarrollo de la sociedad. Los que rebuscan en los basureros hablan de su aporte al "reciclaje de la basura", los que trabajan en la calle dicen que si no trabajaran "la gente anduviera sucios los zapatos, los carros se mantendrían sucios, se robarían los carros, la gente no leería el periódico, estaría sucio el país". Las niñas que trabajan en su hogar saben que sin su trabajo "la casa estuviera sucia, revuelta y patas arriba" y "nuestros padres se pelearían más y habría violencia".

No son pocos los NATRAS que tienen una visión global de la importancia y del valor de su trabajo. "Si no trabajáramos - dicen - viviríamos en una crisis económica, peor que la que estamos viviendo ahora".

Entre los NATRAS de la ciudad muchos ven su trabajo como una alternativa a la delincuencia y una manera de combatir la marginación. Cuando dicen que trabajan "para no robar, no ser contrabandistas, no andar de vagos, no pedir", reflejan la dificultad de mantener en las condiciones de pobreza una vida "legal" y "respetuosa". Así, además del valor económico, ven en su trabajo un elemento educativo que les permite rescatar valores de dignidad humana y de convivencia con los demás.

Aunque los NATRAS de la ciudad no se identifican tanto con su trabajo como muchos niños campesinos, sí se ven frecuentemente como parte de la clase trabajadora que contribuye al desarrollo del país y que merece el respeto y el reconocimiento de toda la sociedad.

"Aprendemos a ser alguien en la vida"

A los NATRAS les gusta ayudar a sus familias. La solidaridad familiar es un valor que tiene un alto rango en su pensamiento. Las niñas que cocinan, cuidan a sus hermanitos y mantienen en orden el hogar, están conscientes de que su trabajo permite a sus mamás y papás "ir a vender" o realizar otros trabajos que llevan ingreso a la familia. Los niños y niñas que ganan dinero por su trabajo están satisfechos porque "ayudamos a mantener a la familia". Pero no les parece justo que los padres no tomen en serio su aporte y no les den el reconocimiento material y moral que merecen. Especialmente las niñas insisten en que "nos ayudemos todos en la familia" y esperan que todos contribuyan de igual manera.

En su trabajo, los NATRAS no ven sólo una carga o una necesidad sino una oportunidad de aprender. El trabajo - independientemente de su tipo y condiciones - "nos ayuda a formarnos", les sirve "para agarrar experiencias de los adultos, nos hace ser más responsables, aprendemos a defendernos, a hacernos más independientes, a ganar la vida, a prepararnos y a ser alguien en la vida". Sin negar o esconder los problemas que enfrentan en sus trabajos, aprovechan la participación laboral para prepararse e integrarse a la vida.

Su filosofía es: "aprendemos lo que es trabajar en la vida". Y por eso se muestran más interesados en trabajos donde aprenden un oficio o pueden ampliar y profundizar conocimientos y habilidades.

Los NATRAS de la ciudad ven el trabajo como una posibilidad de tener una vida más libre y autónoma. Les sirve "para no depender de nadie" y les gusta que "dependo de mí mismo", que "compro mis cosas" y en general, les gusta "andar dinero". No todo trabajo permite eso: en el campo los niños son parte de la fuerza laboral de la familia y no reciben un salario.

En la ciudad son principalmente los trabajos en la calle los que facilitan a los NATRAS el lograr un mayor grado de independencia, no sólo por disponer de dinero, sino porque se vuelven más ágiles y hábiles y más aptos para defenderse en situaciones difíciles. "Vamos donde nosotros queremos", dice.

De esta manera, la experiencia laboral contribuye a disolver subordinaciones de carácter paternalista, basadas exclusivamente en la edad, y les facilita el comprenderse y articularse como sujetos con derechos e intereses propios.

A muchos NATRAS lo que más les gusta de su trabajo es que "nos relacionamos con las personas". Los niños que trabajan en la calle mencionan frecuentemente que "nos divertimos" y "hacemos amigos y podemos andar jugando con nuestros compañeros". También les gusta "compartir el trabajo con los demás".

El trabajo en lugares públicos, a pesar de los riesgos que tiene, puede abrir espacios sociales que los niños no encuentran en otros lugares, ni en la familia ni en la escuela. En la calle, el trabajo no está completamente separado del juego y de otras actividades "libres", lo que motiva a los NATRAS a interpretar el trabajo como "algo dinámico" y atractivo. El trabajo es motivo y oportunidad de organizarse en grupos, para compartir el trabajo o para desarrollar actividades colectivas en defensa de sus intereses y derechos.

El derecho de los niños a trabajar

Evidentemente, las opiniones de los NATRAS sobre su trabajo son muy concretas y diferenciadas. Si tienen la oportunidad y se sienten escuchados, critican muy claramente los elementos negativos de su experiencia laboral: la explotación, el maltrato, el irrespeto o la discriminación. Pero no dejan de indicar los elementos positivos que ven en su trabajo. No quieren dejar de trabajar. Lo que quieren es trabajar en condiciones mejores de libertad y de dignidad.

De esta manera, niñas y niños nos llaman la atención: no es el trabajo lo que viola su dignidad sino la pobreza y las políticas y los tratamientos que les imponen los adultos y las instituciones dominadas por ellos. Es la pobreza la que convierte su trabajo en obligación, la que provoca la violencia, la que les quita o limita en su vida diaria la opción libre de estudiar, recrearse y trabajar cuando y como les conviene.

Son las políticas de los adultos las que no les garantizan la protección necesaria en el trabajo y las que no les permiten gozar de sus derechos de comer, ir a la escuela y vivir en condiciones favorables para su salud y desarrollo. Son los adultos - patrones, clientes, vecinos, políticos y los mismos padres - quienes les niegan el cariño y el respeto que merecen como seres humanos.

Lo que merece mayor atención es que los NATRAS no sólo critican las condiciones de su trabajo, sino las políticas y las medidas con las que se pretende ayudarles. Usualmente no dan mucha importancia al mundo de las leyes y códigos, pero si les preguntamos rechazan casi unánimemente la intención de prohibirles trabajar. Ven que una medida así violenta su libertad y dignidad y resultaría no menos grave que el tratamiento arbitrario que reciben de las personas adultas en sus lugares de trabajo.

Quieren que se les proteja pero no quieren que se les coloque aparte, en una reserva carente de influencia sobre su vida y su futuro. Quieren vivir una infancia y una adolescencia bien diferente al "infantilismo" que les propone una sociedad adultista y paternalista.

Con esta valoración diferenciada del trabajo, los NATRAS nos enseñan que hay que ver el trabajo infantil no simplemente como problema, sino como una base para el cumplimiento de sus derechos. Cuando opinan que el trabajo les permite "ser alguien en la vida", expresan que sólo los niños que no dependen completamente de los adultos tienen el poder de reclamar efectivamente sus derechos. Si ellos pueden ser productivos y participar activamente en la economía, les será más fácil lograr el respeto de los demás y superar su posición impotente y marginal.

Participación activa y creativa

Si no incluimos en los derechos del niño el derecho a trabajar, seguimos tratando a los niños como beneficiarios de nuestra benevolencia y les impedimos emanciparse como sujetos sociales. El derecho a trabajar no significa la obligación de trabajar ni justifica la explotación del niño, tampoco resuelve todos los problemas. Lo que se trata es de fortalecer la posición social de los niños que ya trabajan o que quieren trabajar, y de facilitarles decidir en qué condiciones aceptan trabajar y en cuáles no. Se trata de establecer derechos laborales y normas que garanticen la protección y promoción necesaria de los niños en el trabajo.

Según Giangi Schibotto - un estudioso del tema en Perú -, los niños y las niñas sienten que el trabajo les permite "la asunción de un rol efectivo y no sólo simbólico en la sociedad; el compartir problemas y responsabilidades con la familia, el barrio, el pueblo; la inserción de clase en las contradicciones del sistema; una maduración distinta que lleva a estos niños a alcanzar insospechables capacidades de autonomía y protagonismo; su participación activa y creativa en la lucha por el cambio". El trabajo puede recuperar a los niños "como sujetos auténticos y no ficticios, cuestionando así un modelo dominante de la niñez que, a cambio de una supuesta sobre- protección, obliga al menor a una completa dependencia de los adultos y a una total exterioridad en los procesos sociales".

El trabajo es un juego

En la sociedad moderna, con su pragmatismo cínico de la razón instrumental, que reduce nuestra función a la reproducción de la estructura, hemos perdido en gran parte "la capacidad de anticipación del futuro, la capacidad de vivir como real lo posible y lo real como contingente. O sea, como posible pero no necesario. Es decir, algo que es así pero puede ser diferente", dice Alejandro Barrata en una reciente ponencia sobre este tema en Bolivia.

Son casi únicamente los niños los que todavía manifiestan "esta capacidad de proyección, de crítica de la realidad, así como la memoria del pasado. O sea, la presencia de nuestras raíces culturales en el imaginario colectivo. Los niños, cuanto más pequeños son, tienen una edad mucho mayor que los adultos. Los adultos tenemos cuarenta, cincuenta, sesenta años, los niños tienen milenios porque a través de los cuentos, de los sueños y de la imaginación continúan siendo portadores de los mitos, no como realidad virtual, sino como una verdad de nuestra identidad cultural".

Los niños imaginan una vida en la que el trabajo, el juego y el estudio no se contradicen y no se excluyen. A ellos no les va a sorprender que existan culturas que practican y valoran el trabajo de forma completamente diferente a la que conocemos y estimamos como normal en las sociedades "modernas". Culturas rurales como la andina, donde el trabajo además de ser valorado como algo útil, tiene un carácter lúdico.

El lugar de los niños

"En el trabajo se compite entre personas, entre cuadrillas. Las labores están acompañadas de cantos y hasta de danzas, de risas y de apuestas. En el trabajo, uno parodia a los otros, imita y dramatiza los roles que le asignan. Puede ser la ocasión de recrear, de improvisar. En una familia equilibrada, los niños saben que el trabajo es entretenido, como un juego, un juego útil. El trabajo compartido es cariño": así lo explica Alejandro Ortiz Rescaniere en el estudio que hizo sobre los niños trabajadores en Champacocha, Perú.

En varios países de América podemos observar que los niños campesinos experimentan distintas relaciones sociales en las que se mezclan el trabajo, el juego y el aprendizaje. El niño con 5-6 años - dice Ortiz Rescaniere - "empieza a trabajar como si se tratara de un juego, luego exige a sus padres un espacio para que su juego se transforme en trabajo. Es verdad que los padres esperan que sus hijos menores produzcan, pero es cierto que a partir de los diez años aceptan que tengan una progresiva autonomía económica".

Además de conceder a los niños una autonomía por su contribución económica, es una práctica extendida en las zonas andinas el conceder y reconocer a niñas y niños la propiedad y la disposición de cierto número de ganado o de surcos en los cultivos. Lo reciben en distintos momentos de su vida, cultural y ritualmente establecidos. Estas prácticas son indicadores de que existe un reconocimiento social del trabajo que realizan los niños, expresado en la construcción de "un patrimonio desde niños", separado del de los padres y demás hermanos. Podemos entender este patrimonio como "una forma social específica de concretar y definir el lugar de los niños como sujetos y titulares de derechos", lo que es de suma importancia para la autonomía y la participación infantil.

¿Alguna conclusión? Una fundamental. El trabajo puede ser un elemento enriquecedor en el desarrollo y la vida de los niños. La imaginación de las niñas y los niños trabajadores de los países centroamericanos contiene mucha más creatividad y más realismo que las políticas que tienen el único fin de erradicar el trabajo infantil.

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