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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 166 | Diciembre 1995
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El Salvador

Democracia: un parto difícil

La experiencia salvadoreña es básica para una reflexión sobre las posibilidades de construir la democracia y de proponer "otro" socialismo. ¿La democracia que nunca fue y la revolución que no llegó a ser llevarán a El Salvador hacia la democracia y el socialismo que serán?

Jaime Barba

Hasta las elecciones de marzo de 1994, el espacio político salvadoreño estuvo acaparado por dos de las fuerzas políticas fundamentales que hicieron posible el Acuerdo de Paz. Los resultados de esos comicios reflejaron de alguna manera esta realidad.

El FMLN emergía a la vida política legal como un agrupamiento que había cuestionado de manera frontal por más de una década todo el arcaico ordenamiento institucional vigente, pero que supo reconvertirse en el momento preciso. En América Latina y en el siglo XX, el FMLN ha sido el único empeño político que, desde una óptica de rendición social, logró convertirse en una real opción de poder. Esto lo distingue de otros esfuerzos que también se apoyaron en la lucha armada, pero que terminaron siendo únicamente una fuerza más del escenario político -el M-19 de Colombia, por ejemplo-. Al margen de cualquier otra consideración cualitativa, los más de 300 mil votos obtenidos en las elecciones de 1994 por la coalición encabezada por el FMLN confirman que había un arraigo, una expectativa, y que el desarrollo y crecimiento de esta opción en ciertos sectores sociales no fue ni artificial ni únicamente "ideológico".

La democracia: un fruto prohibido

Por el otro lado, el sector empresarial que facilitó la negociación, amalgamado en torno a Alfredo Cristiani y expresado de alguna manera en el "sector moderado" de ARENA, salía de la turbulenta década del 80 catalizando la iniciativa política que electoralmente era mayoritaria. Las elecciones no lo desmintieron. ARENA es la única fuerza radical conservadora ("de derecha") en Centroamérica que, surgiendo de sus cenizas en 1979, en unos diez años recuperó y amplió con holgada legitimidad sus cuotas de poder político y de influencia social.

Aunque uno de los resultados notables del Acuerdo de Paz se refiere a la posibilidad del despliegue de la democracia, las fuerzas políticas fundamentales tenían una consideración de la democracia equívoca, ambigua y hasta difusa. Las programáticas que alimentaron la confrontación en el tiempo de la guerra no proponían la democracia como eje articulador de la estabilidad global del país. Cuando hubo algún asomo de despliegue de prácticas democráticas dentro del proceso político salvadoreño contemporáneo, esto se vio siempre como una amenaza al estado de cosas dominante. Y cuando desde la perspectiva del cambio social se sugerían dinámicas políticas menos ortodoxas, la democracia era vista como un "adelgazamiento" del proyecto histórico de cambio. La democracia: siempre un fruto prohibido.

Y es que desde la izquierda, tanto en su versión armada (fuerzas guerrilleras) como en su expresión de "oposición electoral" (partido comunista hasta 1979 y algunos segmentos socialcristianos y socialdemócratas radicalizados), el problema de la democracia se inscribía en el marco de las transformaciones del sistema global. La manzana de la discordia para la izquierda era el método: violento o no. La revolución social haría posible el socialismo. Y aunque se advertía que era un "socialismo latinoamericano", éste estaba contradictoria e indiscriminadamente anclado en las virtudes y defectos de la experiencia del llamado "socialismo real", el soviético, como matriz fundacional. La democracia aparecía así encarnada en otras fuerzas políticas, a las que se llamaba como para marcar la distancia de propósitos "sectores democráticos". Cuando en 1970 se inicia la lucha armada en El Salvador, estas percepciones están cosificadas en las concepciones políticas de aquel momento.

Un caso: la revolución sandinista

En los años 70, en El Salvador y en Centroamérica, el despliegue de la lucha armada estuvo enderezado a abrirle espacio a un proyecto de transformaciones estructurales que adoptaría sin dudas una perspectiva socialista. En aquellos primeros años se habló incluso de "la alianza obrero campesina con hegemonía proletaria" y de instaurar "la dictadura popular revolucionaria". Cualquier gobierno previo sería un "tránsito hacia el socialismo". La expropiación de los medios fundamentales de producción y el desarrollo nacional a partir del aparato estatal eran componentes esenciales de la programática revolucionaria.

En este sentido, el ejemplo de Nicaragua resulta relevante. El FSLN, que entre 1978 79 "incrustó" en la nación su iniciativa de cambio social gracias a una efectiva flexibilización ideológica en su cuerpo dirigencial, no fue ajeno a la tentación del socialismo estatista. La revolución sandinista, la que ahora podríamos caracterizar como la última revolución social clásica cooptación del Estado, fuerzas armadas revolucionarias, nacionalización del sistema económico , aunque en el discurso público y en ciertos espacios de las prácticas políticas se distanció notoriamente de lo que se practicaba en el socialismo real, en materia de diseño económico sucumbió ante los rígidos ejemplos de la ortodoxia revolucionaria: el Estado como eje fundamental del nuevo proceso de acumulación y los megaproyectos de desarrollo como vectores de la transformación económica. El ejercicio democrático que en los diez años de hegemonía sandinista tuvo lugar en Nicaragua no pudo sostenerse: la lógica económica saboteaba los empeños políticos por construir un escenario de convivencia social menos rígido.

Se esperaba, se suponía, que habría una etapa más desarrollada donde la revolución ya no necesitaría tanto de quienes criticaban la perspectiva sandinista. Los "adversarios" sucumbirían y el pluralismo se mantendría estable. Pero el pluralismo es distinto del consenso. En la democracia, pretender llegar siempre al consenso es emparentarse con el totalitarismo. Y "administrar" el pluralismo no debería significar el ejercicio desde el poder del Estado de vetos permanentes y omnímodos. Los vetos "sociales" si acaso podrían provenir del consenso y ejercerse en cuestiones de interés nacional. Las Constituciones se supone son resultado de un consenso.

Una de las amargas lecciones de la experiencia sandinista radica precisamente en que se quiso dosificar el pluralismo y eso, que en ciertos momentos garantizó la estabilidad política, a la larga fue drenando la credibilidad del proyecto revolucionario entre quienes, aunque eran adversos a él, no pretendían provocar su derrumbe. Legitimidad, pluralismo, libertades públicas, tolerancia y Estado de Derecho son componentes de una fórmula que aún no fragua en los procesos de cambio contemporáneo.

A pesar de todo esto, no hay que olvidar que la política de Estados Unidos hacia Nicaragua se empeñó desde el principio en desacreditar la novedosa propuesta sandinista, que ni apelaba al partido único ni excluía la propiedad privada, y que además no estaba alineada con los soviéticos. Sin obviar los errores del FSLN, es innegable que el acorralamiento de los sucesivos gobiernos estadounidenses jugó un papel importante en el "abandono" del proyecto original que hizo triunfar al sandinismo en 1979.

La democracia no es sala de espera

Hay conclusiones esenciales. La democracia no puede ser una dimensión donde se "reparten" cuotas de responsabilidad de acuerdo a la mayor o menor fuerza con que un proyecto político cuente. Tampoco la democracia es patrimonio exclusivo de quienes deliberan políticamente y se expresan a través de partidos u organizaciones. Tampoco es la democracia un programa a realizar. Es un quehacer cotidiano, una forma de convivencia que permea las prácticas e instituciones de una estructura social. Es un estilo de vivir no ajeno a las contradicciones, pero no confrontativo. Aunque la democracia es más que un método, no debe confundirse con un nivel específico de desarrollo de las sociedades.

En Centroamérica, quienes se inspiraron hace más de 25 años en la visión socialista en su versión más práctica pero también no menos dogmática no terminan de comprender que el derrumbe de la URSS y la descomposición de Europa Oriental, la actual encrucijada de Cuba, los nuevos vuelcos chinos y las búsquedas vietnamitas, son indicadores inconfundibles de que se ha abierto otro tiempo político para el cambio.

El forcejeo post electoral en el seno del FMLN muestra con nitidez las dificultades que comporta el acomodamiento a esta nueva situación, que aunque resulta positiva en un sentido general, era inesperada y no formaba parte del diseño primario que inspiró la rebelión social ni ninguna de sus variantes. Los que no logran acomodarse esperan el desencadenamiento de nuevas oleadas populares contestatarias y mientras, ven la actual "coyuntura democrática" como un período político propicio para ganar espacios, disputar influencias y desarrollar dinámicas político sociales que vayan desembocando de alguna manera en catarsis políticas que acerquen al objetivo estratégico. El socialismo, en su añeja imagen la estatista , sigue en la mira de quienes piensan así. La democracia de hoy es sólo la sala de espera.

Aunque es en verdad criticable la rigidez de esta apreciación de la situación, resulta comprensible. ¿De dónde se podía nutrir una perspectiva política abierta a la democracia, cuando nunca se consideró seriamente la dimensión democrática, a no ser en su modalidad política instrumental? El alineamiento que se produjo en los años 70 y 80 en El Salvador por el impulso de la lucha armada fue con el socialismo. Y en concreto, con el socialismo estatista. Un socialismo donde el quehacer democrático era un adjetivo y no una conciencia social. La democracia no pasó de ser una idea etérea incapaz de movilizar energías sociales. La revolución era hacia el socialismo, pasando tal vez rápidamente por la democracia. Era un socialismo huérfano y una democracia como mal menor.

Quienes velozmente han abandonado la opción socialista, en un afán de asumir pragmáticamente las nuevas realidades, no podrán "inventar" la democracia por arte de magia. El ejercicio de la democracia es un proceso abierto, continuo, histórico y complejo, que requiere de tiempo político para decantar y pulir percepciones y prácticas. No hay ceremonias de unción. La democracia no es una bandera política. Es un parto difícil cuando no hay tradición de ella.

La "democracia" de los años 60

En otra dirección y siempre tratando de explorar en las ausencias de una dimensión democrática en El Salvador puede decirse que, formalmente y desde su fundación a principios de los años 60, el PDC se ubicó al "centro" del espectro político. Cuando en 1979 80, este agrupamiento tuvo que optar entre asumir responsabilidades de Estado en el momento de máxima ingobernabilidad que registra la historia contemporánea nacional, o contribuir a suscribir un pacto nacional para remontar la crisis estructural y esquivar las consecuencias del despliegue de la guerra, los demócrata cristianos buscaron la corona de espinas. Ni ellos que se consideraban los paladines de la democracia pudieron resistir el ser engullidos por el autoritarismo político. Y aunque es cierto que a partir de 1984 se produjo una efectiva libertad de expresión, ésta era en exceso tributaria de la plataforma contrainsurgente que logró imponer su ritmo al proceso político y tenía poco que ver con una consolidación de las posiciones progresistas en las estructuras del Estado.

Si después de 1932 se invocó a la democracia para conjurar al "comunismo" y como resultado se obtuvo una caricatura de régimen político, en los años 60 y a tono con las disquisiciones constitucionales del momento, la caricatura se apropió de la acepción de "democracia representativa". Paradójico, porque fue precisamente en aquellos años que el sistema militar co mienza a consolidarse e institucionalizarse.

El PCN de los años 60 es la crisálida que lleva en su seno a militares, a empresarios de la línea dura y a tenócratas hacia ciclos de perpetuación en el poder político. La doctrina de la seguridad nacional, ORDEN y el "desarrollismo" son expresiones genuinas de este régimen político vaciado de democracia que hizo de la representatividad un juego de palabras porque hasta los mecanismos formales de concretar la representación de intereses los procesos electorales fueron deslegitimados en el momento mismo en que perdieron funcionalidad. El sistema militar rendía pleitesía a la tradición democrática occidental, pero su proyección política la negaba en la práctica.

Hacer posible la democracia

Las carencias de un imaginario democrático son un común denominador tanto de la izquierda como de la derecha salvadoreña. Lo que vivimos en El Salvador desde 1992 no es la refundación de la democracia, sino el inicio de un período de la historia donde la democracia será posible y tangible. La forma que históricamente ha asumido el desarrollo material en nuestro país ha sido la de un capitalismo salvaje, depredador de los seres y del entorno natural, que no dejó prosperar a la democracia. Su dinámica y sus pobres resultados en materia de bienestar social sólo favorecieron a pequeños segmentos del conglomerado nacional. Esta realidad no debe ocultarse. Es un dato frío que debe inspirar la búsqueda de la convivencia pacífica que hoy todos queremos.

La explosión social de los años 80, aunque tiene un sustento organizativo claramente identificable, no hubiera sido posible sin la existencia de lamentables niveles de vida de la población. La expropiación de ejidos y tierras comunales en el siglo XIX, el avance cafetalero sin beneficios para los directos productores de esa riqueza, una industrialización pensada exclusivamente como eje de acumulación y sin consideraciones ecológicas de ningún tipo, una pretendida modernización agrícola a partir de la producción algodonera que obvió las condiciones de vida de los territorios involucrados, un crecimiento urbano donde los vectores económicos carentes de racionalidad se han impuesto, son sin duda parte de los factores estructurales que volvieron inevitable la guerra nacional. La ausencia de una perspectiva visionaria en los más importantes segmentos empresariales hizo que este capitalismo se tornará cada vez más salvaje.

Los obstáculos para que la democracia pueda "respirarse", están también presentes en las ideas cliché de quienes ahora dominan la política nacional. A partir de conceptos equívocos, descontextualizados y aprendidos en el diario transcurrir de la confrontación se quiere ahora hegemonizar el ejercicio de la democracia según lo que se ha entendido en El Salvador por hegemonía: dominio político social.

La guerra cesó. Pero sin haberse resuelto los desequilibrios estructurales. El Acuerdo de Paz sólo reflejó los reacomodos en el sistema político. Para los actores políticos que hicieron posible la ruptura con el autoritarismo, la nueva etapa abre un compás de espera que, de no ser aprovechado convenientemente, podrá desembocar en nuevas turbulencias sociales. Es posible que en el corto plazo de la post guerra, la política oriente el curso del desenvolvimiento social. Pero esto sólo sucederá en la medida en que la economía los factores estructurales no entren en un nuevo ciclo de tensionamiento.

El desafío que está planteado hoy es: cómo avanzar en la construcción de una convivencia nacional inspirada en la democracia, sin traumatismos y con un bajo perfil de conflicto social, sin apelar a los enfoques ortodoxos que sugieren que toda la responsabilidad del bienestar social debe recaer en el Estado y sin sucumbir a las propuestas de quienes descargan en el mercado toda la regulación social. Si es así, la "gobernabilidad" concepto que ya usan indiscriminadamente tirios y troyanos radicará en que se pueda concretar una reformulación socioeconómica que reconozca como punto de partida la necesidad de revertir las tendencias estructurales que abonan la explosividad social. Ni el gradualismo reformista ni tampoco las soluciones técnicas sin contenido social. Se necesitan proposiciones heterodoxas para el cambio.

¿Y las organizaciones populares?

Obstruyen también la existencia de la democracia las formulaciones que postulan que sólo los partidos políticos son canales genuinos de la expresión política. En un país como El Salvador, donde en la historia moderna los partidos políticos tradicionales sustentaron una lógica que excluía a quienes no comulgaban con el credo del orden establecido, resulta poco atractivo este enmohecido argumento. ¿Todo el bullir organizacional que desde los años 70 emergió y se desbordó fue entonces un mero sustituto temporal de los partidos e instaurada la paz política se vuelve inservible? Una cosa es que el sindicalismo y algunas modalidades de organización popular hayan perdido credibilidad y arraigo entre la población durante los últimos años y otra muy distinta es que toda forma de organización popular carezca de sentido.

Aunque no se diga explícitamente así, la práctica cotidiana de las fuerzas políticas y sociales muestra que se piensa en esta carencia de sentido. La institucionalización de post guerra a la que se ha visto sometida la izquierda la ha llevado a "empequeñecer" su capacidad organizativa en un afán por hacer "política moderna". En lo inmediato esto está conduciendo a un desdibujamiento de su imagen política reciente y sobre todo que es lo más crítico a una desmaterialización de su propuesta. Seguir llamando "organización popular" a instancias como la UNOC o la UNTS es equívoco. Aunque provienen de un torrente de acción social, su actual burocratización y práctica contestataria las han convertido en fantasmagóricas caricaturas de organizaciones populares. Las redes sociales de solidaridad son lo distintivo de la organización popular y esto es lo que se está dejando en el camino.

La "división del trabajo" que existe actualmente entre partidos políticos, organizaciones populares y organismos no gubernamentales tiene un alto componente de abandono de las posturas críticas ante la situación presente y puede desembocar en una parcelación de los ámbitos de la política. Los partidos para las elecciones, las organizaciones populares para responder a las políticas estatales generalmente con protestas y no con propuestas y los organismos no gubernamentales para impulsar el "desarrollo local".

Lo electoral y lo político

En todo esto juega un papel fundamental el que no se termina de superar la concepción de que lo electoral es el único espacio para las prácticas políticas. Esta "verdad" está hoy arraigada entre quienes antes propugnaban por la adhesión a la tradición democrática occi dental y es también asumida por quienes, perdidos en los hielos de las antiguas certezas, se aferran con rapidez a lo que parece ser "lo normal y lo común".

Hasta el día de hoy, la visión que ha prevalecido en la izquierda respecto al elevado abstencionsimo electoral en las últimas elecciones salvadoreñas refuerza la idea de que lo electoral es por antonomasia el ejercicio de la política. Cuando la Democracia Cristiana fue derrotada electoralmente en 1989 por ARENA, la izquierda arguyó que se trataba de un "voto de castigo" por el incumplimiento de sus promesas. El sostenido ascenso electoral experimentado por ARENA desde 1984 lo ha atribuido más a su superioridad financiera y de medios de comunicación que a los factores que explican el proceso socio político nacional.

Pero si no se consideran otros elementos, el análisis del abstencionismo no se saldrá del "circuito electoral". Al menos, habría que tener en cuenta estos cuatro significativos datos: 1) En los años 80 se ha producido la migración hacia el exterior más importante de la historia salvadoreña. 2) La emergencia de diversas prácticas religiosas no católicas ha modificado las actitudes hacia la participación política. 3) La acelerada expansión que en los años 80 experimentó la informalidad urbana se ha traducido en un adelgazamiento de las expectativas políticas. 4) El proceso de la guerra ha marcado decisivamente todo el quehacer político nacional.

Debemos reconocer sin subterfugios que si la población vota mayoritariamente "hacia la derecha", esto no obedece de forma determinante a factores de manipulación ni a mensajes subliminales. La gente común y corriente y que aún tiene expectativas políticas y las expresa en las papeletas de votación, sólo quiere vivir mejor. Al momento de ejercer el sufragio no se da una complicada madeja de interpretaciones y disquisiciones. Las adscripciones ideológicas son completamente secundarias. No es que la gente apoye el avance del neoliberalismo o que reniegue de una perspectiva de cambio social. Pero la ideología es un privilegio de las élites dirigentes.

Todavía hoy, no obstante haber experimentado en los años 80 la más grande movilización de conciencias de la historia salvadoreña, hay quienes rehuyen aceptar que la configuración de la acción política pasa por el tamiz de múltiples interrelaciones sociales de difícil aprehensión conceptual. Ni los campesinos son revolucionarios per se ni la cooptación del Estado o la inserción en él es garantía de transformaciones estructurales duraderas.

La rebelión social de los 80 y la apatía que paralelamente le hizo contrapeso en distintos sectores sociales en ese mismo período son caras de una misma moneda. El involucramiento o el retraimiento político son resultado de un enredado y no siempre distinguible proceso de asimilación del orden de cosas dominante. Limitar la política a lo electoral significa ponerle una "camisa de fuerza" a la múltiple expresión ciudadana.

Las elecciones no son sinónimo de democracia. Cuando se vive en democracia, los procesos electorales transmiten señales, modifican dinámicas y facilitan resoluciones pacíficas y duraderas de los problemas nacionales. Pero las elecciones son sólo una parte imprescindible, si se quiere de la compleja trama del proceso político. Obviarlas conduce a la dictadura. Absolutizarlas es restringir el amplio ejercicio de la democracia. El sistema electoral vigente no sólo encapsula la voluntad ciudadana sino que hace recaer en un dia summum toda la compleja interacción política de una sociedad.

Una saludable reforma electoral debería ir más allá de los aspectos de procedimiento. Es importante que se hagan esfuerzos para desterrar de una vez por todas las prácticas fraudulentas, que se facilite el ejercicio del sufragio (voto residencial) y que se avance en abrir el abanico de la representatividad.

Los partidos políticos no deben ser los únicos vehículos a los que la gente se aboque para expresar su percepción de lo que acontece. La apatía ciudadana, que en El Salvador representa aproximadamente el 50% de la población apta para votar, no es resultado de la marginación de la izquierda del escenario político legal ni de la falta de legitimidad de los partidos tradicionales. La forma y la dinámica de los actuales partidos políticos viejos y nuevos y su divorcio y constante manoseo de los intereses populares, han contribuido sensiblemente a que la ciudadanía no se identifique con ellos.

El derrumbe del socialismo estatista y los otros cambios ocurridos en el mundo no tienen necesariamente una connotación negativa. Hoy más que nunca, la aspiración de una vida digna para todos los seres humanos tiene mayores posibilidades de avanzar. Mientras el modelo de socialismo de Estado fue dominante, casi todas las revoluciones sociales posteriores a la bolchevique de 1917 giraron en torno a sus conceptos e ideas, petrificados después en las programáticas revolucionarias.

En América Latina, la construcción del socialismo se puso a la orden del día con el remozamiento que significó la victoria guerrillera cubana, encabezada por el Movimiento 26 de Julio, un agrupamiento que era diferente por su base social y comprensión de la realidad concreta de los pequeños y lentos partidos comunistas del continente. Sin embargo, en menos de una década, toda idea de originalidad y distanciamiento del socialismo soviético cedió irremisiblemente ante la contundencia de lo realmente existente.

¿Partidos o movimientos?

Aunque mucha de la vena guerrillera latinoamericana de los 60 y 70 fue ajena a la tutela soviética, la inspiración modelística que se asumió criticaba los métodos exclusivamente pacíficos que los partidos comunistas proponían para hacer la revolución, pero no cuestionaba el paradigma de la construcción del socialismo vía cooptación del Estado que estos partidos también proponían. El marxismo leninismo latinoamericano que se enarboló no era muy diferente en esencia al marxismo leninismo soviético, en cuanto a que se apelaba a similares postulados.

Sin embargo, en la medida que los movimientos guerrilleros latinoamericanos se fueron trocando en fuerzas políticas como resultado de su arraigo en los sectores populares también fueron siendo penetrados por otras percepciones de cambio social que no tenían su fuente de inspiración en el marxismo: la teología de la liberación y todas las consecuencias prácticas que en el interior de la Iglesia Católica tuvo el Vaticano II , la radicalización de algunos agrupamientos socialcristianos expresada generalmente en la ruptura con los respectivos partidos demócratacristiano y otras organiza ciones nacionalistas.

Esto fue modificando sensiblemente la base social de las fuerzas políticas que impulsaban la lucha armada. Y aunque en el discurso la mayoría de sus dirigentes insistían en los postulados marxista leninistas, en la realidad las bases fueron recepcionando sin traumas diferentes visiones del mundo y las fueron adecuando a las realidades de cada país. El ateísmo intelectual inherente a la concepción marxista fuerte aún entre los partidos comunistas no podía sostenerse ante un mundo campesino abrumadoramente cristiano. No hubo una alianza entre cristianos y revolucionarios, se trató de una fusión de voluntades.

Y aunque desde su fundación, algunas organizaciones guerrilleras se propusieron hacer "partidos de nuevo tipo", y a pesar de que se impulsaron formas organizativas muy similares a las "clásicas" (células), la verdad es que en la práctica lo que se fue construyendo fue una vasta red social que se ramificaba sin fórmulas pre establecidas. Eran partidos por su dinámica dirigencial, pero eran movimientos por su articulación social.

En El Salvador, el despliegue de las organizaciones integrantes del FMLN se acercó bastante a estas características. Sin embargo, al finalizar la guerra los actuales dirigentes no reflexionaron sobre estos aspectos, considerándolos como parte de un pasado a superar.

Si la intrincada realidad sobre la que se incidía en tiempos de guerra demandaba prácticas y concepciones heterodoxas, ¿qué hace distinto el momento presente? Si el maximalismo siempre señalado por Ignacio Ellacuría en las concepciones de los dirigentes revolucionarios salvadoreños no pudo mantenerse en pie a medida que la guerra se prolongaba, ¿por qué ahora, ya eclipsada la situación límite de la confrontación armada, aparecen nuevas jornadas contestatarias maximalistas? Las lecciones amargas no deberían guardarse en el baúl de los recuerdos. Serían más útiles como amuletos.

La revolución que no fue

De nuevo el fantasma de "reforma o revolución" ha comenzado a recorrer los caminos. El Acuerdo de Paz no modificó la injusticia estructural, pero eso no lo vuelve ni inútil ni insuficiente. Lo posible era el Acuerdo de Paz. Hoy, una perspectiva realista de cambio social en El Salvador no debería intentar resucitar esque mas de confrontación social, que aunque en el pasado resultaron bastante efectivos, en la nueva situación no pronostican el éxito. Por la sencilla razón de que el ejercicio de la democracia no pasa por métodos violentos.

Las formas de lucha que durante la guerra fueron tan decisivas envejecieron. No entender esto puede ser lamentable para el futuro del país. La reforma política expresada en el Acuerdo de Paz no es una versión del desprestigiado reformismo que hemos conocido. La revolución que no fue no espera agazapada el relevo, al finalizar la temporalidad de la reforma política. Quienes creen que "profundizar" la democracia por la vía de atizar el conflicto social con el agravante de carecer de propuestas viables a los agudos problemas que se enfrentan es acercarse al objetivo estratégico, el socialismo, siguen percibiendo la democracia como un recurso casi mágico que se descarta a la menor dificultad.

El socialismo se ha desdibujado. Su posibilidad histórica reside en la crítica y la reformulación de la realidad que fue. Sin democracia no hay perspectiva económico social que pueda proyectarse hacia el futuro. El socialismo estatista es una prueba. El desarrollo del capita lismo en América Latina también lo ratifica.

Pero la democracia que lentamente gana terreno en El Salvador no debería tampoco pensarse como una réplica del ideal democrático dominante en Occidente, sumamente versátil y diverso. Hay en la construcción de mocrática salvadoreña un variado conjunto de actores y concepciones que están interactuando y moldeando una dinámica política abierta que nos acerca a una convivencia con menos abismos que los que reflejan las estridentes proclamas partidarias. La democracia no es patrimonio exclusivo de un proyecto político. Hay diseños, plataformas, experiencias, intuiciones y contrastes que la vuelven real.

El socialismo que será

Quienes aún creen que el socialismo estatista es una programática están enfrentados a un enorme reto. Si se sigue considerando que el Acuerdo de Paz es la reforma y que la "superación" o "profundización" del Acuerdo desembocará en la revolución, tiempos de borrasca se avizoran para la todavía frágil democracia salvadoreña.

Reforma o revolución es ahora un falso dilema. El orden socio económico vigente es el capitalismo. Su superación era el socialismo. Pero en la emulación de ambos sistemas, el socialismo se despeñó estrepitosamente en los barrancos de la siempre viva y sorprendente dinámica social. Reformar el capitalismo es caminar a su superación, se dijo. El socialismo puede también incorporar a la democracia en su carruaje, se dijo también. Pero las reformas al capitalismo, al menos en América Latina, lo reprodujeron de otra forma. Y el socialismo estatista, por su esencia centralizadora, por su imposición social, por su predeterminación económica, excluyó a la democracia.

Es posible que el socialismo del futuro recupere toda la importante tradición humanista de las luchas sociales que se inspiraron en las concepciones socialistas de transformación, pero ya no será "aquel" socialismo que levantó su carpa de manera definitiva en 1989. Y la democracia de ahora ya no será una antesala hacia un "orden superior". Pero tampoco será la democracia la jaula donde viva la política. Será una forma de vida.

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