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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 162 | Agosto 1995
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Centroamérica

Familias: violencia y sobrevivencia

¿Cómo puede Centroamérica avanzar hacia la paz y hacia la democracia si las familias sólo logran sobrevivir, si existe tanta violencia en los hogares, si ésta se ve como algo "natural" y si al final queda impune?

María Angélica Fauné

Las familias constituyen “unidades económicas”: al unirse, tener hijos y trabajar para mantenerse, los miembros de una familia entran en una relación de reproducción, producción y consumo, funciones que realizan en articulación con una economía más amplia, local y nacional. En estos últimos años es éste uno de los aspectos que más ha cambiado en el perfil de las familias centroamericanas. El colapso y la crisis del sistema económico han sido de tal envergadura en el conjunto de la región que han provocado efectos en cadena sobre esa unidad económica básica de la sociedad que son las familias.

Se ha impuesto la lógica del “rebusque”

Frente a un contexto marcado por la recesión y sin señales de recuperación efectiva, la única salida posible para las familias ha sido la de readaptarse, readecuando radicalmente sus formas de funcionamiento como unidad de producción, de acumulación y de consumo. Para esto fue necesario que abandonaran la lógica de producción /acumulación y pasaran a una lógica en la que lo que está en juego es garantizar por encima de todo y a cualquier precio la sobrevivencia cotidiana. Esta nueva lógica ha llevado a cambios estructurales: en los patrones de obtención del ingreso familiar, en los patrones de consumo doméstico y en una mayor flexibilización de la división del trabajo, especialmente en el ámbito productivo. Persiste el patrón tradicional que asigna a las mujeres el trabajo reproductivo.

La compleja y dinámica combinación de actividades que se desarrollan en las familias y que incluyen a todos los miembros que aportan sus recursos y capacidades para llevar a cabo las tareas de sobrevivencia cotidiana supone una lógica económica impecable. Se ha impuesto la lógica del "rebusque". En Centroamérica se está expulsando masivamente del empleo formal privado y público a grandes contingentes de trabajadores, se han congelado las reformas agrarias, se eliminan los subsidios a la producción de alimentos y se excluye del sistema financiero y crediticio a una inmensa masa de campesinos y artesanos. Para cada vez más amplios sectores se vuelve un imposible el intentar buscar en ese "mercado" el ingreso familiar.

La única lógica posible no es ya la de buscar sino la de "rebuscar" en todos los espacios posibles y al alcance de las familias alguna fuente de ingreso. Rebuscar en las brechas del sector formal y en el sector informal y sobre todo, rebuscar en la propia experiencia las posibilidades de transformar lo que se sabe hacer en mercancías que puedan ser cambiadas o vendidas. La lógica del rebusque no tiene fronteras de ningún tipo, es una lógica que se impone bajo la presión de tener que garantizar el alimento diario, aunque sea a costa de la descapitalización del único recurso del que se dispone: la fuerza de trabajo familiar.

La mayoría se crea su empleo

Encontrar estrategias que garanticen el ingreso familiar no es nada nuevo ni lo es la pobreza, que tiene carácter estructural en la región. Lo nuevo es esa presión creciente de un contexto en el que no sólo hay falta de alternativas, sino un mayor recargo de funciones por el retiro progresivo del Estado de la prestación de los servicios básicos y porque hay que asumir el costo social de la guerra y de la pacificación.

Esta presión apremiante es lo que lleva al grueso de esas casi tres cuartas partes de las familias urbanas y rurales de Centroamérica en situación de pobreza a rebuscar en la informalidad especialmente urbana una forma de autoemplearse, única vía para obtener el ingreso que les asegure por lo menos el mantenimiento diario de al menos una parte de sus miembros.

El lugar por excelencia donde pueden autoemplearse los cientos de miles de desocupados, de desmovilizados, de repatriados, son las calles de las áreas metropolitanas. Allí prueban suerte vendiendo y revendiendo cualquier cosa que pueda pasar por mercancía. Otro lugar son las zonas marginales, donde se amontonan cientos de pequeñísimos talleres de reparaciones (zapatos, radios, etc.), pulperías, comiderías, donde se invierte el dinero obtenido en los planes de compactación o movilidad laboral. Otros pasan a conformar ese contingente que se mueve realizando todo tipo de servicios personales, incluidos los de carga y descarga. De acuerdo a estudios, en estos tres conglomerados se encuentra la ma yoría de los trabajadores del sector informal de Centroamérica.

En 1990 se estimaba que más de un millón y medio de personas trabajaban en el sector informal urbano en la región. Así, aproximadamente un 45% de la población económicamente activa (PEA) urbana de Centroamérica está conformada por estos trabajadores. De ellos, la inmensa mayoría se "creó" su propio empleo.

Varias fuentes de ingreso familiar

Los hogares urbanos y rurales se caracterizaban hasta hace unos años por tener fuentes fijas y estables para obtener el ingreso familiar. Esto significaba que los miembros de la familia residían de forma bastante permanente en el hogar incluso en los hogares rurales a pesar del peso que ha tenido siempre la migración estacional como fuente de ingreso. Las estrategias económicas familiares se basaban en fuentes de ingreso delimitadas en cuanto al espacio y al tiempo. Las familias campesinas tenían establecidas, por ejemplo, cuáles eran sus fuentes en los tiempos muertos de la agricultura y también el período en que la fuente pasaba a ser la migración a países vecinos para trabajar en las cosechas. En el actual contexto, las fuentes de ingreso son cada vez menos fijas y estables y cada vez más diversificadas en cuanto a su naturaleza, al área geográfica de ubicación y al tiempo de duración.

El ingreso monetario de una familia sigue siendo el resultado de los aportes de sus miembros, pero ahora estos miembros tienen que recurrir a una combinación de fuentes diversas, en las que se entremezclan ramas diferentes de la producción y distintos tipos de ocupación: empleo asalariado permanente o temporal con empleo informal por cuenta propia, empleo en el área rural con empleo en el área urbana, actividades dentro y fuera del país, etc., etc.

Migración internacional y remesas

Una de las vías a las que ha recurrido una parte importante de las familias centroamericanas afectadas por la crisis ha sido la migración del campo a la ciudad y una masiva migración internacional. Hoy ya nadie pone en duda que los ingresos provenientes de esta migración las llamadas remesas familiares constituyen un componente esencial de la economía de varios países centroamericanos: El Salvador, Guatemala, Nicaragua. El Salvador, con más de un millón de emigrantes en Estados Unidos, es la más clara expresión de esta realidad, que ha transformado radicalmente los patrones de generación de ingresos y de funcionamiento de las familias salvadoreñas.

De acuerdo a estimaciones de la CEPAL (1992), el ingreso de divisas por remesas familiares de inmigrantes guatemaltecos en Estados Unidos habría sumado 325 millones de dólares en 1989, monto que supera cualquiera de los rubros de exportación que el país tenía en 1992.

A partir de la eficacia que ha mostrado la migración internacional como vía segura para contar con una fuente de ingreso regular y significativa, se ha ideologizado bastante el sentido de solidaridad que existiría en las familias emergentes que cuentan con alguno de sus miembros en el exterior. Una lectura más a fondo revela que la migración especialmente la internacional constituye en muchos casos una vía de escape individual a la crisis familiar y se lleva a cabo por razones en las que prima el interés y el sentido de oportunidad propio por sobre el de la familia como un todo. Por esto, la migración internacional no culmina necesariamente en el envío de remesas familiares y puede ser puerta de entrada a la delincuencia o al tráfico de drogas, especialmente si los migrantes son jóvenes.

Las mujeres tienen la iniciativa

Las mujeres han asumido el papel de gestoras y articuladoras de las estrategias de sobrevivencia, tomando la iniciativa para enfrentar a la crisis. A pesar de los problemas existentes de subestimación y subregistro, las estadísticas oficiales dan cuenta de un aumento en la incorporación de las mujeres al mercado de trabajo para así contribuir a asegurar el ingreso familiar. Las mujeres representan actualmente casi una cuarta parte del total de la población ocupada en la región. Según las estadísticas oficiales, entre un cuarto y un tercio de las mujeres centroamericanas en edad de trabajar estarían trabajando.

Tanto el reclutamiento militar masivo de población activa masculina, como la demanda de mano de obra femenina temporal y a destajo en las maquilas y en los nuevos complejos agroindustriales, han contribuido a esta realidad. En Nicaragua, un estudio realizado a mediados de los 80 período de mayor intensidad del conflicto militar constató que entre 1980 85 el porcentaje de mujeres que se habían incorporado como trabajadoras temporales para reemplazar a los hombres movilizados generó un incremento en la fuerza de trabajo estacional femenina de un 25 a un 41 % en el café y de un 30 a un 56% en el algodón.

En Guatemala, el caso de la maquila de confección textil para el mercado internacional es también revelador. Según la Encuesta de la Comisión de Vestuario y Textiles, el 79% del total de los trabajadores de la maquila son mujeres. De ellas, casi la tercera parte eran antes de incorporarse amas de casa y nunca habían trabajado. Pero sin duda, es el autoempleo en el sector informal urbano lo que eleva significativamente la PEA femenina. Tanto, que ha llevado a algunos autores a hablar de feminización de la informalidad urbana. Sólo en El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua, de cada 5 mujeres en la PEA urbana, 3 trabajan como informales.

Mujeres urbanas: fuentes de ingreso

Los estudios sobre pobreza urbana llevados a cabo en los diferentes países de la región demuestran que el rol de las mujeres en relación al ingreso familiar ha cambiado. Las mujeres aparecen asumiendo la responsabilidad de:

Completar el ingreso familiar para enfrentar el alza desmedida de la canasta básica. Proveer el ingreso en su totalidad por la situación de desempleo de sus maridos o compañeros a causa de la compactación, cierre de empresas, desmovilización, lisiados de guerra, o porque son jefas de hogar solas y con hijos.

Esta situación las ha llevado como ellas mismas lo expresan a buscar el ingreso donde sea y como sea. Dado su bajo nivel de instrucción y capacitación formal con la excepción de Costa Rica y Panamá, los porcentajes de analfabetismo femeninos son elevados llegando al 40% en Guatemala , la inmensa mayoría de las mujeres se apoyó en lo que consideraban era su fuerte: las actividades relacionadas con el trabajo doméstico.

La mayoría de las que se ubicó en la informalidad urbana terminó concentrándose en las ramas del comercio y los servicios. Más del 60% en el caso de Panamá. Un análisis más detallado de las actividades de las mujeres en estas dos ramas tanto en el sector formal como en el informal reconfirma que la mayoría de sus empleos corresponde estrictamente a una prolongación de los trabajos domésticos.

En la rama de los servicios la fuente principal de empleo es el servicio doméstico bajo nuevas y diversas modalidades: empleadas por jornada completa, puertas adentro, puertas afuera, por días, por horas, por tareas determinadas planchado, lavado, limpieza en casas, oficinas o en establecimientos . Como trabajadoras por cuenta propia aparecen lavando y planchando ajeno o cuidando niños por horas. O bajo la figura de "empleada disfrazada": dependientas, meseras o cocineras en restaurantes y cafeterías.

En la rama del comercio, las mujeres se toman las calles para vender comidas y bebidas preparadas en las cocinas de sus casas sobre la base de maíz, trigo, queso, plátano y otras frutas: frescos, tamales, elotes, quesillos, tortillas, pupusas, panes, reposterías, etc., etc. Productos que cargan sobre sus cabezas para la venta ambulante, recorriendo a pie varios kilómetros por día.

Una minoría logra instalar un puesto precario en algún punto estratégico de la vía pública o a las afueras de alguna industria o en sus propias casas. También revenden cosméticos, ropas, cigarrillos y otra variedad de mercaderías de contrabando que los grandes comerciantes procuran colocar masivamente. Otro sector instala en sus casas pequeñísimas ventas de gaseosas y pulperías donde se venden unos pocos productos.

En la rama de la manufactura y la industria, la maquila del vestuario representa la principal fuente de ingresos del mercado formal, especialmente en el caso de las mujeres jóvenes e indígenas, que son ubicadas en las ocupaciones menos complejas técnicamente pero más intensivas: manejo de máquinas planas, despite y empaque. Otro sector de mujeres especialmente las que no logran resolver el problema del cuido de sus hijos menores busca en la maquila informal su fuente de ingreso: trabajan en las redes de maquila a domicilio o se autoemplean en sus propias casas haciendo trabajos de corte y confección a la medida o reparaciones de ropa, tejiendo o haciendo trabajos artesanales.

Más del 57% de las mujeres centroamericanas con la excepción de Panamá, donde la mayoría trabaja como asalariadas (67%), y de Costa Rica en menor medida (47%) trabajan fundamentalmente por cuenta propia.

Mujeres rurales: fuentes de ingreso

Las mujeres rurales han participado desde siempre en las actividades que constituyen las principales fuentes de ingreso de sus familias, incorporándose a las tareas de recolección y procesamiento en las haciendas cafetaleras y en las empresas de algodón y tabaco, a la siembra de la milpa, a la cosecha, traslado y almacenaje de los granos básicos, al cuidado de la huerta y a la preparación de alimentos para los trabajadores. Más de la mitad de la PEA femenina agrícola de la región centroamericana realiza estos trabajos.

La rígida división genérica del trabajo en la agricultura de la región considerada una actividad masculina por naturaleza , ha cedido desde que un sector importante de mujeres rurales irrumpió en el mercado de trabajo agrícola con la movilización de grandes contingentes masculinos a la guerra y con el elevado número de mujeres jefas de hogar que ha causado la violencia.

Un sector importante de mujeres rurales pasó a trabajar asalariadamente en los puestos vacantes que dejaron los hombres en los rubros tradicionales: algodón, café, banano. A mediados de los 80, en el marco de la modernización del agro y de la oferta de nuevos complejos agroindustriales, otro sector de mujeres pasó a engrosar los contingentes de empaque y procesamiento de las empresas agroexportadoras de productos no tradicionales: frutas, flores y cardamomo, especialmente en Costa Rica y Guatemala, accediendo a ingresos por empleos como asalariadas temporales y a destajo.

Pero la inmensa mayoría de mujeres rurales especialmente las que se vieron afectadas por los desplazamientos masivos tuvo que crear sus propias fuentes de trabajo e ingreso. Lo han tenido que hacer en un contexto de reducción del crédito y bajo el peso de la determinante histórica del limitado acceso de las mujeres a los recursos productivos (tierra, insumos, créditos). En estas condiciones y con una proporción elevada en muchas zonas de la jefatura de hogar femenina a causa del conflicto la alternativa terminó siendo la creación de actividades intensivas en fuerza de trabajo y de tiempo, entre las que se destacan:

Huerto, patio o solar, con intensificación y diversificación de cultivos: soya, tubérculos, plantas medicinales y sazonadoras y crianza de animales menores para su venta en mercados locales.

Procesamiento de productos derivados de las frutas, leche, maíz, coco: panes, rosquillas, quesos, quesillos, dulces, aceite de coco, etc. para su venta en caseríos cercanos, como trueque para obtener aceite, azúcar y jabón en las pulperías o para pago de favores en el alquiler o en la venta de insumos y de animales de trabajo.

Migración de las hijas adolescentes al servicio doméstico o a empleo por horas en lavado y planchado en pueblos cercanos y cabeceras de cantones.

Artesanía en las zonas de tradición artesanal. Especialmente las mujeres rurales indígenas se enrolan en la maquila a domicilio : escobas, petates, ollas de barro, güipiles bordados y todo tipo de artesanías.

Proyectos productivos de cultivo de hortalizas o reforestación, impulsados por ONGs, agencias de cooperación, muchos de ellos basados en la fórmula de "tra bajo por alimentos".

Articulación con las empacadoras para la siembra y compra a futuro de rubros no tradicionales de exportación: yuca, chiles, ñame, pimienta, etc.

Por estas vías, las mujeres del campo han intentado generar el ingreso familiar y aportar capital de trabajo a las unidades de producción para hacer frente al grave problema de iliquidez de las economías campesinas. De acuerdo a los resultados que arrojó el estudio sobre Mujeres Productoras de Alimentos en Centroamérica, realizado por el IICA en conjunto con el BID en 1992, las mujeres rurales aportan cerca del 50% del ingreso familiar, sin contar los casos donde la mujer es la única que lo aporta todo. Pero esta amplia actividad de las mujeres rurales continúa sin ser registrada en las estadísticas oficiales, que indican que en la agricultura centroamericana quienes trabajan son los hombres y las mujeres representan sólo el 8% de la PEA agrícola. (OIT, 1990).

Niños y niñas trabajadores

La agudización de la crisis social y económica ha llevado a un sinnúmero de familias a adoptar como otra vía para enfrentar el empobrecimiento y el hambre, poner a trabajar a niños, niñas y adolescentes para que consigan algunas ganancias. Según las estadísticas oficiales, 1 millón 300 mil menores de 18 años trabajan en Centroamérica aportando al ingreso familiar, lo que representa un 28% del total de menores de esas edades. De ellos, casi la mitad (600 mil) son menores de 15 años y uno de cada cuatro son niñas.

La tasa de participación de la fuerza de trabajo infantil registrada en 1990 era de un 17.4%, lo que significa que el número de niños y niñas trabajadores aumentó en más del doble durante los años 80. En Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua, el trabajo infantil adquiere mayores dimensiones, con tasas de participación que oscilan entre un 17 24%. En Costa Rica y Panamá la proporción es menor.

Según un estudio del PARLACEN, PREALC/OIT y UNICEF en 1993, más de la mitad de la fuerza de trabajo menor de 17 años realiza actividades agrícolas en pequeñas unidades familiares o en establecimientos del sector agrícola moderno (6 de cada 10). En segundo lugar se ubican los que trabajan en los servicios y en la industria (un 15% de la población infantil trabajadora en cada uno). En tercer lugar está el comercio (10%). Mientras los niños laboran predominantemente en la agricultura y la industria, las niñas se emplean más en el servicio doméstico. Prácticamente la mitad de la PEA infantil en el sector tradicional informal lo hace bajo la condición de trabajador familiar no remunerado, salvo en Costa Rica, donde predomina la condición de asalariado.

En la agricultura, niños y niñas realizan tareas de ordeño, aplicación de agroquímicos, corte, repique y empaque.

En la industria, niñas y adolescentes trabajan en la maquila en Costa Rica, El Salvador, Guatemala y Honduras. Los niños, como ayudantes en la construcción informal o en talleres de mecánica. En Costa Rica se emplean en el procesamiento de mariscos.

En el comercio y servicios destacan los "niños de la calle", que trabajan como vendedores, limpiadores y cuidadores de autos, carga y acarreo en los supermercados, mercado de drogas, mendicidad y robo.

Al iniciar la vida laboral a corta edad y sin la preparación ni capacitación adecuada, las niñas y adolescentes terminan en su mayoría en el sector informal, especialmente en actividades relacionadas con el servicio doméstico, trabajo de meseras, formas abiertas o disfrazadas de prostitución. El mercado del servicio doméstico ha adquirido la envergadura de mercado regional: tiene como centro a Costa Rica y como principales países abastecedores a Nicaragua y El Salvador.

El trabajo de los niños y las niñas aporta, en el caso de las familias que están por debajo de la línea de la pobreza, entre un 10 y un 28 % del ingreso familiar. El aporte de estos niños trabajadores representa una quinta parte del ingreso total de los hogares pobres indigentes y un 15% de los no afectados por la indigencia. Sin el trabajo infantil, alrededor de la mitad de la familias pobres no indigentes estarían en la indigencia e igual proporción de familias no afectadas por la pobreza, estarían en ella. Sobre las espaldas de este 14.2% de la PEA total del istmo centroamericano, que son los niños y las niñas trabajadores, recae la ardua tarea de disminuir y frenar la pobreza de sus familias.


El hogar y la calle: nuevos espacios

En estos años, el patrón tradicional de lugar de trabajo y de empleo se ha modificado drásticamente. Los nuevos perceptores de ingreso familiar mujeres, niños y niñas , que hacen del autoempleo informal por cuenta propia su fuente principal de ingreso no tienen otra alternativa que transformar el hogar y la calle (aceras principales de las avenidas, esquinas, rincones, semáforos, zonas de acceso a mercados y supermercados) en sus "centros de trabajo". Mientras niños y niñas se toman las calles para trabajar, las mujeres urbanas y rurales readecúan el hogar, utilizándolo como unidad de residencia y de producción, incluidas las áreas comunes en el caso de viviendas colectivas, ya que esto les resuelve de paso el problema del cuido de los niños.

En cierto sentido, se recupera así lo que ha sido el principal referente histórico para las familias rurales indígenas y ladinas el hogar como unidad de reproducción y producción , sólo que ahora con un uso más intensivo y en condiciones de mayor pobreza. El estudio sobre mujeres del sector informal en Centroamérica constató que el 80% de las mujeres que trabajan por cuenta propia utilizan la casa como lugar de trabajo. Esto viene a agudizar los problemas de hacinamiento y promiscuidad que presentan los hogares y con ello, la tensión de las mujeres, que deberán realizar las tareas reproductivas y productivas en una misma unidad de espacio y de tiempo.

En los hogares rurales:

El patio o solar se emplea para la crianza de animales menores, cultivo de hortalizas y plantas medicinales, actividades de postcosecha (desgrane, tapisca), actividades artesanales (barro, tejido de telar, tejido de hamacas), etc.

La cocina o fogón se utiliza para actividades de procesamiento de productos: quesos, tortillas, panes, etc.
El comedor o mesa sirve para el trabajo de costura o bordado de la maquila a domicilio.

En los hogares urbanos:

El cuarto que hace las veces de comedor o sala o un rincón de la casa se utiliza como taller de confección de ropa, zapatos, artesanía, etc. y para planchar ajeno.

La entrada de la casa o su ventana principal es local de la venta o de la pulpería.

La cocina sirve para preparación de alimentos y bebidas para la venta.

Las áreas comunes en el caso de mesones, cuarterías y asentamientos se utilizan para lavar ropa ajena.

En caso de que se disponga de una casa con más de dos cuartos se habilita una para alquilar.

Echar tortillas: como toda la vida

El contexto en el que se ha dado la incorporación de mujeres, niñas y niños al mercado de trabajo para enfrentar la pauperización de sus familias, ha contribuido de alguna manera a flexibilizar el patrón de división genérica del trabajo en la esfera productiva. En la agricultura, las mujeres se han incorporado a realizar labores que se consideraban masculinas: preparación de tierras, manejo de plaguicidas, tractoristas, etc. En el comercio y los servicios aparecen haciendo trabajos de taxistas, buhoneras y policías, entre otros. Lo mismo ha sucedido con los niños, niñas y adolescentes, que han tenido que combinar escuela y trabajo, o dejar la escuela para incorporarse tempranamente a trabajos que antes realizaban los adultos: comercio ambulante, construcción, prostitución.

Pero esta flexibilización es más bien aparente, puesto que las oportunidades de empleo para las mujeres adultas, jóvenes y niñas, rurales, urbanas, indígenas o ladinas continúan limitándose a las relacionadas con las tareas domésticas, costura, tejido, lavado, planchado, entre las más significativas.

Un estudio realizado recientemente en Honduras sobre Economía Popular, demuestra que las actividades relacionadas con el procesamiento de harinas y atención de restaurantes y cafeterías aparece como un trabajo realizado casi exclusivamente por mujeres y que son casi exclusivamente hombres quienes trabajan en mecánica, zapatería, carpintería y construcción.

Estas tendencias son similares entre las mujeres indígenas que migran a la ciudad. En 1990, tres de cada cuatro mujeres de las familias indígenas en la ciudad de Guatemala participaban como generadoras de ingreso familiar, siendo la fabricación de tortillas la principal actividad por cuenta propia Esto constituye una proyección y ampliación de la tarea doméstica tradicional de la mujer, con la diferencia de que la actividad pasa ahora a ser fuente de ingreso familiar y una vía para preservar la cultura indígena cuando la familia está inmersa en el medio ladino.

La esclavitud de la maquila

No sólo persiste el patrón, sino que hoy tiene el agravante de que las ocupaciones de las mujeres son intensivas en tiempo y esfuerzo físico. El ejemplo más patético es el del trabajo femenino en la maquila. Un estudio de AVANCSO en Guatemala (1994) lo describe así: "En la mayoría de las empresas la jornada tiene una duración de 10 horas, en el 60% se trabaja el sábado y en el 27% el domingo. En todas las empresas se trabajan horas extras por presión patronal y en el 40% por obligación, oscilando entre 5 y 25 horas semanales. En períodos pico son obligadas a trabajar noches enteras, que reciben el nombre de "veladas". Para resistir, las empresas les obligan a ingerir tiamina. La jornada no es sólo larga sino intensa: cada operación debe ejecutarse en un promedio de menos de un minuto, ya que el sistema de pago es a destajo, por el número de piezas procesadas. Para asegurar este ritmo, las mujeres son sometidas a métodos de coerción y maltrato físico".

A esto hay que sumar la desigualdad en las oportunidades de empleo. Las mujeres realizan actividades de muy baja productividad y rentabilidad y reciben salarios inferiores a los hombres por el mismo tipo de actividades. En la industria, la mujer salvadoreña gana el 61% de lo que gana un hombre, el 70% de lo que gana en el comercio y el 56% en los servicios. En Costa Rica, el salario promedio de las mujeres durante los años 80 fue un 84% del que perciben los hombres. Tanto el trabajo de las mujeres como el trabajo infantil está asociado a sistemas de contratación temporal, a destajo, con jornadas prolongadas, horarios nocturnos y sin la protección de la seguridad social.

Comen menos y comen peor

La familia es también una unidad de consumo. La falta de adecuación entre el costo de la canasta básica y los ingresos que obtiene la familia aún incluyendo el aporte de los nuevos "trabajadores" la ha llevado a cambios estructurales en sus estrategias de abastecimiento y de administración de los escasos e irregulares recursos, en efectivo o en especie. Las mujeres aparecen como las gestoras y articuladoras de estas nuevas estrategias, manteniendo su papel histórico de administradoras del presupuesto familiar. Entre los principales cambios y componentes de las nuevas estrategias se destacan:

- La reducción del consumo de alimentos en cantidad y en calidad. Frente al alza del costo de la canasta básica y el aumento de miembros inactivos por hogar lisiados de guerra, movilizados que retornan y familiares desplazados , una de las primeras medidas es modificar las pautas de consumo familiar disminuyendo la cantidad de alimentos y su calidad. Los tiempos de comida se reducen de tres a dos y en los hogares indigentes a sólo uno. Los alimentos que se han dejado de consumir en mayor proporción son:carne, leche, huevos, pastas, verduras. Los que disminuyen en cantidad son el azúcar, el aceite y el café. La dieta básica se limita a arroz, frijoles y maíz y en muchas ocasiones el consumo de las mujeres adultas/madres es el que más se reduce.

- La disminución del uso de combustible, luz y vestuario. En todos los países se constata la reducción del consumo en estos tres rubros. En Nicaragua, FIDEG estimó en 1994 que el 49% de los hogares redujo la compra de ropa, el 16% el consumo de luz y el 9% el uso de combustible para cocinar.

La reducción de los gastos en salud y educación, retirando a niñas, niños y adolescentes de la escuela. Las visitas médicas se eliminan prácticamente y se reemplazan por la automedicación. También se dejan de comprar medicinas y en algunos casos se sustituyen por plantas medicinales.

El establecimiento de nuevas modalidades de gestión del presupuesto. Se reduce el número de consumidores, se presta o se fía, se regatea para conseguir productos más baratos, aunque sea a costa de la calidad, o se compran en bruto para terminar de procesarlos en la casa. Se prolonga la vida útil de los bienes familiares y se pospone la compra de nuevos. Esto obliga a las mujeres a administrar sus relaciones con la comunidad, con los vecinos y con fiadores o prestamistas.

Mujer: trabajo inacabable y agotador

Los cambios y ajustes que las familias han tenido que emprender para amortiguar el impacto de la crisis han terminado recayendo sobre las espaldas de las mujeres. Ser proveedoras de ingreso familiar y jefas de hogar en una proporción cada vez más creciente no ha modificado ni flexibilizado el patrón que rige la división de tareas en el ámbito reproductivo. A través de diferentes estudios se constata que el aseguramiento del consumo diario del grupo familiar forma parte de las "obligaciones" del rol reproductivo atribuido a las mujeres, dado el comportamiento masculino de irresponsabilidad frente a la tarea de "mantener la familia".

Lo muestran testimonios recogidos en el área metropolitana de San Salvador en diferentes mesones y tugurios. Dicen las mujeres: "Dependiendo del tipo de hombre, así va a ser la carga", "Los que no tienen vicios, que son raros, ésos salen a ver qué hacer. Pero la mayoría se desentienden y ahí se quedan en la casa exigiendo comida", "Siempre tiene que haber para ellos y si no hay se ponen furiosos. Otros se salen de la preocupación y van dejando los hijos botados porque su interés es el dinero, pero para irse a divertir", "Una mujer se las rebusca donde sea y como sea para que los hijos no aguanten hambre. Una de mujer encuentra cualquier trabajo, los hombres no, ellos no aceptan cualquier cosa y como son irresponsables, el hogar no les preocupa mucho y tiene que ser una..."

La experiencia muestra que los hombres tienden a no variar en lo fundamental sus pautas de consumo especialmente alcohol, cigarrillos y diversión y a atenerse a la capacidad de las mujeres para estirar el presupuesto familiar o para conseguir los recursos en especie o dinero que garanticen el consumo básico. El cumplimiento de esta responsabilidad la llevan hoy a cabo las mujeres en un contexto más complejo y de mayor tensión y recargo de trabajo. Necesitan manejar las relaciones inter e intrafamiliares de un hogar ampliado, organizar las relaciones con los prestamistas, con los "pulperos", con la vecindad y tejer las redes de tipo solidario que constituyen eje esencial de las estrategias de sobrevivencia, administrar los tiempos de permanencias y ausencias de los miembros del grupo familiar, ajustar los tiempos de comidas a horarios y números de personas siempre irregulares y reacomodar los espacios para que el hogar sirva también como lugar de producción.

Todas estas nuevas tareas vienen a sumarse a la lista de las que han sido tradicionales: cuido de los hijos, limpieza del hogar, preparación de los alimentos, lavado y planchado de la ropa, acarreo de agua y leña. Actividades que siguen siendo asumidas exclusivamente por las mujeres (adultas, jóvenes y niñas) pertenecientes al grupo familiar, pero que hoy tienen que realizarse en condiciones más difíciles y de mayor consumo de tiempo, especialmente en las zonas urbanas, debido a los racionamientos de luz y agua que afectan a varios países de la región. El cálculo estimado de la jornada promedio actual de una mujer/madre urbana de estas familias emergentes es de alrededor de 16 a 18 hora. De ellas, 56 horas dedicadas al trabajo reproductivo.

Las mujeres rurales continúan teniendo jornadas de más de 16 horas, de las que 810 horas están dedicadas al trabajo reproductivo, siendo la preparación de la comida la que más tiempo consume: limpiar los frijoles, desgranar, lavar, quebrar y moler el maíz, hacer las tortillas y preparar las cuajadas, acarrear el agua y la leña, llevar la comida a la milpa...

En esta inmensa mayoría de familias, la doble jornada femenina se convierte de hecho en una triple jornada: jornada productiva, jornada reproductiva, y aseguramiento del abastecimiento diario, que no sólo significa compra de productos sino regateo, búsqueda de precios más bajos, gestión del préstamo, del trueque, del favor, del crédito...

De una casa a otra o en la calle

Las familias son también unidades socializadoras. En las familias emergentes, el patrón de crianza y socialización de los hijos ha sufrido cambios importantes. La lógica de las nuevas estrategias de sobrevivencia, que obligan a hombres y a mujeres a moverse constantemente en diferentes espacios y tiempos, ha hecho que la figura de la madre biológica tienda a ser transferida a otras mujeres: abuelas, cuñadas, tías, conocidas. La figura del padre biológico tiende a estar ausente, por las causales de "abandono" e "irresponsabilidad paterna", y raramente es transferida a otros hombres. Esto hace que la socialización primaria sea asumida fundamentalmente por mujeres.

No sólo se amplían los agentes de socialización primaria. También se amplían los espacios en que ésta se lleva a cabo. En el marco de una familia ampliada, la socialización abarca no sólo el hogar sino el amplio espectro de las redes solidarias, muchas de las cuales pueden incluso traspasar las fronteras geográficas del país. Durante su niñez y adolescencia, hijos e hijas pueden transitar entre el hogar materno y otros hogares, a donde van por períodos o de forma permanente. Los que trabajan duermen en sus hogares, pero es la calle o el centro de trabajo el lugar de socialización primaria. Muchos tienen en la calle su hogar.

Donde falta el padre

El período de socialización primaria en este tipo de familias es más corto. La incorporación temprana al trabajo reduce abruptamente la niñez. La adolescencia no alcanza a iniciarse cuando termina con el emparejamiento y fecundidad precoz. Las hijas, y particularmente los hijos, crecen y se socializan sin el referente de esa figura paterna que reúne en su persona los roles de padre, jefe de hogar, principal proveedor del ingreso familiar y transmisor de los conocimientos, habilidades y experiencias. Su presencia activa garantizaba la posibilidad de reproducir en el futuro el modo de vida familiar. El referente actual es una figura masculina que establece rupturas cíclicas de las uniones y que reivindica como derechos la infidelidad, el abandono y la paternidad irresponsable.

El proceso de aprendizaje a través de la figura paterna ha quedado prácticamente eliminado. Se suspende el proceso de transmisión de experiencias de padre a hijos, que es sustituido por un grupo de referencia conformado por iguales: los vecinos, los bróderes de la calle, los compañeros del trabajo. Las figuras masculinas adultas que pueden hacerse presentes durante el proceso de socialización primaria privilegian el castigo como método de aprendizaje.

Las hijas no se ven tan afectadas porque la figura del padre biológico no ha sido referente histórico de socialización primaria de las mujeres. Y aunque la figura materna transferida a un conjunto de mujeres es un elemento nuevo, no modifica en nada lo que ha sido el eje tradicional del proceso de socialización de las mujeres en el aprendizaje de su posición de subordinación en relación a los hombres. Por el contrario, éste se sigue reforzando. Desde muy temprano, las mujeres que intervienen durante el proceso de socialización, de forma permanente o circunstancial, exigen a las niñas ayuda en las tareas domésticas y centran en ellas su futuro rol como mujeres. Proceso de enseñanza que irá acompañado del discurso fatalista acerca del destino que tarde o temprano sufren todas las mujeres: embarazo infidelidad abandono y la soledad de asumir solas el mantenimiento de la familia. La carga de este discurso es tal que este destino acaba por reproducirse recién iniciada la adolescencia con el emparejamiento y el embarazo precoz. Un patrón de socialización de esta naturaleza, vaciado de referentes y tan segmentado, debilita los lazos afectivos y el sentido de pertenencia, refuerza el autoritarismo en los adultos, la anomia en los jóvenes y la subordinación en las mujeres.

Los varones en crisis

La falta de empleo, la inestabilidad laboral, la escasez de recursos para garantizar el consumo diario, las condiciones de hacinamiento y promiscuidad que caracterizan a los asentamientos precarios, mesones, tugurios y viviendas rurales, los traumas dejados por la guerra, la coexistencia de un conglomerado de familias nucleares viviendo bajo un mismo techo, compitiendo por recursos escasos y por espacios limitados, son factores que han contribuido a tensionar el escenario en el cual se establecen las relaciones intrafamiliares, creando condiciones propicias para resolver los problemas cotidianos por la vía del conflicto y no por la del consenso. Los gritos, los golpes, los insultos, se vuelven más efectivos que las palabras como medio de comunicación. Las relaciones interpersonales se deterioran a causa de los pleitos y habladurías originados en la falta de privacidad y en la competencia por el uso de los bienes colectivos. A todo esto se añaden los problemas de dro gadicción y de delincuencia.

Estos factores, frutos del empobrecimiento, han exacerbado la violencia intrafamiliar, pero las raíces de la violencia son más profundas: están en el machismo arrai gado en la cultura centroamerica. Para el machismo, la violencia constituye un valor positivo, un componente central en la construcción de la identidad mas culina, cuyos atributos son la dureza, la fuerza, la agresividad. Esta violencia se inicia desde la conformación de la pareja: la unión es vivida como una relación entre poseedor (el hombre) y poseída (la mujer). Los hijos también son vividos como propiedad de los padres. El concepto de amor legitima los celos y las exigencias de fidelidad. La imposibilidad de establecer relaciones equitativas dentro de la pareja, entre padre e hijos, entre madre e hijos y entre hermanos y hermanas, presiona hacia la violencia como mecanismo de solución de los conflictos. Esto explica ese sentido de impotencia y de frustración que a juicio de las mujeres han experimentado los hombres frente a la crisis.

"Ellos por su machismo se desesperan, se enfurecen cuando están sin dinero, sin empleo, sin el arma que les daba mucho poder. Y la forma que encuentran para descargar su impotencia es agredir al que está por debajo de ellos: a la mujer, a los niños. O dejarla después de haberla golpeado para irse con otras mujeres a divertirse, a emborracharse y así olvidar lo que hicieron" (El Salvador).

"El maltrato que recibimos viene de los maridos o compañeros. Nos obligan a satisfacerlos en la relación sexual y si no, nos pegan o no nos hablan por mucho tiempo. Nos insultan aunque muchas los mantengamos económicamente. Nos celan aunque ellos tengan varias otras mujeres" (mujeres garífunas).

"En la familia la violencia se expresa en golpes con puño y garrotes. Se les pega a los niños. Nos insultan diciendo que no valemos nada" (mujeres mískitas).

Enorme violencia dentro del hogar

Diferentes estudios llevados a cabo en el marco de acción de la Organización Panamericana de la Salud, del Instituto Interamericano de Derechos Humanos y los trabajos pioneros del movimiento de mujeres de la región constataron que el patrón de violencia adopta diferentes expresiones: física, sexual, sicológica, pudiendo ir desde el abuso leve, maltrato, violación o lesiones, hasta el asesinato, en una espiral de crueldad.

En Costa Rica, el 84% de las víctimas de la violencia son mujeres y el 96% de los ofensores sexuales son hombres. De cada 100 niños que nacen, 16% corresponden a embarazos de madres adolescentes. Dentro de este grupo, aproximadamente el 90% de las niñas menores de 14 años quedaron embarazadas como producto de abuso sexual, generalmente cometido por familiares cercanos. El 95% de las víctimas de incesto son niñas, el 32.5% de los violadores de niñas son sus propios padres. El 67% de las agresiones sexuales ocurren en la casa de las víctimas.

En El Salvador, una de cada 6 mujeres es violada y una de cada 3 sufre abuso sexual. El 94% de los agresores son hombres y más del 50% estuvieron o están unidos afectivamente a la mujer. La mayoría de los casos de violencia sexual ocurre en el propio hogar.

En Nicaragua, el maltrato físico, los abusos sexuales y la violencia se reportan como las principales expresiones de violencia contra las mujeres. El 87% de los violadores son hombres conocidos y allegados a la familia: padres, convivientes, ex convivientes, hermanos, hermanastros. El 60% de las violaciones ocurren en las casas de habitación de las víctimas.

En Guatemala, el 40% de las mujeres asesinadas lo han sido por su pareja. La violencia intrafamiliar más común es la violencia conyugal o de pareja, seguida de la violencia de hermano a hermana, de padres a hijos, de padrastro a hijastra, de yerno a suegra, de suegro a nuera. El 80% de las mujeres son agredidas en su propia casa. Tres cuartas partes de las mujeres fueron agredidas por sus esposos y más de la mitad de ellas recibieron lesiones contundentes, hechas con armas cortopunzantes.

En Honduras, la violencia contra las niñas es la principal expresión de violencia intrafamliar. Entre los parientes, el agresor más frecuente es el padre (37%). En Panamá, el 90% de las agresiones sexuales se efectúa contra las mujeres y el 41% corresponde a violaciones. El 67% de las mujeres agredidas sexualmente declararon que conocían al agresor. El 99.5% de las mujeres casadas son golpeadas por sus maridos.

¿Cómo puede avanzarse hacia la democratización y la pacificación de Centroamérica si se ha naturalizado este patrón de violencia dentro de las familias y está sancionado con la impunidad?

No es un "destino fatal"

Las familias son también Instancias de poder. La distribución del poder dentro de las familias centroamericanas ha estado regida por un código patriarcal y autoritario, justificado y legitimado en el paradigma de los derechos "naturales" derivados del sexo, que convierten al varón en jefe de familia, dueño de la casa y propietario del patrimonio familiar, el que controla el dinero, el que tiene la autoridad y el poder de decisión, el dueño del cuerpo de la mujer, el propietario de los hijos. Es éste un paradigma plenamente asumido por esposas, madres, hijos e hijas. Sobre estas bases de dominación y subordinación se estructuran también las relaciones con los hijos: los padres mandan, los hijos obedecen. En este esquema de organización familiar no hay espacio para la discusión de las decisiones.

Este modelo ha constituido prácticamente la única referencia histórica de distribución intrafamiliar del poder y ha sido legitimado socialmente y consignado en los Códigos Civiles vigentes. En estos últimos años, sin embargo, esta concepción ha empezado a ser cuestionada tanto por las nuevas Constituciones Políticas, como por la práctica de hombres y mujeres de la región. Aunque resulte paradójico, el cuestionamiento ha venido de los propios hombres, en la medida en que se ha ido generalizando su conducta transgresora respecto de los roles, deberes y obligaciones que sustentan sus estatus de padre y jefe de la familia: incumplen su papel de proveedores únicos o principales de los ingresos familiares y no cumplen su papel de padres responsables y esposos fieles.

El modelo "ideal" de familia fue pensado para padres biológicos presentes, jefes de hogar responsables de la manutención de la familia, mujeres esposas amas de casa dependientes y subordinadas e hijos e hijas dependientes afectiva y económicamente. Necesariamente este modelo va perdiendo su legitimidad en la medida en que la figura de esposo y padre autoridad masculina se va desfigurando completamente ante la presencia cada vez mayor de jefas de hogar, de mujeres e hijos menores cumpliendo el papel de proveedores del ingreso, de cientos de miles de hijos no reconocidos o abandonados por sus padres. El resultado de este proceso no puede ser otro que el debilitamiento y pérdida de legitimidad de la autoridad masculina y de la imagen paternal como modelo de las nuevas generaciones.

Hay otros factores que han contribuido también a este proceso de debilitamiento, especialmente en relación a la autoridad paterna: la migración de los jóvenes dentro y fuera del país, la incorporación temprana de niños y adolescentes a las actividades militares y el emparejamiento temprano. Desde la perspectiva de las mujeres, la crisis de autoridad masculina tiene su origen en el debilitamiento de la autoestima de los hombres y en la pérdida de seguridad y confianza que sienten hoy, incapaces de superar la brecha cada vez mayor entre los roles que la tradición les ha asignado y el acceso a los medios para desempeñarlos. Pero esta realidad de autoritarismo debilitado no se asume en la vida cotidiana sino que se disfraza con conductas cada vez más autoritarias, que intentan por la violencia, la apatía o la indiferencia reafirmar un poder que va perdiendo su base de legitimación.

Desde una óptica androcéntrica, el discurso oficial atribuye en gran medida la crisis de autoridad al interior de la familia al descuido de las mujeres de sus responsabilidades maternales por su incorporación masiva e intensiva al mercado de trabajo. De este modo se desvía el foco de atención de lo que verdaderamente está ocurriendo en las familias.

Y de todo lo que en ella está ocurriendo, el problema de mayor gravedad es, sin duda, la violencia intrafamiliar y su no reconocimiento como problema social. Mientras el maltrato aparezca como el paradigma en base al cual los hombres establecen sus relaciones de pareja y mientras tantas mujeres continúen viviendo este drama como parte de su "destino" y lo enfrenten cotidianamente aguantando, callando, llorando y justificándolo como consecuencia del machismo natural del hombre, todo, o casi todo, estará por hacer.

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