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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 162 | Agosto 1995
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Nicaragua

Desminar: pacificar la Naturaleza

En Nicaragua quedan sembradas aún 95 mil minas, peligrosos recuerdos de la guerra. Cualquier proyecto económico o social, turístico o ecológico, necesita que las minas que entonces se pusieron sean quitadas.

Raquel Fernández

Los territorios minados son una secuela de todos los conflictos bélicos, sea cual sea su origen y duración. Desde que durante la Segunda Guerra Mundial las minas se utilizaron en forma masiva, una de las primeras actividades de los ejércitos en contienda consiste en obstaculizar el avance enemigo sobre el territorio sembrándolo de minas. Para bien o para mal, las minas cumplen su objetivo durante la guerra. Pero al llegar la paz, estos genios maléficos que siguen agazapados bajo la tierra son un grave problema. Un problema universal. A comienzos de julio, la ONU realizó la primera Conferencia Mundial sobre Desminado. Allí estuvo Nicaragua, que tiene aún sembradas en su territorio más de 95 mil minas.

La guerra de los 80: una guerra de minas

Desde 1982 hasta 1989 se sembraron minas en el territorio nicaragüense. Según el Teniente Coronel del Ejército de Nicaragua, Ramón Calderón Vindell, se trataba de obstaculizar en varios tramos de la frontera con Honduras y con Costa Rica el ingreso de los contras.

También se usaron minas personales para crear una muralla de contención en torno a objetivos económicos y sociales que pudieran ser atacados: torres de alta tensión, puentes, repetidoras de comunicación civil o militar. El constante temor a una invasión masiva llevó al Ejército Popular Sandinista a instalar también minas antitanque en determinadas zonas de la frontera por las que podrían avanzar vehículos blindados del enemigo.

La diferencia fundamental entre minas personales y minas antitanque está en el peso que es necesario colocar encima de la mina para hacerla estallar. La mina personal explosiona con unas cuantas libras, las de una persona o las de un animal. La mina antitanque necesita de varios centenares de kilos. Un ser humano puede pararse sobre una mina antitanque sin que nada le ocurra. A la hora del desminado la diferencia entre estos dos tipos de minas significa que el trabajo deberá realizarse de dos formas muy diferentes y corriendo distintos riesgos.

Según el Capitán Jorge Castro Medina, Jefe del Pelotón de Zapadores del Ejército de Nicaragua, la guerra que se desarrolló en nuestros país entre 1982 y 1989 podría también llamarse guerra de minas, al menos en algunos de sus capítulos. En esta modalidad bélica, la mina ya no se utiliza sólo como arma defensiva. También es arma ofensiva. Un combatiente mina un área por el día, pero un enemigo se da cuenta del lugar exacto donde desarrolló la tarea y, en la primera oportunidad, mina el terreno que existe entre el campamento de quien minó y el terreno minado, utilizando incluso las mismas minas de quien primero minó. Y cuando el primero que empezó a minar, avanza tranquilo y confiado sobre territorio que considera seguro, descubre demasiado tarde que el campo minado cambió de lugar.

En esta modalidad de guerra se señaliza como campo minado el terreno que rodea una torre de tendido eléctrico, pero no se ponen las minas en el terreno, sino en la base de concreto que sirve de soporte a la torre, lugar que un posible saboteador enemigo consideraría seguro. La mina personal colocada ahí no afecta la estructura de la torre pero es suficiente para arrancarle una pierna al saboteador. Una guerra así, de trampas y contra trampas, de presumir la actividad del enemigo para abortarla, transforma la Naturaleza: de amiga fecunda la convierte en inesperada enemiga para seres humanos y animales. Todo el medio ambiente está en peligro cuando hay minas sembradas en la tierra.

Diseñadas para herir

No es lo mismo poner minas que quitarlas. Ponerlas es siempre peligroso, pero relativamente fácil y seguro: se camina sobre un terreno que todavía es amistoso. Pero el desminado hay que realizarlo sobre un territorio hostil y cualquier error puede ser fatal. El resultado de hacer detonar minas personales es casi siempre quedar discapacitado. ramente estas minas con su pequeña carga explosiva, inferior a media libra causan una muerte instantánea, pero sí son capaces de producir una lenta muerte dolorosa por desangramiento a un solitario caminante o a un animal silvestre.

Su objetivo militar nunca es la muerte, es herir. La guerra moderna busca producir la mayor cantidad posible de bajas y de desgaste económico, humano y moral en la retaguardia al menor costo posible. Para lograrlo, la inteligencia humana ha dedicado ingentes esfuerzos hasta dar con una mina muy pequeña, que abulta poco más que un paquete de cigarros, que pesa aproximadamente una libra y que no mata, pero hiere. Generalmente arranca una pierna. Un soldado sin una pierna no está en condiciones de seguir combatiendo. Ni de caminar. Hay que destinar dos compañeros, por lo menos, para sacarlo hasta la retaguardia donde reciba los primeros auxilios. Entretanto, todo el grupo siente socavada su moral combativa con los gritos de dolor del herido. En la retaguardia es necesario invertir grandes recursos en rehabilitación y prótesis para los lisiados, lo que resta recursos para otros objetivos de la guerra. Y el lisiado lo será para siempre. Las antiguas minas, que literalmente pulverizaban al infortunado que las pisaba eran de algún modo más "humanas". Mataban sin apenas sufrimientos y no causaban tantos estragos a los vivos.

Cambiaron de lugar con los años

Aunque una guerra de minas es cruel y sus secuelas permanecen muchos años después de la firma de la paz, Nicaragua tiene, hasta cierto punto, algunas ventajas. Quien sembró la mayoría de las minas es el propio ejército del país. Por esto, y en principio, cada mina que se sembró quedó debidamente registrada en un plano y el terreno minado fue señalizado con alambres.

Pero a lo largo de las hostilidades, y porque guerra es guerra, ambos bandos reubicaron minas sin avisar ni tomar datos. Los deslaves de tierras y las correntadas provocadas por las lluvias también contribuyeron a reformar los mapas de los territorios minados. Este problema se agudiza con las minas sembradas para defender los accesos a los puentes: las inundaciones han arrancado muchas de ellas, arrastrándolas varios kilómetros aguas abajo. Además, las alambradas que se instalaron para identificar los campos minados fueron utilizadas después por los campesinos de los alrededores para sus propias cercas y los carteles de aviso que se pusieron están ilegibles por la herrumbre o destruidos. Hoy, el zapador, guiado por sus mapas y sus datos, se enfrenta a una realidad absolutamente desconocida donde todas las informaciones que maneja le sirven sólo como referencias poco confiables.

Otros factores complican más el trabajo. Han transcurrido seis años desde que en Nicaragua se sembró la última mina. Desde que se sembró la primera, siete años más. Durante todos estos años, estos peligrosos ingenios de muerte han permanecido a la intemperie recibiendo miles de horas de sol tropical, de lluvias torrenciales, de movimientos originados por las correntadas. Todo esto ha modificado no sólo la ubicación, sino también las características de las minas. Las antitanque, diseñadas para explotar al recibir presiones superiores a los cien kilogramos, pueden estallar ahora bajo los pies de un niño. Las personales, que debieran detonar en cuanto alguien les pone un pie encima, pueden permanecer inertes durante años aún en lugares concurridos, hasta que un mal día estallan y le arrancan la pierna a alguien. Ya no se sabe cómo se comportarán estas minas. Pero hay que quitarlas.

Desde que en Nicaragua estalló oficialmente la paz, el desminado se convirtió en tema de discusiones y en objetivo de demandas. Civiles, militares y organismos internacionales solicitaron una y otra vez que se realizase el desminado. Los civiles lo necesitaban porque esas minas se encuentran en sus fincas o en los caminos de acceso a ellas. Los militares manifestaron su disposición y capacidad para desminar si contaban con los recursos necesarios. Muchos organismos internacionales demandaron el desminado como condición para iniciar o continuar su colaboración económica técnica o humanitaria. Ninguna institución responsable financiaría un proyecto asentado sobre un campo minado ni enviaría a él a sus funcionarios. El desminado es condición indispensable para traer al país inversión, proyectos económicos o apoyo de cualquier especie.

Más de 8 mil minas eliminadas

Tarea indispensable, pero muy costosa. Con sus propios recursos, Nicaragua difícilmente podría hacerlo. A pesar de todo, en 1992 se inició el proceso de elaboración de un Plan de Desminado Nacional con la cooperación y la asesoría de la OEA, la ONU y la Junta Interamericana de Defensa. Los trabajos iniciaron en junio/93 y se prolongaron hasta noviembre, cuando fue necesario suspenderlos por falta de fondos. En ese período se desminaron 60 objetivos, en una superficie de 27 mil 649 metros cuadrados, de donde se extrajeron 2 mil 375 minas. Se eligió comenzar por los pequeños objetivos diseminados aquí y allá que imposibilitaban la actividad económica en amplios sectores. Los trabajos iniciaron en la zona de Ayapal y Bocay.

Según cálculos del Ejército, durante el proceso de desminado habría que afrontar unas diez bajas anuales. Pero en los seis meses que duró esta primera campaña hubo ya diez bajas: dos muertos y ocho heridos, la mayoría con secuelas permanentes. "Inexperiencia", explica el Teniente Coronel Calderón Vindell. "Fueron meses muy difíciles y la moral de la tropa decayó profundamente en algunos momentos, pero aprendimos de nuestros errores, adaptamos las técnicas mundiales de desminado a las características de Nicaragua y desde entonces no hemos tenido más bajas. Eso ha fortalecido la moral de los zapadores", completa sonriente. Lograr que transcurra año y medio sin bajas cuando se desmina todos los días es un gran triunfo.

El trabajo no se ha detenido. Con recursos propios y casi con las uñas, durante 1994 se limpiaron 68 objetivos más, en una superficie de 35 mil 193 metros cuadrados, de donde se extrajeron 4 mil 139 minas. En 1995, hasta el 22 de julio, se habían limpiado otros 15 objetivos, en un área de 19 mil 875 metros, donde se hallaron 2 mil 205 minas. Desde entonces y según registros del Ejército, permanecen aún enterradas 95 mil 405 minas diseminadas en 720 objetivos, en una superficie de 181 mil 200 metros cuadrados.

Aprender con sangre

Fueron dos las experiencias más importantes que adquirieron los zapadores durante su primera campaña. La primera les enseñó que cuando se trata de minas, primero se dispara y luego se averigua. En los primeros tiempos del desminado era al revés: antes de proceder a la detonación, se tomaban todas las medidas para asegurarse de que lo que hacía sonar el detector era una mina.

En el campo hay enterrados y diseminados muchos pedacitos de metal, más si el lugar ha sido escenario de enfrentamientos bélicos. Hay clavos de una herradura que perdió un caballo, hay fragmentos de metralla y balas perdidas, hay pedazos de alambre de púas. Todos estos metales hacen sonar el detector. Y frecuentemente, éste suena con más fuerza ante un inofensivo clavo que ante una mina, porque ésta se fabrica en su mayor parte con materiales plásticos, precisamente para evitar que sea fácilmente detectable.

Una de las dos bajas mortales que ha tenido el Ejército, Germán Centeno, captó en su detector dos señales metálicas, una fuerte y otra débil. Dejándose llevar por la lógica, creyó que la fuerte era de una mina y la débil de algún fragmento metálico caído entre la vegetación. Pero era al revés. A partir de este error, se decidió considerar mina todo lo que suena y poner explosivos a todo para ver si estalla o no. "Es mejor gastar más ex plosivos en las detonaciones que perder un ser humano", explica Calderón Vindell. La segunda enseñanza fue comprender que con las minas no hay que tener prisa. En un primer momento, los diferentes grupos de zapadores competían entre sí para ver quién desminaba más en menos tiempo, pero los hechos demostraron que cuando se juega con la muerte es mejor no correr.

También se adaptaron a la realidad nicaragüense las técnicas internacionales. Según un estadounidense especialista en desminado, que ha participado en muchos procesos de pacificación durante los últimos 30 años, los países donde el desminado tiene mayores dificultades son Camboya, por su lujuriante vegetación, y Afganistán, por lo quebrado de su territorio. Este mismo especialista reconoce que en Nicaragua hay estas dos características: vegetación tropical y terreno accidentado.

Las técnicas internacionales recomiendan abrir un estrecho pasillo de seguridad a partir del cual avanzar en ambas direcciones. Y así se hizo en Nicaragua hasta que ocurrió el mortal accidente del Capitán Jerónimo Rivas, la primera baja del Pelotón de Zapadores. Rivas quiso supervisar personalmente la marcha del trabajo y avanzó cuidadosamente por el pasillo de seguridad correctamente señalizado. Pero había llovido. Y se le resbaló un pie.

A partir de este accidente se decidió que esa técnica no funciona en Nicaragua. Desde entonces, antes de empezar el trabajo, se señaliza el terreno dejando un amplio margen de seguridad y se avanza lentamente desde la orilla, sin dejar un solo milímetro sin rastrear, hasta tener plena garantía de que el terreno que va quedando atrás está absolutamente desminado. El peligro debe estar por delante y el territorio en retaguardia debe ser siempre seguro.

Cadena médica en alerta roja

El trabajo de desminado es una de las actividades más costosas que realiza un ejército. El pelotón de zapadores no puede trabajar solo. Necesita del apoyo de la infantería para mantener alejados a los posibles curiosos. Antes de empezar, debe entrevistar a los vecinos del lugar para conocer con la mayor exactitud posible la ubicación del terreno minado, además de manejar los mapas levantados por quienes sembraron las minas, que a veces son los mismos que las quitan.

También es preciso preparar concienzudamente en primeros auxilios a cada uno de los zapadores y mantener en constante alerta roja toda una cadena médica de emergencia que enlaza el campo donde se está desminando con los quirófanos del Hospital Militar de Managua, teniendo a mano cualquier medio de transporte, desde una ambulancia hasta un helicóptero, para cualquier accidente.

Hay que avanzar cortando cada brizna de hierba con mucho cuidado. Nunca se sabe dónde puede haber una mina ni cuándo va a detonar. Y hay que avanzar muy despacio, asegurando muy bien cada paso antes de dar el siguiente. "Es que las minas se ponen con mala idea", dice el Capitán Alejandro Rostrán, también Jefe de la Unidad de Zapadores. "Si hay un terreno minado, que es llano y tiene cerca una pared escarpada, el terreno llano estará minado o no, pero lo que seguramente lo estará es la pared escarpada. Y quitar minas de esos lugares sí es algo serio".

Al final, el terreno ya desminado queda completamente calvo. Ni una yerba que pueda ocultar una mina puede permanecer en pie. En el lugar donde se detonó alguna mina, queda un hoyo de unos 20 centímetros de diámetro y 10 de profundidad. Porque las minas están diseñadas para explotar hacia arriba, buscando el cuerpo humano, y no dejan profundos cráteres en la tierra. El estrago a la Naturaleza es pequeño y en Nicaragua, ésta se recupera en pocas semanas.

Riesgo, tensión, responsabilidad

La Unidad de Zapadores del Ejército de Nicaragua está integrada por 175 hombres organizados en 5 pelotones. Trabajan limpiando de muerte el territorio nacional y corriendo peligros y reciben salarios de 800 1200 córdobas (no más de 130 dólares) al mes. Son especialistas altamente calificados, profesionales de la resurrección de la tierra, pero sus salarios son muy bajos.

Su trabajo es difícil y es pesado. El zapador que lleva el detector va protegido con una pesada escafandra, como de cosmonauta, que pesa mas de 40 libras. Lleva anteojos y una casaca de largas mangas para proteger las manos. Pantalones y zuecos acolchados y reforzados con metal le cubren totalmente. Con este pesado atuendo y armado con un detector de metales, el zapador avanza lentamente, asegurando cada paso, señalizando el terreno confiable. Cuando encuentra un objeto metálico, lo señaliza. Entonces, todo el mundo sale del área y otro zapador especializado en colocar explosivos realiza la detonación. A veces, estallan a la vez otras minas cercanas, "por simpatía". Y vuelta a empezar.

El trabajo es tan pesado y agotador que un mismo hombre sólo puede realizarlo durante 15 minutos seguidos. Después necesita un descanso de media hora, por lo menos, hasta que se repone. En el trabajo de zapador concurren muchas circunstancias negativas: la inminencia del peligro, la pesadez del equipo, el trabajo a la intemperie afrontando calor, frío o lluvia y la lejanía de centros habitables que permitan alguna distracción. El campamento de los zapadores tiene que estar cerca de la zona de trabajo y ser tan cómodo como sea posible para garantizar el descanso nocturno. Pero como en él acampan todos los zapadores, el tema de la plática es siempre el mismo: las minas. No pueden echarse un trago por la noche para aliviar las tensiones del día. Temprano en la mañana necesitarán tener el pulso firme y el oído atento para captar las señales de las posibles minas, sin que se les pase una. De eso depende su propia vida y la seguridad de otras muchas personas.

Superhéroes anónimos

Alejandro Rodríguez Neira es de Ocotal. Desde 1982 se incorporó al Ejército, continuando así su antigua colaboración con el FSLN desde los tiempos de la clandestinidad. Aunque ya peina canas, Alejandro continúa su actividad como zapador. Sabe que su trabajo es necesario y se siente orgulloso de realizarlo.

Gerardo Aráuz, de 25 años y de Malpaisillo, que se enroló en el Ejército para esta tarea, también se enorgullece de ella pero la oculta a su familia. Su esposa y su hijo de tres años ignoran qué es exactamente lo que hace en el ejército. El se ha tomado fotografías con todo el equipo para mostrarlas a su hijo cuando crezca. "Cuando todo esto termine se lo contaré dice . Ahora no quiero preocuparlos".

La familia de Carlos Santiago López Vázquez sí sabe a qué se dedica él. Su esposa y sus cinco hijos entre siete meses y ocho años temen cada día por su vida, pero en Somotillo no hay trabajo y había que aprovechar esta oportunidad. Además, Carlos vio caer a varios miembros de su familia destruidos por las minas y sintió la responsabilidad de colaborar a su erradicación.

Todos ellos recuerdan con tristeza los accidentes de sus compañeros. "Cuando estábamos empezando a trabajar, fue la baja del capitán Jerónimo Rivas recuerda Carlos Santiago . Fue el primer accidente que tuvimos y afectó a un oficial. Tuvimos que pasarnos una semana descansando, porque no estábamos de ánimo para trabajar, todos nerviosos. Después de una semana, volvimos al trabajo y ahí no más tuvimos otra baja. Esa vez necesitamos 15 días para reponernos, aunque la baja no fue mortal. Pero nos desmoralizó". El Capitán Castro explica que no todos los días se permite a un zapador realizar su trabajo. Si se observa que no está en buenas condiciones, se le regresa al campamento hasta que mejore. No se puede ir a este trabajo ni con un poco de resfrío: un estornudo a destiempo puede ser el último.

Cada zapador tiene diferentes puntos de vista sobre su tarea, pero todos coinciden en algo: ninguno quiere que sus hijos continúen el oficio. Se dice que un zapador comete dos errores en su vida. El primero, meterse a zapador y el segundo, que es el definitivo. Después de ese segundo error no hay posibilidad de cometer ninguno más. Pero desde hace año y medio no ha habido más bajas y eso ha devuelto el ánimo y la moral a esta unidad de superhéroes anónimos que arriesgan a diario la vida con la misma naturalidad con que otros acuden a una oficina con aire acondicionado.

Otras formas de desminar

No siempre los zapadores entran directamente a los campos minados. A veces, el trabajo se realiza de otra manera. En el norte de Chinandega fue necesario limpiar de minas antitanque un extenso sector fronterizo que iba a ser utilizado por el gobierno para cumplir sus compromisos de entregas de tierra a ex combatientes del Ejército y de la Resistencia. En esta oportunidad se adoptó la modalidad de mover sobre el territorio minado un gran rodillo de cinco toneladas de peso empujado por un tanque. Estos rodillos se utilizan con fines militares para abrir paso a la tropa sobre territorio minado. En esta ocasión se utilizaron para desminar. Cada vez que estallaba una mina, el rodillo saltaba a varios metros de altura y cada cuatro o cinco minas que estallaban había que cambiar de rodillo. Se destruyeron varios en esta labor.

Hay ocasiones en que los civiles arrancan las minas que les estorban en sus parcelas y, como no saben qué hacer con ellas, las amontonan en cualquier sitio. Los Capitanes Rostrán y Castro por poco sufren un infarto cuando realizaron una visita de cortesía a un cuartel de la Policía Nacional ubicado en un municipio norteño y lo encontraron lleno de minas sin detonar que los campesinos de los alrededores habían ido llevando allí, suponiendo que los militares sabrían qué destino darles. Pero como no sabían, las tenían por cualquier lado, sirviendo como pisapapeles o para emparejar las patas de alguna mesa renca o amontonadas de cualquier manera. "Si una mina hubiese estallado, las otras también lo hubieran hecho por simpatía y se hubieran llevado a medio pueblo", comenta Castro.

Minas para alfombrar el planeta

Nicaragua asistió a la Conferencia de la ONU en Ginebra a solicitar ayuda para concluir su programa de desminado, sabiendo que hay países que están mucho peor. En su millón 250 mil kilómetros cuadrados de territorio, Angola alberga unos 12 millones de minas. Si en relación a su territorio, Nicaragua tuviese una densidad similar de estos artefactos, habría un millón y medio de ellos en nuestro suelo. Camboya está peor que Angola: con 181 mil kilómetros cuadrados tiene también 12 millones de minas. En alguna zonas de aquel país, literalmente tapizado de minas, los campesinos se tienen que mover por estrechos pasillos en los terrenos.

El problema es diferente en cada conflicto. La Guerra del Golfo dejó miles de minas, que fueron descubiertas y detonadas con relativa facilidad en los territorios desérticos. Pero la guerra de Rusia contra Chechenia ha dejado miles de minas que no serán tan fáciles de hallar. En la ex Yugoslavia las minas también se cuentan por miles y se siguen sembrando cuando todavía no se han terminado de limpiar las que se sembraron en toda Europa durante la Segunda Guerra Mundial. Aún son noticia los accidentes causados por minas que tienen más de 50 años de estar enterradas en suelo europeo.

"Es que las hacen a conciencia" comenta con humor negro el Capitán Rostrán . Se esmeran. Una mina puede cambiar alguna de sus características por los años a la intemperie y estallar de forma inesperada, pero lo que es seguro es que estalla. Con más o menos violencia que la esperada, con más o menos presión que la indicada en las instrucciones de uso, pero estalla". Las de más reciente diseño tienen una fecha de caducidad que permite al usuario emplearla en dependencia de sus necesidades estratégicas y tácticas. Pero las convencionales permanecen activas hasta que estallan. Cuando sea. Nada las afecta. Según los entendidos en asuntos militares, en los arsenales del mundo hay suficientes minas para alfombrar toda la superficie de Planeta. Y se siguen fabricando. Aunque ya son muchos los organismos e instituciones que proponen una moratoria internacional.

Consenso general: hay que quitarlas

"Las minas tienen que ver con en el derecho humano a la seguridad. Significan una exposición permanente de personas al peligro", señala Evelyn Palma, directora del Departamento Jurídico del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (CENIDH). "Hay que exigir a las autoridades que apoyen totalmente el desminado y que faciliten todos los medios necesarios para llevarlo a cabo". La jurista subraya que el gobierno es el responsable de realizar el desminado para facilitar una vida razonablemente segura a los productores del campo nicaragüense, que son ciudadanos con todos los derechos. Palma señala también el derecho al trabajo en paz y sin peligros y el derecho de todos a un medio ambiente seguro y confiable. Porque el desminado es también una forma de descontaminación.

Byron Corrales, miembro de la Junta Directiva de la Unión de Agricultores y Ganaderos (UNAG) y responsable del Area de Capacitación "De Campesino a Campesino", afirma que desde 1990 su organización ha de mandado el desminado. "Hay muchos campesinos que tienen sus pequeñas fincas ocupadas por campos minados y actualmente se encuentran en las ciudades. Regresarían encantados al campo si tuvieran seguridad de que eso no significa la muerte o quedar herido".

A pesar de todo, algunos han vuelto, pero el número de campesinos lisiados ha crecido. "¿Por qué se arriesgan?" "Es que la tierra crea un vínculo muy especial explica Corrales . Después de la madre, la tierra". En la UNAG también está organizado Nasser Gutiérrez, que tiene la responsabilidad organizativa de atender a los desmovilizados de ambos bandos. La suya es una historia frecuente: mientras cumplía el servicio militar fue secuestrado por los contras y no tuvo más remedio que unirse a ellos para sobrevivir. Cuando los fue conociendo, descubrió que también tenían aspiraciones de justicia y que muchos de ellos habían sido víctimas de injusticias. Y siguió con ellos de corazón.

"Es un sentimiento bien raro dice Nasser al hablar de las tierras productivas que fueron minadas , es una gran decepción. La tierra es algo que da vida, que me daba el sustento para mantener a mi familia y a mí mismo y de pronto, tu aliado de siempre se transforma en enemigo. Es muy complejo esto para explicarlo". Edgardo García, Secretario General de la Asociación de Trabajadores del Campo (ATC), dice: "El dueño de la tierra no es siempre el que la trabaja. Pero el trabajador del campo, el proletario rural, sí la trabaja y corre el riesgo. Y tenemos constante información de bajas entre nuestros afiliados a consecuencia de las minas. La ATC es tal vez la organización más interesada en que el desminado se lleve acabo de forma definitiva".

El precio de desminar

El Teniente Coronel Calderón Vindell calcula que para el desminado total del país se necesitan unos 6 millones de dólares. Con estos recursos, en dos o tres años Nicaragua sería un país totalmente libre de minas. Por miopía, hay quienes consideran que esta pacificación de la Naturaleza cuesta mucho dinero. Pero es un costo muy estratégico. Cualquier proyecto futuro está afectado por las minas. El anunciado Canal Seco sea realidad o sea fantasía tendría que atravesar territorios que actualmente están minados. La multiplicación de la capacidad de generación de energía eléctrica que el desarrollo del país requiere necesita de obras de infraestructura que tendrían que realizarse en territorios aún no totalmente desminados. El ecoturismo del que tanto se habla no tiene posibilidades mientras los esperados ecoturistas corran el riesgo de regresar a sus países de origen con una pierna de menos.

Es evidente que el desminado es caro. Pero más evidente es que resultará más costoso no hacerlo.

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