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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 2 | Julio 1981
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Nicaragua

Presencia cristiana en la Nicaragua: Balance de dos años 1979-1981

La década del 70 al 80 ha supuesto para la Iglesia de Nicaragua una gran sacudida, que ciertamente ha puesto a prueba la fe de los cristianos, tanto de los católicos como de los que pertenecen a las diversas denominaciones evangélicas.

Equipo Envío

El punto de partida: fe cristiana y lucha revolucionaria, una bandera discutida

La década del 70 al 80 ha supuesto para la Iglesia de Nicaragua una gran sacudida, que ciertamente ha puesto a prueba la fe de los cristianos, tanto de los católicos como de los que pertenecen a las diversas denominaciones evangélicas. En momentos en que la historia experimenta cambios tan grandes como los que América Latina y Nicaragua han experimentado en esa década, es cuando más se cumplen aquellas palabras del Evangelio de Lucas, que se ponen en boca de un anciano israelita al ver en el templo de Jerusalén a un niño a quien acababan de poner por nombre Jesús: "Mira, éste está puesto para que todos en Israel caigan o se levanten, será una bandera discutida y así quedará patente lo que todos piensan".

La historia cambiante de esta década, la historia revolucionaria de Nicaragua, la cual -según la fe cristiana- está llena de la acción del Espíritu Santo y de la reacción de los hombres ante ella, esa historia ha sido de verdad "una bandera discutida", un signo que ha hecho aparecer contradicciones, un acontecimiento que ha dejado al descubierto lo que en el fondo de sus corazones muchos andaban pensando. Frente a esa "bandera discutida", frente a esa historia revolucionaria, lugar de revelación de Dios, muchos nicaragüenses han caído y otros se han levantado.

Entre fe y práctica revolucionaria no hubo contradicción

En el momento de mayor condensación de esa historia, entre octubre de 1977 y julio de 1979, parece a los observadores de la historia que la mayoría del pueblo nicaragüense se unió vigorosamente alrededor de la lucha contra la dictadura. La mayoría de este pueblo era explotado y oprimido y también, a consecuencia de su enorme creatividad insurreccional, fue terriblemente reprimido por el somocismo. Al mismo tiempo, la mayoría de este pueblo era creyente y cristiano, con mayor o menor conciencia de lo que significa ser cristiano y pertenecer a una Iglesia. Sea como fuere, para los observadores de la historia, uno de los fenómenos más significativos de este siglo era la masiva participación de los cristianos en una lucha revolucionaria de liberación.

Tal vez mucha parte de ese pueblo, explotado, oprimido, reprimido, creyente y en lucha, no poseía los instrumentos analíticos refinados para comprender el alcance de su lucha. Por eso fue indispensable una vanguardia, el FSLN, para sistematizar las aspiraciones revolucionarias de esas mayorías y para encauzar su empuje. Tal vez, por otro lado, muchos de los creyentes cristianos que, de mil maneras, participaron en la lucha revolucionaria en virtud de su fe, tampoco poseyeron una destreza teológica para dar razón de la práctica política de su fe. En este caso, a veces se encontraron con líderes cristianos eclesiales que supieron iluminar su práctica, recogiendo lúcidamente la fuerza cristiana que de ella misma brotaba; otras veces fueron a la lucha tan sólo con la firme, pero vaga convicción de que entre su fe y la lucha revolucionaria no había contradicción. Este acontecimiento de coincidencia cristiano-revolucionaria lo han celebrado un gran número de comunidades eclesiales de base del campo y de la ciudad, reunidas en Managua a través de sus representantes, los días 27 y 28 de Junio de 1981. Así lo han constatado en una carta abierta dirigida al resto del pueblo de Dios nicaragüense.

En este acontecimiento tal vez fueron los laicos cristianos quienes más manifestaron el carisma de saber unir la confesión de la fe eclesial con la práctica de un amor por los demás, al modo del que Jesús describe en la parábola del samaritano o en la del juicio final. Naturalmente, este amor fue personal y también colectivo, ya que la lucha revolucionaria, siendo un fenómeno colectivo de combate por devolver el poder al pueblo, estuvo al mismo tiempo jalonada de encuentros personales y de opciones hechas desde la raíz de la conciencia y de los corazones.

Un proceso único en la historia moderna de las revoluciones

El acontecimiento que ahora destacamos se presenta en América Latina como inédito. La revolución mexicana fue recuperada por la burguesía y su herencia se debate hoy entre un capitalismo de Estado, un populismo izquierdizante y una penetración transnacional, entre otras fuerzas. La historia hizo que la mayoría de los cristianos estuvieran en esta revolución del lado del conservatismo contrarrevolucionario y que la misma revolución fuese marcada por un laicismo, en ocasiones virulentamente antirreligioso, de origen burgués positivista mezclado con ecos del primer marxismo también antirreligioso.

La revolución cubana no encontró en la base mayoritaria de su población un arraigo religioso y cristiano como el que es tradicional en muchos de los otros pueblos latinoamericanos. Lo religioso-cristiano era casi exclusivamente burgués y pequeño-burgués, además de urbano en su gran mayoría. En Nicaragua, por vez primera, un pueblo pletórico de expresión religiosa y simbólica, cristiana en su mayoría, ocupó templos y ayunó en ellos para lograr la liberación de combatientes revolucionarios presos, plasmó su lucha en los cantos de protesta contra la opresión y de celebración del combate liberador que tuvieron su cumbre en la "Misa Campesina", hizo de las iglesias el espacio libre para vocear la verdad de su lucha, engendró sacerdotes y religiosas profundamente comprometidos con el proceso y se expresó así con exuberancia como creyentes y revolucionarios.

Los obispos de este pueblo emergieron también en esta década de un largo silencio frente a la dictadura, roto a veces excepcionalmente. Con creciente valentía fueron señalando la contradicción entre el somocismo y la fe cristiana comprometida. Cuestionaron las elecciones amañadas de 1974, denunciaron la horrible represión desde 1977 y terminaron declarando en junio de 1979 que la inminente insurrección cumplía las condiciones de la ética cristiana para ser declarada derecho legítimo del pueblo.

¿Lucha contra la dictadura o lucha por la revolución?

Tanto para muchos de entre el pueblo como para bastantes sacerdotes y religiosas y para bastantes obispos, debajo de todos estos hechos la historia surgía, sin embargo, como "bandera discutida". La opción política de fondo, en la que la fe se encarnaba ¿era la lucha contra la dictadura o era además el esfuerzo por construir una sociedad sobre bases económicas, políticas, culturales y espirituales verdaderamente revolucionarias?

Comienza el tiempo de las opciones

La victoria sandinista, percibida como rescate de la nacionalidad nicaragüense y como oportunidad para cambiar la sociedad de raíz, fue a la vez sentida por muchos cristianos del pueblo como un paso del Espíritu de Dios por la historia de Nicaragua. "El paso de Dios que salva" por la historia latinoamericana no era un invento de escritorio de obispos y teólogos; había sido la acogida jerárquica de una experiencia de Dios en las luchas de los pobres a través de todo el continente; en las luchas que, teniendo la posibilidad de haber hecho de los latinoamericanos, por la violencia, menos hombres, los habían elevado, por la solidaridad, a un grado de humanidad más plena. Lo que en Medellín se presintió -en plena lucha de los pueblos oprimidos y creyentes de América Latina-, se sintió en Nicaragua once años después en el primer 19 de julio.

El paso de Dios, según la fe cristiana, es siempre un acontecimiento que, a través del sacrificio de la vida por los demás, hace a todo un pueblo alcanzar una vida más digna. Vida de lucha, muerte generosa a causa de tal vida, y resurrección a una vida nueva: son reinterpretaciones cristianas según el modelo de la "pascua", es decir, del paso de Jesús de la muerte a la vida, de acontecimientos históricos vistos como signos de la acción del Espíritu de Cristo en la historia. Este paso de la lucha generosa y lúcida por la muerte a la vida de una nueva Nicaragua y de nuevos nicaragüenses, fue celebrado en Nicaragua en los meses posteriores al triunfo y durante todo el primer año, en las innumerables Misas dedicadas a los mártires, en los rebautizos de calles y avenidas, edificios y ciudades, barrios y cañadas. El recuerdo subversivo de los mártires, de los que al morir revolucionariamente eran creyentes y de los que murieron sin serlo ya, y entre todos ellos el recuerdo del Padre Gaspar García Laviana y el de Carlos Fonseca, Comandante fundador del FSLN, se fusionaron en una potente solidaridad de memoria colectiva que exige continuamente a la revolución que cumpla su proyecto de poder popular.

Poco a poco, al interior de la Iglesia, comenzó el tiempo de los opciones, tiempo que siempre está en relación con la interpretación que se dé a la memoria de los mártires, con la forma en que en la nueva ansiedad se les quiera hacer justicia. En este tiempo se define una serie de movimientos cristianos organizados, tanto católicos como protestantes. Y también en este tiempo se hacen patentes una serie de necesidades impostergables, sin cuya satisfacción peligra la presencia cristiana en la revolución al modo de fermento evangélico.

Se decantan movimientos eclesiales organizados

Muchos de los movimientos del tiempo anterior (catecúmenos, cursilistas, carismáticos) experimentan horas difíciles. Bastantes de sus miembros tienden a sentirse hartos del conflicto en que la revolución hace introducirse a todas las capas de la sociedad nicaragüense. Vuelve a operarse una separación entre fe y praxis, y lo religioso, es decir, el ambiente de piedad, liturgia, escucha de la palabra de Dios, de estos movimientos, se vive como reducto de paz "espiritual" en el que no se quiere dejar que irrumpan las opciones políticas. Algunos de estos grupos se dividen porque parte de sus miembros no encuentran ya en aquellos ambiente para celebrar su compromiso político ni para discernirlo orando acerca de él. Esto, que se da sobre todo en ambientes urbanos, acontece a su modo propio en medios rurales, al interior de movimientos de delegados de la palabra o catequistas. En un extremo de aquellos grupos urbanos, la Ciudad de Dios agrupa a ciertos cristianos que llegan a expresar una parte de su experiencia religiosa en la expectativa de tremendas catástrofes, al modo de una moderna "apocalíptica". Esto sucede también en los evangelismos del "Cristo viene".

Al mismo tiempo, emergen o se consolidan, entre adultos y jóvenes, numerosas comunidades eclesiales de base, cuya vida se orienta en la intersección de la palabra de Dios escuchada y celebrada creativamente en la comunidad a partir de la inserción práctica en la historia. La palabra como texto, la historia como pre-texto y la comunidad como contexto, engendran una nueva unidad de fe y participación viva en la práctica histórica de la revolución nicaragüense. Esto sucede en los barrios populares de Managua, entre algunos grupos de la pequeña burguesía comprometida con la revolución, y también en muchos movimientos de delegados de la palabra en las zonas rurales de los departamentos. Siguiendo la pauta de la tradición eclesial en América Latina, estas comunidades no se constituyen por un fenómeno de oposición a la Jerarquía sino por un fenómeno de vitalidad de la fe en la práctica histórica. Pero sí pretenden una Iglesia mucho más dialogal, mucho más "pueblo" de Dios.

En parte como herencia del proceso de veinte años de lucha revolucionaria y en parte como efecto normal de la atracción potente de la mística revolucionaria secular, se dan al interior de los grupos de cristianos organizados dos fenómenos: la transición del papel de líder religioso al papel de militante revolucionario. Y también, a veces y además, el oscurecimiento de la fe cristiana y las ambigüedades y sacudidas en el seno de las familias. Son dos problemas pastorales de notable envergadura.

Naturalmente, mucho pueblo cristiano no se encuentra organizado en movimientos y vive el proceso histórico desde una fe más o menos fuertemente alimentada por procesos de evangelización pastoral menos "comunitarios" y más masivos. Pero al interior de este modo cristiano de vivir en la Iglesia, mucho pueblo pobre aún y oprimido todavía, sigue encontrando en la religión, bien un elemento de impulso liberador, bien una consolación de su miseria. Para una fe, como la cristiana, llamada a "evangelizar naciones", pueblos, procesos históricos y culturales, y no sólo pequeños grupos, aquí hay un reto histórico tremendo.

Surgen necesidades pastorales

Frente a esta "bandera discutida" que la historia de la construcción de una nueva Nicaragua ha sido en estos dos años, en la Iglesia surgen varias necesidades. Se necesita mayor madurez, que en términos de Iglesia, desde la fe, tiene que traducirse en mayor tensión vivificante entre autoridad religiosa y pueblo, entre cabeza y cuerpo. Como los representantes de comunidades eclesiales de base urbanas y rurales escribían al pueblo de Dios recientemente, "sin esta Iglesia nueva, no habrá una nueva Patria". Se necesita también mayor lucidez para saber que no existe para la fe cristiana un lugar neutral, en el templo o en las nubes, desde el cual se pueda ser observador del proceso sin más. No se pueden evadir las opciones encarnadas de la fe. Pero claro está que se necesita lucidez para saber que las opciones de la fe no se dan en el vacío: se dan en mujeres y hombres que pertenecen a grupos y a clases sociales, que defienden consciente o inconscientemente determinados intereses, en los que se juega la forja de una determinada historia nicaragüense. Como lo han dicho varios grupos de cristianos en Nicaragua, estas opciones no se deducen incuestionablemente del Evangelio sin más. Necesitan de meditaciones que analicen los diversos proyectos históricos. Sobre estos análisis habrá que proyectar la luz del Evangelio para ver cuáles proyectos tienen mayor probabilidad de ser a la larga una noticia mejor para los pobres. Pero habrá que aprender a vivir como una Iglesia en el conflicto de varias opciones.

Se necesita, finalmente, en la Iglesia de Nicaragua, entre católicos y evangélicos, un gran esfuerzo de lucidez para asumir responsabilidades cristianas en función de la esperanza que este fenómeno inédito, una revolución radical con participación cristiana, ha levantado en América Latina y en el mundo. Se necesita lucidez para ver que las iglesias nicaragüenses son hoy lugar de discernimiento y campo de enfrentamiento de dos maneras diversas de ser Iglesia: Iglesia cuya medida esté en el grado de poder, justicia y solidaridad que los pobres alcancen, Iglesia cuyo criterio esté en los avisos de Reino de Dios que se logren en la historia; o Iglesia volcada sobre el propio bienestar institucional, sobre las invocaciones en vano del nombre de Dios, sobre una gracia de Dios reservada a la intimidad de las conciencias y no también extendida a los procesos históricos y a las estructuras colectivas de la convivencia humana.

Finalmente, se necesita lucidez para ser Iglesia en la que todos lleven mutuamente las cargas de los demás y se enriquezcan con los "carismas" de los demás, de modo que sobre todo la voz de los pobres y el servicio a ellos sea la norma según la cual se confiese a Jesucristo y a su Padre y se discierna al Espíritu que no deja de actuar, en todos, creyentes y no creyentes. Iglesia de la tolerancia y el perdón mutuo o Iglesia de las exclusiones mutuas y de las acusaciones y los prejuicios.

La lucha ideológica

Este tiempo de opciones se ha dado en un contexto en que la historia nueva de Nicaragua, la que hay que construir, esa "bandera discutida", ha hecho que la fe cristiana se haya visto envuelta en una tremenda lucha ideológica. Sólo hay espacio aquí para señalar algunos hitos.

Marzo de 1980: el giro "robelista" de defensa de la fe reivindicado para el MDN es respondido por un documento de cristianos comprometidos con una misión de ser fermento en este proceso revolucionario y sandinista.

Marzo a agosto de 1980: Cruzada de Alfabetización, acusada de domesticación, repleta de participación de cristianos, ella misma "bandera discutida".

Participación del CELAM en la Iglesia de Nicaragua visiblemente desde agosto de 1980, sentida por algunos como defensa de un proyecto de Iglesia y por otros como ataque a otro proyecto de Iglesia.

Octubre de 1980: Comunicado Oficial del FSLN sobre la religión, documento histórico desde el punto de vista del reconocimiento por revolucionarios radicales en el poder del papel revolucionario de la fe cristiana. Documento discutido por algunos Obispos como poco coherente con presuntos ataques a la religión en la práctica.

Páginas y páginas de "La Prensa" dedicadas a una concepción de cristianismo y de Iglesia. Y páginas y páginas de “El Nuevo Diario" y a veces de "Barricada" dedicadas a otra. Entrevistas episcopales, dadas a la publicidad, a veces en favor de lamentos positivos en el proceso revolucionario, y a veces llenas de presagios de totalitarismo, de marxismo-leninismo anticristiano, y de visiones de una Iglesia desprovista de su autonomía educativa. Uniones de Padres de Familia cristianos, de origen pudiente, que reivindican el derecho de que sus hijos se movilicen en las escuelas en favor de su proyecto "político-religioso" como antes se movilizaron los hijos de los revolucionarios o simplemente los jóvenes sandinistas.

Un documento de grupos cristianos que afirma en el primer aniversario del asesinato de Monseñor Romero el deber cristiano legítimo de estar presente con fidelidad crítica en el largo y duro proceso revolucionario, a semejanza de la paciente fidelidad de Dios a las esperanzas de los pobres en la historia.

Polémicas duras entre centros de pensamiento cristiano, alguno de los cuales llega hasta promover sospechas de heterodoxia respecto de otros grupos cristianos. Controversias sobre la originalidad o la cubanización de este proceso. Y así sucesivamente.

La crisis de legitimidad de la presencia cristiana

Así hemos vivido hasta que en junio de 1981 nos encontramos frente al crucial problema de la legitimidad o ilegitimidad de un compromiso cristiano con este proceso revolucionario nicaragüense, que acontece que es sandinista y no otra cosa. Porque quienes observan la historia lo que ven es el fondo de la crisis alrededor de la presencia de sacerdotes en puestos de gobierno o de partido, de un gobierno y de un partido revolucionario. Se trata de una legitimidad que, desde el punto de vista de su opción evangélica, mediada por un análisis histórico, se reivindica a sí misma sin intentar una pretensión de ser la única opción cristiana posible hoy en Nicaragua, consciente además de su deber cristiano de ser crítica, con una crítica medida por el bien de las mayorías populares. Finalmente, se trata de una opción que se somete al juicio de la historia, de los pobres y del Dios de los pobres. Gracias a Dios, todo este problema es ahora objeto de un diálogo fecundo al interior de la única Iglesia.

El misterio de Dios en esta hora histórica

Esta opción ha desarrollado sus espacios de fundamentación teológica y también sus intentos de evangelización popular. "Fe Cristiana y Revolución Sandinista en Nicaragua", "Apuntes para una Teología Nicaragüense", "Fidelidad Cristiana en el proceso revolucionario de Nicaragua", y muchos ejemplos de popularización de estos esfuerzos teológicos de la fe, están ahí como prueba de un deseo de evitar que surja un tremendo desfase entre mística revolucionaria conscientemente alimentada por la educación política. Todos ellos se reconocen en el contenido de la pastoral de todos los Obispos: "Compromiso cristiano con una nueva Nicaragua (17-11-79).

Y como no podía ser menos, esta "bandera discutida", este signo provocador de contradicciones y a través del cual se ha hecho patente el pensamiento de muchos corazones, esta historia nueva nicaragüense por forjar, ha desembocado en el enfrentamiento con el misterio del Dios en Jesucristo, el que de rico lo destinó a ser pobre para que muchos fueran ricos. Y ante el misterio de ese Dios, que interpela a la historia, a la fe y a la Iglesia, y en cuyas manos es más terrible caer que en las manos de cualquier temor al futuro, los cristianos comprometidos hoy en Nicaragua con el proceso revolucionario saben que los juzgarán los pobres de Dios y la suerte que corran sus esperanzas. Con humildad, tratan de no endiosar ningún proceso, sabiendo que la dificultad de unir misericordia y firmeza, amor y justicia, disciplina y servicio, trabajo y libertad, es sólo un misterioso reflejo del Dios cristiano, "a quien nadie aún ha visto", del Reino, que nadie aún ha alcanzado o como Bloch decía, de "esa patria en que nadie ha estado aún".

Mientras tanto, lo que toca es forjar la historia; seguirlo haciendo. Es ésta una tarea humana, y por eso patrimonio solidario de cristianos y no creyentes. Pero, desde el punto de vista de la credibilidad de la fe cristiana y de sus portadores, las iglesias, lo que se juega hoy en Nicaragua es un espacio legítimo de vida para la postura de aquellos creyentes que están convencidos de que esta forja de la historia, revolucionaria, con los pobres como protagonistas, es a la vez un problema político y un problema espiritual. Para los cristianos, es un problema de la práctica política de su fe en Jesucristo.

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