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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 216 | Marzo 2000
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Nicaragua

Pandillero: la mano que empuña el mortero

Cada día hay más pandillas en Nicaragua. ¿Qué buscan estos muchachos? ¿Por qué pelean? ¿Qué los une? Más que una ruptura con el orden establecido, los pandilleros se insertan con un estilo propio en ese orden y comparten el paradigma cultural de nuestro tiempo. Hay que observarlos, entenderlos e interpretarlos con una mirada más comprensiva. Tom dijo: "Fundaremos esta banda de ladrones y la llamaremos la Pandilla de Tom Sawyer. Quien quiera unirse a nosotros tiene que hacer un juramento y escribir con sangre su nombre". (Mark Twain, Aventuras de Huckleberry Finn).

José Luis Rocha

Hace poco más de un siglo, el polémico escritor norteamericano Mark Twain escribió varios relatos acerca una pandilla de adolescentes cuyas correrías tuvieron por escenario las riberas del Mississippi. Un agudo sentido de observación permitió a Twain penetrar en el espíritu juvenil y obtener una vívida descripción del carácter de sus personajes. ¿Quién no ha oído de las aventuras de un pandillero llamado Tom Sawyer y de las de su no menos irredento amigo y también pandillero Huckleberry Finn? Basado en hechos de la vida real, y elevando al rango de paradigma juvenil un modo de vida que era sin duda objeto de censura para las buenas conciencias de su tiempo, Mark Twain convirtió en héroe a un paria y creó un personaje genial que hacía ácidas críticas a las instituciones educativas de su época. En este contexto resulta lúcida la célebre sentencia de Twain: No permitas que la escuela interfiera con tu educación. Twain bendijo el oficio del rebelde: fustigar el orden establecido, ridiculizar los lugares comunes, socavar los cimientos aparentemente sólidos de las instituciones. Twain penetró en el espíritu de los rebeldes de los agitados tiempos de la fiebre del oro, tiempo de cambios acelerados, movilidad social, marginación y delincuencia.


El elogio del vago

En Las Aventuras de Tom Sawyer, Huck Finn es presentado como el adolescente paria de la villa, hijo del borracho del pueblo, cordialmente odiado por todas las madres del lugar porque era alocado, sin ley, vulgar y malo, y porque a todos los niños les deleitaba su trato prohibido. Huck es el prototipo del adolescente vago. Mark Twain declara haber tomado sus personajes de la vida real. El inspirador de su personaje fue un muchacho que Twain describe como sucio, ignorante, de un corazón tan bueno como ningún muchacho lo tenía y con libertades enteramente irrestrictas. De acuerdo a Twain, era la única persona realmente independiente -hombre o muchacho- en su comunidad.

En la actualidad nos asombraría el elogio del vago. Presentado por Twain, nos parece lo más natural. Pero el sentido contestatario de esta elaboración literaria no lo vemos ya en nuestros tiempos. Los escritores del siglo XIX idealizaron al pobre (Oliver Twist), los de los siglos XVI y XVII al pícaro (El Lazarillo de Tormes, Tristam Shandy) e incluso al delincuente (Moll Flanders). Los intelectuales nicaragüenses, que demostraron una fecundidad sin precedentes para el género épico y la apologética de la revolución, están ahora sumidos en la esterilidad, oenegeizados o abocados a temas históricos. Ninguna de las obras de ficción recientemente escritas en Nicaragua refleja la situación fragmentada de nuestra sociedad y la desesperación de los grupos preteridos. No hay ningún poema al vago. Ni ditirambos ni sátiras ni filípicas. El vago no cabe en estos tiempos como protagonista literario. No le alcanza esa especie de absolución que es la literaria. Estas ausencias son reflejo de la distancia que han tomado las capas medias de la sociedad respecto de las dispersas agitaciones y tensiones populares, en ascenso pero imposibles de ser articuladas en un proyecto colectivo. Su apariencia delata al pobre como una amenaza para los ciudadanos de clase media, con quienes comparte sólo algunos espacios. No existe una construcción ideológica que lo dignifique y recoja su sentido de la vida. En lugar de este esfuerzo, tenemos el rechazo al que han prestado cimientos las construcciones periodísticas de la imagen de los vagos y pandilleros: "los antisocia-les", "los enemigos de la ciudadanía"... Son apelativos que justifican una hostilidad. A través de esa maraña de epítetos hay que columbrar el rostro del pandillero, leer las líneas de su mano. Para ello es menester sobreponerse a las percepciones dominantes.


Juramentados y con símbolos

En contraste con la censura dominante, Mark Twain pintó un retrato más que favorable de los "vagos" de su tiempo. Algunos de sus trazos son una buena herramienta antropológica para hoy. Por ejemplo, cuando describe el juramento que Tom Sawyer diseñó para formalizar la integración a su pandilla: si alguien dañaba a cualquier miembro de la banda, cualquier otro integrante podría ser comisionado para matar a esa persona y a su familia, y no debía comer, ni aun dormir, hasta que no los hubiera matado y señalado con una cruz en sus pechos, cruz que sería señal de la actuación vengadora de la banda. Nadie que no perteneciera a la banda podría usar la marca de ésta, y en caso de que lo hiciera, sería castigado. Si cualquier integrante de la banda contara los secretos de la misma, su cuello debería ser cortado, su cadáver quemado, sus cenizas dispersadas, su nombre borrado de la lista de la pandilla y nunca más mencionado. Tom confeccionó el juramento en base al modelo leído en libros de piratas, ladrones y bandoleros. Cuando Tom fue interrogado acerca del cometido de la pandilla, respondió: Nada, excepto robar y matar. Detendremos los carruajes en la carretera, mataremos a la gente y les quitaremos sus relojes y su dinero.

Tenemos en esta descripción muchos de los elementos característicos de las pandillas nicaragüenses y centroamericanas de hoy: un código de honor que penaliza ante todo a los traidores -de manera especialmente encarnizada a los soplones-, una simbología del grupo para que sus hechos sean identificados, ciertos lugares de reunión, la demarcación de un territorio y la venganza como móvil número uno de las mayores expresiones de violencia. ¿Cómo un plan de este tipo, que empieza como un juego de los vagos, deviene en apocalíptica realidad?


América Latina: territorio de violencia

Saltemos ya de la fantasía literaria a la realidad nacional. Sofía, miembra de la famosa pandilla de Los Comemuertos, quizás la más violenta de Nicaragua, confiesa con orgullo: "Nosotros éramos de los gruesos, todos éramos grandes. No andábamos haciendo cualquier cosa como los chateles que les gusta sólo andar tirando morteros, robando carteras, cadenas... y luego se corren. No, nosotros andábamos armas de las buenas, asaltábamos a los carros que entraban a vender al reparto. Nos metíamos en las chantis (casas) a robar todo lo bueno que hubiera y no nos importaba matar a seis que fueran. Y sin compasión. También violábamos a chavalas y mujeres viejas. Igual en la calle. Si alguien nos bombiaba (delataba), le pasábamos la cuenta. A un viejo que me trató de violar a los 14 años, todos los de mi pandilla colaboramos en quemarle la casa. Él me había rayado el cuello cuando yo me resistí."

Los Comemuertos era la pandilla que en 1994 se dedicaba a desenterrar muertos frescos del cementerio situado en su territorio. Les robaban los mínimos objetos de valor que llevaban consigo a la otra vida y finalmente los quemaban con gasolina. Su símbolo eran dos tibias cruzadas y la calavera, como en los relatos de piratas, y sólo por sus escapadas para conspirar, que eran fundamentalmente nocturnas, se parecían a los menos audaces muchachos de la banda de Tom Sawyer.

¿Por qué tanta violencia? ¿Por qué la violencia por la violencia? La violencia ha alcanzado unos niveles sin precedentes en América Latina. Los inocuos robos y peleas de la banda de Sawyer han sido en Nicaragua, en Centroamérica y en América Latina multiplicados hasta proporciones espeluznantes. Según un estudio del BID, en América Latina hay 140 mil homicidios cada año. Cada latinoamericano pierde el equivalente a casi tres días anuales de vida saludable por causa de la violencia. 28 millones de familias son víctimas de hurto o robo cada año. Cada minuto, 54 familias son víctimas de un robo, aproximadamente una por segundo. La violencia, medida por cualquiera de estos indicadores, es cinco veces más alta en nuestra región que en el resto del mundo. Según el mismo estudio, "la violencia sobre los bienes y las personas representa una destrucción y transferencia de recursos de aproximadamente el 14.2% del PIB latinoamericano, es decir, 168 millones de dólares. En capital humano se pierde el 1.9% del PIB. Este porcentaje es equivalente a todo el gasto en educación primaria de la región. En recursos de capital, se pierde anualmente el 4.8% del PIB, la mitad de la inversión privada. Las "transferencias de recursos" que se realizan entre los criminales y sus víctimas alcanzan el 2.1% del PIB, porcentaje superior al del efecto distributivo que tienen todas las finanzas públicas.


Ante todo, un grupo de amigos

Las pandillas no son protagonistas exclusivas de toda esta destrucción. En el caso de Nicaragua, no hay duda de que los adolescentes y jóvenes han incrementado su participación en los delitos. En 1997, según datos de la Policía Nacional, el porcentaje de sospechosos de comisión de delitos en el rango de edad 13-25 años fue del 52%. Ese es precisamente el rango de edad de los pandilleros.

A inicios de 1999 las estadísticas policiales contabilizaron 110 pandillas, principalmente en Managua. Con un promedio de 75 integrantes por pandilla, tendremos un total de 8,250 pandilleros. Pero el fenómeno de las pandillas abarca un espectro más numeroso, por los diversos grados de involucramiento que se dan. La carencia de una clara definición de pandilla ha hecho difícil comparar la información acerca de sus diferentes expresiones en distintas ciudades y en distintos períodos de tiempo. La afirmación primaria es ésta: la pandilla empieza ante todo como un grupo de amigos, no como una asociación para delinquir.

Como Huck Finn, excluidos de la participación en las principales actividades institucionales, los pandilleros encuentran en la calle una vía alternativa de socialización. Estos muchachos comparten muchas experiencias similares -tensiones familiares, fracasos académicos, y carencia de interés en actividades legítimas- y la pandilla les ofrece una solución colectiva al problema de su propia identidad.


Socializados en la calle

Andar engavillados da poder, porque la pandilla acuerpa a sus miembros. Da prestigio, porque las actividades de la pandilla reciben una publicidad que trasciende las fronteras del barrio. La familia es una esfera de socialización de escasa importancia para los pandilleros. Muchos de ellos tuvieron que andar en la calle desde niños, vendiendo agua, gaseosas, raspadita. O fueron objeto de maltrato familiar y se lanzaron a la calle. La integración a un nivel social secundario vino dada por la desintegración del nivel primario, el de la familia. No hubo para ellos más remedio que socializar en la calle, con sus iguales. "La pandilla es mi familia", asegura uno de ellos. La mayor lealtad, por consiguiente, se la debe a sus broderes de la pandilla y no a su familia. Con frecuencia, la familia desconoce las actividades de sus miembros pandilleros o se desentiende de ellas.

El adolescente escoge pertenecer a un grupo al que sus amigos ya pertenecen, independientemente del rigor educativo del que haya sido objeto. Así lo recuerda César: "Cuando yo estaba más chatel, mis padres me pusieron mano dura. Me pegaban para que no fuera un vago. El problema no es de educación, ni de tener o no tener mano dura. Eso puede ser importante, pero no siempre. El problema es que te gusta ese ‘feeling’, andar de pandillero. Las amistades lo llevan a uno. Vos te integrás porque ahí están tus broderes."

Los amigos son un imán. Y la amistad necesita espacios y tiempos para consolidarse. Posteriormente, los amigos se jerarquizan. La pandilla es una oportunidad para definir distintos grados de amistad. De acuerdo a Neftalí: "No hay muchos amigos. Aunque en la pandilla todos nos hablamos, sólo con algunos nos llegamos a hacer compadres. Sólo con el compadre se hacen préstamos de reales. No con todos podemos ser compadres, porque en la pandilla hay muchos a los que casi no conocemos."

Otro pandillero ahonda más en la distinción entre el broder y el compadre: "La pandilla puede tener como 70 chavalos. Todos son broderes, pero sólo dos son compadres. Cuando conseguía armas, AK-47, yo se las daba a guardar a los compadres. Los otros majes me podían jugar letra. Sólo los compadres son de confianza. ¿Cómo se hacen los compadres? En mi caso, cuando estábamos en una cateadera contra otra pandilla, a mí me habían herido y estaba tendido en el suelo. Eramos muchos, pero sólo dos, que son mis compadres, se regresaron y no me dejaron morir. No me abandonaron en las manos de la otra pandilla. Los otros me dejaron ahí tirado cuando me abrieron la ceja. Por eso les debo la vida a mis compadres y, si algo les pasa a ellos, yo tengo que ir sobre. Los compadres te dan luz (dinero) aunque no hayás participado en el robo. Si salgo a robar con mis compadres, no hay pleito. Si agarramos cien pesos, los repartimos entre los tres. Por eso no robo con otros. Se quieren bajar la luz. Se meten los reales en los huevos y eso es bajín."

La vida en pandilla genera una historia común, un intercambio constante de conocimientos y un fortalecimiento de los lazos de amistad. Aunque el aspecto delincuencial sea el que más destaque para el observador externo, la motivación fundamental para los muchachos es acceder al espacio más inmediato de socialización y de fuente de identidad.


¿Pandillero o vago? ¿broder o dañino?

Así como existen diversos grados de amistad dentro de la pandilla, también detectamos diversos grados de membresía en el barrio. Hay diversas formas de estar vinculados a la pandilla. Los diferentes niveles de membresía complican la estructura organizacional de la pandilla y su papel en el barrio.

La pandilla es un dispositivo de integración social al barrio. En muchos barrios marginales de Managua, la mayoría de los jóvenes son pandilleros. Las familias que no tienen relación con los pandilleros permanecen relativamente aisladas. Existe una especie de presión social, un impuesto social que cobra la pandilla por la protección que brinda al barrio. "Nosotros gobernamos el barrio", dice un joven pandillero. Los activos intangibles de quien no paga ese impuesto social se deterioran notablemente. El impuesto va desde entregar recursos humanos a la pandilla y encubrir a un pandillero, hasta regalarles pequeñas sumas de dinero. Estas contribuciones monetarias son ofrecidas voluntariamente por los vecinos o "sugeridas" como aporte a los simples transeúntes. Los distintos grados de apoyo diversifican el vínculo: la simple tolerancia es el más leve y facilitarles armamentos es el más vinculante. "Los de la Aceitera llegan a mi barrio a armar la guerra. Entonces la gente de mi barrio nos dan reales para que compremos morteros", dice uno.

El opuesto del colaborador es el bombín (soplón), que se convierte en una víctima potencial. Un grado intermedio lo constituyen los peluches o acalambrados (acobardados), los que se niegan a participar en las peleas. Su reticencia es más punible cuando se les considera vagos, es decir, cuando comparten el mismo estatus que el pandillero, pero se niegan a contribuir a la defensa del barrio de la manera socialmente consagrada.

Existen diversos rangos de impuesto social, de acuerdo al estatus. A un joven evangélico o universitario no se le exigiría una vinculación fuerte, aunque sí que al menos no sea un delator. Los estatus están claros: sano o vicioso, decente o vago, broder -el rango máximo es el de compadre- o dañino. Las iglesias y otras instituciones contribuyen a definir los estatus. Y a cada estatus corresponden distintas obligaciones y roles. No se espera de un vago lo mismo que de un pandillero. Por lo general, el pandillero admite que serlo forma parte de una etapa de su vida y mantiene los ideales tradicionales: casarse con una muchacha decente, fundar un hogar. El abandono del estatus de pandillero implica el cambio de amistades. Andar con chavalas vagas es para pandilleros, las chavalas decentes son para cosas serias, como fundar un hogar. De todo hay en el barrio, y todos los estatus tienen su rol. El rol de un pandillero y el de un sano generan diferentes expectativas. Pero es la actividad de las pandillas la que marca el ritmo y las leyes: cuándo es temporada de guardarse en casa y cuándo el ambiente está despejado, por dónde transitar, hasta qué horas pueden llegar al barrio los desconocidos...


Defensores de sus barrios

Las pandillas son el esfuerzo espontáneo de los jóvenes para crear una sociedad para ellos mismos en medio de una donde no existe nada adecuado a sus necesidades. Lo que los jóvenes obtienen por medio de las actividades de la pandilla es lo que les es negado en el mundo de los adultos: protagonismo. Los tatuajes, el argot y un cierto código moral implican la creación de un cierto orden, su propio orden. La pandilla llega a determinar hasta la ecología del vecindario. El punto más palmario de ese poder es el hecho de que la pandilla ha conseguido transmitir sus tradiciones de una a otra generación. Cambian los integrantes, pero persiste el nombre, el código moral, los tatuajes, el territorio y los lugares de reunión.

La existencia de pandillas en otros barrios es un aliciente para tener una pandilla en el propio barrio. La pandilla adquiere el rol de defender su barrio. Muchos habitantes de los barrios sólo perciben como dañinos a los pandilleros externos. De ahí la capacidad de la pandilla para provocar sentimientos ambivalentes. Al final, todo el barrio termina involucrado, implicado, o al menos afectado. El barrio entero carga el estigma de ser un barrio de pandilleros. Para los externos, no se trata de un barrio donde hay pandillas, sino de un barrio pandillero.


Retrato de un "barrio de pandilleros"

Echemos una ojeada a uno de los barrios de Managua con mayor actividad de pandillas, el reparto Schick. Una larga calle, a manera de arteria central, atraviesa el barrio, que es en realidad un gigantesco conglomerado de barrios, construidos a golpe de sucesivas migraciones, muchas de las cuales provenían del lago de Managua. Hoy suman unos 40 mil habitantes. Cada ola migratoria tiene su historia y sus luchas: los lotes, el agua, la luz, las calles asfaltadas, las escuelas, las iglesias. Pero los líderes que encabezaron esas luchas ya murieron o se han jubilado de las actividades organizativas, y nadie ha querido ocupar su lugar. No es época de luchas comunitarias, sino del cada quien por su cacaste. Los sueños actuales tienen una dimensión más diminuta e individual. La arteria central del barrio concentra los espacios de recreación y el comercio. Billares, peluquerías, cantinas, alguna discoteca, improvisadas tiendas de ropa, ventas de fritangas y comedores de mayor coturno se suceden en hilera casi sin interrupción.

Este diminuto universo es el segmento de mercado para los pobres: una mesa de billar a un córdoba, en marcado contraste con los 30 córdobas que cobran los billares situados en zonas céntricas, "de clase"; un corte de pelo a 10 córdobas, seis veces menos que en una peluquería; las pacas de ropa usada procedente de los Estados Unidos, con prendas de calidad aceptable y muy baratas, son una de las pocas conexiones con la aldea global.

Distanciándonos de la gran arteria y adentrándonos en los nuevos asentamientos, aún con calles de tierra, la arquitectura de las viviendas se va haciendo más heterogénea. Casas amplias de concreto, con garaje incluido, conviven junto a habitáculos levantados a base de ripio. Los nuevos asentamientos son los tentáculos más vigorosos de un barrio en permanente expansión. Como en el resto del país, también en el reparto Schick la construcción es la actividad de más acelerado crecimiento. El barrio es hoy ciudad dormitorio o dominio de los desempleados.

En torno a los colegios revolotean los vagos. Vagos adentro y vagos afuera. Los de afuera acechan la ocasión de robarse una mochila o un tenis de lujo. Los de adentro procuran convertir en un tormento la vida de los profesores. Buscan cómo retar su autoridad, que sólo tiene un magro reconocimiento monetario de parte del Estado en institutos recién declarados semi-autónomos, hábil estrategia para liberar al Estado de sus responsabilidades sociales.

Los domingos el barrio cobra vida aún en sus callejones más inhóspitos. En una esquina cinco adolescentes se dan cita para fumar piedra. La madre de uno de ellos vende marihuana y piedra, y los beneficia con un precio preferencial. Algunos de ellos lucen moretones recientes y viejas cicatrices, secuelas de batallas locales. Las canchas de basketbol permanecen llenas. En muchas esquinas se improvisan canchas de fútbol, y en no menos se instalan, con sus prominentes barrigas al aire, grupos de adultos imantados en torno a una botella de ron.


Sectas y pandillas: una marca similar

Grupos de jóvenes, con sus Biblias bajo el brazo, cruzan presurosos las calles en dirección al templo evangélico. De algunos templos emanan músicas alegres. De otros sólo provienen alaridos y las decenas de voces atropelladas de una multitud que habla al unísono, cual si el don de lenguas se hubiera posesionado de la concurrencia, como en efecto pretenden que ha ocurrido. En el templo se asientan las verdades monolíticas, en medio de un mundo donde todo es frágil y se desconoce lo que traerá el día siguiente. En el templo se obtiene el bálsamo necesario para tomar un respiro al son del "pare de sufrir."

Según el sociólogo catalán Manuel Castells, el fundamentalismo, islámico o cristiano, se ha extendido y lo seguirá haciendo por todo el mundo en este momento de la historia de la humanidad en que las redes globales de riqueza y poder están enlazando puntos nodales e individuos valiosos por todo el planeta, mientras desconectan y excluyen a grandes segmentos de sociedades y regiones, incluso a países enteros. El reparto Schick es una isla en Managua, isla habitada por los analfabetos informáticos y los grupos sociales que no consumen. La secta y la pandilla marcan la vida del barrio. Ambas con una lógica de excluir a los exclusores, de redefinir los criterios de valor y significado en un mundo que no les brinda espacios. Como las sectas, las pandillas recurren a las identidades primarias en un mundo que los excluye. Como los creyentes de sectas, los pandilleros construyen sus propios significados y sus propios códigos morales.


Código de "caballeros"

Una urdimbre de reglas explícitas o tácitas perpetúan la institución de las pandillas. Sin esta trama no sería posible la regeneración del grupo de amigos con su peculiar carácter. Existe una ética del pandillero. Existen acciones enteramente intolerables para ellos. Lo más punible es ser bombín y esto -como en el código de Sawyer- merece desde la expulsión de la pandilla hasta la muerte. Acostarse con chavalas vagas puede ser tenido por violación sexual en ciertas circunstancias, aunque no habitualmente. El acto será condenado en dependencia del estatus de la muchacha. El estatus de vago es el que menos derechos proporciona. Pero también le confiere al pandillero la facultad de no contraer deberes. Mientras el pandillero permanece como vago, y en tanto sea un vago, las reglas ordinarias están suspendidas. Es normal -aunque insano- que robe o mate. Se trata de seguir la regla del o él o yo. O el otro tiene el dinero o lo disfruta el pandillero, o el otro muere en la pelea y el asalto o es el pandillero quien muere. En las peleas y asaltos predomina una moral de guerra. En el territorio de la pandilla es lícito, e incluso socialmente admitido, que se castigue hasta la muerte -se permite llegar al asesinato atroz- al pandillero enemigo que se atrevió a incursionar en territorio rival. La legalidad externa la impone la acción coercitiva de la policía. El sistema legal carece de legitimidad y la subcultura pandilleril, el gobierno de los pandilleros, impone sus reglas. A partir de ciertas horas, un desconocido en el barrio se transforma en un potencial enemigo. "Nada bueno puede querer el que camina tan de noche", dicen. Matarlo deja de ser inadmisible, porque hay que andar sobre, y no esperar a que el otro tome la iniciativa.

El vecindario también debe acatar cierto código, reglas mínimas de convivencia con las pandillas. Encubrir es preciso en determinadas circunstancias. No delatar es el permanente requerimiento. Así lo señala Augusto, uno de los pandilleros más aguerridos del Schick: "Los vecinos saben lo que uno es. Los otros vecinos no me decían nada por miedo. Les podíamos quemar el chante (casa). Pero con la mirada dicen: ‘Ahí va el ladrón’. Se lo reservan. En el barrio hay viejos que son bravos y tienen armas. Pero si un viejo se palma a cinco, los otros setenta le caen a él. O nos desquitamos con quien más le duela."

Un código similar es el que se impone en las calles de Los Angeles, California, según hallazgos de una antropóloga norteamericana: "En la vecindad la gente se conoce aunque nunca haya hablado, ni dicho hola con palabras. Basta el lenguaje corporal. Un gesto del rostro es un saludo y no es necesario conocer el nombre. Hay reglas para permanecer callado. Nunca podés ser testigo de nada. Nunca podés saber acerca de cualquier delito que hayás visto cometer justo bajo tu nariz, a no ser que querás que te maten."


Venganzas, castigos, solidaridades

Vengarse de los traidores es moneda corriente. Contra ellos, vale todo. El mismo Augusto recuerda una de sus venganzas: "Una vez estábamos en una fiesta. Ahí estaba un chavala, la ‘Chola’, que me quería hacer la venta a mí. Varios me dijeron: ‘Esa chavala te quiere hacer la venta; es bombina, le pasa información a los traidos.’ Ella les iba a decir dónde iba a pasar yo para que me cayeran los traidos. Y ella hasta ‘pipito’ me decía. Se hacía pasar por broder mía. Entonces yo me descobijo y me voy para mi chante. Pero ya voy malo. En ese momento decidí que todos los de mi pandilla la agarraríamos por la fuerza. La chavala es polaca (fácil). Un día la invité a la escuela cuando ya estaba vacía, y ahí cité a los broderes. Le caímos como 25. Y además le corté el pelo con una tijera. A mí no me cuadran las violaciones, pero es que esa chavala era bombina."

La imagen juega un papel determinante en la cosmovisión del pandillero. De ahí que también se penalice el querer presentarse como superior en algún aspecto a los demás. Pretender lucir es siempre penalizado. En las fiestas comienzan las peleas precisamente por castigar al que durante el baile destaca, se las quiere tirar de tuanis. Pitayoya II sentencia: "Nadie se las puede dar de tuani porque todos somos iguales. Y al que se las da de tuani, le pasamos la cuenta." La norma que más resalta es el principio de reciprocidad, soporte de la solidaridad y cohesión del grupo. Sobre ese punto hay muchos comentarios. Sofía de Los Comemuertos, observa que "si uno no tiene nada, los demás lo alivianamos. Hoy por ti, mañana por mí." Otra muchacha, Ruth, recuerda: "En las pandillas se comparte todo. No compartir es arribismo cuando uno se premia solo. Uno debe pensar que no siempre va a tener. Entonces: hoy por ti, mañana por mí."


Las peleas: actividad central

El código está al servicio del sentido de pertenencia, y éste posibilita las actividades. De ordinario, la gente identifica robo y consumo de drogas con pandillas. Y efectivamente, la mayor parte de los pandilleros son drogadictos y rateros. Pero no es éste el rasgo que más los identifica. En primer lugar, porque no son actividades exclusivas de ellos, aun cuando el colectivismo generado por la pandilla hace del grupo un fecundo caldo de cultivo para el consumo y comercialización de drogas. Muchos otros jóvenes sin mili-tancia en pandillas consumen drogas y roban. En Nicaragua, el consumo de drogas está más difundido de lo que habitualmente se supone entre adolescentes de las clases media y alta. En segundo lugar, robo y consumo de drogas no son actividades en las que participe toda la pandilla, o que sea imprescindible hacer en pandilla.

La única actividad que hace a la pandilla es la cateadera, las peleas. Ellas convocan al grueso de los pandilleros, que nunca van drogados a dar batalla. Las peleas -y no el robo ni las drogas- ocupan el lugar central en la vida y actividades de la pandilla. Las peleas son el motor de las pandillas. La sospecha -fundada o no- de que en el barrio vecino existe una pandilla organizada y que puede atacar en cualquier momento, crea la necesidad de una asociación para asegurar la protección mutua. En el sistema de creencias de las pandillas, la posibilidad de ataques de vecinos hace necesaria la organización de los jóvenes del propio barrio. La necesidad de protección contra los ataques de las pandillas rivales incentiva a los jóvenes a integrarse a una pandilla.


La espiral de la violencia

Violencia y lucha han sido elementos integrales de las pandillas desde sus orígenes. La violencia crea entre los pandilleros un sistema mítico y está constantemente presente. ¿Cómo se desata la violencia? César sostiene que "el traido con otros empieza cuando llegan a nuestro barrio a desbaratar chantes. Claro que nosotros vamos a otros lados a desbaratar sus chantes, pero eso es por venganza. Esa es la onda. Ellos venían un día y nosotros íbamos otro día. Desbaratando los chantes en otros barrios es que se arman las grandes turquiaderas. Varias veces le desbaratamos el chante al Gordo Cristóbal. También desbaratamos el chante de Moya. Con tubos doblamos las verjas de su casa, y entre ellas dejábamos ir los morterazos."

En esas situaciones se producen graves escaladas de violencia: "Una vez, en una de esas tiraderas de morteros -recuerda César-, un mortero le cayó a una niña ahí, en sus partes. Y le desbarató todo. El Negro Wil se fue a comer ese centavo. Por eso estuvo en la cárcel tres años. Pero de puro aire lo metieron. Otra vez un viejo sacó un AK y empezó a rafaguear hasta que se gastó el magazín. A uno le metió una bala en la frente y le salió por detrás. Le destapó la cabeza. De un solo. Ahí quedó en la calle. Luego, en venganza, le echaron gasolina a su casa y le iban a tirar una granada." Todos los pandilleros han presenciado muertes de compañeros. Muchos de ellos desde niños. Después las narran con la mayor naturalidad, como Elvis: "Otra vez Los Comemuertos le estaban desbaratando las casas a los Plo. Sin morteros, porque hacen mucha bulla. Fuimos 40 bloqueros. Los agarramos por detrás. Agarraron al Toro Sentado a patadas. El Pollo se corrió. Pero lo acabaron agarrando y le dijeron: ‘Ajá, vos andás con ellos. Guardame esto.’ Y le metieron 7 chuzazos en el estómago. Te los puede enseñar. Lo dejaron bien marcado."


Someten porque están sometidos

Las peleas hacen curriculum, generan prestigio, mejoran los activos intangibles de la pandilla. La venganza es la forma de garantizar un saldo positivo, evitar el balance que termina en números rojos. También las peleas individuales hacen fama, como destaca Augusto: "Cuando regresé al barrio en diciembre, después de andarme corriendo de la policía, había unos chavalos nuevos que no me conocían y querían que nos agarrarámos. Se las daban de tuanis. Había uno que quería catearse conmigo. Yo no soy bueno a los catos, pero me defiendo con las navajas. Él tenía una de esas navajitas automáticas, ésas bien tuanis, que salen de un solo cuando les apretás un botón. Y así nos agarramos con las navajas. Me hizo varios cortes en el brazo. Pero yo le dejé dentro el cuchillo. Ahí lo dejé tirado en el suelo y me fui en guinda. Tal vez se quieren aprovechar de uno, y es mejor actuar rápido, antes de que te perjudiquen. Entonces me respetaron más. Hay que andar sobre."

Un elogio muy común entre los pandilleros es: Ése no le niega el chuzo a nadie. ¿Por qué la violencia se ha convertido en un mecanismo para ganar fama? ¿Por qué precisamente la violencia? El ex-pandillero Bayardo dice: "Ahora miro a los pandilleros como gente que lleva una furia dentro y buscan cómo desahogarse." La pandilla ofrece una oportunidad para canalizar esa furia. El cientista social Khosrokharvar nos da una pista sobre el posible origen de esa furia: "Cuando el proyecto de construir individuos que participen plenamente en la modernidad revela su absurdo en la experiencia real de la vida cotidiana, la violencia se convierte en la única forma de autoafirmación del nuevo sujeto. La neocomunidad se convierte entonces en una necrocomunidad. De este modo, la autoinmolación se convierte en la vía para luchar contra la exclusión."

La reacción del pandillero en un mundo en el que él no es nadie es atacar, dominar el barrio, someter porque está sometido, demarcar un territorio porque vive en el desarraigo, asociarse a una institución que dota de identidad porque se carece de ella. El pandillero aspira a dominar en un entorno que lo excluye. César afirma sin disimulado orgullo: "Nosotros gobernamos el barrio sin que nadie nos diga nada. Si alguien nos dice algo, lo palmamos. Se acalambran porque somos muchos. Los jóvenes mandamos."

Un ámbito más reducido, el territorio del barrio, esa isla en medio de ningún lugar del mundo globalizado, o simplemente una calle, sirve de base a las nuevas identidades, más locales cuanto más inaccesible es la cultura del mundo globalizado y menos realizables son, para los pobres, las aspiraciones de la clase media que quieren imponerse como ideales juveniles. El dominio y defensa de un territorio genera identidad. Los ejes más complexivos de la generación de identidad se han caído. Se acude a dispositivos más locales. En Nicaragua, han contribuido especialmente a este clima los acontecimientos históricos de los últimos años. Hoy, el pacto FSLN-PLC ha iniciado el último réquiem al papel de las grandes disyuntivas políticas como ejes de identidad en relación a las cuales se canalizaba la agresión: reaccionario o revolucionario, sandinista o contra, liberal o sandinista, Alemán o Daniel. Para el pandillero, basta con ser ajeno al barrio para convertirse en un potencial enemigo. La territorialidad presta motivos a la expresión del malestar, sin que éste llegue nunca a cuajar en proyecto.


Suicidio: otra violencia

La violencia juvenil no sólo se manifiesta en las peleas de las pandillas. También existe la autoinmolación, representada en el suicidio, la violencia contra sí mismo. En 1996 la cifra de suicidios en América Latina, según cálculos del BID, alcanzó los 15,664. En Nicaragua, se ha disparado el número de suicidios. Así como la mayor parte de los homicidas son de jóvenes que matan a jóvenes, también son jóvenes la mayoría de los suicidas. En 1999 la Policía Nacional calculó una tasa de 24.4 suicidios por mes en Nicaragua, cinco suicidios cada seis días. Entre los suicidas, el 40% son menores de 20 años y el 73% menores de 30 años.

Aunque se suele suponer que la violencia auto-infligida es un problema de menor importancia respecto de los homicidios, un enfoque más profundo pondría atención sobre los vínculos suicidio-homicidio. Algunos de los más feroces pandilleros expresan tendencia al suicidio. El Negro Eddy, de 23 años, estuvo seis años recluido en la Cárcel Modelo. A los pocos días de nacido, fue abandonado por su madre en un basurero. Ahora ha emprendido un proceso de rehabilitación. Confiesa que muchas veces pensaba en su madre, en lo que le había hecho, y quería matarse. Pero su agresividad se volcó hacia fuera. Dio el salto del querer matarse al querer matar.

En cierto sentido, los pandilleros son los que han superado tendencias de muerte, quienes no se dejan aplastar por una realidad que los lleva a la desesperación. Su energía no se transforma en melancolía, sino en agresión. La relación entre el suicidio y la violencia de las pandillas es una veta poco explorada, en cuyas entrañas se podría encontrar la acuciante demanda de autoestima del adolescente marginado. La pandilla es una vía de solución a un problema que los suicidas no lograron superar.


Imagen, identidad, autoestima

En el nudo de la problemática de las pandillas está la autoestima. Parece la formulación que mejor calza y es capaz de expresar mejor el lugar donde empata una necesidad del adolescente (identidad) con el dispositivo cultural que la exacerba (hambre de imagen).

La identidad es un concepto clave. Es lo que está construyendo el adolescente. Y es también una necesidad de difícil satisfacción en nuestro tiempo. Castells sostiene que "la tendencia social y política de la década de los 90 es la construcción de la acción social y política en torno a identidades primarias, ya estén adscritas o arraigadas en la historia y la geografía o sean de reciente construcción en una búsqueda de significado y espiritualidad". Entiende por identidad "el proceso mediante el cual un actor social se reconoce a sí mismo y construye su significado en virtud sobre todo de un atributo o conjunto de atributos culturales determinados, con la exclusión de una referencia más amplia a otras estructuras sociales." Esa identidad primaria también resulta muy accesible en las sectas. De ahí el éxito de convocatoria que tienen y sus puntos en común con las pandillas: comunidad de creencias, código moral, demonización de los externos, muy desarrollado sentido de pertenencia. Pero mientras las sectas construyen en base a un sistema de dogmas, las pandillas construyen en torno a la territorialidad.

El pandillero necesita reforzar su identidad porque la siente amenazada. El territorio -amenazado- es cimiento material para expresar la identidad. Una vez obtenido ese soporte, el código, la simbología, el lenguaje y los tatuajes vienen a reforzar la constitución de la identidad. Se trata de una identidad no exclusivamente construida por los pandilleros. Algunos actores externos contribuyeron a su diseño. La publicidad de la violencia de las pandillas satisface el hambre de reconocimiento que tiene el adolescente. Paradójicamente, el tratamiento dado en los medios a los pandilleros como antisociales y enemigos públicos puede incentivar la membresía de las pandillas, porque una amplia cobertura publicitaria les garantiza notoriedad. Y eso es precisamente lo que buscan. "Nosotros peleamos sólo por fama, porque digan que somos tuanis," dice Elvis.


Con hambre desmedida de imagen

Cultivar la imagen, obtener fama, ganarse el respeto son las necesidades en las que ponen énfasis los pandilleros. Así lo destaca César: "Uno se gana su respeto. Nadie te anda con mates. Uno se gana el respeto con la broncas. A los más quedados les decimos peluche, gilberto, redondo, yoli, gil, acalambrado. Esos se ganan su galleta de puro aire a cada rato." Para no ser objeto de burlas, se agrede. "Cuando veían que puñaleaba a tres o cuatro hijueputas -recuerda el Negro Eddy-, los demás me respetaban y hacían lo que yo les mandaba." También lo afirma Cristóbal: "Con violencia fui implantando respeto. Antes nadie me respetaba porque era pobre. Pero yo me hice respetar, y es muy importante ganarse el respeto."

No se roba para satisfacer necesidades materiales básicas. Elvis recibe 25 pesos diarios y 70 los sábados. Pero no bastan para satisfacer su hambre de imagen: "Robo -dice- para llevar bastante luz a la cita con una jaña y que no me miren como mierda. Soy sietemesino y hablaba bien fino de chatel, por eso me clavaron de apodo ‘Pulmón de gato’. Me fui descobijando en el ambiente. Al principio me daban coscorrones todos los de la pandilla. Pero poco a poco me fui dando publicidad."

La droga también juega el mismo papel: "Con la droga me sentía el máster", dice el Negro Eddy. Incluso se pelea con alguien porque se las da de tuani, porque baila mejor, porque está impresionando a una muchacha, porque quiere mandar a los demás. Se compite por la imagen. Lo que más enorgullece a César es haber labrado su fama de pandillero, de vago: "Pero de mí, aunque una chavala esté bien buena, no sale violar. Para eso tengo mi labia, mi parla, mi color de vago. A muchas jañas les gustan los vagos. Yo soy pobre. Eso todo el mundo lo sabe. Pero hay chavalas de las colonias que se interesan por los vagos. Y son chavalas sanas. Les cuadra la fama, el color, los majes pandilleros que andan metidos en las regazones."

Después de todo, la pandilla satisface una gama de necesidades no tan extrañas: respeto, ser alguien, fama, atractivo. Como no se consiguió la estima de los adultos, se rompe con su orden y se busca el respeto de los iguales, los pares. "La mara es mi family", suelen decir los pandilleros. Sus aspiraciones lindan la frontera de las realizaciones de la clase media. Debido a que la consecución del éxito la miden con los estándares de la clase media, se frustran al no poder alcanzar sus metas de estatus. Quieren alcanzar metas que la sociedad estima importantes: prestigio, diversiones que determinan estatus. Al encontrar que los medios legales para alcanzar esos objetivos se encuentran muy desigualmente distribuidos, procuran alcanzarlos por vías ilegales.

El hambre desmedida de imagen refleja una baja autoestima. Se sienten maltratados en sus casas, subestimados por la sociedad. Y la obsesión por la imagen los conduce a querer ser tenidos y estimados por machos, crueles, temerarios, brutales, violentos. Esa imagen de rudos es la que van a defender. De ahí la violencia aparentemente desproporcionada.


Una expresión cultural de este tiempo

¿Por qué en nuestra sociedad la imagen ha llegado a cobrar una importancia tan desmedida? Las acciones de los pandilleros deben ser observadas, entendidas e interpretadas no sólo en sí mismas, como un fenómeno característico de los barrios marginales, sino también como una expresión cultural que comparte rasgos con una constelación más amplia de actitudes y percepciones no exclusivas de los pandilleros. Se trata de ver la pandilla insertada en la cultura dominante como una pieza más, y no de verla únicamente en lo que tiene de subcultura.

Para verla en su correcta dimensión, hay que establecer un paralelismo entre el comportamiento del pandillero y el comportamiento socialmente admitido. Si las vemos así, las pandillas actuales de Nicaragua se insertan en -y no son ruptura de- un paradigma cultural caracterizado por:

- El hedonismo. Se roba, no por necesidad material, sino por hambre de belleza. Se roba para ir al cine, comprar droga o comprar ropa bonita. El estatus y el nivel de vida opulento son también metas de los más prestigiados y famosos de nuestra sociedad.

- La ilegalidad. Cometer actos ilegales no desentona en modo alguno en nuestra sociedad, donde la ley se incumple abiertamente, y donde "el pecado" no es ser ilegal sino no tener éxito al serlo.

- La obsesión por la imagen. La clase media se engancha a beepers y a celulares más allá de sus posibilidades financieras, se esmera en acumular curriculum, los brochures se multiplican en las instituciones, las ONGs invierten desproporcionadamente en lobby, los administradores de empresas se especializan en vender más una buena imagen que un buen producto. Todos hacen marketing. Hay que verse bien para venderse bien, más vale parecerlo que serlo. La imagen nos cotiza en el mercado. El pandillero hace lo mismo. Se vende con todos los medios a su alcance: ropa, tatuajes, acciones espectaculares. No hace nada distinto, sino lo mismo, por otros medios, los medios ilegales, en un marco en el que impone la lógica del o él o yo.

Criminólogos y sociólogos han confirmado incuestionablemente que el auge epidémico de la violencia pandillera tiene sus raíces en la conducta de la excluyente y deshumanizada economía actual. La mano invisible que "ordena" el inequitativo "mercado libre" empuña también un AK-47, un mortero, una navaja. Al vago Huck Finn, héroe literario de hace un siglo, tan contento entonces con sólo su libertad, se le han creado nuevas necesidades en la sociedad de consumo, se fue sintiendo excluido, y por eso se ha ido tornando cada vez más y más agresivo.

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