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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 208 | Julio 1999
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Nicaragua

Posoltega: pecado original de una catástrofe

Los damnificados tienen mucho más claro que el gobierno que no pueden vivir el resto de sus vidas como damnificados. Demandan tierras, pero el gobierno no resuelve. En Posoltega se cruzan los problemas de la propiedad aún no resueltos y los problemas de una vulnerabilidad anunciada.

José Luis Rocha

Posoltega fue el principal foco de la atención nacional e internacional tras el devastador paso del huracán Mitch por Nicaragua y Centroamérica. Se estima que, en este municipio, 2 mil 513 personas murieron, sepultadas por el deslave del volcán Casita, a cuyo pie se asentaban las comunidades de El Tololar, El Torreón, La Virgen, El Porvenir y Rolando Rodríguez. Estas dos últimas, las más golpeadas por el Mitch, estaban integradas por cooperativistas beneficiarios de la reforma agraria de los años 80, afiliados a la Unión Nacional de Agricultores y Ganaderos (UNAG), el gremio agropecuario más beligerante del país.

En un arrebato oportunista, el gobierno de Arnoldo Alemán declaró de utilidad pública las tierras más afectadas por el deslave, las de la Rolando Rodríguez y las de El Porvenir. La promesa de ser indemnizados los compensaría de esta pérdida. Pero cuando el Ministerio de Hacienda y Crédito Público dio publicidad al listado de quiénes iban a recibir indemnización, los damnificados eran los grandes ausentes. En la ominosa lista, aparecieron insólitamente registrados los nombres de los antiguos propietarios, de quienes poseyeron estas tierras en tiempos de Somoza, los que ya habían sido indemnizados en los años 90 por la expropiación sufrida en los años revolucionarios.

Tierra quieren y no vanas palabras

En esta situación -dolor por la tragedia e injusto despojo- un grupo nada desdeñable de los damnificados, nada menos que 247 familias, decidió tomarse la finca El Tanque, de más de 700 manzanas, situada a escasos kilómetros de la cabecera municipal. Aunque la finca es de propiedad estatal, está en manos de la empresa de los trabajadores Carlos Agüero, que mantiene sobre esas tierras un contrato de arriendo con opción a compra. Esa "opción a compra" resulta una posibilidad difícilmente realizable: sobre la empresa pesa una deuda con el Estado que supera los 26 millones de córdobas. La Carlos Agüero es una más entre decenas de empresas agropecuarias del Area Propiedad de los Trabajadores (APT), surgidas tras la derrota electoral del sandinismo. Todas estas empresas están endeudadas. Y todas están en la mira de quienes acumulan tierras y reconstruyen el latifundio en el país.

Ante la necesidad de tierra para sembrar, las 247 familias de damnificados decidieron revivir las luchas campesinas de los años 70. Aun después de resuelto el problema de las viviendas de los damnificados -tarea en la que, con muy buena voluntad se han concentrado varias ONGs- está pendiente el problema de dónde van a sembrar los damnificados. La solución a este problema compete fundamentalmente al gobierno de Nicaragua, y dar con una adecuada solución hará viable la reconstrucción de las economías familiares damnificadas, evitando que la tragedia tenga una segunda edición aún más devastadora.

En Posoltega existen diversas opciones, alternativas a la toma de tierras. "¿Quieren que nos convirtamos en campesinos lumpen?", preguntaba uno de los damnificados, desconcertado ante la insensibilidad del gobierno para con su necesidad fundamental: tierra para sembrar. Algunos podrían incorporarse al maltrecho sector urbano informal, apenas capaz de proporcionar empleos pésimamente remunerados. Otros ya están viajando diariamente desde los refugios hasta las faldas del Casita para sembrar en ellas, porque no disponen de otras parcelas. Lo hacen con mucho esfuerzo, viéndose en la sin remedio. Los más temerarios han optado por continuar residiendo en áreas propensas a futuros deslaves. Por todos estos caminos queda insatisfecha la necesidad de tierra y los damnificados continúan en una total dependencia del programa de alimentos por trabajo, situación que no puede prolongarse por tiempo indefinido. La realidad es que se está postergando para un indefinido futuro la solución de un problema que se tornará más acuciante a medida que disminuyan los flujos de ayuda asistencialista post-Mitch. Los damnificados tienen mucho más claro que el gobierno que no pueden vivir el resto de sus vidas de la tragedia, siempre damnificados.


Con diagnóstico y sin alternativas

Algunos apuestan a que no tardará en producirse un repoblamiento de las zonas de alto riesgo, sea por damnificados o sea por nuevos moradores, que surgirán de entre los miles de campesinos necesitados de tierra. "Es mentira que estas tierras van a permanecer baldías -decía un posoltegano-. Son magníficas. Si no vienen los damnificados, ya vendrán otros." Es una afirmación verosímil. Quien lo dude puede echar una ojeada sobre los terrenos que a fines del siglo XIX fueron afectados por la erupción del volcán Santiago, en Masaya, aún saturados de ásperas rocas volcánicas, donde con dificultad crecen algunos arbustos y donde, sin embargo, han brotado nutridos asentamientos poblacionales en años recientes. Ni el riesgo ni la aridez han frenado las oleadas de nuevos pobladores.

La zona del deslave del volcán Casita había sido declarada de alto riesgo antes del Mitch. En la propuesta de ordenamiento territorial elaborada por el Ministerio de Recursos Naturales y del Ambiente (MARENA), de 1997, se estableció una clasificación del territorio nacional por niveles de riesgo. De acuerdo con esa clasificación, el 50% de la población de Posoltega estaba amenazada por una catástrofe de origen natural (geológica/volcánica). Un 22% estaba en situación de alto riesgo y un 27% en situación de riesgo medio.

El deslave hizo patente el diagnóstico de los técnicos, que presumen que otra catástrofe de esa magnitud sólo podrá ocurrir dentro de decenas de años. En todo caso, entre los pobladores la convicción que existe, después que vieron lo que vieron, es que a la parca nadie se le capea, vaya donde vaya y ni aunque se rape a cero. Con esa misma convicción, pero con notables ventajas, en el mero cucurucho del volcán Casita, en la hacienda Bella Vista, ni siquiera los indemnizables señores Callejas han evacuado a sus trabajadores, y en vísperas de la época de lluvias, era notorio el trasiego de camiones movilizando nuevas matas de café. Hoy como ayer, hay que correr el riesgo de vivir y de cultivar en el Casita. Con sus casas de habitación convenientemente alejadas del peligro, los terratenientes llevan mucha ganancia en seguir cultivando estas tierras. Los campesinos no tienen alternativa, ni el gobierno se las presenta. Es así como se están creando las condiciones para una nueva catástrofe.

¿Cómo se construye una tragedia?

¿Cómo se generó ese colosal desastre natural que fue el deslave del Casita? La pregunta es clave en Posoltega. A lo largo de muchas décadas, los patrones de drenaje del municipio fueron siendo modificados por cuatro factores: la alta susceptibilidad de los suelos a la erosión hídrica y eólica, la deforestación de la antigua capa vegetal -en las colinas, por la explotación de madera preciosa con fines industriales y en las planicies, para establecer el cultivo del algodón-, el mal uso dado a los suelos con prácticas agrícolas inadecuadas, y la construcción de caminos y sus formas de mantenimiento. De acuerdo a los expertos, después de 45 años, el paisaje ha cambiado tanto en toda la planicie que, tras el huracán Mitch, el sistema de drenaje de 1999 nada tiene ya que ver con el de 1954.

El hombre cambia paisajes: levanta urbanizaciones, edifica puentes, tala bosques y los convierte en pastizales, rotura caminos y carreteras. Después, la Naturaleza le pasa la factura y cambia las relaciones humanas. Ejemplo de esto son muchos asentamientos que en las ciudades surgieron como producto inesperado de migraciones inducidas por desastres naturales, generalmente inundaciones. El costo social de estos fenómenos escapa a los estadígrafos. Los desatres naturales no han cesado nunca de cambiar la vida de millones de personas.

Históricamente, Nicaragua apenas había prestado atención al municipio de Posoltega y a sus condiciones. Poco se había escrito sobre este lugar, y dentro de lo poco la literatura no es muy halagüeña. Ephraim George Squier -quien en 1849 visitó Nicaragua como encargado de negocios de los Estados Unidos en Centroamérica- fue uno de los escasos viajeros célebres que transitaron por el municipio y quisieron dejar memoria de ello: "Dos leguas más allá de Quezalguaque, después de atravesar campos parejos y montuosos sobre un trayecto ancho y liso, se llega a Posoltega, pueblo de unos quinientos a seiscientos habitantes, sin ninguna otra notabilidad que su antigua iglesita, más notable por su ruinoso estado que por su arquitectura." También William V. Wells, otro viajero norteamericano que una década después recorrió en parte la misma ruta, coincide con el lapidario juicio de Squier: "En Posoltega está una de las iglesias más antiguas de Nicaragua (La Quesalqueca), ahora en ruinas." El biólogo sueco Carl Bovallius visitó Nicaragua después, en 1882. Fue el único que consignó una imagen positiva: "La vía férrea corre casi paralelamente a la cadena de volcanes, primero hasta Telica, al pie del volcán del mismo nombre, después más lejos por Chichigalpa y Posoltega, dos ciudades prósperas y limpias, habitadas principalmente por indios..."

La herencia de desastres anunciados

Tras su talante casi inocuo, Posoltega abrigaba una bomba de tiempo. Así quedó elucidado en el informe tiulado Estudio para la ejecución de un plan de medidas inmediatas de prevención y mitigación para la zona del volcán Casita, elaborado para INIFOM-PROTIERRA poco después de la tragedia, abril 99, por un conjunto multidisciplinario de profesionales.

En la preparación de este estudio, el equipo debió enfrentar serias limitantes. La primera que apuntan sus autores es "el hecho de que Nicaragua no cuente con una institución depositaria de toda la información física básica, por lo que aunque exista un cúmulo de datos pertinentes, provenientes de estudios hechos por el personal nacional y extranjero, es poco lo que pueden aportar los mismos al no estar disponibles." El equipo también se quejó de la poca disponibilidad encontrada en las instituciones especializadas para dar información. Y echó de menos la existencia de observaciones precisas sobre el ciclo hidrológico. La red de pluviometría -excepto en el Ingenio San Antonio- no tiene la densidad adecuada. No pudieron observar pluviógrafos en la zona y señalaron que no existen mediciones del caudal de agua y de azolves en ninguno de los ríos.

Aun con todas estas limitaciones, hicieron el diagnóstico. Conscientes de que el deslave y los destrozos que ocasionó significaron la mayor desestabilización de las laderas y territorios aledaños del complejo volcánico del San Cristóbal-Casita, aumentando la vulnerabilidad de la zona y amenazando seriamente al poblado de Posoltega y a las poblaciones asentadas al pie de los volcanes San Cristóbal, Chonco, Telica y Casita, el programa PROTIERRA-INIFOM -con financiamiento del Banco Mundial- contrató a un grupo de profesionales para la caracterización geodinámica de los eventos del área, que debía enfocarse fundamentalmente en la identificación de los sitios críticos (zonas de alto riesgo) que demandan acciones inmediatas de mitigación y prevención. La principal conclusión del estudio fue ésta: "De acuerdo a los estudios y sondeos técnicos en el área, la estructura geológica y geodinámica del área permite inducir una fuerte predisposición a eventos como el deslizamiento ocurrido en octubre de 1998."

Adverso el entorno y adversa la historia

En el estudio se lee que hace más de 25 millones de años Nicaragua evolucionó hacia la conformación de un margen continental volcánico activo. El istmo centroamericano cuenta con una cadena volcánica que forma un sistema de arco, adyacente a la fosa mesoamericana y determinada por la placa de Cocos, de naturaleza oceánica. Ese arco forma parte de un frente volcánico que se extiende 1,100 kms. y va desde la frontera entre México y Guatemala hasta el centro de Costa Rica. En el caso de Nicaragua, este arco -de más de 300 kms. de longitud- se encuentra integrado por dos grandes segmentos: el que va desde el Chonco hasta el Momotombito en el Lago de Managua, pasando por varios volcanes, San Cristóbal, Casita, Telica, Santa Clara, Rota, Cerro Negro, El Hoyo y Momotombo; y el que parte del volcán Masaya y termina en el Madera, situado en la isla de Ometepe del lago Cocibolca, pasando por Apoyo, el Mombacho, Zapatera y el volcán Concepción.

Desde el punto de vista geológico, la región de Posoltega es una de las más vulnerables del país. Los esfuerzos tectónicos internos se retienen en esos segmentos del frente volcánico y se manifiestan en movimientos telúricos verticales. Esto, unido a la erosión provocada por el hombre, sienta las bases de una elevada inestabilidad superficial que ocasionalmente se traduce en deslizamientos. En el Casita como en otros volcanes, son abundantes las zonas débiles de rocas altamente fracturadas, tendientes a derrumbes y deslizamientos facilitados por la inclinación natural de sus laderas. Las cenizas volcánicas también han alterado los minerales de arcilla que, en dependencia de la cantidad de agua y el grado de las pendientes, suelen perder toda su fuerza de cohesión interna. Los deslizamientos no han sido una novedad en la historia geológica del Casita. Los valles colgantes situados en distintos puntos de sus faldas, son vestigios de los mismos.

El fatídico 30 de octubre de 1998 el exceso de agua ocasionó un cambio en la densidad de la masa y un aumento de la presión, que desembocaron en un ingente y mortífero deslave. Pero las endémicas condiciones geológicas adversas contaron con un facilitador humano. Esto también quedó patente en el estudio.

Construir y destruir paisajes

Los geólogos reconocieron que, aun cuando las fuerzas internas y la geodinámica externa están más allá del control del ser humano, la intensa actividad que supuso la producción algodonera en los años 50-60 y la deforestación vinculada a ella, aceleraron de manera significativa la tasa de erosión y, por eso, la frecuencia de los deslizamientos. La zona de Posoltega ha sido una de las más afectadas por los llamados procesos antrópicos. El estudio encontró que la inestabilidad en las laderas del Casita por "la erosión de los suelos, la pérdida de cobertura boscosa de sus pie de monte y cimas, la presencia de minifundios en las fuertes pendientes, entre otros, han sido factores que han determinado el alto grado de vulnerabilidad social y ambiental que favoreció la ocurrencia del fenómeno geodinámico" del 30 de octubre.

La deforestación es el factor más frecuentemente mencionado como causante de los deslizamientos en colinas. Aunque no se puede establecer una correlación única entre derrumbes y deforestación, se ha insistido en su vínculo. El ex-Director del MARENA, Jaime Incer Barquero, ha denunciado que, sólo en abril de 1998, 18 mil incendios forestales quemaron casi 150 mil hectáreas de bosques en el país, insistiendo en que "la degradación del medio ambiente tiene un costo real que nunca es incorporado por nuestros economistas en los indicadores económicos, pero que termina siendo cobrado masivamente en situaciones de crisis como la del Mitch, en forma de vidas humanas y destrucción material."

El crecimiento poblacional ha sido comúnmente asociado a la deforestación. La necesidad de leña de los pobladores campesinos, la expansión del área agrícola y, con ella, de los incendios forestales, van devorando la cubierta boscosa. Un análisis estadístico basado en el cruce de múltiples variables que la FAO realizó en países de ingresos medios y bajos en 1994, indicó que en los 98 países estudiados, el crecimiento poblacional del 1% entre 1975-80 condujo a un descenso de la cubierta forestal del 0.12% entre 1980-85.

En Nicaragua la tesis del incremento poblacional como causa forzosa de la deforestación no tiene tanto sustento. Un caso es San Francisco Libre, uno de los municipios más deforestados del país y con una relativamente muy baja densidad poblacional. El desplazamiento de los pobladores de los valles hacia las laderas fue factor clave para incentivar la deforestación en muchas zonas. Convertidos allí en productores de granos básicos, los campesinos contaban con el sustento básico durante la mayor parte del año y proporcionaban la mano de obra estacional que requerían las grandes haciendas exportadoras de algodón, café y azúcar en las épocas de cosecha.

Posoltega sí tiene una alta densidad poblacional. Con 123 habitantes por kilómetro cuadrado, es uno de los municipios más densamente poblados del departamento de Chinandega: un habitante por hectárea. Pero este indicador no basta. En la relación entre crecimiento poblacional y deforestación, existen otros puntos de vista que discrepan de los resultados de los estudios de la FAO. En el número de junio 99 de la prestigiosa revista científica World Development, uno de los articulistas asegura que el crecimiento poblacional no siempre precede a la deforestación y no constituye necesariamente la causa primaria de la pérdida del bosque. Llega a sostener que el crecimiento poblacional puede inducir la siembra de árboles. Como soporte empírico de sus tesis, apunta que observaciones aéreas e investigaciones de campo concluyeron que en Kenya y en Nepal la densidad de árboles se incrementó con el crecimiento poblacional. Señala también que, según estadísticas gubernamentales, existe una positiva asociación entre crecimiento poblacional y cubierta forestal en Ruanda y Argelia, países donde los agricultores transformaron bosques degradados en plantaciones agroforestales. La presión poblacional hizo que en el minifundio fueran adoptadas prácticas tecnológicas que incrementaron la productividad.

Construir y destruir a la gente

La historia agrícola del municipio de Posoltega revela que el crecimiento demográfico no ha sido tan nefasto para la cobertura forestal como la concentración de la tierra y los patrones de uso agroexportador de la tierra. La alta concentración de la tierra sentó bases para que un grupo minúsculo depredara las maderas preciosas e impusiera masivamente determinados patrones en el uso de los suelos.

Inicialmente, y según un reciente estudio de la cientista social Angélica Fauné, se constituyó el latifundio ganadero. Entre 1900-1945 la ganadería extensiva se convirtió en el principal eje de acumulación del municipio y configuró una estructura agraria basada en el binomio latifundio ganadero-minifundio campesino. La actividad ganadera inició el despale del bosque natural. Posteriormente, desde la década de los 40 hasta fines de los 70, irrumpió el cultivo del algodón, instalado sobre la base de un despale masivo, dándole el tiro de gracia al bosque. El terrateniente -que no reside en la zona- fue indiferente a las consecuencias ecológicas de la plantación algodonera, mientras el campesino era desplazado progresivamente hacia las laderas del volcán.

Según el estudio, sobre la geodinámica del municipio, "el cultivo del algodón significó, además del auge económico de entonces, una serie de procesos que contribuyeron al alto nivel de deterioro que ha incrementado la fragilidad y vulnerabilidad que hoy tiene ese territorio. El excesivo uso de agroquímicos y de mecanización agrícola, el asentamiento de comunidades campesinas en las faldas y laderas de los cerros y volcanes del área, las prácticas inadecuadas de producción y el desenfrenado proceso de deforestación aplicado, no sólo contribuyeron a reducir las altas ofertas productivas que brindaban los suelos de esos lugares, sino también a alterar y modificar el sistema de drenaje y la estabilidad de los pie de monte de las elevaciones en el territorio."
Los patrones de uso agroexportador de las tierras han sido también denunciados por Incer Barquero como uno de los cuatro jinetes del Apocalipsis que contribuyeron a gestar el desastre del Mitch: "Los modelos inapropiados de producción que han significado desde hace décadas el algodón en Chinandega y León y los pinares en Las Segovias; y un proceso continuo de deterioro ambiental y social que se ha apoyado en un uso inadecuado de la tierra y sus recursos naturales."

Minifundio: sin oportunidades

Desde fines de la década de los 70 se produjeron en Posoltega ocupaciones de tierras. Abanderados con la consigna "Tierras ociosas para manos laboriosas", los campesinos que habían sido desplazados por la expansión algodonera reivindicaron su derecho a la propiedad agraria. La reforma agraria de la revolución en los años 80 legalizó la posesión que, de hecho, ellos habían ganado. Pero para entonces la suerte estaba echada, la tierra ya estaba arrasada. En Nicaragua apenas ha existido oportunidad para que el minifundio despliegue sus potencialidades, entre ellas su capacidad de reforestación.

En Posoltega, el proyecto Pikín Guerrero -financiado por NORAD- y el proyecto Los Maribios -financiado por la FAO y la cooperación holandesa-, en los años revolucionarios, buscaron apoyar el desarrollo forestal y agroforestal, impulsando la plantación de árboles y la diversificación productiva, y creando las brigadas contra incendios. Pero los efectos fueron relativamente fugaces, casi no dejaron huellas. Este campesinado, ubicado en áreas distantes al mercado, tuvo que competir desde la posición desventajosa que no padecen los terratenientes: falta de crédito, problemas de transporte, falta de información y tecnología inaccesible.

La tragedia del latifundio

La maquinaria de la reconcentración de tierras tritura propiedades de reforma agraria, las recicla y las pone a disposición del latifundio. En los años 90, éste se ha tornado manicero o tabaquero. Da igual. Sus pautas productivas siguen siendo fatales para los posolteganos. Esas pautas, que antes produjeron deforestación, hoy traen el paro tecnológico. Actualmente, se insiste en la necesidad de introducir normativas en el uso de la tierra y cambios productivos que, de una manera integral, coadyuven a detener la alta tasa de erosión y sedimentación.

El saldo del Mitch en la geografía ha sido objeto de innumerables inventarios. Se registran cauces erosionados y sedimentados, nuevos cauces no registrados en las cartas topográficas, cauces deformados por el material arrastrado en la zona del deslizamiento, cauces de los ríos que en la zona llana y como producto de la sedimentación se encuentran al nivel del terreno natural, cauces sin una adecuada franja de protección forestal en sus márgenes, destrucción de puentes y deforestación en la parte superior de la cuenca.

Es una situación que genera alarma, pero no medidas efectivas. De hecho, están dadas todas las condiciones para que se repitan catástrofes como la del Mitch: latifundio con un inadecuado uso de los suelos, aún más familias campesinas sin tierra y muchas de ellas viviendo en áreas de alto riesgo. Por este conjunto de calamidades, no todas las soluciones pueden ser reducidas a medidas tecnocráticas. Una solución profunda al problema pasa por la restructuración de las relaciones productivas. No bastan siembras construyendo terrazas, por muy indispensables que éstas sean. Lo primero es que quienes construirán esas terrazas tengan tierra.

Los que se han quedado

Los damnificados en Posoltega han emprendido tres caminos: viajar diariamente desde los refugios hasta sus tierras para sembrar en ellas, quedarse a vivir en ellas aun a costa del riesgo, y revivir las luchas de los años 70. Los que viajan saben que ésa no es más que una solución provisional. Los que se quedan saben que deben estar "ojo al Cristo", antes de que cualquier normativa del gobierno les prive de lo poco que tienen. Es el caso de Juan Rueda, quien vive en la cúspide del Casita, donde pastan sus 40 cabezas de ganado. Como sus hermanos -que aún viven en las faldas del volcán- se siente viejo para estar viajando todos los días. "Yo no es que quiera hacerme el renuente -asegura Ernesto Rueda-, pero el gobierno no me da tierras y no me quiero ir a meter en una tierra no legalizada a la pura bulla y después tener problemas. Si no tuviéramos agua, entonces me zafaría. Pero es que allá abajo nos dan casa, pero no donde trabajar. Algunos tienen miedo por el peligro del cerro. Yo te digo que si el Señor no nos llevó esta vez, en otra nos llevará, aquí en el volcán o allá en el refugio. Yo confío en que estos desastres no ocurren tan seguido."

Los que no se conforman

El otro grupo es el que ocupó las tierras de El Tanque. De las 247 familias que inicialmente participaron en la toma, 84 aceptaron la oferta de cinco organismos internacionales y se mudaron a la comunidad de Santa María, donde les entregaron 96 manzanas. Aunque con ese donativo no resuelven su necesidad de tierras, allí tienen garantía legal sobre los terrenos. Las 163 familias restantes continuaron la negociación con los de la empresa Carlos Agüero, que finalmente se avino a ceder 260 manzanas de El Tanque. Hasta la fecha, este acuerdo no cuenta con el aval del gobierno, indispensable porque la Carlos Agüero había recibido amenaza de embargo por su abultada deuda.

Las negociaciones entre los trabajadores agrícolas de la Carlos Agüero y los damnificados implicaron cuatro encuentros de dirigentes de la UNAPA y la UNAG, gremios a los que respectivamente pertenecen las partes en litigio. La administración municipal y algunas ONGs participaron en la negociación y los damnificados reconocen que los evangélicos del CEPAD jugaron un papel destacado.

Además de las 260 manzanas cedidas en El Tanque, y posiblemente de otras 240 manzanas de alguna de las fincas que la empresa tiene en León, los de la Carlos Agüero pusieron como condición a los damnificados que los apoyen en su reclamo de que el gobierno les otorgue título definitivo a las casi tres mil manzanas, sobre las que tienen un contrato de arriendo con opción a compra desde los tiempos de la "concertación" entre los sandinistas y el gobierno de Violeta Chamorro.

Para dar los primeros pasos en la construcción de sus nuevas viviendas en El Tanque, los damnificados debían negociar pronto para no perder la oferta de las ONGs. Pero también necesitaban un aval del gobierno. Aunque a regañadientes, el aval llegó. Con fecha 2 de junio de 1999, el Ministro Agropecuario y Forestal, Mario De Franco, envió una carta a Hans Petersmann, embajador de la República de Alemania en Nicaragua. No hace falta pitonisa alguna para captar que la misiva fue una reacción oficial a la airada protesta de una delegación de diputados alemanes que visitó Posoltega en mayo para comprobar in situ que los damnificados no tenían ni una sola casa construida ni en construcción. La delegación alemana acusó al Presidente de Nicaragua de "hipócrita". En su carta-reacción, De Franco informa que el Presidente de la República delegó en su Ministerio la misión de buscar solución al problema de la reubicación de los damnificados del Mitch en Posoltega, "específicamente de aquellos que se encuentran ocupando la finca denominada El Tanque."

Tomando como argumento la complejidad de la situación de El Tanque -ya que sus antiguos dueños la reclaman y ya que la empresa de los trabajadores Carlos Agüero suscribió con el Estado un contrato de arriendo con opción a compra- De Franco anuncia que la solución definitiva de ese conflicto tardará varios meses. Pero asegura que, dada la acuciante necesidad de los damnificados, su "Ministerio no ve ningún obstáculo en que se inicie de inmediato el proyecto que ejecutará la Organización Médico Internacional", que había ofrecido viviendas a los habitantes de El Tanque a condición de que contaran con una garantía sobre la propiedad de esa finca.

"Presidente Clinton, aquí no llegó nada"

Pero aquí no puede acabar esta historia. Las 260 manzanas que los obreros agrícolas cedieron a sus hermanos campesinos son insuficientes para sostener a 136 familias. Por añadidura, el gobierno aún no se ha pronunciado respecto de la negociación entre los damnificados y la Carlos Agüero. Como expresó un poblador de El Tanque: "Ese fue un convenio entre hermanos. Pero no ha contado con la participación del gobierno. Nosotros, los de El Tanque, lo único que necesitamos es urgentemente una respuesta positiva del gobierno, que emita un documento oficial. Con manazana y media no solucionamos más que el problema de la vivienda. Una familia, para producir y sobrevivir, necesita al menos 5 manzanas. Hasta ahora hemos sobrevivido con la ayuda del programa de alimentos por trabajo y con los comestibles que hermanos de la UNAG nos han hecho llegar: yuca, malanga, repollo... Pero eso no va a seguir por mucho tiempo. Con la visita de Clinton aquí pensamos que muchas cosas se iban a solucionar, pero queremos decirle al Presidente Clinton que lo que él ofreció para Posoltega lo seguimos esperando siempre, porque no ha llegado."

En el caso de Posoltega se cruzan significativamente los problemas de la propiedad aún no resueltos en Nicaragua y los problemas generados por la vulnerabilidad que acentuó el Mitch. Casi todo está pendiente. Lo mismo que las de El Tanque, muchas otras familias de damnificados continúan esperando una solución a sus necesidades que vaya más allá de las viviendas y que los saque por fin de la recurrencia de las catástrofes.

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