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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 155 | Diciembre 1994
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El Salvador

Monseñor Rivera y Damas con la luz de Monseñor Romero

Monseñor Rivera y Damas ha muerto cuando su patria no ve aún consolidada la paz. Hasta el último día, Rivera se mantuvo alerta. Hasta el final, siguió la tradición que le heredó Monseñor Romero.

Juan Hernández Pico, SJ

El 26 de noviembre, a los 71 años, murió en San Salvador el arzobispo Arturo Rivera y Damas. Nadie lo esperaba. Un infarto masivo en la madrugada le permitió únicamente llamar a su obispo auxiliar, Gregorio Rosa Chávez para decirle que se sentía mal. En pocos minutos no pudo hablar más y murió. Durante los ocho días en que su cuerpo aguardó la sepultura, el pueblo salvadoreño demostró lo mucho que amaba a su pastor, digno heredero del amadísimo Monseñor Romero.

Su última alegría: Monseñor Romero santo

El 20 de noviembre, Monseñor Rivera tuvo la que sería su última homilía dominical. Era la fiesta de Cristo Rey, último domingo del año litúrgico. Acababa de regresar de un largo viaje por Italia y Canadá. En Italia había asistido al Diálogo Interreligioso, a la inauguración de la Conferencia Mundial de las Religiones para la Paz. Y había visto al Papa.

También había buscado y saludado en Milán a algunas de las 10 mil salvadoreñas que, trabajando mayoritariamente como empleadas domésticas, viven allá. En Turín pidió a Don Bosco, fundador de su congregación religiosa - los salesianos -, luz para guiar a los salvadoreños. En Hamilton, Canadá, celebró el 16 de noviembre el aniversario de los mártires jesuitas de la UCA - era la primera vez que no lo celebraba en El Salvador -. Todo esto lo contó él mismo en su homilía. Mucha parte de su vida era un libro abierto que leía los domingos a su gente.

Ese día Rivera habló también de otras cosas. Ilusionado por ver en los altares a su antecesor mártir, Monseñor Romero, habló de cómo iba su proceso de beatificación: ya estaba en Roma y durante su estancia había dado recomendaciones a varios expertos para acelerar los trámites del proceso. Horas antes de su muerte ? contó después su obispo auxiliar, Rosa Chávez ? le alegró la noticia de que el Papa había comunicado que creía poder beatificar a Monseñor Romero antes del año 2000.

¿La vía o la vida?

En la tradición de Monseñor Romero y dando continuidad a sus homilías del año 1994 - cumbre de su servicio episcopal -Rivera recogió en esta su última homilía el hecho más importante del mes de noviembre en El Salvador: la brutal represión con que la Policía Nacional Civil y la Fuerza Armada enfrentaron el paro de los empresarios de buses en la ciudad de San Miguel, dejando 3 muertos y 20 heridos. De inmediato, el Presidente Calderón Sol se responsabilizó públicamente por haber llamado al Ejército, decisión claramente inconstitucional.

En su homilía, Rivera se preguntó si se habían agotado los medios pacíficos antes de ordenar la intervención del Ejército. Unos días más tarde, el Procurador de los Derechos Humanos declaró categóricamente que no, que no se habían agotado y que ni siquiera se intentó usarlos. Rivera fue al fondo del asunto: "¿Qué era más importante: dejar libre la vía o respetar el derecho a la vida que tiene todo ciudadano?". Y denunció también el decomiso de un video que agentes de la PNC hicieron a un periodista, devolviéndoselo después con las imágenes cruciales alteradas. "No será fácil establecer la verdad - dijo Rivera -, pero la plena verdad es la primera obligación de las autoridades, aunque salgan malparadas la Policía Nacional Civil y el Ejército"

Rivera fue más allá en su denuncia: "Aquí - dijo - tuvimos una `Comisión de la Verdad', un `Grupo Conjunto' que indagó los grupos irregulares armados, y no se hizo caso a la verdad. Nosotros tememos la verdad y por eso es que falla nuestro proceso de paz, porque donde no hay verdad y hay mentira, ahí la paz se tambalea. Reino de verdad y de vida: esto quiere decir que debemos trabajar para que realmente entre nosotros impere la verdad, impere el respeto a la vida. Porque aunque haya pasado el conflicto, se sigue matando a la gente y eso no es conforme al plan de Dios, reino de santidad y de gracia".

55 años de buen pastor

Romero, la verdad y la vida en El Salvador: ésos fueron los temas centrales de su última homilía. No en abstracto, sino en la actual realidad: la nueva policía, el ejército, la desmilitarización o remilitarización del país, los escuadrones, los acuerdos de paz y su cumplimiento o incumplimiento. Al final, agradeció el mensaje de los obispos de Estados Unidos confrontando la proposición 187 contra los inmigrantes ilegales de California, en el que la califican como antihumana y contraria a las raíces culturales del país. Así, hasta sus últimas palabras públicas en este mundo, Rivera fue coherente, en la tradición de dos arzobispos excepcionales, sus predecesores: Luis Chávez (1939-77) y Oscar Romero (1977-80). Han sido los de Rivera 55 años de ser un "buen pastor".

Indudablemente que la próxima coyuntura salvadoreña quedará muy influida por el Arzobispo que el Vaticano nombre para la Arquidiócesis de San Salvador. La gente - los pobres, los que fueron refugiados, los repobladores - se volcaron alrededor de su cuerpo, expuesto ocho días en la Basílica del Sagrado Corazón. Durante los años de guerra, Rivera cargó con sus dolores y con sus esperanzas. "Con este pueblo - había dicho Romero - no cuesta ser buen pastor". Indudablemente, este pueblo merece ahora seguir teniendo un buen pastor, que dé continuidad a tradición pastoral de tanta trascendencia para Centroamérica.

No pueden renunciar dos ministros - el de Hacienda y el de Agricultura -, acusados de corrupción, no puede seguir la división en cadena de los partidos - el PDC ha tenido ya otra escisión y el FMLN ve salir de su seno a la ERP y tal vez a la RN -, no puede continuar la subversión de los valores, sin que haya un buen pastor que acompañe con su presencia y su reflexión el caminar de este pueblo.

San Nicolás y Von Galen

En un reciente número del semanario Orientación, el Arzobispo Arturo Rivera y Damas recordaba que hace 34 años su consagración como obispo quedó marcada "en la perspectiva de Dios y de los pobres". En aquella ocasión, otro obispo, Monseñor Valladares, le presentó como modelo la figura de San Nicolás , obispo de los pobres. San Nicolás - luego transformado en el legendario Santa Claus de las Navidades -había dedicado su vida a los que Valladares llamó "los preferidos de Dios". Recordaba Rivera que Valladares le evocó también la figura de Von Galen, obispo de Münster durante el nazismo, a quien la gente llamó "el León de Münster" por su coraje al negarse repetidamente a darle a Hitler el carácter de mesías y al no aceptar la justificación religiosa con que el nazismo llevó adelante sus pesadillas racistas. Von Galen se convirtió entonces para Rivera en modelo de obispo profético.

El sucesor de Romero

Durante casi dos décadas, Rivera - obispo auxiliar de San Salvador - ayudó al Arzobispo Chávez a asimilar el Concilio Vaticano II y lo que fue su creativa historización en América Latina: la conferencia de Medellín. En aquella larga etapa, Rivera se ganó el aprecio de católicos que vibraban con la justicia social - como Guillermo Ungo - y se volvió una amenaza para la minoría de salvadoreños que se atrincheraba tras la riqueza y el poder y proclamaba su "amistad con Dios". Cuando en 1977 Monseñor Chávez renunció a su cargo, la Conferencia Episcopal y la Nunciatura temieron entregar el relevo a Rivera.

Aquel cargo, que muchos esperaban y deseaban que fuera para Rivera, fue para Monseñor Romero, un obispo conservador y amigo de los ricos "piadosos". Transformado por las comunidades cristianas, por la miseria de su pueblo y por los asesinatos martiriales de sus sacerdotes en profeta, pastor y teólogo como los grandes padres de la Iglesia, Romero terminó asesinado. De nuevo era la hora de Monseñor Rivera y aunque el sistema no le tenía ninguna confianza, no pudieron menos que mantenerlo durante varios años como Administrador de la Arquidiócesis, pero sin nombrarlo Arzobispo. Así podían quitarlo en cuanto que pareciera o actuara demasiado comprometidamente.

A Rivera le tocó vivir el despertar de los pobres de El Salvador. Los vio adquirir dignidad, asumir responsabilidades en la historia y construir y consolidar organizaciones populares. Los vio también ser las principales víctimas de una terrible represión que buscó quitar apoyo a esa decisión última que fue la guerra, combatida también mayoritariamente por los pobres. Rivera fue testigo de migraciones de miles y miles de salvadoreños hacia Estados Unidos y de gigantescos desplazamientos internos en busca de refugio. Rivera vivió como árbitro el comienzo del diálogo para resolver el conflicto. En todas las peripecias de la guerra y en el duro peregrinar del pueblo, Rivera tuvo siempre palabras pastorales comprometidas "desde la perspectiva de Dios y de los hombres".

Ante las elecciones

1994 fue para Rivera una especie de cumbre pastoral, la coronación de una coherente trayectoria. El inicio del proceso diocesano que culminará con la beatificación de Monseñor Romero, dio a su heredero, el Arzobispo Rivera, una nueva fuerza espiritual. Si en los primeros años de su servicio episcopal la inspiración le vino de San Nicolás y de Von Galen, es en el arzobispo mártir de San Salvador en quien vio definitivamente "inspiración y luz que ilumina los caminos de la patria", como confesó en su homilía del 6 de marzo. Y fue en los diversos informes que han dejado en claro, tanto el asesinato de Romero como el de los jesuitas de la UCA, donde encontró el aliento para un renovado compromiso con la verdad.

Rivera fue siempre un obispo interesado en la política y en las relaciones fe-política. A lo largo de su vida, animó siempre a los jóvenes universitarios - Ungo entre ellos - en sus opciones democristianas o socialdemócratas. La Iglesia, a través de los laicos, debía influir cristianamente en la historia: eso era central en su pensamiento. Cuando en marzo de 1994 se encontró ante las primeras elecciones en condiciones de paz y libertad de la historia de El Salvador, Rivera mostró claramente sus opciones cristianas. Las fundamentó en el mensaje que la Conferencia Episcopal había publicado al comenzar la campaña electoral con el título "Votar pensando en el futuro".

Dos semanas antes de las votaciones, Rivera fue más diáfano. Un voto en conciencia, responsable, pensando en el futuro - dijo el 6 de marzo - no podía apoyar a ARENA. Y aunque no mencionó directamente al partido, sí exclamó en su homilía: "¿Cómo se puede votar pensando en el futuro si se apoya a quienes no toman en serio los acuerdos de paz, si se pasa por alto quiénes son los asesinos de Monseñor Romero y quién organizó el complot contra su vida y dio la orden de matarlo?"

Para entonces, Rivera sabía muy bien que en las encuestas la intención de voto favorecía a ARENA. Pero no buscó ni caer bien ni seguir la corriente. Distinguió en su homilía entre lo que las encuestas decían - "qué piensa la población, sin entrar en juicios de valor sobre opiniones" - y lo que la Iglesia debía hacer - "fomentar la opinión de las personas de acuerdo a los valores del Evangelio" -. Y dijo la verdad delante del pueblo, sin cuidarse de quién iba a llegar al poder y a pesar de las amenazas que ese probable poder tenía pendientes contra él. Eso es ejercer la profecía.

"Lo quieran o no - dijo también antes de las elecciones -, la sombra de este crimen (el asesinato de Monseñor Romero) persigue a quienes, aún después de catorce años, siguen impenitentes idolatrando al hombre que quiso resolver los problemas de El Salvador a sangre y fuego (Roberto D'Aubuison). Nosotros ya hemos perdonado. Pero no podemos callar lo que la Comisión de la Verdad comprobó y presentó ante los ojos del mundo: el futuro de El Salvador no se puede construir en la mentira, la prepotencia, la corrupción, el odio y la injusticia. El votante que tiene una conciencia rectamente formada sabe que es así".

Roberto D´Aubuisson lo mató

A lo largo de 1994, que iba a ser el último de su vida, Rivera realizó un notable esfuerzo pastoral y profético para que no se olvidara lo investigado por la Comisión de la Verdad. Eso es ejercer la profecía. Luchar por mantener viva la memoria histórica en El Salvador es ir contra la corriente. Una mayoría quiere olvidar. Unos, para asegurar la impunidad y el sistema. Otros, por cansancio. Pero borrar el pasado posibilita las injusticias y los crímenes del futuro. Ante el resultado de las elecciones, Rivera comprendió el voto de muchos pobres y lo interpretó así: han votado "con el estómago".

Dos meses después de las elecciones, el 10 de mayo, Rivera volvió a referirse a D'Aubuisson en su homilía dominical. ARENA había obtenido una clara victoria en las elecciones y El Diario de Hoy estaba publicando artículos que enturbiaban la figura de Monseñor Romero y sugerían al Vaticano la sustitución y el retiro del Arzobispo Rivera.

En este contexto, Rivera evocó el Credo cristiano historizándolo. "No se puede hablar de Monseñor Romero y de su trabajo pastoral - dijo - si no se menciona a D'Aubuisson, como no se puede hablar de la pasión de Cristo sin tropezar con Pilatos y Judas y con Anás y Caifás. La cosa es así porque su pontificado se vivió en medio de la persecución. Fue ante estos hechos (los asesinatos de los sacerdotes Rutilio Grande y Alfonso Navarro) como descubrió Monseñor Romero su misión de profeta y se convirtió en voz de los sin voz hasta que esa voz fue silenciada. Fue D'Aubuisson el que dio la orden de matarlo".

Para Rivera, los que quieren que se deje de recordar a los actuales gobernantes de ARENA su pasado de connivencia con crímenes horrendos, quieren también que se siga sin investigar ni desmantelar a los escuadrones de la muerte, manteniendo así amenazados mortalmente a todos los que promueven la justicia. Los que quieren ese olvido son los que tolerarían que se hablara de Romero, pero en abstracto. Incluso que se le venerara como santo, pero dentro de 50 años, cuando recordar su vida y a los que lo mataron no tenga ya ninguna incidencia histórica en El Salvador.

Impunidad y corrupción

En el contexto de la difícil elección de la Corte Suprema de Justicia, Rivera dijo en su homilía del 3 de julio: "Sólo se logrará poner coto a la violencia si se aplica la ley con firmeza e imparcialidad". Y pidió que al frente de la Corte hubiera "una persona que además de no depender de las orientaciones del partido gobernante tenga la valentía para combatir de frente la impunidad". Y el 10 de julio: "En el marco del mes del periodista me parece importante señalar uno de los problemas mayores de El Salvador: la falta de memoria con relación a tantos hechos graves ocurridos en el pasado".

En septiembre, Rivera reflexionó sobre el texto del Libro de la Sabiduría que habla de Dios, los justos y los malvados, para recordar que "los malvados" son los que mataron a Romero y a Ellacuría para hacerlos callar. Y son también los que hostigan a Don Samuel Ruiz en Chiapas y al nuevo Arzobispo de Guadalajara, Don Juan Sandoval, porque no cree las versiones oficiales sobre la muerte accidental y no intencional del Cardenal Posadas. Recordó Rivera que el asesinato del Obispo-Vicario Castrense de El Salvador, Monseñor Joaquín Ramos, en 1993, "se va perfilando como crimen intencional".

"También Monseñor Ramos - dijo - para algunos resultaba incómodo y sin duda alguna por eso lo sacaron de en medio. Vamos a seguir con nuestro empeño para hacer resplandecer la verdad en este caso, para infligir una derrota más a la impunidad, que desgraciadamente sigue campante y oronda en medio de nosotros".

También la corrupción preocupó a Monseñor Rivera, siempre desde la perspectiva de los pobres. "Lo más triste es que los robos al Estado - dijo en su homilía del 25 de septiembre -, la malversación de fondos y toda forma de hacer trampa al fisco impide que se disponga de más recursos para la inversión social. La corrupción en las altas esferas la pagan los más pobres".

También habló en este mes de los boat people haitianos y de los balseros cubanos. Que no se discrimine - dijo-, rechazando a unos en base a la pobreza de su país y recibiendo a los otros en base a compromisos políticos con los Estados Unidos.

En vísperas de su muerte, en octubre, preocupaba a Rivera el terremoto político que sacudía a los tres partidos más importantes del escenario nacional: ARENA, la DC y el FMLN. "A simple vista - dijo en su homilía del día 9 - se podría pensar que se trata de un reacomodo a la nueva realidad. Una mirada más atenta descubre un hecho preocupante: la crisis de credibilidad que padecen los institutos políticos precisamente ahora que su papel es tan importante. Si los dirigentes políticos no dan muestras inequívocas de que buscan todo el bien de la nación y no sus propios intereses, el pueblo se sentirá tentado a pensar que la democracia es sólo aparente. De ahí a las soluciones de fuerza, no hay más que un paso".

Morir por la justicia

En octubre conmovió al país un hecho inexplicable: narcotraficantes agarrados in fraganti salieron libres por decisión de un juez que alegó defectos de procedimiento y la Fiscalía de la República no apeló la sentencia. Rivera denunció este hecho en su homilía del día 30: "No queremos que maten a nuestros jueces, pero ellos deberían estar dispuestos a morir por causa de la justicia". Tan escandaloso hecho le dio pie para evaluar la administración de justicia en El Salvador. Reclamó rectitud para que los casos criminales sean juzgados en los tribunales hasta llegar al fondo de las cosas. Denunció que no se habían visto resultados con la nueva Corte Suprema de Justicia. Previó que la magnitud de la frustración producida por el caso de los narcotraficantes podía dar lugar a que se cerrara toda investigación en otras denuncias de corrupción, lo que sería nefasto. Y señaló que "se siguen dando, en abierta oposición a nuestro proceso de paz, asesinatos al estilo de los escuadrones de la muerte y violaciones de los derechos humanos por parte de las autoridades", ofreciendo ejemplos concretos.

En todas las intervenciones de Monseñor Rivera en 1994 hay un hilo conductor. El proceso de paz no puede quedarse en formalidades. La causa de la guerra - una insoportable represión como única respuesta a las aspiraciones de las mayorías - hay que seguirla denunciando. No se puede transformar en ídolos a asesinos al servicio del capital y del individualismo insolidario. No se puede permitir que cambien las cosas en la superficie y nada cambie en la raíz profunda del país. Para lograr un cambio de verdad hay que mantener vivas "las memorias del fuego", el memorial de los mártires, especialmente el de Monseñor Romero.

Ahora, Arturo Rivera y Damas acompaña ya, junto a Oscar Romero, el tenaz caminar del pueblo salvadoreño.

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