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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 142 | Octubre 1993
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Nicaragua

Niños de la calle: el futuro en riesgo

¿Por qué hay niños en las calles? ¿Qué hacen allí? ¿Qué riesgos corren? ¿Qué se puede hacer para enfrentar un problema que crece cada día y parece no tener solución?

Raquel Fernández

En cada semáforo, en los mercados, en los centros comerciales, en las concentraciones populares por cualquier motivo -procesiones, ferias, mitines políticos, encuentros deportivos-, ahí están ellos, ofreciendo chicles, caramelos, cigarrillos y mil chucherías. O, simplemente, atentos a cualquier descuido para completar por las malas el dinero de la comida.

Son los niños y niñas de la calle, niños generalmente sucios, con los zapatos rotos o descalzos; vestidos con ropa demasiado grande -procedente de muchos usuarios anteriores-, o demasiado pequeña
-creció el niño, pero la ropa no-; con el pelo larguísimo porque nunca hubo reales para ir al barbero o rapado, porque cuando hubo reales, lo pelaron lo más posible para que durase bastante, de ojos temerosos y audaces al mismo tiempo, azotados desde antes de nacer por el rechazo social y la miseria. Pero capaces de reir y jugar. Porque son niños, y los niños niños son, aunque sean niñas y niños de la calle.

Ellos son el último eslabón de la miseria, los más indefensos. Son los que reciben el último empujón, el que ha ido acumulando violencia y brutalidad desde las altas esferas de la sociedad despeñándose de peldaño en peldaño hasta llegar a desplomarse sobre ellos. Pero de algún modo ellos logran esquivar lo más duro del golpe y sobrevivir con brillo en la mirada.

Un panorama desolador

Nicaragua es un país abrumadoramente joven. Según estadísticas publicadas por UNICEF, el 50% de los 4 millones 100 mil nicaragüenses que viven hoy en Nicaragua son menores de 16 años, lo que daría una población infantil cercana a los 2 millones.

Datos confiables señalan que aproximadamente 600 mil menores viven en situación de riesgo, pero esta cifra parece muy conservadora. En el país, el índice de desempleo supera el 60% y son precisamente las familias de más bajos recursos las que tienen mayor número de hijos por desconocimiento de los procedimientos de planificación familiar, por falta de recursos para adquirirlos o por prejuicios morales para aplicarlos.

Es necesario entender como "menor en riesgo" no sólo al que corre el peligro de convertirse en un delincuente, sino también el que se aproxima a la muerte por hambre, lo que está ocurriendo cada vez con mayor frecuencia en Nicaragua. O al que corre el riesgo de acceder a la subnormalidad por el camino de la desnutrición.

En este contexto, parece más creíble que sean 600 mil los niños que cuentan con protección suficiente durante los primeros años de su desarrollo, mientras el resto, millón y medio, se encuentran corriendo graves riesgos de diferentes tipos: social, económico, nutricional, moral o todos a la vez. Las palabras engañan: los niños y niñas considerados "en riesgo" no son los que de verdad corren riesgos, sino aquellos que, en su edad adulta o desde ahora, pueden poner "en riesgo" a la sociedad "decente". Es claro que un ladrón diestro en escalamiento o un hábil asesino con navaja trapera ponen en mayor "riesgo" a la "buena sociedad" que un subnormal por desnutrición.

Los niños de Managua

Managua es la mayor concentración humana del país, también lo es de niños. Más de medio millón de niñas y niños viven o sobreviven en la capital y es allí donde se plantean los problemas más visibles. La concentración y la proximidad ayudan a que los niños de Managua encuentren diferentes formas de organización juvenil, como pandillas, que los convierten en potencialmente peligrosos para la sociedad.

Es por esta peligrosidad que los niños de la ciudad tienen alguna posibilidad de recibir un mínimo de atención y cuidado oficiales. Los niños del campo, aislados y lejos de las cajas de resonancia donde pueden hacer oír sus voces, mueren de hambre en silencio.

Pero tampoco los niños de la ciudad importan mucho a los estamentos oficiales, más ocupados en realizar actividades escaparatistas que un trabajo eficaz. Son diferentes ONGs las que, en mayor o menor medida, con mejor o peor éxito, tratan de hacer algo por aquellos de quienes Jesús aseguró que era el Reino de los Cielos. Aunque sus esfuerzos se asemejan mucho a la heroica gota de agua en el desierto.

MARÍA, 16 AÑOS

¿Dónde vives? ¿Dónde está tu casa?En el Oriental¿Ahí hay vivienda?Bueno, en los callejones¿Desde cuándo vives ahí?Desde hace cuatro años¿De qué comes?...Sí, mujer, ¿cómo te ganas la vida?...¿Te metes con hombres?...¿Tienes hijos?Sí, uno, de un año.¿Te ayuda el papa?No, él es casado. ¿Tú sabías eso cuando empezaste con él?Sí, pero me decía que iba a dejar a la otra para venirse conmigo.¿Te ayuda con el niño?No.¿Por qué?No lo he vuelto a ver.¿No lo has buscado?Sí, pero en la dirección que dio no vive, ni lo conocen.¿Y ahora?No sé.¿Vas a seguir en lo mismo para vivir?No sé.¿Y si te viene otro hijo?No sé.

Los imposibles números

En un país donde no hay estadísticas muy confiables para casi nada, es muy difícil saber con exactitud cuántos niños trabajan en la calle y cuántos han pasado a vivir definitivamente en ella. Un estudio realizado por el Ministerio de Gobernación en 1991, logró determinar que en ese momento había en Managua unos mil niños que habían caído en el hábito de inhalar pegamento, lo que es considerado algo así como el último peldaño en la caída de un niño, la puerta de entrada al mundo de la droga, de donde no tienen muchas posibilidades de ser recuperados.

Estimados posteriores elevan esta cifra hasta los mil 300 en la actualidad. Buscando una aproximación numérica y en base a informes de los educadores de calle, que trabajan directamente con los niños, se estima que por cada niño que llega a la etapa de la inhalación de la pega hay por lo menos 10 que viven toda o la mayor parte de su vida en la calle. Es decir, en las calles de las ciudades de Nicaragua viven entre 12 y 15 mil niños, por lo menos.

Es imposible saber cuántos niños trabajan en la calle. Son numerosos los que, antes o después de asistir a la escuela, colaboran en el ingreso familiar vendiendo periódicos, tortillas, caramelos o reposterías. Pero al terminar su jornada laboral son esperados y queridos en un hogar, aunque no haya casa. Estos no son niños de la calle. Son niños trabajadores. Aunque su infancia está muy comprometida por responsabilidades desproporcionadas, son niños protegidos en alguna medida.

El camino que lleva a la calle

Los niños no llegan a la calle por gusto, sino porque no tienen otra alternativa. Muchos de ellos se iniciaron acompañando a su solitaria madre en el tramo del mercado o en su tarea de trabajadora informal junto al semáforo. Otros llegan a la calle huyendo de un ambiente familiar insoportable.

Según la psicóloga Adilia Amaya, del Instituto de Promoción Humana (INPRHU), para conocer con precisión qué riesgos corre un niño y cuáles son sus posibilidades de recuperación, es necesario saber si es niño o niña, qué va a hacer a la calle, a qué sector de la calle, si va solo o acompañado y, si va acompañado, de quién. "No es lo mismo una niña solita en un mercado vendiendo agua todo el día desde muy chiquita que un varoncito que vende las tortillas que prepara su mamá en su propio barrio, cerca de su casa y que ya cumplió los 12-14 años", explica Amaya. "El primer caso es crítico. Esa niña tiene un futuro atroz seguramente, mientras que el caso del niño es poco problemático, en principio".

"Claro que no se puede absolutizar en nada -añade- pero lo normal es que quien está en una situación extremadamente difícil y compleja a tan poca edad, no acierte a encontrar una salida correcta". Es cierto que existen numerosas excepciones de niños tipo protagonista de Charles Dickens que, a pesar de haberse desarrollado en circunstancias muy difíciles, han logrado superar situaciones casi imposibles. Pero, ¿alguien sensato permitiría que sus hijos corriesen peligros abrumadores con la esperanza de que pertenezcan después a la casta de los niños extraordinarios?

Francisco Picado, coordinador de la Comisión Nacional de Protección a la Niñez Nicaragüense, que depende directamente de la Presidencia de la República, afirma: "El niño que no es atendido busca dónde encontrar algo de atención. Y ese apoyo puede estar en un vecino, en donde un familiar, en la amistad de otro niño que ya se inició en la calle".

Amaya abunda en el mismo sentido: "El niño necesita un adulto que sea su referente, con el que se identifique. Puede ser un tío, una madrina, la abuela, o un vecino. Al niño no le preocupa el grado de consanguinidad. Y este referente tiene una gran importancia en la vida del niño".

Pero, ¿qué lleva al niño a la calle? La investigadora social Sylvia Sakes tiene una hipótesis: "Muchos estudios demográficos se refieren a la estrategia de los padres para recibir apoyo de los hijos cuando sean ancianos, pero pocas veces se considera esta estrategia como de corto plazo. Sin embargo, hay miles de cosas que hacen los niños: apoyan el trabajo doméstico, halan agua, trabajan como lustradores, voceadores, cuidando y/o limpiando carros, etc. Crece la cantidad de niños en estas actividades a medida que se agudiza la crisis económica.

"Esta necesidad económica del apoyo de los niños puede contribuir a explicar el maltrato hacia ellos, lo cual es un problema serio. La difícil situación económica requiere el apoyo de los hijos pequeños y por las mismas presiones que provienen de la pobreza, es difícil para los padres ceder a las presiones de los hijos en cuanto a la comida, la diversión y otras necesidades que los niños demandan, descargando la madre sus frustraciones sobre ellos.

Para muchas mujeres desesperadas, la poca seriedad con que a veces trabajan los niños les obliga a recurrir al maltrato como la única forma que les queda para conseguir esa ayuda. Bajo estas presiones, un sinnúmero de niños huyen de sus madres. Un vicio de la `antigua moral', como es disciplinar a los niños a golpes, no se erradica fácilmente si al mismo tiempo el trabajo de ellos es parte importante en las estrategias de sobrevivencia de sus madres o tutoras.

Hay otro elemento -puntualiza Amaya- que es la situación familiar. Es menos terrible la situación de un niño o una niña que sale con el seguimiento de un adulto responsable, aunque no sea su madre. Alguien que esté pendiente de si vendió o no vendió, cómo transcurrió su trabajo en el día, que lo espera con interés y, a su regreso, le ofrece aunque sea una tortilla con sal. Es muy distinto a que no lo estén esperando, que ni siquiera sepan si llegó o no llegó. Porque si hay muy poca atención al niño o ninguna, se genera un elemento que lleva al niño a permanecer más tiempo en la calle".

El martirio de ser niña

Las condiciones de las niñas y de los niños son muy difíciles en medio de la calle, pero son aún peores para las niñas. En los mercados y paradas de buses, las niñas son abusadas de forma casi segura. "Eso lo sabe todo el mundo - afirma Amaya -. Lo sabemos los que trabajamos con ellas, lo sabe la policía y lo saben los comerciantes, conductores y personas que trabajan allí y son precisamente algunos de éstos quienes abusan de ellas".

Hay toda una mecánica para pervertir a las menores. La niña llega a los sectores de los mercados o paradas de buses porque es el punto de afluencia de la población, con la perspectiva de vender más fácilmente su producto. Pero la situación económica hace que sean muchas las niñas que ofrecen y pocos los compradores. Existe una enorme competencia. Además, en torno a las paradas de buses suele haber cantinas y ventas de licor, donde los adultos se "entonan" hasta que ven a la niña vendedora con malos ojos.

En ese momento, llegan varias vendedoritas ofreciendo su mercancía. Y el adulto hace una propuesta: "Te compro toda la venta si me permites..." Y en el estómago vacío corretean ratones como tigres y en la casa, los hermanitos hambrientos lloran. Y pasa lo que pasa. Y queda lo que queda. Y las malas son las niñas, porque los hombres, ya se sabe, son hombres. Pero estas niñas, además de tener hambre en el estómago, con mucha frecuencia tienen también hambre en el corazón. Hambre de cariño, de un poco de dulzura, de alguna manifestación de estímulo. Y un adulto capta rápidamente esa carencia. Y las enamoran con procedimientos burdos: "Que sos la única, que te voy a regalar tal y tal, que ninguna como vos". "Son niñas de 12, 14 años -explica Amaya- con graves carencias afectivas, económicas, nutricionales, de todo. Y se ilusionan. Y después, el batacazo".

JOSE, 16 AÑOS

-¿Por qué te metiste a la vagancia?-Ahorita no hay trabajo. Yo trabajaba, pero la gente me reprochaba que yo había sido vago y decían que yo robaba.-¿Y era verdad?-Sí, pero no me gustaba que me lo dijeran.-¿Eres casado?-Sí, ella tiene 20 años, nos asociamos económicamente. Ella trabaja en lo que sea y yo, robando. Nos da para la "piedra" para los dos.-¿La piedra...?-Sí, la piedra, el crack que le dicen.-¿Has estado en la cárcel?-Sí, tres veces.-En la comisaría o en Tipitapa?-En Tipitapa.-Pero tienes 16 años...-Es que ya voy a cumplir los 17. Ahora estoy bajo fianza por robo con violencia.¿Quién pagó la fianza? ¿Tu mamá?Mi mamá vive en otro lado, tengo tiempo que no la veo. No, pagó ése de allá, el "Munra". -¿Cuánto fue?-Mil pesos-¿Es bastante?-Aquí nadie está sólo. Hay crédito. Todo es que caigan los reales y todos vamos para afuera.-¿Qué tal es el trato en la cárcel?-Es bien pésimo. La comida es bien pésima. El trato a los menores es peor, todo el mundo los vulgarea, los policías los chantajean. Se dan violaciones y todo eso. Los presos más viejos se aprovechan de los jovencitos, pero también hay algunos que le dan consejos a uno.-¿La cárcel, regenera o corrompe?-Es que ahí uno llega a rehabilitarse, pero más bien llega a corromperse más. Ahí se aprende más de los viejos, que saben bastante.-¿Técnicas del oficio? -¿Y qué más, pues?-¿Y ahora que estás bajo fianza...?-Ahora tengo que arriesgarme, que no me agarren vivo, mejor que me agarren muerto, tendido en el suelo, porque son cinco años.

El problema de la autoestima

"Cuando tenemos talleres o reuniones con niños y niñas, las niñas no participan -señala Amaya-. La conciencia de macho de los varoncitos existe y es evidente. Los varones llevan la voz cantante y las niñas callan y oyen lo que los "hombres" (de 14 años) tienen que decir. Tampoco hablan cuando las reuniones son de niñas solas, sin varones, hasta que poco a poco, vamos sacándoles las palabras.

En este sentido, es tan intenso el trabajo con las niñas como con sus madres - reconoce la psicóloga -. La madre es una mujer maltratada, golpeada, con su autoestima destruida y genera en sus hijas el mismo esquema, porque no sabe generar otro. Son mujeres a las que hay que enseñar a pensar en sí mismas, porque nunca lo han hecho. Simplemente, se han acostumbrado a ser las últimas para todo. Para estimarse es necesario empezar a pensar en sí mismo un poco. Tanto las madres como las niñas ignoran que tienen derecho a divertirse. Si se les pregunta qué es lo que más les gusta hacer para recrearse, contestan: `lavar y planchar'. Esa es su diversión. No saben que hay cosas que se hacen sólo para divertirse".

La construcción de la autoestima de estas mujeres y niñas es un proceso complejo porque no existen modelos cercanos. Hay que empezar desde menos que cero, porque las mujeres no sólo no se estiman, sino que se desestiman.

La investigadora Sylvia Sakes plantea una hipótesis que podría explicar por qué la mujer maltratada trata de repetir en su hija el mismo esquema que vive ella: "En muchos estudios hechos sobre la mujer, las investigadoras se quedan confusas porque, por un lado, las mujeres entrevistadas, si bien reconocen las desigualdades y las injusticias, no sólo hacia ellas sino también hacia las demás mujeres y por eso las rechazan, por otro lado no actúan en contra de las mismas para mejorar su situación. Aunque casi todas las mujeres rechazan el machismo, el maltrato, la desigualdad en los derechos de hombres y mujeres, también lo aceptan en su vida diaria porque los hombres son una clave importante para su supervivencia personal. Cuando se puede comprender que las mujeres necesitan el apoyo del hombre se entiende mejor por qué aceptan su `rol tradicional de mujer' y la dependencia del hombre.

El saber cómo convencer a un hombre para que las apoye en algo es su `poder sumiso'. Este comportamiento, en el que la división social y laboral entre hombres y mujeres también está impulsado por las mujeres, puede explicar por qué las mujeres aceptan el machismo. Aceptar el machismo, aceptar la división `natural' entre hombres y mujeres, les da la oportunidad de obtener apoyo de los hombres, tener protección cuando la necesitan e incluso les facilita no asumir la carga pesada del trabajo considerado como `trabajo de hombres'.

Tomar una posición más crítica hacia los hombres, o peor aún, una actitud abiertamente feminista, arriesga mantener el apoyo por parte del hombre propio y de los demás, lo que es muy difícil de recuperar una vez que se ha perdido, especialmente en las situaciones precarias en que se encuentran muchas".

Los peligros de la calle

La calle es una mala escuela para un niño. En la calle pasan muchas cosas frente a los ojos de los niños. Cosas que ni los niños ni nadie debiera ver, porque no debieran ocurrir. El educador de calle, Eduardo Carson, que desde hace varios años trabaja con los niños de la calle, sospecha que entre los niños del Mercado Oriental, el más grande y peligroso del país, no queda prácticamente ninguno virgen, sino que todos han sufrido abuso sexual. Y, en el caso de las niñas, abuso doble. "En la calle, los niños ven cosas espantosas, cosas que los que nos consideramos `normales' no concebimos ni en nuestras horribles pesadillas. Y las ven a diario", afirma.

Carson señala que la situación de las niñas es doblemente peor que la de los varones. "Y son niños pequeños, de seis, siete, diez, doce, catorce años, los que tienen que enfrentar esas situaciones. Y aún hay quien se sorprende de que crezcan con graves desequilibrios emocionales y malformaciones personales. Son niños que a los doce o quince años tienen una dilatada experiencia de cosas que ni sospechamos. Los niños no son culpables de las horribles vivencias que les toca enfrentar. Permanecen en la calle trabajando para sobrevivir ellos y sus familias y lo demás ocurre sin que ellos lo busquen. Se lo encuentran".

La calle como tentación

El niño llega a la calle desconociendo todo y va, poco a poco, penetrando y adaptándose a un medio hostil donde necesita sobrevivir. El hambre le enseña a navegar sin brújula en aguas turbulentas, aprende a defenderse y a desarrollar mecanismos que le permiten ir esquivando el medio.

Pero también va siendo amarrado a ese medio por otras realidades altamente peligrosas que en su condición de niño no puede prever. Ofertas de vincularse con actividades perjudiciales y peligrosas: prostitución de niñas y niños, delitos de diversa índole, droga.

"Los que ya son veteranos en esos ámbitos no ofrecen estas cosas a los nuevos por maldad, sino porque para ellos es normal. Tienen que robar o prostituirse o traficar con la droga para comer. Y es un medio de vida como otro cualquiera. No aprenden a robar porque son malos, sino para sobrevivir", señala Amaya.

Sin embargo, la calle también ofrece algo a los niños y frecuentemente, algo mejor que lo que tienen en sus casas. Algunas de las condiciones de la calle son aparentemente favorables al niño. Hay más libertad de movimiento, menos control que en casa. No hay más normas que las que exige la sobrevivencia. Se organizan por grupos o pandillas para sobrevivir y logran encontrar respuestas a sus necesidades.

Buscan y encuentran dónde y cuando bañarse cuándo no llueve. En cuanto a la ropa, no se cambian más que cuando roban algo nuevo para ponérselo. Si hay suerte, se cambian diario y si no, cada mes o cada año. Depende. Tampoco importa demasiado. La comida no es problema para estos niños de estómagos poderosos y manos sutiles. En cuanto a dónde pasar la noche, los túneles y callejones de los mercados son horripilantes, pero a falta de otra casa, sirven. En todo caso, la ausencia de controles compensa los problemas que haya que afrontar.

Los huelepega

Para la psicóloga Amaya, el verdadero problema del niño "huelepega" no radica en el hábito de inhalar el pegamento. El verdadero problema son todas las circunstancias que le conducen hasta ese hábito. "La pega es como el aprendizaje de ladrón: los amiguitos del mercado no se la dan al niño por mal, sino porque creen que es algo bueno. El `oficio' de ladrón es necesario para sobrevivir y el hábito de inhalar pega les hace sentir sabroso. Ellos afirman que cuando huelen pega se sienten `volar'".

Sin duda, la pega es un factor que afecta al niño, pero solamente viene a complicar un cuadro ya complejo. Es un problema similar al de un anciano diabético, arterioesclerótico e hipertenso que, además, se agarra una bronquitis: una complicación mayor para una situación difícil. La pega complica el cuadro del niño, pero no es el mayor problema. El problema es no comer, no tener un hogar, vivir en la calle, haber sido abusado, la casi seguridad de estar vinculado a actividades delictivas. El arribo al hábito de la inhalación es consecuencia de otras carencias y de otras muchas necesidades insatisfechas. Y un aspecto más: el grupo. Según testimonios de los educadores de calle, que trabajan directamente con los niños, el grupo de amiguitos que inhalan pega es muy sólido: se ayudan mucho unos a otros a resolver sus necesidades.

Necesidades muy variadas, desde el crédito con otro compañerito para comprar otro tarrito de pega hasta la alimentación en la comisaría cuando la policía agarra a alguien, pasando naturalmente por las necesidades afectivas, alimenticias y hasta sexuales. El grupo ayuda y apoya y nadie está desamparado. Por eso algunas instituciones consideran más eficaz el trabajo sobre el grupo.

Generalmente, el niño empieza a inhalar pega después de los diez años. Raramente se encuentran menores de esas edades que sean huelepega, pero para cuando empiezan a inhalar, ya tiene varios años en la calle. La pega es una especie de doctorado en la catástrofe al que, afortunadamente, sólo accede una minoría. Es también el paso al consumo de otras drogas, aunque sobre este punto no existen investigaciones.

"El problema preocupa profundamente, aunque sólo afecta a una minoría de los niños de la calle. Preocupa porque es la profundización del deterioro de la vida en términos humanos y en término de derechos sociales. La proporción de niños afectados es relativamente pequeña, pero no hay que esperar a que las cifras sean alarmantes para empezar a atenderlos", señala Amaya.

MARINA, 15 AÑOS

-¿Cómo es eso que tienes problemas en tu casa?-El problema es que me corren. Mi padrastro me corre cada vez y yo hago el esfuerzo para que no me corran.-¿Por qué te corre?-Por puro gusto, porque tal vez quiero ver la televisión o jugar.-¿Y tu mamá, qué hace?-Mi mamá se va a la banda del padrastro, en vez de apoyar a la hija apoya al marido.-¿Y tu papá?-No vive con nosotros, vive con otra mujer. Sólo llega a la casa a que le den buena comida. Pero yo, a veces, quisiera que me diesen un consejo y no me dan un consejo. Más bien yo les puedo dar un consejo.-¿Tu padrastro es mejor compañero para tu mamá y tal vez por eso ella lo aguanta?-Mi mamá ha sufrido mucho con el padrastro de nosotros, ya lo ha corrido de la casa y él no se va. Yo digo si no habrá una ley para sacarlo porque él nada hace, sólo está ahí haciendo la vida imposible a mi mamá y a nosotros. -¿Además de vender, qué haces?-Estoy estudiando sexto grado y quiero aprender corte y confección.-¿Dónde vendes?-En las paradas de los buses, vendo refresco.-Tengo entendido que las niñas enfrentan serias dificultades en esos sitios...-Sí, porque he visto casos de niñas que me han contado.-¿No te ha pasado a tí?-No, pero a varias niñas les dicen: "Vení, te dejo vender dentro del bus si te dejás tocar". Entonces las chavalitas prefieren estar vendiendo afuera, aunque vendan menos, porque ellas no se van a dejar tocar.-¿Y tus estudios?-Es bien difícil, porque mi mamá no cree que voy al estudio, sino que piensa que me voy a vagar y no me deja ir y me trata. Me dice de hija de p... para arriba. A veces quisiera irme, pero no quiero dedicarme a la vagancia, uno no debe agarrar el mal camino.

¿Qué es la pega?

La doctora Adela Membreño realizó para su tesis de grado como médico pediatra una investigación sobre los efectos de la pega en el organismo infantil. Los niños investigados fueron 15 y con un promedio de tres años de hábito.

Lo que más le llamó la atención fue la relativamente escasa literatura médica que existe sobre un asunto que afecta profundamente a niños de todos los países de América Latina. El pegamento usado por los zapateros, comúnmente utilizado por los niños de la calle para la inhalación, está compuesta por dos productos químicos, el benceno y el tolueno, que tienen ambos efectos aditivos como los de cualquier droga.

Los efectos más intensos de la pega se empiezan a hacer notar a las dos horas de haber empezado a inhalar, cuando los químicos han alcanzado niveles altos de concentración en la corriente sanguínea. Como consecuencia, se estimula el sistema nervioso y los niños empiezan a hacer muecas y visages. Los niños huelepega roban por dos motivos: como mecanismo para garantizarse la dosis del día siguiente y como consecuencia del envalentonamiento eufórico que les proporciona la droga.

La investigación de Membreño demuestra que la mayor frecuencia de delitos cometidos por niños que inhalan pega se produce a partir de las 10-12 de la mañana, porque los niños comienzan a inhalar apenas se despiertan, a las 6-7 de la mañana.

Cuando el efecto de la droga está en su punto máximo, los niños sufren de un temblor leve, como consecuencia de la estimulación del sistema nervioso central. Otra consecuencia de esta estimulación es el apetito voraz: son niños insaciables, que nunca se cansan de comer, con un hambre terrible. Sin embargo, aunque comen de forma incontrolada, el 81% de los niños estudiados presentaron desnutrición en primero y, sobre todo, en segundo grado. La pega estimula también el apetito sexual, lo que genera que los varoncitos un poco mayores (14-16 años) violen a sus compañeritas de hábito o a otras niñas que trabajan en el mercado. Un efecto más de esta droga es un brote alérgico en la piel, que produce picazón.

Alteraciones psicológicas

Para conocer la incidencia de la pega en los niños que la inhalan, la investigadora formó dos grupos de 15 niños cada uno, de edades similares y de características económicas, sociales y culturales equivalentes. La única diferencia fue que un grupo estuvo integrado por inhalantes habituales de pega y en el otro grupo ninguno de los niños había inhalado nunca.

El resultado de esta comparación, después de someter a todos los niños a los mismos tests psicométricos, fue demoledor: todos los niños inhalantes manifestaron un retraso mental que osciló entre un 40 y un 60% del desarrollo considerado normal. Ante estos resultados, Membreño confirma que la inhalación habitual de pega ocasiona daños neurológicos y que a mayor tiempo de exposición, mayor daño se causa a las neuronas. La profesional no realizó estudios específicos acerca del daño que produce la inhalación en el sistema respiratorio, aunque la simple observación visual le permitió constatar irritación en las fosas nasales, por lo que presume alteraciones importantes en los pulmones. En una próxima investigación, Membreño se plantea continuar el trabajo en esta dirección, para confirmar sus presunciones.

Cómo conseguir la droga

El pegamento-droga se vende en pequeños tarros de vidrio - vasitos usados de alimento infantil - a un precio que oscila entre los 3 y los 5 córdobas (0.50 y 0.85 dólares), en cualquier tramo del mercado, porque es un producto de uso doméstico y profesional muy común. Cada tarro le dura a los niños dos o tres horas. Pero tratando de obtener el mayor provecho de su inversión, hacen una pequeña campana con una bolsa de plástico, de forma que los componentes volátiles no se escapen y vayan directamente a la nariz y a la boca para su mejor inhalación.

Para intensificar los efectos de la droga inhalada, los niños ingieren también previamente unas tabletas de un psicofármaco que se vende bajo el nombre de Artane, al precio de un córdoba (0.15 dólares), y que es utilizada en psiquiatría para el tratamiento de pacientes agresivos con graves problemas mentales. Estas tabletas se venden libremente, sin receta, en los mercados.

¿Por qué oler pega?

Los niños que llegan al hábito de inhalar pega tienen algunos factores en común: todos son niños que no fueron deseados por sus padres. Llegaron a este mundo porque no hubo forma de evitarlos. Tampoco tienen un hogar que merezca ese nombre. Y si hay un lugar a donde regresar por la noche, es necesario llevar dinero para pagar el derecho a dormir y aún así, se corre el riesgo de recibir cualquier manifestación de maltrato.

Un denominador común en todos los niños es la satisfacción que alcanzan mediante la pega: "Yo me siento riquísimo, me siento que me elevo, se me olvida todo, se me olvida que en mi casa me pegan, se me olvida que no tengo casa". Ahogan sus carencias en la pega como los alcohólicos lo hacen en el licor. Pero una vez atrapados en las férreas redes de la droga, los niños se ven doblemente encadenados: por inhalar no tienen tiempo de trabajar ni de robar y para obtener el dinero para adquirir un tarrito se prostituyen. Los niños varones con homosexuales. Por un vasito de pega.

Al terminar el efecto de la droga, además de un horroroso sabor de boca y un aliento de dragón, queda el embotamiento y una depresión que condena a un sueño de piedra durante varias horas. Y vuelta a empezar.

JUAN, 18 AÑOS

-¿Tienes mujer?-Sí, sí, la Juana-¿Qué te gustó de ella?-Es buena ama de casa y me trata bien. Y ya rompió con sus amistades de antes porque yo soy aguantador. Mi mujer, para mí solo.-¿Qué edad tiene ella?-Dieciséis.-¿Es muy bonita? ¿Cómo haces para mantenerla?-Trabajo.-¿Desde cuándo?-Hace cuatro meses. Yo ya tenía tiempo de estar con el educador de calle y fui dejando la mala vida y la vagancia y me ayudó a encontrar trabajo. Y ahí estoy, tranquilo.-¿Cuándo empezaste a andar en la calle?-Cuando tenía como diez años.-¿Y a oler pega?-Como a los doce.-¿Cómo te ganabas la vida antes de empezar a trabajar?-Robaba, era ladrón.-¿Qué robabas?-Bueno, al principio, fruta, reales a las mercaderas. Luego, cadenas, relojes, de todo.-¿Cuántas veces has estado en la cárcel?-No sé, muchas, como 20.-¿Por qué decidiste cambiar de vida?-Mala vida la de la calle. Lo humillan a uno los policías, la gente, las mercaderas.-¿Por qué te humillaban?-Porque andaba sucio, peludo, oliendo pega. Y la pega sólo un ratito es la alegría. Luego lo pone a uno todo feo, con dolor de cabeza, anda uno con el tufo. Cuando se habla a alguien te dicen: "Quitá, chavalo. Jodido, qué tufo, andas güeliendo pega". Y la policía lo turqueaba a uno y lo llevaba preso por cinco días. Cinco días nos tenían presos y hasta una vez me rajaron la cabeza con la cacha de la pistola. -¿Y ahora, ¿cómo ves a tus amigos de antes?-Yo los sigo viendo. Voy al Mercado a verlos en veces, porque yo no les tengo miedo, son mis amigos.-¿Tus amigos son de tenerles miedo?-Mire, en este medio es fácil tener un mal fin. Por una chochada, el otro día a un amigo mío, otro que yo conozco le pegó una puñalada con una navaja y lo mató. Sólo quería asustarlo, jincarlo, pero se le pasó la mano. Aquí, el que sobrevive tiene que estar bien vivo.-¿Y qué opinan de tu cambio?-Con ellos no hay problema. Me dicen que está bueno, me han comprendido. El problema es con los policías, porque ya me conocen y no creen que he cambiado. El otro día se me aparece uno que me conoce y me dice: "Ajá, negro, ¿robando?" "No", le digo. "Ahora estoy trabajando" "No te creo". "En serio", le digo. Entonces me dice: "Este chavalo desde pequeñito ha sido huelepega y ladrón", me dice. "¿Y esta camisa? Ni yo la uso y vos la andás, ese pantalón, buenos tenis. Empezaste robando verduras", me dice, "Cadenas, bolsos y ahora andás asaltando". Y yo: "Te estoy diciendo la verdad, ya no ando en eso". "Mirá, hijueputa, vos andás asaltando y a la primera te dejo ir todo el magazin". Entonces me fui, mejor me jalé para mi casa.-¿La policía no cree en tu cambio?-No creen. A veces voy a visitar a mis amigas mercaderas, me quieren mucho porque he cambiado. Ellas se alegran cuando uno cambia y me regalan fresco, pero voy a tener que dejar de ir para no tener problemas con la policía.

La difícil recuperación

Para recuperar a los niños huelepega, lo primero que hay que hacer es conseguir que dejen de inhalar. Para lograr esto es necesario transformar las circunstancias que les condujeron al hábito. Y ahí empiezan los problemas. Porque el tratamiento tiene que ser integral, atendiendo al niño y a su familia.

Es difícil recuperar a un niño que ha accedido profundamente a la droga, porque cuando tratan de dejar el hábito sufren el síndrome de abstinencia. Sin embargo, la experiencia parece demostrar que es una droga relativamente fácil de abandonar si se resuelven las situaciones que llevaron a ella.

El Ministerio de Gobernación mantiene un centro de rehabilitación, el Centro "Amigos", donde 72 niños, inhaladores habituales, reciben una atención tan integral como es posible en las actuales circunstancias económicas del país.

Al frente de este centro, que funciona desde 1991, se encuentra la investigadora social María Isabel Torres. En su experiencia con estos niños ha podido constatar que pueden permanecer períodos de varios días consecutivos sin regresar a la pega mientras estén entretenidos y ocupados en diferentes actividades y no sufran contratiempos.

Los niños permanecen en el Centro en régimen de internado abierto: duermen en las instalaciones y salen al colegio o a recibir capacitación técnico-profesional a diferentes centros y talleres. Durante los fines de semana regresan a sus casas y el lunes por la mañana ya están de vuelta en el Centro. "Los lunes son críticos
-afirma Torres con franqueza-. Es fácil saber quién encontró su casa más o menos bien y quién se la encontró fatal, porque éstos vuelven oliendo pega o con aliento a pega. Y hay que volver a empezar".

En el Centro, los niños reciben alimentación, ropa, tratamiento médico y psicológico y cantidades navegables de cariño por parte de un personal que no ha recibido entrenamiento específico, pero está integrado por personas bondadosas que miran con gran compasión a los niños.

Entre los niños residentes en el Centro hay algunos que no tienen familia, porque fueron abandonados en la calle cuando eran demasiado pequeños para recordar nombres y direcciones. Hay otros que mucho hubieran ganado si sus padres los hubiesen abandonado de chiquitos, pues tienen sus cuerpecitos como una minuciosa labor de patchwork, zurcidos por todas partes. Sobre la piel morena las claras huellas de profundas cicatrices trazan una malla que les recorre desde los pies hasta el cuero cabelludo.

Hay que transformar el núcleo familiar cuando lo hay, antes de permitir que el niño regrese a él. Para conseguirlo y a través del Centro, se brinda capacitación profesional a la madre - generalmente, el único familiar que existe - para que pueda realizar alguna actividad socialmente útil para ganarse la vida, con lo que se logra aumentar su autoestima y, como consecuencia, una trasformación positiva en su actitud hacia la vida y hacia su hijo.

Algunos teóricos consideran desacertada la fórmula utilizada por el Centro "Amigos", que extrae a los niños de su medio ambiente, los aísla y los encierra relativamente. Sin embargo, no se conoce otro mecanismo para recuperar a un drogadicto.

En medio de mil dificultades, contando con muy poco espacio y sin recibir nunca una prometida finca, entre incomprensiones, el Centro ha logrado recuperar y dar nuevas expectativas vitales a muchos niños. Y cada uno de ellos justifica mil veces la existencia del Centro "Amigos", único en el país dedicado exclusivamente a esta labor. Otras instituciones realizan trabajo con los niños de la calle incluyendo a los inhaladores, sobre la base de que la pega es una complicación más, pero no es el problema.

Los hechos se están encargando de demostrar que los éxitos se distribuyen entre ambos tipos de tratamiento. Lo que demuestra que los niños necesitan atención, cariño, más atención y más cariño y todo lo demás se obtiene por añadidura.

PEDRO, 17 AÑOS

-¿Con quién vives?-Con mi mamá.-¿Y con tu papá?-Con un padrastro.-¿Qué tal te va con él?-No me llevo bien con él, porque desde pequeño me acostumbré a andar en la calle, porque él siempre que tomaba, me pegaba. Pero como ahora ya soy hombre grande, ya no. Ya no me dejo. Ahora lo paro.-¿Tú te has drogado?-Antes, a la edad de 15 años dejé de usar eso, estaba con la pega desde los 12 años, pero ahora ya no. Eso quedó para siempre atrás. Fue suficiente.-¿Cómo fue que dejaste la pega?-Vino una señora chela al Mercado a trabajar con los niños, bien buena, pero no conocía aquí. No sabía cómo era la pega y yo le llevé un tarro para que la conociera y me lo agradeció y me sentí contento. Entonces me dijo que si yo quería ayudarla y le dije que sí. En mi mente yo dije: "No podré trabajar así con niños, porque me miran chavalo, no tengo responsabilidad". Eso estuve pensando yo, pero empecé y ya estoy trabajando. Tengo dos años en eso.-¿Te gusta trabajar con niños? -Sí, también con chavalitos pequeños y con discapacitados. Lo hago de voluntad, no me pagan, pero lo hago porque me gusta.-¿Y de qué vives?-Vendo cosas y también tengo un medio trabajito de medio tiempo.-¿Y tu mamá?-Ella vende en el mercado. Yo le doy una parte de lo que gano para que ella lo negocie y así ir saliendo adelante. Es poco, pero alcanza para medio golpe.-¿Y la parte que no le das a tu mamá?-Esa me la ahorro yo para ir componiendo mi casa de poco a poco. Es cierto que somos pobres, pero tampoco es para tanto.

La visión de los niños

Dentro del proceso de diálogo político que desde el 3 de mayo inició el Gobierno de Nicaragua y tratando de hacer un acto simpático, la Presidenta Chamorro invitó también a los niños para manifestar sus criterios acerca de la problemática nacional. La reunión entre el Gabinete de Gobierno y 32 niños tuvo lugar el 18 de junio y fue a puerta cerradas.

Casi nada se sabe sobre lo que ocurrió en esa reunión, que se organizó como lucimiento protocolario y se prolongó por más de cinco horas. Para evitarse sorpresas, el gobierno seleccionó a los niños y más de un tercio de los asistentes procedía de las clases mas altas del país. Pero fue inevitable invitar también a algunos de los inocultables niños de los semáforos y los mercados. Las escasas fotografías publicadas muestran a los miembros del Gabinete cariacontecidos y cabizbajos y a los niños con expresiones resueltas y firmes.

Como las paredes oyen, se supo después que en esa reunión los niños demandaron educación al Ministro de Educación, Humberto Belli, uno de los más cuestionados del actual gabinete; salud a la Ministra de Salud, Martha Palacios; a la Policía, respeto para los más marginados; al Instituto de Recursos Naturales y del Medio Ambiente (IRENA), el derecho a seguir respirando un aire respirable, bebiendo un agua bebible y habitando en un país habitable; y a todos los integrantes del gobierno, un presente con futuro para todos, pobres y ricos.

Durante la reunión se manifestó una inesperada y sorprendente solidaridad entre los niños de todas las procedencias sociales, porque los niños de Nicaragua son marginados todos, sea cual sea la disponibilidad económica de su familia. Fueron cinco horas durante las cuales cada intervención infantil fue más dura y crítica que la anterior. El acto protocolario se vino al suelo y por eso no hubo mucha información sobre el tema. Sólo se publicó el discurso con que la mandataria inauguró la sesión. Y nada más.

¿Retoñarán las semillas trituradas?

Las diferentes instituciones que trabajan con los niños tratan de hacer algo por ellos, pero el problema es ingente. Sin embargo, poco a poco se recuperan niños, se reconstruyen ambientes familiares. Para lograrlo, no es necesaria una inversión gigantesca porque estos niños están acostumbrados a subsistir con casi nada y sus ambiciones son pequeñas. Es la masividad la que hace gigantesco el esfuerzo. Por su parte, los niños no piden mucho. Se conforman con que su futuro no sea destruido antes de empezar a forjarlo.

En muchas de las escasas acciones oficiales para enfrentar la problemática infantil se percibe más el miedo a lo que los niños entrenados en la imposible supervivencia puedan hacer cuando sean adultos que el amor a la justicia.

Esos niños dan miedo a la sociedad y asusta más aún pensar qué podrán hacer cuando sean adultos, porque se presume que, seguramente, serán peligrosos. Está aún por verse la peligrosidad de estos niños en su edad adulta. No se sabe si serán peligrosos o no para la sociedad. Pero de momento ya está demostrado que la sociedad es peligrosa para ellos, porque les ha robado lo único verdaderamente valioso que han tenido: su infancia.

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