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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 141 | Septiembre 1993
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Nicaragua

Procesos de transición: ¿hacia dónde va el barco?

La derecha trata de imponer su versión de democracia. Intenta también controlar los procesos de transición. Tenemos que desmentir la tesis derechista, que insiste en que la transición mundial es hacia el capitalismo neoliberal. La izquierda debe tener una estrategia clara: No vaya a ser que por evitar el naufragio del barco ayudemos a conducirlo al puerto del enemigo.

Alejandro Bendaña

Haciendo un recuento de la experiencia de la Comuna de París, decía Marx que a la hora de hacer las revoluciones, cuando se necesita mayor creatividad, todo el bagaje de las generaciones pasadas llega a pesar tanto sobre las generaciones presentes que la nueva época revolucionaria resulta "contaminada".

No se trataba de una crítica, porque Marx comprendió mejor que nadie que ninguna experiencia humana es pura. Y que las revoluciones, como acontecimientos históricos y humanos, se concretan a partir de las percepciones que las precedieron y que a su vez, esas percepciones impactan sobre la nueva experiencia y le dan forma. De aquí la importancia de la ideología. Lo que sí señaló como negativo Marx fue el no procesar críticamente las similitudes, los símbolos y las analogías heredadas del pasado. Insistió en establecer tanto las diferencias como las similitudes entre lo presente y todo lo que le precedió, pues solamente a través de un filtro crítico se podría evitar que los dramas revolucionarios se repitieran como farsas.

El peso del pasado

Las formas simbólicas que habrá de tomar la acción revolucionaria no se desprenden automáticamente de la circunstancias imperantes. Hay que construir esas expresiones, al igual que se levantan las barricadas. La "crisis revolucionaria" de la que habla Marx es una crisis de representación y los revolucionarios tienen que confrontar no sólo a sus adversarios sino confrontarse a sí mismos constantemente para así darle una expresión correcta a la revolución.

Las transiciones de la lucha armada a la paz -caso de El Salvador o de Filipinas-, del gobierno a la oposición -caso del sandinismo-, o del clandestinaje a la acción abierta -caso sudafricano- nos plantean a todos una crisis de expresión y de identidad. Una crisis que ya se venía sintiendo en el seno de las organizaciones, como producto también de tantas realidades geopolíticas y sociales cambiantes. Una crisis que, en su expresión más grave, puede llegar a tomar la forma de divisiones e incoherencias a lo interno de la organización, cualitativamente distintas a las que se pudieron dar en el pasado, cuando las divisiones obedecían a discordancias sobre la estrategia pero no sobre los objetivos.

Todos estamos de acuerdo en que el momento actual no tiene antecedentes históricos que nos permitan ubicarnos. Los debates ya no son los clásicos, sobre los métodos. Son más profundos: nos preguntamos qué es nuestra organización, cuál es nuestra propuesta y cómo materializarla. A los interrogantes generales y nunca acabados de responder, acerca de qué es izquierda y qué es revolución, qué es izquierda y revolución en Nicaragua, se agrega ahora una pregunta mayor: qué es izquierda y qué es revolución en esta nueva etapa de Nicaragua y del mundo.

Se trata -esperamos- de una crisis no de los valores sino de los símbolos que le dan expresión a esos valores. Y no se trata
-esperamos también- de un debate existencial, porque está en juego el futuro de la organización y del país y el aporte que Nicaragua -quiera o no- está llamada a dar a las experiencias de transición revolucionaria en esta época de la post-guerra fría.

De no superar la crisis, la izquierda nicaragüense asumirá simplemente el papel de espectador que presencia desde las gradas cómo el autoritarismo oligárquico -siguiendo su propia estrategia de transición y haciendo uso de las vías "democráticas"- impone el apartheid económico y social y se vuelve a enraizar en la vida política y económica del país. Con sus símbolos y formas de expresión transmitidos nítidamente desde el Norte, la derecha cuenta con la ventaja de no tener que atravesar una crisis de identidad análoga a la nuestra.

Es de suma importancia clarificar la naturaleza de la transición, que varía de país a país, pero que en ninguno es una etapa plenamente comparable a experiencias pasadas, cuando debatíamos la naturaleza de la transición al socialismo.

La realidad es que ninguna transición es igual a otra y que todos los períodos históricos son períodos de transición. Y que en cada época sobran quienes declaran que se vive o el inicio o el fin de la historia, o de la civilización, o más modestamente, que "asistimos a fenómenos tan trascendentales para la humanidad que harán decisivo y de consecuencias impredecibles el período..." La realidad es que todo el pasado fue prólogo para cada momento y que todo el futuro marca el desarrollo de lo que va ocurriendo.

Tanto en Sudáfrica como en Nicaragua se habla de transición. Transición existe también en los países vecinos, en Mozambique y en Angola, en El Salvador y en Guatemala. ¿Servirá un único marco de análisis para estos países, todos con el común denominador de contar con poderosas fuerzas revolucionarias que emergen de la guerra o de la lucha clandestina y que son ahora opción de poder?
Las fuerzas democráticas a nivel mundial tienen depositada su confianza en estas organizaciones revolucionarias. Ellas deben poner a prueba -más bien tienen que des-probar- la tesis derechista, que insiste en que la gran transición mundial sigue el camino de lo ocurrido en Europa del Este: una transición hacia el capitalismo neoliberal, que la derecha identifica con la democracia.

Nadie puede negar que la desaparición del modelo soviético constituye un parámetro fundamental de nuestra época y un condicionante sobre todos y cada uno de los procesos de transición. Se trata también de un significativo golpe para quienes luchaban con las armas por alcanzar la autodeterminación democrática. Desaparecido, con la desaparición de la URSS, tan gran contrapeso geopolítico, permitiendo que el mundo se vuelva militarmente unipolar, han perdido fuerzas y argumentos muchas luchas. Pero también tenemos que reconocer el potencial liberador de lo sucedido. El colapso de aquel modelo también propicia un replanteamiento, no tanto de principios - que es lo que quisiera la derecha - sino de conceptos y de estrategias aplicables a nuevos terrenos de lucha cívica, de negociación y de elecciones. De esa revisión crítica y objetiva sólo puede salir ganando la izquierda.

El mito de la democracia negociada

Manteniendo claramente en la mira nuestros objetivos de justicia social y de democracia participativa, estamos conscientes de que entramos en procesos de transición caracterizados tanto por la negociación como por la inseguridad de que automáticamente nos acercarán a nuestros objetivos. Si la transición desemboca en genuina democracia será no tanto por habilidades personales en la mesa de las negociaciones, sino porque aunamos la voluntad y la acción de las grandes mayorías a la definición de una estrategia y de métodos efectivos de lucha.

Todos los conflictos terminan en la negociación, decía Amílcar Cabral. Todas las guerras son limitadas, no hay guerras absolutas, decía Von Clausewitz, quizás porque no conoció la guerra en Bosnia o en Cambodia. En todo caso, no es tarea fácil para los movimientos de liberación modificar la imagen que tienen de la guerrilla, del recurso a los fusiles, de la toma del poder por la fuerza. Las simpatías de bastantes sandinistas hacia "Pedrito el Hondureño" y los buzones de armas que quedan intencionalmente olvidados son algunas de las expresiones de esta dificultad.

A pesar de todo, de una manera o de otra, la izquierda centroamericana ha ido aceptando que, a partir de un empate militar, la negociación puede ofrecer un camino para impulsar la revolución. Van quedando atrás los tiempos en los que las negociaciones eran sólo una pieza de un esquema táctico para ganar tiempo y terreno en la lucha prolongada por la toma del poder total en el aparato estatal.

Tanto en Centroamérica como en Africa Austral, la izquierda ha pasado a la lucha cívica no por derrotas ideológicas o por los cambios mundiales en la correlación de fuerzas. Lo ha hecho pagando el precio de enormes sacrificios, con los que impidió aplastamiento total en los tiempos del "viejo orden". También lo ha hecho como fruto del desgaste que causó a su contrincante, obligándolo a sentarse a la mesa de las negociaciones. Hace 30 años hubiera sido difícil siquiera imaginar que las fuerzas revolucionarias de Centroamérica y de Africa Austral contaran con el legítimo espacio de poder con el que hoy cuentan. Tampoco eran imaginables entonces los enormes sacrificios que harían posible este desenlace, verdadero logro histórico, tanto más valioso porque se da en momentos en que la izquierda mundial se siente desamparada y desarticulada.

La derecha en transición

También requieren mudanzas políticas las derechas, que sufren un proceso paralelo de crisis, de reacomodo y de rearticulación de su estrategia, todo con el fin de imprimirle su propio rumbo anti-democrático a los procesos de transición.

Para derechas e izquierdas es fundamental diferenciar entre el cambio de condiciones y el cambio de objetivos. Las condiciones cambiantes se refieren a los terrenos de la contienda y a los métodos de lucha. Los objetivos son los fines estratégicos de esa lucha. Al igual que la izquierda, la derecha está obligada a aceptar el reto de la transición, sin por esto abandonar la búsqueda de objetivos de carácter más permanente, es decir sus interés de clase. A diferencia de la derecha, la izquierda no libró - en general - la guerra para aniquilar a la otra fuerza social, sino para lograr una solución política justa.

Cada fuerza entra a la transición y llega a la mesa de negociaciones para impulsar objetivos contradictorios. Existen los que se confunden: toman como un fin en sí mismo el proceso de negociación y en nombre de la estabilidad sacrifican sus objetivos. Aunque esta tendencia puede afectar tanto a las fuerzas de derecha como a las de izquierda, son las izquierdas las que más se sienten tentadas a realizar las concesiones.

La trampa de la reconciliación

¿Hasta donde la convergencia? La transición pacífica, las negociaciones y las elecciones, presuponen la construcción de un mínimo terreno común entre las principales fuerzas opositoras. Aquí en Nicaragua, como en Sudáfrica, la izquierda encontró, a partir de 1990, una convergencia importante con el gobierno, que giraba principalmente alrededor del planteamiento de la estabilidad del proceso negociador, que a su vez incidía profundamente en la estabilidad nacional.

Esto dio origen a fenómenos curiosos: un FSLN más cerca del gobierno que las propias fuerzas que llevaron a Violeta Chamorro al poder, o un Partido Nacional más cerca del Congreso Nacional Africano (ANC) que de las minorías blancas radicalizadas, mientras fuerzas negras retrógradas - las de Inkatha - denunciaban el co-gobierno entre el ANC de Nelson Mandela y el gobierno blanco de Frederick De Klerk.

Politiquería aparte, ¿cuáles son los límites de la convergencia? ¿Cuáles son los límites de clase? En ambos países y en ambos bandos existen quienes piensan que no hay límites porque las clases ya dejaron de existir. Son quienes en Nicaragua aparecieron rápidamente con este discurso para defender la política económica del gobierno. También rápidamente se les presentó la disyuntiva: ¿se puede construir la estabilidad política nacional sobre la desestabilización económica popular? Los cuantiosos recursos que la comunidad internacional ha ofrecido a Sudáfrica pueden o postergar en el tiempo o encubrir algo esta contradicción. En Nicaragua no ha habido paliativos. Aquí se recibieron más promesas que recursos, pero sin una convergencia política y popular alrededor de un programa de reconstrucción económica, los muchos o pocos recursos recibidos o disponibles no sacarán al país del marasmo.

El gran peligro en los procesos de transición está en presuponer que las fuerzas de la derecha tienen la voluntad y la capacidad de respetar las nuevas reglas del juego, de actuar como opositores leales, resignados a la pérdida parcial de su poder. El gran peligro es creer que el proyecto de reconstrucción económica que tiene la derecha puede compararse al que desea el pueblo. Ojalá así fuera, pero la lucha de clases no desaparece durante la transición. Más bien, suele intensificarse y purificarse. En Centroamérica y en el Sur, la derecha no es como la que integra los partidos conservadores en el Norte. No se resignan tan fácilmente nuestras derechas a asumir el papel subordinado y minoritario que legítimamente les corresponde como clase o como sector en naciones mayoritariamente pobres y en una época de efectivo sufragio universal.

Son dos los ejes fundamentales a observar en estos procesos de transición: el de la propiedad o riqueza, y el de las Fuerzas Armadas. A partir de ellos se puede dictaminar si la transición desemboca en la restauración del antiguo orden o en la renovación democrática. Nada más ingenuo que presumir que la revolución democrática se vuelve irreversible a partir de acuerdos negociados en El Salvador, de traspasos pacíficos del poder en Nicaragua, o de victorias electorales en Sudáfrica.

En cada caso, la reconciliación y la estabilización deben ser máxima prioridad para el pueblo. Pero, ¿cómo ignorar que ni la reconciliación ni la estabilidad, ni tampoco la reconstrucción económica, son políticamente neutrales?

Son muchos los casos en los que hemos visto cómo los sectores más conservadores recurren a la violencia -privada u oficial-, a la desestabilización o a las alianzas con fuerzas políticas o financieras retrógradas del exterior. O cómo manipulan populistamente a los sectores marginados, desempleados o desamparados. Todo, con el afán de mejorar su posición negociadora y de desestabilizar las filas de la oposición democrática. Sucede incluso -como es el caso en Nicaragua- que la misma izquierda es víctima de su propia superioridad organizativa, o de su superioridad numérica - como sucede en Sudáfrica -, al no poder la derecha articular una fuerza política coherente que en forma de partido pueda disputar el poder al partido de la izquierda por la vía electoral y negociada.

En Nicaragua nos resulta sorprendente ver cómo en los países del Norte los partidos adversarios más fuertes buscan siempre el entendimiento. Un problema para el FSLN es no encontrar con quién entenderse, no saber cuál de los dos, la UNO o el gobierno, es el más desgastado. Un colapso del proceso pacífico de transición en Nicaragua podría atribuirse en parte a la falta de maquinarias políticas tan fuertes como las de ARENA o la Democracia Cristiana en El Salvador, las que por su fortaleza estén quizás menos inclinadas a jugar deslealmente. En El Salvador podría asentarse un sistema político caracterizado por la transacciones entre fuerzas políticas organizadas y comprometidas con el marco político-constitucional. Así, aunque parezca contradictorio, una debilidad central de los procesos de transición, tan necesarios para una transformación democrática, es la incapacidad de la derecha de organizarse institucionalmente para lograr consensos mínimos, como estamos viendo en Nicaragua.


Democracia: ¿sólo cuestión de métodos?

La transición -y como parte de ella, la negociación o las contiendas electorales- no conducen automáticamente a la democratización real. ¿Existe verdadera justicia social, una democracia económica, en Chile, Argentina o Uruguay tras haber pasado de regímenes militares a regímenes civiles? ¿Existe en la mayoría de los países del Este que transitan del comunismo al neo-capitalismo?

Teóricos de la transición como O'Donell y Schmitter nos dirían que la democracia es más un asunto de método que de objetivos y que, por esto, las fuerzas políticas de izquierda están llamadas a contener las exigencias y los métodos beligerantes de los sectores populares. Desde este punto de vista, la estabilidad de la democracia representativa debe anteponerse a la desestabilizante lucha por la democracia participativa o social. Pero, a la vez que se pretende negarle a los partidos cívicos de izquierda su derecho a vincularse a las luchas populares, no se logra que sus contrapartes de la derecha se abstengan también de acudir a sus tradicionales aliados en las fuerzas armadas o, en el caso de Nicaragua, que recurran a sectores armados recontras y a sus padrinos de Washington.

Las instituciones democráticas deben ser resguardadas, pero no es aceptable plantear que los movimientos sociales y los sindicatos constituyen una amenaza para las mismas, similar a la que constituyen las Fuerzas Armadas, tal como plantean estos dos autores. Como ya dijo el viejo revisionista Bernstein, la realidad es que la democracia es tanto un asunto de fines como de métodos. Y que, tanto los acontecimientos de Europa del Este como los del Cono Sur de América Latina, parecen confirmar la existencia de un déficit democrático. Trabajar para asegurar la gobernabilidad el país no debe ser como firmar un cheque en blanco. Queremos saber antes quiénes gobiernan y para quién gobiernan. O como dicen los sudafricanos: si no podemos desestabilizar el barco con nuestras demandas, tal vez no debiéramos ir a bordo.

Transición y transformación democrática

Si aceptamos que la transición se limita a la contienda electoral, estaríamos invitando a las fuerzas populares a llevar a cabo luchas esporádicas cada 4 ó 6 años, resignándose a soportar en el intermedio cualquier tipo de política hasta que llegue de nuevo el espectáculo electoral. Asimismo, si caemos en la otra trampa, la derechista, la que pretende reducir la transición a la negociación política, también nos condenamos a una lucha de burro amarrado y tigre suelto. O aún peor, porque en esta visión, la izquierda debe jugar el papel de espectador pasivo de esta desigual lucha entre la derecha y el pueblo. En muchos sentidos y políticamente, los acuerdos negociados no constituyen más que ceses al fuego, poner fin a la guerra militar para pasar a la guerra política. Y a veces, en nuestros países, los métodos de la lucha política pueden asemejarse más a los de la violencia que a los que pregonan los defensores de la democracia de otros países, olvidando que también ellos pasaron por etapas en las que tuvieron que echar mano de métodos violentos.

No se trata aquí de subestimar las instituciones democráticas, sean éstas partidos o parlamentos. Se trata de asegurar que las viejas instituciones puedan responder a las nuevas exigencias democráticas y más aún, que se presten a la renovación. Las elecciones y los acuerdos negociados marcan pautas pero no definiciones: difícilmente con acuerdos o elecciones se llega a victorias o derrotas definitivas. Promover el cambio de gobierno por la vía electoral y respetar los resultados es apenas un pequeño paso de la formalidad democrática. Ni los triunfos ni las derrotas electorales son triunfos o derrotas totales.

Las elecciones constituyen -o deberían constituir- instrumentos en el camino de la democratización plena. Desde la perspectiva de la derecha, se reducen a un mecanismo para apuntalar la defensa de sus privilegios históricos, para mantener espacios de poder -como en Sudáfrica- o para reconquistarlos -como en Nicaragua-. No hay regreso al apartheid ni a la dictadura somocista, pero sí puede darse un apartheid económico o una dictadura neoliberal con fachada democrática. Los resultados de las contiendas negociadoras quedan plasmados en el papel y en los cambios de burocracias, pero las verdaderas relaciones de poder continúan siendo tensas y conflictivas y la lucha de clases se mantiene en las calles y en los campos.

Es peligroso sobredimensionar la fragilidad de los procesos de transición, hasta el punto de convertirlos en un fin en sí mismos y no verlos como un medio hacia un fin, un terreno donde se puede avanzar o retroceder en el proceso de democratización. Tampoco confundamos transición pacífica con transformación democrática. La primera no asegura la segunda, como pretende la derecha. La transición negociada-electoral no debe estar sujeta al chantaje de los que insisten en que hay que elegir entre estabilidad o caos, pues cuando la derecha no consigue su versión de estabilidad, no tiene ningún reparo en desatar el caos. En Nicaragua no recurrirá a los golpes de estado o a los autogolpes, sino a los "golpes de mercado" y al sabotaje económico, que puede ser igualmente efectivo para sus propósitos.

También hemos visto, tanto en Centroamérica como en Sudáfrica, que la movilización cívica - catalogada siempre como caos por la derecha - es la que viene a determinar el grado de cumplimiento de los acuerdos y hasta la misma capacidad del gobierno para gobernar. Los compañeros sudafricanos son los primeros en insistir en que la movilización popular no es una mecha que se apaga o se enciende a conveniencia de las dirigencias en el momento de un estancamiento negociador. Se trata más bien de un fenómeno permanente que, desde abajo, encauza las negociaciones por el rumbo democrático.

Organización e institucionalidad

El hecho de que el FSLN sea un partido tan cualitativamente superior a los otros termina siendo un problema dentro de un marco que pretende ser equilibrado y accesible a otras fuerzas. En Sudáfrica, la alianza que encabeza el ANC tiene la "desventaja" de ser cualitativa y también cuantitativamente superior. Desventaja porque los espacios para los contrincantes son menores y esto puede significar que, para impedir el colapso del juego pluralista, se auto-impongan por las vías de las negociaciones, límites políticos-constitucionales a una eventual victoria electoral. Todo esto forma parte del juego de la transición, y también de la construcción de proyectos nacionales democráticos. No aceptamos dividir el país en pedacitos; así lo expresa un representante del FMLN.

Otra cosa es preguntar quién sale más beneficiado de las transacciones y de la negociación de un proyecto nacional. Esto vuelve a subrayar el doble filo del proceso de transición, sin dejar de admitir que las fuerzas populares deben también pagar un precio por la estabilidad. Nadie se opone al planteamiento de la estabilidad nacional, pero es necesario demandar clarificaciones sobre él. Porque no es aceptable un planteamiento chantajista que pida al pueblo escoger entre el hambre y las migajas, entre la estabilidad ahora y el pan después, entre el caos y la democracia limitada, entre la identidad nacional y la voluntad de los Estados Unidos.

Nuestros movimientos de liberación suelen ser los primeros en caer en este chantaje, que se acompaña de la ilusión de hacernos acceder a cuotas de poder gubernamental. En América Latina hemos visto muchas veces cómo se convierte en diputados a dirigentes de izquierda como un medio para desgastarlos y domesticarlos. Y recordamos la experiencia de los viejos radicales de la socialdemocracia europea y latinoamericana de los 70, que llegaron al gobierno en los 80, pero ya con la plena confianza del gran capital y de los Estados Unidos, convertidos en leales ejecutores de las mismas políticas que hubieran emprendido sus contrincantes conservadores, encaminadas todas a reforzar la hegemonía capitalista.

Para que esta historia no se repita con los movimientos revolucionarios de los 90, se hace imprescindible que las instituciones democráticas, incluyendo a la izquierda institucionalizada como partido, sean orgánicamente nutridas desde afuera de la sociedad política y concretamente, desde abajo, donde están los movimientos sociales democráticos, donde están los que ni se venden ni se rinden. Cada cual con sus aliados. Los de la derecha quizás ya no estarán tanto en los cuarteles como en los medios de comunicación. El control que a nivel nacional e internacional ejerce el capital sobre los medios y la capacidad de éstos de imponer a todos los sectores de la población agendas y mentalidades es un tema trascendental. Si la izquierda leninista visualizó el partido como el gran vehículo de transformación revolucionaria, la derecha ve en los medios la gran maquinaria para ejercer su influencia contrarrevolucionaria sobre las grandes mayorías.

Empujada tanto por los reveses como por las victorias al campo de la transición negociada, le toca hoy a la izquierda revolucionaria legalizada hacer de tripas corazón. Le toca participar en la transformación del sistema y a la vez entrar a jugar en el mismo. Muchos se irán perdiendo en ese juego. Al aceptar la contienda pacífica, ¿ha caído la izquierda en lo que un día llamamos revisionismo o reformismo? Si es así, ahora se revisan métodos pero no principios. El peligro es que el revisionismo se dé a nivel de principios, que abandonemos nuestro compromiso con la solidaridad humana y con la transformación estructural, limitándonos como "nuevos revolucionarios moderados" a ponerle una máscara progresista al modelo neoliberal.

Los peligros de la novedad

Como izquierda democrática, es posible que nos estén envolviendo los procesos de transición. En Nicaragua, el FSLN -o algunos de sus sectores- peligran ser absorbidos por el proyecto de la derecha y por su concepción de que un proceso de transición se reduce exclusivamente a la negociación y con ella, a la modernización del sistema de explotación, descartando la posibilidad de otro sistema, en el que haya democracia con justicia social. Para navegar las aguas de la transición, plagada de peligros pero también de posibilidades, resulta fundamental contar con una estrategia y una orientación clara, no vaya a ser que por evitar el naufragio del barco terminemos ayudando a conducirlo al puerto del enemigo. Es cierto que los grandes cambios en Europa han puesto a la defensiva a movimientos, intelectuales e instituciones progresistas en todo el mundo, pero esos mismos cambios nos han obligado a todos a un replanteamiento saludable y necesario de nuestras estrategias.

Los debates internos del pasado ya no pueden asemejarse a los del presente. Por un lado, porque ya no circunscribimos la discusión a cuestiones de estrategia político-militar, sino que se abre una nueva discusión sobre objetivos. En ella, algunos sectores reflejan la pérdida de fe en la opción socialista. Por otro lado, las divisiones parecen ser más profundas y públicas, lo que matiza Shafick Handal cuando afirma: "Siempre ha habido diferencias en el FMLN. Lo que pasa es que ahora aparecen diariamente en la televisión".

Sin modelo: ¿ventaja o desventaja?

Elaborar la estrategia que nos lleve de la transición a la transformación democrática y no a la regresión antidemocrática, requiere repensar la naturaleza del poder, del Estado, de los partidos, de los movimientos sociales, y del capitalismo en sus formas actuales. Pasaron quizás a la historia las tomas del poder clásicas, la rusa en 1917, la cubana en 1959, o la nicaragüense en 1979. Y no precisamente porque los militares no puedan ser derrotados, sino porque en el mundo unipolar de fin de siglo un gobierno revolucionario, independientemente de cómo llegue al poder, será blanco del estrangulamiento económico y de la subversión externa propiciada por Washington. Algunos compañeros del ANC piensan que un gobierno presidido por Nelson Mandela en Sudáfrica podría ser la excepción. Ojalá así sea. En todo caso, la mayoría de los revolucionarios centroamericanos y africanos parecen estar convencidos de que hay mayores posibilidades de impulsar los cambios estructurales por la vía de la coexistencia y del juego pluralista que por la vía de la monopolización del poder y la exclusión clasista.

A la luz de los actuales acontecimientos nos preguntamos si efectivamente se "tomó el poder" en tantos países que vivieron revoluciones. Nos preguntamos si el poder son los gobiernos y si efectivamente los procesos revolucionarios que no rebasan los parámetros gubernamentales pueden sobrevivir en esta época de unipolaridad militar estadounidense y de unipolaridad económica del mercado. El futuro de Nicaragua podrá añadir mucho a la teoría de las revoluciones.

No hay precedente histórico de lo que ocurrió en Nicaragua, donde un gobierno revolucionario con un ejército revolucionario traspasó el gobierno, con todo y ejército, a las fuerzas de la derecha. Tampoco existe precedente de lo que ocurre en El Salvador y Sudáfrica, países donde un movimiento de liberación nacional se convierte en partido y opta por el acceso al poder, aún cuando su enemigo se mantiene armado y con el control del Estado. Está el caso de la SWAPO en Namibia, que triunfó en elecciones supervisadas por la ONU, pero sólo a partir de que Sudáfrica ya había decidido despojarse de esta colonia. Con toda su inmensa fuerza movilizativa en Sudáfrica y con tanta solidaridad internacional, tampoco siente el ANC que tiene asegurado el poder estatal. Mucho menos siente que teniéndolo, garantizaría la justicia social. No se trata de ser pesimista sobre el modelo de la revolución negociada, se trata de recalcar que ese modelo apenas se está forjando y está destinado a llenar un vacío importante en el pensamiento y en la acción de la izquierda en esta época de la post-guerra fría.

Objetivos claros y estrategias nuevas

Afortunadamente, la mayoría de los movimientos revolucionarios tiene en su haber una rica tradición de revisión constante de las realidades y de permanente adaptación a las mismas. Si no fuera así, no hubieran sobrevivido, como no sobrevivieron en Europa del Este, donde simplistamente decretaron que no existían los problemas que cualquiera podía ver. O donde, si los veían, decidían que las fórmulas correctoras estaban en los manuales elaborados por los muertos y no en la imaginación de los trabajadores vivos. Los modelos nuevos están en proceso de construcción y no compartimos la crítica simplista que afirma que el problema del FSLN, el del FMLN o el del ANC no es otro que vivir en el pasado, marcados por la lucha clandestina, la vía armada o el obsoleto orden soviético. Como si la historia no tuviera nada que enseñar y no lo hubiéramos aprendido. Como si no estuviéramos obligados, como izquierda, a formular nuestra propia interpretación del colapso del modelo socialista europeo, haciéndolo desde una perspectiva revolucionaria y no desde la de un Boris Yeltsin o un Ronald Reagan.

Estamos forjando nuevos precedentes, lo que no significa comenzar desde un cero intelectual ni tampoco desarmarnos ideológicamente haciéndole barra al triunfalismo neoliberal. Lo que sí significa tener un máximo rigor político y analítico a la hora de esbozar cuál es, en las nuevas circunstancias, la alternativa al neoliberalismo. Es decir, cómo se expresa y se resguarda el poder popular y cómo se le allana el camino. La misma experiencia del pueblo en lucha ya nos va aportando indicios. Porque la búsqueda de la alternativa no es sólo tarea de intelectuales ni de técnicos, es tarea de todos.

En Nicaragua sabemos, porque lo hemos aprendido, y ésa es nuestra contribución a la teoría y práctica de la transición, que el poder no se reduce a los aparatos estatales o partidarios, que el poder se fundamenta en la relación entre varones y mujeres y en las relaciones sociales que expresan las luchas cotidianas, tanto las que se dan en las alturas políticas como las que ocurren en cada rincón del campo y la ciudad.

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