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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 136 | Abril 1993
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Nicaragua

El mundo de las mujeres encarceladas

"En la cárcel de Nicaragua no te vas a encontrar gente de corbata", afirma la teniente María Estela Ruiz, jefe de reeducación penal del sistema penitenciario nacional. "Solo hay probrecitos". Lo mismo puede aplicarse a la cárcel de mujeres. Entre las presas no hay "chicas plasticas" ni "elegantes damas". Sólo pobrecitas.

Raquel Fernández

Cuando se contempla el panorama penal nicaragüense, uno de los aspectos más llamativos es el enorme desbalance entre los dos sexos. Sobre una población penal promedio de casi 3 mil personas, las mujeres raramente llegan ser más de 70, algo más del 2% del total.

La opinión generalizada señala que esta diferencia se debe a que la mujer delinque menos porque permanece en casa, sin tomar contacto con la calle, que parece ser el semillero de todos los vicios, con lo que estaría lejos de la tentación del delito.

Esta podría ser la explicación en otras realidades socioeconómicas, pero no en Nicaragua donde son numerosas las familias que tienen por cabeza a una mujer sola. Y aún en los casos en que las responsabilidades son compartidas por una pareja, la mujer suele constituir en significativo apoyo económico. Como consecuencia, la mujer tiene un contacto con la realidad circundante tan intenso o más que el varón.

Sin retaguardia

Hay algunos factores que alejan a la mujer de la prisión. El principio humanitario en que se fundamenta la filosofía penal vigente en Nicaragua y que fue impulsada durante el gobierno sandinista, dificulta la permanencia de una mujer embarazada en la cárcel.
Si una mujer grávida cae presa, se solicita su excarcelación al juez cuando el niño va a nacer, lo que generalmente se consigue si el delito no es muy grave.

Pese a todo, la diferencia es demasiado grande como para ser explicada solamente por embarazos, partos, delitos menores y excarcelaciones. Quizá la explicación esté en el hecho de que la mujer tiene mucho cuidado de no delinquir para no caer presa, porque sabe que tiene grandes responsabilidades con sus hijos y que raramente tiene retaguardia. Y si la tiene, que es muy frágil y sobrecargada. En todo caso, que no se puede contar con esa retaguardia más de lo prudente. Pero hay mujeres presas. Y esas mujeres, al sufrimiento natural por la pérdida de su libertad, añaden el dolor por la orfandad de los hijos ? más lacerante aún que la orfandad de los padres ?, cuya situación casi nunca es tranquilizadora.

¿Por qué van las mujeres a la cárcel?

Según la Teniente Clara Marcia Páez Sánchez, Jefe de Educación del Centro Penitenciario de Mujeres "La Esperanza", la familia de delitos que con mayor frecuencia lleva a una mujer a la cárcel es la relacionada con la propiedad: robo, hurto, estafa.

Sin embargo, en 1992 se dio un fenómeno diferente. Durante cierto tiempo, la mayor parte de las internas ingresaron por delitos contra las personas: lesiones, homicidio, asesinato. Esta tendencia, que la militar atribuye a la violencia social que impera en el país, se corrigió al cabo de unos meses, a consecuencia de nuevos ingresos por delitos contra la propiedad.

Entre esta familia de delitos, el hurto es el más frecuente y entre las diferentes modalidades hay una forma de hurto que es típicamente femenina y que lleva a la cárcel a muchas mujeres pobres. Se trata de la empleada de hogar que, al cumplir el tiempo establecido de trabajo, descubre que la patrona no le paga. Y que pasan días y días, y en la pulpería ya no le fían y la patrona sigue sin pagar. Hasta que un día la empleada se cansa de esperar y hurta algún objeto de valor para cobrarse una parte de lo que le deben. Entonces, la patrona denuncia a su empleada como ladrona y termina en la cárcel.

El problema de las instalaciones

El Centro de Reeducación Penal La Esperanza es la única penitenciaría del país dedicada exclusivamente a la atención de mujeres. En los restantes siete centros, las internas ocupan un ala especial del mismo centro donde se encuentran los varones.

Al momento de elaboración de este trabajo, "La Esperanza" tenía una población penal de 40 internas, la más numerosa del país. La seguían en número Chinandega, con 16, Matagalpa con 10 y Granada con 7. El resto de los penales, una o dos internas, hasta totalizar 81, cantidad sorprendente según indicaciones de los funcionarios entrevistados, aunque la población penal sufre constantes variaciones en su número y cuando este trabajo vea la luz, los datos habrán cambiado.

La Granja La Esperanza sufrió un grave recorte de sus instalaciones físicas hace unos dos años. La penitenciaría estaba ubicada de tal modo que formaba parte del parque de una hermosa residencia con piscina. La vivienda era utilizada como oficinas y como área de descanso de las funcionarias en sus prolongadas jornadas laborales de 24 horas consecutivas. La piscina servía para premiar la buena conducta de las internas. Y el enorme jardín era un lindo lugar para que los hijos de las internas jugasen durante las visitas. Pero tras las elecciones de 1990, los ex?dueños de la residencia regresaron de los Estados Unidos y reclamaron la casa, que les fue inmediatamente devuelta por el nuevo gobierno, presidido por una mujer, sin tener en cuenta el uso que se estaba dando el inmueble.

Pese a todo, La Esperanza sigue siendo, con diferencia, el centro penitenciario que cuenta con mejores condiciones en el país, aunque sus instalaciones son ahora muy modestas. Las demás cárceles, incluyendo el Centro de Tipitapa, donde se alojan los internos varones y las penitenciarías de los Departamentos, en sus secciones masculina y femenina, se encuentran profundamente deterioradas. En opinión de la doctora Vilma Núñez de Escorcia, del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (CENIDH), la situación es tan grave que "se da una situación de violación de los derechos humanos por omisión, pues el Sistema Penitenciario Nacional (SPN) no recibe los recursos necesarios".

En diferentes oportunidades se ha planteado la conveniencia de construir instalaciones independientes para las internas en los Departamentos, pues aunque el número de reclusas es muy pequeño, las características de su reeducación lo justificaría. Pero cuando no hay presupuesto ni para garantizar el abastecimiento de agua potable, problema que afecta a la casi totalidad de las penitenciarías de Nicaragua, la construcción de nuevos edificios se plantea como imposible.

La necesidad de comer

En el aspecto alimenticio, también La Esperanza es considerada como el centro donde mejor se come del país, aunque no se llenan los requerimientos calóricos necesarios para la supervivencia. Al respecto, Núñez de Escorcia considera que este problema, que se acentúa a niveles de hambre y desnutrición en los demás centros penitenciarios del país, tiene un origen doble. Por una parte, el programa de ajuste estructural, que afecta a todas las instituciones del país y también a las cárceles. Además, los sectores más reaccionarios consideran que el SPN permanece en manos de funcionarios que ellos llaman "sandinistas", por lo que le obstaculizan la asignación de partidas presupuestarias como mecanismo para que el proyecto fracase.

En el caso de La Esperanza, el pequeño número de internas facilita la búsqueda de soluciones. Algunas instituciones religiosas y organismos no gubernamentales colaboran con productos alimenticios para redondear la dieta. Además, en los días de visita las familias que tienen un poco más tratan de llevar comida para su familiar y para que sobre y alcance a las internas que no recibieron visita.

Pero hay otra sorprendente fuente de aportes extra?presupuestarios: los que remiten las ex?internas a quienes la vida ha tratado bien después de su permanencia en La Esperanza. La Teniente Páez Sanchez explica que, cuando las internas logran una posición económica desahogada, colaboran con alimentos y productos de higiene y limpieza, "como una especie de promesa, para solidarizarse con las que quedaron dentro y suplirles algunas de sus necesidades". Pese a todo, la dieta es insuficiente. Durante 1992, el presupuesto alimentario en el SPN fue de 0.90 córdobas por interno y tiempo de comida. Las previsiones son de que, contando con la inflación y la devaluación, en 1993 quedará en 0.73 córdobas. Mucho complemento es necesario para que ese presupuesto liliputiense crezca hasta cubrir las necesidades básicas de un ser humano.

Salud preventiva y curativa

Para atender los problemas de salud de las internas, La Esperanza cuenta con diferentes instancias. Diariamente, de lunes a viernes, una enfermera pasa su jornada de trabajo en el centro, atendiendo las situaciones rutinarias. Y para dar seguimiento a los tratamientos establecidos o para enfrentar y valorar posibles situaciones de emergencia, hay dos internas que han recibido capacitación como polivalentes. Páez Sanchez señala que estas internas fueron seleccionadas para recibir la capacitación por su buen comportamiento, su nivel académico y porque les gustó el trabajo.

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CONDENAS Y EDADES


El Centro Penitenciario de Mujeres "La Esperanza" fue inaugurado el 10 de diciembre de 1987, con capacidad para 120 internas, pero nunca ha estado lleno. Al momento de recabar información para este trabajo contaba con 40 internas, de las cuales aproximadamente la mitad tienen edades que oscilan entrelos 16 y los 25 años. El segundo grupo más numeroso por edades es la de las mujeres entre los 25 y los 35 años. Son pocas las internas con 36 años o más, aunque actualmente hay una señora de 72 años, relacionada con un asunto de drogas.Las condenas oscilan entre los 6 meses y los 17 años, aunque las más numerosas son las menores de 3 años.Cuando se inauguró "La Esperanza", estaban presas allí algunas mujeres de la Guardia Nacional somocista, condenadas a 30 años, pero fueron indultadas al mismo tiempo que los hombres, en los últimos meses del gobierno sandinista.
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"Cuando una de estas internas ya está a punto de obtener su libertad, seleccionamos y preparamos otra para que la reponga", añade la militar. Y la interna, cuando se va, lleva consigo una nueva profesión y suficiente práctica para garantizarse un no retorno a la penitenciaría. Además, todos los martes, un médico del SPN pasa consulta, revisa a las internas con padecimientos crónicos y examina a las de nuevo ingreso.

Los problemas ginecológicos son atendidos por una unidad móvil médica del Centro de Mujeres IXCHEN, organismo no gubernamental que visita el centro dos veces cada mes y en cada oportunidad atiende a un promedio de 15 internas. En esas visitas se realiza el papanicolao periódico a la internas, se da seguimiento a las embarazadas y se hacen las observaciones correspondientes a las internas de nuevo ingreso.

En los Departamentos a los que ya ha llegado IXCHEN ? Matagalpa, León y Granada ?, las internas visitan periódicamente sus instalaciones. Sin embargo, se plantea que la unidad móvil de IXCHEN local organice recorridos que cubran las penitenciarías departamentales, a la vez que incluyen visitas a empresas ubicadas en las proximidades. Silvia Hernández, vicegerente de IXCHEN, afirma que "basta una sola mujer para que la unidad móvil y el equipo profesional se ponga en movimiento, aunque resulte mucho más caro. Pero, claro, tratamos de optimizar los recursos".

La maternidad en la cárcel

En La Esperanza no hay condiciones para que se desarrollen las visitas conyugales, pero varias de las internas tienen a su esposo en el penal Jorge Navarro, de Tipitapa, a donde son conducidas cada vez que les corresponde. En esos casos, y a solicitud de la interna, se les pone un dispositivo intrauterino (DIU) para evitar embarazos no deseados. "Ninguna de las internas quiere quedar embarazada estando en la cárcel", afirma la Teniente.

Y es explicable. Aunque al llegar el momento del parto se intenta que la interna?madre sea excarcelada, no siempre se consigue. Y es muy duro para una mujer que acaba de dar a luz desprenderse de su tierno bebé, dejándolo en manos que no siempre son confiables. Y aunque lo sean, nunca lo serán tanto como los brazos calentitos de mamá.

Pero en ocasiones ingresan mujeres que llegan embarazadas y esto sí plantea problemas. "Frecuentemente son muchachitas que integran bandas de ladrones ? explica la Teniente Páez Sánchez?, sostienen relaciones con varios muchachos de la banda y, al final, no saben ni quién es el papá, ni cuándo quedaron embarazadas. No se alimentan bien, ni se cuidan, tienen que salir corriendo cuando las descubren robando, agarran cualquier enfermedad venérea y quien sufre es el hijo". A veces, el hijo sufre tanto que no llega a nacer. O, lo que es peor, nace con graves malformaciones. Y sin nadie que se responsabilice por él.

Comunidad pequeña, infierno grande

El centro es un microcosmos donde, en un espacio relativamente pequeño, conviven día y noche personas con radicales diferencias de costumbres y criterios. Las funcionarias están obligadas a imponer una disciplina y un orden al que se resisten las internas, muchas de las cuales tienen graves problemas de conducta, frecuentemente originadas en el bajo nivel cultural y en la carencia de afecto y estabilidad.

La Teniente Páez Sánchez señala que la mayoría de los problemas convivenciales que se plantean recuerdan a los de los niños chiquitos: que la Fulana me miró mientras hablaba con la Zutana y eso es que estaban hablando de mí; que se rieron cuando yo pasé; que no me miró ni me sonrió cuando pasé, y eso es que me tiene tema; que mejor hable usted con ella, porque yo no quiero problemas con ella; que tal; que cual. "A veces son como chavalitas", comenta la funcionaria sonriendo.Pero tiene conciencia de la gravedad de la situación. Esa fijeza en la minucia demuestra una alarmante inmadurez humana.

Las desviaciones de conducta son frecuentes. Durante todo el año 92, el centro sufrió inestabilidad a consecuencia de las actitudes de un pequeño grupo de siete u ocho internas excepcionalmente rebeldes, que chocaban con las normas disciplinarias, con las funcionarias y entre ellas mismas. El problema se alivió mediante tratamiento especializado, en algunos casos psiquiátrico, a varias internas. "Tuvimos una interna
?recuerda la Teniente Páez Sánchez? que planteaba dos personalidades totalmente diferentes. A veces era una rebelde agresiva inmanejable; a veces, era una niña pequeñita, que pretendía que la mimásemos como un bebé, que hablaba como pequeñita. Cuando averiguamos su pasado, descubrimos que nunca tuvo amor, ni familia, ni nada".

El Padre Amado Peña, Vicario arquidiocesano para la pastoral penal comenta: "Nada han recibido de la sociedad, nada se les puede pedir, no tenemos derecho". Y recuerda el caso de una joven de 16 años a quien, como una actividad más de la pastoral, se le festejó el cumpleaños y, al ver el queque, rompió en llanto. Era la primera vez que alguien recordaba su natalicio y tuvo que ser en la cárcel.

Como consecuencia de los problemas familiares que afrontan ? sin padre conocido ni por la madre, frecuentemente alcohólica y prostituta profesional; o hijas de personas que les dieron muchas cosas, pero no tiempo y amor; o mil otras formas de descomposición moral o familiar ?, muchas de las internas no han adquirido hábitos de higiene y aseo ni de alimentación correcta. En algunos casos, ignoran el uso adecuado del inodoro y es necesario que las funcionarias les enseñen, lo que genera fuertes tensiones.

A veces las funcionarias pueden apoyarse en las familias para desarrollar su labor. En otros, no hay familia. Y, por último, hay familias que animan a la interna a mantener actitudes de indisciplina, unas veces porque hay tendencia, en ciertos sectores, a fastidiar lo más posible, como forma de venganza contra la sociedad, y otras, porque las familias temen a la interna aún dentro del presidio.

Sin embargo, a la larga, mediante conversaciones, o con tratamiento clínico especializado, las internas van poco a poco deponiendo sus actitudes agresivas y encarrilándose en la vida disciplinaria del penal. Con el tiempo, algunas llegan a confiar profundamente en las funcionarias, en quienes ven a la madre que quizá nunca tuvieron.

La tendencia lesbiana también se manifiesta ocasionalmente entre las internas. El criterio que prevalece entre las funcionarias es que más bien se trata de búsqueda de ternura, pero no se permiten ese tipo de relaciones en el centro, pues crearía alteraciones disciplinarias graves. Pero tampoco se puede obstaculizar una amistad entre dos internas, aunque tenga algunas manifestaciones un tanto sospechosas, mientras no interfiera en la disciplina. En cualquier caso, es un asunto que, según las funcionarias, surge raramente y siempre se ha controlado antes de que degenere.

El trabajo educa

Un mecanismo para ayudar a resolver todos los problemas es el trabajo. De un modo u otro, todas las internas desarrollan alguna actividad laboral, como cocineras, en el mantenimiento del centro o en el área de producción, donde se realizan actividades de costura que se comercializan en el exterior, con lo que se obtienen ingresos para mejorar la dieta, facilitar un pequeño estipendio a las reclusas y para algunas mejoras del centro.

La penitenciaría produce juegos de sábanas, muñecos de trapo, mantelerías, cojines, almohadas, mechas de lampazo y ropa, entre otras cosas. Todo realizado a conciencia y con buenos remates. Y a precios muy favorables.

También a veces se consigue la contratación de trabajos para compañías dedicadas a la producción de ropa, con lo que se logra mejorar un poco la ayuda económica a las internas, lo que resulta muy interesante para unas mujeres que, en su casi totalidad, son cabeza de familia. Pero no siempre hay trabajo y la recesión económica afecta también a las internas. Cuando hay trabajo y dinero, se conforma un pequeño fondo para que, cuando no hay nada, también llegue el estipendio.

La mayoría de las internas llega a la penitenciaría sin saber nada de costura y es un trabajo más de las funcionarias enseñarles lo más básico. Algunas se esmeran y, en poco tiempo, llegan a manejar máquinas de coser industriales. En algunos casos, el problema se origina en el natural temor a manejar máquinas grandes de apariencia agresiva, pero poco a poco, logran superar el problema y vencer a la máquina.

Por el momento, no reciben un diploma por esta capacitación que se realiza "a pie de obra", sin ninguna información teórica, pero se está tramitando para un próximo futuro el desarrollo de cursos de corte y confección que se complementan con el trabajo de costura, de forma que cuando recuperen la libertad, las internas tengan un cartón que les facilite el trabajo.

Las difíciles relaciones familiares

La mayoría de las internas son mujeres solas. Algunas tienen compañeros más o menos estables que, incluso, les llegan a visitar durante los primeros meses de su estancia en la penitenciaría. Pero al cabo de dos o tres meses, el hombre se pierde y con él, la relativa tranquilidad por los niños.

Para las internas, la situación de los hijos es un elemento profundamente tensionante. Cuando el hombre se pierde, la interna tiene la casi certeza de que ya encontró otra mujer y no espera que la situación de sus hijos mejore con eso. La inseguridad por los hijos, sobre todo si son pequeñitos, es la más terrible de las torturas.

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FORMACION INTEGRAL


Durante su permanencia en "La Esperanza", las internas reciben diferentes formas de capacitación que cubren áreas tan diferentes como salud, higiene, nutrición, educación sexual, información pediátrica para la atención de sus hijos cuando recuperan la libertad y otros.Un aspecto que interesa profundamente a las internas es la capacitación en materias jurídicas para conocer con exactitud sobre su situación y poder tomar iniciativa para lograr su excarcelación.Para suplir estas necesidades, las internas reciben charlas periódicas pronunciadas por especialistas en los diferentes temas.A lo largo de esta capacitación, la mayoría de las mujeres han descubierto la organización interna y el funcionamiento de su propio cuerpo. Asimismo, que en Nicaragua hay leyes que protegen de forma positiva a la mujer.
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Algunas internas saben que no tienen a nadie, que sus hijos están absolutamente solos. Quizá el hermanito mayor se encarga de ellos. En algunos casos, es la vecina, la hermana, la abuelita, la comadre. Siempre o casi siempre son mujeres sobregiradas de trabajo, hijos, pobreza y dificultades las que se solidarizan con la mujer presa.

En una breve encuesta informal entre las internas, envío sólo encontró a dos que podían contar con sus compañeros. Algunas más, cuyo compañero está también preso, saben con exactitud dónde está. Pero la mayoría de las internas sólo cuentan con el apoyo y la solidaridad de otras mujeres. Incluyendo las que se dejaron enredar por las promesas de un delincuente que, al final, logró salir libre dejándola presa y abandonada.

Páez Sánchez no puede ocultar su indignación cuando se refiere a estos temas. " Vos vas los días de visita al penal de Tipitapa y sólo ves mujeres y niños y eso es normal, porque allá hay casi mil hombres. Pero venís aquí los días de visita y también sólo ves mujeres y niños. Nada de hombres. Pareciera que los hombres sólo son buenos para lo bueno, pero como que no pueden enfrentar los problemas ni solidarizarse con alguien que está en dificultades. Y menos aún si es una mujer".

En la penitenciaría se intenta crear un ambiente de fiesta para las visitas: hay música, las internas lucen sus mejores galas hasta donde lo permite el reglamento, los niños pueden corretear por el patio, muy limpio y sombreado por altos árboles. Mientras dura la visita, las internas que han recibido a alguien están muy bien. Los niños de todas se hacen amigos rápidamente y juegan felices mientras mamá habla con la familiar adulta.

Los problemas empiezan a la hora de las despedidas. Los niños no se quieren ir, se aferran a la mamá, todos lloran. Mucho después de que se fueron, todavía se escuchan los alaridos de los chiquitines, alejándose por la carretera. Y comienza otra larga semana hasta la próxima visita.

La inquietud por los hijos cobra dimensiones de tortura para la mujer presa. Saber que quizá el niño se chimó la rodillita y mamá no está ahí para consolarle, o que una mano no siempre amiga le propinó un cachete y esto, en el mejor de los casos. Todavía es peor cuando se tiene la plena certeza de que están pasando hambre y malos tratos o hasta abusos sexuales en poder de quienes no les quieren.

Cuando una interna ignora todo acerca de sus hijos durante demasiado tiempo, las autoridades de La Esperanza se movilizan para ubicar su paradero y tranquilizarla. A veces descubren que los niños están solos y pasando grandes problemas. En esos casos, la misma interna facilita nombres y direcciones de familiares o amigos de los que puede esperar, razonablemente, que se hagan cargo.

Por otra parte, muchas de las internas no son de Managua, sino de otros Departamentos. En algunos casos, de lugares lejanos, desde donde el desplazamiento resulta caro y fatigoso. En esos casos, el adulto responsable no puede visitar a la interna todas las semanas, pero cuando lo hace, no arriesga a los niños, quizá pequeñitos, a viajes largos y peligrosos a veces, dependiendo del lugar de origen y de la actividad de "recontras" y "recompas".

Si los niños están absolutamente abandonados y no hay quien se haga cargo de ellos, las autoridades penitenciarias buscan respuestas institucionales mediante establecimientos para menores o tratan de hallar una familia alternativa, aunque ninguna de estas dos soluciones es fácil, porque las instituciones especializadas en la atención a los menores son pocas y escasean las familias que se animan a responsabilizarse de los hijos de una reclusa sin que medie la consaguineidad o el compadrazgo.

Durante el gobierno sandinista, entre las autoridades de La Esperanza y el Instituto Nicaragüense de Seguridad Social y Bienestar (INSSBI) existía una eficaz colaboración que ayudaba a resolver estas situaciones. Esta coordinación servía para que los hijos de las reclusas que no tenían a nadie, fuesen recibidos en los centros infantiles Rolando Carazo o en La Mascota, donde se programaban visitas semanales para mantener los vínculos entre madre e hijos. Pero la coordinación se rompió cuando asumió el actual gobierno y no ha sido posible restablecerla y ahora es aún más difícil resolver esas situaciones, según informa Páez Sánchez.

Responsabilidades y culpas

Al platicar con las internas, resulta que ninguna es culpable del delito del que se le acusa. Sólo si la encontraron con las manos en la masa y, en esos casos, aseguran que era la primera vez. Todas ellas sufren por la lejanía de los familiares, sobre todo de los hijos, aunque casi ninguna de ellas reconoce que los suyos no la visitan, que la ignoran. Una sola visita es suficiente para que en la plática aseguren que las visitan frecuentemente, que son queridas. Sin embargo, la certeza del abandono y el olvido se manifiesta cuando una y otra vez nos ruegan: "No nos olviden, vengan a vernos. Ahora ya conocen el camino". Y en los ojos de todas se ven las sombras oscuras de la inquietud y la angustia, aún en medio de las sonrisas amables dedicadas a las visitas.

Una interna que se reconoce culpable traía desde la otra punta del país un kilo de coca para menudearlo en Managua. Naturalmente, era la primera vez. Pero la "pescaron". Ahora sabe que no verá a sus hijitos en mucho tiempo, porque traerlos hasta la capital es carísimo. Y ella se metió en el delito para conseguir un dinero extra para ellos. "Es que la situación está jodida, no hay trabajo y todo tan caro..."

Otra interna que no se considera culpable ha encontrado una original forma de protesta: no cortarse el cabello. A los tres años de su ingreso, una larga y frondosa melena le cubre generosamente la espalda. "No me cortaré el pelo hasta que salga libre", afirma con una sorisa muy dulce, pero con gran firmeza. "A lo mejor voy a tenerlo que llevar arrastrando por el suelo, como lampazo, pero no quiero cortarme el pelo". Su hijita, que era un bebé cuando la echaron presa, será casi señorita cuando recobre la li?bertad.

En el jardín se afana una interna entrada en años, sembrando jóvenes plantas y regando. "A mí nadie me visita, porque soy sola. A todos mis cuatro hijos me los mataron, veya. Todos varones. Pues cosas de envidias por las tierras, usted sabe cómo es el campesino". Cuando envío se aleja de ella, la reeducadora que sirve de guía explica: "Todos sus hijos viven y, aunque viven largo, la vienen a ver seguido. Pero la pobrecita no está bien de la cabeza".

La mujer joven, la adolescente apenas, está profusamente representada en la penitenciaría. La falta de oportunidades y de orientación, la misma irresponsabilidad juvenil llevada a ciertos extremos, las han convertido en presas. Cuando las vitrinas de las tiendas ofrecen muchas cosas deslumbradoras pero la sociedad no facilita el camino para llegar a poseerlas por las buenas, puede parecer más fácil tomar el atajo y agarrarlas por las malas.

Pero a pesar de todo, aunque sienten su vida truncada, se consideran en mejor situación que sus compañeras adultas, pues debido a su juventud, muchas de ellas no han tenido tiempo de ser madres, no han dejado hijos afuera. "Si yo tuviera un hijo no sé lo que haría. Me escaparía para irlo a ver o me volvería loca", confiesa una muchacha. "Gracias a Dios que no tengo".

La otra cara de la moneda

En el Centro La Esperanza también hay mujeres del lado de afuera. Son las responsables de la reeducación, que desarrollan un trabajo difícil, cansado, mal pagado y nada reconocido. Como procedimiento para garantizar que las reeducadoras están en capacidad de comprender a las reclusas en su problemática, se exige que las candidatas tengan la enseñanza secundaria concluida o, por lo menos, muy avanzada. Además, se buscan personas muy centradas, muy equilibradas, con dotes para relacionarse con los demás, con gran paciencia, con mucha vocación y amor al prójimo porque este trabajo es casi un apostolado. "No podemos tener aquí a personas conflictivas, o con problemas de conducta, con los cables pelados, porque se nos cae el trabajo", explica Páez Sánchez.

Para conocer con exactitud a quién se contrata, se ha creado un período de prueba, también para que la interesada en el trabajo se mida con la realidad, a ver si tiene ánimo y sólo cuando la persona está escogida y definida se solicita el nombramiento. De todas maneras, no hay muchas personas que deseen realizar ese trabajo difícil y mal pagado. Los turnos laborales son de 24 horas consecutivas y 72 horas de descanso. Durante el largo turno laboral, las reeducadoras están sometidas a enormes presiones a causa del trabajo y de los problemas convivenciales que constantemente se plantean entre las internas. Algunas de las reeducadoras son fundadoras de "La Esperanza", otras son fundadoras del SPN en la sección de mujeres del penal de Tipitapa, cuando había mujeres allá, otras son de ingreso reciente. Todas llevan varios años tratando de tratar con amor a las mujeres que la sociedad rechaza. Y todo por un salario ridículo.

Solidaridad entre mujeres

"Nosotras también somos mujeres y no podemos menos que solidarizarnos con ellas", manifiesta Páez Sánchez. "Cuando estoy por la noche en casa jugando con mi hijo o ayudándole a hacer las tareas del colegio, pienso en las internas y se me paraliza el corazón". Otro momento difícil para las reeducadoras se plantea en los días de visita, al terminar, cuando los niños no se quieren separar de sus madres. "Ver a esas criaturitas aferrándose a su mamá te desgarra el alma. Porque yo también soy madre y pienso cómo me sentiría yo en su lugar".

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RESPETO A LA PERSONALIDAD


En "La Esperanza" se permite que las internas desarrollen iniciativa en su arreglo personal, como mecanismo de reeducación y para fomentar la autoestima. En este sentido, se admite que las internas se maquillen, se hagan la manicura, la pedicura y que las más hábiles en el cuidado del cabello se lo arreglen a las demás. Y también que luzcan algún adorno como pulseras, anillos, collares o prensapelo variados. También está autorizada la relativa transformación de los uniformes de presidiaria. En la sencilla tela azul, las internas dejan volar su imaginación con bordados de diferentes colores, aplicaciones, pinturas o algún alfiler decorativo. De hecho, aunque la base del vestuario es la misma en todas las internas, - pantalón corto y camisa de manga corta abrochada adelante -, no hay dos uniformes iguales y algunas han logrado transformarlo en auténticas obras de arte con flores, pájaros y frutos bordados en colores vivos.
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Pero también abundan los momentos en que todo cambia y es necesario manifestar firmeza para establecer la autoridad. En La Esperanza las reeducadoras ? ni carceleras ni guardianas ?, no usan armas ni cachiporra, en las ventanas no hay rejas y, hasta cierto límite, las internas tienen relativa libertad de movimiento por determinadas áreas. Además, las reeducadoras son formadas en el amor y el respeto a las internas, las tratan con amabilidad, sin insultos ni malas palabras. Y muchas de las internas interpretan esa actitud educada como una manifestación de debilidad y responden con agresividad. "Es necesario mucho autocontrol y mucha paciencia para no tratarlas como te tratan, sobre todo las de reciente ingreso", explica Páez Sánchez.

Ana María Espinoza es fundadora de "La Esperanza". Es una mujer hecha y derecha. Su hijo mayor ya tiene 25 años. Es costurera. Por muchos años trabajó en una fábrica de ropa pero ella quiso servir a su patria en otros ámbitos y así terminó como reeducadora. Su experiencia anterior le sirve ahora para enseñar a las internas un oficio que les servirá cuando salgan libres.

Mientras platica con envío acomoda y ordena las costuras ya terminadas de las internas para su empacado y distribución. Unos metros más allá, donde no pueden oir la conversación por la distancia y por el sonido de un radio a todo volumen, las internas continúan sus trabajos mientras varios pares de grandes y afiladas tijeras, verdaderas armas mortales, pasan de mano en mano al compás de su actividad.

"A veces usan esas tijeras para estropear las costuras, la tela, echan a perder las piezas que nos dan contadas y tenemos que devolverlas contadas. Y lo hacen sólo por hacer el daño", se lamenta. ¿Pero, ¿esto es siempre así? "No, claro que no. Las que dan guerra son las menos. Pero viera qué molestan. Claro que hay otras que se esfuerzan y aprenden, que les enseñas a coser o a bordar o a pintar y con una vez basta, porque se esmeran. O como una que está ahí, que decía que no podía manejar la máquina grande y yo le dije: mirá, vas a aprender. Si es necesario, te pasás todo el día para este pedacito. si lo hacés mal, lo deshacés y volvés a empezar. Y viera ahora, qué bien cose. Cierto que le tomó todo el día, pero aprendió". Esos casos son los que dan ánimos a Ana María y sus compañeras para continuar con su labor. Y según su propia confesión, son la mayoría.

La ansiada libertad

Al cabo de los años prescritos, la interna ya ha "pagado por su delito", ya ha "saldado su deuda con la sociedad" y está lista para regresar a la vida libre, quizá con una nueva capacitación, con una disciplina adquirida, con nuevos hábitos. Pero la sociedad, ¿está preparada para recibir de nuevo al miembro que expulsó unos años antes?

Algunas afortunadas cuentan con el apoyo de su familia al salir, pero son las menos. Es fácil saber quiénes tendrán esa buena suerte, considerando la frecuencia de las visitas recibidas. La mayoría regresa a su ambiente anterior, pero deteriorado. Muchas se encuentran con que en su casa sigue viviendo su hombre, pero con otra mujer y sus hijos ya no están, porque la nueva compañera de su ex no está interesada en atender hijos ajenos.

Si encuentran casa, la encuentran vacía, sin los mueblecitos y los pocos peleritos y enseres que pudieran poseer antes de su encarcelamiento, porque los vecinos y amigos, tan pobres y desgraciados como ellas mismas, se han apropiado de todas sus pertenencias. Para guardarlos, claro, pero después nunca o raramente los devuelven.

En cuanto a las posibilidades de encontrar trabajo, si las cosas estaban mal cuando cayeron presas, unos años después y gracias a las políticas de ajuste económico están mucho peor. Y con antecedentes penales. ¿Quién va a dar trabajo a una mujer que estuvo presa por hurto? ¿O por estafa? ¿O por homicidio? Y con los miles de desempleados disponibles que hay en el mercado laboral.

Un modelo y una pregunta

Recientemente, visitaron Nicaragua dos personalidades cristianas que son autoridades en pastoral penal a nivel mundial. El Padre Peña los llevó a La Esperanza sin aviso previo para que pudieran constatar con sus propios ojos la realidad de esta prisión, que cuenta ya con una breve historia de cinco años y medio. Ambos salieron entusiasmados.

Definieron al centro como "la mejor cárcel de mujeres de América Latina". La mejor en el sentido de la más humana, donde se ofrecen a las internas auténticas posibilidades de rehabilitación. Sin embargo, cabe preguntarse sobre la posibilidad de una "mejor" cárcel, en el mismo sentido en que podría preguntarse por una "mejor" migraña o por un "mejor" dolor de muelas. Porque la mejor cárcel es la que no existe, porque no es necesaria.

Según Núñez de Escorcia, los estudiosos de la criminología están llegando a la conclusión de que la cárcel no resuelve nada, porque los que llegan ahí son llevados por circunstancias que no pueden controlar: un ambiente de miseria económica y moral total que no permite otra opción, o un accidente desgraciado en el que interviene más la fatalidad que la imprudencia.

Los especialistas consideran que son pocos los criminales natos, como son pocos los retartados mentales natos. La mayoría son producto del ambiente. Por lo tanto, lo que habría que hacer es transformar el ambiente, no encarcelar a sus víctimas. Un cambio hacia una sociedad más justa y mejor equilibrada.

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