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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 134 | Enero 1993
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Guatemala

Retornan los refugiados

"Luchamos para retonar, retornamos para luchar", gritaban los refugiados que cruzaban la frontera mexicana con mantas y banderas, mientras la Misa Campesina de Carlos Mejía Godoy retumbaba en los altavoces.

Trish O' Kane

El 20 de enero, cuando el primer grupo de 2 mil 500 refugiados guatemaltecos -unos 45 mil viven en México-, terminó su éxodo, se abrió un nuevo capítulo en la historia del país. Diez años después de haber salido de su patria a pie y de noche, huyendo de la represión del ejército, regresaban triunfantes en una caravana de buses de más de dos kilómetros y sus compatriotas les daban la bienvenida con cohetes y marimbas a lo largo de la carretera. Los refugiados que quedaron en México piensan regresar de forma gradual en los próximos tres años, dependiendo del éxito que tengan los de este primer contingente.

Organizados, decididos y tenaces

En los últimos siete años, casi 10 mil refugiados han vuelto a Guatemala en pequeños grupos. Este fue el primer retorno masivo y con un carácter claramente político. Los refugiados que han retornado alcanzaron un nivel de organización social muy alto mientras estuvieron en los campamentos de Naciones Unidas en México. Allí eligieron democráticamente a sus propios representantes - las llaman Comisiones Permanentes (CCPP) - y organizaron otros grupos de promotores de salud, de mujeres, de jóvenes y religiosos. También regresan con un alto nivel de alfabetización y de conciencia, si se los compara con los del resto de la población guatemalteca.

La mayoría de los refugiados de este primer grupo fueron cooperativistas en el Ixcán. "En México eran las personas mas organizadas en los campamentos", dijo Rigoberta Menchú, Nobel de la Paz 1992 y vocera de los refugiados. Menchú cruzó la frontera con ellos y les acompaño hasta su llegada a la capital días después.

El retorno de una población tan politizada como ésta, podría tener un importante impacto sobre el resto de la población guatemalteca, algo pasiva como fruto del terror impuesto por las dictaduras militares en las tres últimas décadas. Eso es precisamente lo que teme el gobierno y el ejército: que los refugiados sean un apoyo más a las organizaciones cívicas que están presionando por un cambio y por la desmilitarización del país.

En particular, estas organizaciones exigen la abolición de las patrullas civiles, conocidas por sus violaciones a los derechos humanos en zonas rurales. Una de las primeras exigencias de los refugiados antes de retornar fue la eliminación del servicio militar y de esas patrullas. En los acuerdos firmados por el gobierno y los refugiados en octubre/92, el gobierno acordó respetar estas exigencias. También reclamaron los refugiados la desmilitarización en las zonas a donde iban a retornar. Los militares temen este "mal ejemplo" y por mucho tiempo han estado señalando a los refugiados como "subversivos", buscando para desalentarlos en su retorno. "Tenemos pruebas de que hay guerrilleros infiltrados entre los refugiados que vienen", declaró el Ministro de Defensa, General José García Samayoa apenas un mes antes del regreso.

La primera maniobra del gobierno para tratar de minimizar el impacto político del retorno fue rechazar la ruta propuesta por los refugiados, disponiendo que regresaran por otro camino, en el Petén, en medio de la selva, para evitar así su contacto con la población. Pero los refugiados, que hace una década tuvieron que salir por la puerta trasera del país estaban decididos a volver por la puerta grande y con la frente en alto. Proponían regresar en una caravana por la carretera Panamericana, parando en varios lugares antes de llegar a su destino, en un viaje de nueve días, en el que pasarían dos días en la capital para reunirse con grupos populares y participar en una misa y concentración masiva en la plaza central de la ciudad de Guatemala.

Llegada a Huehuetenango

Naciones Unidas apoyó la ruta propuesta por el gobierno, argumentando que era más directa y que parte de la ruta escogida por los refugiados estaba intransitable, lo que era cierto. Lo que los voceros del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) no dijeron era que la ruta por el Petén era también intransitable por el lado mexicano. Al final, el gobierno y ACNUR tuvieron que ceder. Los refugiados empezaban ya a salir de sus campamentos en México a pie, ante la negativa de proveerles transporte. Aparentemente, ni al gobierno ni a ACNUR les interesaba el espectáculo internacional de 2 mil 500 niños, ancianos y mujeres caminando por carreteras mexicanas y guatemaltecas en un éxodo voluntario.

Desde que pusieron pie en Guatemala, los refugiados mostraron que realmente habían retornado para luchar, según su consigna. A 24 horas de su llegada al centro de recepción gubernamental en la norteña ciudad de Huehuetenango, donde recibieron documentación, atención médica y provisiones, organizaron una conferencia de prensa denunciando que los funcionarios del gobierno no los dejaban relacionarse con la población local y que les negaban la entrada a sus familiares, a los que tenían rodeados de alambradas.

"El gobierno está violando nuestros derechos constitucionales y de continuar así, este centro de recepción se está convirtiendo en un verdadero campo de concertación", declararon los dirigentes de las CCPP. Denunciaron también las condiciones infrahumanas en el centro, donde muchos tenían que dormir afuera soportando el frío aire de la montaña y esperar en largas filas la comida y la atención médica. Más de la mitad de este primer grupo eran niños menores de 10 años, muchos de ellos enfermos y desnutridos. Funcionarios de la Comisión Nacional para la Atención a Repatriados, Refugiados y Desplazados (CEAR), instancia gubernamental que atiende las repatriaciones, habían insistido durante meses en que estaban preparados para el retorno, rechazando la ayuda que en alojamiento y alimentación ofrecían Iglesias y grupos locales. "Esta situación demuestra la demagogia gubernamental diciendo que estaba totalmente preparado para nuestra recepción. Además, abre la pregunta de qué ha hecho el gobierno con la gran cantidad de recursos económicos que anunció que tenía a disposición del retorno", dijeron los refugiados.

¡Bienvenidos a esta tierra que los vio nacer!

Los refugiados dieron un plazo de tres horas a la CEAR para cumplir con sus exigencias y si no lo hacía, amenazaron con protestas y desobediencia civil. En cuestión de 15 minutos, el director de la CEAR en Huehuetenango abrió personalmente las puertas del centro, permitiendo la entrada de los cientos de guatemaltecos que esperaban afuera para abrazar a familiares a los que no veían desde hacía diez años.

A pesar de todos los pronósticos negativos de las autoridades, después de tres días, la caravana salió de Huehuetenango rumbo hacia la capital sin mayores problemas. No hubo ningún incidente en la carretera, con la excepción del nacimiento de un niño ya llegando a la ciudad. La caravana entró a Guatemala de noche y miles de guatemaltecos los esperaban en varios puntos de la ciudad para darles la bienvenida. Algunos lloraban y daban apretones de mano a los refugiados cuando pasaban los buses. El retorno impactó a miles de guatemaltecos de una forma muy humana. Un pequeño "scout" de siete años andaba solo y uniformado por las calles viendo cómo podía "ayudar a los refugiados".

Al día siguiente se organizó una marcha que terminó con una misa campal en la plaza central de la capital, a la que concurrieron miles de guatemaltecos de todos los sectores, evento sin precedentes en la ciudad. Algunos de los refugiados decidieron quedarse en los albergues, tenían miedo de lo que pudiera pasar durante la misa, pero la mayoría estaba allí.

"Hermanos retornados, bienvenidos a esta tierra que les vio nacer. Esta fecha histórica quedará en la memoria de todos nosotros. Han sido muchos años de división, pero hoy estamos aquí todos los diferentes sectores para celebrar esta gran fiesta nacional. Esta es su tierra, este es su pueblo y todos vamos a trabajar juntos. Aquí empieza nuestro largo caminar", dijo Rosalina Tuyuc, dirigente indígena que habló después de la misa.

Declaraciones encontradas

Con una agenda muy cargada, sufriendo por el cambio de clima y después de varios días, muchos refugiados estaban ya exhaustos y enfermos, aunque seguían determinados a llegar su destino. Sin embargo, los que más sufrieron durante el retorno fueron los funcionarios del gobierno, particularmente el director nacional de la CEAR. Sergio Mollinedo, quien "botó la gorra" al quinto día del regreso durante una conferencia de prensa en la capital. A gritos acusó a las CCPP de destrozos y robos en las bodegas del CEAR en Huehuetenango, llamándoles "seudo-dirigentes irresponsables". "Las CCPP - afirmó - han mostrado que no tienen la capacidad de organizar un retorno y representan únicamente a un sector de los refugiados".

Otro funcionario del gobierno que acompañaba a Mollinedo añadió que fue "el peor retorno que hemos atendido" y se mostró sumamente ofendido por la "falta de respeto" mostrado, como si el centro de la CEAR fuera su propiedad privada. "El colmo fue que un día hasta impidieron la entrada al vehículo del propio director de la CEAR bloqueando las puertas", dijo rojo de disgusto. Aparentemente, a los funcionarios de la CEAR no les gustó la manera en que los refugiados ocuparon el centro, organizando constantes reuniones y cantando canciones revolucionarias entre consignas. "¡La lucha no es por querer, sino por un poco de comer!", coreaban.

Una hora mas tarde, en otro conferencia de prensa, el jefe de la misión de ACNUR, Michelle Gabuadan declaró que el retorno era un "éxito " y felicitó a los refugiados por "su actitud tranquila, calmada y responsable". Añadió que ellos estaban retornando "con dignidad" y comentó sobre la cálida recepción de la población. Descalificando las críticas hechas a las CCPP, afirmó: "Tenemos que seguir hablando con los representantes de los refugiados, no podemos ignorarlos".

¿No pasarán?

"No podemos garantizar que van a pasar por la carretera", advirtió ACNUR durante la misma conferencia, refiriéndose al mal estado en que se encontraba el último tramo de la carretera que les llevaría a su destino final, un lugar llamado "Polígono 14" en Ixcán . Las lluvias no cesaban y eso dificultaba las cosas. ACNUR propuso que el primer grupo que intentara llegar al Polígono 14 desde Cobàn fuera de sólo 40 de los hombres más jóvenes y en mejores condiciones de salud para evitar así sufrimientos a los niños y para que esos jóvenes prepararan mejor la infraestructura del lugar para los grupos que seguirían.

"La justificación de ACNUR es que los 40 primeros tendrían que trabajar y preparar la infraestructura de la población. Pero la pregunta del millón es: ¿por que? Si la infraestructura ya debía de estar lista, eso era responsabilidad de la CEAR", reclamó Roberto Alvarado, de la Asociación del Desarrollo para América Central, una ONG guatemalteca que apoyaba el retorno.

Ya en Cobán, los refugiados demostraron la unidad que había garantizado su sobrevivencia durante más de una década. Se negaron a dividir a las familias, tanto por razones de seguridad como por su propia organización. Cuando habían huido, mujeres, niños y ancianos caminaron hasta seis días seguidos hasta llegar a Mèxico. Ante los argumentos técnicos de ACNUR respondían: "Nos fuimos juntos y volveremos juntos". Finalmente, ACNUR tuvo que ceder y en el primer grupo salieron de Cobán familias enteras de hasta 11 miembros, incluyendo bebés y abuelas. Por las condiciones de la carretera, los refugiados acordaron salir en grupos de 400 cada día, hasta que todos llegaran al Polígono.

La caravana salió con un día de retraso de Cobán por el "chipi-chipi" (llovizna en kekchí), que empezó a caer desde la víspera. El 27 de enero, 8 días después de iniciado el retorno, los primeros 400 refugiados se subieron a doce camiones de transporte de ganado con aserrín en el piso para emprender un difícil viaje de más de 28 horas. Con grandes banderas de la Cruz Roja y de ACNUR y escoltados por un jeep de la policía nacional, la caravana salió rumbo a Chisec.

Ocho horas más tarde llegaban a Chisec sin mayores problemas. Las calles estaban llenas de gente que les recibían, algunos buscando a sus familiares. Las marimbas sonaban desde la iglesia. Los refugiados bajaron de los camiones, algunos con las piernas temblando después de tantas horas de pie, pero sonriendo y saludando a los chisequeños.

Los problemas empezaron el segundo día, cuando la caravana llegó al pueblo de Santa Lucía, Ixcán, y se toparon con unos 60 vehículos, entre ellos camiones de transporte de petróleo, que habían quedado atascados en el lodo desde hacía tres días. La carretera se había convertido en un mar de lodo pegajoso y los camiones se hundían más y más. Los camioneros insistían en que más adelante había trechos aún en peor estado.

Los periodistas juraban que aquel día la caravana no pasaría y todos fueron a dejar sus vehículos al pueblo más cercano para empezar a caminar. Más de uno tuvo ser remolcado por otro colega, sus botas de hule se atascaban en el lodazal.

El último trecho

ACNUR había contratado un tractor para arrastrar los camiones y evitar que los retornados tuvieran que bajarse. Como último recurso, disponía de otros camiones esperando al otro lado de los atascaderos de lodo para seguir el viaje si los retornados tenían que atravesar el lodo a pie. El tractor no llegó sino hasta las tres de la tarde y comenzó por sacar a los camiones particulares.

Después, sería el turno de la caravana. Los retornados no se desesperaron y estaban dispuestos a caminar lo que fuera necesario. Los que mostraron resistencia a que caminaran fueron los camioneros que los habían llevado desde Cobán. "Los hemos traído hasta aquí y los vamos a llevar hasta el final", afirmó uno orgulloso de su tarea, mientras esperaba el tractor. Seis horas después, a las nueve de la noche, en la oscuridad total, el tractor sacó al último camión de la caravana del último atascadero. Una hora después, ante la incredulidad de los periodistas, que se habían dado por vencidos, los retornados ya medio muertos pero muy contentos, recibían una calurosa recepción en Cantabal, Playa Grande, Ixcán, donde pasarían la última noche antes de llegar a su destino final.

A la mañana siguiente, último día del viaje, las sonrisas abundaban. Estaban en Ixcàn, su tierra, y ya no les importaba nada. Tenían que abandonar los vehículos y caminar los últimos siete kilómetros con carga y todo, pero la gran fila de gente subía y bajaba los cerros bajo del sol y luchaba con el lodo con gran alegría. Algunos tocaban guitarras, otros llevaban caseteras que vociferaban rancheras mexicanas y hasta un refugiado se tomó un descanso bajo un árbol con una hielera llena de cerveza que había traído desde México para celebrar tan trascendental momento.

Llegando al último trecho, el camino se hizo muy angosto y uno tenía la impresión de estar caminando dentro de las entrañas de la selva, flanqueado por dos paredes de verde brillante. Justo antes de llegar al Polígono, pasa un río con un puente de madera. Al subir el último cerro, ya se miraban las muy rudimentarias galeras construidas para alojar a los refugiados y se escuchaba el lejano vocerío de los vecinos más cercanos, unos enormes monos llamados "saraguates".

"Llegué contento, pues, porque esta es nuestra tierra. Nos sentimos un poco mal porque no había condiciones en el camino, pero cuando llegué aquí me sentí alegre. Vine por mi familia, porque no tenía tierra en México para ellos. Como tengo hijos, tengo que luchar para tener un tierra que dejarles", explicaba José Catún al llegar al Polígono .

Catún salió de Guatemala en 1981 después que el ejército mató a su hermano cuando trabajaba en su milpa. Tardó nueve días caminando desde su aldea en el Quiché hasta llegar a México y había tardado diez días en llegar al Polígono 14 con sus siete hijos, pero no se dio ni un minuto para descansar al llegar a su nueva tierra prometida. Como los que entraron por la tarde, se puso a trabajar de inmediato, limpiando la tierra, cortando leña y apoyando a los equipos organizados que estaban instalando letrinas y agua potable. En el nuevo asentamiento reinaba una actividad febril.

Las cuatro galeras construidas por la CEAR y ACNUR - estructuras de postes con un techo de lámina encima, sin paredes ni piso -apenas podía acoger al primer grupo de 400, pero al día siguiente llegaría el segundo grupo, 400 más. Sin embargo, los refugiados no parecían estar agobiados por esto. "Nuestro abuelos mayas nos han enseñado que no hay ni un sólo problema que no tenga solución. Que cuesta es cierto, pero se solucionan. Estamos preocupados con estos caminos que no reparan y preguntamos cuántos años más pasarán así. ¿Cómo es posible que después de que lo corren a uno a balazos, entre uno a su país nuevamente por esos caminos tan malos? Exigimos que arreglen este camino lo más pronto posible para el resto de nuestros hermanos que retornan. Y continuaremos nuestra lucha hasta que lo reparen", dijo Rafael Figueroa Ramos, un líder de las CCPP que retornaba con sus cuatro hijos, todos nacidos en México.

El pelo en la sopa

Una de las exigencias más importantes de los refugiados durante el retorno fue la total ausencia del ejército a lo largo de su ruta y el que no se permitiera participar a los uniformados. Pero la presencia del ejército se hizo evidente desde la llegada de los refugiados al centro de la CEAR en Huehuetenango, donde se detectaron militares vestidos de civil circulando por el campamento. En la ruta no se notó la vigilancia militar, pero al llegar a Ixcán, una de las zonas más militarizadas del país, cambió el panorama. En el último atascadero, llegaron tres camiones con unos 30 militares. No bajaron, sólo observaban. La realidad se hizo entonces tristemente diáfana a los que volvían: estaban en la Guatemala verdadera. El pasado se les hizo presente.

"Estos militares no tenían por qué aparecer allí, pero siempre tiene que haber un pelo en la sopa", comentó uno de los policías que había acompañado la caravana hasta el final. "Los refugiados fueron muy perseguidos por los militares y ellos no quieren ni ver un uniforme. Pero desgraciadamente, siempre hay ignorancia y machismo en la institución armada", añadió.

Ixcán: zona conflictiva

En Ixcán hay enfrentamientos casi a diario entre la guerrilla y el ejército. Según los militares, existen patrullas organizadas en todas las comunidades y un destacamento militar a sólo siete kilómetros del Polígono 14, con más de una compañía de soldados. Según agencias internacionales que trabajan en la zona, la guerrilla y el ejército les llaman casi a diario para advertirles sobre escaramuzas y para que evacúen al personal que trabaja en proyectos de desarrollo. El día que la caravana llegó al Polígono, el ejército mató a cuatro guerrilleros.

Dada la falta de infraestructura básica en la zona y el aislamiento, las fuerzas armadas juegan allí un papel más significativo que en otras partes del país. La única pista de aterrizaje está dentro de la base militar de Playa Grande, un enorme complejo, y muchas veces, el transporte de personas y productos depende del ejército por el mal estado de las carreteras.

Los militares de la zona no disimulan su rechazo a los refugiados, a quienes miran como subversivos. "Espero que hayan aprendido la lección", fue el escueto comentario de un alto oficial a su llegada. Los refugiados insistieron en volver a Ixcán porque allí tienen sus tierras y porque también tienen cerca la frontera con México. Saben que se han metido en un avispero, pero ya ganaron su primera batalla con la retirada de un destacamento que estaba dentro del Polígono 14. El Presidente Jorge Serrano ordenó su evacuación una semana antes del retorno.

"Para el pueblo refugiado que sufrió la política de tierra arrasada, las matanzas, los secuestros, el ejército jamás significará protección. Significa temor y control. Nosotros no lo necesitamos. Nos sabemos cuidar y nos cuidamos mejor. Hay un compromiso del gobierno para que en las áreas donde retornemos no haya presencia militar. Con tanto temor y horror que han metido a nuestra población, no podemos aceptar jamás la presencia del ejército", dijo Rafael Figueroa.

La militarización es el reto más inmediato que tendrán que enfrentar los refugiados. Pero a largo plazo les esperan otros muchos y serios obstáculos para su integración a la sociedad guatemalteca. El país del que huyeron hace una década no ha cambiado de manera significativa. En el continente, Guatemala destaca todavía por tener el peor expediente en derechos humanos y el 84% de la población vive en la pobreza, según la Iglesia Católica. El país ostenta también otro trágico récord, la más injusta distribución de tierras en todo el hemisferio: el 70% de la tierra pertenece al 2% de la población.

Los miles de refugiados que retornarán en los próximos años estarán compitiendo con una mayoría empobrecida por los escasos recursos disponibles. En algunas comunidades, ya se ha expresado resentimiento hacia los refugiados por el trato especial de ayuda que han recibido de agencias nacionales e internacionales.

Un riesgo

"El retorno abre la posibilidad de la reconciliación entre las comunidades, pero existe también un gran riesgo, inducido ideológicamente y por la escasez de recursos como la tierra. Estos 10 años no han pasado en balde para la gente que está afuera y adentro. Las comunidades que quedaron en zonas de conflicto se quedaron oyendo nada más una parte de la historia. Su visión de la realidad es parcial. Esto podría ocurrir también con los refugiados", advierte Edgard Gutiérrez, analista guatemalteco.

Sin embargo, los refugiados saben lo que les espera e insisten en que han regresado para cambiar su país. Aunque, como comentó un retornado al llegar a Huehuetenango. "Yo no me deshice de mi casa en México".

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