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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 445 | Abril 2019
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Nicaragua

Las huellas de dolor y de indignación que quedarán (2)

Segunda parte del capítulo 11 del informe del GIEI, dedicado a dar voz a las víctimas y a sus familiares. El GIEI habló con mujeres, con niñas y niños, con la población indígena de Monimbó… Recogió historias de ansiedad e incertidumbre, de compromiso y de determinación. Y concluyó que las heridas y las huellas de dolor y de indignación que quedarán como consecuencia de la etapa de violencia que inició en abril de 2018, serán muy difíciles de sanar si Nicaragua no decide emprender un proceso de justicia transicional: para conocer la verdad, para hacer justicia y para garantizar la reparación y la no repetición de tragedias como ésta.

Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes

Existen numerosos ejemplos de casos de revictimización a los cuales los fa¬miliares de las víctimas de abril fueron sometidos.

“SOMOS POBRES, PERO CON DIGNIDAD”


Un ejemplo de revictimización fueron las consecuencias sufridas por las personas en su lucha por justicia y esclarecimiento de la verdad. Presentar la denuncia en los órganos responsables, organizarse políticamente o hablar para medios de comunicación significó para las personas afectadas sufrir nuevas violencias: amenazas a su integridad, estigmatización... “Nos llaman terroristas por clamar justicia. No nos dan ninguna seguridad”.

Otro ejemplo fueron las visitas de funcionarios públicos a las casas de las personas ofreciendo atención psicológica, dinero como indemnización o una nueva vivienda. Sin embargo, más allá de que las personas no tienen confianza en los órganos estatales, el ofrecimiento de atención estaba vinculado, en algunos casos, a la firma de un acta de desistimiento de la denuncia, renunciando a cualquier proceso de investigación: “Usted puede cambiar su casa, sólo firme esta declaración y el Estado la va a ayudar” les decían.

También se debe señalar que, en un primer momento, la Ministra de Salud fue personalmente a visitar a algunos familiares, lo que fue visto como una forma de intimidación. Igualmente, los visitaron funcionarios del Ministerio de la Familia y de las alcaldías, ofreciendo dinero a cambio de “no dar seguimiento a la denuncia y a dejar descansar los cuerpos en paz”.

Más adelante, funcionarios de los servicios públicos de salud, como psicólogos, también hicieron visitas domiciliares para ofrecer atención. Lo que habría sido un gesto de reconocimiento de la responsabilidad estatal por las violaciones y de reparación por los daños, se transformó en un episodio más de amenaza y acoso a las familias: “El gobierno se quería lavar las manos del asesinato que él mismo hizo. Los habían enviado para eso. Porque la función del gobierno era pre¬servar la vida. ¿No dice la Ministra de Salud que preserva la vida? Pues los hospitales negaron atención a los muchachos”.

Es importante señalar que en casos así se busca revictimizar a determinados actores y colectivos con el objetivo de debilitarlos, dominarlos y doblegar la voluntad de las personas, para hacerlas desistir de que exijan sus derechos y, en el peor de los casos, anular, ya sea individual o comunitariamente, a quienes no están de acuerdo con el gobierno.

De este modo podemos apreciar cómo las personas cuyos derechos fueron vulnerados fueron revictimizadas en varias ocasiones, generando mucha indignación: “Somos pobres, pero con dignidad”.

“HASTA PARA MORIR ES CARO”


Como la mayoría de las personas fallecidas eran hombres jóvenes o jóvenes adultos, tenían importante participación en los ingresos familiares. Además, muchas de las familias afectadas eran de escasos recursos y vivían en casas precarias o sencillas. En estos casos, la familia encuentra dificultades materiales luego de su muerte, viviendo una situación de precariedad, incluso de inseguridad alimenticia. En algunos casos aún más graves la persona fallecida era la única responsable por los ingresos. Y la pareja, que antes era ama de casa, tuvo que empezar a trabajar vendiendo en las calles o en otros tipos de trabajos informales, además de cuidar de los niños.

Por el dolor de la muerte del hijo, hay muchas madres que pasaron un período sin salir de casa a trabajar o que disminuyeron la frecuencia de su trabajo, generando una situación financiera precaria que implica, en algunos casos, pasar hambre. Estas familias han tenido que contar con la solidaridad de vecinos, de patrones y de otras personas conocidas, que las auxiliaron financieramente. A la pérdida del hijo se sumó la necesidad de encontrar medios para sobrevivir.

Las familias de personas fallecidas muchas veces no tenían condiciones de pagar siquiera el ataúd y el terreno en el cementerio, generando gastos extraordinarios. Estas familias contaron con el apoyo de vecinos, amigos, movimientos y organizaciones sociales para cubrir los costos de la vela y del entierro: “Hasta para morir es caro. Pero el pueblo se solidarizó con ayuda económica. Tuve que comprar un terrenito en el cementerio para enterrar el cuerpo. Gracias a Dios recibí ese apoyo”. “Tuvimos que comprar la caja también”, nos dijo una mamá.

EL COSTO ECONÓMICO DEL EXILIO Y LA CÁRCEL


El desplazamiento de miembros de las familias también implica costos adicionales pesados, pues el traslado hasta otros países depende de varios medios de transporte y de la participación de varias personas que cobran por estos servicios.

Esos costos traen complicaciones financieras para las personas que se van –porque llegan con poco o ningún dinero al exilio– y también para las que se quedan en Nicaragua, pues invirtieron lo que tenían o hicieron préstamos para que su familiar llegara a otro país y preservara su vida. Muchas veces los familiares que se quedan tienen que cubrir los gastos de la persona que se fue, enviándole dinero periódicamente por la imposibilidad de trabajar en otro país por estar en situación irregular.

La disminución de los ingresos familiares también pone en riesgo o impide la continuidad de los estudios de niños y jóvenes, como relatan algunas personas entrevistadas. Los estudios universitarios o cursos de lenguas dejaron de ser una prioridad para las familias cuando las vidas estaban en riesgo o cuando la familia no tiene dinero ni para su alimentación básica. El GIEI conoció historias de jóvenes que estaban cerca de concluir sus estudios, pero tuvieron que dejarlos por dificultades económicas.

En los casos de personas detenidas, trasladarse una y otra vez a las dependencias carcelarias y judiciales, llevar alimentos y otros ítems necesarios durante el encarcelamiento, además de otras movilizaciones necesarias para apoyar al familiar detenido, implica costos económicos pesados para las familias que vienen, en muchos casos, de otras ciudades.

Así, el impacto económico es un factor con el que las personas tienen que lidiar en el contexto de las violaciones a los derechos humanos que vive en Nicaragua a partir del 18 de abril.

“NO PUEDO ESTAR EN PAZ”


“Quizás vas a ver salir lágrimas de mí. Estoy pasando una situación bastante golpeada psicológicamente. No he podido dormir durante día y noche ni estar en paz por la situación en Nicaragua”. Así empieza la entrevista con una persona que estuvo detenida, fue torturada y en este momento se encuentra desplazada por las violaciones y amenazas que recibió.

Las detenciones ocurridas entre el 18 de abril y el 30 de mayo fueron utilizadas con fines de disciplinar a las personas que habían participado en las manifestaciones. Las detenciones formaron parte de las estrategias desarrolladas para provocar terror y desmovilizar a las personas que se estaban organizando para protestar en contra del gobierno. Y más allá de la desmovilización inmediata, las detenciones implicaron muchas veces tratos crueles, inhumanos y degradantes para las personas detenidas y/o en procesos judiciales. A lo largo del trabajo del GIEI fue posible observar los efectos de la detención en las personas que estuvieron privadas de libertad y en sus familiares.

DETENCIONES ARBITRARIAS Y HUMILLANTES


Se puede decir que la principal característica de las detenciones, desde el punto de vista de sus efectos en los familiares y en las mis¬mas personas detenidas, es la arbitrariedad. La arbitrariedad marca el momento del arresto, el período de investigación y está presente a lo largo de todo el proceso. Han sido detenciones que no cumplen con las condiciones mínimas de respeto a los derechos de las personas y a su dignidad y que, al no respetar a los procedimientos legales, generan sentimientos de odio.

Los primeros momentos de la detención están marcados por prácticas de desnudamiento, hostigamiento, torturas y humillaciones, sea en la calle, en las casas en donde se mantuvo irregularmente a las personas detenidas o en la cárcel de El Chipote. Tales prácticas tienen como finalidad la desestructuración de la persona detenida, a fin de disuadir su participación política, de hacer que diga los nombres de otras personas involucradas en las protestas, también de quebrarlas subjetivamente para luego declararlas culpables por los crímenes imputados.

Las condiciones de la detención que nos relataron incluyen celdas en condiciones precarias, sin colchón, sin ventilación y sucias. Las personas quedan detenidas en ropa íntima sin poder cambiársela por meses.

Como consecuencia, en varios relatos los familiares indican que las personas se enfermaron durante y después de las detenciones y, sin embargo, no recibieron la atención médica necesaria. En el caso de las mujeres, hay relatos de enfermedades ginecológicas por la ausencia de condiciones mínimas de higiene. Hay también casos de personas que necesitan de medicamentos regularmente porque tienen problemas de salud crónicos, pero la institución carcelaria no los facilita ni permite que se los faciliten los familiares.

También se ha informado de la práctica de aislamiento en celdas individuales o en condiciones humillantes, el uso de insultos y amenazas, que producen daños psicológicos significativos por el sufrimiento que generan.

EL DOLOR DE LAS FAMILIAS DE LOS PRESOS


Las audiencias judiciales han ocurrido muchas veces a puertas cerradas, en horarios poco usuales, –o el horario de la audiencia cambia de un momento a otro – para que las familias no los pueden acompañar. La persona detenida queda aislada de sus seres queridos y no cuenta con el tiempo y el espacio necesarios para coordinar con su abogado, lo que implica que su derecho a la defensa es perjudicado.

La ausencia de información sobre la persona detenida y el contacto limitado en las visitas familiares producen extrema angustia a las personas. Para quien está privado de libertad no poder comunicarse con su familia, para compartirle las condiciones de la detención, hacerle demandas de salud y otras necesidades es extremadamente difícil.

La familia que no recibe información sobre la persona detenida vive un esfuerzo continuo para superar las barreras institucionales, para saber bajo qué condiciones se encuentra su familiar y cuáles son sus necesidades. La mayoría de los familiares no han podido tener contacto directo y presente con las personas detenidas, pues las visitas son reducidas y con poco tiempo de duración, realizadas en general en locutorios por medio de teléfonos y vidrios. Hay relatos que dan cuenta de que los paquetes con alimentos y ropa no son entregados a los detenidos.

Además, por la falta de información, por las limitadas visitas que realizan, y por las amenazas que reciben, muchos familiares, especialmente quienes viven en otras regiones pernoctan días seguidos en la calle frente a las cárceles, con la esperanza de saber algo sobre la persona detenida. En estas circunstancias es común que sean llamadas “terroristas” o “golpistas” por funcionarios u otras personas afines al gobierno. Tales condiciones, extremadamente humillantes, aumentan el sentimiento de odio y rabia en contra de las instituciones estatales.

Más allá de los costos generados para las familias –que tienen que viajar hasta Managua o Tipitapa, donde están ubicadas las cárceles El Chipote, La Modelo y La Esperanza, para llevar víveres, ropas y otras necesidades–, son las madres y esposas de las personas detenidas las que quedan a cargo de los niños. Además de visitar, garantizar que reciban los paquetes y luchar por sus derechos, estas mujeres también son el sostén y las cuidadoras de la familia.

Algunas manifiestan como consecuencia trastornos psicosomáticos frecuentes: dolores de cabeza agudos, falta de sueño, trastornos estomacales... A nivel psicológico, varias personas nos han manifestado en las entrevistas y talleres un miedo persistente y casi de manera permanente la sensación de peligro y persecución.

“¿QUÉ ES PEOR QUE SALIR DE TU PAÍS?”


Desde el 18 de abril de 2018 el clima de inseguridad y amenazas hizo que miles de personas tuvieran que abandonar sus casas y desplazarse a otros barrios, municipios, regiones y hasta fuera del país, en busca de refugio y para salvaguardar sus vidas y las de sus familiares. El desplazamiento forzado fue la única salida que encontraron: “¿Qué es peor que salir de tu país?”.

En un contexto de terror, cientos de nicaragüenses se vieron forzados a desplazarse internamente y miles más a huir del país para salvar su vida, su libertad y su integridad personal: “O nos mataban o nos echaban presos”. Solamente a Costa Rica se fueron decenas de miles. Según un comunicado de prensa de la CIDH, “al momento de la realización de la visita (octubre 2018) se registraba un total de 40,386 personas que habían manifestado necesitar protección internacional en Costa Rica”.

En muchos casos las personas se sienten culpables por abandonar el país en una situación difícil, lo que agrava el impacto emocional del desplazamiento: “Ese sentimiento de abandonar una patria sangrada era inmoral para mí, pero cuando mi nombre salió en una lista de captura me fui a una casa de seguridad y después tuve que huir. Decidí venirme, tuve que dejar a mi nieta y a mi hijo”.

El proceso de salir y llegar a otro país fue extremadamente doloroso y desgastante para las personas. Por el nivel de amenazas tuvieron que desplazarse con la ropa que usaban, ocultándose durante el día, trasladándose de noche, evitando controles, atravesando ríos, pagando sobornos y encima, con el riesgo de ser detenidos o de terminar muertos: “Nos tocó muy duro viajar por el monte, aguantamos hambre, sed, sol, algunos enfermaron. Salimos por monte, a algunos nos tocó caminar ocho días, a otros doce. Salimos forzada-mente, nos siguió la policía, paramilitares, pero llegamos. Establecimos contactos con personas que conocían la frontera¬ porque no podíamos pasar por la presencia de autoridades nicas. Eso nos costó mucho dinero. Algunos en grupos grandes,¬ otros en pequeños grupos, algunos fueron detenidos por la policía”.

Las personas desplazadas también relatan la presencia de personas vinculadas al gobierno de Nicaragua que andan en San José y en otras partes de Costa Rica en busca de quienes huyeron. Así, estando aun desplazadas, relatan que sus vidas no están seguras, lo que hace que muchas veces se queden buena parte del día encerradas en donde viven o sin salir por la noche. Algunos no tienen confianza ni siquiera en otros nicaragüenses desplazados, quedando aislados de grupos y colectivos. En los casos más drásticos, las personas utilizan nombres falsos para no ser identificadas.

“UNO ANDA COMO PERRO PERDIDO”


Muchas de las personas y familias que tuvieron que desplazarse perdieron lo poco que tenían y se refugiaron, principalmente en Costa Rica, en condiciones precarias por los escasos recursos económicos con los que cuentan. En algunos casos han logrado apoyo en casas de acogida, en centros religiosos que les ofrecen un lugar seguro donde vivir, alimentación, actividades productivas y atención psicológica. También organizaciones no gubernamentales costarricenses les han brindado apoyo. Sin embargo, sus recursos son insuficientes para ofrecer atención humanitaria de emergencia a miles de personas que viven en las calles sin apoyo.

La imposibilidad de trabajar porque no tienen la condición legal de refugiado y no logran trabajos estables hace que día a día deban buscar trabajos informales. Esto provoca intensa angustia en las personas desplazadas: “Las puertas se nos cierran porque no se puede trabajar en aquello para lo que uno no fue preparado”. Las personas se sienten desubicadas y sin las referencias necesarias para ordenar su vida: “Uno anda como perro perdido”.

El hambre es parte de la vida cotidiana de muchas de las personas desplazadas. En muchas ocasiones ni siquiera tienen dinero para las tres comidas del día: “Ayer no desayuné. Comí a las 7 de la tarde. Hoy me vine por la mañana sin desayunar”.

En el caso de los jóvenes universitarios muchos no pueden continuar sus estudios por no tener a mano la documentación necesaria. Tampoco trabajar en el área que han escogido porque no pueden demostrar sus estudios previos. Esta situación hace que realicen trabajos de sobrevivencia, con escasos recursos para costear sus necesidades básicas.

El vivir la pérdida de todo lo que es significativo para las personas, sus seres queridos, sus tierras, sus viviendas, sus costumbres, afecta profundamente la vida emocional de las personas, que tienen que reconstruirse a partir de condiciones desfavorables.

“LLORO TODOS LOS DÍAS, TODOS”


Las personas desplazadas están afectadas emocionalmente. Un entrevistado relata así cómo sufre por las condiciones en las que se encuentra: “Mi salud mental está muy crítica porque no duermo. No concilio el sueño pensando en mi familia, en el tiempo que perdí, el no saber de mi familia, no saber si sirvió toda esta lucha, la incertidumbre de no saber qué va a pasar...Tengo miedo de no volver a mi tierra linda Nicaragua... Lloro todos los días, todos los días, todos los días. No porque sea un niño, sino porque extraño mi tierra, mi familia, mi libre circulación, todo lo que se me arrebató, mi libertad”.

La salida abrupta para garantizar la integridad, y la llegada a otro país donde viven en condiciones muy precarias, han forzado a las personas a establecer redes de soporte social, a partir de la ayuda que les dan personas con quienes se cruzan en el camino. Las dificultades enfrentadas alimentan el deseo de regresar a su país de origen, de donde no quisieron irse. Pero el riesgo es demasiado grande: “La supervivencia es muy difícil aquí. Pero es más difícil saber que a nuestras casas no podemos volver, porque si volvemos nos matan”.

“Tengo deseo de tomar mi maletita y regresar... pero no es conveniente”, dice otra persona sabiendo del peligro. Mientras no pueden regresar, las personas desplazadas encuentran formas de sobrevivir y de lidiar con las dificultades que encuentran. Muchos de ellos ya estaban previamente organizados en movimientos y organizaciones de la sociedad civil. Aun así, con el desplazamiento ha surgido la necesidad de estar más articulados y fortalecer el nivel organizativo.

El encuentro con otras personas nicaragüenses es apuntado como un elemento importante de fortalecimiento y solidaridad, por permitir diagnosticar las necesidades comunes y encontrar salidas compartidas. Desde afuera, encuentran caminos y condiciones para denunciar lo que pasa en Nicaragua y también en el exilio. Así, van construyendo redes de apoyo entre nicaragüenses y costarricenses, compartiendo medidas de seguridad e informaciones y desarrollando estrategias para regresar a Nicaragua.

“NO PUDIMOS VELAR A NUESTROS MUERTOS, NO PUDIMOS SEMBRAR”


Las violaciones a los derechos humanos afectaron a las poblaciones indígenas de manera particular. La imposibilidad de realizar el ritual fúnebre según la tradición, por la presencia de policías y grupos de choque afines al gobierno asediando a la población, significa para el pueblo de Monimbó, en Masaya, la imposibilidad de que el muerto pueda descansar.

“El rito de los muertos es otra cosa que se nos golpeó. Nosotros no pudimos hacer los ritos a nuestros muertos como los hacemos. Hacemos actividades en la noche, en la mañana y rezos continuos durante la semana y eso no lo pudimos realizar por el asedio que teníamos. La gente ni quería ir a los velatorios, porque son de 6 de la tarde a 2 ó 3 de la mañana y se hace llamar a un guía espiritual, pero ellos no salían por miedo. Mucha gente cree que esos espíritus, esas ánimas, no han descansado, todavía andan penando... Estos espíritus no han tenido paz y están llegando y están insistiendo en querer paz, en querer dormir, y hay que darles descanso”.

La presencia de la policía y de grupos de choque afines al gobierno también afectó las actividades agrícolas de esta población indígena, con consecuencias en la seguridad alimenticia de los monimboseños: “La celebración de San Isidro, que la hacemos el 15 de mayo, no se pudo hacer. Es para dar inicio al año agrícola. Apenas se hizo una misa. La procesión y el velatorio de la semilla tampoco se pudieron hacer. Por eso este año vinieron demasiadas tormentas y dañaron las cosechas. El próximo año, según lo que dicen los ancianos, vamos a carecer de muchos alimentos y vamos a pasar hambre. Ésa es la predicción de los ancianos”.

Había también temor de cuidar las plantaciones, porque las fuerzas policiales y grupos de choque afines al gobierno vigilaban y amedrentaban a las personas en las zonas rurales: “Algunos pudieron sembrar, pero no todos, porque algunos decidieron mejor sobrevivir de lo que tenían. De los que lograron sembrar, algunos perdieron sus cosechas porque por miedo no las cuidaron, porque los paramilitares llegaban a esas zonas rurales y a veces disparaban entre los maizales. Eso les daba miedo. Los paramilitares andaban tan paranoicos que rastrillaban sus armas. Andaban creyendo que en todos lados había jóvenes insurrectos”.

“LA MANQUESA SE REACTIVÓ CON MONIMBÓ”


En la comunidad indígena de Monimbó, más allá de la presencia amenazadora de fuerzas policiales y grupos de choque afines al gobierno, hay prohibiciones que impiden la realización de las actividades tradicionales, sometiendo esos ritos a decisiones políticas: “El 2 de noviembre nosotros hacemos una celebración a las 4 de la mañana y estas celebraciones han sido prohibidas. La policía ha prohibido todo tipo de celebración que no sea con permiso de ellos. Entonces para poder celebrar algo tenemos que ir a pedir permiso a la policía. Y si no está avalado por el secretario político del barrio o no está avalado por alguien del partido no se hace. Para nosotros eso ha sido un golpe tremendo. Nos sentimos amarrados”.

Para toda la población de Nicaragua y para la población indígena todo esto les recuerda lo sucedido en la época de la revolución y durante la guerra de los 80. A los ancianos estos recuerdos les traen preocupación: “Los ancianos están muy frustrados porque sienten que la historia se está repitiendo y que esta vez va a ser peor. Sienten frustración porque ellos pensaban que la guerra ya no iba a volver y ellos están pensando que la guerra puede regresar. Y están pensando que el hambre también puede regresar”.

Sin embargo, algunos monimboseños sienten que este contexto reactivó sus estrategias de resistencia y solidaridad entre poblaciones cercanas: “Antes esta zona se llamaba la Manquesa. Éramos muy unidos: Monimbó, Niquinohomo, Masatepe, Nandasmo, Diriamba. Se llamaba la Manquesa porque hablábamos mangue. Y fue curioso cómo otra vez, en las primeras semanas de la represión, la Manquesa se reactivó para toda la cosa y recibimos apoyo de todos estos hermanos aquí en Monimbó. Ellos nos apoyaron bastante en los enfrentamientos, a la hora de traer alimentos”.

EL ORGULLO DE SER MONIMBOSEÑO


Este contexto de la lucha también está fortaleciendo la identidad indígena y ayudando a rescatar la cultura tradicional a través del acercamiento generacional vivido en las trincheras y en las manifestaciones.

“Las trincheras permitieron un contacto mayor del anciano, de la persona mayor, con el joven... A partir de las 6 de la tarde en las trincheras se ponían las personas mayores, cocinaban en la propia trinchera, algo muy propio de nosotros porque hemos vivido en comunidad. Y se daban muchas conversaciones sobre cultura, sobre tradición, sobre cómo había sido la guerra, cómo ellos también habían tomado símbolos de la cultura para poder luchar... Yo siento que estas charlas permitieron a los jóvenes incorporar elementos propios de nosotros, de la comunidad, y también asimilar cómo vivimos la revolución de los 80... Aquí el mercado viejo fue saqueado y muchas máscaras tradicionales quedaron en el suelo. Entonces ellos tomaron esas máscaras y cuando estaban en combate con la policía se ponían esas máscaras. Era una burla hacia el poder... En la comunidad, las mujeres no tienen el derecho de tocar la vara ni de tocar el tambor. Pero lo hicieron. Mujeres tocando el tambor, mujeres agarrando la vara: para mí fue como una revolución. Siempre se habla de que Monimbó, la comunidad indígena, es la comunidad insurrecta. Y ahora se volvió a hablar de Monimbó nuevamente. Que se hable de Monimbó le gusta a los jóvenes... Ahora todo mundo se siente Monimbó. Creo yo que se ha elevado el ego de los jóvenes al decir ‘yo soy monimboseño, soy indígena’”.

EL IMPACTO EN NIÑOS, NIÑAS Y ADOLESCENTES


Los hechos de violencia que se vivieron en Nicaragua afectan de manera específica a los niños, que experimentaron todo de manera directa y cercana, pues las violaciones a los derechos humanos ocurrieron a miembros de su familia y en sus comunidades.

Los niños que perdieron a algún familiar resienten su falta en el cotidiano. Esto se manifiesta en pedir fotos,en hacer dibujos que expresan el dolor y en preguntas sobre la persona fallecida: “Se encierra en su cuarto, toma cosas de su hermano y comienza a llorar. Ellos compartían muchas cosas juntos. Se ponían en el internet, veían televisión juntos, platicaban. Ahora ya no lo tiene cerca”.

Estas pérdidas los dañaron psicológicamente al privarlos de sus vínculos más importantes. Su desarrollo socioemocional fue afectado. Se quedaron sin sus figuras de identificación y referencia: “El tío se ponía con la niña a enseñarle. Ahora ya no tiene al tío al que recurrir. Esto trae una consecuencia psicológica en la vida de ella por su tierna edad. No es lo mismo que con un adulto. Para un niño es más difícil”.

Algunos niños fueron testigos directos de asesinatos y otros hechos de violencia, experiencia que queda en sus memorias y que les marcará en el futuro. Estuvieron en medio de la represión, tuvieron que protegerse de disparos y han visto a sus familiares muertos en las calles, con heridas graves, esperando por atención médica.

Este impacto también puede ser observado en los juegos de los niños, que reflejan la polarización social, el armamento y los conflictos que han visto. En las entrevistas y talleres realizados por el GIEI nos han compartido que muchos niños, niñas y adolescentes juegan con tucos de palo que dicen son morteros, imitando lo que observaron día a día. “Yo de niño no jugaba así. Y ver a los niños, a los hijos de mis primos, a los hijos de mi vecina, jugar con armas de palo diciendo que ‘ustedes son la policía, son los asesinos’ y que ‘nosotros somos azul y blanco’, va a tener una repercusión muy grande en el crecimiento de estos niños”.

EL MIEDO A “LOS HOMBRES DE AZUL”


También un fuerte miedo marca la vida de niños y niñas. Se manifiesta cuando escuchan ruidos en la calle, sobre todo por la noche. Como consecuencia, los niños han perdido interés por las actividades cotidianas, escolares, por juegos y paseos en el parque. Sus familiares también sienten miedo que algo les pueda pasar en el trayecto a la escuela y prefieren muchas veces que el niño pierda el año a arriesgarlos en el camino.

La participación de policías y grupos de choque afines al gobierno hace que niños y niñas tengan miedo de esas personas cuando pasan por lugares específicos donde hubo represión. Se esconden cuando ven a una persona uniformada. Los niños viven una paradoja, pues las agresiones y amenazas vienen precisamente de las instituciones que se supone deberían proteger a la población. Escuchamos relatos que apuntan a que muchos niños se sentían más seguros cuando había tranques en las ciudades y barrios que después de los operativos de “limpieza”, cuándo los territorios pasaron a tener una presencia mucho más numerosa de policías y grupos de choque afines al gobierno: “Es algo curioso, los niños jugaban más cuando estaban las trincheras que ahora que ya no están las trincheras. Los niños se sentían hasta más seguros con las trincheras que ahora que no las hay. Oír a los niños que ‘los policías matan’ es algo que puede causar un problema a largo plazo en la juventud, en las nuevas generaciones”.

Según información brindada por la Coordinadora que trabaja con la Niñez y la Adolescencia, un número no determinado de niños, niñas y adolescentes ha sido afectado física y psicológicamente no solamente porque perdieron a sus familiares, también porque fueron heridos por balas de goma, plomo, morteros, fragmentos de balas y proyectiles de guerra. Han sido expuestos a gases lacrimógenos e incendios en sus hogares y estuvieron sometidos a una situación de hostigamiento durante meses.

Las experiencias traumáticas de violencia vividas en la infancia pueden perjudicar el desarrollo saludable de los niños. El daño o secuelas que ocasiona la violencia en la población se manifiesta no sólo en las personas que la viven directa o indirectamente, sino que éstas se reproducen en las siguientes generaciones. Podemos decir entonces que la afectación impacta a varias generaciones simultáneamente y se traduce en conflictos entre generaciones, y sus efectos reaparecen de diversos modos en las generaciones siguientes.

“¿EL AÑO QUE VIENE VOY A ESTUDIAR?”


En los primeros tres meses de la crisis la inseguridad y la presencia de grupos de choque afines al gobierno en las calles obligaron a las familias a no enviar a sus hijas e hijos a las escuelas. En otros casos los centros educativos fueron cerrados por las autoridades: “Todavía encapuchados andan buscando a la gente de los tranques. Mejor que pierdan el año y que comiencen el otro año”.

Los niños escuchados por el GIEI manifiestan no querer ir a clases, por temor a los “hombres de azul”, a que los vayan a buscar al colegio. Sus familiares señalan que delante de las camionetas hilux, empleadas por policías y encapuchados, los niños tienen reacciones: gritar de miedo y orinarse.

En varias escuelas los docentes han tenido que disminuir el horario escolar por seguridad. Desarrollan estrategias para que niños y niñas puedan salvar el año escolar a través de aulas virtuales en línea. En estos casos sólo los maestros iban al colegio, aunque con mucho temor e inseguridad, para evitar un perjuicio más grande a los niños.

Los cambios en las escuelas y el peligro de andar por las calles hicieron que las rutinas de niños y adolescentes sufrieran. Pasaron a quedarse mucho más tiempo en las casas, aburridos y sin poder compartir con amigos. Sin el permiso de los padres para salir, no sabían qué hacer: “Me siento como en una cárcel”.

En las escuelas hay niños cuyos papás y hermanos están o estuvieron encarcelados, otros tuvieron que irse del país. Estas experiencias les afectan mucho. Sienten que todo lo que tenían se derrumbó. Tenían la experiencia de tener amigos, independientemente del partido o de la opinión política de sus padres. Ahora, con la profunda polarización política los niños sufren porque sienten que han perdido amigos. Aunque se pueda pensar que los niños no comprenden lo que pasa en el país, ellos están enterados de la gravedad de lo ocurrido: “La gente¬ piensa que no, pero yo me doy cuenta de lo que pasa”, dijo un niño a un funcionario de su escuela. También manifiestan mu¬cha frustración y rabia con todo lo que pasa, sintiéndose impotentes: “Estoy lleno de rabia y no sé qué hacer”. Están preocupados con el bienestar del país y el de sus familias: “Mamá, queremos, que ya no sufra. ¡Queremos verla feliz, que haya paz en Nicaragua!”

Los alumnos de las escuelas sienten que su futuro es incierto: “¿El año que viene voy a estudiar o no? ¿Nicaragua va a cambiar o no?” Sobre todo, los adolescentes sufren con la in¬certidumbre de los próximos años y piensan en alternativas, incluso fuera del país. Ellos no saben si van a terminar el bachillerato y si podrán ingresar en la universidad, lo que perjudica sus planes y proyectos de vida.

También las experiencias de violencia les han despertado sentimientos de solidaridad y la capacidad de resistir: “Profe, ¿qué vamos a hacer? ¡Vamos ayudar en los tranques!” La muerte de Álvaro Conrado, en especial, les provocó tristeza y enojo, pero también el deseo de hacer algo: “Él salió a defenderme a mí, ¿y yo que voy hacer?”

“SIEMPRE NOS TOCA A LAS MUJERES ASUMIR”


El movimiento feminista en Nicaragua tiene una larga historia de defensa de los derechos de las mujeres. Lo integra un grupo diverso de organizaciones que trabajan desde diferentes ámbitos, con el mismo enfoque de derechos de las mujeres.

Eso les ha permitido trabajar como una red consolidada, con capacidad de actuar conjuntamente cuando la coyuntura lo necesita, convirtiéndose en un actor político, tanto en la lucha por los derechos de las mujeres, como en la defensa de los derechos ciudadanos. Han encabezado movilizaciones importantes en los últimos años con la capacidad de interpelar al Estado y a la sociedad nicaragüense, particularmente en lo que se refiere al control de sus cuerpos, a la defensa del texto original de la Ley 779 contra la violencia hacia las mujeres y a la despenalización del aborto.

Las mujeres están también presentes activamente en la defensa del territorio. Las campesinas han estado muy activas en la lucha contra el canal interoceánico, por la titulación de territorios ancestrales y contra las explotaciones mineras y petroleras en áreas legalmente protegidas. Las defensoras indígenas del CEJUDHCAN (Centro por la Justicia y Derechos Humanos de la Costa Atlántica de Nicaragua), vienen acompañando a líderes de las comunidades afectados por violaciones de sus derechos en los territorios indígenas de la Costa Caribe Norte.

“SÓLO QUERÍAN VER NUESTRO DOLOR Y VIERON NUESTRO CORAJE”


Las mujeres de todas las edades participaron activamente en la protesta social: las estudiantes universitarias, las defensoras de derechos humanos, las feministas, las profesionales de la salud... Como resultado de esa participación, muchas defensoras y estudiantes en diferentes partes del país fueron amenazadas o detenidas, tanto las jóvenes que se conocen como autoconvocadas, como las feministas históricas.

También se amenazó y denigró a sus hijos y a sus familias para afectar a las mujeres. A través del sistema de vigilancia territorial, las mujeres fueron identificadas y denunciadas en muchos casos por sus propios vecinos y hasta por familiares ligados al gobierno. Las hacen sentir vigiladas, generándoles zozobra.

A las mujeres les tocó también asumir el protagonismo en diversos frentes de resistencia. Si bien son varones la mayoría de las personas fallecidas y detenidas, las mujeres han desarrollado el papel fundamental de soportar la lucha en organización, en logística y en la exigencia de justicia.

Las mujeres estuvieron en la organización de comités de apoyo a los manifestantes, aportándoles víveres, agua, medicamentos y otras necesidades urgentes que tenían los jóvenes en las calles, universidades y tranques. También han jugado un rol importante en el proceso del desplazamiento forzado, tanto en la huida como en la búsqueda de apoyo y ayuda humanitaria.

Cuando la represión asumió un aspecto más selectivo y la persecución y encarcelamientos se intensificaron, las mujeres también estuvieron en el protagonismo de la organización y en el mantenimiento de casas de seguridad, garantizando que las personas no fueran detenidas.

En la lucha por justicia son también las mujeres las que están en su mayoría organizadas en movimientos, asociaciones y grupos que piden la liberación de los detenidos, responsabilidad por las muertes y reparación por los daños.

En los talleres realizados por el GIEI encontramos que varias profesionales de la salud estaban brindando apoyo voluntario a familiares de personas asesinadas y detenidas. Esta labor la realizan muchas veces asumiendo riesgos para ellas y sus familias, siendo también amedrentadas y hostigadas en sus centros laborales. Hacen lo que llaman “un trabajo psicosocial clandestino”, lo que ellas mismas reconocen como una contradicción porque la reparación para las víctimas y la posibilidad de superar lo que pasó supone un proceso social de reconocimiento de lo ocurrido.

En algunos casos, haber brindado atención médica a manifestantes –respetando el juramento hipocrático– o haber expresado una posición crítica hacia el gobierno, les costó perder no sólo sus empleos. En muchos casos tuvieron que irse del país para proteger sus vidas.

Estas situaciones las mantienen alerta, desarrollando medidas de seguridad, lo que también les provoca cansancio, agotamiento, enojo, frustración, preocupación permanente y dificultades para concentrarse.

“LA MUJER FUERTE SE DESMORONA POR LA NOCHE”


Y como los hechos de violencia continúan en Nicaragua, esto agudiza el impacto emocional, sobrecargando a quienes trabajan con las víctimas y a las personas e instituciones que desarrollan el monitoreo de violaciones de derechos humanos “¿Con cuántos muertos amanecemos?”, se preguntaban las personas al comienzo de cada día de trabajo.

Las mujeres también nos señalaron que, por seguridad, no todo lo que hacen pueden compartirlo con la familia y muchas veces no saben lo que ellas hacen, lo que también implica que se acentúe la ansiedad, el miedo y la indignación que les provocan las diferentes formas de violencia que viven y escuchan de las personas a las que acompañan.

Pese al gran impacto sufrido por las violaciones a los derechos humanos y por las responsabilidades en defensa de la vida, las mujeres han logrado poner en juego sus capacidades para resistir.

Muchas veces con un muy alto costo para ellas. “Ver este dolor de las madres me conmueve. Me duele el cuerpo de ver a sus hijos condenados, me salen las lágrimas. La mujer fuerte que tiene que estar ahí, se desmorona de repente por la noche”. Es, cómo nos dijeron las personas escuchadas por el GIEI, una “paradoja entre la imagen pública de fuerza y la vulnerabilidad que tenemos”.

En este sentido, las condiciones y la cantidad de roles que asumieron las mujeres se pueden convertir en factores de riesgo que pueden afectar su salud integral si no cuentan espacios para procesar las experiencias dolorosas que viven día a día: “Si no nos cuidamos y nos fortalecemos, nos quedaremos descachimbadas mentalmente”.

Pero están buscando medios para cuidarse: “Tratamos de montar una red de autocuidado, que al principio era más para fuera, pero ahora ya empezamos a hacer este movimiento para dentro”. Por ello buscan, crean y recrean formas originales para cuidarse y enfrentar diariamente las demandas que les presenta el contexto que viven desde hace meses. El llanto surge en momentos de soledad, cuando tienen tiempo para sí mismas. En otros momentos es el baile o los ejercicios lo que les facilita descargar sus sentimientos, procesarlos y seguir adelante: “Pongo a Santana a todo volumen y comienzo a bailar. Esa sensación de poder es increíble y la llevo conmigo a todos lados”.

“NOS CUIDAMOS UNAS A LAS OTRAS”


Estas experiencias que viven les han servido a las mujeres para descubrir fortalezas y capacidades que antes no eran identificadas por ellas mismas. Las mujeres encontraron un sentido y una explicación social a las experiencias vividas y asumieron un rol protagónico, cumpliendo además una función reparadora frente a tanto dolor. Según las personas que participaron en las actividades del GIEI, están surgiendo iniciativas interesantes de cura y procesos de memoria en los territorios, convirtiéndose en oportunidades inmejorables para realizar un trabajo que en Nicaragua nunca se ha hecho.

Además del importante trabajo psicosocial que están haciendo diversos profesionales en Nicaragua, las organizaciones de familiares –pese a las circunstancias difíciles– se reúnen y desarrollan un trabajo fundamental de apoyo, contención, articulación política y fortalecimiento de las personas afectadas por la violencia. Es importante mencionar el trabajo desarrollado por la Asociación Madres de Abril y por el Comité Pro Libertad de Presos y Presas Políticas, que se organizan y realizan actividades de información, talleres, visitas a los penales, gestionan ante las autoridades y hacen conferencias de prensa donde manifiestan sus demandas de verdad, justicia y reparación.

Según personas entrevistadas, la participación en grupos y movimientos de familiares ayuda a lidiar con el duelo y con el dolor. El encuentro entre las víctimas es también una manera de apoyarse y desahogarse por la relación de confianza y empatía que han construido: “Nos cuidamos unas a las otras”.

Los nuevos roles que las mujeres asumieron en este contexto pueden representar oportunidades de desarrollo no sólo para ellas. También contribuyen a la construcción de un país más justo: “No queremos volver a la misma situación anterior, machista. Queremos dirigirnos a una sociedad más equitativa”.

Además de apuntar a la posibilidad de un país más justo en el futuro, algunas consecuencias de fortalecimiento ya se hacen sentir en las personas escuchadas por el GIEI: “Yo me siento otra después del 18 de abril. Me siento más potente, realmente diferente, más consciente de mi ciudadanía”.

LAS HUELLAS QUE QUEDARÁN


La violencia desatada a raíz de la protesta social iniciada el 18 de abril ha ocasionado un profundo daño a las familias, a las comunidades y a la sociedad nicaragüense. Ha dañado la convivencia, alterado la vida cotidiana y profundizado la polarización social.

La violencia ejercida ha generado profundas huellas de dolor e indignación, que se entrelazan con las huellas dejadas por enfrentamientos anteriores, y han producido el distanciamiento y la desconfianza de amplios sectores de la población con las instituciones del Estado.

Las heridas serán muy difíciles de sanar si no se atiende de manera integral, con verdad, justicia y reparación a las personas que han perdido a seres queridos, a las personas heridas que han quedado con secuelas incapacitantes, a las personas desaparecidas, a las detenidas y a las desplazadas, a todas las que han padecido la violencia y han sido agraviadas, así como a aquellas que aún sufren persecución y amenazas por ser sus familiares.

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