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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 444 | Marzo 2019
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Nicaragua

“Quiero que esta pesadilla ya acabe”

Ésta es la primera parte del capítulo 12 del informe del GIEI, que el Grupo tituló “Quiero que esta pesadilla acabe”. El GIEI dedicó tiempo a escuchar las voces de las víctimas y de sus familiares para conocer sus “pesadillas”. Son muchas las páginas en este informe que hablan de mucho dolor. Hablan de recuerdos del somocismo, de las causas de la rebelión, Hablan de miedo y terror, de desconfianza y amenazas, de divisiones en las familias, en las comunidades y en toda la sociedad. Reflejan duelos que no logran cerrarse, heridas que habrá que cuidar toda la vida, y el futuro de jóvenes interrumpido por la cárcel o el exilio.

Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes

En nuestro trabajo en el GIEI nos pareció importante reflejar el impacto psicosocial de las violaciones de derechos humanos sufridas desde el 18 de abril por las víctimas y sus familiares. El contacto con víctimas y las familias fue realizado en un contexto de fuerte represión, cuando aún continuaban produciéndose en Nicaragua graves violaciones a los derechos humanos.

“ESTABLECIMOS VÍNCULOS DE CONFIANZA”


Para cumplir con sus atribuciones, el GIEI desarrolló, desde el inicio de su trabajo en Nicaragua, una serie de reuniones con la sociedad civil, incluyendo grupos de víctimas, sus familiares y organizaciones de derechos humanos. Estos encuentros y reuniones permitieron la construcción de vínculos de confianza con ellas y ellos, los que fueron imprescindibles para que pudieran expresar sus vivencias, sentimientos y las acciones emprendidas en su búsqueda de verdad y justicia.

El GIEI también realizó entrevistas con víctimas y familiares de víctimas, recogiendo, más allá de los aportes relativos al ámbito investigativo, valiosas informaciones sobre las consecuencias de los hechos. Estos encuentros individuales o con el grupo familiar de la víctima permitieron profundizar la evaluación del impacto personal y social de las violaciones a los derechos humanos. Finalmente, el GIEI realizó 23 talleres y reuniones informativas sobre el derecho a la reparación, en los cuales 410 personas afectadas aportaron medidas que, desde su punto de vista, son fundamentales para un proceso de reparación.

A través de largas y productivas jornadas de trabajo conjunto, se ha presentado el marco teórico, se han recogido aportes y se han facilitado las herramientas que permitan abordar el deber del Estado de desarrollar los programas y las políticas públicas necesarias para atender la reparación de las víctimas. Estos talleres consistieron en una construcción conjunta del Plan que presentamos en el Capítulo 12 de nuestro informe.

Cumple destacar que el GIEI invitó a diversos órganos del Estado de Nicaragua a una reunión informativa para presentarles los contenidos que serían parte del proceso de consulta con víctimas y familiares, así como con organizaciones de la sociedad civil. Sin embargo, el Estado no respondió a la invitación ni se presentó a la reunión.

HABLARON “BAJO EL MIEDO SE SER
DETENIDAS, TORTURADAS O MUERTAS”


La historia nicaragüense relativamente reciente ha estado marcada por enfrentamientos armados particularmente cruentos. Enfrentamientos que dejaron huellas en las vidas de muchas personas, que no fueron atendidas ni resueltas como sociedad.

Las secuelas de los conflictos quedaron guardadas en la memoria de las personas que sufrieron, y ahora han reaparecido con motivo de la violencia que se está viviendo en el país, multiplicando el sufrimiento de las personas, las familias y de la sociedad en su conjunto, transmitiéndose inclusive a las generaciones jóvenes.

Por ello, en el presente capítulo buscamos reflejar el impacto psicosocial de las violaciones de derechos humanos sufridas desde el 18 de abril por las víctimas y familiares, desde sus propias voces. Es importante señalar el hecho de que el contacto que tuvimos con las víctimas y los familiares fue realizado cuando continuaban las graves violaciones a los derechos humanos, en un contexto de fuerte represión.

Todos los encuentros con las víctimas, familiares y organizaciones fueron realizados bajo el miedo de las personas de sufrir persecución, ser detenidas, torturadas o muertas.

Más allá de traer innumerables dificultades al desarrollo del trabajo, la continuidad de las violaciones significó un proceso constante de revictimización: la gravedad y la persistencia de los hechos a lo largo de los meses hacen que los daños tengan amplitud y se perpetúen en el tiempo. Este dato no solamente habla de la dimensión de las violaciones en Nicaragua, sino también la fuerza de la resistencia de las personas nicaragüenses.

“NUNCA PENSÉ VOLVER A VIVIRLO”


“Yo tuve la misma sensación de mi adolescencia y nunca pensé que volvería a vivirlo. Me quedé paralizada”. Las experiencias de violaciones a los derechos humanos en el contexto actual reactivan el dolor y duelos no resueltos de otros momentos de la historia de Nicaragua.

Además, para algunas personas, el hecho de que los crímenes de otras épocas hayan sido amnistiados, hace que nuevamente la historia se repita. Así lo expresa, por ejemplo, una persona que participó de una de las actividades promovidas por el GIEI: “A mí me toca en lo personal porque mi papá fue asesinado en los 80 y el crimen quedó impune, aunque sabíamos quién lo mató. Entonces ayudar a las personas ahora es lidiar con ese dolor en mí”.

Los sentimientos expresados, hacen referencia a algo que quedó dormido y que de un momento a otro despertó, abrumando a las personas con todos los conflictos no resueltos de otras épocas. Como si en un instante todo el peso de la historia de Nicaragua cayera nuevamente sobre sus hombros, haciendo que surjan recuerdos y experiencias que suponían superadas: “Un impacto emocional inesperado. Nunca pensé volver a vivir lo que viví en la dictadura somocista”.

La comparación con la dictadura de Somoza es muy frecuente y se expresa de manera elocuente en relación con la fuerza de la represión del gobierno de Daniel Ortega. Un ejemplo de la asociación entre las dos autoridades es la frase ampliamente repetida en las calles: “Ortega y Somoza son la misma cosa”. La semejanza con los tiempos de Somoza también es recordada en relación al grupo más afectado por la represión, los jóvenes: “En Nicaragua es prohibido ser joven, igual que antes de 1979 con la Guardia Nacional”.

“NI UNA GENERACIÓN SIN GUERRA”


El GIEI ha escuchado que la represión ejercida por el actual gobierno tiene expresiones aún más crueles que las que hubo con el dictador derrocado por la población en 1979: “Somoza es chiquito en comparación con el nivel de crueldad de este gobierno”.

Algunas personas han señalado que las estrategias de control y terror son más sofisticadas en el período actual que a lo largo de las décadas de dictadura somocista. “Nadie los llevaba presos por escuchar la radio Sandino en la época de Somoza. Hay cosas que pasan hoy que no pasaban en la época de Somoza”.

Además, la represión y los conflictos del contexto actual despiertan lo que es mencionado por algunas víctimas como una característica de Nicaragua: recurrir a las armas para la resolución de conflictos políticos: “Nicaragua lleva siglos de conflictos armados. No ha pasado una generación que no haya atravesado un conflicto de esta naturaleza. Somos una generación que todavía escucha las heridas de guerra de nuestros padres, de nuestros abuelos. No pensábamos repetirlas. Ellos decían que lo hicieron para que no viviéramos eso. Y ahora digo lo mismo a mi hijo”.

El contexto despertó el interés de niños y jóvenes respecto al pasado del país. Así, niños y niñas en los tranques preguntaban a sus padres cómo fue su experiencia en la guerra, haciendo revivir memorias y experiencias –incluso tácticas de resistencia– que se suponían dormidas. El uso de máscaras tradicionales por la población de Masaya en los conflictos con las fuerzas represivas fue un ejemplo de actualización de estrategias de enfrentamiento que vienen de otras épocas y fueron actualizadas.

“MÁS DESTRUCTIVO QUE UN GRAN TERREMOTO”


“Esto que está pasando es como un gran terremoto, pero aún más destructivo”. Así como otros hechos de la historia de Nicaragua son recordados en este contexto, los vínculos y la relación estrecha con la Naturaleza de las personas en Nicaragua son una referencia constante para expresar el impacto de los sucesos políticos y también los recursos y resistencia del pueblo. Con sus grandes lagos, volcanes y una historia marcada por huracanes y terremotos que causaron grandes pérdidas humanas y materiales, el pueblo de Nicaragua está fuertemente vinculado con la Naturaleza, que es una referencia presente en su vida cotidiana.

A lo largo del trabajo del GIEI, la comparación entre los “desastres naturales” y los “desastres políticos” se hizo muy marcada: “Cuando hubo el huracán Mitch, recibimos muchas donaciones. Pero ahora, no hay nada... Las familias están solas”.

Sin embargo, de acuerdo con la narrativa de las personas entrevistadas, la misma fuerza destructiva puede revertirse en potencia de lucha y resistencia frente a la represión estatal. Es el caso del nombre de una de las marchas, llamada “Juntos somos un volcán”, que expresa el potencial de la población nicaragüense.

Según lo expresado por las personas, en Nicaragua siempre pasa algo inesperado, algo que remece lo más profundo, cambiando el escenario y provocando fuertes consecuencias en la vida de las personas y en el campo político-social.

POR QUÉ EL PUEBLO SE LEVANTÓ


Al descontento con el gobierno que sentía parte de la población nicaragüense se sumó la indignación por la demora de los órganos públicos en reaccionar a la quema de la Reserva Indio-Maíz. Luego vinó la reforma de la seguridad social. Las abuelas y abuelos son figuras muy importantes en Nicaragua, así que la posibilidad de la reforma anunciada, que los perjudicaría, enojó a muchas personas: “Él siempre tenía aprecio a los ancianos”, cuenta la madre de una víctima. Para este joven, a los jóvenes tocaba la misión de apoyar a los ancianos en la defensa de sus derechos. A eso se sumó la indignación con imágenes de ancianos heridos en los primeros días de protestas.

“¿Por qué el pueblo no se levanta? El gobierno está robando a los viejos, está matando al pueblo”, habría dicho una de los jóvenes fallecidos a su mamá sobre la motivación a participar de las protestas. Así cómo él, esa indignación llevó a mucha gente a las calles en los primeros días de manifestación. Para otras personas, además del cuidado con los ancianos, la reforma propuesta representaba también una amenaza a su propio futuro.

Después, con la fuerte represión, otras personas se sumaron a apoyar a los jóvenes atrincherados en las universidades y a otros manifestantes en las calles. Una familiar de otra víctima fallecida cuenta que su marido decidió apoyar a los estudiantes al ver que estaban luchando por una causa justa y, al mismo tiempo, siendo muy reprimidos: “Los estudiantes estaban desamparados, sin saber si la gente les iba apoyar”. Por eso él se sumó.

La indignación con el avance de la represión, y también la solidaridad con las madres que perdieron sus hijos en el contexto de las protestas llevó a mucha gente a participar en la Marcha de las Madres, en homenaje a las víctimas. “Hoy es día de las madres, ellas perdieron a sus hijos, voy a darles un abrazo”, dijo un joven a su mamá antes de salir de la casa a participar en la marcha y ser alcanzado por un disparo letal.

Para las personas escuchadas por el GIEI, la solidaridad con las personas mayores, con otros manifestantes, también con familiares de víctimas, fue lo que llevó a sus seres queridos a participar de las movilizaciones que ocurrieron en el país. Este dato, importante para la memoria de las víctimas, refleja también el sentimiento de justicia que ha resurgido en otros momentos históricos del país y que renació con fuerza en el período que se inició el 18 de abril.

“ME DA TERROR VOLVER A VERLOS”


“Cuando veo policías y paramilitares, me entra un terror. Peor cuando veo a los encapuchados. Hay una gran inseguridad en las calles. Se puede ver a los paramilitares encapuchados en la ciudad. Me da terror volver a verlos. No es normal andar con la cara tapada. ¿Qué esconden? No sé”.

A partir del 18 de abril, las prácticas represivas puestas en marcha crearon un clima de miedo y terror que afecta hasta hoy a toda la sociedad nicaragüense. Este es un componente presente en la totalidad de los relatos obtenidos, afectando la vida de las personas, de sus familias, barrios y comunidades.

Las personas se encuentran en estado de alerta permanente. Hay muchos relatos que señalan la presencia de personas que trabajan en los Consejos del Poder Ciudadano (CPC) de los barrios y que vigilan la actuación política de sus vecinos. Señalan que “no pueden salir con tranquilidad de sus casas porque hay gente del gobierno que está día y noche en el barrio”. Se ha mencionado la existencia de listas de personas que se manifestaron o que exigieron justicia por la muerte de su familiar y desde entonces son vigiladas y amenazadas por gente vinculada al Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).

El miedo de salir a las calles es aún mayor con relación a los varones, el grupo más afectado por asesinatos y detenciones. Con la presencia vigilante en los barrios, hay, según los relatos, miedo de hacer actividades de rutina, como ir al mercado, a la iglesia o a otras cosas básicas. “Toda familia tiene miedo de salir, sobre todo los varones. No pueden ir siquiera al Palí (mercado). Los muchachos están presos en la misma zona”.

La presencia de personas “danielistas”, como se dice, impide, muchas veces, que las personas puedan atender sus necesidades básicas y busquen ayuda externa a la familia. Quedan encerrados en el seno familiar, sin poder siquiera compartir su dolor, tristeza y miedos. Menos aún, buscar apoyo y organizarse políticamente, lo que provoca la privatización del dolor y del daño, aislándolas.

“NO PUEDO SALIR, TENER VIDA SOCIAL”


Por la extensión de la represión –que involucró incluso servicios públicos de salud–, hay casos en los que las personas dejan de asistir a una consulta médica o dar continuidad a un tratamiento “porque es mamá de un caído y no aceptó la ayuda psicológica del Ministerio de la Salud”. Porque podría sufrir represalias de los trabajadores del servicio de salud.

De hecho, como se ha señalado en el Capítulo 7 de este informe, la negación a la atención en salud fue un factor central en los sucesos represivos e implicó muertes y secuelas graves, lo que permite comprender la desconfianza de las personas en los servicios públicos.

Si bien las manifestaciones siguieron ocurriendo durante los meses de trabajo del GIEI, el miedo de ser detenido, herido o muerto, ha provocado que disminuyera la participación de personas en las marchas. Sin embargo, muchas personas siguieron marchando, aunque amenazadas por defensores del gobierno: “A todos los que marchamos nos llaman golpistas, terroristas”.

Fue especialmente significativo para las personas entrevistadas que haya habido represión en la marcha del Día de las Madres el 30 de mayo, conocida como “La Madre de las marchas”, en homenaje a las personas muertas en el contexto de las protestas y en apoyo a las mamás que pedían justicia: “La gente no pensaba que iban a atacar esa marcha. Nunca me lo esperé yo. Nunca pensé que a partir de ese día me faltaría un hijo a mí también”.

La sensación de que la crueldad y la represión no tenían límites fue un factor que generó demasiado miedo e inseguridad en las personas. Esto afectó sobremanera las actividades cotidianas, principalmente las de los jóvenes: “Todo eso me provoca cierta angustia. No puedo salir, tener una vida social, platicar con los amigos”.

“NO HAY UN SOLO ÁMBITO
DE ESTA SOCIEDAD QUE NO ESTÉ TOCADO”


Nicaragua tiene una tradición de familia extendida, conformada por abuelos, padres, hijos, tíos, primos. El grupo familiar vive, muchas veces, en el mismo terreno o en casas vecinas. Además, es frecuente la crianza de hijos por sus tías o abuelas. Por las características de las familias nicaragüenses, la extensión del daño de las muertes, heridas graves y otras violaciones a derechos humanos es muy significativo. “Así como me hace falta a mí, también le hace falta a toda la familia”.

En las entrevistas y talleres realizados por el GIEI, más allá de los padres o hermanos de la víctima, fue frecuente escuchar que los sobrinos, primos y tíos sufren por la pérdida de la persona fallecida, o que la abuela cayó enferma luego del asesinato del nieto: “La abuelita también está afectada, porque desde que nacieron se criaron en su casa. Mucho lo llora a su nieto. Él visitaba mucho a su abuelita porque mucho la quería. Nunca jamás se le imaginó que a su muchachito se lo iban a matar. Tiene 98 años y vive solita. Él la ayudaba comprando tortillas, limpiando la casa. Tenía mucho acercamiento con su abuelita”.

Tomando en cuenta la extensión de la población de Nicaragua –en la que es frecuente que las personas de un municipio o barrio se conozcan–, la ausencia de personas fallecidas, detenidas o desplazadas es sentida también de manera comunitaria por vecinos y otras personas cercanas, lo que implica un mayor impacto de las acciones represivas.

Los hechos no se restringieron a un grupo social específico, impactaron también las actividades cotidianas de todo el país, el comercio, los servicios públicos, etc. “No hay un ámbito de esta sociedad que no esté tocado”. Las escuelas quedaron sin clases, las tiendas fueron cerradas y las calles estaban vacías por el miedo que la gente tenía de salir de la casa.

Hay casos de familias que desconocen el paradero de sus hijos, que pueden haber huido para salvar sus vidas, o estar detenidos y no ser reportados por las autoridades o quizás estar muertos, sin que sus cuerpos hayan sido encontrados. Estas familias viven en la duda, en la desesperación de una ausencia sin respuesta y con la preocupación por el sufrimiento que su hijo puede estar viviendo. Toda la vida queda paralizada mientras la familia no tiene una respuesta sobre lo que pasó.

El desplazamiento forzado de nicaragüenses, motivado muchas veces por el temor y la inseguridad, produjo la dispersión de muchas familias. La desarticulación de la familia por la huida implica la pérdida de vínculos afectivos con otros miembros de la misma familia, con los amigos y con otras personas de la comunidad.

Se puede decir, por lo tanto, que la violencia provocó en las familias y comunidades un efecto destructivo, pues produjo pérdidas irreparables al truncar la vida de uno o varios de sus miembros. En muchos casos, la familia quedó desmembrada y además dispersa en el territorio nicaragüense y en otros países.

“TÚ ESTÁS FICHADO POR LEVANTA MASAS”


La identificación de parte de la sociedad con el FSLN, así como la indignación que acercó a las personas a la lucha en contra el gobierno, ha producido una sociedad dividida, división que se refleja también en los ámbitos familiares y comunitarios.

En las distintas actividades del GIEI fue posible observar situaciones conflictivas entre vecinos que se identificaban con lados opuestos. “Ahí viven esos tranqueros”, dijo una vecina refiriéndose a una familia que, aunque haya pertenecido al FSLN en otras épocas, no está de acuerdo con las políticas represivas puestas en marcha por el gobierno.

La tensión se puede sentir en las calles y se refleja en las casas marcadas con palabras como “golpistas”, “vandálicos”, “terroristas” o “levanta masas”. Esta polarización está relacionada con el quiebre de la confianza entre las personas y la ruptura de los lazos familiares y sociales entre los nicaragüenses. “¿Cómo reconstruir el tejido social cuándo fue mi vecino quien torturó a mi hijo o a mi otro vecino?”, se pregunta una profesional que trabaja con víctimas.

“La dirigente de la Juventud Sandinista me llegó a cuestionar porque yo había tratado a su comandante de asesino y me dijo que a mi hermano lo mataron por mierda”. En otro caso, una señora del CPC del barrio dijo a un familiar de víctima fallecida por su movilización política: “Tu estas fichado por levanta masas”. Estos casos demuestran cómo las amenazas se dieron de manera bastante presente en los barrios y en la vida comunitaria, a partir de órganos y servicios públicos que se supone son de apoyo a la población. Esta presencia amenazante produjo divisiones y conflictos entre vecinos y personas que conviven cotidianamente.

Las violaciones de derechos humanos han afectado también los lazos familiares, sobre todo en los casos de familias divididas entre quienes apoyan y quienes se oponen al gobierno. La divergencia entre las personas es tan profunda que incluso la muerte de un familiar no produce un acercamiento entre grupos opuestos dentro de una misma familia.

“NO NOS IMPORTA QUE SEAS DE LA FAMILIA”


En las distintas actividades del GIEI fue posible observar además el distanciamiento y el quiebre de la confianza entre familiares que defienden al gobierno y quiénes se oponen: “Perdí familia, porque lamentablemente tengo familia en el lado del gobierno”.

Hay casos todavía más extremos de personas que tuvieron que huir de Nicaragua para proteger sus vidas de familiares vinculados al gobierno y que les amenazaban: “Llegaron mis familiares, llegaron a buscarme, y me dijeron que si seguía movilizándome iba a terminar muerto. Me dijeron que no les importaba que fuera su familiar, que si me veían en algún lugar de conflicto no iban a dudar en actuar”.

Finalmente, hay casos de familiares indirectamente involucrados en la muerte del pariente por participar de grupos que actuaron en las represiones, lo que profundiza rupturas que ya venían operándose en el grupo familiar.

La polarización es patrocinada, en gran medida, por el discurso oficial que se sostiene en los medios oficialistas desde el inicio de las protestas. La narrativa atenta contra el libre ejercicio de la libertad de expresión, desaprobando a todas las personas que se pongan en su contra: se les llama “terroristas”, “golpistas”, “somocistas”, “derechosas”.

El mensaje de Daniel Ortega el 21 de abril de 2018 es un ejemplo de discurso que criminaliza la oposición, incentivando la polarización social: “Siempre habrá una minoría que no estará de acuerdo con el consenso, pero si somos democráticos tenemos que respetar y respaldar el consenso. De lo contrario es la minoría queriendo imponer a fuerza su punto de vista cuando ya entran en líneas de cuestionamientos y actitudes confrontativas y destructivas. Ya no es sana entonces la oposición, ya se convierte en un factor de desestabilización. Ellos están en su derecho a criticarlo, no podemos obligarlos a pensar de otra manera. Pero no tienen derecho a conspirar para destruir, y peor aún, buscar allá en los Estados Unidos a los grupos políticos más extremistas del imperio, que en primer lugar son racistas y son exterminadores. Ellos van en la línea de exterminación. Los van a buscar.

¿Para qué? Para poner quejas y que ellos les financien. Porque las quejas van acompañadas ya de planes de desestabilización y que ellos les den financiamiento”.

EL DISCURSO OFICIAL FABRICÓ UN “OTRO” COMO ENEMIGO


El discurso oficial establece, así, un “otro” como enemigo que debe ser desechado, borrado como lo expresa la Vicepresidenta Rosario Murillo: “Son 197 (personas fallecidas), no lo olvidemos! Ell@s l@s mataron... Que Paguen por sus Crímenes! Ell@s, que apostaron a destruir Nicaragua; ell@s, que destruyeron por un tiempo la Paz en Nicaragua; ell@s, que sembraron odio! Eso és imperdonable! Un Pecado Capital, sembrar odio en Nicaragua! No lo olvidamos, ni lo olvidaremos! Justicia... Que Paguen por sus Crímenes!” (sic).

Por ser un discurso que emana de las más altas esferas del poder, que se produce desde la presidencia y vicepresidencia, tiene un fuerte efecto de división en todos los ámbitos de la sociedad.

A nivel discursivo, otro efecto de la polarización es lo que las personas escuchadas por el GIEI señalan como “secuestro” de símbolos patrios y de la historia nicaragüense por el gobierno. En este sentido, algunas personas refieren la necesidad de recuperar la bandera del FSLN por su significado de lucha y resistencia en contra de la opresión yanqui y de la dictadura de Somoza.

Otras personas señalan que algunas palabras como “compañero/a”, “organización” y “paz”, por ejemplo, tienen su sentido histórico desvirtuado por el discurso oficial, con significados que no son adecuados y desvirtúan su fuerza y potencia políticas.

UNAS PERSONAS CON DERECHOS, OTRAS CASTIGADAS


La división de la sociedad es fruto del proceso de estigmatización de las personas que participan de las protestas sociales o que luchan por los derechos de sus familiares. A través del estigma de “golpista” o “terrorista”, por ejemplo, el discurso oficial busca generar una reacción de la sociedad y consolidar en la opinión pública el rechazo a las protestas sociales y a las demandas democráticas.

Todo este contexto rompe la confianza entre los miembros de la comunidad e instala dudas entre las personas: ¿Quién dio la información? ¿Qué información? ¿Qué hicieron para ser asesinados? Esto se expresa en afirmaciones que buscan justificar las acciones represivas como: “por algo será” o “algo habrá hecho para que le sucediera lo que le sucedió”. Estos son efectos que se quieren lograr con la violencia: el miedo, el silencio, la parálisis, la negación de la violencia, reforzando prejuicios previamente existentes o que se crean en función del contexto.

La estigmatización y la división social alcanzan el imaginario de los niños, que manejan esa lógica en sus juegos: “El país está dividido... Eso ha afectado a los niños porque ahora ellos hablan ‘vos sos rojo y negro y yo soy azul y blanco’. O ‘vos sos malo y yo soy bueno’ y nosotros nunca jugábamos de esta manera... Siento que la situación que estamos viviendo ha impregnado a los niños”.

De esta manera, afirmaciones en los medios de comunicación refuerzan identidades que se van segmentando, como “el Pueblo” o la “Familia Nicaragüense”, lo cual hace que unas personas sean calificadas de merecedoras de gozar de derechos y otras, “ellos”, deben ser señaladas, excluidas y castigadas.

“CADA MUERTO QUE HAY SIENTO QUE ESTOY AHÍ CON EL MÍO”


“Nos ha llegado un trauma sobre el que no quiero saber nada. No quiero ver las noticias. Ver tantos muertos me impacta mucho. Cuando veía a las madres, pensaba que no podría aguantar tanto dolor, sin saber que lo iba a vivir yo misma. Cuando uno está cerca de este dolor, duele y duele. Nunca me imaginé que lo iba a vivir. Sé que algún día Dios nos va a mandar alguna justicia”.

El duelo es un tema central de la existencia humana, una experiencia de dolor y aflicción por la pérdida de alguien o algo significativo, que requiere ser elaborado.

El contexto de violencia vivido en el país desde el 18 de abril afecta profundamente los procesos de duelo de familiares y personas cercanas a los fallecidos, no solamente por la muerte en sí misma, también por las circunstancias en las que su¬cedieron las muertes, que hacen más difícil su elaboración.

Los familiares viven en un ambiente de amenazas en los barrios, con la presencia constante de grupos de choque afines al gobierno en las calles y la existencia de listas de personas en la mira por exigir justicia por las muertes o involucradas en manifestaciones.

Es importante recordar que los asesinatos también tuvieron la intención de atemorizar a la población y desmotivarla de salir a las calles a protestar. Así, la lucha por el esclarecimiento de los asesinatos y el duelo que causaron fue¬ron profundamente afectados.

Las muertes continuaron ocurriendo a lo largo de varios meses, lo que hace revivir y extender el dolor: “Cada muerto que hay, siento que estoy ahí con el mío”. Cada noticia de algún fallecimiento en el contexto de las protestas implica más dificultades para procesar adecuadamente el duelo: “No he llorado sólo por mi hijo, también por todos los muchachos, por las familias”.

Los niños, también fueron profundamente impactados por las muertes que ocurrieron. Muchos están más callados, lloran y extrañan a la persona fallecida. Además, estos actos de violencia son cometidos por quien supuestamente tiene a su cargo el hacer respetar el de¬re¬cho a la vida: el Estado.

Al sufrimiento extremo por la pérdida de un ser querido se suma la desesperación y el profundo desconcierto de que la muerte haya sido realizada o legitimada por órganos estatales o por representantes del poder público. Así, el sinsentido que siempre tiene la muerte se hace mayor ante esa inesperada crueldad.

Además, de enfrentar el dolor por la muerte del ser que¬ri¬do, los familiares enfrentan la indiferencia o el estigma de que eran “terroristas” y “golpistas”, lo que impide la recuperación de la imagen pública del familiar, desaparecido o asesinado, afectando también el duelo.

“LO QUE DUELE MÁS:
DICEN QUE SON MUERTOS INVENTADOS”


“Lo que duele más, lo que da más rabia es que el presidente y la vice digan que son muertos inventados. ¿Cómo van a decir eso si lo vivimos?”.

La madre de una persona asesinada manifestaba que, a la indignación compartida por muchas madres y esposas, por la manera como fueron asesinados sus familiares, se suma la negación de la existencia de los hechos vividos por ellas y el desprecio a la vida de sus seres queridos.

Como se observó, por ejemplo, en una entrevista para CNN en Español el 30 de julio, el presidente Daniel Ortega señaló: “Los organismos de derechos humanos en Nicaragua están politizados… Tienen una política contra el gobierno sistemática y mueven gente a poner denuncia. Inventan cualquier cosa”.

Miembros de instituciones públicas y agentes estatales niegan la existencia de los hechos de violencia y de sus víctimas. Esto, unido a lo injusto de las muertes, al contexto de violencia y a las circunstancias de las muertes, afecta profundamente los procesos de duelo y acrecienta el dolor de los familiares, provocando sentimientos de indignación, rabia y cólera.

Estos sentimientos se manifiestan, por ejemplo, delante de símbolos del gobierno y del partido sandinista. A este respecto, una familiar entrevistada nos dice: “Esas dos personas no sienten, son malas... Cuando los miro en la televisión me da cólera. Cuando veo la bandera rojo y negra y a la policía también siento cólera”.

“YO NO PUEDO DORMIR,
VEO AL HOMBRE QUE SUFRIÓ EL DISPARO”


“Yo no puedo dormir, me despierto y veo el rostro del hombre que sufrió el disparo, miraba cómo sangraba, lo cargaban y lo llevaban en una camioneta”.

La brutalidad de las muertes y la ausencia u omisión de las instituciones públicas responsables –como el Instituto de Medicina Legal y algunos hospitales, por ejemplo– significaron, para muchos familiares, tener que lidiar directamente con la persona herida o con el cuerpo de la persona muerta.

La precisión de los disparos, las armas utilizadas en la re¬presión, la ausencia o mala atención médica de emergencia causaron a las víctimas daños corporales muy graves, lo que implicó además que colegas y familiares –adultos, niños y niñas– no sólo fueran testigos de la violencia, sino que tuvieran que observar las heridas abiertas, levantar los cuerpos y llevarlos al hospital. “A mi papá le entro la bala de aquí hasta aquí. Salía mucha sangre. Mi mamá quiso ayudarlo, no podía. Todo el suelo quedó sucio”.

EL DOLOR DE LA FALTA DE ATENCIÓN


En medio de la represión de las protestas, voluntarios, conocidos o familiares llevaban a la persona herida hasta el hospital que cerraba sus puertas o algunos de funcionarios hacían cordones humanos para impedir el ingreso del herido y de sus acompañantes. Así tuvieron que esperar con el cuerpo sangrante a ser atendidos o ir a otro centro de salud que les atendiera. La negación a la atención en salud generó intensa desesperación en las personas que estaban a cargo de heridos y tienen dolorosos recuerdos de esos momentos.

Todavía más graves son las marcas que tales hechos dejaron en familiares de personas que han fallecido por la negación a la atención en salud. Es también el caso de personas que recibieron el alta, estuvieron a cargo de sus familiares en sus casas y fallecieron días después. Son personas que no solamente tienen que lidiar con el dolor de la pérdida, sino también con la rabia de la participación del cuerpo hospitalario en muertes que pudieron ser evitadas. El negar la atención médica es algo tan impensable que genera sentimientos demasiadamente dolorosos en los familiares.

En muchos caso, las personas tuvieron que esperar un lapso de tiempo desmedido en el hospital para que se realizara la autopsia y poder retirar el cuerpo del hospital para dar sepultura a los fallecidos. En numerosos casos los fa¬miliares velaron el cuerpo por largas horas, hasta que cesaran los asedios de policías y grupos de choque afines al gobierno afuera de la casa hasta por fin poder sepultar al ser querido.

Debido al uso generalizado durante las protestas de teléfonos celulares, hay innumerables registros de los hechos y de las personas heridas o muertas. Las imágenes y videos fueron compartidos en redes sociales, en grupos de mensaje y almacenados en los teléfonos personales de los familiares. Así, el contacto con la imagen del dolor persistió bastante tiempo después del entierro y persiste y se hace presente de manera intensa en el cotidiano de la familia y de la comunidad.

Para las personas que han perdido de manera violenta a sus seres queridos, elaborar los procesos de duelo se hace más difícil, porque más allá de enfrentar el dolor por la pérdida, tuvieron que enfrentar la muerte de una forma muy directa y cruda y con la participación u omisión de instituciones y agentes públicos responsables.

“NI VELAR TU MUERTO PUEDES”


Los rituales funerarios, tan importantes en la elaboración del duelo para los familiares y para la comunidad, también fueron objeto de acciones de terror y amenazas y no pudieron ser realizados con tranquilidad. En muchos casos la familia tuvo que realizar el velatorio de la persona muerta en su casa a puertas cerradas, bajo el asedio de grupos de choque afines al gobierno, que disparaban. Hubo casos en que la policía entró en el lugar donde se realizaba el velatorio amenazando a las personas presentes.

En algunos entierros, hubo poca participación de familiares y amigos porque las personas tenían miedo de ir y ser atacadas. De esta manera se restringe, hasta se impide, que la familia cuente con el respaldo necesario de sus redes de apoyo para procesar sus duelos.

Después del entierro hay relatos de tumbas profanadas, por lo que muchos familiares asisten frecuentemente a los cementerios para verificar si el sepulcro fue dañado o no: “Me voy seguido al cementerio porque tengo miedo que saquen el cuerpo de mi sobrino”. Los homenajes póstumos también están bajo vigilancia: los familiares dejan de colocar placas en las tumbas, también la bandera de Nicaragua, por el temor de si luego se las quitarán.

Es importante mencionar que muchas familias optaron por enterrar a su pariente sin realizar autopsia por no confiar en el Instituto de Medicina Legal. Esto significa no solamente enterrar a la persona sin saber qué le ocurrió, sino también enterrarla pensando que un día el cuerpo tendrá que ser exhumado para que se realice una autopsia confiable. Como efecto de esto, el proceso de duelo queda como pendiente, atravesado por la ausencia de respuesta sobre los hechos y con la expectativa de una exhumación que segura¬mente producirá sufrimiento a la familia.

En muchas ocasiones las familias afectadas no tenían dinero para pagar el féretro y el terreno para la tumba en el cementerio. Tuvieron que contar con el apoyo de vecinos, amigos, movimientos y organizaciones sociales para cubrir los costos del velatorio y del entierro. “Hasta para morir es caro. Pero el pueblo se solidarizó con ayuda económica. Tuve que comprar un terrenito en el cementerio. Gracias a Dios recibí ese apoyo. Tuvimos que comprar la caja también”, dijo una mamá. Para la población indígena, la imposibilidad de realizar el ritual fúnebre según su tradición, por la presencia de policías y grupos de choque afines al gobierno asediando a la población, significa la imposibilidad de que el muerto pueda descansar en paz: “Nosotros no pudimos hacer los ritos a nuestros muertos como los hacemos”.

La realización de ritos fúnebres es fundamental para que las personas cercanas al fallecido procesen el duelo: el muerto debe descansar en un lugar sagrado donde puedan rezarle, llevarle flores, velas y música. Y es necesario que los ritos de despedida sean respetados y cuenten con la presencia de fami¬liares, amigos y vecinos.

“NO HAY HORA QUE NO PIENSE A MI HIJO”


Las circunstancias en las que se dieron las muertes han producido en las personas experiencias extremadamente dolorosas, provocando mucha tristeza, que se manifiesta durante sus actividades cotidianas. Una persona relató, por ejemplo, que los pensamientos sobre la persona fallecida, así como el dolor, la acompañan en su cotidiano: “Me duele, me duele que me hayan quitado a mi hijo. Esa tristeza no se me quita. No hay hora que no piense a mi hijo”.

Además, la manera brutal en la que las personas fueron muertas provoca en los familiares un sentimiento de irrealidad, como si fuera imposible asimilar lo que ocurrió, como si fuera producto de la imaginación o una película: “A veces yo no asimilo”. Dicen los familiares de personas asesinadas: “Cuando se trata de una persona enferma uno ya se va pre¬parando, pero así no se va asimilar tan fácilmente”.

Al sentimiento de irrealidad se suma una sensación rara, como si la persona fallecida todavía estuviera ahí: “El tiempo se quedó paralizado en ese momento. Espero que él va a llegar por la noche, pero ya no llegará”.
Las personas relatan que viven como si el ser querido pudiera llegar a la casa en cualquier momento: “Siento que él está, que va a venir”. “Me parece que a va llegar, que se va abrir el portón”.

Así lo narra una señora entrevistada, cuyo hijo fue por solidaridad a la Marcha de las Madres y terminó asesinado y ella misma acabó siendo una madre más que ha perdido el hijo: “Las madres no estaban celebrando el Día de las Madres, estaban en marcha de dolor por la muerte de sus hijos y ese día a mí me mataron a mi hijo. Para mí el Día de las Madres ya no va a ser. Ahora es un día de muerto para mí”.

La persistencia de las violaciones, así como el no esclarecimiento de lo ocurrido, las amenazas, las acusaciones, la estigmatización de la que son víctimas, hace que las personas permanezcan ancladas a lo vivido, sin poder procesarlo, entenderlo y asimilarlo.

“CUANDO LLORO ES POR LAS NOCHES”


Los momentos de soledad, sobre todo por la noche, son aquellos en los que el dolor se manifiesta con más intensidad. Tenemos diversos relatos de personas que se ponen a llorar cuando se van a dormir o que despiertan en la madrugada llorando.

Las personas que se consideran más fuertes se ponen a llorar cuándo están solas o por la noche. Para ellas es el momento de ex¬presar su dolor: “A veces lloro cuando voy a dormir, es el momento para desahogarme”.

Las personas entrevistadas o que participaron de los talleres del GIEI mencionaron que les cuesta conciliar el sueño, tienen pesadillas o duermen demasiado, sintiendo mu¬cho cansancio en todo momento. El sueño también es interrumpido por el llanto y por los recuerdos del hijo muerto: “Me levanto, veo su cama y lloro por las noches, porque sé que ya no lo voy a ver”.

También se manifiestan malestares físicos recurrentes entre familiares de personas fallecidas, así como la pérdida de apetito acompañada de pérdida de peso: “La abuela, que tiene 95 años, se ha desmayado, con malestares estomacales y llora mucho. Está muy deprimida”.

Otros efectos físicos relatados son dolores de cabeza y subida de la glucosa, de la presión arterial y el agravamiento de enfermedades preexistentes. También hay relatos de personas que tienen recaídas en la adicción a bebidas alcohólicas.

“EL FUTURO DE NICARAGUA ESTÁ EN LA CÁRCEL”


Las consecuencias de los hechos ocurridos a partir del 18 de abril significan también pérdidas para el futuro de Nicaragua, pues muchas de las víctimas eran jóvenes estudiantes y jóvenes trabajadores, que tenían una vida por delante y sienten que ya no la tienen.

Los universitarios estuvieron en primera línea de las protestas y de los enfrentamientos contra las fuerzas represivas. También fueron el principal grupo afectado por asesinatos y detenciones, además de tener que huir del país para proteger sus vidas. La juventud de las víctimas es un factor que afecta a los familiares de fallecidos, pues no se espera una pérdida en esta fase de la vida: “Nunca pensé enterrar a mi hermano tan joven”.

Sobre las personas detenidas, también en gran medida jóvenes, una persona manifestó: “El futuro de Nicaragua está en la cárcel”. De hecho, la detención afecta profundamente a las personas por interrumpir los estudios y los planes profesionales. La indefinición sobre el período de detención y la duración del juicio, aumenta la incertidumbre sobre el futuro. Las condenas también pueden significar restricciones al futuro ejercicio profesional, afectando sobremanera las vidas de estos jóvenes.

Con relación a los jóvenes desplazados, muchos van a perder sus carreras por “abandono”, porque no están en clases. A otros les gustaría seguir los estudios en otro país, pero no pueden hacerlo porque se necesitarían documentos que quedaron en Nicaragua y no pueden regresar a buscarlos. Así, los estudiantes desplazados también viven la experiencia de tener sus planes interrumpidos, sin perspectiva de ejercer la profesión que eligieron.

“NO SÉ QUÉ VA SER DE MI VIDA”


El GIEI también ha recibido testimonios que manifiestan que los registros estudiantiles fueron borrados de los sistemas de datos de las universidades, como si nunca hubieron estudiado en los centros universitarios. Esto genera en las personas sentimientos de rabia profunda y de impotencia frente a la injusticia por perder años dedicados al estudio y, aún peor, por sus limitadas perspectivas de futuro.

Las amenazas y las persecuciones a los jóvenes fueron tan intensas en el período de trabajo del GIEI en Nicaragua que muchos tuvieron que refugiarse en casas de seguridad durante meses para proteger sus vidas. Tuvieron que dejar los estudios aun sin salir del país o estar detenidos. Una joven que se refugiaba en una casa de seguridad manifestó: “No sé qué va a ser de mi vida. Mi carrera ya no la tengo”.

Los hijos de personas fallecidas también tuvieron sus estudios afectados o interrumpidos por las dificultades financieras que asomaron en las familias, sea porque tuvieron que asumir la subsistencia familiar, sea porque la familia ya no puede costear la continuidad de los estudios. De esta manera el daño en términos de calificación profesional alcanza a un número mayor de personas jóvenes.

Muchos adolescentes que están terminando su bachillerato indicaron que prefieren seguir una carrera universitaria en el exterior el próximo año, en lugar de quedarse en la incertidumbre vigente de no saber qué pasará en Nicaragua. Así, las acciones represivas puestas en marcha, además de intentar desmovilizar a los universitarios e impedir sus carreras, tuvieron cómo consecuencia afectar a toda una generación de estudiantes y jóvenes profesionales del país.

“CUANDO LO VEO... CÓMO ERA ANTES Y CÓMO ESTÁ HOY”


La intensidad de la represión, así como la precisión de los disparos efectuados por las fuerzas represivas produjeron, más allá del alto número de personas fallecidas, una gran cantidad de personas heridas durante las protestas . No solamente los heridos son muchos en términos de cantidad. También las heridas son significativamente graves, dejando secuelas que van a acompañar a las personas sobrevivientes por toda su vida.

En el primer momento las personas heridas y sus familiares pasaron por innumerables dificultades en relación con el derecho a la atención médica y a la¬ posibilidad de acompañar a la persona internada durante el período que tuvo que quedarse en el hospital. Después, siguieron todas las consecuencias de las secuelas, la rehabilitación y los cambios en sus vidas.

Muchos familiares tuvieron que quedarse fuera de las instalaciones hospitalarias todo el tiempo que duró la internación: “Si no hubiera sido por la ayuda de algunas personas que ayudaran no solamente a nosotras, como a todas las familias que estuvimos ahí acuerpándonos… Nosotros dormíamos en el piso, en la intemperie, nos caía lluvia porque dormíamos afuera”.

En relación a las secuelas, muchas personas perdieron movimientos de sus miembros, quedando en silla de ruedas o necesitando la ayuda de bastones para moverse. En otros casos tuvieron lesiones que afectaran uno o ambos ojos, ocasionando ceguera parcial o total.

Estas personas necesitan constantemente la ayuda de familiares, amigos y conocidos, pues no pueden realizar solas tareas básicas y cotidianas: ducharse, comer, cocinar, ir al baño, cepillarse o beber agua. Alguien siempre tiene que estar pendiente de cuidar de la persona que fue herida.

A las familias y a la propia persona herida, los cambios provocados por las secuelas les producen mucho sufrimiento, porque implican mudanzas muy radicales en sus actividades cotidianas y también en la propia persona: “Cuando lo veo... La diferencia de cómo era antes y cómo está hoy para mí es muy doloroso”.

“NOS HA CAMBIADO LA VIDA”


Cómo muchas de las víctimas heridas eran jóvenes, por las secuelas o por el tratamiento que deben seguir, tuvieron que dejar de salir con sus amigos y sus compañeras a platicar, tomar tragos y divertirse. La vida pasó a ser mucho más restringida esperando una recuperación que no está garantizada: “No sabemos si va a poder seguir estudiando, si va a poder trabajar. Su futuro es incierto”.

Los familiares, por su parte, tuvieron que adecuar sus rutinas y horarios para estar seguros de que alguien esté a cargo de la persona herida. El cuidado también significa costos significativos, sea para la atención médica –consultas, medicamentos, etc.– como también para la movilidad en transporte privado. “Nos ha cambiado la vida”.

Además de cuidar de las secuelas físicas y buscar la rehabilitación de las personas heridas, sus familias tienen que lidiar con el miedo que se hace presente: por ser sobrevivientes de eventos violentos y muchas veces testigos de los hechos ocurridos, la familia tiene miedo de que algo más les pase. Algunas personas relatan el deseo de ir a las protestas, de manifestarse, pero tienen mucho temor y quedan encerradas en la casa. En muchos casos, incluso, la familia ha recibido amenazas, como la presencia de gente en camionetas preguntando por la persona herida.

La gravedad de las secuelas y todo el sufrimiento a causa de las heridas produce en la persona afectada y en sus familiares sentimientos de dolor y rabia. Pasados varios meses desde los primeros hechos de violencia, las personas heridas y sus familiares todavía viven cómo si todo hubiera ocurrido hace poco tiempo: “La verdad es que no es fácil olvidar, porque son heridas que nos van a tomar muchos años poderlas sanar… La verdad es que sentimos como que haya sido hace una semana”. (Continuará...)

CAPÍTULO 12 DEL INFORME DEL GRUPO INTERDISCIPLINARIO
DE EXPERTOS INDEPENDIENTES PRESENTADO EN WASHINGTON, ANTE LA OEA
EL 21 DE DICIEMBRE DE 2018.

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