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  Número 441 | Diciembre 2018
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Nicaragua

Abril 2018 La insurrección de la conciencia

Equipo Envío

Nadie presintió el estallido, pero eran incontables las razones que anunciaban que ocurriría. La juventud universitaria lo inició y a la juventud la siguió la gente, muchísima gente, cada vez más gente. Desde hacía años había muertos y terror en las zonas rurales y Managua parecía dormida. Y al despertar Managua, levantó al unísono al país entero. ¿Cómo fue posible? No por una conspiración desde fuera, sino por la mucha lava acumulada dentro. Los volcanes no avisan.

Durante casi tres décadas Nicaragua no había tenido primeras planas en medios internacionales. En abril, cuando empezó a correr la sangre en Managua y después en todo el país y durante varios días, fuimos noticia. Abril les pareció a muchos dirigido, planificado, organizado, pero fue espontáneo, real, inesperado. Por sus dimensiones y consecuencias, el estallido de abril sorprendió a todo el país y a los mismos jóvenes que lo iniciaron. El régimen Ortega-Murillo fue el principal sorprendido. Seguramente por eso decidió reprimir “con todo” y en abril cayó su máscara y se reveló su rostro criminal.

UNA DÉCADA DE AGRAVIOS


Abril 2018 quedará grabado para siempre en la conciencia nacional. Ese día, la desproporcionada respuesta represiva de las fuerzas de choque del gobierno y de la Policía Nacional contra jóvenes y ciudadanos que protestaban contra las reformas al seguro social en distintos puntos céntricos de Managua, y la brutal escalada represiva de los días siguientes hizo estallar al volcán. Una década de autoritarismo sin límites la convirtió el estallido en una insurrección de la conciencia nacional.

Un acumulado de indignación ante abusos, arbitrariedades, humillaciones, corrupción, desigualdades, también crímenes siempre impunes en las zonas rurales, encendió por fin mentes y corazones. La arrogancia de un poder cada vez más absoluto y asfixiante diseminó los hervores de abril a la velocidad que facilitaron las redes sociales. El estallido de abril reveló también un relevo generacional y se pareció también a un cansancio, un hastío, un hartazgo.

LOS UNIVERSITARIOS EN LA PRIMERA LÍNEA DE LA PROTESTA


Las protestas iniciaron el martes 17 de abril en la noche, cuando universitarios de la UCA y de la UAM -propiedad del Ejército- convocados por #SOSINSS se reunieron en los nuevos portones de la UCA, que ese día fueron apedreados y destruidos por miembros de la Juventud Sandinista (JS).

El 18 en la mañana un pequeño grupo de gente adulta había protestado por las reformas al seguro social ante un edificio construido irregularmente con fondos del INSS. Al final de la tarde se congregó un grupo mayor de universitarios y ciudadanía adulta en el Camino de Oriente, una zona céntrica de Managua. Fueron amenazados, golpeados y heridos algunos por turbas de la JS y por fuerzas de choque motorizadas, que también atacaron a los periodistas que cubrían la protesta y robaron cámaras y celulares. Todo, a vista y paciencia de la Policía Nacional, en la más total impunidad.

El gobierno apostaba a que ese método de violencia, ya tradicional, desmovilizaría a quienes protestaban. Pero no fue así. Los golpes fueron documentados por la televisión y por los teléfonos que convierten hoy en reporteros a cualquier ciudadano o ciudadana. En la tarde del 19 de abril más y más jóvenes salieron a las calles de la capital y esto se repetía en otros puntos del país. En León los golpes que recibió de miembros de la JS un adulto de la tercera edad que protestaba tuvieron una respuesta inmediata. La juventud salió a las calles y varios fueron heridos.

En Managua jóvenes desafiaron a compactas filas de policías antimotines. Las redes divulgaban a velocidad de la luz imágenes impactantes del valor con que lo hacían. Esa noche cayó asesinado el primero, Richard Pavón, un adolescente en las cercanías de la UPOLI (Universidad Politécnica), que en unos días se convertiría en bastión de la insurrección juvenil.

El día 20 habían despertado todas las universidades públicas del país, dominadas hasta entonces por la UNEN (Unión Nacional de Estudiantes de Nicaragua), un brazo del partido de gobierno. Era una rebelión universitaria. Ese día, llevándoles agua a los estudiantes que protestaban en los predios de la Catedral de Managua, cayó herido de una certera bala en el cuello, Álvaro Conrado, de 15 años, un estudiante de secundaria. Su temprana muerte, sus últimas palabras (“Me duele respirar”) y la pureza de su compromiso -dar de beber a sus compañeros-, lo convirtieron muy pronto en uno de los símbolos de mayor arraigo de la insurrección de abril.

UN PAÍS INSURRECCIONADO


A la ira juvenil comenzó a unirse la población de los barrios de Managua y de otros municipios. El 20 de abril ya había marchas y plantones de protesta espontáneos por casi todo el país. El país estaba insurreccionado.

El día 20 cayó al suelo, cortado pacientemente durante horas por muchos jóvenes y con una sierra de mano, el primer “árbol de la vida”, símbolo del poder de Rosario Murillo, quien había “sembrado” 140 de estas estructuras de hierro de 14 toneladas por toda Managua. Hasta agosto caerían muchos más de estos “chayopalos”. El día 21 se levantaron barricadas en Monimbó, emblema de la lucha antisomocista.

Pronto se sintió que no eran sólo por las reformas a la seguridad social. Estallaban diez años de negación de la autonomía universitaria, de negación de la autonomía municipal, de negación de la democracia, de violación de los derechos humanos, especialmente los derechos civiles y políticos. La respuesta del gobierno a esta inesperada y espontánea insurrección, que los agarró por sorpresa, fue tan torpe como cruel, propia de una política de terrorismo de Estado.

“Las muertes y daños” que el gobierno ordenó durante esos primeros días son incontables. Y aunque después de publicarlas en el diario oficial, un Ortega, sorprendido por el inesperado mensaje que le llegaba de todas las esquinas del país, también de las bases de su partido, reaccionó el 22 de abril revocando las reformas a la seguridad social, las protestas siguieron y se incrementaron. Ortega pidió a los obispos que fueran mediadores de un diálogo entre el gobierno y el COSEP para acordar otra forma de salvar de la insolvencia al seguro social. Pero la cantidad de muertos que ya había cambió la percepción de buena parte del empresariado nacional. El COSEP convocó a sus agremiados a una marcha en Managua para el 23 de abril.

Los epítetos empleados por Rosario Murillo contra quienes protestaban (“almas pequeñas, tóxicas, llenas de odio, vampiros sedientos de sangre, grupos minúsculos”), atizaron el fuego de la indignación. La interpretación que hizo Daniel Ortega de lo que ocurría -son “pandillas matándose entre ellos mismos”- hizo trizas la imagen que su gobierno y sus aliados empresariales habían vendido durante una década: “Nicaragua, el país más seguro de Centroamérica”.

En unos días y por horas manifestaciones masivas por todo el país exigían dos cosas: justicia por los asesinados y un cambio en el país: ¡Que se vayan! En pocos días quedó clara una línea divisoria entre la Nicaragua de antes de abril y la Nicaragua de después. En pocos días sabíamos que nada seguirá en el mismo lugar en donde estuvo antes.

LA MEGAMARCHA EMPRESARIAL


La primera gran marcha en Managua fue la convocada por los empresarios del COSEP. La población capitalina se unió a la marcha empresarial y la desbordó: gentes de toda clase social de la capital, autoconvocadas por las redes, salieron a las calles. Una multitud incalculable recorrió ocho kilómetros de la capital enarbolando banderas de Nicaragua. Desde ese día el azul y blanco de la bandera nacional se convertiría en el emblema de la resistencia cívica.

En una demostración espontánea que dos generaciones de capitalinos nunca habían visto, plenamente cívica y totalmente pacífica, se escuchó reiteradamente la primera de las consignas de esta insurrección: “¡No eran delincuentes, eran estudiantes!”

Después de la marcha, conscientes de su responsabilidad en la crisis, los empresarios pidieron que el diálogo tuviera una agenda amplia y que en él estuvieran presentes los estudiantes. El diálogo “nacional” que los obispos habían pedido en 2014 en una histórica carta pastoral, que nunca fue respondida por la pareja presidencial, aparecía de nuevo como una “salida” en el horizonte.

LA MEGAMARCHA CATÓLICA


El 24 de abril los obispos aceptaron ser “mediadores y testigos” del diálogo. Tenían clara conciencia del riesgo y de las dificultades: “El diálogo en Nicaragua es un riesgo porque nuestro país no está acostumbrado a dialogar y porque hay una parte de la sociedad que ha estado acallada y reprimida en sus derechos humanos y fundamentales. Los obispos hemos aceptado este riesgo en nombre de Jesucristo y en nombre del pueblo. Si no lo corremos se pueden abrir horizontes de violencia y de caos”.

Los obispos llamaron a participar el sábado 28 de abril en una Peregrinación por la Paz. De nuevo, una multitud incontable, convocada por las parroquias de la arquidiócesis (Managua, Masaya y Carazo), llenó la capital. De nuevo, gentes de todas las clases sociales, católicas o no, marcharon hacia la Catedral con banderas azul y blanco de Nicaragua y banderas amarillo y blanco de la iglesia. Hubo “peregrinaciones por la paz” en Boaco, en Estelí, en Rivas y en otros puntos del país. La de Matagalpa fue la más numerosa: 50 mil personas.

JUNTO A CUBA Y A VENEZUELA


El 24 de abril la Casa Blanca se refirió por primera vez en un comunicado a “la repugnante violencia política de la Policía y de los matones pro gubernamentales contra el pueblo de Nicaragua, en particular los estudiantes universitarios, que ha conmocionado a la comunidad internacional democrática”.

El 2 de mayo, en la Casa Blanca, el Vicepresidente Mike Pence, en la ceremonia de juramentación de Carlos Trujillo como nuevo embajador de Estados Unidos ante la OEA, se refirió a la crisis de Nicaragua con estas palabras: “En las últimas semanas, el gobierno de Nicaragua ha reprimido brutalmente a su propio pueblo por alzar sus voces en protestas pacíficas”.

Mencionó después “el legado de tiranía de los Castro en Cuba” y lo que sucede en Venezuela. Pence dijo que en esos tres países Estados Unidos tiene aún “trabajo por hacer para garantizar un continente en libertad”. Y concluyó: Estaremos del lado de todos los que aspiran a la libertad y confrontaremos a sus opresores”.

Por primera vez Nicaragua aparecía en la voz del gobierno estadounidense junto a Venezuela y Cuba. En poco tiempo, nuestro país estaría siempre mencionado en ese trío.

EL PRIMERO DE MAYO DESPUÉS DE ABRIL


Después de las dos megamarchas llegaba el Primero de Mayo y, como en otros años el gobierno lo celebró el 30 de abril, para asegurarse la asistencia obligada de los empleados estatales, amenazados con perder su puesto de trabajo si no acuden a la concentración oficial.

Esta vez los simpatizantes del partido de gobierno, la JS y los empleados del Estado fueron convocados para expresar “el amor y el cariño que le tenemos a nuestro líder indiscutible. El comandante presidente tiene que sentirse acompañado de un mar de pueblo y así darle un revés contundente a la marcha política-religiosa de la Iglesia-derecha”. Como en otras ocasiones, los buses del transporte colectivo se dedicaron a recoger por barrios y comarcas de todos los municipios del país a empleados públicos y simpatizantes. Las redes sociales testimoniaban que venían más vacíos que nunca. El discurso de Ortega fue breve y provocador. No asumió responsabilidad alguna por ninguna de las muertes ocurridas y ya ese día nos dío entender que no iba a ceder en nada.

“LO QUE HA PASADO NOS SORPRENDIÓ A TODOS”


Ese día, al bajar de la tarima en la que acompañó a Ortega, Rosario Murillo dijo a los medios oficialistas: “Lo que queremos es que se retome el buen rumbo que llevaba nuestro país hasta hace unos días”.

Ya entonces, ese deseo se veía como un imposible. El país había dado un vuelco que parecía irreversible. De improviso, la élite empresarial supo que el gobierno Ortega-Murillo no les garantizaría estabilidad económica y social para sus negocios. El modelo de gobierno antidemocrático, al que no le dieron suficiente importancia cuando el país era “estable” privilegiadamente para ellos y sus empresas, estaba hecho trizas.

De improviso agarró el estallido de abril a todos los funcionarios públicos de nivel. Con un estilo consolidado durante una década de monólogos, ninguno parecía tener permiso para dar declaraciones. El primero en decir algo fue Bayardo Arce, comandante y ex-miembro de la dirección del Frente Sandinista en los años 80. En entrevista con el canal internacional Telemundo, reconoció que la reforma que el gobierno había hecho al seguro social había sido “un error”. Arce es asesor económico de Ortega, lo que demostraba que no lo habían tenido en cuenta.

A la pregunta sobre si la reacción de los estudiantes había sorprendido al gobierno, respondió: “Claro que lo sorprendió. Nos sorprendió a todos, yo creo que sorprendió a los empresarios, sorprendió a los sindicatos, a todo el mundo. Porque la reacción vino de un sector que no está directamente vinculado a la problemática de la seguridad social. Protestaba el estudiante universitario, que todavía no es empleado, que todavía no es cotizante, que todavía no es pensionado”.

También habló esos días el diputado Jacinto Suárez, secretario de relaciones internacionales del partido de gobierno y compañero de cárcel de Ortega, entrevistado por ACAN-EFE. Suárez dijo: “Nos toca hacer un balance crítico a los sandinistas y encontrar en qué hemos pecado”.

Meses despúes, Lius Carrión, uno de los nueve comandantes de la Dirección Nacional del FSLN en los años de la Revolución, lo reiteraba: “Nadie estaba preparado. Ni el gobierno ni la empresa privada. Ni la oposición. Nadie pensó que se iba a producir esta revolución cívica tan espontanea y tan repentina, En el discurso de Danel Ortega hasta el 18 de abril viviamos en el país de las maravillas. Y de repente, misteriosamente, surgió una fuerza terrorista, golpista, que nos hizo paste. En los discursos de después de abril Ortega revela que no entiende la naturaleza del problema. No le interesa entenderlo, porque a Daniel lo unico que le importa es conservar el poder”.

“FUE UNA CONSPIRACIÓN AL ESTILO DE VENEZUELA”


Ambas consideraciones, salidas del seno del poder, demostraban lo espontáneo de la crisis, la sorpresa de todos, la torpeza de la respuesta represiva del gobierno… O como dijo el propio Arce: “Suele suceder en estos fenómenos sociales que llega un momento en que perdés el control. La misma Policía perdió el control y las noticias además te hacen perder el control”.

La sorpresa admitida por Arce y Suárez demostraba que nadie había ni organizado ni planificado abril, ni dentro de Nicaragua ni fuera. A pesar de eso, una “izquierda” tradicional, congelada en el tiempo y aferrada a interpretar con esquemas simples y ya obsoletos casi todo lo que ocurre en el mundo, una “izquierda solidaria” que tal vez menosprecia las capacidades del pueblo de este insignificante y pequeño país, se resistió y se resiste a creer que los sucesos de abril no son resultado de una conspiración del “imperio”.

Muy pronto, en el seno del poder cambió el discurso y transmutaron “la sorpresa” en injerencia externa y agresión...

El propio Jacinto Suárez, que hablaba de autocrítica y de pecados, dijo a la BBC días después, respondiendo a la pregunta de cómo explicaba lo ocurrido: “Estamos ante una conspiración patrocinada y pagada por el gobierno de Estados Unidos. No estamos viendo fantasmas, ni inventando nada. Es el mismo estilo de Venezuela: tumultos de vándalos, manifestaciones, un montón de muertos. Obviamente nos causó algún efecto porque no estábamos preparados. Para ser sinceros, nos sorprendieron. Pero ahora ya estamos en la jugada. Estamos más alerta para entender este fenómeno y ver como lo trabajamos y lo asumimos”.

En poco tiempo se demostró que “estar en la jugada” no era otra cosa que reprimir sin límites, que lo “asumirían” intensificando la violencia hasta niveles inimaginables.

BALANCE FATAL: “FUERON EJECUTADOS”


Desde el día 19 el régimen reprimió con una violencia desproporcionada, utilizando francotiradores y fuerzas antidisturbios que emplearon armas letales. Desde el primer caído el 19 de abril hubo muertos matados por bala todos los días y hasta el final del año ni un día dejamos de ver una represión sin escrúpulos.

Fue hasta el 4 de mayo, que el Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (CENIDH) hizo público un primer informe con un balance de lo que llamó “violaciones sistemáticas a los derechos humanos de los nicaragüenses por el régimen dictatorial de Daniel Ortega y Rosario Murillo”.

Respecto a las muertes decía: “La violencia, sin comparación en la historia reciente de Nicaragua, ejercida por la Policía y las fuerzas de choque del gobierno, ha tenido como consecuencia la muerte violenta de al menos 45 personas durante el ejercicio legítimo de una protesta social. 4 son menores de 18 años, 24 son jóvenes estudiantes y 18 pobladores con diferentes perfiles ocupacionales que apoyaban la protesta de los estudiantes, 2 son agentes policiales y uno, un periodista que daba cobertura a los hechos de violencia en Bluefields”.

“Todas las muertes -precisaba el informe- se dieron en el contexto de la represión y la violencia estatal. La mayoría de las víctimas presentaba impactos de bala en la cabeza, cuello, pecho o abdomen, por lo que podemos afirmar que fueron ejecutados, valiéndose las autoridades y las fuerzas de choque de una clara ventaja respecto de los medios de que disponían los manifestantes. Esto evidencia que la orden era matar”.

¿QUÉ VA A HACER LA OEA?


La pregunta sobre el papel que asumiría la OEA ante la crisis nicaragüense fue una de las primeras que se levantó en el terreno internacional. Dada la complacencia con la que el secretario general del organismo regional, Luis Almagro había tratado a Ortega desde que le envió un cuestionador informe previo a las elecciones presidenciales de 2016, informe que nunca hizo público, era necesario recordarle a Almagro que las cosas habían dado un vuelco en Nicaragua.

Cristiana Chamorro, directora de la Fundación Violeta Barrios de Chamorro -lleva el nombre de su madre y ex-Presidenta de Nicaragua (1990-1997)-, asumió esa misión y visitó a Almagro en Washington el 4 de mayo.

Le pidió a Almagro que se sumara a la demanda de justicia por la masacre de abril y le expresó preocupación por el silencio de la OEA ante la crisis nicaragüense: “No queremos más muertos, ¿qué va a hacer la OEA?”. Le señaló a Almagro la falta de credibilidad que tenía la OEA entre los nicaragüenses y lo “desfasado” que habían quedado los acuerdos que el régimen de Ortega había firmado con Almagro en febrero de 2017.

Cristiana le presentó a Almagro los dos escenarios que existían en Nicaragua apenas unas dos semanas después de iniciado el estallido de abril. O elecciones justas y transparentes anticipadas que permitan una transición pacífica como Ortega decidió en 1989 para poner fin a la guerra de los años 80. O una salida sangrienta y de destrucción del país como la eligió Somoza en 1979, que concluyó con su derrocamiento. “Lamentablemente, parece que Ortega ha escogido esta segunda”, le dijo Cristiana al secretario general de la OEA.

Ocho meses después de presentada, esta disyuntiva sigue siendo la misma.

UN PRIMER BALANCE DEL ESTALLIDO DE ABRIL


Gracias al coraje y a la decisión de la juventud millenial de nuestro país, abril concluyó con un mayor número de nicaragüenses unidos en un consenso: es imperativo hacer justicia por tantos muertos matados sancionando a los responsables y ha llegado el momento de democratizar Nicaragua y no podemos perder la oportunidad de hacerlo con la energía que estalló en abril y cuanto antes.

Si en apenas una semana, el régimen Ortega-Murillo vio trastocada su alianza con la élite empresarial, perdió el monopolio de las calles, provocó una vergüenza sin retorno entre mucha gente buena que aún creía en ellos, pasó a ser minoría social y evidenció ante la nación y ante el mundo su rostro criminal, abril dejó una mayoría nacional que afirma que Daniel Ortega y Rosario Murillo perdieron toda autoridad moral para continuar ejerciendo el poder. Ese consenso continúa vivo ocho meses después.

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