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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 437 | Agosto 2018
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Nicaragua

“La salida que más nos conviene a todos, principalmente a Ortega, son elecciones anticipadas”

Roberto Courtney, director ejecutivo del Grupo Cívico Ética y Transparencia, organismo nicaragüense de observación electoral con experiencia de 22 años en más de 50 procesos políticos en tres continentes, compartió sus reflexiones sobre la compleja negociación política que debe conducir a elecciones anticipadas para resolver la crisis nacional, en una charla con Envío que transcribimos.

Roberto Courtney

A finales del mes de junio, en Ética y Transparencia convocamos a una conferencia de prensa en la que dijimos que la crisis que vivimos hoy en Nicaragua es efecto de una causa: los viciados procesos electorales que hemos tenido desde que Daniel Ortega llegó al gobierno en 2007. Ese día también nos comprometimos a agenciar el adelanto de las elecciones, por no llamarlas “primer llamado a elecciones de verdad en diez años”… Ese día estimamos bastarían, como corresponde, nueve meses entre la convocatoria y el sufragio. En realidad, sólo aterrizábamos el clamor nacional e internacional, que señala la salida electoral como salida de la crisis. Recomendamos al gobierno que aceptara esa salida cuanto antes y nos pusimos manos a la obra. Declaramos desde ese momento iniciar la observación de un proceso de adecuación del sistema electoral, para que estuviera listo para realizar un proceso sujeto a estándares internacionales de transparencia y calidad “en una fecha aún por definir”. Creo que son altas las posibilidades de que serán elecciones de verdad.

El 17 de julio realizamos una encuesta a 1,200 personas a nivel nacional sobre una selección aleatoria de los nicaragüenses que tienen teléfono celular, prácticamente todos. A quienes aceptaron responder les hicimos seis preguntas. Primera: el 79% respondió que era “conveniente realizar elecciones generales prontamente” y el 16% dijo que no. Segunda: el 50% dijo que acortar el período presidencial no era ni ilegal ni inconstitucional, el 27% dijo que sí lo era y el 20% no respondió o no supo qué responder a esto. Tercera: el 28% respondió que el Presidente Ortega “está actuando por el bien de todos los nicaragüenses”, el 63% respondió que no lo hacía. Cuarta pregunta: el 77% respondió que los obispos estaban actuando “por el bien de todos los nicaragüenses” y el 18% dijo que no. Quinta: sobre si la actuación de la Alianza Cívica era “por el bien de todos los nicaragüenses”, el 56% dijo que sí lo era, el 28% dijo que no y el 16% no supo qué responder. Finalmente, le presentamos a la gente esta pregunta: “Hoy, ¿cuál de estas palabras define mejor su preferencia política o partidaria?” y les dimos cinco opciones. Resultados: Danielista 8%, Sandinista 23%, Opositor 20%, Independiente 33% y un 16% no quiso opinar o dijo que “es secreto”.

Ortega puede dudar de estos números, pero no dudo de que si hace bien sus propios cálculos se encontrará con que la realidad es terca: en esta crisis perdió todo su voto suave y se produjeron algunas fisuras en su voto duro. Con una mala economía esto empeorará. Por tanto, la clave de su negociación política es salvar pronto lo que parece que aún tiene: conservar en esas elecciones la mayoría legislativa, ese candado constitucional que significará también para él, con mucha probabilidad, conservar las llaves del calabozo.

Quedar en un segundo lugar en esas elecciones, con un candidato de paja que compita como candidato presidencial por el FSLN le permitiría a Ortega gobernar “desde abajo”. En las circunstancias en las que hoy está, conseguir eso es casi un premio. Un triunfo de la oposición obteniendo la mayoría constitucional es lo único que lo expondría a la justicia. Por la génesis y la premura en la convocatoria de estas elecciones anticipadas, más los “cañones” con los que quedará Ortega, para comprar rivales, esa oposición tendrá problemas en conformarse como partido, más todavía en mantenerse unida.

¿Cómo llego a este escenario? A los que quisieran, a quienes quisiéramos, ver a Daniel enfrentar la justicia nos cuesta aceptar que la correlación de fuerzas actual no da para imponerle las dos demandas que la gente ha planteado en las calles, las dos que son los objetivos del diálogo nacional:la justicia y la democratización. Ortega jamás negociará el tema de la justicia. Paradójicamente, sólo su necedad de gobernar por la sangre, y sin dinero, es la que podría debilitarlo y acercarlo a la “pasada de cuentas”. El tiempo es su enemigo, pues radicaliza a sus formidables enemigos y los dota de herramientas: informes, estudios, muertes, torturas, sanciones, flujo de capitales y un muy largo etcétera.

Quisiera analizar dónde y cómo estamos en la negociación que nos debe llevar al proceso electoral que le dé una salida pacífica a la crisis social y política que hoy vivimos en Nicaragua. Una herramienta mental que recomiendo para analizar en frío, para mejorar el acercamiento a la verdad en el vaticinio, para hacer hablar números confiables con la cabeza y sin un ápice de corazón, es la llamada “integridad intelectual”.

Peter Drucker, insigne filósofo, educador, “guru” de la administración de empresas y defensor ferviente de la “Integridad Intelectual” es, él mismo y su trayectoria, la mejor definición de esa corriente de pensamiento. Nacido en Viena en 1909 en una familia intelectual, recibió su doctorado en Derecho Internacional de la Universidad de Frankfurt. Se fue a Inglaterra cuando los nazis prohibieron y quemaron dos de sus ensayos. Al asistir a una clase del famoso economista John Maynard Keynes, tuvo una “revelación”: los otros estudiantes estaban interesados en cómo se comportaban las materias primas, y a él le interesaba cómo se comportaban las personas. Su línea de pensamiento se basa en un principio elemental: tenemos que ver la realidad tal como es, no como queremos que sea, como nos gustaría que fuera.

Drucker reconoció que el corazón socava el intelecto, dándole “puntos probabilísticos” a lo que nos gusta y quitándoselos a lo que no nos gusta. No tener en cuenta la integridad intelectual al pensar, al ver la realidad, nos explica cómo a menudo nos equivocamos porque vemos como probables y posibles las opciones que más nos gustan… sólo porque nos gustan. Partiendo de esto, Drucker recomienda un ejercicio concreto para pensar y decidir con “integridad”: descontarle puntos a las posibilidades de lo que nos gusta y subirle puntos a lo que no nos gusta. Así estaremos más cerca del escenario real y eso nos permitirá decidir y actuar más apegados a la realidad. En las circunstancias en las que estamos hoy en Nicaragua es conveniente este llamado a la integridad intelectual para valorar adecuadamente dónde está hoy el movimiento cívico que desde abril desafía a Ortega.

Básicamente, Drucker plantea que para pensar y decidir con “integridad” eso exige quitarle puntos a lo que nos parece más atractivo y dárselos a lo que nos parece más odioso. Y concluye que actuar en consecuencia nos hará ver con mayor realismo aquello a lo que nos enfrentamos y nos permitirá decidir y actuar más apegados a la realidad. No tener en cuenta la integridad intelectual nos explica cómo a menudo desechamos las opciones que no nos gustan sólo por eso, y como vemos como probables y posibles las opciones que más nos gustan sólo porque nos gustan… y por eso nos equivocamos. En las circunstancias en las que estamos en Nicaragua es conveniente este llamado a la integridad intelectual para valorar adecuadamente dónde está hoy el movimiento cívico que desde abril desafía a Ortega.

Para este análisis, tengo también en cuenta que, aunque Daniel Ortega dijo estos días a la cadena Fox que las elecciones serán hasta 2021, él sabe que no será así. Todos sabemos, en Nicaragua y en el mundo, que la salida debe ser electoral: elecciones libres, transparentes, competitivas… Y somos muchos los que creemos que cuanto antes sean esas elecciones todo será mejor, también para Ortega. Creo que él también lo sabe, aunque no lo dice. Nadie conoce mejor que él la capacidad de los actores de peso internacional de rematarle el trabajo de desgaste acelerado que él inició en abril y, a la vez, de hacerle responsable de sumir al país en la más terrible bancarrota. Desde hace tres meses los empresarios nacionales están en el otro bando, en el que también están los representantes de Dios en la tierra. Daniel sabe lo peligroso que es que ambos sectores se monten en la ola del descontento inevitable y creciente que nacerá de la crisis económica, apareada con la crisis política.

¿Cómo estamos respecto a la salida electoral anticipada en este momento, a finales de julio, a 100 días de los acontecimientos de abril? Veo que la distancia que existe hoy entre el gobierno y la oposición al gobierno, por llamarla de algún modo, es enorme. Si fueran dos barcos, entre ambos parece haber un océano… La realidad, como veremos en un análisis frío, los acerca si la Alianza Cívica se conforma con elecciones libres y pospone el resto de su agenda y lo supedita a los resultados de esas elecciones.

En los primeros días de la crisis llegar a elecciones libres se veía como un objetivo fácil de conseguir, rápido de obtener. Incluso la Alianza Cívica planteó en la ruta para la democratización que le presentó al gobierno en el diálogo nacional cambiar el Consejo Supremo Electoral, cambiar la Corte Suprema de Justicia, rehacer prácticamente todo el Estado… El momento inicial, cuando la ciudadanía despertó, exigió y reclamó, hizo pensar a la Alianza que su capacidad de negociación era muy grande, que Ortega se iría primero y que las elecciones vendrían después. Por su parte, en esos primeros momentos Ortega apenas tenía un discurso con el que responder. Ahora, las cosas han cambiado. Ahora ya tiene un discurso, aunque pobre, y hasta habla en Fox News. Aunque hay que decir que, como era su primera entrevista en más de 5 mil días, lo hizo pésimamente mal, lo que sumó más rechazo a la imagen de indeseable que él mismo se ha fabricado y con la que lo mira ya todo el mundo occidental. Diez años bien portado le sirvieron de poco a Muamar el Gadafi. Y cuando lo vieron bajito sus ex-enemigos vinieron por él. No tiene Daniel que hacer un ejercicio de integridad intelectual para sentir las similitudes con Gadafi... Y no creo que esté contando con su vocería, siempre tan precaria y contra productiva ante esta audiencia, como para apostar a enamorar a nadie… Tendrá que dar. Menos si se apura, más si se tarda.

En aquellos primeros momentos no identificábamos qué era lo que Ortega proponía como salida política a la crisis. Después, en junio y en julio vinieron las sangrientas “operaciones limpieza”, pero seguía sin definirse y no hablaba de la salida electoral. Algo intuimos de lo que le propondrían cuando en la Asamblea General de la OEA sobre el caso de Nicaragua en junio, el secretario general de la OEA Luis Almagro mencionó en su discurso la salida electoral, señalando elecciones anticipadas, incluso con un calendario, el más cercano para marzo de 2019 y el más lejano para agosto de 2019.

Después en julio, también en la OEA, el canciller de Nicaragua rechazó totalmente el informe de la CIDH sobre las graves violaciones a los derechos humanos cometidas por el gobierno, pero no dijo nunca nada sobre el calendario de elecciones anticipadas que proponía Almagro. Y como no lo rechazó, dimos por supuesto que lo aceptaba.

Hasta ahora, nunca la OEA, que desde 2016 venía negociando bilateralmente con Ortega a través del secretario general Almagro, había puesto nada sobre la mesa que no estuviera acordado previamente con Ortega y aprobado por Ortega. Por eso también dimos por supuesto que Ortega aceptaba las elecciones anticipadas como salida a la crisis, tal como propuso Almagro. Ahora tenemos más claro que pudo haber dado algunas señales de que sí las aceptaría, pero no parece haber habido de su parte un acuerdo claro de adelantar las elecciones. Y es por eso que la OEA ha tenido que recurrir a la correlación de fuerzas que existe en la Asamblea General de la OEA, nada favorable a Ortega, para presentar esta propuesta y para impulsarla desde la Asamblea General, ya no sólo desde la secretaría general.

Todo esto significa, muy probablemente, que en materia de elecciones y en todo el trabajo que se requiere para que salgan bien esas elecciones, el secretario general de la OEA, Luis Almagro, no tiene ya una relación solamente bilateral, y por cierto muy lenta, con el Ejecutivo, como sucedía hasta hace poco.

La secretaría general de la OEA tiene ahora una posición más independiente de los intereses de Ortega y aparece ya comprometida en impulsar una agenda internacional para que Nicaragua se encamine hacia unas elecciones anticipadas. En eso coincide con la lectura que hacen de la crisis de Nicaragua los gobiernos de más peso en la OEA y con los lentes con que miran a Nicaragua gran cantidad de actores internacionales más allá de nuestro continente. La OEA tiene ahora con qué apretar más las tuercas a Daniel. Y el arsenal que tiene incluye, en su momento, sanciones económicas que son un supositorio explosivo en el tafanario de este gobierno.

Para justificarse en su -pretendida- negativa a adelantar las elecciones, o a resistirse a aceptarlas, Ortega insiste en que la insurrección cívica que enfrenta su gobierno es un golpe de Estado. Pero las elecciones nunca son un golpe de Estado. Nunca. Ni siquiera las elecciones fraudulentas son un golpe de Estado, mucho menos lo son las elecciones libres. Si observamos lo que sucede en los regímenes parlamentarios, que son la gran mayoría de las democracias del mundo, basta perder un voto de la mayoría que tiene el partido en el gobierno, basta que ese partido se gane un voto de censura o que pierda un voto de confianza y lo que se hace inmediatamente es programar elecciones para salir cuanto antes de esa crisis. Si un gobierno propone algo que la ciudadanía rechaza en las calles, y el Legislativo convierte ese rechazo ciudadano en un voto de censura, se hacen nuevas elecciones. Y hasta sucede que gobiernos con enorme popularidad llaman a elecciones para capitalizar el apoyo que tienen y así alargar su período de gobierno.

En el mundo democrático las elecciones tienen dos calendarios: uno escrito y otro dictado por las circunstancias, que a menudo son crisis que no tienen ni la milésima del tamaño de la que tenemos hoy en Nicaragua. Por eso, el mundo entero está claro de que la salida que tenemos en Nicaragua debe ser electoral. Para justificarse, léase para negociar, la más mínima entrega de las instituciones que ha capturado durante sus años de gobierno, especialmente el Poder Electoral, Ortega insiste también en que lo que reclama la gente en las calles es inconstitucional porque él debe concluir su mandato hasta 2021, porque así está escrito en la Constitución. Pero las Constituciones de ningún país están escritas en piedra, no son las tablas de la ley que recibió Moisés. Son tratados políticos que reflejan la correlación de fuerzas del poder en las instituciones del Estado y en un momento determinado. Y por eso hay Constituciones que necesitan ser reformadas y hasta descartadas.

Las elecciones son una herramienta para solucionar crisis y deben de emplearse no sólo cuando el calendario lo indica, sino cuando se espera que den respuesta a un problema concreto de un país. La OEA planteó el adelanto de las elecciones como una salida a la crisis, una salida que no tiene ningún vicio de inconstitucionalidad ni de ilegalidad. Esta evidencia ha alineado a la comunidad internacional con la idea de adelantar las elecciones para solucionar la crisis de Nicaragua.

La salida tiene que ser ésa: elecciones anticipadas. Y no sólo para salir del problema que hoy tenemos, sino para encontrar salidas a los problemas que se nos vienen encima porque lo que estamos viviendo en Nicaragua es ya una crisis humanitaria. Y ése es otro aliciente para la salida electoral. Porque cualquier calendario electoral, cualquier Constitución, pasa a un segundo plano y necesita ser reescrita cuando el país vive un desastre.

Una crisis humanitaria es la realidad que más pone a un lado el argumento de la soberanía nacional y eleva la prioridad y el sentido de los derechos humanos, porque en la crisis humanitaria estamos hablando de lo más importante: la vida de la gente. La doctrina de la crisis humanitaria nos hace a todos ciudadanos del mundo y si somos maltratados por otros ciudadanos, toda la comunidad internacional se activa y se borran las fronteras. En una crisis humanitaria, la Constitución del país que la enfrenta pesa muy poco o no pesa nada. El mundo interviene para detener una crisis humanitaria, en la que la prioridad es ésa: parar la crisis.

Hay veces en las que sólo unos cuantos muertos activan una respuesta de crisis humanitaria y hay veces en las que hay crisis de proporciones bíblicas y el mundo mira para otro lado... No es claro cuándo se invoca la crisis humanitaria porque no hay parámetros claramente establecidos para definirla. Pero sí hay una línea de pensamiento en Naciones Unidas, y en todos los organismos multilaterales, que entienden que cuando se entra tardíamente a la solución de la crisis, ésta se ha agravado de manera tal que la intervención es menos efectiva.

Diríamos, por ejemplo, que en vez de intervenir cuando han pasado seis años en que no hay medicinas, se entiende que hay que intervenir cuando en las bodegas quedan medicinas sólo para seis meses. Actuar preventivamente hace una diferencia genuina en una crisis humanitaria. Llegar a tiempo, actuar a tiempo, evita que se eternice el conflicto. Llegar tarde es encontrar una sociedad ya crispada, muy polarizada, en la que no hay salidas ni fáciles ni rápidas.

No sólo en el caso de Nicaragua, sino en cualquier otra crisis, la comunidad internacional si no interviene tempranamente es porque, por naturaleza, por diseño, siempre se pregunta si interviene, que sucederá después de la intervención.

En el caso de Nicaragua, se sabe ya que el Pentágono ha estudiado los costos que tendría sacar a Ortega del gobierno y calcula que serían bien bajos. El temor que tienen allí es qué pasará después. Porque un gobierno no es algo que desaparece ipso facto, en un momento. Y con el control tan centralizado que ha ejercido Ortega sobre el FSLN y sobre el gobierno hay que garantizar la mayor estabilidad posible, tanto en el escenario abrupto post-Ortega como en el escenario post-elecciones en el caso de que esas elecciones se celebren y que las gane la oposición. No se puede descartar que en la memoria de la comunidad internacional ha quedado el hecho de que en los años 90 el tema de “la piñata” salía una y otra vez en Nicaragua como un factor desestabilizador. En esta ocasión, el tema de la “justicia” por los crímenes cometidos en esta etapa saldría una y otra vez como elemento de desestabilización.

A 100 días de la insurrección de abril, hemos llegado ya a una situación que no imaginábamos cuando a mitad de mayo, cuando inició el diálogo nacional, nos parecía fácil llegar a elecciones libres sin Ortega en el gobierno y hasta con un tiempo suficiente para que la Alianza Cívica se pudiera convertir en una opción electoral. Eso nos lo hizo sentir Lesther Alemán el 16 de mayo cuando abrió el diálogo nacional emplazando a Ortega y diciéndole claramente que allí la Alianza venía sólo a acordar los términos de su rendición.

Ahora la realidad ya no está en ese punto y hay que aplicar la integridad intelectual para entenderla. Está claro que la comunidad internacional apuesta a las elecciones y también lo está que la posición del gobierno ya no es el silencio inicial. Lo que hemos escuchado de Ortega es que él terminará su período en 2021, aunque ni siquiera aclara si él se volverá a presentar como candidato… Hoy por hoy dice que se queda y no dice nada más. No dice que no va a competir, no dice que dará condiciones para una competencia electoral más genuina con, por ejemplo y primera medida, el cambio de las autoridades electorales, con reformas a la ley electoral… No dice absolutamente nada.

Si las cosas están así, el margen de la negociación es muy grande: la brecha que tenemos ahora entre elecciones libres y adelantadas contra elecciones hasta en 2021 y como las han venido haciendo hasta ahora, es una enorme brecha. Las cosas han cambiado mucho y aplicando la integridad intelectual, creo que lo que había al comienzo era mucha ilusión.

Creo también que ese entusiasmo inicial debilitó al bando opositor, en el que hemos visto mensajes contradictorios, falta de organización y de claridad, que aunque son defectos también son virtudes y son la belleza de un movimiento espontáneo, nacido de la indignación, sin caudillos, sin una estructura vertical, un movimiento de autoconvocados determinados a luchar, aún un poco amorfo, lo que, precisamente por eso, nos invita a todos a participar para darle una mejor forma.

Para poder analizar con integridad intelectual cómo logramos salir de esta crisis hay que tener en cuenta también que los dos grandes temas que se planteó el diálogo nacional son los que la gente pidió en las calles desde el primer momento: Justicia y Democracia. La negociación entre gobierno y oposición, incluye esos dos temas. Pero estemos claros que el tema que más rehúye el gobierno, en el que está menos dispuesto a ceder, es en el de la justicia. En el tema en el que cedería algo es en el de la democracia. Y más, si distingue, como creo que lo hace, que las elecciones prontas le convienen.

La justicia exige que Ortega y los suyos paguen por sus crímenes. Pero sabemos que todas las personas que cometen delitos, los pequeños delincuentes y los peores criminales, todos buscan evadir la justicia: contratan a un buen abogado, buscan cómo entorpecer el juicio dilatándolo, compran jueces, pagan por salir libres… Es un instinto humano. Lo tiene desde el mayor de los criminales hasta el que mata a alguien en un accidente de tráfico. Todos hacen de todo para escapar a la justicia. Raskolnikov, el protagonista de la novela “Crimen y Castigo” de Dostoievsky, que se entrega a la justicia después de su crimen porque su conciencia lo está matando, es sólo una figura literaria. Nuestro instinto como homo sapiens no es ése.

Es lógico, pues, que en materia de justicia, Ortega no quiera ceder nada en la negociación. Porque por más pequeño que sea lo que cede, eso lo acerca a enfrentar una justicia que, lo menos que significa, es un enorme empobrecimiento para su familia. Una de las razones por las que a Ortega no le atrae la idea del exilio en ninguna parte del mundo es que, buscado internacionalmente por crímenes de lesa humanidad, se puede convertir en una ficha de negociación del país que lo acoja. A donde vaya tendría ese problema y los lugares donde tal vez no lo tendría no les parecen atractivos, sobre todo a sus hijos. Así que en el tema de justicia, muy poco, por no decir nada, estaría dispuesto a ceder. Y cuando en una negociación entre dos bandos que tiene dos temas de negociación, uno de los bandos no va a ceder nada en uno de los temas, se abren más ventanas para negociar en el otro tema. El tema de la democratización da para negociar más.

En el primer momento de esta insurrección, cuando nos parecía que las elecciones libres eran fáciles de conseguir, los estudiantes dijeron: en el diálogo nacional hablemos primero de democracia. Democraticemos primero el país porque tendrá que ser el nuevo gobierno el que haga justicia. Acertaban. Porque sin un cambio de gobierno, sin una renovación de las instituciones del Estado, las instituciones nicaragüenses que hoy imparten justicia no harán nada.

Lo que dijeron entonces los universitarios es mucho más válido ahora, cuando las correlaciones de fuerzas se han modificado, cuando Ortega sabe que la criminalidad de los paramilitares que ha organizado es su gran lastre a nivel internacional, cuando sabe que evidenciar esa criminalidad favorece la correlación de fuerzas del bando opositor. Todo eso lo tiene en cuenta la comunidad internacional. Y es por eso que Ortega, para tocar esa misma vena, califica de “criminales” a los que se han rebelado contra él.

Haciendo un ejercicio intelectual y partiendo de una visión de integridad intelectual veamos qué podría ofrecer Ortega en una negociación sobre el tema de la democracia, partiendo de que ya nos ha dicho que “ni se va ni lo vamos”, partiendo de la correlación de fuerzas que nos indica nuestra encuesta, de lo que vemos en todo el país, y teniendo en cuenta que la apuesta del gobierno es a que, en general, el ciudadano tiene una tendencia a la pasividad en materia política y aunque tenga preferencias, salir a agenciar esas preferencias se lo deja a los que están más metidos en el juego político. Teniendo en cuenta también los efectos de la “tranquilización” y “normalización” lograda por Ortega con sus sangrientas “operaciones de limpieza” que tantos muertos, heridos, detenidos y huidos han provocado, hagamos ese ejercicio intelectual.

¿Qué tiene Ortega para ofrecerle al otro bando y sacarle concesiones, qué podría dar, en qué podría ceder en materia de democracia cuando su posición es “ni me voy ni me van” y elecciones hasta en 2021, y cuando hasta ahora no ha dado nada, ni siquiera un cambio de magistrados en el Poder Electoral?

Podría ofrecer, por ejemplo, algunos nuevos magistrados en el Poder Electoral, aunque tan sólo fueran una presencia “simbólica”. No creo que ofrezca una reestructuración verdadera del Poder Electoral. Creo que a lo más que llegaría es a ofrecer tres magistrados independientes, él conservaría tres de los suyos y habría un debate sobre el que presidiría. Dudo mucho que en la negociación ofrezca eso mismo en el Poder Judicial. Le interesa más tener controlada totalmente la Corte Suprema, porque de eso depende poder evadir la justicia. No creo que ofrezca ningún cambio en ninguna otra institución del Estado.

Creo que podría ofrecer libertad a los presos políticos. Reteniéndolos, y reteniendo a muchos, espera garantizarse una ley de amnistía general para ellos y para todos los suyos y ésa es una buena carta de negociación que le favorece en el tema que le importa más: no caer preso. Podría también ofrecer alguna solución favorable a los propietarios de las tierras que han sido invadidas por grupos de tomatierras por el patrocinio de los secretarios políticos del FSLN.

Podría también ofrecer el no presentarse más a la reelección. Aunque sabemos que eso no significaría “no más Daniel”, sino Daniel gobernando “desde abajo”, como sucedió durante los años 90. “No más Daniel” no existe en sus posibilidades, él piensa seguir gobernando “desde abajo”, como lo conocimos ya saboteando el gobierno de doña Violeta para forzarla a negociar, llevándose de perlas con Alemán en el gobierno y pactando con él y después explotando y aprovechando las fisuras que había entre Alemán y Bolaños durante el gobierno de Bolaños. Si ofreciera no presentarse a la reelección tendría que buscar un sucesor como candidato en el FSLN, lo que sería un desafío para Ortega, porque tendría el temor de que le saliera mal la jugada si escogiera lo que fue un Bolaños para Alemán o un Lenín Moreno para Correa en Ecuador… Jugar por el segundo lugar es más seguro para él. Cada una de estas eventuales concesiones que podría hacer Ortega tienen varios grados y distintos niveles.

Ahora, veamos qué tiene la oposición para extraer estas concesiones, qué puede ofrecerle a Ortega en el tema de la democracia…

El sector privado, integrante de la Alianza Cívica, podría ofrecer colaborar en una “normalización” de la economía. Este sector podría ofrecer una cierta recomposición de las alianzas económicas que tenía con Ortega antes de abril, unos acuerdos nacionales que permitirían regresar a algún punto de lo que había antes de la rebelión. La normalidad económica es lo que más le interesa a Ortega, entre otras cosas porque eso le ayudaría a salir mejor en esas elecciones anticipadas que le permitirían capitalizar su mayor ventaja: la aún cruda, improvisada, variopinta, prejuiciada y divisible naturaleza de la posible alianza electoral que enfrentaría.

La Alianza podría ofrecerle el bajarle el gas a la presión de la comunidad internacional, dejando de denunciar, abandonando la insistencia en pedir sanciones contra Ortega. Esto también es crucial para Ortega porque la presión internacional que tiene sobre él es el factor más peligroso para sus planes. Él sabe, todos lo sabemos, que no hay revolución no violenta que gane sin presión internacional, que el jaque mate de una revolución no violenta pasa siempre por la presión internacional.

Este ejercicio de integridad intelectual que hemos hecho nos permite entender que si comparamos lo mucho que tiene hoy la oposición en sus manos y lo poco que tiene el gobierno en las suyas, vemos que la oposición tiene mucho que dar para obtener muy poco. Vemos también que, con todo lo que tiene la oposición, debería de poder “comprar” muchísimo más. Tiene tanto en la mano que no debería conformarse con las concesiones de Ortega. Esto es doblemente cierto si consideramos que Ortega está tratando de vendernos unas elecciones que sabe que a quien más le convienen es a él mismo.

Pero, ¿por qué Ortega ofrecería tan poco en el tema de la democracia? Porque él sabe que cualquier concesión democrática de fondo lo hace más vulnerable a tener que enfrentar la justicia por sus crímenes. Él sabe que si se establece una nueva institucionalidad en el país, esas nuevas instituciones le pasarían la cuenta. Él sabe que en esas elecciones anticipadas él estaría a salvo de la justicia sólo si el FSLN, aunque quede en un segundo lugar, impide que la oposición no gane la mayoría en la Asamblea Legislativa. Si pierde esa mayoría, el Legislativo podría remover a los magistrados de la Corte Suprema y nombrar nuevos magistrados. Y la amnistía que él piensa recetarse o que ya se habrá recetado, la anularían esos nuevos magistrados. La decisión de evitar la justicia es lo que explica que Ortega no va a conceder nada antes de las elecciones anticipadas. Su blindaje frente a la justicia es la Corte Suprema de Justicia, que hoy controla totalmente y que sólo puede ser cambiada por una mayoría de diputados en el Legislativo. El gran problema que las elecciones anticipadas presentan para Ortega es la posibilidad muy real de perder la mayoría en el Legislativo.

¿Cuánto es hoy el núcleo duro de Ortega? Según nuestra encuesta, era el 31% de los encuetados el día 17 de julio. ¿Cuánto le costará mantener ese núcleo duro y aumentarlo un poco? Naturalmente, en un país “normalizado” le sería más fácil. Por eso, en una negociación tratará de dar algunas concesiones democráticas con tal de evitar la justicia. Lo que sucede es que hay mucho que ofrecer en el lado opositor y muy poco que conceder en el lado de Ortega. Y el lado opositor, con lo mucho que ya ha conseguido en cuanto a presión internacional, va a recurrir al tema de la justicia apelando a los crímenes de lesa humanidad cometidos en la ola represiva de Ortega. Recurrirá a la Corte Penal Internacional… Porque en una negociación no sólo se da o sólo se recibe, sino que cada lado de la mesa exacerba lo que le interesa a un lado y a otro y se negocia siempre desde una posición de fuerza.

Después de hacer este ejercicio, desde el marco conceptual de la integridad intelectual, tratando de identificar lo que tiene cada quien que ofrecer o lo que quiere ofrecer, teniendo en cuenta que los temas a negociar nunca son estables y dependen del potencial que cada lado tenga, lleguemos a algunas conclusiones.

Estemos bien claros que lo que Ortega quiere conseguir es un Estado con un nivel de democracia bajo que le garantice la impunidad. Eso es lo que le interesa. Realmente, no es nada nuevo: antes de pasar por el trauma de abril, siempre se aseguró instituciones que estuvieran siempre de su lado y lo mantuvieran impune en todo lo que hacía y deshacía. Recordemos incluso que el ejecutivo fue la última institución del Estado que capturó. Las demás ya las tenía bajo control antes y desde la oposición, gobernando “desde abajo”. Por eso, creo que a Daniel Ortega le conviene una elección pronta, aunque le interesa más darla como una concesión que pedirla.

Hace unos meses Ortega estaba más débil de lo que parece estar ahora. Pero, lo primero que salta a la vista es que todas las cosas que Daniel Ortega tiene para entregar, lo que constituye su correlación de fuerzas, son cosas que a él tampoco le conviene seguir agravando. En cambio, a los del otro lado sí les conviene seguir agravando todo lo que tienen: pueden hacer cada vez menos normal la economía, pueden aumentar la presión internacional, pueden resistir con nuevas estrategias… Con todo lo que ya tienen, si lo aumentan de nivel mejoran su posición. Sin embargo, Ortega no gana nada aumentando la violencia o el número de presos políticos, matando a más gente. Hacerlo agravará su posición, especialmente en el campo internacional, que ha avanzado a pasos agigantados aislándolo y condenándolo. Del lado opositor no sólo hay más, sino que todo lo que tienen lo pueden escalar y eso los fortalece. Daniel Ortega puede amenazar con que va a matar más gente, pero ¿le conviene escalar la violencia? Eso le complica más las cosas, y especialmente en el tema que teme: que la justicia lo haga pagar por sus crímenes. ¿Puede aumentar el número de presos políticos? Tenerlos como rehenes para cambiarlos por una amnistía hace sentido, pero ¿para qué más presos? Así que mientras el lado opositor puede escalar todo lo que ya tiene, si Ortega escala lo que tiene sería como meterse un balazo en el pie.

Decir esto no es optimismo. Creo que a Ortega le conviene llegar a las urnas con las manos lo menos manchadas de sangre, con la menor cantidad de muertos y con la economía lo menos destartalada posible. Recordemos 1990.Una economía mala no sale bien parada en elecciones libres. Y no lo digo yo, lo dijo Lenin, que afirmaba que un buen gobierno no es el que imprime más panfletos ni el que llena más las plazas, sino el que le da mejor economía a su pueblo, el que le garantiza una buena economía.

Hoy, en el desastre económico que ha provocado la crisis se está jugando la salida que tenga esto. A ningún empresario, ni a los del COSEP ni a los empresarios sandinistas, les conviene una mala economía. Por eso, llegado el momento final, los empresarios sandinistas también harán fila con las fuerzas del cambio. Porque una economía en decrecimiento no les conviene. Les conviene seguir haciendo reales y no los veo apoyando incondicionalmente al comandante ni a que el comandante se quede… La crisis económica, el desempleo, el empobrecimiento de tanta gente, todo eso va a la cuenta del gobierno, no de la oposición. Y la capacidad de Daniel de restaurar la economía es absolutamente cero si él decide agravar todo lo que tiene en la mano: violencia, muertos, presos… Por eso, creo que él debería capitalizar el momento que ha logrado recomponiendo una posición negociadora para acordar elecciones. Creo haber dicho esto varias veces y de varias maneras.

Hablemos ahora de otras cositas sueltas. ¿Y el Ejército? El Ejército es el factor que puede desequilibrar la actual correlación de fuerzas con sólo darle la luz verde en privado a las elecciones. Dime para dónde va el Ejército y te diré para dónde va esto. Y creo que por diferentes razones, el Ejército no puede pasarse para el lado del gobierno y en este momento está revoloteando del lado de la oposición. Daniel tendría que hacer diez mil milagros para que el Ejército apueste por él. El Ejército le hace mucho caso a la presión internacional, tiene importantes intereses económicos y no le interesa un gobierno quebrado. Creo que el Ejército está absolutamente claro de que Ortega no puede hacer retroceder el calendario al 17 de abril y está claro también que si esto sigue como está hoy puede sobrevenir una catástrofe económica y tendrá que hacer un exceso de trabajo sucio que no le conviene. No va a permitir que esto llegue a esa esquina. Y si, como consecuencia del mal cálculo de Ortega, el Ejército interviniera, la Corte Suprema no va a decir que eso es inconstitucional. La Corte es la institución a la que le compete interpretar la Constitución. Ahora está alineada con el gobierno, pero en determinado momento de la crisis puede ser el actor que dé el jaque mate.

Por muchas razones, a Ortega le conviene aceptar el adelanto de las elecciones. Sospecho que él lo sabe y que muchos de los comportamientos que le estamos viendo apuntan a que él sabe que el tiempo no corre a su favor. No hay manera de que llegue al 2021 con una economía que va en picada, corriendo el riesgo de que el escenario se le vuelva a calentar en cualquier momento y tenga que aceptar adelantar las elecciones en una peor posición. Está en una situación tan delicada que cada escaramuza en la que le parece que gana puede acelerar su derrota.

A 100 días de la revuelta de abril veo el comportamiento de Ortega como el de un tipo aferrado al poder, que dice que se queda hasta 2021, pero que también está dispuesto a negociar, habiendo acumulado una fuerza mayor que la que tuvo al principio y hasta hace un mes, aun cuando la haya conseguido a fuerza de sangre y de barbarie. No quería negociar con tranques por todo el país, eso lo entiendo. No entiendo ni acepto la forma sangrienta en que desalojó esos tranques. Pero sí puedo entender que le es más favorable negociar sin los tranques.

Sin embargo, el escalamiento de la violencia no es la forma de salir del problema en el que se ha metido y sigue estando. Y ha seguido escalando la violencia. No existe un solo escenario en el que a Daniel le convenga llegar a 2021 con presos políticos, con más muertos y con una economía desbaratada, si su esperanza es que no le vaya tan mal en esas elecciones.

La presión internacional es actualmente clave. Aun si no hay más muertos, la cantidad de detenciones ilegales, de presos políticos, son suficiente razón para que la comunidad internacional continúe presionándolo. La crisis humanitaria va a empezar a pesar en la opinión internacional: los muertos que ya ha habido, la crisis económica que puede llegar al grado de colapso, los presos políticos, las torturas, y si hay 300 desaparecidos, ya sabemos que “desaparecido” es un eufemismo para muerto y no encontrado y van a aparecer tumbas clandestinas y va a haber muchas más pruebas de graves violaciones de derechos humanos...

Con sangre, Ortega compró espacio negociador y espacio para aclarar sus ideas. Pero con más y más sangre no avanzará en nada. Mientras que la oposición no tiene que hacer nada más que administrar adecuadamente todo lo mucho que ya ha conseguido para avanzar hasta vencer. Y el tiempo está desde ya a su favor y acumulando posibilidades.

Daniel Ortega está también maniobrando para armar otro diálogo, con otros mediadores y con otra gente del lado de la mesa: partidos políticos satélites, líderes evangélicos afines… Pero, ¿va a alinear a la comunidad internacional para que respalde ese diálogo? ¿Podrá excluir fácilmente del diálogo a los obispos, a los campesinos, a los universitarios y ser creíble ante la comunidad internacional, que ya los ha legitimado unánimemente? No lo creo. Sí creo que va a seguir tratando de debilitar a la Alianza Cívica. Y puede ser que la Alianza tenga que jugar política desde ahora si se materializan los esfuerzos de Ortega por hacerlos a un lado.

Lo que sí puede Ortega es maniobrar para aceptar las elecciones anticipadas, incluso antes de lo que hemos escuchado. Lo haría para que la competencia electoral diluya la indignación por los muertos y para agarrar “fuera de base” a la Alianza Cívica… Sabe también que en una elección muy temprana, muy adelantada, el PLC es susceptible de querer arreglarse con él. Adelantar repentinamente las elecciones sería una maniobra copiando la que hizo Maduro recientemente en Venezuela.

Pero Nicaragua no es Venezuela. Dos millones de barriles diarios de petróleo a 50 dólares cada uno le entran a diario a Maduro para pagar funcionarios y militares. Ortega no tiene esa ventaja. Las condiciones sociales, económicas y políticas de Venezuela son bien diferentes a las de Nicaragua, y puedo decirlo con conocimiento de causa porque observé seis o siete procesos electorales en Venezuela durante los años de Chávez. Ortega puede soñar que Nicaragua es Venezuela, pero ese sueño no le va a funcionar. Puede “tempranear” llamando a elecciones anticipadas para crear división en la Alianza, para demostrar que no se entienden entre ellos, para que a la gente le entre la sensación de que “es mejor lo malo por conocido que lo bueno por conocer”, eso sí. Bien dice el dicho que sabe más el diablo por viejo que por diablo. Daniel es un político mañoso, muy hábil en el sentido más descarnado de esa palabra y va a trabajar para revertir la difícil situación internacional en la que está. Pero el tiempo va conspirando contra él. Creo que el haberse envalentonado deshaciendo los tranques y las barricadas de forma tan sangrienta, al costo de fabricarse una opinión internacional tan adversa, puede llevarlo a pensar que salió ganando y a cometer el error de pensar que en la Alianza Cívica, van a dilapidar las ventajas que tienen.

Muchos se preguntan si esto terminará en una guerra civil. Obviamente, hay en Nicaragua una calentura que aparentemente no cede… Cuando existe una situación tan crítica, como la que hoy tenemos, la más frecuente de las posibilidades no es que mejore, sino que empore. No me cabe la menor duda de que la realidad de una crisis humanitaria y el peligro de la posibilidad de una guerra civil tienen en alerta a la comunidad internacional y pueden forzar la salida de Ortega antes de las elecciones anticipadas. Creo que es responsabilidad nuestra alertar no sólo de la posibilidad del desastre, sino de lo que cuesta el desastre.

Aunque no haya un cien por ciento de realismo en la afirmación de que habrá en Nicaragua una guerra civil, aun con un uno por ciento de posibilidad que haya vale la pena asegurarse contra esa eventualidad. Eso ayudará a todos los actores extranjeros a poner más presión sobre Ortega y a hacer algo que ya hizo el embajador de Estados Unidos en la OEA, Carlos Trujillo, en la plática que tuvo con Daniel Ortega. Cuando Ortega le dijo que Nicaragua saldría adelante como salió Venezuela, Trujillo le advirtió a Ortega que en Venezuela no, pero que en Nicaragua Estados Unidos tenía “todas” las opciones sobre la mesa.

Pueden pasar muchas cosas todavía. Van a pasar. Pero hoy por hoy, el lado opositor tiene muchísimas ventajas y basta con que las administre bien para por lo menos pluralizar el país y hacernos salir de la aberrada amenaza de la dinastía que ya se dibujaba en el horizonte. Este lado puede escalar todo lo que tiene, mientras que Ortega no puede escalar nada de lo que tiene sin hacerse más daño. Así que, nuestro corazón se alimenta de un análisis riguroso, y desde la integridad intelectual, la lectura de la realidad nos alienta a seguir siendo optimistas y a creer que Nicaragua dará un salto de calidad para salir de esta crisis. A creer que será cierto de nuevo que nunca tantos le debieron tanto a tan pocos. ¿Qué más decirles? Que vivan por siempre todos los muertos de la revolución guardabarranco.

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