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  Número 427 | Octubre 2017
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México

Preguntas desde los escombros

Para México, que sufre, la primera palabra. Y desde los escombros, muchas preguntas. ¿Por qué la alarma sonó tan tarde? ¿Por qué México no aprendió la lección? ¿Quién responde por esos muertos y por esas lágrimas provocadas por esos muertos? Estas preguntas y muchas más, para las que no hallamos respuestas, son para México, que hoy tanto nos duele.

William Grigsby Vergara

Qué le pasó a las pirámides de Teotihuacán durante el sismo que sacudió las entrañas de México el pasado 19 de septiembre? ¿Qué fue del Panteón Civil de los Dolores? ¿Revisaron esas tumbas? ¿Quedaron inhabitables, como el corazón de los jóvenes mexicanos que se lanzaron a las calles con palas y cascos y mazos y focos y picos a romper los pedazos de los escombros de los edificios colapsados para luego pedir silencio mientras intentaban identificar la voz de las víctimas desaparecidas que quedaron sepultadas bajo la negligencia de las compañías constructoras de inmuebles, que no cumplieron con los estándares de seguridad dispuestos en la ley de una Constitución que este año cumplía 100 años?

¿DÓNDE ESTÁN?


¿Qué pasó con doña Conchita, la señora que ofrecía pozole en Calle Sur 71, allá, por el Centro Nacional de las Artes, cuando yo le compraba atole de chocolate y charlábamos sobre las películas de Cantinflas? ¿Qué fue de la cafetería artesanal de don Miguel, que vendía granos de Oaxaca, Puebla y Chiapas en la esquina de Doctor Navarro y Doctor Lucio, donde yo iba a tomar un americano todas las mañanas mientras los vientos fríos del Valle de México sacudían el cabello largo de doña Victoria, la señora que sacaba la esencia del café desde una antigua máquina de bronce? ¿Dónde está Paco, ese muchacho de 50 años que perdió a su madre cuando tenía 10 y encontró a su padre muerto en la planta baja del edificio donde vivía mientras iba a comprarle su almuerzo, luego de reconocerse demente?

¿Dónde está Paco, repito, ese niño de 50 años que usaba la misma ropa desde hace cuatro, y no se bañaba desde hace meses, y tenía curtida la barba oscura, y tenía costras en el pecho blanco, y tenía el pelo tan largo y duro que se le caían los mechones en la cara como pedazos de carbón mientras sus profundos ojos verdes observaban una ciudad donde Dios nunca se manifestó? ¿Qué fue de ese joven artista callejero que me mostró los secretos de La Condesa y la obra de Rafael Cauduro que inmortalizó el Metro de Londres y el Metro de París en el Metro Insurgentes de Ciudad de México? ¿Qué fue de ese Quijote del Tercer Mundo? ¿Qué pasó con ese amigo entrañable con quien recorrí la Colonia Roma-Norte, donde se cayeron edificios y casas fundadas en 1904?

¿QUÉ FUE DE ELLOS?


¿Qué pasó con todos los gatos que vivían en la Unidad Morelos, en la Colonia Doctores de la Delegación Cuauhtémoc, allá en 102? ¿Qué fue de los gatos que se hicieron amigos míos cuando no tenía con quien platicar y me miraban con sus redondos ojos toltecas? ¿Qué fue de esos animales enigmáticos que andaban en pandillas y se echaban a dormir en las sombras, bajo los pinos, bajo los ocotes y las araucarias, cubiertos por un pelaje espeso que semejaba alfombras persas llenas de elasticidad y brillo? ¿Dónde duermen ahora? ¿Quién les da de comer si comían en esa Unidad que quedó en ruinas, como el corazón de los mexicanos que socorrieron a sus compatriotas atrapados bajo los escombros y alzan el puño cuando piden silencio?

¿Qué fue de la copia del David de Miguel Ángel, ubicada en la Plaza Rio de Janeiro de la Colonia Roma, en el epicentro de la desgracia? ¿Quedó entero ese David, en pie, siempre altísimo como todo monumento hecho con esmero? ¿Todavía las palomas llegan a posarse sobre sus hombros?

¿Qué fue de Marianito, ese señor de cien centímetros de altura que trabajó como actor secundario en innumerables películas de la época del cine de oro mexicano, y vivía, apenas hace dos meses, vendiendo billetes de lotería cerca de la Avenida Álvaro Obregón, frente al Café Garat, para ser preciso, contiguo al viejo edificio donde antes había una repostería El Globo?

¿Qué fue de don Roberto, ese señor de 65 años que ya casi no miraba porque tenía cataratas, y le daba miedo operarse, y trabajaba como celador para llevarle dinero a su hija Daniela, que descollaba con notas sobresalientes en una escuela pública del sur del antiguo DF que, al igual que la escuela Rébsamen, colapsó?

¿Qué fue de don Alejandro, el señor diabético de 45 años, que andaba en silla de ruedas y cuidaba carros frente a un OXXO mientras rodaba por las banquetas de la calzada Ermita-Iztapalapa para comprar tacos al pastor, cerca de Coyoacán, donde la Iglesia Central casi se viene abajo?

¿POR QUÉ NO HABLAN?


¿Qué fue de todos esos trompos de todas esas taquerías de todos esos barrios? ¿Por qué nadie habla de los camoteros en los grandes medios de comunicación, que presentan la tragedia moderna como un circo rentable para la corrupción de un país con una absurda deuda pública? ¿Por qué no publican en CNN el video de Peña Nieto posando con la primera dama frente a las cámaras de Televisa fingiendo que está conmovido por los cientos de mexicanos que perdieron la vida? ¿Hasta cuándo el pueblo mexicano seguirá permitiéndolo? ¿Hasta qué punto este terremoto no provocará un tsunami social necesario? ¿Quién dijo que los jóvenes eran una masa de apáticos? ¿Una bola de agachados?

¿Qué fue de los edificios de Copilco, allá por CU, donde la gente se acostumbró a convivir con cucarachas que amanecían revueltas en su pelo? ¿Qué tipo de daños sufrió el Museo Nacional de Antropología, donde se conserva gran parte del acervo cultural y el patrimonio de los pueblos mayas y aztecas que, pese a darle color a las artesanías que se venden en los parques de todo México, todavía son reducidos a simples reliquias prehispánicas? ¿Qué tipo de daños sufrió ese maravilloso edificio donde aprendí que los nicaragüenses chorotegas también somos mexicanos porque venimos de Cholula? ¿Qué pasó con los indios que hacían fiestas tradicionales en el Bosque de Chapultepec mientras las trajineras de Xochimilco se mecían como gelatina?

¿Qué fue de los edificios apiñados que se convirtieron en cementerios improvisados en los Estados de México, Chiapas, Guerrero y Morelos? ¿Qué fue de las cifras no oficiales de los muertos anónimos que todavía no contabiliza el fallido estado mexicano? ¿Qué fue de las súpervías que se rompieron como galletas y de las avenidas que se fracturaron mientras el pavimento, abierto como un cuerpo herido en el quirófano, respiraba sangre caliente frente a la mirada atónita de los mexicanos? ¿Qué fue del Monumento a la Madre que también se cayó sobre la Avenida Insurgentes, entre Manuel Villalongín y James Sullivan? ¿Dónde están los hijos de esa madre? ¿Quiénes van a reconstruir un símbolo elevado en honor a las madres mexicanas que hoy paren sin fuerza en un país asolado por una tragedia tras otra?

¿CÓMO RECUPERARLO?


¿Qué fue del Ángel de la Independencia que se meció como una vela soplada por el viento en una ciudad que se hunde año con año porque fue construida sobre un pantano?

¿Cómo recuperar el rostro descompuesto de una ciudad donde las pirámides sacan las narices del suelo para respirar y decirnos que iglesias, centros culturales y palacios de gobierno fueron construidos sobre las ruinas de la sociedad azteca, cuyos escombros se ven en los rostros desencajados de los mexicanos que vieron caer sus casitas desde los cerros, en las faldas de montañas donde ni siquiera llega el agua? ¿Por qué no dan fe de lo que pasó con esas viviendas hacinadas luego del sismo?

¿Qué fue de San Cristóbal de las Casas luego de que se rompieran las paredes de la catedral? ¿Qué dijeron los obispos de los santos que se cayeron y de los ángeles que se quebraron? ¿Dónde fue a parar la magia de los pueblos mágicos?

¿Qué fue de la gente que sigue sepultada en Jojutla, municipio del Estado de Morelos, lugar del epicentro? ¿A dónde fueron a parar los víveres saqueados por los políticos corruptos que dejaron con las manos vacías los centros de acopio que intentaban ayudar a las víctimas de Oaxaca?

¿Qué fue del cínico elenco de superestrellas que protagonizó la telenovela mexicana del siglo 21, donde el villano fue la implacable Naturaleza y los héroes fueron los actores contratados que se tomaron fotos con las víctimas para luego subirlas a las redes sociales mientras el pueblo lloraba por una falsa niña llamada Frida?

¿QUIÉN RESPONDE?


¿Es posible, acaso, asumir con absoluta tranquilidad todo lo ocurrido? ¿Es posible, acaso, asumir con absoluta normalidad que exactamente 32 años después del terremoto del 85, México sufrió un cataclismo igual de trágico, pese a que fue diez grados menor en la escala de Richter?

¿Por qué la alarma sonó tan tarde? ¿Por qué México no aprendió la lección? ¿Quién responde por esos muertos y por esas lágrimas provocadas por esos muertos? En fin, si nos sobran las preguntas, ¿adónde van a parar las sobras?

ESCRITOR.

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