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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 423 | Junio 2017
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Nicaragua

“En Nicaragua el abuso sexual es una pandemia y las familias son mayoritariamente incestuosas”

Nora Ligia Rugama y Georgina Molina, ambas sobrevivientes de abuso sexual en su infancia y ambas sicólogas especialistas en abuso sexual, entrelazaron sus voces para compartir sus experiencias y aprendizajes acompañando a mujeres sobrevivientes de abuso sexual en la Fundación Aguas Bravas, que en 2017 cumple diez años de trabajo en Nicaragua, en una charla con Envío que transcribimos.

Nora Ligia Rugama y Georgina Molina


Con un equipo de ocho mujeres, cuatro sicólogas expertas en abuso sexual, que somos sobrevivientes de abuso sexual y con otras cuatro mujeres, no necesariamente sobrevivientes, trabajando desde la administración, en Aguas Bravas llevamos diez años acompañando a mujeres que vivieron abuso sexual cuando eran niñas. En palabras de algunas de las que han llegado hasta nosotras, Aguas Bravas comienza siendo para ellas “un refugio” y termina siendo el espacio donde la mayoría de ellas, por primera vez en sus vidas, rompen el silencio y se dan la oportunidad de volver a sentirse personas y ciudadanas.

Nuestro nombre, Aguas Bravas, lo importamos de Alemania. Fue una mujer alemana, Brigitte Hauschild, cooperante en Nicaragua durante muchos años, la que en 1998 recordó en nuestro país el abuso sexual que vivió en su hogar siendo muy pequeña. Esa historia la tenía olvidada, sepultada en su memoria. Cuando buscó ayuda terapéutica se dio cuenta de que en Nicaragua no existía un espacio en donde pudiera iniciar un proceso que le permitiera encontrar las piezas de su rompecabezas y reconstruirlo. Regresó entonces a Alemania y encontró ese espacio en Wildwasser-Berlín, en donde durante varios años, y en grupos de apoyo mutuo de mujeres que habían vivido lo mismo que ella, logró trabajar su historia y salir adelante. Al volver a Nicaragua, decidió iniciar aquí algo similar a lo que había encontrado allá y le puso el mismo nombre. “Wildwasser”: así se dice “aguas bravas” en alemán. Ese nombre no significa que estemos bravas, enojadas por lo que nos pasó. Es un nombre simbólico: significa que las mujeres que hemos sobrevivido al abuso sexual somos fuertes y capaces. Tan fuertes como las aguas de una cascada, tan fuertes como para superar ese trauma, y tan calmas como la espuma que forman las aguas bravas. Volver a sentirnos fuertes y capaces es profundamente significativo cuando hemos vivido el horror que significa el abuso sexual.

Inicialmente, el plan era promover entre las mujeres nicaragüenses que habían vivido abuso sexual que se integraran a grupos de apoyo similares a los que tanta efectividad tienen en Alemania. Con esa idea en mente, en 2007 Brigitte Hauschild desarrolló distintos talleres en varios lugares del país con 220 sicólogas que trabajaban en centros de la Red de Mujeres contra la Violencia. El objetivo era capacitarlas en el tema del abuso sexual para que en todos los centros de la Red hubiera un espacio en donde las sicólogas identificaran a mujeres sobrevivientes y les ofrecieran la posibilidad de integrarse a un grupo de apoyo mutuo, siguiendo la metodología que pone en práctica Wildwasser-Berlín nicaraguanizada. Sin embargo, la realidad que vio en las capacitaciones la sorprendió: 103 de esas 220 mujeres, la mayoría por primera vez, entre ellas nosotras dos, hablamos de nuestra propia experiencia de abuso sexual.

Viendo esto era imposible lograr el objetivo inicial. ¿Cómo íbamos a invitar nosotras, sicólogas, a otras mujeres a formar grupos si nosotras teníamos las propias heridas abiertas, si todavía sentíamos vergüenza, culpa y miedo ante una realidad que hasta entonces habíamos silenciado? Nos dimos cuenta que, aunque éramos sicólogas, no podríamos dar a nadie lo que no nos habíamos dado a nosotras mismas. Nos dimos cuenta que el primer grupo de apoyo mutuo debíamos hacerlo nosotras. Fue así como 14 de las que rompimos el silencio en esos talleres, varias que, como nosotras, eran egresadas de la carrera de Sicología, iniciamos un primer grupo hace ahora exactamente diez años, en mayo de 2007.

Con la experiencia de haber sanado participando en Alemania en un grupo similar, Brigitte acompañó el desarrollo de aquel primer grupo. En él nos sentimos por primera vez en un espacio amplio y seguro, donde podíamos hablar en un mismo idioma con otras mujeres que habían pasado por lo mismo que nosotras. Brigitte fue para nosotras en aquel momento el ejemplo vivo de que podíamos volver a vivir una vida feliz, normal, con metas, con sueños.

Meses después, en agosto de 2007 nacía Aguas Bravas abriendo sus puertas a otras mujeres, para acompañarlas, fuera en grupos o de cualquier otra forma que las ayudara a recuperarse. A lo largo de estos diez años, cada año se ha repetido lo que vimos en los comienzos. Porque cada año Aguas Bravas abre un espacio de intercambio con terapeutas que trabajan abuso sexual en sus consultorios y con estudiantes de quinto año de Sicología. Y la tónica es siempre la misma: en esos espacios un buen número de las participantes reconocen o recuerdan, o lo dicen por primera vez, que también ellas vivieron abuso sexual en su infancia y en sus hogares. Entre 2009 y 2012 capacitamos a 100 sicólogas y resultó impresionante constatar que una de cada dos dijo durante el encuentro haber sufrido abuso sexual. ¿Y las otras 50…? En la última capacitación que hicimos este 2017 participaron 28 mujeres y 10 nos pidieron cita al terminar el encuentro, una clara señal de que necesitan trabajar su propia historia. Por todo eso, a lo largo de estos diez años hemos aprendido que allí donde rascamos, allí encontramos abuso sexual al interior de las familias.

Durante diez años, en Aguas Bravas hemos trabajado hacia adentro acompañando con terapia individual a las mujeres que llegan donde nosotras buscando apoyo. Durante diez años hemos animado a algunas, las más decididas, a iniciar un proceso, que a veces es prolongado, integrándose a grupos de apoyo mutuo. Y durante estos diez años también hemos trabajado hacia afuera alfabetizando y sensibilizando sobre este tema. Allá donde nos invitan, allá vamos: hemos hablado a maestras y profesores, a niños y niñas, a distintas comunidades de varios departamentos del país, a alumnas y alumnos de Sicología de la UCA. Consideramos particularmente estratégico que las profesionales y los profesionales de la Sicología entiendan el abuso sexual en todas sus dimensiones y sepan acompañar con calidad a quienes lo han vivido. Desde 2007, cuando iniciamos Aguas Bravas, y hasta 2014, la terapia individual la dábamos solamente dos de nosotras. Y además atendían otras dos sicólogas externas. Cada año nos llegaban unas 100 mujeres. Desde 2015, cuando la terapia individual la damos cuatro sicólogas, llegan más. En estos primeros cinco meses de 2017 han llegado a Aguas Bravas unas 80-90 mujeres.

¿Qué buscan las mujeres cuando llegan a Aguas Bravas? Una inmensa mayoría llega donde nosotras a romper el silencio. O nunca han hablado del abuso sexual que sufrieron o si lo han hablado no han sido creídas. Ninguna mujer ha llegado con el interés de conocer cómo iniciar un proceso legal o con la esperanza de hacer una denuncia judicial. Ninguna. La mayoría llega sin conciencia de que el abuso sexual es un delito penado por la ley y, además, el delito de abuso sexual prescribía en Nicaragua a los cinco años y la mayoría vivió el abuso hace más tiempo. Vienen con la idea de recibir ayuda para que el dolor que las ha acompañado durante años deje de doler. Porque el delito prescribe, pero el dolor emocional que provoca el abuso sexual no prescribe.

Las mujeres llegan buscando entender qué les pasa, por qué se sienten tan mal, por qué quieren quitarse la vida, por qué no duermen… No logran vincular las dificultades que sienten y experimentan en su vida cotidiana con el abuso sexual que sufrieron. No logran dimensionar el impacto que el abuso sexual tiene en sus relaciones de pareja, en sus relaciones familiares, mucho menos dimensionan las consecuencias sociales que tiene el abuso sexual. Si tuviéramos que resumirlo en una sola frase diríamos que las mujeres llegan con la esperanza de dejar de sufrir.

La mayoría de las mujeres que nos llegan son de extracción social muy pobre, a algunas les faltan a veces los 2 córdobas con 50 centavos para pagar el pasaje del bus y llegar donde nosotras. La mayoría de las que llegan tiene entre 25 y 45 años. Una gran mayoría, además de haber sido sobrevivientes de abuso sexual en la infancia, viven actualmente violencia en sus hogares. Con esas mujeres, antes de trabajar el abuso sexual, tenemos que trabajar cómo superar esa violencia, porque no podemos convencerlas de que tienen que confiar en ellas mismas si al llegar a su casa les espera una agresión… Cuando había Comisarías de la Mujer, y su cierre ha sido un gran retroceso, hicimos trabajo con las defensoras comunitarias responsables de atender a las mujeres que sufrían violencia física. Y muchas nos decían que también las habían abusado sexualmente de pequeñas. No podemos afirmar, porque no tenemos un estudio que lo sustente, que las mujeres que sufren violencia física también sufrieron abuso sexual cuando niñas. Creemos que la academia debería investigar ese vínculo.

Nos llegan también mujeres que todavía están viviendo bajo el mismo techo que su agresor. En esos casos trabajar la propia historia es mucho más complejo. Porque el abuso sexual puede haber terminado, pero el control y el sometimiento que esa persona ejerce sobre ellas sigue ahí. Lo transforman, lo ejercen de otra manera, pero continúan abusando.

De cada 100 mujeres que nos llegan y comenzamos a atender en terapia individual, sólo unas 20 continúan el proceso. Igual “deserción” vemos en los grupos. De aquel primer grupo, en que éramos 14, sólo terminamos nosotras dos. Las otras lo abandonaron. No tenían recursos personales para terminar o tenían demasiadas cargas en su vida cotidiana y eso les restaba energía para seguir en el proceso.

Con el paso de los años hemos comprendido que no todas las mujeres tienen la posibilidad de iniciar un proceso y continuarlo. Constatar eso nos duele. Nos duele ver que no todas las mujeres tienen ni los recursos personales ni el apoyo de su familia para mantenerse en un proceso hasta concluirlo. Casi nunca, o muy pocas veces, contadas con los dedos de la mano, hemos visto que las familias las apoyan. Y cuando las apoyan, les dicen: “Bueno, un año nada más”. Y al pasar el año las cuestionan: “¿Un año y sigues yendo ahí?” O nos llama el marido diciendo: “¿Qué le está pasando a mi mujer que ahora ya no me lleva el vaso de agua cuando se lo pido? ¡Me la están cambiando, me la están echando a perder!”

Si es difícil que las mujeres, con tantas dificultades, y en una sociedad que no apoya, concluyan su proceso en terapia individual, más complicado es que se integren a un grupo de apoyo mutuo, como fue inicialmente el objetivo de Aguas Bravas. Tal vez llegan una vez y no vuelven. Por sus condiciones económicas, porque tienen vidas tan desestructuradas que no pueden hacer un proceso, porque tienen hijos productos del abuso sexual, porque son alcohólicas o adictas, porque son trabajadoras sexuales… Por eso es tan difícil formar grupos. Cada año apenas formamos dos grupos, con unas 12 mujeres en promedio en cada grupo.

En Alemania los grupos de apoyo mutuo los forman mujeres que no están acompañadas por una sicóloga. En Nicaragua eso no es posible. Aquí sólo funcionan bien si son acompañados por una sobreviviente que haya concluido su propio proceso de recuperación y que sea preferiblemente sicóloga. Somos pocas las sicólogas que cumplimos con esas características. En el grupo la tarea de nosotras las sicólogas es conducir a las mujeres a hacerse preguntas, a profundizar, a interpretar con pensamiento crítico su vida diaria y su pasado. En Nicaragua eso no es nada fácil porque ni en la familia ni en la escuela nos enseñan a pensar, a cuestionar, a interpretar. Sólo nos enseñan a obedecer órdenes y a callar. Eso ni siquiera nos permite preguntarnos si es normal lo que nos pasó porque no nos atrevemos a sospechar de lo que nos han enseñado siempre. En Alemania es diferente: las mujeres llegan a un grupo de sobrevivientes con mucha más clara conciencia de sus derechos y en los grupos hablan con más libertad del abuso sexual, entendiéndolo como una violación de sus derechos. Vimos allí en Alemania que las mujeres se cuestionaban cosas que aquí ni se nos pasan por la cabeza, que allí se hacían preguntas y aquí no sabemos preguntar. El sistema educativo las ha preparado para eso. En Nicaragua hace falta una conducción para sacar provecho de la metodología de los grupos de apoyo.

Cuando hemos ido a Alemania a aprender de lo que allí hacen, regresamos a Nicaragua diciendo: Hemos viajado al futuro. Porque allí hay Wildwasser en 33 ciudades y esa iniciativa cubre todo el país de norte a sur y de este a oeste. Eso necesitaríamos en Nicaragua. En Alemania la seguridad social asume el costo de las consultas terapéuticas de las mujeres, y de las personas en general, que desean ir a consulta sicológica. Es un derecho garantizado. Otra cosa que nos sorprendió allá es que en el gobierno central de Alemania hay un encargado especial para atender asuntos referidos al abuso sexual. Eso se logró porque en el año 2010 un grupo de hombres logró romper el silencio y hablar del abuso sexual que habían sufrido en internados. El escándalo fue tan grande que el gobierno se vio obligado a hacer algo. Hoy, este encargado coordina una comisión integrada por sobrevivientes que realizan un trabajo voluntario, especialmente trabajo político para sensibilizar y hacer visible el tema en la sociedad alemana. ¿Cuándo tendremos algo así en Nicaragua? Con mucha vergüenza y también con mucha gratitud dijimos en Alemania que el trabajo terapéutico que hacemos aquí lo podíamos hacer gracias a recursos de organizaciones alemanas y austríacas y del gobierno alemán. Porque en Nicaragua el Estado no se hace responsable.

Nuestra experiencia de diez años confirma los datos del Instituto de Medicina Legal: el abuso sexual es una pandemia en Nicaragua y la mayoría de esas tragedias sucede en los hogares, siendo hombres la mayoría de los abusadores: el 97%. También informa Medicina Legal que son mayoritariamente hombres cercanos a las niñas: el padre, el padrastro, el tío, el hermano, el abuelo… Son raras las mujeres que llegan hasta nosotras que no confirmen esas pautas. Convivimos, pues, en Nicaragua con una pandemia, en un país donde la mayoría de los hogares son incestuosos.

Nuestra terapia es feminista: vemos el daño que el abuso sexual hace a la integridad de la mujer y a su vida, no a su virginidad. Por eso no hacemos categorizaciones ni diferencias actuando de una manera o de otra en la terapia considerando más grave el abuso si hubo violación con penetración. Hacer esas diferencias es valorar a las mujeres sólo por su virginidad, contribuir a dar sustento a lo que nos han enseñado: que valemos si somos o no somos vírgenes.

Cuando las mujeres llegan a Aguas Bravas después de vivir abuso en sus propios hogares quieren dejar de sufrir, pero tienen una esperanza casi mágica, como si fuera posible dejar atrás todo lo que vivieron en sólo unos meses. Es imposible. No es sencillo ni rápido superar las secuelas del abuso sexual. Nosotras pensamos que con un contexto idóneo, al menos con que no la estorben, el tiempo aproximado para cualquier mujer es de unos tres años. Hay algunas a las que les lleva aún más tiempo. Muchas mujeres nos llegan después de buscar ayuda en otro lado y nos cuentan que la terapeuta les dijo: “Eso ya pasó, olvidalo”, “Vos estás haciendo un drama, no lo dejás ir”. A una mujer la terapeuta le dijo que seguir sintiendo tanto dolor era culpa de ella porque no dejaba que cada 24 de diciembre el Niño Jesús renaciera en su corazón y ella aprendiera a perdonar.

El abuso sexual ha desestructurado tan profundamente a tantas mujeres, y hay tanto desconocimiento en los profesionales, que en este país se está imponiendo la “terapia del perdón” en la atención de un delito tan grave. Como si en quince sesiones logras perdonar al agresor eso te va a liberar. ¡Si en Alemania aplicáramos esa terapia, tal vez vamos presas! Pero aquí en Nicaragua no tenemos ni una sociedad laica ni un colegio de sicólogos y sicólogas que exija criterios a los profesionales. Muchas mujeres vienen a nosotras diciendo “eso que me pasó es mi cruz” y vienen con ideas religiosas que provocan en ellas aún más culpa, tratamos las ideas religiosas de la manera más responsable, pero insistiéndoles en que el abuso sexual es un delito y una violación de derechos humanos. Si una mujer quiere perdonar al agresor es su opción, pero que ellas perdonen a su agresor no es, ni puede ser, un objetivo terapéutico nuestro.

La pregunta religiosa de muchas es: ¿Dónde estaba Dios cuando mi padre o mi hermano o mi tío o mi abuelo me estaba abusando? ¿Qué decirles? Les decimos: “Dios estaba a la par tuya sufriendo contigo”. Obviamente, eso supone que con ellas debemos trabajar para deconstruir una determinada idea de Dios. Porque si pensamos a Dios todopoderoso, podemos pensar que pudo usar su poder para detener el abuso. ¿Por qué no lo hizo…?

Trabajamos también para deconstruir la imagen de Dios masculina. Les decimos que podemos ver a Dios en femenino y cuando les presentamos a Dios como una madre protectora logran ver y sentir a Dios más amigable. Estas ideas hay que abordarlas con las que llegan creyendo y con las que llegan no creyendo. Son muy pocas las que han llegado a Aguas Bravas plenamente agnósticas. Estamos convencidas que hay que trabajar con ellas las ideas religiosas para promover su espiritualidad. Y que hay que revisar a fondo algunas prácticas religiosas fundamentalistas con las que llegan, como la del ayuno, que pueden ser conductas autodestructivas.

Nosotras vemos cómo cambia el rostro de las mujeres que atendemos cuando les decimos: “Ahí donde vos estás sentada ahí estuve yo sentada”. Cuando les decimos que también somos sobrevivientes ellas sienten como un plus porque sienten que les estamos diciendo “yo entiendo lo que estás viviendo”. No es igual que si sólo les decimos que somos sicólogas, porque tal vez vienen de una experiencia revictimizante con otra sicóloga y tenemos que disculparnos por el maltrato que recibieron. Sabemos que esa psicóloga hizo lo que pudo con lo poco que le enseñaron en la carrera de Sicología. Cuandoles decimos que somos sobrevivientes bajan las defensas. Creemos que ese plus es lo que ha dado tanto repunte a Aguas Bravas y es lo que contribuye a que las mujeres se queden. Es increíble cómo les cambia la cara cuando les decimos que sabemos qué es el abuso porque lo hemos vivido. Es muy distinto cuando llegamos a hablar de abuso sexual a espacios académicos. Ahí decir que somos sobrevivientes es percibido como algo negativo porque piensan que tenemos un sesgo y que por eso decimos lo que decimos.

Si la mujer tiene 18 años y el abuso sucedió hace pocos años o si la mujer tiene 60 años y el abuso ocurrió hace mucho tiempo el trabajo terapéutico es el mismo. Siempre comenzamos trabajando cómo crear en ellas seguridad y confianza. Al comienzo siempre les decimos: “No, no tenés que contarme tu historia de dolor, hoy vamos a hablar de otras cosas”. Porque, ¿le contaríamos nuestra historia a una completa desconocida? Lo primero es ganarnos su confianza, darles seguridad. Y al hacerlo así, hacemos lo contrario de lo que nos enseñan en la academia, donde nos enseñaron que teníamos que ponernos la gabacha de sicóloga y ahí delante estaba la paciente, la enferma, y aquí nosotras, las sanas.

Cuando a nosotras las mujeres nos preguntan si de verdad las queremos sabemos qué responderles. Hemos entendido que lo que sana es el vínculo afectivo que esa mujer va a tejer con nosotras, la confianza que va a ir teniendo y que después se transformará en confianza en sí misma, una confianza que llevará con ella a donde vaya.

Hay mucho desconocimiento entre nuestros profesionales para trabajar con las sobrevivientes las secuelas que deja en ellas el abuso sexual. Hay mujeres que llegan después de experiencias con siquiatras que las tienen totalmente medicadas para que superen la depresión, lo que les impide llegar a la raíz de la depresión, que es precisamente el abuso sexual sepultado en su memoria. En esos casos, o ellas no han rascado todavía en su historia o el terapeuta no tiene todavía el lente entrenado para entender que su depresión, a todas luces, viene de un abuso sexual.

Nos hemos encontrado mujeres que van donde una terapeuta que les dice: “Buscá en Internet qué pastillas podés tomar”. A otra le dijeron: “Inflá un globo, poné ahí todo lo malo de tu vida y dejalo ir”. Todo eso es una revictimización fruto del desconocimiento general. En cinco años de carrera de Sicología no nos hablaron nunca del abuso sexual. Apenas nos dieron una única clase en la que sólo nos explicaron algunos conceptos teóricos. Porque de este tema no se habla ni en la casa ni en la escuela ni en la iglesia ni en los espacios en donde se tendría que estar hablando. Empezar a hablar de este tema es urgente en Nicaragua.

En el mejor de los casos las mujeres llegan donde nosotras sobreviviendo, nunca viviendo. Dos de cada tres han intentado, o por lo menos han pensado, en matarse. También lo pensamos nosotras. Cuando hablamos con ellas de ideaciones suicidas lo aceptan, hasta con culpa y vergüenza: “Ni para matarme sirvo”, nos dicen. “No he sido suficientemente valiente para hacerlo”, nos dicen. Es doloroso escuchar esto. Son cuatro palabras las que sintetizan lo que siempre encontramos en todas: culpa, vergüenza, inseguridad y desconfianza.

Al desconocimientode los profesionales hay que agregar la inadecuada respuesta que encuentran en el sistema de salud. Hemos acompañado a mujeres que intentaron suicidarse hasta a siete hospitales. En todos nos cierran la puerta y nos dicen: “Si ella quería, ése es su problema”. O escuchar: “Está loca”. Las secuelas traumáticas del abuso sexual son profundizadas en el sistema de salud porque no tenemos un sistema capaz de tratar adecuadamente este problema, tan frecuente y tan complejo. Muy difícilmente las sicólogas que trabajan en los centros de salud están preparadas para atender las secuelas traumáticas de las mujeres sobrevivientes de abuso sexual cuando eran niñas.

Casos especialmente difíciles son los de mujeres que llegan afirmando con seguridad que son sobrevivientes, pero no tienen ningún recuerdo del abuso sexual. ¿Cómo se dan cuenta de que son sobrevivientes? Algunas nos dicen: “Estuve con ustedes en el taller, las escuché y cuando llegué a mi casa lloré y lloré sin poder parar y al día siguiente pensé: aquí mismo me voy a matar”.

Cuando hablamos con ellas vemos que cumplen con todos los criterios de las secuelas traumáticas: inseguridad, dificultad con las relaciones interpersonales, incapacidad para decir no, miedo, problemas con el sueño… pero no tiene ningún recuerdo. En casos así, ya sabemos con certeza que en su pasado hubo abuso sexual y que lo que tienen es una laguna mental como un mecanismo de defensa para soportar el dolor que causa este delito. Muy inteligentemente, muchas mujeres sobrevivientes reducimos los recuerdos dolorosos a su mínima expresión para sobrevivir en el día a día. Sobre todo, cuando el abuso comenzó en la más tierna edad. ¿Y qué más pueden hacer si no pueden salir del espacio donde viven el abuso?

Nuestra experiencia en Aguas Bravas nos lleva a coincidir con lo que ha repetido la sicóloga Martha Cabrera en tantos lugares de Nicaragua y del mundo: nuestro país es un país multiduelos. Es muy frecuente que al iniciar la terapia con una mujer que nos busca para hablar del abuso sexual que vivió cuando era niña, pronto vamos descubriendo que esa mujer en la guerra sufrió múltiples violaciones, que también sufrió el abandono de su mamá o que no sabe quién es su papá y que también ha sido discriminada por ser pobre. Y como consecuencia, encontramos que convive con múltiples trastornos sicosomáticos. Lo complejo que resulta trabajar estos duelos no se adapta, como quisiéramos, a los estilos de trabajo de los proyectos que impulsa la cooperación.

Las mujeres llegan con afectaciones en lo más básico de la vida: el dormir, el comer, el respirar… Y es que el abuso sexual afecta lo más básico, lo que nos garantiza que nuestro cuerpo funcione bien todos los días. Y si no tenemos lo más básico de la vida, ¿cómo podremos participar en lo más complejo, cómo podremos reflexionar sobre la realidad nacional, cómo vamos a participar en nuestra comunidad, en nuestra organización, en los cambios que necesita nuestro país?

El abuso sexual es una violencia más en Nicaragua, donde hay tantas otras violencias: maltrato a niños y niñas, femicidios, destrucción ecológica… Pero, ¿con qué conciencia van a ir a reclamar por estas realidades las mujeres que no reconocen su propia realidad? ¿Cómo van a defender el agua, a reconocer el agua como un bien común si no se reconocen a sí mismas…? A diario comprobamos cómo el abuso sexual afecta gravemente las capacidades de las mujeres para desarrollarse sanamente como personas adultas capaces de poner límites y de verse como personas que tienen derechos y los ejercen.

En la mayoría de los casos que hemos atendido el abuso sexual se prolongó por años y en la mayoría de los casos coexistieron varios agresores. Las mujeres llegan hablando del abuso de su padre y avanzando en el proceso terapéutico van recordando que también abusó de ellas un tío… Eso es lo más frecuente. Siendo la mayoría de los agresores hombres cercanos, familiares, las mujeres evitan hablar de su agresor. Al comienzo de la terapia no hablamos con ellas del abuso a profundidad, sino de cualquier otra cosa, para irnos ganando su confianza. Y al comenzar ya a hablar del abuso notamos como las mujeres hablan de “esa persona”, no lo llaman “el agresor”. La mayoría de las veces nosotras tenemos que sacar el tema del agresor porque ellas no lo sacan. Son totalmente ambivalentes respecto al agresor. Es lógico: hablar del agresor significa volver a sentir el miedo, la impotencia, sentir de nuevo todo lo que sintieron cuando abusaban de ellas. Y también porque con frecuencia el agresor es alguien muy cercano, al que incluso quieren: su padre, su hermano…

Además de romper el silencio y sentirse creídas las mujeres encuentran en Aguas Bravas la posibilidad de ser ellas las gestoras de su propio cambio, la posibilidad de realizarse en sus vidas. Encuentran un equipo profesional capacitado desde su experiencia. Somos un espacio nutricio para ellas. Nos dicen: “Nosotras pensábamos que aquí íbamos a encontrar mujeres deprimidas, tristes, pero las vemos alegres”. Eso las sorprende positivamente, que las recibamos con alegría. En el consultorio preguntan: “¿Y dónde me siento?” Y les decimos: “Donde vos querrás, elegí vos”. Eso es lo que muchas mujeres encuentran en Aguas Bravas: la sensación, por primera vez, de que tienen derechos, de que tienen opinión, de que pueden elegir. Esas posibilidades fueron las que el abuso sexual les arrebató porque nunca el agresor pregunta, y si lo hace es siempre en un contexto de control, dominio y sometimiento. En síntesis nuestra propuesta se basa en decirles a las mujeres: “Vos sos capaz. Capaz de sanar del abuso sexual. Hasta ahora has sobrevivido, ahora podés vivir”.

En estos diez años, en las capacitaciones que hemos dado a sicólogas, y en la misma terapia con las mujeres que nos buscan, nos hemos encontrado también con representaciones sociales que están muy arraigadas en nuestro país y que debemos cuestionar: el poder sanador de la religión, especialmente del perdón, la necesidad de entender al agresor justificándolo como un enfermo, la culpabilidad de la madre en el abuso que sufrió su hija… Hemos encontrado que una gran mayoría de estudiantes de Sicología y de profesionales de Sicología están de acuerdo con esas representaciones. De 25 estudiantes con los que hablamos, hasta 20 afirman que “las madres son cómplices”, que “los niños y las niñas mienten”, que “los abusadores sexuales son enfermos”. Y algo que nunca esperábamos: achacan el abuso sexual a problemas de la pareja y dicen estar de acuerdo con esta afirmación: “La frigidez sexual de la madre es la causa de que el hombre abuse de su hija”.

Están de acuerdo con todo lo que justifica al agresor y con todo lo que culpabiliza a las mujeres. A la falta de una formación especializada, tenemos en el país representaciones sociales equivocadas sobre lo que es ser mujer y lo que es ser un agresor sexual. Es muy escaso que estudiantes y profesionales, por no decir toda la sociedad, entiendan el abuso sexual como un ejercicio de poder en el que predomina el control, el dominio y el sometimiento. Es muy escaso el que se entienda que en el abuso sexual hay una erotización del poder y que existe una construcción de la masculinidad que da permiso social a los hombres para abusar sexualmente de cualquier niña.

Una de las primeras preguntas que hacemos a las mujeres al iniciar la terapia es “¿en quién confiás?” La respuesta más habitual es “en nadie”. Y no por paranoia. Es que una de las secuelas que deja el abuso sexual es la incapacidad de confiar en otras personas. Y como en la educación que recibimos de niñas nos dicen que en quienes más debemos confiar es en nuestros padres, porque ellos nos protegen y nos cuidan, tener al abusador en la familia, en el hogar, significa vivir en un permanente estado de desconfianza. En un infierno. A las mujeres les decimos que no es justo vivir así, que ellas merecen vivir en paz.

Algo que les preocupa mucho y que les quita la tranquilidad son sus hijos, sus hijas. Les angustia que les pase lo mismo que a ellas les pasó. Porque la mayoría de las mujeres que llegan ya son madres. Las mujeres que han vivido abuso sexual no disfrutan su maternidad y actúan en los dos extremos: hemos tenido a mujeres que llevan “cosido” al niño encima y a otras que lo dejan ir a cualquier lado y con cualquier persona. Una mujer nos decía: “Mi hija tiene que estar todo el tiempo a 7 metros de distancia de donde yo estoy”. ¿Cómo viviría esa niña con ese extremo de sobreprotección? Otras los quieren independientes y a los tres años ya deben decidir con quién quieren ir y qué quieren hacer… Con los años hemos comprobado que una mujer que ha trabajado su propia historia de abuso sexual es la que mejor puede prevenir que sus hijas lo vivan.

Es bien frecuente que el abuso sexual cause secuelas en ambos extremos. Nosotras somos las dos sobrevivientes, pero con secuelas traumáticas diferentes: una dormía doce horas y se levantaba cansada y la otra padecía insomnio, no dormía y también se levantaba cansada. Una pasaba riéndose como payasito y la otra era retraída. Estudiamos juntas, pero nunca hablamos de lo que nos había pasado. Fue hasta que escuchamos hablar de estos temas que nos dimos cuenta que éramos así porque éramos sobrevivientes. Y a ambas nos pasó lo mismo cuando lo dijimos a nuestra mamá. Ella nos dijo que a ella también le pasó y también le había pasado a nuestra abuelita y también a nuestra bisabuela…

¿Fueron nuestras madres, nuestras abuelas, cómplices del abuso sexual que ocurría en su hogar? No, ellas no tenían capacidades para detectar el abuso sexual, menos para prevenirlo y mucho menos para enfrentarlo. ¿Cómo enfrentar algo que ni siquiera sabés nombrar? Muchas mujeres, casi todas, nos llegan diciendo: ¿Y por qué mi mamá no hizo nada para impedirlo? Al principio les decimos que pueden permitirse enojarse con sus mamás. Más adelante les enseñamos que esas mujeres que son sus mamás no pudieron cuidarlas, porque no tenían las herramientas para hacerlo. Les decimos también que sus niños y sus niñas deben aprender que tienen derechos. Hemos comprobado que las mujeres que están haciendo procesos terapéuticos son capaces de prevenir abuso sexual en sus hogares. Al trabajar con las mujeres también trabajamos en prevención porque al trabajar sus historias aprenden herramientas para prevenir el abuso sexual y desarrollan en ellas una seguridad que les permite intervenir cuando ven una situación abusiva hacia un niño o una niña.

Cuando las mujeres han logrado desarrollar mayores fortalezas emocionales les ofrecemos también trabajo corporal. El trabajo corporal que se realiza en Aguas Bravas es la terapia bioenergética y la biodanza. Hay mujeres que por su propia cuenta hacen teatro o reiki o yoga o reciben masajes, eso depende de las condiciones económicas de cada una. Para las sobrevivientes siempre es necesario hacer algún trabajo corporal. Porque el primer impacto del abuso sexual es en el cuerpo y es en el cuerpo donde quedan atrapadas las sensaciones del abuso que después olvidamos o de las que tenemos que disociarnos para sobrevivir al trauma. Si no se trabaja corporalmente difícilmente vamos a lograr integrar las emociones a los recuerdos.

Recordar el abuso sexual es necesario. Recordar no es tener claras todas las escenas, como recordamos las de una película que vemos en la televisión. Recordar es trascender la barrera de la amnesia y sentir el dolor que el abuso sexual nos causó, ese dolor que en el momento del abuso tuvimos que congelar, porque si no lo congelábamos hubiéramos muerto. Porque, ¿qué hace una niña con el miedo, la rabia y el sufrimiento que le causa lo que le hacen? Los seres humanos siempre huimos ante una situación estresante. ¿Qué hacemos si nos persigue un perro? Corremos. Eso mismo quisimos hacer cuando abusaban de nosotras. Pero era el papá o el padrastro o el hermanoo el tío o el abuelo… ¿Cómo huir de esos perros? No teníamos opción. Por eso en la terapia se necesita siempre pasar también por un trabajo corporal.

También trabajamos con las mujeres algo que tienen totalmente tergiversado: el placer. Casi todas tienen asociado el amor y el placer al abuso sexual. Es difícil deconstruir eso, requiere de mucho tiempo. Cuando ha habido abuso sexual tenemos tergiversado el sentido del amor y lo tenemos asociado a la violencia y al trauma. Resignificar la caricia afectiva y el sentido del amor es una de las cosas más importantes que las mujeres aprenden en el proceso terapéutico.

Judith Herman resume el impacto social del abuso sexual con esta idea: el agresor lo único que pide es que no hagamos nada y no haciendo nada nos ponemos de su lado. En cambio, la víctima, la sobreviviente, nos pide que la escuchemos, que la apoyemos, que le sirvamos de testigo empático… Si el abuso sexual es una pandemia en Nicaragua, y lo es, eso es lo que nos piden hoy las miles y miles de mujeres sobrevivientes. Darles eso cuesta mucho. Cuando hablamos de la epidemia del dengue o del chikungunya señalamos como culpable a un zancudo porque pica a la gente y la enferma. Pero cuando hablamos de la epidemia de abuso sexual estamos señalando a una persona: a un familiar, a un abogado, a un sacerdote, a un político, a un presidente… Y ante esa epidemia, las más de las veces dudamos: ¿Estás segura? ¿Qué estabas haciendo? ¿Lo provocaste? Todo el mundo coincide en que hay que exterminar al zancudo que nos enferma, pero ¿y qué hacemos con el agresor sexual?

Por eso tanta gente no quiere escuchar cuando se menciona esta epidemia, aun cuando en las familias y en las comunidades sea un secreto a voces lo que hace el agresor… Pero una cosa es conocer un secreto a voces y otra cosa es posicionarse ante el abuso sexual, que toca lo personal, lo social, lo político. Posicionarnos implica señalar. Y no todas las personas tenemos la fuerza para hacerlo. O no queremos hacerlo. Por eso, en el proceso con las mujeres es importante que aprendan a nombrar: ellas llegan diciendo que les pasó “eso”. Tienen que nombrarlo, aprender a decir que eso que les pasó, que eso que les duele, se llama abuso sexual y que quien eso hizo es un agresor sexual.

Cuando proponemos grupos para hablar del abuso sexual la vergüenza que aflora en las mujeres es increíble. Sin embargo, muchas con las que trabajamos han tenido adicciones y sin ninguna vergüenza te dicen: Yo consumí crack, heroína, yo fui alcohólica… y salí adelante. Pero cuando les decimos que hablen del abuso sexual dicen: “No, de eso no”. Sabemos que donde hay una adicción hay un componente emocional, pero es tan grande el estigma que existe sobre el abuso sexual que es más fácil decir: “Soy alcohólica en recuperación y estoy tratando de dejarlo” que decir “Sufrí abuso sexual”. Por la marca que queda sobre quienes vivieron abuso.

Vemos también la vergüenza y el miedo cuando nos toca trabajar con ellas enfrentar personalmente al agresor y reclamarle por lo que hizo. Las más de las veces quieren ir acompañadas con un hombre y mejor si es grande y fuerte. Cuando ya se dan cuenta de que no necesitan a ningún hombre y que pueden pedir ayuda a sus otras compañeras de grupo o cuando dicen: “Voy a ir sola”, tenemos una prueba de que esa mujer avanzó en seguridad y confianza y que ya le falta poco para dejar Aguas Bravas. Nos alegra verlas irse. Muchas nos dicen: “Sé que ustedes van a estar aquí siempre por cualquier cosa, pero siento que ya estoy lista”. Ellas mismas se dan cuenta, porque sienten la seguridad y la confianza de que ya pueden enfrentarse al mundo, no solamente sobreviviendo, sino viviendo plenamente. Y eso es lo que tratamos de generar en ellas: autonomía, independencia, que se sientan personas con derechos, que se sientan ciudadanas.

El mensaje que quisiéramos llevar a todos los rincones de Nicaragua es que del abuso sexual se puede sanar, que quienes tienen que sentir vergüenza y culpa son los agresores. Para que dejen de serlo, para que logren vivir su masculinidad de otra forma. En Alemania, diez años después de que nació Aguas Bravas, hombres que habían sido abusados sexualmente cuando eran niños crearon su propia organización, a la que llamaron “Deshielo”.

Esperamos que en Nicaragua surja un espacio similar. Porque el abuso sexual también le ocurre a los niños varones. Tenemos mujeres que nos dicen que después de tres años de estar trabajando sus historias, sus maridos les contaron que también a ellos les pasó. Según los casos que ve el Instituto de Medicina Legal, el abuso sexual en la infancia está en Nicaragua bastante parejo: el 52% lo viven niñas y el 48% niños. Pero si tenemos en cuenta que son un pequeño porcentaje los casos de abuso sexual que son denunciados y llegan al Instituto de Medicina Legal, todas las cifras oficiales deben ser mayores.

Sean cuales sean las cifras, es necesario que los hombres trabajen también su historia. No queremos satanizar a los hombres porque no todos son agresores. Lo que queremos es que hagan algo. Necesitamos que también ellos rompan el silencio y trabajen con otros hombres en la construcción de otras masculinidades. Pensamos también que es muy importante tener más espacios para niños y niñas que han vivido abuso sexual. Deben ser acompañados ya en su infancia para evitar que cuando sean adultos carguen y profundicen las secuelas que el abuso deja.

La conclusión a la que hemos llegado en nuestro trabajo es que el abuso sexual es una pandemia trans-generacional. En las familias, varias generaciones de mujeres lo han vivido y lo han callado. Las familias nicaragüenses son mayoritariamente incestuosas. A partir de nuestra experiencia, cuando llegamos a un grupo es casi mejor preguntar: ¿A quién no le pasó? Y si no son eventos aislados, si es una pandemia, el Estado tendría que hacer algo, la sociedad tendría que hacer algo. Y lo que se está haciendo es naturalizar el abuso sexual abriendo más casas maternas para las niñas que quedan embarazadas, cuando sabemos que todas las niñas embarazadas fueron violadas… Eso es cruel, como es cruel que la legislación diga que si se casan con el agresor a los 14 años ya se resuelve el problema. Es cruel también que una niña de once, doce o trece años, embarazada por un agresor sexual, tenga que parir a una criatura que tiene derecho a sentir el amor y el cariño de su madre, que no se lo podrá dar porque en ese hijo su mamá verá siempre el rostro del abusador.

En Nicaragua el gobierno enseña a niños y niñas qué hacer cuando hay un temblor. Cuando hay un sismo saben qué es lo que está pasando, saben cómo se llama y saben qué tienen que hacer. Pero las niñas no saben qué hacer cuando su papá o su hermano las toca, ni siquiera saben cómo se llama lo que pasa… El abuso sexual es un problema de seguridad pública, de salud pública, un tema que debería ser prioridad en la agenda nacional, una agenda que debe educar la sexualidad.

¿Qué mensaje nos han dado los gobiernos no haciendo nada? Nos dicen que eso no importa, que eso ya pasó, que eso no es un delito que merece justicia, que para qué tanto escándalo, que igualse sigue viviendo… Un desinterés tan total sólo puede explicarse en Nicaragua, un país que tiene hoy al frente a un hombre señalado de abuso sexual, lo que nos dice mucho de cómo se posiciona esta sociedad ante este problema.

Diez años después y reflexionando cómo nació Aguas Bravas concluimos que hemos sido una respuesta ante el silencio. Ante el silencio de un Estado que no está dispuesto a invertir recursos para que el abuso sexual vaya desapareciendo de nuestro país. Ante el silencio de una sociedad que no quiere ver este problema, que no quiere hablar de eso, que no quiere escuchar a quienes rompen el silencio. Nosotras lo rompimos. Si nosotras no hubiéramos trabajado nuestra propia historia no estaríamos hoy aquí, no podríamos hablar como les hemos hablado. Hoy nos sentimos orgullosas, fuertes y capaces de hablar de algo que debe ser hablado en Nicaragua, que merece ser hablado y ser puesto encima de la mesa y no dejado en los hogares como un trapo sucio que se oculta.

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