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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 420 | Marzo 2017
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Centroamérica

Cuando las mujeres se ven forzadas a migrar…

Cuando las mujeres deciden migrar, irse, salir, huir, escapar… de un lado de la balanza colocan la incertidumbre, el miedo y el riesgo de perder hasta la vida en el camino. Del otro lado de la balanza no tienen probablemente nada que colocar más que dos potentes anhelos: el de sobrevivir primero, y el de ser y estar con dignidad después.

Karina Fonseca Vindas

Muchas se van por experiencias trágicas. Las de otras son historias de sobrevivencia. Siempre hay valentía. En cualquier caso, no se puede generalizar lo que significa para las mujeres la migración forzada. Los riesgos se elevan exponencialmente cuando son “ellas” quienes no tienen otra opción que dejar sus países en busca de oportunidades o de protección, recorriendo rutas en las que están expuestas a abusos de toda índole. Aunque falta información, contextos y cifras, lo que ya hay nos indica la urgencia de asumir mayores compromisos para resguardar la vida de miles y miles de mujeres centroamericanas.

LO DE “VIOLENCIA GENERALIZADA”SE QUEDA MUY CORTO


Décadas después del fin de los conflictos armados en Centroamérica, conmueve constatar cómo se vuelven a repetir los desplazamientos forzosos de centroamericanos y centroamericanas en los tres países del Triángulo Norte (Guatemala, El Salvador y Honduras), buscando refugio en otros países. Huyen de la persecución política, también de la pobreza, también de la violencia de género y también de la violencia desatada por bandas criminales armadas que extorsionan, chantajean y amenazan.

A pesar de que la mayoría de estadísticas de quienes salen no suelen aparecer desagregadas por sexo, va en ascenso el número de mujeres que cada año buscan escapar de las múltiples manifestaciones de violencia que las afectan a ellas de manera concreta. Preocupa, por eso, que queden invisibles los abusos específicos que tantas mujeres padecen en el seno de sus familias y que no se tenga en cuenta la dimensión emocional, física y patrimonial de la violencia que genera el crimen organizado entre las mujeres. La noción de “violencia generalizada” con la que se analiza el contexto centroamericano queda muy corta para entender lo que está sucediendo.

“YO NO PUEDO CONTARLO”


Escuchemos a Silvia, nombre ficticio, una migrante salvadoreña, que a sus 18 años sufrió abuso sexual reiterado de tres mareros, que la amenazaron con matar a sus dos hermanos pequeños si no se sometía a ellos: Yo no puedo contarle a mis papás lo que pasó allá, eso jamás. No sabría cómo darles la cara. Yo fui a la entrevista con la sicóloga de aquí y me dijo que si lo digo en la declaración va a ser más fácil que nos den el refugio, pero yo no quiero que eso quede en mi expediente de migración. Si un juez lo lee delante de mi papá me daría mucha vergüenza. Yo tuve que hacerlo, no tenía salida. Mi familia no se enteró de eso, yo me lo guardé. Y cuando mi papá nos dijo que agarráramos lo que pudiéramos porque al otro día nos íbamos a Costa Rica, me alegré mucho, se acabaría mi sufrimiento, ya nadie me iba a chantajear más…. Mi papá era taxista y nos tuvimos que venir porque ya era demasiado lo que le pedían los mareros de renta como extorsión para dejarlo trabajar. Por lo menos, no se supo lo mío.

En muchas ocasiones, las experiencias de violencia intrafamiliar y de violencia de género provocada por las bandas criminales no se reconocen como causales suficientes para solicitar refugio. Y cuando los países que se supone tienen una política de refugio favorable en temas de género admiten algunas solicitudes, suelen ser descartadas ante la poca información de estas violencias o por la nula sensibilidad de las autoridades migratorias “competentes” que emiten los dictámenes. Merecería la pena un estudio que dé cuenta de cuáles son los razonamientos que rechazan el refugio por violencia de género en favor de mujeres que han atravesado experiencias traumáticas en los países de los que escapan. Y aunque no existe esa investigación, no es difícil sospechar que buena parte de los argumentos refuerzan las bases de una cultura patriarcal que aún persiste en el mundo.

HAY OTRAS CAUSAS:EL MACHISMO NATURALIZADO


En el estudio de 2013 “Cadenas globales de cuidados”, promovido por ONU-Mujeres, las investigadoras señalan que en Nicaragua, un país que no padece las graves violencias que azotan el Triángulo Norte, una de cada cuatro mujeres abandona su país por violencia en la familia o en el matrimonio. Y lo hacen aún sin estar en posibilidad de obtener una categoría migratoria en el nuevo país y sin que puedan demostrar la situación de riesgo que han tenido que enfrentar.

En 2012 el libro “La dignidad vale mucho” comparte testimonios en esa línea, como el de Celia, una joven nicaragüense que sufrió varios intentos de violación sexual por parte de su hermano: Mi papá se arrimó y le pegó el grito a él: ¡Qué estás haciendo! Mi papá lo persiguió con un machete y yo me puse a llorar. No sabía qué estaba pasando y hasta ahora me doy cuenta de qué fue lo que pasó y de qué hubiera pasado si mi papá no hubiera llegado en ese momento.

Años después, Celia estaba de visita en la casa de su madre biológica y mientras descansaba en una hamaca, sintió que alguien la tocaba. Al despertarse vio que era su hermano: “Te salvaste una vez, esta vez no te vas a salvar”. Eso me dijo. Yo no sé de dónde Diosito me dio fuerzas y agarré un arma que había en la casa y le disparé. Diosito me salvó de ser la asesina de uno de mis hermanos, solo lo herí… Después de eso yo dije que tenía que irme de ahí. Celia, se fue primero de León a Managua, en donde consiguió empleo como trabajadora doméstica, y poco después migró a Costa Rica.

Los análisis sobre la migración centroamericana se han enfocado prioritariamente en los factores económicos, en la violencia criminal o en la persecución política. Se han detenido muy poco en las expresiones naturalizadas, a veces sutiles, de la violencia machista. El número creciente de mujeres centroamericanas que dejan sus países amerita una reflexión profunda sobre las causas asociadas al machismo y a otros mecanismos de control al que se somete a las mujeres en nuestras sociedades.

HONDURAS: CIFRAS ESPELUZNANTES


Según datos recientes de ACNUR, en Honduras, donde un 43% de las personas que migran son mujeres, tanto sus pésimas condiciones de vida, como la violencia por género o por orientación sexual que padecen, sumada a la impunidad reinante, explican la decisión de migrar.

El ERIC-Radio Progreso de Honduras denunció en mayo de 2015 que por el incremento del crimen organizado y el tráfico de drogas, unido a la deficiente respuesta judicial, que se traduce en impunidad y corrupción, la violencia tiene un impacto particular en las mujeres y en las niñas.

En 2013 fueron asesinadas 636 mujeres hondureñas, un aumento de 263.4% con respecto a 2005. En ese año se producían 2.7 femicidios por cada 100 mil habitantes. En 2013 la tasa se incrementó a 14.6. 526 mujeres fueron asesinadas en 2014 y en 2015 ya fueron 471. Actualmente, cada 16 horas es asesinada una mujer en Honduras. Es alarmante también el aumento de denuncias de desapariciones de mujeres y niñas hondureñas. En 2008 se reportaron 91 mujeres desaparecidas, en 2013 fueron 347. A estas espeluznantes cifras hay que sumar 155 denuncias por privación injusta de la libertad, secuestro y tráfico de personas.

Respecto a los delitos sexuales, de los 3,017 denunciados en 2015, las mujeres eran el 86.6% de las víctimas, un total de 2,612. No hay que olvidar que entre las razones para ser considerado “enemigo” o “traidor” en la lógica de las maras o de las redes del narcotráfico figura, entre otras, la “resistencia”, entendida en el caso de las mujeres como el rechazo de las jóvenes a propuestas sexuales de mareros o narcotraficantes. “Resistirse” puede significar una sentencia de muerte u otros abusos graves. En casos así la migración forzada es una estrategia de sobrevivencia. Ésa fue una de las conclusiones del análisis realizado por el ERIC-Radio Progreso.

EL SALVADOR: UN ACUMULADO DE VIOLENCIAS


Según datos de la Policía Nacional Civil de El Salvador, recogidos en el boletín digital del Observatorio de la Violencia (ORMUSA), en 2015 se registraron 575 femicidios. En 2014 fueron menos: 292. En San Salvador, donde vive millón y medio de personas, es donde hubo más casos: 223. Según datos de la CEPAL, la tasa de femicidios en El Salvador es 5.7 por cada 100 mil habitantes, sólo superada por Honduras.

Al igual que en Honduras, las causas de la violencia contra las mujeres en todas sus expresiones son muchas, complejas y se agravan por el clima de impunidad, inseguridad, desconfianza en las autoridades y por las actividades de grupos delincuenciales. No es difícil concluir que uno de los principales motivos por los que las mujeres salvadoreñas se ven forzadas a irse del país las produce ese acumulado de violencias.

¿HACIA DÓNDE HUIR?


Los desplazamientos forzados de las mujeres son más graves considerando que no suelen contar con herramientas mentales que les permitan percibirse como víctimas de una violencia que se ensaña en ellas precisamente por ser mujeres. Es muy frecuente que lo que han vivido sea tan traumático y vergonzoso que lo oculten, que no se lo digan nunca a nadie. Esto nos pone en la pista de que hay un enorme subregistro de la violencia machista como detonante de la migración de las mujeres, que escapan de ese furor para salvarse y salvar a sus hijos más pequeños.

Hace una década Canadá fue un país que otorgaba importantes oportunidades para tramitar la condición de refugio a mujeres salvadoreñas víctimas de violencia de género. Pero esa ventana se fue cerrando y hoy el gobierno canadiense prioriza a solicitantes de refugio que huyen de países que sufren conflictos bélicos. Esto ha llevado a salvadoreñas y a hondureñas a considerar a Panamá, Costa Rica y Nicaragua como destinos más accesibles para buscar protección internacional si no tienen posibilidad de irse a Estados Unidos o a otros países.

COSTA RICA: CADA VEZ MÁS UN LUGAR DE REFUGIO


En Costa Rica no tenemos información oficial actualizada que nos permita conocer cuántas mujeres centroamericanas son solicitantes o poseen la condición de refugiadas en nuestro país. Sí llama la atención que ya a finales de 2015, y por primera vez en las últimas décadas, las solicitudes de centroamericanos, hombres y mujeres, optando a ese estatus ocuparon el primer lugar entre los casos presentados durante el año.

Según ACNUR, en 2015 hubo 2,203 solicitudes de asilo en Costa Rica, un aumento del 176% respecto a 2013 y del 16% respecto a 2014. Para 2016 se registraron 4,470 solicitudes de refugio. Entre ellas, las personas salvadoreñas fueron más de 1,470. La aprobación de las solicitudes de refugio que se presentan en Costa Rica no llega al 30%, cifra muy baja ante la creciente demanda. Esto deja en un limbo jurídico a muchas personas, sin posibilidad de regresar a su país y con escaso acceso a otras opciones de regularización migratoria, por los altos costos y los engorrosos requisitos que caracterizan los trámites migratorios en Costa Rica.

Claudia, nombre ficticio, llegó a Costa Rica con su esposo y sus dos hijas pequeñas a mediados de 2016. Traían sólo tres mudadas para cada uno. Huían de las extorsiones de las maras en San Salvador y decidieron abandonarlo todo: La decisión la tomamos el mismo día antes de salir. Mi esposo había puesto un negocio pequeño de comida y no aceptó pagarles.
La mara nos dio 24 horas para dejar la casa. A nadie le dijimos que nos íbamos y menos que le habían puesto el ojo a las niñas: o lo mataban a él o a nuestras hijas, así nos mandaron a decir… No creímos que todo fuera tan difícil en Costa Rica. Nos habían dicho que había organizaciones que ayudaban a los solicitantes de refugio, pero no nos ha ido muy bien, no hemos podido encontrar trabajo y hemos tenido que buscar casa tres veces porque no logramos juntar el dinero a fin de mes para pagarla. Lo peor fue cuando nos rechazaron la solicitud de refugio. Pero, a pesar de todo lo duro que hemos pasado, hay aquí una tranquilidad. Allá uno siempre andaba viendo para atrás, pensando si alguien lo estaba viendo o escuchando y a nosotros nos ha quedado la maña de estar siempre como asustados.


MILES DE MUJERES EN RUTA HACIA ESTADOS UNIDOS


La ruta hacia Estados Unidos que emprenden miles de centroamericanos y centroamericanas que no tienen visa de entrada a ese país es una prolongada y tortuosa experiencia en la que tienen que cruzar varias fronteras.

En los últimos años diversos investigadores han señalado que México se ha convertido en muro y obstáculo donde se vulneran los derechos de esas personas, siendo especialmente las mujeres, entre un 20 y un 30% de los migrantes, las que sufren más al pasar por México. El fortalecimiento de los controles migratorios en ese país ha desencadenado un crecimiento vertiginoso de las detenciones, los rechazos y las deportaciones desde México. Y a su vez, las redes criminales, la corrupción y la inoperancia de los aparatos estatales en México y en otros países de tránsito ha convertido la migración irregular en un negocio muy lucrativo y, por tanto, cada vez más peligroso.

No es posible contar con cifras precisas sobre la cantidad de mujeres y hombres en tránsito a Estados Unidos o a otros destinos. Varias razones lo explican: la gente atraviesa las fronteras por puntos clandestinos, las estadísticas oficiales no incluyen el sexo de quienes son capturados, la gente busca desplazarse sin dejar registro de su paso o brinda datos falsos. Según entidades oficiales y organizaciones de la sociedad civil, ya para 2005 se estimaba que anualmente ingresaban a México entre 150 mil y 400 mil migrantes indocumentados y que el 20% eran mujeres.

DESDE HAITÍ A BRASIL HASTA LLEGAR A COSTA RICA


Además del creciente éxodo de mujeres y hombres centroamericanos, en nuestra región se dan también flujos migratorios de personas de otras regiones, que van por Centroamérica como ruta de paso.

Es el caso de Marie, quien dejó su natal Haití en 2013 rumbo a Brasil. Allí se quedó en Santa Catarina, en el sur de ese país. Llegó dentro del plan de apoyo que Brasil organizó después del terremoto en Haití. Se animó a viajar porque la activación de la economía brasileña, con construcciones y servicios que se requerían para el Mundial de Futbol de 2014 y las Olimpiadas de 2016, ofrecían muchas oportunidades de trabajo.

Marie trabajó muy duro como mucama en varios hoteles, con el sueño de enviar dinero a los tres hijos que dejó en Puerto Príncipe a cargo de una hermana. Pero, con la crisis económica y política que sacudió al Brasil quedó en el aire y llena de deudas, como otras miles de mujeres haitianas en Brasil. Si hubiera sabido lo que me esperaba, jamás me habría ido de Brasil, dice Marie ya en Costa Rica.

Con otros muchos haitianos y haitianas, Marie, de 36 años, cruzó varios países sumando miles de kilómetros: Perú, Ecuador, Colombia, Panamá… y al final Costa Rica. Lo más difícil de la travesía, me cuenta, fue ese trecho entre Colombia y Panamá conocido como “el tapón del Darién”, unos 150 kilómetros de longitud donde la carretera interamericana se interrumpe y comienza un denso bosque tropical.

Cuenta Marie que quienes hacen esta ruta a pie buscando entrar en Estados Unidos no tienen a menudo referencias claras de en qué país están y qué distancias tendrán que caminar. En el Darién los riesgos son enormes: serpientes y felinos, el hambre y la sed, la posibilidad de extraviarse en la selva… Marie lo cuenta con voz entrecortada y ojos llorosos. Me dice que vieron morir gente en el camino. Es lo más duro que me ha tocado en la vida.

EL SUEÑO DE MARIE ES CANADÁ


El sueño de Marie es llegar a Canadá y solicitar refugio, aún cuando le hemos explicado que sus vivencias, por más traumáticas que sean, no encajan en las consideraciones que se valoran para otorgar esa condición migratoria. Sin embargo, regresar a Haití no está dentro de sus planes. Lo dice de forma tajante: La situación allá es muy difícil, hay muchísima miseria y los gobernantes son todos ladrones y nos sentiríamos fracasados… pero Dios no nos abandonará.

Cuando le planteamos la posibilidad de que se queden en Costa Rica, este pequeño país del que nunca habían escuchado y en el que ahora descansan para recobrar fuerzas, se muestra decidida. Tanto que no parece muy atemorizada por los peligros que le advertimos encontrará si sigue atravesando Centroamérica y México. Tampoco parece reparar en su embarazo de tres meses: Es que aquí tampoco tenemos nada y sabemos que en Canadá estaremos mejor. Hablar el mismo idioma que ellos puede ayudarnos a que no nos roben tanto en los trabajos.

DIFICULTADES ABRUMADORAS


A pesar de lo inexacto de los datos sobre la migración irregular femenina, varias entidades estatales y no gubernamentales han determinado que las vicisitudes que afrontan ellas en el camino son abrumadoras.

En 2006 una investigación de Gabriela Díaz Prieto y Gretchen Kuhner apuntaba que las mujeres enfrentaban dificultades en proporción muchísimo mayor que los hombres, en cuanto a detención arbitraria y extorsión de las autoridades mexicanas; en cuanto a la violencia física y verbal de autoridades, grupos del crimen organizado, civiles o incluso otros migrantes hombres; en cuanto a robos, secuestros para finesextorsivos, de explotación laboral o sexual; en cuanto al incumplimiento del debido proceso, además de lo más específico que ellas padecen: embarazos producto de violaciones sexuales.

Han pasado algunos años desde esta investigación, pero no es lógico pensar que todo eso se haya reducido. Por el contrario, todas esas expresiones de violencia han adquirido probablemente dimensiones inmensas, no sólo porque más mujeres y hombres emprenden cada año la ruta hacia el Norte, sino porque las estrategias criminales para hacer dinero con la tragedia humanitaria que significa la masiva migración forzada y clandestina en circunstancias tan desprotegidas ha aumentado vertiginosamente cada año.

NIÑAS Y ADOLESCENTES SOLASEN MAYOR PELIGRO


Los movimientos migratorios forzados no sólo fracturan la vida de las personas adultas. También la de niños, niñas y adolescentes que emprenden ese viaje con familiares, con personas encargadas o con coyotes, siendo no pocos los que, a pesar de su corta edad, hacen la ruta solos, sin compañía.

El número de menores que viajan solos ha aumentado considerablemente en los últimos años, tanto de quienes van hacia Estados Unidos cruzando México, como el de las niñas y adolescentes guatemaltecas que van hacia las zonas sureñas de México, como indica un informe del Instituto Autónomo de México de 2014.

ACNUR señala que las autoridades migratorias de México retornaron a sus países de origen entre 2008 y 2013 a unos 22 mil menores de edad provenientes del Triángulo Norte. En 2013 el Instituto Nacional de Migración de México, retornó a 5,653 niños y niñas que viajaban solos por México, el 19.5% eran salvadoreños, el 39.2% guatemaltecos y el 39.7% hondureños.

Como tendencia, se puede señalar que la cantidad de niñas y adolescentes que migran solas es relativamente menor a la de los niños. Y en relación a la edad se puede decir que migran niñas de todas las edades, siendo las de 14-17 años las más numerosas. También han aumentado las solicitudes de refugio de menores de edad en Estados Unidos, Belice, Costa Rica, Nicaragua y Panamá. Según datos de la OIM de 2013, la Dirección General de Migración de Guatemala informó que entre 2005-2011 fueron retornadas unas 607 niñas. El número mayor de niñas se dio en 2005, cuando superaron en un 15.56% el número de niños.

De Honduras sale el mayor número de menores de edad que viajan solos, estimándose que uno de cuatro migrantes hondureños es menor de 18 años, un 60% varones y un 40% mujeres. Una de las realidades documentada en el caso hondureño es el de madres adolescentes que viajan con sus criaturas hacia Estados Unidos, siendo especialmente vulnerables a los riesgos del camino.

“Arrancados de raíz”, una publicación de ACNUR de 2014, pone de manifiesto que las niñas y las adolescentes que viajan solas enfrentan riesgos mucho mayores, pues género, edad y falta de vínculos seguros en el tránsito, constituyen una combinación perversa que las expone a todas las formas de violencia posibles. Las niñas y adolescentes que viajan acompañadas deben enfrentarse también a la separación de sus familiares cuando son detenidos por las autoridades migratorias los grupos en los que van, tanto en México como en Estados Unidos.

CIFRAS DE MUJERES DEPORTADAS


El endurecimiento de la legislación migratoria en Estados Unidos ha provocado un crecimiento importante de las deportaciones de centroamericanos y centroamericanas. En 2014 el U.S. Immigration and Customs Enforcement informó que las personas regresadas a Centroamérica -incluyendo a quienes fueron rechazadas, deportadas por indocumentadas o por comisión de algún delito- aumentó en relación al de personas mexicanas enviadas de regreso a su país. Ese año se deportó a 27,180 salvadoreños, a 54,423 guatemaltecos y a 40,695 hondureños, con alta proporción de mujeres en los grupos de los que son regresados.

Según el Instituto Nacional de Migración de México, en 2011-2012 fueron regresadas a sus países -incluyendo el retorno asistido, la expulsión y el retorno de menores de edad- 62,494 guatemaltecos, 45,909 hondureños y 20,538 salvadoreños. Sin ser números exactos, se calcula que el porcentaje de mujeres de estos tres países oscilaba entre el 12 y el 23%.

Otras informaciones de la OIM sobre Guatemala, que cubren el quinquenio 2007-2012, muestran cifras cada vez más preocupantes. En esos años Estados Unidos retornó forzadamente a 174,864 guatemaltecos. 15,893 eran mujeres. Las deportaciones a Guatemala desde México fueron en esos mismos años 221,864.

Más recientemente, datos de 2015 y 2016 sobre las deportaciones hacia Honduras evidencian que van en ascenso. Según el Centro de Atención al Migrante Retornado (CAMR) y la Dirección Nacional de Niñez y Adolescencia (DINAF), en todo el año 2015 fueron 34,164 las personas retornadas o repatriadas. En 2016 entre el 1 de enero y el 30 de abril fueron 21,824, lo que indica que al término del año se superarán las cifras de 2015. Según declaraciones de representantes del CAMR, del total de deportados el 20% eran mujeres.

¿VOLVER A EMPEZAR?


Existen dificultades para documentar con exactitud la cantidad de mujeres víctimas de deportación o de retorno voluntario. Las centroamericanas que son obligadas a regresar enfrentan serios obstáculos para reinsertarse en la vida que dejaron atrás por las escasas oportunidades que tienen de conseguir un trabajo con un salario justo, necesidad aún más imperiosa que antes de irse porque tienen que pagar las deudas adquiridas con los coyotes que las llevaron a Estados Unidos.

Mucho menos hay para ellas acompañamiento sicológico y mecanismos de protección cuando tienen que establecerse de nuevo en sus pueblos, siendo así que buena parte de ellas se fueron huyendo de diferentes formas de violencia sexual o física, de amenazas y chantajes. Su retorno las expone ahora a una mayor vulnerabilidad.

MILES DE MUJERES INDÍGENAS MIGRANTES


La migración de mujeres indígenas está marcada por múltiples dinámicas de violencia y por particularidades específicas. Hay los que se desplazan a lo interno de sus países, las que migran en la región centroamericana y las que optan por emprender el viaje a México y a Estados Unidos.

Uno de los casos más significativos en el sur de Centroamérica es el de las mujeres indígenas que salen de la Comarca Ngäbe-Buglé en Panamá rumbo a Costa Rica. En menor número, mujeres y hombres mískitos que vienen de Honduras y Nicaragua se han establecido principalmente en zonas urbanas de San José. En el norte de Centroamérica destaca la migración de mujeres indígenas de Guatemala que optan por irse a México y a Estados Unidos corriendo múltiples riesgos en el camino.

El país que posee una mayor migración interna de mujeres indígenas en América Latina es Panamá: un 7%. Le sigue Uruguay (6%), Costa Rica (4.6%) y Ecuador (4%). En Panamá las zonas de mayor expulsión se asocian con territorios pertenecientes a pueblos originarios.

MUJERES INDÍGENAS EN COSTA RICA


En los cinco años previos al censo, en la Comarca Kuna Yala un 13% de las mujeres indígenas migró. En la Comarca Ngäbe-Buglé fue un 5% y fueron hacia Costa Rica para participar en la cosecha de café y en tareas similares.

En décadas recientes la migración de mujeres ngäbe y buglé hacia Costa Rica ha ido adquiriendo un peso similar a la de los hombres, pues la tendencia es a emprender el viaje en familia en busca de oportunidades en los sectores agrícolas e informales, de mejores condiciones de vida y acceso a los servicios básicos.

En Costa Rica como país de destino, la población ngäbe y buglé representa en total el 23.4% de la población indígena migrante externa que llega a nuestro país, según la información más reciente de la Dirección General de Migración y Extranjería. El Censo de Población de 2011 indica que un total de 6,139 de las mujeres migrantes se consideran pertenecientes a un grupo originario, destacando las nicaragüenses (3,150 mujeres mískitas) y las panameñas (2,072). En territorio costarricense se encuentran no sólo con la barrera del idioma, también con las dificultades para regularizar su condición migratoria, con las discriminaciones y prejuicios xenófobos presentes en los espacios institucionales y laborales y con el difícil acceso a servicios públicos, especialmente de salud y educación.

MUJERES INDÍGENAS DE GUATEMALA


En Guatemala la migración indígena se intensificó durante el conflicto armado en las décadas de los años 70 y 80, lo que obligó a un masivo desplazamiento interno y a solicitar refugio, especialmente en México. Posteriormente, entre los años 90 y hasta 2005 los programas de ajuste estructural repercutieron en el incremento de la migración internacional hacia Estados Unidos, siendo las poblaciones mam, kiché y kanjobal, las más afectadas. Los departamentos guatemaltecos que lideran las cifras de migración hacia otros países son mayoritariamente indígenas: San Marcos, Huehuetenango, Quetzaltenango, El Quiché y Totonicapán.

En Guatemala, como la población indígena en general, y particularmente las mujeres, carecen en muchos casos de acta de nacimiento o de algún documento de identificación, esto las expone a abusos físicos, sexuales y patrimoniales de parte de las autoridades de México cuando van hacia Estados Unidos. El Instituto de Migración de México no les proporciona intérpretes y tampoco existe alguna institucionalidad de protección especial para las mujeres indígenas que atraviesan México o que deciden quedarse en su territorio.

CUANDO LOS HOMBRES SE VAN


El Censo de 2002 da cuenta de que aumentaron los hogares que tienen al frente a una mujer sola: eran el 18% en 1994 y en 2002 ya eran el 23%. Esto sugiere, entre otras cosas, que las mujeres están asumiendo la responsabilidad de mantener a la familia ante el incremento de la migración internacional de los hombres.

Se estima que el 6% de la población de Guatemala cuenta con al menos un familiar viviendo en el exterior y un 30.5% de esos hogares está en los departamentos con mayor población indígena.

La migración interna hacia las cabeceras municipales de Guatemala es una experiencia habitual para las mujeres indígenas guatemaltecas. Las jóvenes indígenas migran más que las adultas. Se desplazan solas, con sus parejas o se desplaza toda la familia. A México van para trabajar en las fincas cafetaleras del Soconusco. Muchas jóvenes migran circularmente a la zona turística del Golfo de México.

Otra característica de la migración de las mujeres indígenas guatemaltecas es la frecuencia de la reunificación familiar en el exterior después de que los hombres se han instalado y encuentran trabajo. Con frecuencia buscan la manera de traer a sus esposas. En el estado de Rhode Island viven ya 20 mil quichelenses.

Las mujeres indígenas cuyos esposos han migrado quedan bajo un control que determina la cultura en la que han nacido. Las familias de los hombres ausentes y la propia comunidad afectan el desarrollo autónomo de las mujeres que quedan al frente del hogar, ya que no tienen la titularidad de la vivienda ni de la tierra ni de otras propiedades. Tampoco administran ellas las remesas que les envían sus esposos, tarea que queda en manos de las familias del hombre.

MUJERES MUTILADAS EN EL TREN LLAMADO “LA BESTIA”


Entre los duros incidentes a los que se exponen los centroamericanos y centroamericanas en su travesía indocumentada hacia Estados Unidos está el riesgo de sufrir lesiones físicas y emocionales que en muchos casos serán permanentes.

Entre la variedad de tragedias sobresale la de quienes caen o son arrojados de los trenes en los que viajan clandestinamente cruzando México de sur a norte atravesando Chiapas, Veracruz, Puebla, Tlaxcala, el Distrito Federal... Al tratarse de trenes de carga, las personas viajan amontonadas en los techos de los vagones, a donde se suben también grupos criminales organizados que los atacan o las mismas autoridades mexicanas que los apresan. En ocasiones son los guardianes de los trenes quienes los amenazan. Y si las mujeres oponen resistencia a la violación sexual, las arrojan a las vías del tren, que las mutila o las mata. Para las mujeres que viajan con niños o niñas pequeñas el subir a los trenes en marcha y el enorme cansancio de hacer todo ese viaje en el techo de los vagones superando temor y cansancio es especialmente estresante.

Según datos recientes, el número de personas hondureñas mutiladas por el riesgoso viaje en esos trenes supera las 700 y ya existe en Honduras la Asociación de Migrantes Retornados con Discapacidad (AMIREDIS), que defiende los derechos de quienes fueron lesionados en su intento por migrar. En muchas ocasiones retornan a su comunidad, donde las dificultades socioeconómicas que enfrentan superan las que tenían cuando se fueron.

Se desconoce el número exacto de mujeres centroamericanas que han sufrido lesiones en estos éxodos, aunque es menor que el de los hombres, pues las mujeres suelen evitar hacer la ruta en el tren y buscan trayectorias menos visibles. Se conoce que la mayoría de mujeres que han perdido una o más extremidades por el viaje en tren son originarias de El Salvador y de Honduras.

MOVILIZADAS POR LA DIGNIDAD


Lo que mueve a las mujeres centroamericanas a migrar supera con mucho las razones meramente económicas. Huyen de un sistema que las excluye y les niega oportunidades para vivir dignamente. También escapan para salvar sus vidas y las de sus hijos de la violencia machista que las acecha en sus hogares y en sus entornos.

La multicausalidad es una constante en las historias que les escuchamos contar. No es posible encontrar una única respuesta válida cuando sobreviven entre tantos dinamismos de violencia. Cuando se conocen testimonios de tantas mujeres hondureñas que antes de emprender la ruta hacia Estados Unidos emplean algún método anticonceptivo, pues suponen -con resignada precaución- que serán abusadas sexualmente en cualquier tramo de la ruta se hace imposible negar lo duro de esta realidad.

Asumir que la violación sexual y otros abusos, si es que logran escapar a la muerte, son realidades irremediablemente presentes en el camino que las conducirá a “una vida mejor” más allá de su tierra, es sólo una de las múltiples tragedias maquilladas de resistencia que abruma a miles y miles de mujeres centroamericanas, tragedias de las que no se habla lo suficiente y sobre las que se actúa muy poco o nada.

Es urgente ampliar los análisis y es indispensable comprometerse con acciones inmediatas, urgentes que ofrezcan apoyo a las mujeres que migran por razones económicas, a las que huyen de la violencia, a las que quedan a cargo de niños, a las que ayudan solidariamente, a las que ponen rostro y energía en la lucha por la dignidad de quienes migran forzadamente todos los días y a aquellas que en este mismo instante en que esto lees están decidiendo irse, salir, escapar…

De un lado de la balanza, miles de mujeres colocan la incertidumbre, el miedo y el riesgo de perder hasta la vida en la travesía. Del otro lado, muy probablemente, no tienen nada que colocar más que dos potentes anhelos. El de sobrevivir primero. Y el de ser y estar con dignidad después.

DIRECTORA DEL SERVICIO JESUITA PARA MIGRANTES DE COSTA RICA.EXTRACTOS DEL INFORME PARA LA CAMPAÑA 2016 DE LA RED JESUITA CON MIGRANTES EN CENTROAMÉRICA TITULADA “MUJERES Y HOMBRES EN MOVIMIENTO POR LA DIGNIDAD”.APOYO EN LA INVESTIGACIÓN: MÓNICA BRENES MONTOYA.

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