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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 74 | Agosto 1987
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Nicaragua

Nicaragua en USA: Apuntes de un viaje

La solidaridad con Nicaragua entre el pueblo de Estados Unidos es un elemento de gran importancia en la defensa de la revolución. ¿Qué características tiene esta solidaridad?

Judy Butler

¿En qué atmósfera se desenvuelve l solidaridad con Nicaragua en Estados Unidos? ¿Qué interés tiene por Nicaragua el americano medio? Son algunas de las preguntas que Judy Butler, norteamericana, del equipo de la revista Envío, busca responder en estos apuntes de viaje, hecho durante su gira por Estados Unidos en los pasados meses de abril y mayo. El impresionismo propio de este género -del que se desprenden los análisis- expresa con sugerente complejidad una realidad que debe interesar a todos los que, de un modo a otro, participan en esta desigual lucha que enfrenta a Estados Unidos con Nicaragua.

Los peligros en Nicaragua

Esperando el bus en el que saldría del aeropuerto de Los Angeles, la mañana de abril me pareció fría. Era la primera etapa de una gira de charlas sobre Nicaragua que me llevarían de una costa a otra de los Estados Unidos. Temblando en mi "uniforme nicaragüense" -una blusa de algodón y una falda corta- pasé el tiempo contando los buses de diferentes tamaños que hacían el circuito del aeropuerto. En menos de una hora vi pasar 83. Suficientes como para solucionar de una vez el serio problema de transporte público que afecta a Managua...

Cuando subí a uno de esos buses, los pasajeros -en camino a sus vacaciones de Pascua- me miraron con curiosidad cuando dije que vivía en Nicaragua, que tenía de allí y que o tenía sweater. "¡Nicaragua!? !¿Usted vive en Nicaragua? ¿Allí al sur, tan peligroso con esos sandinistas..?! Al menos, hay un avance, pensé. En mi última visita en 1984, entre una docena de viajeros del bus no habría habido ni uno que hubiera sabido que Nicaragua estaba "al sur" de los Estados Unidos.

El viaje en bus fue una inesperada ocasión para medir, en una "audiencia cautiva", las reacciones del americano medio. En mis "apuntes de viaje" quería recoger impresiones sobre el impacto del Contragate en la opinión pública norteamericana, sobre la actual situación del movimiento de solidaridad y de fondo, sobre el efecto que una visita de dos meses por los Estados Unidos tenía en una norteamericana como yo, que llevaba cuatro años viviendo en Nicaragua... ¿Sería capaz de conectar con mis conciudadanos, alimentados durante esos mismos cuatro años por una permanente dieta de engaños y manipulaciones sobre la política de Estados Unidos en Nicaragua y sobre la naturaleza de la revolución sandinista? Esa pregunta me inquietaba.

Sonreí a los pasajeros y les dije: "El único peligro que hay en Nicaragua es el de los "paladines de la libertad" que Reagan está pagando para derrocar al gobierno nicaragüense". Se hizo una pausa de silencio casi imperceptible. Durante ella, los diez buenos americanos que me escuchaban decidían si querían digerir esa información... No quisieron. "Entonces, ¿allí en ese país del sur no hay nunca frío como para ponerse un sweater, no?", rompió uno...

Después de conversar un rato con ellos sobre lo práctico que era dejar el vicio de fumar, intenté otra táctica. "¿Qué población hay ahora en Los Angeles?", les pregunté. Calculaban unos 10 millones. "Eso es más de tres veces la población de toda Nicaragua -les dije-. ¿Por qué hay que considerar al gobierno de un país tan pequeño como una amenaza?" Enseguida saltó el prejuicio: "La amenaza no es Nicaragua. Pero ahí está la Unión Soviética, que usará a Nicaragua como una base para atacar a los Estados Unidos".

Seguí: "Oiganme, 50 mil nicaragüenses murieron para derrocar a Somoza hace ocho años y miles están muriendo ahora para proteger a la nueva Nicaragua de Reagan, que quiere que los somocistas vuelvan al poder... ¿Ustedes creen que todo ese sacrificio se hizo y se está haciendo para ser un país marioneta de alguien? Nicaragua está dispuesta a firmar un acuerdo, el Acta de Paz de Contadora, para garantizar los legítimos intereses de seguridad de Estados Unidos, y para que Estados Unidos respete los intereses de Nicaragua, que son también legítimos. Pero lo único que hace el Presidente Reagan es pedir más ayuda para los contras.. ¿No les parece a ustedes algo irracional que nuestro gobierno se meta en una guerra sólo para prevenir una supuesta guerra o que esté pagando a los contras para que luchen contra Nicaragua por si acaso algún día llega a ser una amenaza...?"

Esta vez el silencio fue más largo. Finalmente, un muchacho, inclinándose desde el asesinato de al lado, preguntó con verdadero interés si los nicaragüenses estuvieran preocupados por una posible intervención e los Estados Unidos durante las últimas grandes maniobras militares de mayo. Una pregunta que se repetiría una y otra vez durante toda mi visita.

Convencidos, no convencidos y por convencer

Mi gira nació de una invitación para dirigir un seminario de fin de semana sobre Nicaragua en el Berkshire Forum, al norte del estado de New York. Este Forum organiza un programa de seminarios a lo largo de todo el verano sobre distintos temas que son de interés entre los círculos de izquierda y progresistas.

Parte del encanto que tienen estos seminarios es que en estas discusiones participan, sobre todo, gente que tiene décadas de experiencia en la luchas progresistas de los Estados Unidos. Son también el único puente entre los activistas políticos y los intelectuales que participaron en la lucha por los derechos civiles o en los movimientos contra la guerra del Vietnam en los años 60 con los que tienen una más larga historia de compromiso, desde los desoladores tiempos del marcartismo. Estos "viejos luchadores" tienden siempre a presentarse en el Forum hablando en las sobremesas de las tareas que hicieron en los años 30 o de las represiones que sufrieron en los 50 a manos de las agencias de inteligencia norteamericana.

Como estaba decidida a hacer una buena barrida de la opinión pública a través de todo el país, contacté a distintos amigos activos en trabajos de solidaridad para que me organizaran otras charlas. El grupo Apsnica, formado por Arquitectos y Planificadores en Solidaridad con Nicaragua, hicieron los principales contactos en la Costa oeste y la New York Construction Brigade, junto al Berkshire Forum, coordinaron los encuentros en la Costa este. En mi gira iba a visitar 16 campus universitarios del país, haría algún trabajo con los medios de comunicación, tendría una docena de encuentros más familiares y otros con activistas de la solidaridad... El Central American Historical Institute de Washigton organizó también un encuentro con los dirigentes de las oficinas nacionales de solidaridad y con otros grupos o personas individuales que estaban interesadas en el tema de Nicaragua.

Era mal tiempo para hacer una gira por las universidades. El semestre estaba concluyendo y los estudiantes empezaban a adquirir ese aspecto de desmoronamiento que es típico en la época de exámenes finales. Era también un tiempo difícil para encontrarme con los grupos locales de solidaridad, responsables de organizar algunos de los actos en los campus universitarios. Muchos de ellos estaban totalmente absorbidos en la preparación de la Marcha del 25 de abril, que bajo la consigna "Trabajo, paz y justicia" se centró este año en dos focos de atención: Centroamérica y Sudáfrica.

Tampoco era el mejor tiempo para que mucha gente se sintiera atraída a asistir a charlas sobre la Costa Atlántica de Nicaragua, el tema que mejor domino. En 1984, cuando hice una gira hablando sobre este tema, los medios de comunicación norteamericanos informaban continuamente sobre el sufrimiento de los indios mískitos... Ahora, cuando las noticias son positivas, cuando está en marcha la autonomía para la Costa, no se informa prácticamente nada y por eso a casi nadie le interesa ya el tema. De hecho, la Asamblea Multiétnica celebrada en Puerto Cabezas en abril, a la que asistieron 2 mil costeños y en la que se discutió y se aprobó el borrador del estatuto de autonomía, fue noticia solamente en un gran periódico norteamericano, el Christian Science Monitor.

Por todas estas razones, la asistencia a la mayoría de las charlas en las universidades de la Costa Pacífica fue muy pequeña: entre 15 y 30 personas si el acto estaba organizado por un grupo de solidaridad, y unas 5 veces mayor cantidad de personas si era un profesor quien convocaba, pues entonces asistía su clase en pleno.

Fue también significativo el descubrir que, invariablemente, cerca de la mitad de los asistentes había estado en Nicaragua. La consigna que se planteó el movimiento de solidaridad hacía tres años fue: "No gastemos energías con los ya convencidos". Ante mis audiencias, ¿tendría que concluir que había habido tanto progreso en ese sentido que ya la mitad de la población estudiantil había visitado Nicaragua...? Tuve una clave para responderme cuando vi un volante anunciando mi charla sobre la Costa Atlántica en uno de los mayores campus de California: el esqueleto de la estatua de la libertad se alzaba sobre un montón de calaveras que dibujaban la silueta de Nicaragua. Las iniciales de la CIA coronaban la estatua... Evidentemente, era un símbolo diseñado no exactamente para atraer a los no convencidos... Me convencí yo de que la consigna de hacía 3 años no se había cumplido.

Mi hermana me organizó una charla para un grupo comprometido en un proyecto de educación de adultos en Seattle, en el que ella trabaja voluntariamente como tutora. Los otros 30 tutores y estudiantes que fueron a la charla no sabían nada sobre Nicaragua. Comenzaron prestando mucha atención cuando les expliqué que la Cruzada de Alfabetización llevada a cabo en 1980 no era sólo para enseñar a leer y escribir sino también para preparar al pueblo para que pasara y analizara su realidad y así pudiera participar realmente en la construcción de su propio futuro.

Muchos sonrieron cuando les decía que el principal obstáculo para cumplir con este objetivo era que a los jóvenes brigadistas que alfabetizaban a los campesinos tampoco les habían enseñado a pensar y a analizar la realidad en la escuela, pero que, a pesar de todo, la Cruzada fue un éxito. Sus rostros se ensombrecieron cuando les conté cómo los contras han destruido unos 400 de las 1.400 nuevas escuelas construidas después de la revolución y cómo los niveles de alfabetización alcanzados con la Cruzada habían descendido con la guerra. Entre muchos otros encuentros, este fue el primero en el que pude comprobar que los temas abordados penetraban mejor porque tocaban la experiencia diaria de los que me escuchaban.

Esto ocurrió también en un encuentro celebrado en la sala de conferencias del progresista alcalde de Berkeley, California, cuando hablaba detalladamente sobre los contenidos del estatuto de autonomía para la Costa Atlántica, discutido durante varios días en Puerto Cabezas. Por toda la sala los ojos se abrían cuando escuchaban sobre los planes para crear un gobierno autónomo que garantice a las etnias el ejercicio de sus derechos culturales y el usufructo comunitario de sus recursos naturales; cuando oían sobre los programas de educación bilingüe o sobre la designación de las cuatro lenguas oficiales en la región... Una mujer, activista política de la ciudad, me dijo: "Yo no sé si usted sabe que en las elecciones de noviembre de 1986 se aprobó en California una resolución en la que se establece el inglés como única lengua oficial. Por eso, a la gente de nuestro Estado le conviene conocer todos estos derechos que las minorías van conquistando poco a poco las pocas conquistas que habíamos logrado". Eran pocos también los rostros no blancos que habían enla sala...

Poco después me enteré que un grupo de activistas buscó dramatizar la pérdida de riqueza cultural que implicaba esta decisión legal, publicando un nuevo mapa de California en el que los innumerables nombres de pueblos y de calles que son españoles aparecían retraducidos en su "oficial" pero feísima alternativa lingüística inglesa... También supe que una resolución similar a la aprobada en California estaba ya en la agenda de otros 23 Estados y que incluso hay la intención de convertirla en una enmienda de la Constitución nacional.

La discusión sobre las relaciones del Estado nacional con las minorías étnicas dio mucho juego. Mientras estaba en los Estados Unidos, un periódico informó sobre un jefe de los indios seminolas de Florida, al que quería imponérsele sentencia de un año de prisión y 20 mil dólares de multa por haber cazado y comido una pantera, animal considerado tradicionalmente por los seminolas como sagrado. Las oficinas del Ministerio de Justicia de Florida, encargadas de proteger las especies en extinción, admitían que los vehículos que circulan a toda velocidad por las carreteras que hoy han cortado al hábitat tradicional de los seminolas habían matado a la mayoría de estas panteras, pero a pesar de esto negaban que hubiera matices discriminatorios en su decisión de castigar precisamente al jefe indio James Billie. Otro caso del que se informó durante mi estancia en Estados Unidos de Washington, acusados de capturar y vender salmón en sus propias tierras. Un espía infiltrado en ellas por el FBI declaró que los indígenas habían violado las leyes capturando más pescado del que necesitaban para su subsistencia y vendiendo el sobrante para su beneficio, en "desleal" y ventajosa competencia con las grandes compañías pesqueras que operan en esta riquísima región salmonera...

En mis charlas me tocó también pagar el precio de sucesos inesperados. Por ejemplo, en la Universidad californiana de Sacramento. En medio de una charla sobre la cultura, la economía y la ecología de la Costa Atlántica nicaragüense causaron las compañías norteamericanas, una mujer negra, vestida con túnica y turbante de colores brillantes y de estilo africano, se levantó de entre el público y se presentó ante todos como descendiente directa de los reyes mískitos que gobernaron la Costa Atlántica bajo el tutelaje británico en los siglos 18 y 19. Dijo también que "su pueblo" no intentaba derrocar a los sandinistas, sino que luchaba para independizarse del resto de Nicaragua y para liberar a la Costa de los "cubanos". Tratando de hacerle ver que un punto de vista como el de ella es actualmente representativo sólo de una muy reducida minoría en la Costa, le pregunté cuánto tiempo hacía que estaba fuera de allí. "Esto no es asunto suyo, querida", me contestó cortante. Un joven de habla hispana que estaba sentado a su lado trató de crear más problemas. Según una tarjeta que pasó a otros estudiantes, se identificó como René González M., representante ante la prensa de UNO (Unión Nicaragüense Opositora), que en aquel momento era la fachada política de la contrarrevolución armada.

Mi último día en la Costa Oeste lo pasé participando en la masiva manifestación del 25 de abril, auspiciada por 24 presidentes de sindicatos y 49 dirigentes religiosos y apoyada por 280 organizaciones y prominentes personalidades. Bajo el lema "Trabajo, paz y justicia para Centroamérica", fue la mayor movilización de este tipo que ha habido nunca en Estados Unidos. Unas 50 mil personas estuvieron durante horas en las soleadas calles de San Francisco, mientras quizá el doble aguantaban el frío y la lluvia en las calles de Washington.

El apoyo y participación de los sindicalistas -algunos dicen que casi la mitad de los manifestantes lo eran- representó un abierto desafío al dirigente de la mayor central sindical norteamericana, la AFL-CIO, Lane Kirkland, miembro de la Comisión Kissinger para Centroamérica, que había insistido a los miembros de su federación en que se abstuvieran de dar apoyo ala movilización. En la carta de Kirkland a las centrales estatales y locales atacaba, entre otras cosas, el que los manifestantes solicitaran el corte de la ayuda norteamericana a los "gobiernos democráticamente elegidos de El Salvador, Honduras y Guatemala" y el que hubiera invitado a hablar representantes del "gobierno sandinista de Nicaragua", que no ha sido elegido democráticamente.

The Washington Post, fiel a su tarea ideológica, dentro de los medios de comunicación, de desacreditar cualquier cosa que signifique un desafío al sistema establecido y a su visión del mundo, aún cuando sea un desafío pacífico, publicó artículos editoriales que atacaban la movilización, incluso uno de Jean Kirkpatrick en los días precedentes. Un largo artículo de fondo que el Post tituló "Una manifestación al estilo de los 60", no dijo nada sobre el significativo apoyo de las Iglesias a la manifestación y caracterizó a los dirigentes sindicales que participaron como "activistas laborales", presentándolos como "fragmentados". Sólo al final del artículo dijo el periódico que apoyaron la marcha cinco de los seis más grandes sindicatos del país -tres de los cuales tienen por lo menos un millón de afiliados-.

El Post trato también de dejar en los lectores la impresión de que mucha gente participante, especialmente jóvenes, no comprendían claramente a qué se estaban oponiendo. Dos días más tarde 500 manifestantes fueron arrestados por hacer una sentada en Washington en protesta por la política de Estados Unidos en Centroamérica. Al menos para ellos las cosas sí estaban bien claras....

La noche de la manifestación estaba invitada a una fiesta organizada por Apsnica con el fin de recolectar fondos para Nicaragua, en la comunidad de Inverness, al norte de San Francisco. Estaban allí 300 personas del barrio, de mil habitantes, con edades entre los 10 y 50 años. Miraron diapositivas sobre Venecia, una cooperativa de Matagalpa, en la que las brigadas de Apsnica trabajan desde hace un año junto a los nicaragüenses construyendo casas, una escuela y un sistema de agua potable. Durante la fiesta, bailamos salsa tocada por un conjunto cubano bajo un avión tridimensional hecho con papel transparente, que estaba lleno de fusiles semiautomáticos y hojas de marihuana recortados en cartulina. El tal avión era, naturalmente, de la Southern Air Transport, la compañía dueña del avión que "hizo fus" en Nicaragua con Hasenfus dentro...

Algunas impresiones en mi equipaje

A la tarde siguiente subí a un avión de verdad para viajar a Massacussetts, donde comenzaría la otra parte de mi viaje por la Costa Este. A estas alturas me atrevía ya a formular algunas impresiones generales nacidas de lo que estaba viendo.

La primera es una certeza: el Irán-Contragate no había llegado a ser todavía una palabra familiar en los Estados Unidos, a pesar de que hacía varios meses había estallado el escándalo. Nadie me hizo la más mínima pregunta sobre esto y tampoco este tema apareció en la conversación de los grupos de solidaridad con los que me encontré. Es cierto que las audiencias televisadas sobre el escándalo no comenzaron sino hasta unos días después y estaría por ver si la falta de interés que observé, previa a ellas, se debió a egoísmo, a ignorancia o quizá a cierto escepticismo.

En segundo lugar, observo que todavía se encuentran, proporcionalmente más profesores progresistas que estudiantes en los campus universitarios, tal como sucedía en 1984. Esto no sólo lo confirmé fijándome en la composición de edad que se apreciaba en la manifestación del 25 de abril, sino que me lo explicó una mujer que llevaba ese día una pancarta y con la que había estado conversando en el aeropuerto. Me dijo que pertenecía al grupo Witness for Peace (Testigos de la Paz), y que desde su punto de vista, las redes de solidaridad no han elaborado para los campus universitarios una estrategia adecuada. De hecho, esto refleja otras dos realidades: la gran preocupación que por su confort material tiene la actual generación universitaria, en comparación a lo que experimentaba la generación de los 60 -en una etapa de expansión económica- y el hecho de que la participación directa en una guerra la sienten ellos sólo como una amenaza y no como una posibilidad real, tal como fue el caso en los 60 con el Vietnam.

Mi tercera impresión es que la arremetida anticomunista de la Administración Reagan ha fracasado en un intento de reproducir en el país una amplia histeria al estilo macartista, tal como la que hubo y recuerdo en los años 50. Una encuesta hecha por la cadena de TV CBS y por The New York Times a mediados de 1983 formulaba esta pregunta, bien directa: "Si los comunistas fueran capaces de derrocar al gobierno de El Salvador, ¿apoyaría usted el envío a ese país de tropas norteamericanas para luchar con los comunistas?" La respuesta fue: el 32% lo apoyaría, el 57% se opondría y el 11% no tenía opinión.

Es una realidad que la campaña propagandística de la Administración ha fortalecido no sólo a las derechas sino también a los sectores que se le oponen, aunque todavía éstos actúan con cautela. El resultado global está siendo una lenta polarización de la población. Gran parte de la creciente oposición a la política norteamericana hacia Centroamérica está surgiendo en el sector que era joven en los años 60 y que vio tocada su conciencia por la guerra de Vietnam. Ellos -y sus hijos en muchos casos- son ahora inmunes a los vacíos argumentos anticomunistas de la Administración.

Una cuarta impresión -complementaria de esta tercera- es que, aunque es poca la gente que interpreta una discusión seria sobre los cambios sociales en Nicaragua como "comunismo" y aunque las preguntas sobre la influencia soviética en el país tienen un tono más apologético que agresivo, la situación de Nicaragua no ha encendido aún la pasión del pueblo norteamericano, lo que sí ha sucedido entre los que han visitado Nicaragua. Mis fantasías, que me habían hecho esperar choques con derechistas, a los que yo derrotaría con una apasionada prosa sustentada en una impecable lógica que merecería el aplauso de la audiencia, no se materializaron nunca. No pude captar bien lo que había detrás de la falta de energía que observaba en mis audiencias, temerosas de dar cualquier muestra de pasión. Pensé que si quería "conectar" con ese público debía hablar de hechos objetivos y ofrecer frías cifras, tratando de evitar yo también cualquier emoción. Pero, entonces -pensaba- ¿cómo encender en ellos una chispa que cambie esta situación de frialdad?

Una quinta impresión es que el sentimiento que traía conmigo desde Nicaragua -en donde en 1986 hablé a casi un centenar de delegaciones que visitaban el país- es exacto: Nicaragua es palpablemente un creciente tema de interés para el americano medio, como no lo era hace tres años. Desafortunadamente, no hay todavía un portavoz significativo para una alternativa política que ya estaría surgiendo una fisura que consolide políticamente lo que aún es un generalizado sentimiento de vergüenza moral. Lo que más se acerca a esta posibilidad es la Coalición Arcoiris creada por Jesse Jackson. En una fogata celebrada en Davis, California, la noche anterior a la manifestación del 25 de abril, vi un volante con su Declaración de Principios, que llama al nuevo movimiento político a "construir un electorado que defienda una política exterior no intervencionista, basada en la paz, el desarrollo, el derecho a la autodeterminación nacional y a los derechos humanos". No fue un mal comienzo, pero una más concreta política alternativa hacia Centroamérica está aún por enunciarse.

Finalmente, hay que decir que un importante nuevo género de trabajo de solidaridad está surgiendo en bases hasta ahora no tocadas por el trabajo solidario más clásico. Llamo "nuevo" a este trabajo, porque tradicionalmente la solidaridad en Estados Unidos se ha dirigido a pueblos que sufren una fuerte represión (Chile, Sudáfrica) o más conscientemente, a aquellos que se han comprometido en una lucha armada por su liberación (Vietnam, El Salvador). Ahora, Nicaragua ofrece a los sectores progresistas de Estados Unidos una realidad nueva: la de una revolución, alas puertas de los Estados Unidos, que ha alcanzado ya el poder. Esto abre el camino para muchos experimentos e iniciativas que serán nuevas porque no hay para ella precedentes en el movimiento de solidaridad.

Un nuevo tipo de trabajo de solidaridad

Nicaragua es un país vecino al que los norteamericanos pueden viajar con facilidad. Es un país vecino en el que un movimiento revolucionario llegó al poder con la participación y el apoyo masivo de la población. A diferencia de la revolución cubana, la revolución nicaragüense no triunfó en los tiempos en que el mundo estaba marcado por las dolorosas secuelas de la guerra fría y sólo los Estados Unidos, que habían quedado ilesos tras la segunda Guerra Mundial, eran capaces de imponer su política exterior a todo el mundo occidental. En Nicaragua, los norteamericanos que quieran tienen la oportunidad de acercarse a la revolución, de ver por sí mismos lo que ocurre y de formarse su propia opinión.

Unos 80 mil norteamericanos han visitado Nicaragua y la mayoría de ellos regresan con una óptica diferente a la que reflejan "las líneas" emanadas en Washington y proyectadas en los medios de comunicación. Es muy probable que estos visitantes hayan contado sus impresiones a por lo menos 100 personas en sus centros de trabajo, familias, iglesias o comunidades. Muchos otros escriben artículos o participan en programas de radio, con lo que sus mensajes llegan a miles más.

En medio del candente debate sobre Nicaragua, abierto hace ya 8 años, una nueva clase de solidaridad está apareciendo. Hasta ahora no es una solidaridad que sale a la calle, y es por eso una esperanza que demostraciones públicas y masivas como las del 25 de abril se repitan, se multipliquen y se fortalezcan. La nueva solidaridad nace cuando las personas honestas comienzan a luchar contra la alienación política en la que viven. Lo que comenzó partiendo de la tradicional inclinación de la población norteamericana a hacer "caridad" ha ido evolucionando hacia formas de verdadera participación. Una participación que es contagiosa, gracias al carácter del pueblo de Nicaragua cuando entra en contacto con el pueblo norteamericano y a la misma participación popular que se vive en Nicaragua y que es la esencia de la revolución sandinista.

La construcción de vínculos humanos entre norteamericanos y nicaragüenses es el elemento principal del movimiento de solidaridad de Nicaragua. Estos vínculos permitirán que, al menos parte del movimiento, permanezca vivo aun cuando concluya la guerra de los contras. El actual movimiento significa también que está extendiéndose una red de personas que saben que Reagan está mintiendo y afirman esta convicción no sólo con palabras sino principalmente con cada herramienta que envían ala más pequeña cooperativa nicaragüense.

La lista de organizaciones que pueden encuadrarse en estas nuevas formas de solidaridad es larga: todos los programas que hermanan ciudades norteamericanas con ciudades o pueblos nicaragüenses, las brigadas para la construcción o para la cosecha de café en Nicaragua, el New World Agricultural Group, Tecnica, Apsnica, el Proyecto de Tecnología Apropiada Benjamín Linder, el proyecto "Bicicletas sí, bombas no", los grupos que trabajan en el área de los derechos de la salud y muchos otros. A ellos habría que añadir, naturalmente, tantísimos grupos similares que practican la solidaridad con Nicaragua en Europa y otros países.

Varias de estas organizaciones ejemplifican las múltiples tácticas con las que se han ido superando las antiguas divisiones entre los diferentes niveles de trabajo solidario. Apsnica, por ejemplo, ha desarrollado una práctica en la que se combina la ayuda material con el envío a Nicaragua de delegaciones y de brigadas que trabajan y aportan asistencia técnica dentro del país. Las delegaciones se componen de profesionales "no convencidos", arquitectos o planificadores, la ayuda prioriza los materiales de construcción y herramientas y la asistencia técnica se da a través de brigadas que por espacio de un año construyen casas, escuelas, sistemas de agua potable, huertos, etc. en una zona rural, junto con miembros de una cooperativa nicaragüense seleccionada de antemano.

Asistí a un acto para recolección de fondos organizado por Apsnica en Boston, en el que el costo de cada casa de una cooperativa -mil cien dólares- se obtenía subastando simbólicamente cada uno de los elementos necesarios para construirla, pieza por pieza. Las brigadas y los miembros delas diferentes delegaciones se mantienen informados sobre el progreso del trabajo y la vida de los miembros delas cooperativas con las que han colaborado a través de un boletín llamado Framework (Armazón).

Tecnica también se ha conectado con profesionales abiertos. Principalmente -aunque no exclusivamente-, con expertos en computación. Estos trabajadores altamente cualificados dejan sus vacaciones por venir a Nicaragua durante varias semanas para trabajar con instituciones que están desarrollando programas que necesitan de la computación, compartiendo así sus habilidades técnicas con los nicaragüenses. En este campo hay voluntarios como para llenar delegaciones mensuales por todo el año.

Todos los del NWAG -que envía expertos en ciencias naturales para que trabajen dando clases de agronomía en la universidad o con el programa de reforma agraria-, los colaboradores de las docenas de proyectos de hermanamiento entre ciudades -como el establecido entre Burlington (Vermont) y Puerto Cabezas-, los miles de cortadores de café -trabajo para el que hace mucho esfuerzo y generosidad y para el que se forman brigadas con gente de todas las edades, desde bachilleres hasta maduros miembros de las "Panteras Grises" o la Brigada Abraham Lincoln-; todos vienen a hacer algo en un lugar en el que se sienten útiles y el gobierno sandinista les da la bienvenida. Vienen también -como muchos me han confesado- a "cargar las baterías".

Algunos de estos grupos han atraído a gente con ideas políticas claras. Son los que han comprendido que este trabajo solidario pueblo a pueblo no es un fin en sí mismo sino que es también un camino para involucrar activamente a los norteamericanos y así educarlos políticamente. Por ejemplo, la Brigada de Construcción New York, -que al igual que Apsnica, ha empezado ya a trabajar en proyectos a largo plazo- organizó tres grandes eventos educativos en las universidades de New York y un exitoso acto para recoger fondos en la semana en que estuve allí.

Un miembro de la embajada de Estados Unidos en Nicaragua señaló, después del asesinato de Benjamín Linder, que él debió tener el deseo de ser mártir, porque si lo que quería era hacer buenas obras podría haberlas hecho en los Estados Unidos o en Honduras. La mejor respuesta a este comentario es sencillo: tanto en Estados Unidos como en Honduras trabajos como el que hacía Ben y los grupos que he mencionado antes hubieran sido solamente parches, simples gestos de beneficencia dentro de un sistema que no tiene como objetivo el bienestar para todos. Citando a Simón Bolívar fuera de contexto, hubieran sido como "arar el océano con un tenedor".

Un norteamericano decía a un periodista poco antes del asesinato de Ben: "El asunto es que aquí yo soy importante. En Nicaragua, me siento, después de mucho tiempo, inseparable de la parte de mí mismo que más valoro". El director de Apsnica, Steve Kerpen, entrevistado por The Village Voice de los Angeles, resumió esta realidad en una sola frase: "¿Sabe? Si esto dura mucho tiempo, Nicaragua salvará a nuestro país".

Falta de curiosidad política

El itinerario por la Costa Este se pareció al que hice por la Costa Oeste, aunque con gratas variantes: sólo excepcionalmente hubo poca gente y falta de entusiasmo en las universidades. Incluso tuve oportunidad de debatir con algunos estudiantes, derechistas declarados, que me provocaron momentos de apasionamiento que no esperaba tener. Fue en un encuentro muy concurrido en el Berkshire Forum, que demostró que no sólo la "vieja izquierda" está viva, activa y muy interesada en Nicaragua, sino que este tema es capaz de reunirla con activistas jóvenes que trabajan en solidaridad con Centroamérica y que en inesperado número llegaron de los alrededores rurales. En mitad de esta parte de mi gira, Benjamín Linder fue asesinado por los contras en Nicaragua. Este hecho tuvo un mayor y más palpable impacto en los sentimientos de los norteamericanos que los monótonos e intencionalmente ambiguos contenidos de las audiencias del Contragate.

El viaje en auto desde el aeropuerto Hartford de Connecticut hasta el Smith College en Northampton, Massacussetts, me dio otra oportunidad en miniatura para seguir con mi sondeo hecho al azar sobre la opinión pública de mi país. El chofer era jardinero en Smith. Tenía solamente un ligero interés en hablar sobre Nicaragua, aunque estaba claro y no era opuesto a la revolución. La conversación que acogió con más entusiasmo fue la que hicimos sobre el juicio celebrado unos días antes contra Amy, la hija del ex-presidente Carter, y contra Abby Hoffman y una docena de alumnos que habían hecho un pequeño alboroto frente a la Universidad de Massacussetts-Amherst, vecina de Northampton, en protesta por la presencia de la CIA en el campus universitario con la intención de reclutar gente entre los estudiantes.

Después del desaliento que me produjo el escaso público en Smith, más desalentador porque esta universidad tiene vínculos estrechos con otros centros cercanos, me sorprendió cuánto público se congregó en Williams, un "college" incluso más elitista. El encuentro fue organizado por la Fundación Marcel Pallais, que lleva el nombre de un estudiante nicaragüense vinculado a la familia de Somoza pero sandinista, que fue asesinado por los somocistas en los días siguientes l triunfo revolucionario. Después de hacer una breve presentación con el título "Una revolución acosada", descubrí que la sala estaba salpicada de miembros del Club de Jóvenes Republicanos, que habían acudido tratando de vengarse por el hecho de que un Teniente retirado del ejército al que habían invitado la noche anterior con el fin de sabotear mi charla, había demostrado no saber absolutamente nada sobre Nicaragua.

"¿Qué puede decirnos sobre las acusaciones hechas por José Alvaro Baldizón, un desertor del Ministerio del Interior sandinista?", dijo uno, levantando como bandera una copia del testimonio hecho por Baldizón en Estados Unidos. Respondí sugiriéndole que leyera la extensa sección que dedica al caso Baldizón el Informe de Americas Watch sobre Nicaragua de 1986 en el que los autores, después de una investigación, concluyen que el testimonio de este desertor carece de credibilidad. Para sorpresa y regocijo mío, un profesor que estaba sentado al fondo del salón se levantó y comenzó a leer el informe que, casi por milagro llevaba consigo: "Desafortunadamente, la carta de Baldizón (en respuesta a una carta previa de Americas Watch) está llena de retórica y vacía de información. No responde alas principales preguntas hechas por Americas Watch sobre las acusaciones lanzadas por Baldizón. Más aún, la carta amontona más dudas sobre la credibilidad de Baldizón, pues éste alerta su historia, con el fin de reparar discrepancias entre su primer relato y los hechos establecidos... Desde el punto de vista de Americas Watch, esta última contradicción hecha por Baldizón (sobre supuestas masacres de campesinos) es tan seria que elimina el último vestigio de credibilidad que hubiera podido tener Baldizón".

Justo cuando mi paciencia con los jóvenes republicanos estaba agotándose, uno de ellos sacó el tema de la censura y el cierre del diario La Prensa. Le plantée esto: "Me gustaría hacer un trato con usted. Discutiré sobre eso solamente si antes tratamos de reconsiderar el mito sagrado de que en nuestro país la libertad de prensa es algo real. Me gustaría compartir con usted una experiencia. Antes de ir a vivir a Nicaragua, trabajé para una pequeña revista que analiza críticamente la política exterior de Estados Unidos en América Latina. Tiene 8 mil suscriptores, en un país con casi 250 millones de personas. Difícilmente, pues, es una amenaza para un sistema consolidado desde hace más de 200 años y que no ha estado "formalmente" en guerra en los 20 años de existencia de la revista. A pesar de todo esto, teníamos nuestros teléfonos intervenidos, monitoreaban nuestras cuentas personales en el banco y desde hacía 10 años teníamos gruesos folders de informes en las distintas agencias de inteligencia del gobierno. Hace pocos años el Internal Revenue Service envió un agente a auditoriar nuestros libros de cuentas que, por supuesto, estaban en regla. Y cuando no encontró nada ilegal, nos anunció que cerraría la revista de todas maneras porque habíamos "difamado" a uno de los pilares de Estados Unidos, la familia Rockefeller, sobre la que habíamos publicado un comic.

El IRS abandonó el asunto cuando se dio cuenta de que teníamos buenos y experimentados abogados listos para llevar el caso adelante. Este mismo año 1987, el edificio donde funcionaba la revista fue objeto de un robo verdaderamente profesional en el que hicieron que no funcionara el sistema de alarma y en el que no nos llevaron ningún dinero, pero si revisaron documentos de los archivos. ¿Qué le parece? Ahora vayamos a Nicaragua: La Prensa era uno de los tres periódicos de un país en medio de una difícil transformación revolucionaria y sometido al desgaste de una guerra organizada por la mayor potencia del mundo. Recibía dinero de una organización asociada con la CIA e incluso su editor llegó a escribir un artículo en el Washington Post defendiendo de forma sutil la ayuda a la contrarrevolución, precisamente en los momentos en que esta ayuda se iba a debatir en el Congreso norteamericano. ¿Qué pensaría usted si hubiera un periódico en Estados Unidos en esas mismas circunstancias? ¿Y no sabe usted que durante nuestra propia revolución no se censuraban sino que se cerraron los periódicos de los tories y a ellos les hicimos la vida imposible, los encarcelamos sin ningún proceso judicial, les quitamos sus propiedades y terminamos exiliando forzosamente a Canadá a 100 mil?". El joven preguntón ya no preguntó nada más.

Cuando salía de la universidad esa noche, me sentí contenta. Por fin había aparecido el debate, la chispa, algo, aunque no hubiera sido la discusión progresista que yo esperaba. Mis anfitriones no estaban tan contentos como yo. Sintieron que las preguntas que se habían hecho eran estériles, que representaban las posturas escépticas de las futuras élites del país, a las que les gustaba el debate por el debate, pero sólo a eso. A la mañana siguiente, quedé consternada cuando una llamada telefónica me anunció la muerte de Benjamín Linder. Con un imprevisto sentimiento de rabia impotente, me di cuenta enseguida que mis anfitriones tenían razón...

Dediqué la charla de aquella noche a Benjamín. El auditorio estaba desacostumbradamente lleno, dado que se trataba de una universidad urbana, para estudiantes de familias moderadas, a las que yo suponía que no les interesaban los asuntos que no afectaran directamente su problemática económica. De hecho, la mayoría de los estudiantes apenas sabían qué era Nicaragua. El tema de la charla fue "Como la revolución cambió y está cambiando al pueblo de Nicaragua". Me centré especialmente en el creciente poder que tienen las mayorías pobres del país, que nunca tuvieron voz. Y después le di la vuelta a la pregunta y les dije: "¿Cómo la revolución nicaragüense nos está cambiando a nosotros?" ¿Qué clase de democracia tenemos, si más del 60% de nuestra población se opone a la política de Reagan hacia Nicaragua y más de la mitad del Congreso nos ignora y la misma Administración viola impúdicamente la voluntad popular?

Esperaba que alguien me preguntara por qué Reagan actuaba de esta manera, una pregunta frecuente en mi gira de hacía unos años, pero esta cuestión ha sido reemplazada por otra: "¿Por qué los periódicos dicen cosas tan diferentes a las que dice usted? ¿Nos están mintiendo? Y si nos mienten, por qué lo hacen?". Interpreto que este cambio de preguntas refleja un hecho: desde Vietnam, después del Watergate y ahora con el Contragate, muchos norteamericanos se han dado cuenta, con cierta impotencia, e incluso han aceptado con cierto escepticismo, que su gobierno es hipócrita y representa intereses y valores que no son los suyos y ahora se topan con el desagradable hecho de que lo mismo pasa con los medios de comunicación.

Muchas veces en esta etapa de mi gira iniciaba la charla dejando a un lado mis notas y pidiendo que me hicieran preguntas desde el principio, advirtiendo que me arriesgaba a una discusión en cierto modo dispersa, a cambio de que la conversación tuviera relación con las preocupaciones directas de la gente, en vez de ser sobre cosas que ya ellos sabían o que no les interesaban realmente. En muchos sentidos, fue un ejercicio revelador. En la mayoría de los casos las preguntas básicas expresaban más preocupación por Nicaragua que miedo a Nicaragua. ¿El pueblo nicaragüense piensa que la invasión puede suceder en cualquier momento? ¿Cuáles son los efectos del bloqueo económico? ¿Hay esperanzas en Nicaragua de un futuro libre de Ronald Reagan?

Otra serie de preguntas se referían a temas que aparecían en artículos que habían leído en los periódicos en estos mismos días: ¿Qué hay de la reubicación de campesinos en zonas de guerra como Nueva Guinea? ¿Nos podría decir algo más sobre las pláticas de Honduras con los Estados Unidos para quitar las bases militares de ese país? Otros énfasis se hacían en información sobre temas más genéricos: el diálogo Iglesia-Estado, cómo respetan los derechos humanos ambos bandos, el papel de la mujer, etc. más que en el análisis o interpretación de los mismos.

Todo esto refleja la pobreza intelectual de nuestro sistema universitario, que está en niveles aún más bajos que los que tenían aquellos nicaragüenses estudiantes de secundaria que en la Cruzada de Alfabetización no estaban acostumbrados a analizar y enmarcar en un contexto su realidad. Refleja también el completo divorcio que existe entre los sentimientos de solidaridad y los temas de fondo a los que el Tercer Mundo en general y los movimientos revolucionarios en particular nos enfrentan. Particularmente, me resulta chocante la contradicción existente entre nuestra falta de curiosidad política o intelectual respecto al Tercer Mundo y nuestro complejo de superioridad frente a él.

Por contraste, muchos de los que participaron en el Berkshire Forum era otro tipo de gente: habían visitado la Unión Soviética, China, Grenada y Cuba y sus preguntas demostraban una curiosidad política e intelectual forjada en esas y otras experiencias. ¿Cuáles han sido los esfuerzos hechos en Nicaragua para construir una verdadera alianza obrero-campesina? ¿Qué lecciones han sacado los dirigentes nicaragüenses de la experiencia de Grenada? ¿Hacia qué modelo político y social se está moviendo Nicaragua y cómo se está construyendo una conciencia socialista entre campesinos a los que se les están entregando parcelas individuales de tierra?

Con los dirigentes del movimiento de solidaridad

Una mesa redonda de dos horas con dirigentes de la Red de Solidaridad con Nicaragua, y con la de Guatemala, con Compromiso por la Resistencia, Quest for Peace, Religious Task Force, el Movimiento Santuario y Testigos por la Paz en Washington confirmó muchas de mis primeras hipótesis.

Todos estaban de acuerdo en que hay un espontaneo e importante crecimiento de la preocupación por Nicaragua en las bases, que se han desarrollado en los últimos cuatro años y que requiere de niveles de mayor coordinación nacional de los distintos sectores interesados. Si en 1979 existía una sola organización de solidaridad a nivel nacional -la Nicaragua Network (Red Nicaragua)- existen ahora, además de las organizaciones nacionales religiosas y civiles que estaban en la reunión, otras muchas: Madre, redes que trabajan en temas sanitarios, organizaciones de artistas, la red de los religiosos, varios proyectos de brigadas, comités sindicales a nivel de base y a nivel nacional -aunque estos últimos se han preocupado principalmente de El Salvador-. Se estima que hay unos 80 proyectos para el hermanamiento con ciudades de Nicaragua y al menos 25 de ellos tienen vínculos formales con estructuras oficiales en las propias ciudades norteamericanas.

Hace tan solo tres años había aún poca cooperación entre los grupos de solidaridad que hacían diferentes clases de trabajo los que hacían "lobby", los que se dedicaban a la ayuda humanitaria, a la desobediencia civil, a la educación política, etc., no se coordinaban. Esta falta de cooperación se daba particularmente entre los grupos religiosos, los sindicales y los que realizaban tareas más clásicas. Un fuerte debate estaba detrás de esta descoordinación: unos opinaban que el movimiento de solidaridad debería limitarse a tener posiciones anti-intervencionistas y otros creían que debía explicitar su apoyo a la revolución nicaragüense e incluso educar sobre las razones estructurales por las que el gobierno de Estados Unidos intenta permanentemente controlar el destino de los países del Tercer Mundo. Respecto a esta última posición, unos decían que si así se hacía se limitaba la potencial audiencia del movimiento y con eso se debilitaba la presión potencial que pudiera ejercerse sobre el Congreso, mientras que otros creían que si no se hacía así se fallaba en el intento de crear una conciencia política sobre temas fundamentales y no se estaba asegurando una permanente oposición a futuras intervenciones norteamericanas en los asuntos de otros países del mundo.

Se trata de un viejo debate y las cerradas posiciones de los dirigentes de ambas tendencias han sido tan poco dialécticas en estos años como lo fueron durante la guerra de Vietnam. Las organizaciones que defendían uno de los puntos de vista tendían a mirar a los que defendían el contrario como el principal obstáculo para el desarrollo del movimiento de solidaridad, y pocos experimentaron, por medio de un trabajo cuidadoso y a múltiples niveles basado en el análisis de las capacidades de los diferentes sectores, la forma de asimilar nuevas formas de pensamiento. Fue por eso alentador el comprobar durante la reunión en que participé en Washington, la creciente confluencia entre distintos puntos de vista que se está dando entre las redes religiosas y el movimiento civil de solidaridad y el incremento de formas coordinadas de trabajo, que están superando las tradicionales divisiones antagónicas. Se oían cosas así: "Ahora se sabe con quién trabajar si la actividad está planificada con los de la desobediencia civil, y dónde obtener información y qué está haciendo cada grupo...." etc., etc. Muy alentador.

Al igual que las bases han ido haciendo crecer un movimiento de solidaridad más amplio, también desde la base ha nacido una idea síntesis que puede resolver el actual debate. La señalaba así un dirigente de la solidaridad: "Hay señales de una comprensión popular más profunda de lo que es la autodeterminacion, idea que sirve de puente entre las posiciones que hacen énfasis en el anti-intervencionsimo y las que remarcan el anti-imperialismo. A nivel de las bases, la gente está empezando a preguntar: ¿En qué nos perjudica a nosotros que los nicaragüenses elijan el camino que quieran para vivir? No hay en eso ninguna amenaza a nuestra seguridad nacional. Por otro lado -decía el dirigente- son cada vez menos los activistas que confunden forma con contenido y que insisten simplistamente en que la única forma de ser solidario con Nicaragua es izando banderas rojas y negras sin preocuparse suficientemente en la búsqueda de caminos para comunicar los contenidos de Nicaragua.

El que todo esto haya ocurrido partiendo de las bases, es en gran medida una respuesta al ejemplo de la propia revolución nicaragüense. Nicaragua nunca ha demandado un apoyo ciego a todo lo que está haciendo la revolución. Demanda más bien que se le respete su derecho a intentar caminos y a corregir sus propios errores y de hecho, esto ha demostrado al movimiento de solidaridad la necesidad de un análisis constante y autocrítico. La mayor asistencia la ha hecho Nicaragua en su derecho a la soberanía nacional y en la obligación que tienen las grandes potencias de respetarla, según lo exige el derecho internacional. Poco a poco este gran mensaje está penetrando en la opinión pública norteamericana, demasiado acostumbrada a vivir en la nación más poderosa de la tierra y sin ninguna familiaridad con el significado de lo que es la lucha por la soberanía.

Muchas de estas ideas han sido comunicadas a los norteamericanos directamente por la gente que ha visitado Nicaragua, gracias a la "política de puertas abiertas" que han mantenido los sandinistas. "El pueblo de los Estados Unidos tiene ahora, como una cuña, a testigos presenciales de lo que está pasando allí -dice una dirigente de Witness for Peace-. Las actitudes de mucha gente de Estados Unidos hacia la gente del Tercer Mundo han cambiado radicalmente por causa de la realidad de Centroamérica y esto es muy preocupante para el sistema".

Una dirigente del Movimiento Santuario hace más extensivo su análisis, abarcando también el factor catalizador que representan la realidad de El Salvador y la de Guatemala, señalando que la ola de refugiados centroamericanos ha hecho cobrar dimensión real al pueblo de estos países entre los norteamericanos y esto a través de los que colaboran con el Movimiento y también a través de aquellos norteamericanos que regresan de El Salvador después de acompañar a los desplazados internos que tratan de repoblar las zonas que tuvieron que abandonar a causa de la guerra.

El gobierno norteamericano también ha dejado bien claro su propio mensaje: no le interesa la voluntad de su pueblo. "Cuando los 27 millones fueron aprobados -dicen los dirigentes de solidaridad- pasaron meses de desmoralización. Cuando aprobaron los 100 millones no hubo ya desmoralización, sino una terrible ira contra el Congreso. Ahora, la gente no va a esperar más las decisiones que tome el Congreso sino que van a trabajar en positivo, tomando sus propias decisiones para trabajar e ir creando vínculos con Nicaragua". Unicamente los que se dedican al cabildeo en Washington se manifiestan extremadamente cautelosos cuando se trata de hacer algún elogio a Nicaragua si se habla de la oposición a la ayuda militar a los contrarrevolucionarios.

Un ejemplo de creatividad en este trabajo de estrechar vínculos fue una caravana para recolectar ayuda humanitaria que organizó el pasado otoño Quest for Peace: "La gente se anima a llevar en grupo las cosas, apilándolas frente a las oficinas de su distrito congresional.

El primer año envían un par de paquetes con cosas, pero al siguiente, cuando los grupos locales ya tienen conciencia de la importancia de su participación, hablan hasta de containers de carga".

En la reunión se decía que el movimiento es aún fundamentalmente "intuitivo", basado en la sencilla idea de que el gobierno está haciendo algo equivocado y que lo más honesto es estar en la oposición. El dirigente de Quest for Peace llama a esta "intuición" una "conciencia en desarrollo": "El compromiso de enviar algunos lápices les lleva a leer las noticias de una manera nueva, les lleva a interesarse por otros grupos de solidaridad y por otras actividades y desarrolla en ellos un conocimiento político del que estaban muy lejos tres o cuatro años antes. Y así, poco a poco, se hace en los mismos lugares un trabajo cada vez más desarrollado de ayuda humanitaria a la par que se desarrollan también mejores redes de cabildeo ante los congresistas".

Aun cuando sea intuitivo, se trata de una intuición positiva, que va más allá de la oposición ala ayuda a la contra. "Nicaragua es en sí misma una chispa que toca sentimientos, toca el corazón de la gente -dice uno de los dirigentes-. Y eso es lo que más mueve. No una posición ideológica anti- intervencionista, aunque ésta juegue un papel. En el fondo, la gente se está dando cuenta de que el gobierno Reagan tiene miedo al ejemplo que Nicaragua puede dar a otros países que traten de hacer lo que Nicaragua hizo. Por todas estas razones podemos usar argumentos positivos sobre Nicaragua con esa red de gente. Muchos más de los que hemos usado hasta ahora. Esa gente no está tan intimidada por las ideas comunistas de la derecha. De hecho, está empezando a enfrentarlas directamente".

El que motivaciones éticas más que políticas sean las de muchos de los miembros del movimiento de solidaridad hace que éste crezca más allá de las posibilidades de su dirigencia para conducirlo. El que lo ético prevalezca y no se combine con lo político supone también una seria debilidad. El principal dirigente de una de las mayores organizaciones de base afirma que mientras las bases se dejen guiar más por preocupaciones morales o humanitarias que por análisis políticos no se genera entre ellas suficiente interés como para organizarse y "acabar con un congresista", aunque señaló que algunos de los congresistas extremistas de derecha sí habían sido derrotados en las elecciones de noviembre/86.

Los dirigentes señalan también como una debilidad la falta de una alternativa política que sea aceptable, tanto para los demócratas como para el movimiento de solidaridad. "Muchos de nosotros -explica uno- no queremos ser piezas en la construcción de una alternativa que siga basándose en la hegemonía de los Estados Unidos o que sea una más benigna aplicación de la misma. Queremos una alternativa que esté basada en el hecho de que las políticas de Nicaragua son las más prometedoras para el beneficio de las mayorías pobres de la región y pueden ser acogidas en una política norteamericana para Centroamérica".

Al menos uno de los participantes en la reunión señaló que es una necesidad sentida a nivel popular el que se abra un debate sobre una alternativa política de esta naturaleza. Esto indica que mientras el movimiento de solidaridad ha crecido y madurado en los últimos cuatro años no lo ha hecho aún "en el sentido de ser capaz de divulgar masivamente los complejos asuntos políticos poniéndolos al alcance de los norteamericanos de base, de tal manera que políticas nuevas y alternativas pasen ya a formar parte de la maquinaria que nos gobierna". Si es este el caso, se hacen necesarios mayores esfuerzos de coordinación entre los activistas de base e intelectuales como los que trabajan en PACCA (Policy Alternatives for the Caribbean and Central America). (Políticas Alternativas para el Caribe y Centroamérica.

Como es característico en Estados Unidos, el movimiento de solidaridad es en gran medida ideológicamente anárquico en las bases y sedan resistencias a apoyar un liderazgo nacional que podría darle una mayor cohesión y fortaleza. Lo dice en pocas palabras un coordinador nacional: "En muchas ciudades grandes no hay mucho interés en abrir una oficina nacional, aunque esto es una contradicción. Porque dicen: Esto es un movimiento de base, no necesitamos una oficina nacional y no queremos enviarles nuestras listas de correos o tomarnos la molestia de escribirles sobre nuestros planes. Y por otro lado dicen: Envíennos el boletín. Queremos saber lo que otros grupos están haciendo..." Una contradicción, evidentemente.

Si por un lado se da esta tendencia ideológica hacia el localismo, por otro, los dirigentes de algunas de las estructuras nacionales de la solidaridad la han reforzado con sus deficiencias en dar respuesta a las necesidades de conducción expresadas por sus bases. En estas demandas las bases solicitan ayuda en asuntos organizativos y en entrenamiento, por ejemplo en talleres que van sobre cómo hablar a diferentes tipo de audiencias hasta sobre cómo elaborar un análisis regional con el que fortalecer el trabajo, particularmente el de los grupos que han logrado interés por toda Centroamérica y no por un sólo país de la región.

Los dirigentes reconocen que han dado insuficiente atención al desarrollo de la estrategia para todo el movimiento, tanto hacia Nicaragua como hacia Centroamérica como conjunto. Y hay cierto temor de que este error de previsión pueda provocar que la solidaridad oscile como un péndulo desde Nicaragua hacia El Salvador cuando el gobierno norteamericano ponga más atención sobre el caso salvadoreño que sobre el nicaragüense y que esta solidaridad sea de reacción espontánea y descoordinada.

Existen limitaciones políticas y estructurales reales para dar solución a todos estos problemas en los pequeños y sobrecargados equipos nacionales de solidaridad, límites que son falta de especialización política, escasez financiera, etc. Pero que también reflejan la tensión que se da entre las exigencias de las tareas nacionales e internacionales y las que sería necesario desarrollar para consolidar las estructuras de base. Hay exceso de trabajo. La oficina de la Nicaragua Network por ejemplo, ha enviado correspondencia educativa solicitando fondos para Nicaragua a más de un millón de personas, además de coordinar muchas giras nacionales de charlas o de ocuparse de todo lo que las otras redes o grupos están haciendo.

No sería aconsejable tratar de lograr una mayor centralización del trabajo hecho por las diferentes organizaciones y sus diferentes membresías, pero ahora sí existe la apertura, al nivel nacional de la solidaridad,

para lograr examen más sistemático del trabajo y para aumentar su eficacia dentro y entre las organizaciones. Varios de los dirigentes señalan que el creciente diálogo a nivel nacional en Washington y la eventual coordinación de las organizaciones -como ocurrió en la manifestación del 25 de abril- es un paso importante en esa dirección, un paso que es básico profundizar.

La reflexión de los dirigentes debería incluir no sólo el desarrollo de tácticas de corto plazo a todos los niveles para oponerse a la petición de ayuda a la contra que hará Reagan al Congreso, sino también otras acciones en las que se compartan experiencias exitosas. Incluso pueden plantearse preguntas más a fondo, como las que surgen de una reflexión sobre la próxima campaña presidencial y el surgimiento de una opción política alternativa. Tiene también mucha importancia elue se empiece a examinar sistemáticamente la sicología de la opinión pública en el país y en los diferentes sectores sociales, con el fin de conocer mejor y poder neutralizar eficazmente el estado de alienación que hace posible que el pueblo norteamericano envíe lápices y medicinas a Nicaragua a la vez que hace posible que el pueblo norteamericano ... que se siente impotente para hacer algo que influya realmente en la actual correlación de fuerzas.

Esta es la raíz del temor que sentí y al que me referí antes. La gente sabe que algo está mal, pero se siente existencialmente impotente y a menudo mira con frío escepticismo la situación. Pienso que encarándolas con el problema, poniendo en ello firmeza, y también pasión, podría esa misma gente verse desafiada a admitir su alienación y apatía y a reconsiderar que sus comodidades personales son el cálido refugio desde el que miran esta realidad.

El grupo de dirigentes reunido en torno a la mesa de discusión estaba de acuerdo con esto. Añadían que el hecho de que los miembros de la comisión investigadora del Irán Contragate que eligieron los demócratas tenían claras credenciales de ser simpatizantes de los contras habían provocado que el pueblo se distanciara aún más de este proceso. Explicaron que, al igual que ha sucedido en otros años, podría ser que no se votara ningún nuevo paquete de ayuda al exterior y, en su lugar, la Casa Blanca podría presentar una "resolución de continuidad" al final del año fiscal, a la que podría ir atada una nueva solicitud de fondos para el contra.

"Si esto se resolviera a nivel de Comisión, no llegaría al seno de la Cámara de Representantres -sugirió uno-. Si la ayuda a la contra se aprueba en el Senado y está atada a esta "resolución de continuidad" los representantes demócratas no podrán resistirse, teniendo en cuenta todos los problemas del presupuesto global, de la inflación, del desempleo, etc. Aprovechar la desmoralización e impotencia política que siente el pueblo es la estrategia perfecta para los que quieren que la guerra de los contras continúe".

Aunque una retórica apasionada no tenga actualmente mucha capacidad motivadora, algo habrá que hacer para convencer a la gente de que es capaz de transformar su "blanda oposición" a la ayuda a la contra en un factor político que sirva para neutralizar la presión que los grupos de ultra-derecha ejercen sobre los congresistas permanentemente indecisos, pero con votos decisivos en el momento de las votaciones. Hay que señalar aquí que una media docena de candidatos al Congreso incluyeron posturas de oposición a la actual política hacia Centroamérica en sus campañas de noviembre/86 y que ganaron escaños, hecho que recibió muy poca atención en la prensa pero que no pasó desapercibido a los analistas de Washington.

Johnson fracasó en su presidencia por causa de la guerra de Vietnam y las fuerzas de Reagan están debilitadas por la guerra de los contras y por los varios escándalos en que se ha visto envuelta la Administración. El actual rechazo de Reagan a mostrarse débil en esta delicada situación puede ser interpretado como un desesperado intento de sacar la única carta que le queda: jugar el papel del cowboy que sigue en pie, disparando por lo menos balas de salva, mientras que el resto del reparto de su película va cayendo muerto...

Nicaragua, como pequeño país que es, está jugando su papel derrotando militarmente a los contras y mostrando al mundo consecuentemente lo que es la política exterior de Estados Unidos. El movimiento de solidaridad debe hacer su papel consolidando los muchos triunfos que ha conseguido hasta ahora y descubriendo cuál es la chispa ahora y descubriendo cuál es la chispa más adecuada para encender la incipiente rebeldía y la firmeza que han de surgir en 1988 en oposición a la política militarista de Reagan. La gente está ahí y sus sentimientos han sido tocados por el tema. Ahora deben de ser potenciados su fortaleza y su coraje.

Como señalaba un artículo en The Villaje Voice sobre los cooperantes internacionales en Nicaragua, muchos están aquí precisamente porque llegaron al punto en que tenían que romper con su apatía política y reencontrar su propia fuerza, su capacidad de participación:

"...Muchos de estos voluntarios no están motivados por sentimientos de culpa. Más bien, están hartos de sus sociedades, donde les valía verga levantarse cada mañana, y hartos de esa entretela de la post-contracultura, enla que todo hay que pensarlo dos veces y racionalizarlo, situación que ha dejado al mundo occidental desarrollado cómodamente impotente ante las tareas históricas. De alguna forma, los "internacionalistas" que vienen a Nicaragua recorren el mismo camino de capacitación y de participación que los sandinistas abrieron con la revolución para los secularmente empobrecidos nicaragüenses. Para muchos europeos y norteamericanos, venir a Nicaragua ha sido el primer paso de un largo camino por el que dejan atrás 20 años de vivir con la fe escéptica que les hizo creer que, aunque uno quiera, nadie puede hacer nunca nada en ninguna parte o que nada bueno puede durar".

Benjamín Linder: ¿otro Bill Stewart?

Dice James Reston, destacado periodista norteamericano: "A un pueblo distraído, absorbido por la encarnizada competencia en la que está basada la vida moderna, se le debe hablar sobre algo cuando ponga su atención en algo. Y esto sucede generalmente en el momento en que ocurre un gran acontecimiento nacional o internacional".

La muerte de Benjamín Linder, el primer norteamericano asesinado en Nicaragua por los contras no fue quizás "un gran acontecimiento nacional o internacional", pero a pesar de los intentos de los funcionarios de la Administración Reagan por desviar el interés sobre las verdaderas razones de su muerte, ésta fue capaz de captar la atención del distraído pueblo norteamericano.

En sus primeros informes los medios de comunicación dieron un espacio desproporcionado a la versión de los contras, incluyendo también en algunas ocasiones los pretextos elaborados por la Administración, entre ellos la posibilidad de que Benjamín hubiera estado armado mientras trabajaba en zona de guerra. A pesar de todo, The New York Times dio seguimiento al tema de cómo habían ocurrido los hechos hasta desacreditar a los contras. En casos aún más destacados, algunos artículos trataron de profundizar en un tema tan provocativo como el de las razones por las que muchos norteamericanos como Benjamían habían elegido trabajar en Nicaragua.

Finalmente, el irreprochable perfil de este muchacho norteamericano, ingeniero, payaso por vocación y hombre de valores, convicciones y coraje, surgió por encima de todas las calumnias. En torno a Benjamín surgió también su familia, igualmente polifacética por sus puntos de vista políticos, por su fortaleza y por su humanidad. Si Estados Unidos insite siempre enlas "imágenes", la familia Linder crea una imagen difícilmente reducible a una caricatura política y capaz de ayudar al resto de las familias norteameraicanas a repensar las responsabilidades que tienen en lo que está ocurriendo en Nicaragua.

Un análisis de unos 100 recortes de periódicos y revistas muestran que únicamente los más rabiosos comentaristas y congresistas de derecha se atrevieron a desvirtuar el tema del asesinato de Benjamín, desacreditándolo a él o a su familia, aunque no cosecharon otros frutos que el desprecio del público que los leyó. Entre 35 "cartas al director" sobre el asesinato de Benjamín aparecidas en varios periódicos, 29 expresaban un fuerte rechazo hacia los contras y hacia la política Reagan en Centroamérica. El resto reflejaba la misma retórica anti-comunista del Presidente. "Yo le disparé a Ben Linder", decían con orgullo algunos, en una expresión en la que se resumía esa mentalidad de prepotencia.

Como sucedió con el periodista de la ABC, Bill Stewart, asesinado por un guardia nacional de Somoza en un barrio de Managua, exactamente un mes antes de la caída del dictador, la muerte de Benjamín tuvo, desgraciadamente, más impacto en la sensibilidad de los norteamericanos que la de los miles de nicaragüenses que murieron entre 1978 y 1979 a causa del apoyo dado a Somoza y a su Guardia Nacional por el gobierno norteamericano o que la de los miles más que están muriendo ahora a causa del apoyo que da el gobierno norteamericano a los herederos de la guardia, los contras.

Las amenazas -y las diferencias- no se agotan en este aspecto. Ambos, Bill Stewart y Benjamín Linder, murieron de un tiro en la cabeza, ejecutados fríamente por la guardia contras, el primero después de recibir la orden de tirarse al suelo y poner sus manos atrás y el segundo después de ser inmovilizado por los charneles de una granada arrojada contra él y que le hirió en las piernas. En ambos casos, los guardia contras presentaron después débiles excusas para justificar los hechos. En el caso de Stewart dijeron que había sido asesinado por las balas de un sandinista escondido en el lugar.

En el caso de Linder, hablaron primeramente de que había muerto en el fuego cruzado de un combate. Después cambiaron su versión varias veces. Dijeron que Benjamin usaba uniforme militar, que estaba armado y que combatió antes de morir. Algunas semanas después los que reconocieron haberle quitado la vida, declararon a unos periodistas que iban en misión a matarlo porque un espía de la zona les había dicho que Benjamín era un cubano. Tanto en el caso de Bill como en el de Ben, los crímenes ocurrieron en momentos en los que la derrota de los somocistas es algo evidente.

Las diferencias entre ambos casos son aún más significativas que las semejanzas. En el caso de Stewart, su asesinato fue filmado por una cámara de televisión que estaba cerca y que consiguió sacar el material fuera de Nicaragua. Así, el mundo entero pudo ver al guardia golpeando al periodista tumbado en tierra, ponerle el fusil en la cabeza y apretar el gatillo fríamente. En el caso de Linder, cuando sucedieron los hechos, él estaba trabajando a la orilla de un río en las afueras de un remoto caserío campesino en las montañas del norte y los únicos testigos fueron dos campesinos nicaragüenses que sobrevivieron al ataque y que huyeron cuando vieron a sus compañeros caer -Benjamín murió junto a otros dos campesinos-.

La versión de estos sobrevivientes de que el asesinato se produjo después de que los contras arrojaran una granada contra el grupo, no llegó a Managua hasta el día siguiente, después de que se había informado oficialmente que Benjamín había sido secuestrado y posteriormente asesinado. No fue hasta una semana más tarde, cuando el padre de Benjamín, David Linder, un patologista jubilado, revisó la autopsia de su hijo y habló con el médico militar que la había hecho, que se hizo pública la verdad entera, en una conferencia de prensa que el mismo Dr. Linder convocó: "Los contras le volaron los sesos a mi hijo, a quemarropa, cuando él ya estaba herido". Esta noticia ocupó apenas un párrafo en los más importantes periódicos de Estados Unidos.

En el caso de Stewart, el Presidente Carter llamó a su asesinato "un acto de barbarie que todas las personas civilizadas condenan". El Secretario de Estado, Cyrus Vance, expresó su "más profunda simpatía" a las familias de Stewart y de su chofer nicaragüense -que también fue ejecutado a sangre fría-, y solicitó a la Embajada de estados Unidos en Managua y al gobierno de Somoza un informe completo sobre los hechos.

En el caso de Linder, el Presidente Reagan no dijo una palabra y elVicepresidente George Bush se limitó a declarar: "En cualquier momento en que un americano pierde su vida en suelo extranjero eso nos causa enorme preocupación a todos". A pesar de que Nicaragua envió una nota de protesta al gobierno de Estados Unidos la misma noche del asesinato de Benjamin, el agregado de prensa de la embajada norteamericana en Managua, el cubano norteamericano Alberto Fernández, declaró al día siguiente que no había podido confirmar que el hombre muerto fuera un ciudadano norteamericano, añadiendo: "No sabemos nada de ese hombre.

¿Iba armado, iba desarmado?" Sólo los congresistas de Oregon, el Estado donde vivía Benjamín, condenaron su asesinato y exigieron al Secretario de Estado Geoge Shultz una inmediata investigación. El senador Mark Hatfield, republicano por Oregon, dijo que Benjamín era víctima "de una guerra que no sería necesaria si estuviéramos preocupados por tener una solución en vez de tener victorias militares". Dos días después de la muerte de Benjamín, el vocero del Departamento de Estado, Charles Redman, dijo que la Embajada norteamericana en Managua había rechazado la idea de enviar un equipo investigador al lugar de los hechos porque "sin contar con la ayuda del gobierno de Nicaragua, el área es a menudo peligrosa para que viaje por ella el personal de la embajada".

En el caso de Stewart, al día siguiente a su muerte, Vance propuso que Somoza fuera reemplazado por un "gobierno transitorio de reconciliación nacional" y pidió a la OEA que enviara a Nicaragua una fuerza de paz interamericana, lo que la OEA rechazó considerando que esta propuesta era una intervención de Estados Unidos en los asuntos internos de Nicaragua. en el caso de Benjamin, en los mismos días de su asesinato, Reagan pedía más dinero para la contra y dos meses más tarde fue introducida en la Cámara de Representantes una enmienda para imponer restricciones a los norteamericanos que vengan "a ayudar al gobierno sandinista". El resultado fue una enmienda de compromiso que restringe el viaje de norteamericanos que vengan a Nicaragua "a prestar servicios o a dar ayuda a las operaciones militares del gobierno de Nicaragua", que fue aprobada por 213 votos contra 201. Esta enmienda es un claro intento de intimidar a los norteamericanos que quieran visitar Nicaragua y a los que trabajan aquí. Abre también las puertas para que se incrementen los ya fuertes hostigamientos que hace el FBI a los que viajan a Nicaragua.

Los norteamericanos, ¿saldrán de su apatía?

El tema de la necesidad de romper con la apatía frente a la política Reagan hacia Nicaragua aparece en algunos artículos de prensa sobre la muerte de Benjamin, especialmente -aunque no únicamente- en los artículos de opinión. "Ahora hay más gente que está decidida a escribir a sus congresistas pidiéndoles que se opongan a la ayuda a la contra", dice William Seaman, ex-cooperante en Nicaragua, citado en un artículo aparecido en The Oregonian sobre una vigilia con antorchas en memoria de Benjamín, que se celebró en Portland, Oregon, al día siguiente de su muerte y a la que asistieron mil personas. "Pero no es suficiente estar contra algo. Es necesario actuar", decía también Seaman.

En otro diario, la columnista Mary McGrory, contrastaba a Benjamin Linder con Carl Channell, que recogió fondos para la contra, diciendo que eran las dos caras de la guerra de los contras. Y escribía: "Los dólares de nuestros impuestos se están usando para comprar armas con las que se mata a muchachos de tan buen corazón como Ben. Los americanos saben por la prensa y por los reportajes de la TV que las cooperativas campesinas, los ranchos campesinos, escuelas, están siendo destruidos para "traer la democracia" a Nicaragua. Pero limitan su rechazo a todo esto a la respuesta que dan a los encuestadores afirmando que se opinen a la ayuda militar a los contras... Quizá, a medida que la historia de esta guerra se vaya revelando, nuestro país se ponga a pensar que no podemos perder más compatriotas como Ben Linder, el que construía presas para el agua potable y hacia reir a los niños".

En Portland, Oregon, la ciudad donde vivió Benjamín, el Consejo de la Ciudad adoptó una resolución proclamando una semana de duelo por la muerte de Benjamín y llamando a poner fin a la ayuda a los contrarrevolucionarios. Durante un impactante y convincente testimonio, un Comisionado de la Ciudad, Dick Bogle, dijo: "Los abusos de Estados Unidos en otros países han ido creciendo porque nosotros nos quedamos ahí, en silencio, nerviosos, impotentes... Mientras esté fresca la memoria de Ben necesitamos definirnos, decir de qué lado estamos y decir qué queremos que sea nuestra patria. Aquí nos hemos definido y decimos NO. Le pedimos a nuestro pueblo, donde quiera que esté, que sume sus voces a las nuestras para exigir una nueva política exterior, una política basada en la paz".

A comienzos de junio, la familia de Benjamín comenzó una gira de cinco meses por todos los Estados Unidos recordando la vida de Ben, contando sobre su trabajo en Nicaragua, contando su muerte y la respuesta que dio a ella el gobierno de Estados Unidos. En el caso de Bill Stewart, su asesinado despertó la conciencia de estados Unidos sobre las crueldades de Somoza. En el caso de Ben Linder, tenemos la esperanza de que su sangre despertará la cólera aletargada en la conciencia de tantos, sacándola fuera y convirtiéndola en fuerza que barra con la apatía que ha hecho posible el reinado de la locura Reagan.

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