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  Número 414 | Septiembre 2016
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Nicaragua

¿Qué nos dice la historia del colono Catalino?

Colonos e indígenas son piezas de un perverso ajedrez entre grupos de poder locales y extra-regionales. Escenarios de esa disputa los encontramos en Bosawás. Para el poder no hay “buenos” o “malos”, sólo hay útiles o inútiles según sus intereses coyunturales. Este texto quiere promover un debate crítico que perfile más adecuadamente quiénes son también muchos de los colonos

Edwin Matamoros Chávez

He vivido entre comunidades indígenas y asentamientos mestizos durante varios conflictos entre ambos y con el Estado desde los años 80, en los tiempos de la Navidad Roja y el asentamiento de Tasba Pri. He visto cómo el discurso oficial, dependiendo del contexto, ha etiquetado a unos y a otros, alternativamente, de héroes o de villanos. También he presenciado cómo, bajo presión, tanto líderes indígenas como dirigentes campesinos, optan por coquetear con los grupos de poder que encuentren más cercanos.

A partir de todas esas experiencias he pensado e investigado y creo que es necesario conocer más sobre los colonos que se han asentado en Bosawás, en esos 8 mil kilómetros cuadrados que ocupan seis territorios indígenas mískitos y mayangnas, declarados en 1997 por la UNESCO Reserva de la Biosfera.

LAS RESERVAS NATURALES Y LOS SERES HUMANOS


La creación de reservas naturales como modelo de conservación y restauración ecológica ha conseguido algunos éxitos y ha despertado esperanzas de que así podremos proteger importantes ecosistemas en todo el mundo. La presencia de seres humanos en esas reservas es un elemento importante a tener en cuenta, y los proyectos que han evitado cualquier intervención humana en las reservas no han logrado protegerlas como pretendían.

En ciertos proyectos de reservas protegidas se constató que los grupos sociales que fueron desalojados eran eslabones en el complejo ciclo que sostenía esos ecosistemas. En otros, bajo el argumento de que los indígenas son tradicionalmente conservadores del bosque, a muchos grupos indígenas se les impusieron exageradas restricciones en el uso de los recursos naturales. Realidades como éstas sugieren que los formuladores de proyectos de reserva no han terminado de comprender la relación entre los grupos humanos y los ecosistemas que habitan.

Ecologistas políticos han ido más allá investigando los resultados de los proyectos fallidos y han inquirido sobre los intereses que subyacían en su formulación. En varios casos concluyeron que algunos de esos proyectos buscaban articularse con planes y políticas económicas de gobiernos nacionales o de organismos internacionales. O buscaban confirmar la superioridad de algunos grupos étnicos sobre otros. O querían restaurar supuestos ecosistemas descritos como prístinos en leyendas o narrativas coloniales.

En esta línea de reflexión, partiendo de que la complejidad de la situación de Bosawás trasciende lo ecológico, y yendo más allá de buscar víctimas y victimarios o de expresar consternación por el deterioro ambiental, cabe conocer quiénes son y cómo llegaron muchos de los colonos que allí se han arraigado y cuáles son algunas de sus gestiones micropolíticas y su actuación en redes.

EL IMAGINARIO DOMINANTE DEBE SER REVISADO


En el imaginario de la población del Pacífico de Nicaragua existe la percepción de que un pujante frente mestizo avanza hacia la Costa Caribe, que este fenómeno social está provocando deterioro ambiental y la colonización de tierras ancestrales pertenecientes a las comunidades indígenas y que los campesinos mestizos, principales promotores del avance de la frontera agrícola, se asocian con mafias madereras y hacendados ganaderos… ¿Se corresponden con la realidad todas esas ideas?

En la Declaración de Bosawás como Reserva de la Biosfera el considerando 3 señala “Que la reactivación desordenada de la frontera agrícola y la explotación de los recursos forestales alterarían el equilibrio ecológico y la diversidad biológica de la zona”. El acelerado deterioro en que se encuentra actualmente la reserva indica que lo que el Parlamento nicaragüense consideraba un escenario no deseable es ya un hecho comprobado.

Según últimas informaciones, el 70% de la reserva ya ha sido depredado y las numerosas voces que se alzan para demandar un alto a la destrucción de Bosawás responsabilizan por eso al incremento sustancial de colonos en la reserva y al impacto negativo de sus prácticas productivas de ese ecosistema.

Concuerdo con esas voces y considero impostergable detener el deterioro de la reserva, pero lograrlo requiere una revisión crítica de todo el proyecto, incluyendo su formulación. Ya en 2004, el investigador René Mendoza Vidaurre señalaba en las páginas de Envío y en su texto “Un es¬pe¬¬jo engañoso: imágenes de la frontera agrícola” ideas equivocadas integradas en los discursos ambientalistas dominantes y planteaba: “Es necesario reconceptualizar la noción de frontera agrícola que manejamos en Nicaragua con nuevos elementos”.

Una lectura crítica de los fundamentos sobre los que se estableció la Declaración de la Reserva de Bosawás muestra algunos conceptos inconsistentes con la realidad que ya existía en la zona el año 2001. El considerando 3 emplea los términos “frontera” y “alteraría”, lo que sugiere que en ese momento existía un extenso territorio bajo explotación agropecuaria que, de no establecerse la reserva, avanzaría sobre un bosque aún prístino.

¿DESDE CUÁNDO ESTÁN Y CUÁNTOS SON?


La migración de mestizos hacia lo que hoy es Bosawás se inició hace más de un siglo, alentada en aquel momento por los enclaves estadounidenses establecidos en la Costa Caribe y promovida por los gobiernos de la época bajo el supuesto de colonizar e integrar esas regiones a la economía nacional.

Una buena cantidad de estos migrantes se nucleó alrededor de las explotaciones mineras y madereras y otra se asentó en áreas boscosas, dedicándose a abastecer de productos agropecuarios a esas empresas. Esto sentó bases logísticas y lazos sociales que han servido de puente para la inmigración y reproducción natural de nuevas oleadas de colonos.

En contraste con la mayoría de los actuales mapas de la reserva, se puede demostrar cómo los seis territorios indígenas y el área núcleo de Bosawás se encuentran rodeados por antiguos poblados mestizos establecidos en el área de amortiguamiento. Entre ellos, los antiguos enclaves mineros de Bonanza, Rosita y Siuna, hoy convertidos en cabeceras municipales.

Alcaldías municipales, estudios oficiales o independientes calculan a los colonos asentados en Bosawás en cientos o en miles, según el caso. Pero no existen datos numéricos fidedignos sobre la población total de colonos en Bosawás. En 2005 el gobierno llevó a cabo el octavo Censo de Población y cuarto de Vivienda y en 2011 realizó el cuarto Censo Nacional Agropecuario. Técnicamente estos censos deberían incluir a los colonos, pero es poco probable que, dada su situación legal en relación a la tierra que ocupan, los colonos hayan suministrado datos reales a los encuestadores de las instituciones de gobierno.


VACÍO DE INFORMACIÓN Y ESTEREOTIPOS


¿Por qué no analizar más adecuadamente quiénes son los colonos? Me he encontrado personas que desestiman estudiarlos. Argumentan que son nocivos para la reserva y atentan contra los derechos indígenas. Su única propuesta es desalojarlos incondicionalmente. Pienso que ese vacío de información puede estar minando la efectividad, tanto de las políticas ambientales, como de la defensa de los derechos de los pueblos indígenas y de los derechos humanos de los colonos. Ese vacío imposibilita también entender los factores que han empujado a la colonización de la Costa Caribe, un contexto social y ambiental que trasciende la problemática específica de Bosawás.

Los estudios sobre Bosawás se refieren a los colonos como mestizos, productores agropecuarios, desplazados económicos, asociados a mafias madereras, confrontándolos con los indígenas, que describen como apegados a sus tradiciones, guardianes de los bosques y arraigados en las tierras de sus ancestros.

Basado en mi experiencia con colonos y con indígenas, considero que en ambos casos se trata de estereotipos. Para ampliar la perspectiva presento a los lectores a un colono: se llama Catalino y vive en Tuluwás. Como cualquier otra narración etnográfica, ésta no pretende representar a la totalidad de los colonos. Y como en muchos de estos relatos, empleo seudónimos para nombrar al colono y al lugar donde vive.

SE LLAMA CATALINO Y HOY VIVE EN TULUWÁS


Cuando dejé el camión mi baqueano y yo entramos al maltrecho camino que lleva a Tuluwás. Mi baqueano me llevaba inequívocamente a través de una multitud de senderos que cruzan en todas direcciones. Mi GPS no los registraba, pero ahí estaban. Lo había cargado con información públicamente accesible, ya superada, la que data de los años 80.

Para guiarme, aquel aparato me resultaba inútil, pero a la larga me fue de mucha ayuda. Atrajo la atención del baqueano, quien después de algunas instrucciones mías empezó a saber cómo manipularlo. Al poco rato me ofreció la casa de sus padres para comer y pernoctar. Ya allí, se dedicó a marcar varios puntos y rutas que después me ayudaron a mapear el sitio.

Llegamos a un asentamiento de campesinos colonos localizado dentro del área núcleo de la reserva. Un lugar semiselvático, de “montaña”, como en Nicaragua se llama a los lugares boscosos. Está al norte de Siuna, dentro del área núcleo de Bosawás. El terreno es irregular, caliente y lluvioso. Fue allí donde conocí a Catalino, un hombre en sus cuarentas, oriundo de Waslala...

LA HISTORIA DEL COLONO CATALINO, LA GUERRA Y LA VIOLENCIA


En los años 70, siendo un niño Catalino se integró a la guerrilla sandinista. Una vez derrocada la dictadura somocista se unió al Ejército Popular Sandinista. Terminada la guerra de los años 80 quiso regresar a la vida de agricultor que había dejado atrás. Pero el nuevo gobierno estableció un polo de desarrollo de ex-contras en las cercanías de su finca. Al poco tiempo, sus nuevos vecinos se enteraron de su afiliación política y a partir de entonces empezaron las amenazas y los sabotajes a su finca y a la de su hermano.
Decidieron vender aquellas tierras para irse a vivir a una comarca cercana a Siuna. En su nuevo hogar tampoco les fue bien. En la zona había enfrentamientos entre los rearmados del Frente Unido Andrés Castro y el Ejército, ahora convertido en Ejército de Nicaragua. Los militares acosaban a Catalino y a su hermano bajo la sospecha de que eran colaboradores del FUAC.

Hartos de tanta violencia, los hermanos decidieron continuar su éxodo. Un buen día, Catalino decidió buscar nuevas tierras donde vivir y tomó un bus rumbo a Rosita. Había oído decir que allí hallaría tierras en venta. En el viaje se encontró con un viejo amigo, quien le comentó que había tierras favorables en Tuluwás. Las vendían baratas y “así nomás”, sin título de propiedad. La falta de título de propiedad nunca había sido inconveniente en aquella zona. Le animó también saber que eran tierras fértiles y con buena agua.

LA LLEGADA A “LA TIERRA PROMETIDA”


A los pocos días los hermanos vendieron sus pequeñas fincas y el dinero que les dieron por ellas les alcanzó para pagar por diez manzanas de tierra en Tuluwás y para costearse el viaje. Se quedaron con dos mulas en donde encajaron sus bártulos y todos, incluyendo los niños, caminaron rumbo al nuevo hogar. Después de horas atravesando cerros y lodazales llegaron.

Aquellas tierras de frondosos bosques, sin alambres de púas, atravesadas por caudalosos ríos, se convirtieron en la tierra prometida para las familias de Catalino y su hermano. Hoy las preocupaciones de Catalino se centran en el porvenir de sus hijos. A veces va a Siuna, cabalgando o a pie. Prefiere no dormir allí porque es muy caro y aunque sea de noche regresa a su rancho. Pese a las adversidades vive tranquilo. Tuluwás es un lugar calmo. Allí tiene cuatro vacas, dos mulas, algunos cerdos y una parcela sembrada. No son tierras tan fértiles como le dijeron, ni muy aptas para el ganado, pero dan para vivir. Hay terreno para cultivar y madera de sobra, agua en abundancia y pocas plagas.

SÓLO HABÍA “ADENTRO Y AFUERA” Y LO QUE FUERON APRENDIENDO


Cuando llegaron sólo conocían dos puntos cardinales: adentro y afuera. Adentro era caminar sobre el abra en dirección oeste rumbo a la montaña, donde sólo había bosque y algunas fincas ubicadas a horas, y hasta a días, de distancia de las suyas. Afuera era caminar en dirección este. A tres horas estaba la trocha, por la que dos veces al día pasa el camión de pasajeros que viaja entre Siuna y la zona. A diferencia de los indígenas, los campesinos no circulan en los grandes ríos que corren de norte a sur con caudales que dificultan pasar en bestia.

Desde que llegaron, las dos familias se pusieron inmediatamente manos a la obra. Al principio vivían allí sólo Catalino y su hermano, sin parientes a quienes acudir si les pasaba algo. Había algunas fincas en los alrededores, pero no conocían a nadie. Con el tiempo fueron familiarizándose con lo que había y con lo que no había en Tuluwás. Para comprar lo básico acudían a las pulperías de la carretera. Ahí hallaban desde productos para la casa hasta herbicidas para los cultivos. No había escuela donde enviar a los chavalos, ni centro de salud si tenían alguna emergencia. Para atención médica, por mínima que fuera, debían ir hasta Siuna. Supieron que una comunidad de indígenas mayangna, a una hora de donde ellos, tenía un puesto de salud con dos enfermeras. Pero también supieron que los mestizos no eran bienvenidos por los indígenas.

El abra principal pasa a unos cien metros del rancho de Catalino, por lo que diariamente veían el ir y venir de alguna gente. Hoy ya conocen a muchos de los que veían pasar, la mayoría gente como ellos: campesinos inmigrantes, pobres, enfrascados en construir sus ranchos, en labrar la tierra y en criar algún ganado. Con los años fueron conociendo a los que siguen llegando que, como ellos hace diez años, “entran” a pie cargando sus pocas cosas.

LEVANTAR LA CAPILLA Y VENDER LA COSECHA


Apenas llegaron a Tuluwás, la familia de Catalino y la de su hermano se integraron a la feligresía católica del lugar. La construcción de templos cristianos suele ser la prioridad de los colonos. Sigue después la construcción y el mejoramiento de los caminos.

En 2012, cuando finalizaba yo mi trabajo de campo en Siuna, los de Tuluwás estaban reactivando un antiguo puente, que acercaría los camiones hasta la entrada al asentamiento. También construyeron una escuela multigrado.

Hasta hoy Catalino y su familia asisten los domingos al culto católico, que celebra un diácono local. Sólo en ocasiones especiales llega un sacerdote desde Siuna a celebrar la misa. La pequeña capilla, a la entrada del asentamiento, tiene paredes de madera, piso de tambo y techo de zinc. Adosada hay una oficina-cocina-bodega, hecha de los mismos materiales, con piso de tierra apelmazada.

Cuando la cosecha de granos está lista, al igual que otros colonos, Catalino saca su producción en mula a la carretera. Ahí la vende en las tiendas de la carretera o a algún comprador que pasa. Durante la época de cosecha, los compradores llegan en camiones hasta un punto de la carretera. Generalmente, los colonos les venden porque llevar la producción hasta el pueblo o almacenarla en espera de mejor oferta es complicado y sus familias necesitan el dinero a lo inmediato. Eventualmente, llegan hasta Tuluwás compradores de cerdos, pero sólo se los venden cuando la necesidad es muy urgente o cuando el dinero de la cosecha no ajusta para cubrir los gastos de la familia.

CATALINO NO TIENE TÍTULO DE PROPIEDAD


Hoy el hogar de Catalino está sobre una colina, unos treinta metros sobre el nivel de las aguas de un gran río. Unos doscientos metros separan su rancho del cauce. Cuando llueve durante horas las bestias no pueden cruzar el río. Por eso, él y sus vecinos han construido una pequeña balsa para atravesarlo.

Junto a su vivienda pasa un arroyo de donde toman agua para beber, bañarse o lavar la ropa. Sus animales abrevan en el río. La cuenca del río, rodeada de árboles frondosos, es muy fértil. Los sembradíos de Catalino viven de sus aguas y no están tan cerca del río como para que piense en tumbar el bosque de sus orillas. Tampoco teme una inundación en caso de una crecida de las aguas.

El “así nomás” con el que Catalino se sintió propietario de la tierra que ocupa en Tuluwás ha sido una práctica habitual en el centro y el este de Nicaragua, pues a lo largo de casi dos siglos, el Estado ha entregado tierras indígenas del Caribe a colonos nacionales y extranjeros. Por eso, Catalino espera que algún día el gobierno nacional le entregue el título de propiedad de su tierra. Mientras tanto, y desde su rancho en la montaña, no está consciente de las reacciones que su presencia provoca entre los defensores ambientalistas de Bosawás y entre los comunitarios indígenas, legítimos dueños de esos lugares.

La historia de Catalino no sugiere que todos los colonos de Tuluwás hayan migrado por las mismas razones que él y su hermano. Sin embargo, cualquiera que sea la razón por la que lo hicieron, una vez en su destino enfrentan situaciones muy similares: carecen de título de la tierra que habitan y trabajan, están casi privados de servicios de salud y educación, necesitan ingresos para cubrir sus necesidades básicas y son rechazados por las autoridades ambientales y las comunidades indígenas. Los une también que, al organizarse, todos han mejorado su vida dentro de la reserva.

REDES Y MICROPOLÍTICAS: ESTRATEGIAS DE SOBREVIVENCIA


En la literatura contemporánea he encontrado dos conceptos que, articulados de forma complementaria, interpretan en gran medida las estrategias de supervivencia de los colonos en Bosawás: redes y micropolíticas.

Según sus proponentes, ambas son formas de resistencia y de ejercicio de poder. El politólogo estadounidense Charles King define así las micropolíticas: “Son formas de ejercicio de poder y resistencia a las políticas que vedan ciertos derechos. Se distinguen de las políticas de las organizaciones formalmente establecidas por su flexibilidad organizacional y por la identificación de objetivos puntuales”.

El antropólogo colombiano Arturo Escobar sostiene que las redes de los movimientos sociales permiten a grupos subordinados resistir y hasta ejercer cierto poder sobre grupos dominantes.

El proyecto de la escuela multigrado levantada por los colonos en Tuluwás ofrece un ejemplo que ilustra la capacidad de gestión de los colonos. Un hijo de Catalino nacido ya en Tuluwás estudia hoy en esa escuelita, que no existiría si su padre y otros colonos no hubieran construido esa pequeña estructura de madera con techo de zinc.

Fueron también los colonos quienes gestionaron y lograron que funcionarios municipales les asignaran un profesor de educación primaria. Bajo la modalidad multigrado -todos los grados de primaria en un mismo salón de clase con un único profesor- estudian niños y niñas de varias familias de colonos, que le garantizan al docente alojamiento y comida.

ENTRE VARIOS GRUPOS DE PODER


Los colonos que hicieron realidad la escuela no forman parte de ningún comité. Se organizaron exclusivamente para levantar la escuela y para mantenerla funcionando. Es un ejemplo de una micropolítica que desafía disposiciones que promueven su desalojo privándolos de servicios básicos.

Es poco probable que este proyecto hubiera podido cristalizarse basado exclusivamente en la perseverancia de este grupo de colonos. Los colonos, ya lo sabemos, cuentan con el apoyo de hacendados, madereros y comerciantes, que tienen intereses económicos en los recursos naturales de la reserva.

Una observación más detallada revela que existen en la reserva de Bosawás otros grupos de poder cuyo peso e incidencia no son despreciables en el balance de poder local. Entre los más visibles están partidos políticos, iglesias cristianas, fuerzas armadas y ONG.

El creciente número de colonos atrae el interés proselitista de algunos partidos e iglesias y, en menor medida actualmente, también explica la presencia y los recursos de varias ONG. Y tomando en cuenta los aislados territorios en que se asientan, es de suponer que también las fuerzas armadas tengan interés en la colaboración con los colonos para mantener el orden social.

Todos estos grupos de poder, al igual que el de los hacendados y madereros, cuentan con recursos materiales e integran redes que cubren ámbitos más allá de lo local, aunque se mueven por intereses diferentes a la explotación directa de los recursos naturales de la reserva. Su relación con los colonos se basa en un interés recíproco.

Estos grupos respaldan las agendas de trabajo de los colonos y, a cambio, los colonos obtienen réditos materiales y “conectes”, esas relaciones sociales directas o indirectas con tomadores de decisión a las que recurrir cuando es necesario y de las que siempre se deriva algún prestigio.

Así, los colonos que viven en el área núcleo de Bosawás forman entre ellos redes de colaboración mutua. Los grupos de poder local / municipal con intereses dentro de la reserva son su vínculo para acceder a recursos del municipio. A su vez, esos grupos de poder local / municipal se articulan con grupos de poder nacional / regional / departamental formando redes, que son irregulares.

ENTRE TEMORES Y AFINIDADES


Por las presiones de las comunidades indígenas y por las políticas ambientales, los colonos que ocuparon tierras “así nomás” no dejan de temer ser desalojados de Bosawás. Y aunque se requiere de más trabajo investigativo, creo que hoy el respaldo que los variados grupos de poder dan a los colonos, les transmiten la percepción de que su presencia en la reserva es aceptada institucionalmente.

Indudablemente, la identidad cultural mestiza, que es común a los colonos y a los integrantes de los grupos de poder, contribuye a forjar esas relaciones. También es incuestionable que, al compartir los mestizos el idioma español como primera lengua y nociones similares sobre la propiedad privada, eso les permite una comunicación más directa y fluida que la que consiguen los colonos con los pueblos indígenas. También los mestizos costeños y los del interior, aunque separados geográficamente, tienen entre sí más afinidades que con los indígenas costeños.

CONOCER MEJOR A LOS COLONOS PARA DEFENDER MEJOR A BOSAWÁS


Pese a su creciente protagonismo en Bosawás, existe poca información accesible sobre los colonos que allí viven. La corriente de estudios sobre la reserva ha desatendido estudiar sus capacidades de arraigo y con ello la relación que establecen con los distintos grupos de poder que tienen diferentes intereses en la reserva.

Mis hallazgos sugieren que los colonos no son simples extensiones de madereros y hacendados ganaderos, movidos sólo por el interés de asegurar su economía familiar. Tienen una variedad de intereses, que incluyen la educación, la salud y la seguridad y están interesados en legalizar su situación en la reserva.

Desde un enfoque de Ecología Política defender Bosawás demanda de acciones menos ortodoxas que las actuales. Demanda entender mejor quiénes son los muchos Catalinos de Bosawás.

INVESTIGADOR SOCIAL. DESDE LOS AÑOS 80
HA TRABAJADO EN INICIATIVAS DE DESARROLLO
Y ESTUDIADO CONFLICTOS CULTURALES
EN LA COSTA CARIBE Y EN LA FRONTERA AGRÍCOLA.




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