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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 69 | Marzo 1987
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Centroamérica

La crisis se prolonga: a prueba el pueblo centroamericano

¿Estancamiento del proceso de cambios en la región? ¿Hasta cuando puede prolongarse el conflicto centroamericano? ¿Desde cuándo y cómo aparece la prolongación del conflicto como una variable nueva e influyente?

Equipo Envío

Hace un año, intentamos un análisis de la coyuntura centroamericana de 1979 a 1985. El diagnóstico se basó en cuatro afirmaciones fundamentales:

1) La prolongación del conflicto armado constituye una nueva variable que define la coyuntura, de tal manera que es imposible descifrar las tendencias futuras de la crisis centroamericana sin tener en cuenta esta prolongación.

2) La coyuntura centroamericana ejemplifica el callejón sin salida de la política norteamericana en el Tercer Mundo.

3) Frente a la pretensión norteamericana de defender a toda costa su esfera de influencia y frente al intento de maquillar con "arreglos democráticos" el antiguo modelo de generales, embajadores y terratenientes está surgiendo un nuevo sujeto histórico centroamericano, más difuso pero menos controlable a largo plazo que las vanguardias revolucionarias que cuestionan el modelo de dominación tradicional.

4) A pesar de que la coyuntura está dominada por la guerra y por la creciente militarización del istmo y está determinada a largo plazo por la agudización de la crisis económica, los factores políticos y cultural-ideológico son los decisivos para la resolución de esta coyuntura de impasse entre la voluntad de dominación norteamericana y el lento desarrollo del nuevo sujeto histórico centroamericano.

A un año de aquel análisis es preciso responder a las preguntas, criticas y debates que provocó entre nuestros lectores. Desde la perspectiva de los acontecimientos de 1986, revisaremos críticamente estas cuatro afirmaciones y esta evaluación, un año después, servirá también como introducción a los balances coyunturales de 1986 en cuatro países del área -Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua-, los más afectados por el conflicto militar. Costa Rica y Panamá quedan fuera del análisis por una serie de limitaciones involuntarias.

¿Prolongación o estancamiento?

¿Estancamiento del proceso revolucionario? ¿Hasta cuando puede prolongarse el conflicto?

Para contestar estas preguntas es preciso considerar a otra interrogante: ¿Desde cuándo y cómo aparece la prolongación del conflicto como una variable nueva?

La prolongación del conflicto no estuvo siempre en el horizonte de la conciencia social centroamericana. De hecho, entre julio de 1979 y principios de 1982 las partes en contienda vivían la ilusión de una resolución rápida del conflicto. El triunfo sandinista fue percibido como una variable que aceleraría los procesos revolucionarios en gestación en El Salvador y Guatemala. La fermentación de la organización popular en El Salvador y el aparente resquebrajamiento de la institución militar hicieron prever en ese pequeño país una insurrección triunfante a comienzos de 1981.

Hoy vemos claramente que la enorme fuerza social que había alcanzado la organización popular se desbalanceaba frente a la debilidad militar de las fuerzas guerrilleras. Por otro lado, tampoco las estrategias diseñadas por el Secretario de Estado norteamericano Alexander Haig para acabar rápidamente con la guerrilla salvadoreña calibraron bien su capacidad de resistencia ni tampoco las divisiones internas y la incapacidad de las clases dominantes y del aparato militar salvadoreño para realizar un coherente programa de contrainsurgencia. Igualmente errado se mostró el plan de las organizaciones político-militares guatemaltecas, que señaló como objetivo la constitución de un gobierno popular, democrático y revolucionario para antes de que el general Lucas finalizara su período presidencial en junio de 1982.

Asimismo el declive estratégico de la contrarrevolución nicaragüense requirió para producirse de cuatro largos años (1982-1985), socavando en ese tiempo el nivel de vida de las clases populares de Nicaragua y enfrentando con crudo realismo a los que visualizaban el triunfo revolucionario como la rápida solución para los problemas de las mayorías revolucionarias.

Podemos decir que el proceso revolucionario centroamericano se ha estancado si entendemos por ese proceso las ilusiones de 1980. Pero si se captan los dinamismos reales del proceso, la revolución ha ido más bien profundizándose debido precisamente a la prolongación del conflicto. Nuestro análisis del año pasado no quiso sugerir que la prolongación del conflicto juega a favor de un desenlace de la crisis según la utopía provocada en tantos con el triunfo sandinista. Lo que sí quisimos sugerir fue que el proceso revolucionario ha tomado una nueva forma, menos idealista, y que su fondo se encuentra en la emergencia lenta y desigual de un nuevo sujeto histórico.

¿Cuándo tomó el proceso esta nueva forma?
¿Cuándo empezó su prolongación y su profundización?

Aunque resulta difícil precisar exactamente cuándo el antiguo sujeto proimperialista y las organizaciones político-militares revolucionarias adquieren la conciencia de que ni uno ni otro pueden obtener una victoria a mediano plazo, asignamos como fecha más probable para esta toma de conciencia el plazo que va entre 1983 y 1984.

Por una parte, la intransigencia de la Administración Reagan desde principios de 1981, su decidido apoyo a la contrarrevolución en Nicaragua, su gigantesco programa de construcción de bases militares en Honduras, su reforzamiento de los ejércitos y de la inteligencia en Guatemala y El Salvador -o directamente o a través de Israel-, la progresiva sustitución, de 1982 en adelante, de gobiernos militares de facto por regímenes civilistas de democracia formal que proporcionaron una fachada ideológica renovada, un espacio político menos asfixiante para las mayorías, y un notable descenso en la solidaridad internacional para las fuerzas progresistas en El Salvador y Guatemala y, finalmente, la obstaculización por parte de los Estados Unidos del proceso de negociación de Contadora -todos estos acontecimientos-, acabaron a finales de 1983 con las expectativas tanto de victorias rápidas por parte de los revolucionarios como de un fin rápido del conflicto por caminos diplomáticos.

Por otra parte, a lo largo de los mismos años de 1982 y 1984, la institucionalización de la revolución y la consolidación de un apoyo popular mayoritario en Nicaragua, la sobrevivencia y expansión de las zonas de control de la guerrilla en El Salvador, los niveles de represión cada vez más brutales en Guatemala para impedir que ese país se convirtiera en otro El Salvador y el desarrollo de la solidaridad latinoamericana dentro del proceso Contadora -todos estos hechos-, hacían evidente, ya a principios de 1984, que todas las presiones norteamericanas no habían sido capaces de restaurar la "normalidad" en el "patio trasero" centroamericano.

¿Qué ha sucedido a lo largo de 1986? Hay signos de que la crisis se prolongará aún más o se nota un avance notable de una de las partes en conflicto, indicando una resolución de la crisis a mediano plazo? O formulándolo más sofisticadamente: ¿Apuntan los acontecimientos de 1986 hacia una prolongación que desembocaría en un conflicto de suma cero sin ningún fruto más allá del sufrimiento del pueblo o más bien una prolongación del conflicto y agudización de la crisis que evoluciona positivamente hacia la consolidación del nuevo sujeto histórico?

En primer lugar, hay claras señales de la prolongación del conflicto militar. La victoria de la Administración Reagan en el Congreso a finales de junio para otorgar cien millones a la contrarrevolución significó una luz verde para que la CIA volviera a tener un papel oficial en el entrenamiento de sus fuerzas y en el manejo de sus fondos. Aunque esto no revierta el declive estratégico de la contrarrevolución, sí indica que para ambos partidos de Estados Unidos -aunque sea con un frágil consenso- la política militar en el istmo todavía rinde beneficios. Esta política prolongará la capacidad de la contrarrevolución y neutralizará de alguna forma los esfuerzos de Nicaragua para enfrentar su crisis económica.

En El Salvador, el fracaso de la tercera reunión del diálogo en Sesori -que nunca llegó a tenerse- revela que tanto los asesores militares norteamericanos como la Fuerza Armada Salvadoreña y el FMLN están convencidos de que el desarrollo de la guerra les favorece y de que pueden resolver el conflicto articulando mejor una concepción más integral y más política de su accionar militar.

En Honduras, aunque la contrarrevolución no tiene el apoyo de la población civil e incluso lo ha ido perdiendo en sectores del ejército hondureño, se dieron en 1986 una serie de conflictos cada vez más graves entre el ejército sandinista y el ejército hondureño que apoya a los contrarrevolucionarios, incrementando con esto la posibilidad de una regionalización del conflicto. Nuestro pronóstico del año pasado de que la guerrilla en Guatemala aumentaría el número, la calidad, los resultados y la extensión de sus actividades aprovechando los nuevos espacios de la "apertura democrática" fue equivocado. Más bien el accionar guerrillero no ha sido determinante en la definición de la coyuntura nacional de 1986.

A pesar de todos estos avances contra la guerrilla, el gobierno de Cerezo se opuso con su "neutralidad" a la política militar norteamericana en el istmo. A lo largo de 1986 Costa Rica endureció sus posiciones hacia Nicaragua y obstaculizó crecientemente las posibilidades negociadoras de Contadora, pero también discrepó de algunas posiciones norteamericanas indicando con esto el riesgo que corren los países neo-coloniales más dominados de apostarlo todo a favor de Estados Unidos en un conflicto que todavía no se define.

Si por un lado no se prevé en los acontecimientos de 1986 ninguna solución a mediano plazo para el conflicto centroamericano, hubo por primera vez repercusiones de la política internacional de Estados Unidos que afectaron fuertemente la popularidad de Reagan. El estallido del escándalo Irán/Contragate permite entrever la probabilidad de que se debilite esa política si no hacia toda Centroamérica, al menos sí hacia Nicaragua. Entra en el campo de las probabilidades que el Congreso se niegue a seguir financiando a la contrarrevolución y que la solidaridad latinoamericana logre más beligerancia ante las divisiones crecientes que se están dando en Estados Unidos frente a la política centroamericana del Presidente Reagan.

La ausencia de políticas alternativas en manos de los demócratas previene contra el excesivo optimismo. La capacidad de la Administración Reagan de obstaculizar el apoyo europeo y latinoamericano a Nicaragua en la última reunión de Contadora aconseja también un cierto grado de escepticismo con respecto a cambios reales en la política norteamericana. Lo mas que se puede esperar de los demócratas es una política de "paz hostil" frente a Nicaragua y un recrudecimiento del intento de contener la revolución en El Salvador por la vía militar. Finalmente, la virulencia del núcleo más ideologizado de la Administración Reagan no permite descartar una actividad diplomática intensificada contra Nicaragua y otras acciones, como bombardeos quirúrgicos u otras operaciones militares directas, que no llegan a tener los costos de una invasión masiva.

A lo largo de 1986, la prolongación del conflicto político-militar ha tenido como resultado la agudización de la crisis económica. Esta crisis y los limitados espacios permitidos dentro de las nuevas "democracias de peaje" han permitido nuevas formas de movilización popular. A pesar del estado de sitio en El Salvador y de la continuada represión militar de los ejércitos guatemaltecos y hondureño, especialmente en el campo, hubo un apreciable crecimiento de la movilización de las masas de los sectores populares.

La expansión del movimiento popular en El Salvador, su intento de unificación en la UNTS (Unión Nacional de Trabajadores Salvadoreños) y los indicios de la constitución de una "tercera fuerza", apuntan en la dirección de una removilización de las masas. Esta misma tendencia se revela en Nicaragua -con dinamismos muy diversos- en la discusión abierta y popular de la nueva Constitución, en la creciente participación en la defensa y en el sostenido proceso de discusión alrededor de la autonomía de la Costa Atlántica.

En Guatemala, la espontánea, confusa, pero creciente agitación de masa alrededor del problema de la tierra y del de los desaparecidos corroboraron la tendencia. En Honduras, a pesar de un recrudecimiento de la represión militar sobre el movimiento cooperativo rural, se ha dado algún incremento de la organización de masas y hasta acciones guerrilleras, a la vez que crece la oposición a la presencia contrarrevolucionaria y a la ocupación norteamericana del país.

Este auge de la movilización popular en Centroamérica es algo nuevo que la prolongación de la guerra no ha impedido. Se puede arriesgar incluso la hipótesis de que la prolongación el conflicto la provoca. Surte dentro de horizontes sociales muy diversos: de un horizonte de esperanzas y libertades para el pueblo, en el caso de Nicaragua, o un horizonte de inseguridad, incertidumbre y miedo, como es el caso sobre todo en Guatemala.

La política de Estados Unidos en el Tercer Mundo

¿Está la política exterior norteamericana respecto del Tercer Mundo en un callejón sin salida? Esta percepción está tal vez desenfocada al hacerse desde Centroamérica, donde corremos el peligro de distorsionar la visión global y aumentar el valor que para los Estados Unidos tiene su juego geopolítico en nuestro istmo. No podemos perder de vista que la actual política de los Estados Unidos hacia Centroamérica es parte de una decisión estratégica de afrontar la crisis de hegemonía de los Estados Unidos en el campo capitalista y, frente a la URSS, en todo el Tercer Mundo. Un fracaso en Centroamérica no significaría, en absoluto, el fracaso de la política exterior norteamericana en el Tercer Mundo. Sin embargo, tampoco debemos subestimar la importancia de Centroamérica dentro de la política norteamericana hacia el Tercer Mundo, ya que se trata de un conflicto dentro de su propia esfera de influencia, como es caso de Afganistán para la URSS.

En lo que toca a Centroamérica, los sucesos de 1986 indican que todavía parece razonable sostener la hipótesis del "callejón sin salida" de la política exterior norteamericana. El continuado deterioro de la contrarrevolución en Nicaragua, el acelerado proceso de desmoronamiento del gobierno del Presidente Duarte, asediado simultáneamente por la iniciativa privada, por el FMLN y por la "tercera fuerza", la resistencia larvada del ejército hondureño a seguir sosteniendo en su territorio los campamentos contrarrevolucionarios y la incapacidad de la Administración Reagan de involucrar al gobierno guatemalteco en el aislamiento diplomático a Nicaragua, son signos bastante claros de este "callejón sin salida".

Tampoco se puede afirmar que hubo un claro avance de las fuerzas progresistas centroamericanas durante 1986, pero es preciso recordar que una superpotencia no puede permitirse un estancamiento demasiado extendido en su política frente a un conflicto regional sin verse obligada a iniciar un reacomodo de esa política.

Podemos agregar a la hipótesis del callejón sin salida en Centroamérica una segunda hipótesis sobre un futuro reacomodo de la política norteamericana hacia el istmo. Este reacomodo no aparecerá a corto plazo. Tampoco se deberá al escándalo Irán/Contragate cuyas mínimas perspectivas para un cambio ya analizamos. El reacomodo previsto tampoco tendrá en su foco a Centroamérica como única causa de las crecientes tensiones entre los Estados Unidos y el bloque de países latinoamericanos -Contadora y Grupo de Apoyo- que encaran, junto con la cuestión centroamericana, los problemas más globales de las desigualdades en el comercio Norte-Sur y los de la deuda externa.

Las presiones para un reacomodo en Centroamérica vendrán, según nuestra hipótesis, de la lógica global de los intereses norteamericanos y de los propios acontecimientos del istmo.

La lección de Centroamérica y del Irán caducado del Sha ha sido en parte aprendida por la política exterior norteamericana en los casos de Filipinas y Haití, donde con diferente eficacia se adelantaron a la corriente de los procesos revolucionarios favoreciendo a los reformistas. Pero las Filipinas están sometidas todavía a una gran inestabilidad y la política norteamericana enfrenta también crecientes problemas en Pakistán, Sudáfrica, y, sobre todo, en el Medio Oriente. Todos estos puntos son cruciales para la dominación norteamericana en el Tercer Mundo, más crucial quizá que Centroamérica. El recrudecimiento de los problemas en estos países constituye una presión importante para los Estados Unidos, que pudiera inducir a una Administración democrática en los años 90 a redimensionar la política hacia Centroamérica, o al menos hacia Nicaragua, con una visión más amplia y flexible de lo que conviene a sus intereses globales.

La otra presión -quizá la de más peso- para un reacomodo de la política exterior norteamericana en un intento de prevenir crisis irreversibles en lugares cruciales para su dominación en el Tercer Mundo, son los cambios en la política exterior soviética. No debemos olvidar que la nueva política agresiva de la Administración Reagan fue diseñada en los años del envejecimiento del Politburó que gobernó con Breznev y que utilizó la imagen de la URSS como un petrificado "imperio del mal". Pero la URSS de Gorvachov no es así.

El nuevo dirigente soviético ha lanzado iniciativas en favor de la paz, respaldadas por un programa de dinamización interna cuyos alcanzes en derechos humanos, en participación politica, en movilización social, en agilidad administrativa, en productividad, en valoración de los conflictos regionales, en autocrítica, en una palabra, en "apertura", representan una importante presión para la política exterior norteamericana. Esta política de apertura ha hecho aún más presión sobre Estados Unidos en el sensible campo de las negociaciones, sobre armamento nuclear. Mucho mas importante para reacomodo de la política norteamericana que el escándalo Irán/Contragate fue el fracaso norteamericano en las conversaciones Reagan-Gorvachov en Reijkiavik, Islandia.

Pudiera ser que las formas más ideologizadas de la Administración Reagan hizo abortar un posible acuerdo de desarme con la URSS en Reijkiavik, haya constituido el límite de lo tolerable para el amplio grupo dirigente que se ocupa de los intereses exteriores de los Estados Unidos. Tras Reijkiavik, los sondeos de opinión en toda Europa occidental han mostrado amplias mayorías opuestas a participar con los Estados Unidos en la OTAN. El poderoso grupo de capital norteamericano conocido como el "establishment del Este" lee todos estos hechos y la "amenaza" de la apertura soviética de una forma bastante diversa a como los leen los dueños de la industria de guerra y el grupo de capital norteamericano del llamado "Cinturón del Sol" del Sur y de California que es el que apoya a Reagan y se beneficia con su programa de guerra de las galaxias y con su enfrentamiento militar con la URSS en los países del Tercer Mundo.

En la suerte de la política exterior soviética, en el desarrollo de otros conflictos en el Tercer Mundo y en estas tensiones al interior de la clase dominante en los Estados Unidos se encierran las posibilidades de distensionar la situación centroamericana a largo plazo.

Nuevo sujeto histórico: ¿proceso desigual o ilusorio?

Uno de los puntos más debatidos de nuestro análisis del año pasado fue la visualización del proceso centroamericano desde la óptica de la emergencia de un nuevo sujeto histórico. Para unos el enfoque sobre la subjetividad revolucionaria era lo mejor del análisis y la única manera de abordar la cuestión de la revolución era lo mejor del análisis y la única manera de abordar la cuestión de la revolución en las últimas dos décadas del siglo XX. Otros vieron en el concepto del "nuevo sujeto histórico" un sinónimo muy abstracto del "pueblo", que sólo estorbaba la lectura del documento.

Creemos que el enfoque del proceso centroamericano desde el prisma de la emergencia de un nuevo sujeto histórico sigue siendo justificado, pero es importante precisar más este concepto.

Donde vaya el pueblo allí irá Centroamérica. Pero la pregunta "¿A dónde va el pueblo centroamericano?", es de las más difíciles de contestar hoy. Los dirigentes de las partes en contienda identifican al pueblo con sus partidos y programas. El sentido común, sin embargo, enseña a todos que los partidos y sus seguidores no son la misma cosa que el pueblo. Existen diferencias entre el pueblo organizado en partidos políticos u organizaciones revolucionarias, el pueblo organizado en sindicatos, cooperativas, asociaciones de barrios y otros tipos de organizaciones y el pueblo de las masas no organizadas.

La retórica de los dirigentes políticos y gremiales tienen, de todas formas, un elemento de verdad: representan de algún modo al pueblo en sus organizaciones y fuera de ellas. Lo definitivo en la coyuntura centroamericana es la capacidad de que tengan las organizaciones de ir sumando a sus programas un cada vez mayor apoyo popular. Nuestro concepto del nuevo sujeto histórico es también una herramienta para analizar los vaivenes de este complejo industrial.

Para entender mejor las relaciones entre las organizaciones y la inmensa mayoría del pueblo no organizado creemos que es posible y útil analizar el desarrollo desigual y asincrónico entre un nuevo sujeto político -las vanguardias revolucionarias-, un nuevo sujeto social -los sindicatos, gremios, cooperativas y otras organizaciones populares- y un nuevo sujeto cultural.

En Nicaragua el desarrollo sincrónico de la capacidad político-militar del FSLN y la efervescencia de las organizaciones populares entre 1978-79 explica en gran parte el triunfo sandinista. En El Salvador, las asincronías entre el desarrollo del movimiento popular -fuerte en 1980-81 y débil en 1982-83- y el desarrollo de la capacidad político-militar de las vanguardias -débil en 1980-81 y fuerte en 1982 en adelante- explica la prolongación del conflicto en ese país.

Nuestra hipótesis es que el desarrollo desigual y asincrónico de los tres distintos componentes del nuevo sujeto histórico es una clave para entender la prolongación del conflicto y su evolución en el futuro.

La movilización de las masas no organizadas depende, según nuestra hipótesis, sobre todo del desarrollo del nuevo sujeto cultural, del cual forman parte ciertamente los organismos de los Frentes que elaboran la sustentación ideológica y ética de las propuestas políticas, pero también muchos otros organismos que han actuado como fuentes autónomas de ideologías y de ética y que son de carácter universitario, artístico, religioso, etc., sin olvidar las tradiciones culturales, reinterpretadas o no, de los sectores populares.

En esta situación, la cultura proletaria de las vanguardias tiene que "aliarse" con otras expresiones culturales también populares, consciente de que el pluralismo cultural es también una característica de la hegemonía del nuevo sujeto histórico. La emergencia del nuevo sujeto cultural depende entonces de una colaboración estratégica entre las múltiples fuentes de creación ideológico-cultural y no puede reducirse a la visión de la conducción del proceso popular como una "dictadura del proletariado". Por la misma razón, nuestro concepto del nuevo sujeto histórico en Centroamérica a las puertas del año 2000 difiere del concepto de "bloque histórico" propio de las sociedad europeas.

El grado de consolidación de las alianzas entre los frentes políticos revolucionarios, los movimientos sociales y las corrientes culturales nuevas varía fuertemente en el istmo, siendo mayor por supuesto en Nicaragua, más débil en El Salvador y Guatemala, apenas incipiente en Honduras y aún invisible en el pueblo costarricense. Es importante también no proyectar la experiencia post-triunfo nicaragüense al resto del istmo. El nuevo sujeto histórico centroamericano emerge desde diversos horizontes culturales: desde la conciencia de triunfo y la lucha por la sobrevivencia en Nicaragua, desde la incertidumbre del resultado de una larga lucha en El Salvador y la experiencia dura de la represión, desde la herida profunda de la aniquilación de una parte notable de sus fuerzas y desde el miedo que condiciona la persistente resistencia y fe en el futuro de Guatemala desde el incipiente proceso en Honduras. El querer analizar el año pasado lo que era común a toda Centroamérica oscureció estas grandes diferencias de horizontes culturales.

La afirmación de que emerge un nuevo sujeto social centroamericano no debe tomarse como a predicción de que los restantes países irán por los mismos senderos que Nicaragua; es más bien la predicción de que están emergiendo una nueva constelación de aspiraciones sociales entre las mayorías centroamericanas -dignidad, mínimo bienestar, libertad de opresión y represión del pasado...- que cuestionaran por el resto de este siglo las estructuras existentes y los programas reformistas incapaces de satisfacer estas aspiraciones.

Los factores decisivos

¿El factor político y ideológico son los decisivos? ¿Puede parecer idealista esta afirmación en un istmo tan crucificado por un conflicto tan prolongado y por la agudización de la crisis económica?

Consideramos el factor militar como el que domina sobre todos los aspectos de la vida centroamericana y el factor económico como el que, en última instancia, será determinante del camino que tomará loa región. Juzgamos el conjunto de factores políticos, culturales e ideológicos como decisivos, en el sentido de que influyen las variables que pueden romper el impasse centroamericano.

Son decisivos en cuanto a que hay margen en ellos para nuevas situaciones. Estas afirmaciones es coherente con lo dicho sobe la prolongación del conflicto militar, sobre el subsidio artificial y externo de las economías centroamericanas, sobre el callejón sin salida de la política exterior norteamericana en la región, sobre el desarrollo asincrónico de los tres componentes populares del nuevo sujeto histórico y sobre la inestabilidad de las propuestas reformistas de los partidos demócratas en El Salvador y Guatemala.

Pero frente a los acontecimientos de 1986 y a los resultados de recientes investigaciones en Nicaragua nos parece importante matizar nuestra afirmación del año pasado. Nos parece que el factor ideológico-político sigue siendo el decisivo en El Salvador y en Honduras, mientras que el factor económico adquiere una influencia cada vez más decisiva en Nicaragua y en Guatemala.

Nuestro análisis no realzó con suficiente fuerza la huella dejada por la represión en Guatemala. Es probable que las horrendas masacres, el masivo éxodo de la población, el acoso por hambre y desnudez, la indefensión de miles, haya dejado a una gran parte de la población, que en 1978-82 puso sus esperanzas en el proceso revolucionario y se comprometió con el, en una incapacidad temporal para participar organizadamente en la lucha. Esta situación no permite ver el factor político como el elemento decisivo en la resolución de la coyuntura guatemalteca.

Por otra parte, nos parece que la incapacidad del gobierno de Cerezo para solucionar los problemas económicos de fondo con reformas estructurales debido a su concertación con la burguesía -militar y civil- significa que el factor económico empieza a jugar un papel más determinante y decisivo.

En Nicaragua, el factor político-ideológico ha jugado un papel decisivo durante casi una década. Tan fuerte ha sido su papel que recientes investigaciones (ver envío, diciembre 1986) han revelado que el desgaste económico producto de la estrategia norteamericana no socava el apoyo político al FSLN ni estorba a la incorporación que hace el pueblo del mensaje económico sandinista que vincula el sufrimiento económico de las mayorías a la guerra impuesta por la Administración Reagan, y sólo en segundo lugar, a funcionarios del gobierno que no siguen las orientaciones de los dirigentes sandinistas. Junto con la interpretación de la guerra y de los éxitos de la política internacional del gobierno, los proyectos nacionales de la Constitución y de la autonomía para la Costa Atlántica reforzaron ideológicamente al pueblo nicaragüense durante 1986.

Todos estos signos positivos, sin embargo, pueden volverse agridulces si el gobierno sandinista no enfrenta con éxito la crisis económica. Más aún, con la anunciada derrota final de la contrarrevolución y con la posibilidad de un reacomodo de la política norteamericana a mediano plazo en forma de paz hostil hacia Nicaragua, la economía volverá con toda probabilidad a ser el factor decisivo de la coyuntura nicaragüense. El pueblo no aceptará tan estoicamente el peso de la crisis económica una vez que la intensidad de la guerra desaparezca. Por esto, la conversión de la capacidad de defensa en capacidad económica sin desmovilización de la tropa y la movilización del pueblo en torno de su sobrevivencia económica son tareas prioritarias en 1987, en preparación al posible reacomodo de la política exterior norteamericana hacia un proyecto más sutil pero no menos empeñado en la desestabilización del gobierno sandinista.

Si el factor económico figura como aquel donde los regímenes nicaragüense y guatemalteco pueden tener su talón de Aquiles, en El Salvador y Honduras, en cambio, hay signos claros de que lejos de disminuir, aumenta la significación decisiva de los factores político e ideológico. El pueblo salvadoreño quiere sobre todo la paz y el hondureño empieza a beber del pozo de su propia dignidad nacional. Estas dos aspiraciones populares encuentran su principal contradicción en el programa de contrainsurgencia norteamericana para la región. El cuestionamiento de "las democracias de peaje" que lideran Duarte y Azcona y el auge de la movilización popular enfrentando a "las economías de la AID" crean condiciones en que la lucha política e ideológica para articular el movimiento popular con una propuesta política de liberación nacional jugará un papel decisivo, aunque con unas consecuencias sociales diversas en los dos países.

Tendencias: ¿hacia dónde va Centroamérica?

El mosaico centroamericano ha sido trastocado, sobre todo en el segundo semestre del año, por una serie de acontecimientos que anuncien reacomodos políticos en la región y hacen que el futuro inmediato se vea bastante oscuro.

-Durante el primer semestre del año, la Administración Reagan ganó el apoyo bipartidista para la solución militar a la crisis centroamericana. Aunque ese consenso bipartidista fuera débil e inestable aportó $100 millones más para la contrarrevolución nicaragüense, legalizó la injerencia abierta de la CIA en Centroamérica, facilitó la continuación en Honduras de las maniobras como mecanismo de apoyo a los contrarrevolucionarios y como consolidación en ese país de una plataforma de contrainsurgencia equidistante de las vanguardias populares de Nicaragua, Guatemala y El Salvador.

-A mediados del año, Nicaragua con su propuesta de desarme regional, revitalizó a Contadora y aumentó la posibilidad de una alternativa latinoamericana de solución negociada para la región.

-El juicio de La Haya contra los Estados Unidos y a favor de Nicaragua fue un hito histórico en el reconocimiento de la autodeterminación de los pequeños países de la periferia.

-A lo largo del año, la presión de los Estados Unidos sobre los otros países centroamericanos hizo crecer su oposición al proceso pacificador de Contadora.

-Se profundizó el declive estratégico de la contrarrevolución nicaragüense con grandes implicaciones políticas para los gobiernos de Europa y de América Latina.

-Aumentaron en Honduras los movimientos sociales y aparecieron también movimientos políticos-militares que no han sido aniquilados.

-Disminuyó el accionar militar de la URNG y su influencia sobre la coyuntura guatemalteca.

- En marzo y a finales del año se intensificaron los incidentes fronterizos entre Honduras y Nicaragua.

-El prestigio político de Cerezo en Guatemala no ha disminuido tan rápidamente como se preveía.

-El desgaste de Duarte en El Salvador aumentó en proporción geométrica a la removilización de las masas.

-Han crecido y se han organizado más movimientos de masas en El Salvador y aparecieron brotes de un movimiento popular de protesta contra el gobierno de Duarte no identificado con el FMLN, y que es el embrión de una tercera fuerza política.

-Se produjo una distensión en las relaciones entre Nicaragua y el Vaticano.

-Continuó el florecimiento religioso entre las masas populares, particularmente en las sectas evangélicas.

-Creció en El Salvador la presión a favor del diálogo y la paz.

-Surgió en Honduras el inicio de un sentimiento nacionalista que tiene por base el rechazo a la presencia de los contrarrevolucionarios y de las tropas norteamericanas.

-En noviembre se produjo la victoria demócrata en el Congreso y el Senado norteamericanos.

-En Nicaragua, la Asamblea Nacional elegida a fines de 1984 aprobó la nueva Constitución de la nación.

-A finales del año estalló el escándalo Irán/Contragate debilitándose la Administración Reagan.

Esta es una serie de sucesos políticos cuya interpretación resulta compleja pero para que los reacomodos políticos que ya se han dado en los primeros 45 días del año 87 no generen exageradas esperanzas que solo quedarían frustradas a medida que avance el año, es preciso captar las tendencias de fondo que operaron tras de los contradictorios acontecimientos de 1986.

Doble eje de la coyuntura centroamericana: prolongación del conflicto militar y
agudización de la crisis económica

En la prolongación de un conflicto militar sin término calculable y en la agudización de la crisis económica que azota a la región está encerrada toda la gravedad de la coyuntura centroamericana. Los problemas que más afectan a las masas empobrecidas -la guerra y la miseria económica- definen el doble eje de la coyuntura centroamericana:

-Es un eje de lucha por la liberación nacional, definido no solamente como el proyecto de las vanguardias revolucionarias sino también como un intento mas amplio aunque difuso del nuevo sujeto centroamericano de recatar la soberanía nacional y liberarse del proyecto contrainsurgente norteamericano.

-Es un eje de crisis económica y de lucha en el campo de la diplomacia económica por conseguir las primicias de un nuevo orden económico internacional entre el Norte y el Sur que permitan la reconstrucción de una Centroamérica destruida y desarticulada después de diez años de conflicto.

Las luchas de liberación nacional

Todas las tendencias que señalábamos el año pasado en el factor militar se han reforzado. El declive estratégico de la contrarrevolución en Nicaragua y el empate militar en El Salvador desplazan los conflictos nacionales por una repartición más justa del poder y de los recursos hacia un conflicto más directo entre el nuevo sujeto histórico y el imperialismo norteamericano.

La militarización de la vida acentuó su carácter dominantes en la coyuntura centroamericana de 1986. La defensa predominante e incluso enfatizó su peso en el presupuesto nacional ante la práctica "declaración de guerra" que supuso la entrega de los cien millones. Los ejércitos hondureño y salvadoreño han ido tomando cada vez un mayor protagonismo en el gobierno de esos dos países al tener que gerenciar el proyecto norteamericano de contrainsurgencia, cuya preocupación central es la destrucción del FMLN y del FSLN más que el control de la crisis económica. En Guatemala, el ejército nunca cedió su control a los Coordinadores Interinstitucionales (aparatos de coordinación de las actividades del gobierno civil), ha recuperado su influencia en varios ministerios y prepara su vuelta a la dirección de los paralizados proyectos de desarrollo en el altiplano.

La prolongación del conflicto y el peso del proyecto contrainsurgente norteamericano sobre la población civil definen el eje de la coyuntura tanto en Honduras como en El Salvador.

En Honduras el eje de la coyuntura está atravesando por la problemática geopolítica de la región mas que por los propios problemas hondureños. Por un lado, los militares catrachos han utilizado la guerra de Reagan contra Nicaragua y la presencia de los contrarrevolucionarios para recuperar el poder civil tras la caída del General Gustavo Alvarez en 1984 y para modernizar su ejército, pues temen más la amenaza del ejército salvadoreño, tan potenciado por Estados Unidos, que la amenaza ideológica que les viene desde Nicaragua. Sectores del ejército hondureño ofrecen y retiran su apoyo a los contrarrevolucionarios nicaragüenses como mecanismo de chantaje para conseguir más y mas tecnología militar. Por otro lado, esta desnacionalización de Honduras ha provocado por primera vez desde la guerra en El Salvador hace 15 años un despertar del nacionalismo hondureño y brotes de protesta patriótica contra la presencia norteamericana/contra y contra el gobierno títere que las permite.

En Honduras este nacionalismo puede actuar como detonante de un estallido de las tensiones sociales que yacen en el inconsciente de los hondureños pobres, que son la mayoría. En este espacio político-ideológico abierto en el seno de las masas se juega la coyuntura hondureña en 1987-88.

En El Salvador, el empate militar -con ambos lados confiados en su futura victoria militar- ha producido una situación en la que el eje de la coyuntura se define como el intento, tanto del FMLN como del ejército, de abordar la solución del conflicto de una manera más integral. Prosiguen la guerra, pero cada vez mas dentro de una clave para ganar "los corazones y las mentes" del pueblo. El plan del ejército "Unidos para Reconstruir" y los intentos del FMLN de rearticularse con el movimiento de masas que resucita en las ciudades entre el medio y la represión muestran esta distancia.

La gravedad de la coyuntura salvadoreña se define cada vez más en el terreno de lo político-ideológico, no solamente por el reacomodo táctico de los dos ejércitos en contienda sino por el desmoronamiento del gobierno de Duarte, cuestionado por el sector privado, por la institución militar, por el renaciente movimiento de masas y, por supuesto, por el FMLN. Un conjunto impresionante de fuerzas nacionales se han ido acumulando contra el gobierno de Duarte. Para los estrategas norteamericanos oxigenar a este gobierno es crucial y va a presuponer un serio esfuerzo a lo largo de todo el año 1987.

La prolongación del conflicto ha tocado profundamente la identidad centroamericana y esa identidad es el motor del eje de lucha por la liberación nacional. Esto, aunque define la coyuntura, escapa a la percepción de los políticos de Washington. La identidad centroamericana está sufriendo una transformación profunda debido al trastocamiento de la moral cotidiana de las mayorías, a causa de la represión, de la crisis económica, de la interminable ola de cambios que se han producido en los últimos diez años. La complejidad de la nueva situación hace que los hombre de Washington desconozcan la importancia de la identidad centroamericana, a la vez que los mismos centroamericanos no hayan logrado aún dar nombre a la nueva cultura que nace entre el miedo y la esperanza.

Lo realmente nuevo en este campo del factor cultural-ideológico se ubica en el ámbito de la cultura de las masas. La espontaneidad de los movimientos sociales tiene su correlato en la espontaneidad de la expresión religiosa, que desborda los límites formales de la Iglesia Católica, y trasvasa hacia las sectas evangélicas, que se presentan como un remanso de paz en medio de las enormes tensiones vividas en la cotidianidad de la guerra, de los desplazamientos, del hambre y del éxodo de familiares a otros países. Este remanso puede ser una evasión, pero puede también ser un apoyo moral trascendente que da fuerza ante las inseguridades e incertidumbres que producen los profundos cambios sociales.

Esta interioridad cultural -y afrontar justamente la cotidianidad de la vida de los pobres, los momentos no heroicos de la vida-, es un elemento central para la definición de lo que será Centroamérica en el año 2000. Necesita de este tema de una investigación muy atenta por parte de cualquiera de las fuerzas políticas que pretenda captar el apoyo popular, porque en esta cotidianidad también crece el lastre de la cultura del norte, aún tan dominante y que penetra en formas cada vez más sutiles, especialmente por la masiva migración de casi un millón y medio de centroamericanos a los Estados Unidos en la última década.

El factor internacional está jugando un papel que condiciona cada vez más fuertemente el proceso centroamericano. El año pasado pronosticamos que la solidaridad internacional no iba a ser suficientemente fuerte como para impedir la escalda militar norteamericana. Los primeros nueve meses comprobaron nuestra hipótesis, pero con los fracasos de la Administración Reagan en Reijkiavik y en el escándalo Irán/Contragate y con las victorias de los demócratas en las elecciones de noviembre, la solidaridad internacional ha resucitado. El peligro para Nicaragua y para las vanguardias de Guatemala y El Salvador es el carácter de signo tan centrista que caracteriza esta tan reciente resurrección.

Nicaragua es por definición el polo donde se miden todos los esfuerzos y aspiraciones por la soberanía y la autonomía frente al poder geopolítico ejercido por Estados Unidos en la región. No hay que desestimar, sin embargo, la persistencia del nacionalismo guatemalteco al resistir las presiones norteamericanas para que sume su voz al coro de Costa Rica, Honduras y El Salvador, que cuestionan la solución pacífica ofrecida por Contadora. Más bien, Cerezo ha intentado reiteradamente jugar con su discrepancia frente la política militar de los Estados Unidos para captar recursos económicos en Europa y América Latina y para proyectarse como el líder de una Centroamérica prudentemente reformista y autónoma ante las presiones norteamericanas.

En toda la región, la tendencia más sobresaliente de este año respecto al factor político es la creciente vitalidad de los movimientos de masas, que no logran ser ni cooptados totalmente ni articulados en los programas de los sujetos políticos. Ni las burguesías, ni los gobiernos ni los movimientos revolucionarios consiguen encauzarlos totalmente. La razón de fondo nos parece el crecimiento a corto plazo del factor económico y de su peso en la coyuntura que, al agudizar el deterioro del nivel de vida de las mayorías provoca formas nuevas, espontaneas u organizadas, de resistencia social y de sobrevivencia económica.

En el caudal de la represión, del viejo mudo que genera la prolongación del conflicto, crece la sociedad civil y el nuevo sujeto social, aunque no crezca necesariamente su articulación con la sociedad política. A la pregunta: "¿A quien favorece más la prolongación del conflicto?", nuestra respuesta al empezar 1987 es que al pueblo como sujeto social más que a los vanguardias o a los gobiernos reformistas democráticos de El Salvador y Guatemala.

Estas nuevas formas de resistencia popular son posibles porque los modelos de "democracia de peaje" y el modelo revolucionario nicaragüense coinciden, al menos, en abrir -inevitablemente o intencionalmente, como concesión o como objetivo- nuevos espacios políticos como una respuesta a las demandas crecientes del pueblo centroamericano. Pero no hay que exagerar el impacto de esta vitalidad popular sobre la coyuntura en el corto plazo, justamente porque no está aun articulada con las fuerzas políticas.

El eje de la crisis económica y el costo real de la paz

El nuevo espacio en el que los gobiernos de Europa, los países latinoamericanos de Contadora y del Grupo de Apoyo, el Vaticano y, sobre todo el Partido Demócrata estadounidense puede empezar a tomar la ofensiva contra la política militar de la Administración Reagan se sustenta en el empate militar que se experimenta en la región y en la necesidad de los gobiernos de Guatemala, El Salvador y Honduras de distanciarse algo de su aliado norteamericano, si quieren enfrentar con éxito las protestas económicas y las presiones políticas de sus propios pueblos, que expresan cada vez con más claridad un gran cansancio por los costos del plan militar norteamericano de contrainsurgencia. En este contexto, la pérdida de solidaridad internacional hacia el FMLN y hacia la URNG a lo largo de 1986 adquiere una nueva importancia.

Los intereses de estos movimientos no estarán incluidos seguramente en el nuevo "paquete de paz" de los demócratas, que con toda probabilidad tendrá un signo de "paz hostil" hacia Nicaragua y de "pacificación intensificada" hacia El Salvador y Guatemala. A pesar de la ofensiva internacional que Nicaragua puede ganar siendo la sede de la reunión de la Unión Interparlamentaria Mundial (fines abril/87) y más aún, si consigue la presidencia del Movimiento No-Alineado, esto podría ser neutralizado si en esta coyuntura empieza a darse un lento proceso de reacomodo del plan republicano del "roll back" hacia un plan más tradicional de "contención" en Nicaragua y de "mano dura" en El Salvador y Guatemala.

Todas las iniciativas de paz que se han iniciado en 1987 se presentan con un carácter de aún muy provisional dado el difícil equilibrio que los países centroamericanos -con excepción de Nicaragua- están tratando de mantener sobre la angosta cuerda que supera los objetivos de la Administración Reagan de los demócratas. Más aún, cualquier avance de paz durante 1987-89 puede se socavado por la falta de reformas económicas internas y por la incapacidad de Europa y de Estados Unidos de costear con divisas la consolidación de su nuevo esquema centrista.

El récord que tiene el Primer Mundo hasta ahora y el casi inexistente movimiento hacia un Nuevo Orden Económico Internacional nos aconseja apostar por la prolongación del conflicto y por un aborto del programa de paz y de reformismo, aunque éste tendría que tener un espacio en el centro de la agenda centroamericana en estos años de recuperación popular tras un período de represión tan inhumana. El futuro de paz en Centroamérica está estrechamente ligado a la suerte económica del Tercer Mundo. Sin el avance de un nuevo orden económico no habrá una paz estable.

Los acontecimientos de 1986 comprueban la profundización de las tendencias señaladas en el análisis del año pasado. Lo sucedido nos ha obligado a reevaluar la importancia del factor económico en la coyuntura.

El subsidio y recolonización de las economías centroamericanas y los crecientes problemas económicos de refinanciamiento de las neo-colonias en El Salvador, Honduras y Costa Rica se han hecho patentes como el trasfondo de las tensiones políticas en estos países. A pesar de los esfuerzos de la AID por involucrar a la burguesía salvadoreña en el proyecto de costear la guerra y de Vinicio Cerezo por animar al sector privado a través de una concertación que les garantiza sus privilegios, las tasas de inversión privada en los dos países siguen siendo irrisorias. Por su parte, el flujo de dólares de la AID continuó creando más corrupción que disciplina e iniciativa en el sector empresarial.

De hecho, los dólares de la AID no habrían salvado a las neo-colonias económicas de una catástrofe en su economías y de mayor inestabilidad política si no hubiera habido, a la par, las remesas familiares y la actividad del sector informal urbano. En el análisis del año pasado ya señalamos la importancia de la tendencia a una creciente migración a Estados Unidos y al envío de dólares desde allí a los familiares residentes en Centroamérica. También, la del desarrollo del pequeño comercio y la artesanía en las grandes ciudades de la región.

Después de recientes investigaciones de la UCA de San Salvador -Universidad Centroamericana José Simeón Cañas- vemos que aún subvaloramos la tremenda importancia de estos fenómenos. El año pasado estimamos que las remesas familiares en El Salvador llegaron a $300 millones, que es el equivalente del 40% de las exportaciones totales del país. La investigación de la UCA indica que las remesas pueden llegar a ser del orden de los $1,000 millones, es decir, una cantidad muy superior a la de todas las exportaciones salvadoreñas y tres veces mayor que la ayuda económica de la AID. En estas remesas está el subsidio más importante de la economía neo-colonial.

Todo esto pone en cuestión la estrategia de desgaste económico del FMLN y clarifica la discusión sobre cómo se ha ido produciendo el empate político-militar en El Salvador. Con semejante río de dólares se puede mantener la normalidad económica en las ciudades, aún cuando el FMLN lograra un control absoluto sobre dos terceras partes del área rural. Ninguna situación puede ser más elocuente que ésta para indicar la injusticia del sistema económico internacional. Los 800 mil -1 millón de salvadoreños que trabajan por salarios por debajo de los mínimos legales en Estados Unidos llegan a generar más divisas -en remesas familiares- que toda la población económicamente activa de salvadoreños que trabajan en su propio país.

Los salarios totales ganados en un año por los 800 mil salvadoreños mal pagados en los Estados Unidos representan unos US$7 mil millones, unas dos veces todo el Producto Interno Bruto de El Salvador. A pesar del esfuerzo del gobierno de Estados Unidos por expulsar a los trabajadores salvadoreños que llegaron después de 1982 y que son las mayoría, esta tendencia crecerá en el futuro. Este nuevo "canal humano" que conecta a El Salvador con los Estados Unidos con un flujo constante de dólares está "panameñizando" la economía salvadoreña más rápidamente que lo que hicieron el canal y los bancos en Panamá.

El fenómeno de las remesas familiares es, por otra parte, una respuesta popular a la injusticia del mercado internacional que subyace en toda la crisis centroamericana. Como señalamos ya en la introducción, el eje de la crisis económica se constituye como el centro de la gravedad de la coyuntura en Guatemala y en Nicaragua, los dos países que muestran un buen grado de soberanía política (Guatemala frente a los Estados Unidos y Nicaragua frente a la Unión Soviética). Estos dos países, los que más apoyan la solución pacificadora de Contadora, enfrentarán un año difícil buscando en el apoyo financiero internacional la solución para su sobrevivencia.

Pero mientras Nicaragua buscará estos fondos para sostener su reforma agraria y la creciente participación de las mayorías en el destino nacional, Guatemala los buscará para consolidar una salida centrista de contención a la revolución centroamericana, en la que se excluya la posibilidad de las reformas económicas y la participación de un nuevo sujeto histórico en las estructuras de poder económico y político.

Desde el punto de vista de un campesino pobre, nada puede ser más diferente que la "vía guatemalteca" y la "vía nicaragüense". La perspectiva del campesinado pobre es el test crucial del significado de las palabras "democracia y desarrollo" en una región donde esta clase social ha pagado siempre los costos más altos en cada nueva crisis económica y ha sufrido mas agudamente que ninguna otra el azote militar y la debilidad de la participación democrática.

El eje de la lucha por la liberación nacional empuja a todos los países centroamericanos a buscar la soberanía que exige el nuevo sujeto histórico y el eje de la crisis económica los empuja a tomar partido en la creación de un Nuevo Orden Económico Internacional. A lo largo de 1987, la autodeterminación nacional, la suerte de los pobres y el debate sobre "las dos vías" seguirá siendo el contenido detrás de toda la discusión política y diplomática coyuntural.

El horizonte desde el que emerge el nuevo sujeto histórico es de miedo y de paciencia, pero también es de vitalidad y de coraje. El pueblo ha sufrido mucho y sectores numerosos de el no están dispuestos ya a conformarse con un retroceso político a la situación que existía antes de los estallidos revolucionarios. La prolongación del conflicto ha favorecido al nuevo sujeto histórico emergente, no necesariamente porque en todos los países vayan avanzando las vanguardias sino porque la sociedad centroamericana de hoy es muy diferente a la de hace 10 años y nadie puede dejar de contar ya con el desarrollo en el pueblo de nuevas fuerzas sociales y de nuevas formas de lucha, aunque el ritmo de articulación con las de los sujetos políticos y culturales sea muy desigual. Por todo esto, aún en medio del conflicto, el proceso de reconstrucción de Centroamérica ha comenzado ya.

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