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  Número 408 | Marzo 2016
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América Latina

¿Carecen de “lactosa” las izquierdas latinoamericanas?

¿Estamos asistiendo al final del ciclo de los gobiernos progresistas en América Latina? ¿O es, más bien, su agotamiento? ¿No será que, más allá de sus discursos anti-imperialistas, la apuesta extractivista y de exportación de materias primas con una plena inserción en la economía global los ha ido alejando de los movimientos de izquierda que los originaron?

Eduardo Gudynas

En los últimos meses está en marcha un cambio sustantivo en los debates políticos sudamericanos.

Mientras las izquierdas que no participan de los gobiernos están afinando sus cuestionamientos, manteniéndose claramente diferenciadas de los reclamos conservadores, desde presidentes y vicepresidentes, pasando por ministros, hasta conocidos apoyos intelectuales, los gobiernos progresistas latinoamericanos han endurecido notablemente sus críticas a esas izquierdas. La situación es bien conocida en Ecuador. Desde el poder esas izquierdas han sido criticadas, ridiculizadas y hostigadas.

Las críticas han escalado en intensidad y ahora se las trata de revestir y justificar desde un nuevo discurso. Uno de los ejemplos más claros se escuchó en Quito en septiembre, en el discurso del Vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera en el Segundo Encuentro Latinoamericano Progresista. En ese cónclave, el Vicepresidente pidió permiso para criticar a lo que denomina como “izquierda deslactosada”, un término que más o menos equivale a la etiqueta “izquierda infantil” que se ha usado en Ecuador.

En unas pocas líneas, García Linera, describe así a la izquierda deslactosada: son unos perfumados, descafeinados, les espanta el “olor” de la plebe o el “lenguaje guerrero”, les incomodan los ruidos de la calle o las barricadas. Son radicales o seudoradicales, seudoizquierdistas, abstractos, timoratos, inoperantes, arrepentidos y cómplices. Serían apenas observadores desde un balcón, de un café o en el descanso del fitness matinal, que analizan mirando televisión y la única revolución que conocen es de un documental de History Channel. Tienen buenos salarios, pero “no tienen ninguna medida concreta” ni propuestas prácticas enraizadas en los movimientos sociales”.

¿ES VÁLIDA ESTA METÁFORA METABÓLICA?


Según esa evaluación, la izquierda deslactosada sería una cosa espantosa. En esos pocos renglones hay por los menos 21 descalificaciones, casi todas adjetivaciones, y pocos argumentos. Ante ese tipo de evaluación, sólo es posible una reacción un poco en serio y un poco en broma.

Comencemos por precisar ese adjetivo de la lactosa para referirse a la izquierda. La lactosa es un azúcar, conformado por una asociación entre glucosa y galactosa, presente en la leche materna de los mamíferos. Se ha vuelto conocida por la intolerancia que algunas personas tienen a esa molécula, lo que ha promovido la venta de leches deslactosadas.

Cuando García Linera se lanza contra los deslactosados estaría introduciendo en la política una metáfora bioquímica que permitiría identificar dos posiciones. Una que sería muy buena, la desplegada por los gobiernos progresistas, la que tendría mucha lactosa. Y otra, la de los reclamos supuestamente marginales de una izquierda extra-gubernamental, deslactosada o diet.

Sea por esta vía o por otra nos quieren llevar a una discusión donde la lactosidad reemplazaría otros componentes clásicos de los debates políticos en el gran campo de la izquierda. Seguramente, el camino del análisis metabólico no tiene mucho sentido, pero aún si se lo aceptáramos, podría argumentarse que la situación actual es seguramente la inversa. Porque son los progresismos los que se han quedado sin energéticos, se han deslactosado. Y en los ámbitos de las izquierdas plurales e independientes es donde todavía persisten las energías, las fuerzas, para proponer y buscar los cambios.

ATRAPADOS
EN UN DESARROLLO EXTRACTIVISTA


Para fundamentar que la falta de azúcar está en otro sitio es necesario precisar que las izquierdas democráticas, plurales e independientes, han centrado sus cuestionamientos sobre las estrategias de desarrollo de los progresistas o sobre sus modos de entender la política.

Los progresismos sudamericanos actuales han quedado atrapados en estilos de desarrollo que, más allá de sus cambios -muchos de ellos positivos-, siguen basados en el extractivismo, en la exportación de materias primas, en la explotación de los recursos naturales, en los sectores primarios y por eso sufren una amplia gama de impactos, manteniendo su dependencia de la globalización. Esto les ha obligado a reajustar las prácticas políticas de manera que puedan, por un lado, mantener sus conocidas medidas de amortiguación social, y por otro lado, aplacar, detener o impedir que la movilización social ponga en riesgo esos extractivismos. Es una apuesta que, sin duda, no es la neoliberal, pero que desembocó en regímenes políticos sustancialmente diferentes a las ideas de las izquierdas que los originaron.

Toda la maquinaria de la apuesta progresista sólo es viable mientras el Estado logre capturar márgenes adecuados de excedentes. Los gobiernos necesitan financiarse para sostenerse a sí mismos -no es un dato menor, porque el empleo público se multiplicó en casi todos los países progresistas-, y simultáneamente necesitan mantener programas de compensación social.

El motor principal para lograr estos equilibrios han sido los extractivismos: la minería, los hidrocarburos o los monocultivos. En lugar de buscar nuevas opciones, los progresistas optaron por profundizar todavía más su dependencia extractivista, por más que se acumula la evidencia sobre sus graves impactos sociales o ambientales, sus costos económicos escondidos y la dependencia de compradores o inversores internacionales. Y por eso rebajan los controles ambientales y sociales, ofrecen cuantiosos subsidios y contratos secretos o reprimen la protesta ciudadana contra el extractivismo.

QUÉ DICEN LAS IZQUIERDAS


Los progresismos sostienen que no se puede caer en la “trampa” de los deslactosados, quienes reclamarían dejar en “seis meses lo que ha durado siglos”, como afirma García Linera. A mi modo de ver este tipo de afirmaciones parte de una lectura incorrecta de la realidad.

No conozco a nadie que plantee dejar los extractivismos en meses, ni siquiera en unos pocos años. Lo que se exige es la necesidad de entender que no puede insistirse en ese tipo de desarrollo, que deben pensarse cambios y comenzar a ensayarlos y para ello se proponen salidas paulatinas. Nadie insiste, por ejemplo, en prohibir toda minería, sino en enmarcarla bajo verdaderos controles y en apropiarse solamente de los recursos que realmente se necesiten dentro de la región. Desde la metáfora metabólica, son las izquierdas las que tienen mucha lactosa porque aceptan el riesgo y el desafío de imaginar otra economía para superar la dependencia de la globalización.

Los progresistas también afirman que sólo podrían abandonar los extractivismos si se da un cambio planetario, una renuncia global al capitalismo o una revolución que rompa con el desarrollo actual en todos los países y más o menos simultáneamente. Este tipo de ideas sí que son ingenuas. Es aguardar a que los alemanes o los chinos, todos a la vez, se iluminen repentinamente para cambiar sus estilos de vida, sus apetencias consumistas y su comprensión de la economía y la política.

Los latinoamericanos no podemos seguir esperando por todo eso, debemos comenzar a cambiar. Eso es lo que dicen las izquierdas. Por ejemplo, se deben iniciar desenganches selectivos de la globalización en paralelo a fortalecer redes productivas regionales en el continente.

HAY ALTERNATIVAS, MOVILIZACIONES,
DISCUSIONES Y ENSAYOS


Muchos progresistas acusan a las izquierdas de no tener propuestas de alternativas o de vivir en una especie de ilusión alejada de la realidad. “No tienen ninguna medida concreta, ni una sola propuesta práctica enraizada en el movimiento social”, dice García Linera.

Lo que está sucediendo es muy diferente. Tanto en los países andinos como en el Cono Sur se han planteado y se discuten todo tipo de alternativas a los extractivismos en particular, y a la dependencia basada en vender materias primas en general. Baste un ejemplo: fue la sociedad civil ecuatoriana la que innovó al proponer una moratoria petrolera en la Amazonía. Esta iniciativa finalmente no cristalizó, pero hoy los científicos que estudian el cambio climático dan la razón a esta propuesta cuando afirman que se debe mantener aproximadamente el 80% de los hidrocarburos bajo tierra para asegurar la vida en el planeta.

Hay más ejemplos. Hay economistas que alertan sobre la des-industrialización generada por un boom exportador de commodities y proponen industrializaciones alternativas, especialmente encadenadas con la economía agropecuaria. Otros han explorado sistemas tributarios alternativos. Hay redes de grupos y organizaciones, reuniones, seminarios, libros y artículos dedicados a las alternativas a los extractivismos, incluso a una reflexión específica de vías de salida transicionales de la adicción a exportar bienes primarios.

Esta apretada lista muestra la existencia de múltiples discusiones y ensayos, tanto conceptuales como prácticos. Se podrá estar de acuerdo o no con sus contenidos, pero no puede decirse que no existen. Ahí hay espacios repletos de energía e innovación. Los progresismos, en cambio, no han generado ideas alternativas al desarrollo. Es difícil saber si los progresistas no entienden toda esa discusión sobre las alternativas o si no les queda más remedio que ignorarlas y declamar que no existen, ya que si las aceptaran se verían obligados a comenzar a pensar en cambiar sus propias prácticas.

¿DÓNDE ESTÁN LAS CONTRADICCIONES?


Tanta insistencia en raras metáforas metabólicas disimula la paulatina desaparición de una categoría fundamental en los análisis políticos: las contradicciones. El estudio de las contradicciones era clave en las izquierdas de antes, desde abordajes simples sobre los contrastes entre lo que dicen los gobiernos y lo que realmente hacen, hasta los complejos análisis de coyuntura que ofrecían los sindicatos y las ONG de base popular. En cambio, el progresismo sudamericano actual no nos habla de contradicciones, sino que nos presenta floridas metáforas y adjetivos. Desde esa mirada, los problemas estarían únicamente en los infantilistas y los deslactosados por un lado, y en los conservadores y la derecha por el otro.

A pesar de esos intentos de interpretación de la realidad, entender las contradicciones sigue siendo fundamental. Permitiría comprender mejor las fenomenales tensiones que existen entre la organización de la producción al estilo progresista y su inevitable dependencia comercial como proveedores de materias primas, lo que impone estructuras y dinámicas de acotadas variedades de capitalismo.

Y es que, más allá de los discursos anti-imperialistas, si la inserción económica de América Latina se da dentro de la economía global, los actores tienen que aceptar y comportarse bajo sus reglas de funcionamiento. Y por eso, se volverán cada vez más interesados en aumentar la rentabilidad, en esquivar los impuestos, en externalizar los impactos ambientales, en dejar para mañana las demandas sindicales, en pagar comisiones…

Están ahí múltiples contradicciones que deben ser puestas en evidencia para evitar caer en trampas, en generar desigualdades por otros medios o en destruir la Naturaleza. Veamos, por ejemplo, si no es cierto que una empresa estatal para ser “exitosa” no tiene más remedio que ser tan contaminante, despiadada, explotadora o corrupta como una corporación transnacional. El análisis de las contradicciones es el que sirve para determinar si la dominación de unas personas sobre otras y sobre la Naturaleza se ha detenido o si sigue su marcha.

HAY MUCHA ENERGÍA
EN LAS IZQUIERDAS INDEPENDIENTES


Otro cuestionamiento frecuente es sostener que las izquierdas son socialmente marginales o minúsculas. García Linera afirma que el “pseudo radicalismo abstracto o inoperante” no apuntala “ninguna” movilización ni “refuerza la acción colectiva”.

La realidad es otra. Las izquierdas independientes, democráticas y plurales están lado a lado, hombro con hombro, con comunidades que padecen serios problemas sociales y ambientales en varios países. Esa interacción permite que se hagan explícitos impactos que gobiernos y empresas quieren ocultar, sirven para defender derechos ciudadanos y son una barrera contra la corrupción. Y no sólo eso, sino que en esas comunidades se escuchan relatos donde son los progresistas en los gobiernos quienes están recluidos en sus oficinas y poco o nada saben de lo que realmente sucede hoy en día en las calles o en las comunidades.

La actual renovación de la confluencia entre grupos organizados es la que potencia movilizaciones desde hace ya un buen tiempo, como lo fueron las marchas ciudadanas en defensa de la Naturaleza ocurridas en distintos países andinos, como la liderada por la CONAIE en Ecuador o las del TIPNIS en Bolivia. Esas y otras movilizaciones fueron rechazadas por los progresistas, quienes además acusaron a las organizaciones que las apoyaron de estar politizando a indígenas y campesinos. Parecería, dado el peso de esas movilizaciones, que las ONG son tan, pero tan poderosas, que deben ser vigiladas y controladas estrechamente por los gobiernos, extremo que está alcanzando gran intensidad en Bolivia...

Ante la realidad, se vuelve difícil entender las palabras de los progresistas. Por un lado, el progresismo gobernante insiste en que los deslactosados son incapaces de incidir en la movilización ciudadana. Y por otro, afirman que, como son tan, pero tan poderosos, que necesitan ser controlados.

EL AGOTAMIENTO
DE LOS GOBIERNOS PROGRESISTAS


¿Llama la atención estas dos ideas contrarias? Posiblemente no. Y es porque este tipo de contradicciones se han vuelto comunes y ya se hacen evidentes para amplias mayorías. Es ése precisamente uno de los signos de la energía menguante de los progresismos. Por tanto, no estamos ante el final de un ciclo, sino ante su agotamiento. Les resulta cada vez más difícil encontrar nuevos argumentos, y por eso no les queda más remedio que apelar a otros recursos: campañas de publicidad, raras metáforas, repetidas adjetivaciones y, cuando se puede, algunas burlas.

¿Sería la lactosa la medida, tanto para las ideas políticas como para las prácticas de los gobiernos? ¿Tendremos que implantar un lactosómetro político? Me resisto a caer en esos extremos. ¿No existen palabras más adecuadas o ideas más precisas para explicar lo que está pasando? Sin duda que sí.

En esa actitud deben estar las izquierdas que, para relanzarse, deben usar los mejores términos y conceptos posibles y referirse siempre a problemas reales y no ficticios. Izquierdas que defiendan sus ideas y disientan si es necesario, con respeto y con argumentos. Porque la gente no es tonta y es eso lo que espera.

INVESTIGADOR EN CLAES (CENTRO LATINOAMERICANO DE ECOLOGÍA SOCIAL) CON SEDE EN URUGUAY.

TEXTO APARECIDO EN WWW.REBELION.ORG




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