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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 406 | Febrero 2016
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Centroamérica

Migrantes: desobedientes en el mercado, ciudadanos en el consumo

Migrantes documentados, también indocumentados, crean la demanda que sólo su mano de obra satisface. Son la demanda y la oferta potenciándose y legitimándose mutuamente. Su poder adquisitivo les abre espacios en el mercado y les hace consumidores en cantidades considerables. Construyen así ciudadanía económica y también ciudadanía política. Tal vez no votan en las urnas, o no pueden hacerlo, pero votan con sus billeteras.

José Luis Rocha

El terreno del consumo ha sido denostado por razones intelectuales y morales. Se le asocia a la falta de sapiencia y a la abundancia de vicios. Una extendida corriente, que se nutre de las censuras que la tradición del pensamiento cristiano vertió sobre el comercio y el dinero, ha regresado una y otra vez en la historia de las ideas y de los sistemas políticos. La visión más negativa razona a partir de las binas consumo / alienación y consumo / conformismo, formulaciones modernas del clásico “pan y circo” para gobernar a la plebe. El saldo es una tradición que ha solido desdeñar e incluso demonizar el consumo y que ha tenido éxito en popularizar esta visión.

UN TERRENO DE LA LUCHA DE CLASES


En el lenguaje cotidiano, señala Néstor García Canclini, “el consumo se asocia generalmente con gastos inútiles y compulsiones irracionales”. Y, aunque a Lipovetsky no le faltan hallazgos acertados en su caracterización de la sociedad del hiperconsumo, se le advierte un mal disimulado moralismo homilético -de tinte aristocrático- cuando denuncia que “el vivir mejor se ha convertido en una pasión de masas” y que el hedonismo ha suplantado a las militancias políticas, la fiebre del confort a las pasiones nacionalistas y las diversiones a la revolución”. Varones preclaros vienen ejerciendo su labor de comisarios políticos al denunciar a las masas consumistas. Según Rancière, antes las presentaban seducidas por los electrodomésticos y por un sistema que las explotaba y al mismo tiempo alimentaba sus sueños. Ahora denuncian a los individuos como responsables de la tiranía democrática del consumo.

García Canclini también da cuenta del surgimiento de una tendencia opuesta y se hace eco de los estudios de ciudadanía cultural, línea que ya había sido impulsada por el jesuita Michel de Certeau en su estudio sobre la vida cotidiana francesa contemporánea, donde rechazó el mito del consumidor pasivo y destacó el “consumo como producción”, es decir, resaltó la creatividad de la gente para adaptar los productos de producción masiva, desde los muebles a los dramas de la televisión, a sus necesidades personales.

Así se rescatan argumentaciones como las de Manuel Castells cuando afirma que el consumo es otro terreno del conflicto de clases, enraizado en la desigual participación en la producción, que se extiende a la distribución y a la apropiación de los bienes. El desplazamiento del escenario y la motivación de la tercia entre poderosos y dominados no había sido exclusivamente la fábrica y el salario -que de hecho es poder adquisitivo-, sino también el mundo del consumo, al menos desde la Comuna de París en 1871 y las huelgas de Glasgow en 1915.

Ambos sucesos empezaron como huelgas de alquileres contra la especulación inmobiliaria. Lamentablemente, su reconstrucción histórica fue muy ideologizada por el mismo Marx y por los corresponsales de quienes dependía para informarse. Así fue como una revolución municipal, provocada por una huelga de alquileres, dirigida en parte por mujeres, fue transmutada en una proto-revolución proletaria, a pesar de que el París de aquella época -con pocos obreros industriales entre sus habitantes- no daba de sí para esa elaboración. Quizás por la fuerza inercial de este pecado original, según García Canclini, los estudios marxistas sobre consumo continúan exagerando la fuerza determinante de las corporaciones sobre consumidores y audiencias.

CONSUMIR ES UNA ACCIÓN POLÍTICA


No hay que olvidar que Marx nos puso sobre la pista de la fuerza compulsiva de las actividades materiales para conocer lo que estaba ocurriendo en la política más allá de sus epifenómenos. Sentó las bases para ocuparse del consumo por las mismas razones que para ocuparse de la producción. Consumir es competir por lo que la sociedad produce. El consumo nace político desde el momento en que está vinculado a la lucha por el salario. Y su carácter político es bastante explícito, en un sentido convencional, cuando los candidatos en las contiendas electorales ofrecen reducir la inflación, ampliar el acceso al crédito y bajar la carga tributaria.

El consumo es actualmente un espacio de interacción donde los consumidores no son receptores pasivos, seducidos por los cantos de sirena de la publicidad. Hay muchas formas de explorar esa interacción. Una es destacar la relevancia que para el tema de la indocumentación tiene la relación ciudadanía / consumo. La ecuación ciudadanía = consumo no es enteramente falsa, pues -por poner un solo ejemplo- el acceso y consumo de ciertos bienes culturales (libros, canciones y programas de televisión en inglés) abre oportunidades de integración en una sociedad donde el dominio del inglés es tan importante o más que un pasaporte estadounidense. Recordemos que los agentes del ICE detienen a estadounidenses que presentan su pasaporte pero no hablan inglés y a la recíproca que también ocurre: indocumentados que hablan inglés pasan los check points sin mostrar sus documentos.

Pero esa ecuación no basta. El consumo es también una base para practicar la desobediencia civil. Y las decisiones de los indocumentados sobre dónde vivir y qué comprar son un poderoso estímulo económico al que los políticos reaccionan. Ahí estriba su fuerza constructiva y confrontativa. Mike Davis reflexionó sobre los cambios que en sus viviendas realizan los latinos como un trabajo de transformación y apropiación del paisaje urbano de Los Ángeles, versión latina de la apropiación del espacio que en 1927 protagonizaron los afroamericanos comprando lotes y organizando fiestas en la playa de Santa Mónica. Ambos son casos de desobediencia civil en el consumo: el de los afroamericanos por usufructuar una playa tradicionalmente de blancos y el de los latinos por remodelar viviendas siendo indocumentados, lo que significa estarles prohibida no sólo esa área sino todo el país.

EL ASESINATO DE SELENA
Y EL DOCUMENTAL “WHO IS DAYANI CRISTAL?”


Los latinos que viven en Estados Unidos representan un mercado de consumo importante, lo que ha tenido y sigue teniendo consecuencias para la situación de los latinos, como ha destacado la académica Frances Negrón-Muntaner: “Nadie lo sabía entonces, pero en 1995, cuando la cantante Selena Quintanilla fue asesinada por Yolanda Saldívar, presidenta de su club de fans, a pesar de lo trágico del episodio, la explosión de visibilidad que tuvo este hecho dio a muchos latinos un nuevo sentido de optimismo, posibilidades y autoestima. El editor de la revista People, por ejemplo, conoció del apetito por la ciudadanía cultural de más de 30 millones de latinos -y de sus 190 millones de dólares de poder adquisitivo- cuando vendió en 24 horas casi un millón de ejemplares del número especial dedicado a Selena. En aquel momento, el capital y el anhelo de reconocimiento de los latinos se unieron en un apretado beso de posibilidades”.

Entre aquel boom y las posiciones públicas de cantantes y actores frente a las políticas migratorias existe un vínculo bastante nítido. Cuando la gobernadora de Arizona Jan Brewer firmó el 23 de abril de 2010 la ley anti-inmigrante SB 1070, los latinos no acataron la ley de brazos cruzados y en silencio y por Internet circularon llamados a boicotear a Kimberly Clark, la compañía que produce Scott, Kotex y Huggies, por sus vínculos corporativos con el representante republicano James Sensenbrenner, autor de la ley HR-4437 de 2005, más conocida como ley Sensenbrenner. Shakira, Ricky Martin, Gloria Estefan, Marco Antonio Muñiz, Danny Rivera y Paulina Rubio se unieron a la campaña, que contó con agudos comentarios críticos de Eva Longoria, Gael García Bernal y George López. Los años en que los inmigrantes agachaban la cabeza y obedecían la ley sin protestar habían quedado atrás
.
Se vio así en acción la fuerza latina -también la de millones de indocumentados-, aunque no en el sistema productivo, sino en el del consumo. Una de las más recientes intervenciones de la industria del entretenimiento en favor de los indocumentados fue el film Who is Dayani Cristal? (2013), protagonizada por Gael García Bernal.

El documental narra la historia de un migrante hondureño que murió en el desierto de Sonora, en el condado de Pima, tras haber cruzado la frontera. La historia es reconstruida a partir de la repetición de su itinerario, datos de los forenses y el enigmático tatuaje que llevaba en su piel, Dayani Cristal, nombre de una de las hijas de este hombre. Tras el clamoroso éxito obtenido con el documental, el web site se convirtió en una plataforma para la recolección de historias de otros migrantes, la localización de migrantes desaparecidos, la lucha contra el sistema de detención y deportación, la recaudación de fondos para las organizaciones que en Tucson asisten a los indocumentados en el albergue “Hermanos en el camino” y para el lobby en favor de la emisión de visas de trabajo.

HABLA ÓSCAR DE LA HOYA


El beso entre el capital y las oportunidades de los latinos -con su efecto en declaraciones sobre las políticas migratorias- lo podemos percibir también en el deporte. El boxeador estadounidense de origen mexicano Óscar de la Hoya, cuyos ingresos dependen del mercado latino, dice en sus memorias: “En mi pelea de 2006 contra el nicaragüense Ricardo Mayorga, yo llevaba una propuesta para las próximas elecciones en mis shorts, solidarizándome con los trabajadores indocumentados”.

Con propuestas semejantes a las del Migration Policy Institute, aunque con una actitud más amigable hacia los indocumentados, De la Hoya insiste en sus responsabilidades “como alguien que está atrapado en medio del tema más candente del país: la inmigración. No puedo darle la espalda a un problema que afecta a tanta gente cuyas raíces son iguales a las mías... El sistema actual no está funcionando y hay mucho caos en la frontera. No estoy diciendo que abramos las puertas y permitamos que lleguen todas las personas que quieran, pero tampoco estoy de acuerdo con que las cerremos de manera permanente. Muchas de las personas que intentan cruzar la frontera sólo quieren trabajar y tener un mejor futuro para ellos y sus familias. Es cierto que hay algunas manzanas podridas que se encargan de darle una imagen negativa a los inmigrantes, y en ese caso deberían castigarlas con severidad. Lo más adecuado sería deportarlas.

Propongo una estrategia más diplomática para los demás… Si quieren venir a trabajar, deberíamos darles documentos para que lo hagan por seis meses y luego podrían permanecer otros seis meses más. Si después de un año se han comportado como buenos ciudadanos, han pagado sus impuestos y contribuido a la economía, podrían comenzar a solicitar la ciudadanía. Todas las personas deberían tener derecho a esa posibilidad. En cuanto a los inmigrantes ilegales que ya están aquí, creo que no deberíamos deportarlos”.

“No estoy diciendo que debamos sellar sus pasaportes y olvidarnos de su pasado, sino encontrar la forma de legalizarlos, de darles la oportunidad para que se incorporen al sistema, reciban la ciudadanía y puedan seguir viviendo el sueño americano… Sacar a los inmigrantes de su escondite sería un logro valioso para todos los americanos, pues eso traería seguridad para los inmigrantes indocumentados y para todo el país…Creo que la gente de este país se beneficiaría. Creo que la economía también se beneficiaría, así como los diversos organismos encargados del cumplimiento de las leyes, la salud y la educación”.

MIGRANTES: UN AMPLIO NICHO DE MERCADO


De la Hoya intenta situarse en un punto intermedio entre una posición no desfavorable a la migración y las exigencias de la legalidad. Repite clichés que todos saben falsos, como “sacar a los inmigrantes de sus escondites” y sostiene un discurso que tiene buena acogida en un público masivo que simpatiza con él.

Sin menoscabo de que sus raíces mexicanas lo vuelvan sensible al tema y moldeen su opinión, no podemos negar que sus declaraciones también tienen una inspiración financiera. Óscar de la Hoya cuenta que Richard Schaefer, banquero de origen suizo, decidió convertirse en su asesor financiero, según le dijo, “para involucrarme en la oportunidad tan maravillosa que tienes de ser un verdadero icono mexicanoamericano y captar el creciente mercado hispano de este país como nadie más puede hacerlo”.

Y añade: “Era consciente del creciente poder adquisitivo hispano en los Estados Unidos y pensaba que yo tenía un doble atractivo para los consumidores anglosajones e hispanos por ser mexicanoamericano”. Bajo la dirección de Schaefer, el boxeador invirtió en equipos y revistas deportivas, marcas de tequila, la cadena televisiva hispana Univisión, Frontera Productions -empresa cinematográfica cuya clientela es el público hispanohablante- y la corporación ImpreMedia, propietaria de los periódicos Hoy Nueva de Nueva York, La Opinión de Los Ángeles, La Raza de Chicago, El Mensajero de San Francisco, La Prensa de Orlando y Tampa, la cadena de periódicos Rumbo de Texas, y El Diario La Prensa de Nueva York, fundado a inicios del siglo 20, el periódico hispano más antiguo de Estados Unidos. Entre las inversiones futuras hay un banco y una compañía de seguros para hispanos. Las declaraciones de Óscar de la Hoya y sus inversiones son una romana muy apropiada para medir el peso económico que tienen los migrantes latinos como nicho de mercado.

UN MERCADO EN ERUPCIÓN:
“EL SABOR DE LO NUESTRO”


El trabajo de campo que he hecho me ha permitido ponderar ese peso. Las jornadas con indocumentados siempre incluyeron numerosas escalas técnicas como clientes en ferreterías, cadenas de fast food, comedores de cocina centroamericana, supermercados y grandes almacenes de ventas al por menor. Todos eran negocios donde los latinos constituían la nutrida clientela.

Dependiendo de la ubicación geográfica, los centroamericanos podían ser mayoría absoluta. Los desayunos en el 7 Eleven eran de rigor. El cafecito guatemalteco y las quesadillas salvadoreñas estuvieron presentes en casi todas mis excursiones urbanas con indocumentados. “En todos los 7 Eleven hay siempre un montón de gente -me cuenta Fredy Melgar-. Y más en el tiempo en que hace frío. Yo no he probado café tan bueno como el que hay allí. Yo le echaba leche, le echaba crema y esa cosita que huele sabroso, la vainilla. Yo iba ahí todas las mañanas a buscar trabajo, a esperar a que alguien me buscara”. Esta cadena es un Latino restaurant, gringo bar. Y su parqueo funciona como bolsa de empleo.

En barrios, ciudades y condados donde los centroamericanos tienen un notable peso demográfico, con clientela y motor de una economía pujante con algunos rasgos de enclave. Las calles cercanas al MacArthur Park en Los Ángeles están salpicadas de panaderías centroamericanas que venden alfajores salvadoreños, semitas hondureñas, champurradas guatemaltecas y polvorones nicaragüenses. En Hempstead (Long Island, New York) son comunes las tiendas con nuégados y chocobananos salvadoreños. En San Francisco los comedores nicas ofrecen nacatamales, lengua en salsa y queso chontaleño. En Pico Union algunas tiendas de abarrotes anuncian con despliegue “Deliciosa chicha nicaragüense”. Las riguas salvadoreñas y las baleadas hondureñas abundan en varios condados de Virginia y Maryland.

La incursión en un supermercado con Gisel y Yadira fue una oportunidad para presenciar el atractivo de la que llamaré “la canasta básica del recuerdo”, compuesta de los productos de “allá” a los precios de “acá”: jocotes, aguacates, frijoles rojos, cuajada, rosquillas, marquesotes, quesadillas… A los manjares consuetudinarios hay que añadir los ocasionales almuerzos, las visitas de fines de semana y las celebraciones con familiares y amigos en los restaurantes que sirven el “nostalgia menú”: mojarras, catrachos, fajitas, sopa de mondongo, plátanos fritos, atol…

Los centroamericanos, como otros grupos étnicos en Estados Unidos, han conseguido reproducir su dieta en el país al que migraron. Antes el made in USA era un imán para los consumidores centroamericanos. Y sigue siéndolo para los que están en Centroamérica. Pero los que migraron demandan el “sabor a lo nuestro” y pagan hasta 2.89 dólares por un paquete congelado de cuatro auténticas pupusas de Planes de Renderos, que en realidad han sido fabricadas y empacadas en algún lugar de California.

EL EXITOSO NEGOCIO DE GOYA FOODS


Todo esto está dando un poderoso empuje a las industrias de comestibles, que no necesariamente son centroamericanas y que son las que en la cadena productiva añaden más valor y se llevan la parte del león. Una minuciosa lectura de la letra menuda de las etiquetas revela que muchas de estas industrias importan su materia prima de diversos lugares -incluyendo Tailandia, de donde provienen las hojas de plátano para los tamales salvadoreños y los nacatamales nicaragüenses- que luego procesan y empacan en California o Colorado.

Goya Foods es una de las mayores firmas productoras de alimentos centroamericanos que, al ser incluidos en su oferta, han sido de gran ayuda para que en la última década la empresa saltara de 900 a 2,200 productos. Fundada en Manhattan en 1936 por un inmigrante español, Goya Foods empezó comercializando aceite de oliva y aceitunas españolas. Ahora enlata y embotella nances, yucas, pacayas, lorocos, frijoles negros volteados, frijoles de seda, palmitos, pejivalles, mangos tiernos, elotes, jocotes, curtidos salvadoreños, guayaba, tortillas y pipianes.

Todos estos productos fueron muy probablemente empacados en la planta de 600 mil pies cuadrados que Goya Foods abrió en New Jersey, donde ahora tiene su cuartel general. Goya Foods es -no podría ser de otra manera- amiga de los latinos: con sus ganancias de más de 1 mil millones de dólares al año, es mecenas del National Council of La Raza, asociación que agrupa a 268 organizaciones de base orientadas a defender los derechos de los latinos, regularizar su estatus migratorio y resolver problemas laborales.

Detrás de este apetito por los sabores del ayer y las oportunidades de ventas que suscita, han migrado a Estados Unidos empresas centroamericanas. La sucursal de la empresa guatemalteca Pollo Campero en Pico Union comparte un gigantesco edificio con la Curacao. Atendiendo a la afición que inspiran en los salvadoreños y a las inmensas posibilidades del consumo transnacional, cosecha el rotundo éxito de su nueva modalidad: “Ordene aquí, entregamos en El Salvador”. El 23 de abril de 2002, el día en que Pollo Campero inauguró su franquicia en Los Ángeles, una multitud de centenares de centroamericanos hizo fila desde tempranas horas para saborear -en palabras del gerente y fundador Francisco Pérez de Antón- “un pedazo de su país en tierra extraña” y la empresa logró facturar una cifra récord en el mercado del fast food: un millón de dólares en 48 horas.¬

TRES PALABRAS MÁGICAS: “SE HABLA ESPAÑOL”


Este mercado tiene muchas más oportunidades. Para obtener medicinas over-the-counter, sin costos de consulta médica y fiados en la tradición, los centroamericanos acuden a minimarkets que ofrecen los productos de las pequeñas empresas farmacéuticas de la región, acreditados por el uso de sucesivas generaciones: Sapuyulo Oil, Aceite del Oso, Esencia Coronada, Bacaolina, Desempacho, 7 Espíritus, Parasitol, SanaTos, Angidol, Mentevital Forte, Zorritone, Broncolín, Komilón, Sinestrés, Neurofosfatón, Neurocampolón y Globulón.

Algunas tiendas se han especializado en piñatas y todo lo necesario para la celebración de una fiesta de quince años que se precie de tal, incluyendo el alquiler de vestidos, mesas y sillas. Otras se enfocan en artículos religiosos, donde el Señor de Esquipulas y la Virgen de Suyapa son los iconos más solicitados, que deben compartir espacio con la -ya no exclusivamente- mexicana Santa Muerte y con ofertas de lecturas del tarot, hechicería con espíritus, personalización de amuletos y limpias con huevo, ruda, romero, fuego o flores. Junto a esas tiendas han instalado estratégicamente sus ubicuos despachos los tinterillos que tramitan pólizas de seguro, pruebas de paternidad, cumplimentación de los formularios de impuestos, registros de matrimonio, permisos para menores, rectificación de partidas de nacimiento, pago de multas, asilos, divorcios y récords policiales. Sus rótulos, así como los que cuelgan dentistas, nutricionistas y ginecólogos, casi siempre incluyen las tres palabras mágicas que imantan clientes latinos: “Se habla español”.

No importa si estás merodeando por Hempstead, atravesando el Mission District de San Francisco en la línea de bus 48 Quintara/24 ST o recorriendo la avenida César E. Chávez o los alrededores de Echo Park en Los Ángeles. En cada calle encontrarás varias empresas de envío de remesas “en minutos” y encomiendas -la remesa en especie-, que transportan paquetes de todo peso y tamaño a Centro¬américa, como “Transportes Jireh”, “Xela express” y “Mi patria express”, que trasladan licuadoras, bicicletas, estufas e incluso vehículos “hasta la puerta de su casa”. Los precios varían según tamaño del paquete y destino. Una caja de 30x30 se traslada por 200 dólares a Guatemala, 250 a El Salvador y 300 a Honduras. También hay envíos por peso a razón de 7 dólares la libra.

CENTROAMERICANOS
EN EL SECTOR VIVIENDA


El sector de la vivienda, severamente golpeado por la crisis económica y la burbuja inmobiliaria, es otra industria a la que los centroamericanos han insuflado dinamismo. La construcción es una industria donde los latinos, y sobre todo los centroamericanos, tienen una alta participación tanto como obreros como consumidores.

En 2010, el sector de la construcción empleaba a sólo el 6.8% de la población estadounidense y en él participaba el 25% de los hondureños, el 19% de los guatemaltecos, el 15% de los salvadoreños y el 11% de los nicaragüenses. En total, 457 mil 111 centroamericanos. En 2000, ese sector sólo empleaba a 120 mil 490. En apenas una década, y en una industria en recesión por la crisis, los centroamericanos dedicados a la construcción aumentaron un 279%, casi 28% al año.

En plena crisis, esto no se debió solamente a la llegada de más centroamericanos y a su creciente concentración en el sector. La mayor necesidad de albañiles, soldadores, electricistas, carpinteros, fontaneros y pintores se asentó sobre la demanda de vivienda a la que los mismos centroamericanos habían contribuido con su llegada.

La migración es, en sí misma, multiplicadora de la demanda de vivienda. Las unidades habitacionales ocupadas por personas nacidas en Centroamérica, sea como propietarios o como inquilinos, aumentaron de 598 mil 650 a 1 millón 39 mil 555, un incremento del 74% en 12 años, el 6% anual. Las estadísticas del US Census Bureau dan cuenta de que el 95% de las viviendas ocupadas por centroamericanos tienen dueños migrantes o son alquiladas por familias migrantes. Podemos conjeturar que el impacto de la crisis inmobiliaria hubiera sido mucho mayor de no haber estado de por medio la migración de latinos.

Mis incursiones por ferreterías siempre llenas de centroamericanos en el corazón de Washington DC y en varios condados de Maryland y Virginia, de la experimentada mano de Kelvin Orellana y Lito Melgar, me mostraron de primera mano la notoria participación de centroamericanos en la producción y mantenimiento de viviendas. Empresas como Transfiguración Services Inc. dedicadas a renovar el acabado de bañeras, lavanderos, armarios, encimeras de cocina, paredes de azulejos y pisos siguen surgiendo.

El consumo de los centroamericanos en el sector de la alimentación y en el de la construcción suma a una economía cuyas dimensiones, aunque de difícil cálculo, en cualquier caso son imponentes. La cifra que proporcionó Pollo Campero nos da una idea de que el valor agregado del segmento centroamericano de consumidores al mercado de comestibles de las ciudades y condados donde tienen mayor peso demográfico los migrantes es muy significativo.

Las cifras del consumo de vivienda también nos ayudan a tener una idea de la importancia del consumo de los migrantes. Esas cifras hay que combinarlas con el hecho de que en ese mercado de consumidores inmigrantes latinos (20 millones 849 mil 710) y centroamericanos (2 millones 481 mil 927), hacia 2010-2011 eran indocumentados un 55% y un 63% respectivamente. El importante porcentaje de indocumentados ha tenido consecuencias políticas cuando los que no pueden votar en las urnas, votan con los pies y con sus billeteras. Porque también podemos hablar de politización del consumo.

“LLEGABA LA POLICÍA ¡Y NOS ÍBAMOS NADANDO!”


Prince William County, Virginia, es el séptimo condado más rico de Estados Unidos. En 2014 residían allí 43 mil 850 personas de origen centroamericano (36 mil 747 de origen salvadoreño, 5 mil 962 de origen hondureño, 5 mil 240 de origen guatemalteco y 1 mil 401 de origen nicaragüense). Los salvadoreños estaban muy cerca de duplicar a los 18 mil 788 mexicanos. De origen centroamericano era en 2014 el 11% de la población del condado.

En el período intercensal 2000-2010 los migrantes centroamericanos pasaron de 7 mil 400 a 32 mil 334, convirtiéndose en el 8% de la población del condado, en el 38% de los extranjeros y en el 71% de los migrantes latinos. Ser migrante latino en Prince William County es predominantemente ser centroamericano. Pero hubo un corto período en el que esa creciente presencia centroamericana se interrumpió, incluso se revirtió. Con la misma invasión silenciosa con la que habían llegado, reaccionaron a un cambio en las políticas migratorias que pretendía expandir el control hacia el interior el país e iniciaron una retirada.

La ciudad de Manassas se encuentra en esa zona. Ha sido escenario del crecimiento de los centroamericanos de 1 mil 410 a 5 mil 529 entre 2000 y 2010, hasta convertirlos en el 15% de la población, con predominio de los 3 mil 870 salvadoreños, que eran en 2010 el 70% de los centroamericanos y el 10% de la población de la ciudad. Allí vivía Fredy Melgar, ex-guerrillero salvadoreño de 58 años, migrante por segunda vez, tras una repatriación voluntaria que entonces pensó sería un retorno definitivo.

Fredy fue quien me puso sobre la pista de hasta qué punto las políticas de control habían penetrado hacia el interior del país: “Cuando yo llegué en 2004, Manassas estaba tranquilo. Como en 2006 se puso feo por la ley que ordenó la colaboración de la policía con migración. A grupitos que miraban caminando por la calle los paraban y les pedían los papeles. Como no los tenían se los llevaban a meterlos a la cárcel. En ese tiempo uno entraba a la cárcel, pasaba una casetita y ahí estaba migración. Con sólo que uno iba caminando, nos paraba la policía y nos pedían los papeles. Y qué papeles, si no teníamos nada. “Venite aquí, ahora lo vas a arreglar con migración”, nos decían. Y en la noche se metían a los apartamentos a revisar, a pedir los documentos donde había más inmigrantes y se los llevaban. Hasta redadas hubo. En otros lugares de la misma Virginia no pasaba eso. Es que Virginia es grande. ¿Qué hicimos? Fairfax colinda con Manassas. Un río los divide. Cuando la policía de Manassas llegaba, ¡zas! nos cruzábamos el río nadando y nos íbamos a Fairfax, donde la policía no se metía con la gente. Sólo nos quedaban viendo y no nos decían nada. Hasta nos miraban tomando y nada. Sólo eran estrictos con que no dejáramos basura. Cuando se iban los policías de Manassas, pasábamos de vuelta nosotros”.

PARA CONTROLAR A LOS “ILEGALES”


En diciembre de 2006, el Board of County Supervisors de Prince William County solicitó ponderar a cuánto ascendía el costo de los servicios públicos del condado para los inmigrantes ilegales.

Un mes después, el Supervisor John Stirrup había redactado el borrador de la ley que bloquearía el acceso de los indocumentados a esos servicios. En julio de 2007, el Board aprobó unánimemente la resolución 07-609, que ordenaba a la Policía conocer sobre el estatus migratorio de cualquier detenido y, de ser ilegal, cancelarle la posibilidad de acceder a los servicios públicos. Como esto pareció insuficiente, en octubre de 2007 aprobaron la resolución 07-894, que endurecía el control sobre los “ilegales”. Estas medidas fueron dos de las muchas reacciones locales ante el fracaso de la reforma comprehensiva, en particular al fracaso en 2006 de la iniciativa del representante republicano James Sensenbrenner (HR 4437). Fueron un eco local del traslape de las políticas migratorias con la legislación penal. Los movimientos federales en dirección hacia ese traslape habían empezado antes de que se consumara el fracaso de la reforma migratoria comprehensiva.

En el apogeo de su triunfo, julio de 2007, John Stirrup, Supervisor del distrito de Gainesville y autor intelectual de ambas resoluciones, declaró a los medios: “Nuestros ciudadanos ya no nos percibirán con las manos atadas. Esto envía un duro mensaje a quienes promueven y se benefician con la inmigración ilegal y sabrán que el condado Prince William ya no es terreno de libertinaje”.

Stirrup habló con palabras que fueron música en los oídos de Help Save Manassas, una beligerante asociación que hizo cabildeo contra los inmigrantes, desencadenando un ambiente polarizado. La asociación pasó de 690 a 1 mil 453 miembros, convirtiéndose en el grupo anti-inmigración ilegal más numeroso en el área de Washington.

CALLES CON COLOR LATINO


Help Save Manassas se quejaba del deterioro en los servicios públicos del condado por el exceso de demanda: demasiada basura en las calles, demasiados niños en las escuelas, demasiado tiempo en las salas de espera de los hospitales. Su inconformidad tenía base: un estudio señaló que la población del condado se había duplicado entre 1980 y 2006. Pero la verdadera fuente de la alarma era que en ese mismo lapso los migrantes habían aumentado 14 veces. Sólo entre 2000 y 2006 la población latina se había triplicado. Y la centroamericana de había quintuplicado, en parte atraída por precios relativamente favorables en la vivienda. El boom de la vivienda generó una descentralización regional de la demanda laboral porque el incremento poblacional aumentó la demanda en el sector servicios y, en consecuencia, el número de empleos en el condado pasó de 55 mil en 1990 a 104 mil en 2006.

Poco a poco, los centroamericanos, y los latinos en general, empezaron a llegar, primero como trabajadores, no mucho después como residentes, apoyados con préstamos para vivienda. El cambio debió tener palmaria visibilidad en el fenotipo observado en las calles. En los años 80 Prince William County era un condado predominantemente blanco y de nativos. Y entre 2000 y 2006 los latinos habían pasado de ser la décima parte de la población a convertirse en la quinta. Los nativos asociaron la creciente presencia latina al descenso de los precios de sus propiedades, lo que era un fenómeno generalizado debido al reventón de la burbuja inmobiliaria.

Los políticos reaccionaron. La coloración latina de las calles podría ser indicio de una transición en la coloración de las urnas electorales desde el rojo republicano al azul demócrata. La reacción de los migrantes no se hizo esperar.

DECIDIENDO Y ACTUANDO
COMO PEDRO DE URDEMALES


Freddy Melgar me puso sobre la pista de una acción colectiva de un actor no colectivo que se autoconstruyó desarrollando su acción: “En Manassas estaba cada vez más jodido. Entonces yo me acordé de la pasada, de ese cuento de Pedro Urdemales y hablé con Lito, mi hijo. A Lito yo le había contado el relato de Quevedo… Quevedo con Pedro eran hermanos. Pero el que era más jodido era Pedro, para urdir el mal. Un día iban sin rumbo a buscarse la vida. Iban juntos platicando cuando después de mucho caminar encontraron un enganche de caminos. Pedro le dijo: Mirá, hermano, aquí es la definición. No tengás cuidado, de todas maneras vamos a afrontar la vida. A ver cómo nos va. No podemos andar juntos porque es peligroso. Yo agarro este camino y vos te vas por el otro”.

“Pedro agarró por un lado y su hermano por otro. Quevedo y Pedro Urdemales habían quedado en que a los tres años se iban a juntar en ese mismo enganche de caminos. Y se regresaron a encontrarse y así pasaron la vida. Así es que, hoy nos toca igual, le dije a Lito. Vamos a hacer así: Vos andate para Warrenton, porque esto está perro aquí. Si la policía de migración llega aquí y me tocó irme para El Salvador, vos quedás. Así fue como nos dividimos. Así nos apartamos uno del otro, por la misma ley. Yo me quedé ahí y él se fue para Warrenton, a la casa que una sobrina mía había comprado. Warrenton está más apartada y Manassas llena de latinos”.

UNA ESTRATEGIA DE RESISTENCIA


La estrategia que urdió Fredy funcionó y fue la que aplicaron muchos otros latinos. Fredy la expresó recurriendo a una historia popular del poeta renacentista Francisco de Quevedo y a un personaje de ficción, Pedro Urdemales, un clásico de la resistencia de los subalternos. Sus hazañas contra los patrones y capataces de las grandes haciendas han sido difundidas por toda la región centroamericana.

En 1980, durante la Campaña Nacional de Alfabetización en Nicaragua, los campesinos chontaleños me contaron muchas de sus aventuras. Generalmente empezaban con las desgracias de su hermano Juan Dundo, presa fácil del ansia de lucro inescrupuloso y desmedido de los patrones. El clímax de la historia llegaba con la intervención de Pedro Urdemales, que con derroche de ingenio y facundia revertía la situación en favor de los dominados y con devastador perjuicio para los dominantes. Es una tradición de desafío al poder, de resistencia en el terreno de la infrapolítica, pero con consecuencias para la política en sentido convencional. Urdemales es un héroe de la resistencia de los dominados. Le gana la partida al patrón, que tenía en sus manos todos los medios para aplastarlo. En 2006 el patrón-villano eran “la migra” y las ordenanzas de Prince William County.

Fredy Melgar retomó una tradición de resistencia para burlar el poder. O, más bien, ya que él y Lito ya habían burlado al poder con su ingreso no autorizado, la estrategia la diseñaron para que al menos uno lograra evitar la venganza del poder y permaneciera ileso. La estrategia de Fredy y Lito fue adoptada por miles de latinos en el condado de Prince William, como demostraron las estadísticas poblacionales.

UN BOICOT EXITOSO
DE MIGRANTES CONSUMIDORES


Las directrices de Prince William County fueron parte de una larga lista de reacciones xenófobas de los gobiernos locales, cuyos nefastos efectos sobre las economías bajo su jurisdicción no tardaron en sentirse. Así pasó con la H 1804 de Oklahoma, aprobada en 2007 y con la S 529 de Georgia en 2006. Phil Gordon, desde 2004 alcalde de Phoenix, capital y ciudad más grande de Arizona, dijo a la CNN que los boicots contra la SB 1070 de Arizona, le había costado en pérdidas al estado, en apenas los primeros diez días de mayo, más de 150 millones de dólares.

En Prince William County algunos habitantes recuerdan el daño que la ordenanza, con su concomitante huida de indocumentados, le hizo a la economía local. The Washington Post informó por entonces que “las tiendas de latinos están al borde de la quiebra, las iglesias han experimentado una hemorragia de fieles, en los barrios abundan los rótulos de casas en venta y los activos centros comerciales parecen espacios fantasmas”.

El resultado de la ordenanza fue tan controversial como la ordenanza misma. Para Help Save Manassas y para Stirrup las estadísticas mostraron que la política fue exitosa. Para los inmigrantes, sus aliados y los propietarios de negocios -a cuyo afán de lucro se refirió Stirrup en sus declaraciones- fue una hecatombe. De lo que no hay duda es de que el “arte de ausentarse” con el que reaccionaron los migrantes provocó un cambio en las políticas: en abril de 2008, el Board of County Supervisors aprobó por unanimidad la resolución 08-500, que estableció no pedir el estatus migratorio antes de arrestar a cualquier persona.

La lucha por la inclusión se ha llevado también a cabo en el terreno del consumo, usando el poder adquisitivo como un mecanismo de coerción para neutralizar al rival, hasta hacerle no sólo imposible conseguir su objetivo, sino tener que dar marcha atrás. Hoy, Prince William County tiene más indocumentados y más centroamericanos que en 2006. Los migrantes centroamericanos volvieron a aumentar en 2010 hasta alcanzar los 32 mil 334. Un ascenso en los precios de las viviendas siguió a este retorno. Lito retornó a Manassas, donde vive actualmente. Está casado con una estadounidense de origen salvadoreño y, después de un tormentoso periplo en las entrañas de la burocracia, obtuvo la residencia permanente y está en vías de convertirse en ciudadano.

UN EJERCICIO
DE CIUDADANÍA ECONÓMICA


Lo que ocurrió en ese condado -las políticas anti-inmi¬grantes, la salida de los migrantes, el declive económico, el cambio de políticas y el retorno- fue un ejercicio de ciudadanía económica.

En Prince William County los políticos tuvieron que reaccionar a la presión de su electorado económico, compuesto por indocumentados. En este caso los migrantes votaron con sus pies, exigiendo un trato más abierto hacia los indocumentados. De ahí que tenga sentido hablar de “ciudadanía económica”. Con su posición en el mercado y la posibilidad de votar con los pies, los migrantes cambiaron las políticas en Prince William County.

Estamos ante un caso donde era fácil que los consumidores-votantes acopiaran la información necesaria para tomar una decisión: todos los días la policía migratoria emitía señales claras y distintas al detenerlos. Los migrantes eligieron zonas menos peligrosas. Votaron por los lugares donde los políticos locales les ofrecían el producto que les interesaba: una ciudadanía en construcción. Su motivación estaba clara. Lograron mantener su posición con un boicot -un instrumento de la desobediencia civil- semejante a los autos compartidos que usaron los afroamericanos para prescindir del transporte público en Montgomery hasta que se modificaran las políticas segregacionistas.

El Montgomery Bus Boycott que Martin Luther King lideró en 1955 para oponerse a la política de segregación racial en el sistema de transporte público de Montgomery dispuso de un apoyo a escala nacional para financiar la red de car pools que sustituyeron los servicios de transporte, cada uno de los cuales tenía un costo de 200 dólares al día. Iglesias de New York, Philadelphia, Mobile, Tuscaloosa, Tuskegee y otras localidades organizaron colectas para sostener el boicot.

EL DERECHO AL DISENSO,
UNA PRÁCTICA DEMOCRÁTICA


En el caso de los indocumentados centroamericanos, el boicot no tuvo una planificación centralizada ni un subsidio con recaudaciones por toda la nación. Los car pools abordados por los indocumentados fueron los condados donde no se aplicaban medidas excluyentes. No necesitaron subsidios: sus redes familiares y su desobediencia civil cubrieron los costos. Su boicot fue obra de un actor no colectivo: miles de Pedros Urdemales que diseñaron su estrategia cada uno por su cuenta -o en pequeños núcleos familiares y de amigos-, que tuvieron la eficacia de un colectivo organizado emprendiendo acciones concertadas.

El éxodo de indocumentados fue una estrategia en parte no persuasiva y en parte persuasiva: forzó una retractación en las políticas anti-inmigrantes del gobierno de Prince William County y también fue un llamado de atención -con efecto persuasivo- hacia otros migrantes y otros gobiernos municipales, mostrándoles a unos lo que podían hacer y a los gobiernos a qué podían exponerse si adoptaban medidas similares a las de Manassas.

Lo que ocurrió en Prince William County fue un ejercicio público de disentimiento. Un silencioso éxodo que causó un vacío letal a la economía e incluso al gobierno local, cuyas recaudaciones fiscales -y con ellas sus posibilidades de gobernar con eficacia- cayeron en picada.

Arendt señaló que el consenso tácito que un individuo da a un conjunto de reglas se puede llamar voluntario si existe el derecho al disenso. Los migrantes practicaron el disenso, llevaron a los hechos la suposición de Arendt de que el contrato social entre individuo y sociedad puede no ser mera ficción cuando se renueva -tanto por el sujeto que se moviliza como por la comunidad que da la bienvenida- con la migración interna. En Prince William County el gobierno local se arrogó el derecho de retirar una bienvenida que una parte de la sociedad había concedido. Los indocumentados reaccionaron retirando su asentimiento.

OBAMA EN EL TERRENO


El mercado es una de las rutas que los latinos continuarán usando. El “arte de hacerse presentes” en el mercado tuvo un poder determinante en las políticas. Y no sólo los políticos locales tuvieron que ver en esto.
Sin duda, no ignorando que Prince William County había sido un campo de lucha anti-inmigrante, aunque más atraído por su valor simbólico -dos grandes batallas contra la esclavitud tuvieron lugar en ese condado-, el entonces candidato a la Presidencia Barack Obama visitó Manassas el 3 de noviembre de 2008, la noche antes de su elección. Era consciente de que hablaba en un terreno simbólico, heredero de la esclavitud. Su alusión al problema en su discurso fue bastante sobria: “Negros, blancos, hispanos, nativos americanos, asiáticos, demócratas y republicanos, jóvenes y viejos, ricos y pobres, homosexuales y heterosexuales, discapacitados y no discapacitados, todos tenemos algo que aportar”. En su campaña había enviado mensajes claros sobre su compromiso con una reforma migratoria.

Estuvo en el lugar adecuado en el momento adecuado e infl¬gió una derrota en el que se enorgullecía de ser el último reducto republicano en el norte de Virginia: los votantes de Virginia, incluyendo a los burgueses del condado de Prince William le dieron a Obama una victoria del 52.7% en ese estado, un 57.6% en el condado, doce puntos más que lo que el Partido Demócrata había conseguido en 2004. Desde 1948, sólo Lyndon Johnson había obtenido una victoria electoral para los demócratas en esa área. Según Davis, tanto en Virginia como en Carolina del Norte, la victoria de Obama se basó en una alianza de afroamericanos y profesionales blancos, reforzada por inmigrantes y estudiantes universitarios. Los latinos se pronunciaron también en las urnas, haciendo sentir su peso demográfico. Sus intereses coincidieron con una campaña que presentó a los demócratas como “el partido de los dolores suburbanos y de la diversidad étnica”.

POR EL CONSUMO
A LA CIUDADANÍA POLÍTICA


Las relaciones mercantiles no agotan la realidad social, pero no se puede negar que son parte de los materiales y mecanismos de los que disponen dominadores y dominados para ejercer el poder. Son los materiales que la historia ha puesto a disposición de los dominados para que construyan su historia.

No tener en cuenta la faceta política del consumo y no ver a los dominados en tanto consumidores es desperdiciar un ámbito de una riqueza política inmensa. Más aún, es caer en una interpretación pre-marxista de la política, la que asume que la política ante todo está en un sitio distinto del de la producción material y el del acceso a lo producido y niega el protagonismo de las condiciones materiales de la vida: en este caso, el intercambio, adquisición, posesión y usufructo de los medios de vida.

El mundo del consumo es material a disposición de los migrantes con el que se abren paso hasta la ciudadanía política. Los migrantes pasan la prueba del consumidor -una prueba que ellos no buscaron, pero que en parte sí crearon por demandar esos productos- y eso les abre una ruta de aceptación social. Quizás deberíamos decir que, en una sociedad modelada a imagen y semejanza del mercado, el mercado emite señales que son mercantilmente -y, por tanto, socialmente- aceptables. La condición de indocumentados los sitúa al margen del contrato social estadounidense. Por eso recurren a esa precondición no-contractual que es su talante de consumidores. Entran por la puerta del consumo para ingresar a la ciudadanía política, con un impacto que demostraron los latinos naturalizados que votaron por Obama.

LA IMPORTANCIA
DE LAS LICENCIAS DE CONDUCIR


En la historia de la ciudadanía y la integración social hay ejemplos de rasgos y mecanismos no políticos que abren las puertas de la ciudadanía política. En pleno auge del movimiento Know-Nothing, el apoyo de los irlandeses a los demócratas fue retribuido en 1843 por los demócratas con la concesión de licencias mercantiles para los comerciantes extranjeros, rompiendo así el monopolio que los nativos tenían en ese sector y sentando así las bases para un empoderamiento económico de la base social del Partido Demócrata.

Así como entonces las licencias para comerciar eran un tema vital, en la actualidad la concesión de licencias de conducir o de licencias para las empresas constructoras o de servicios son temas espinosos y sensibles, precisamente porque son autorizaciones burocráticas que hacen de gozne entre el mundo del trabajo, el del consumo y el terreno de la política. Son documentos que conceden mucho más de lo que está burocráticamente establecido y por eso son llaves hacia la inclusión.

La razón más obvia de la importancia de las licencias de conducir son las dificultades con el transporte público que hacen que en muchas zonas un vehículo y la licencia para manejarlo sean imprescindibles. Pero hay más que eso. Un estudio sobre la lucha por las licencias de conducir en Tennessee puso de relieve que ese documento está ligado al derecho a la movilidad y a la identidad y, por eso, es pieza de un proceso pre-legal y pre-institucional, en el que se incuba el reclamo de nuevos derechos.

La licencia de conducir no es un sucedáneo de la Green Card, pero sí es otro peldaño más en el “ya pero todavía no”. La carencia de licencia de conducir suele ser un indicio de un estatus migratorio irregular. Y a la recíproca también: tener licencia es un indicio de residencia legal.

En definitiva, tener licencia es ser un documentado. De hecho, muchos dominicanos ingresan a Estados Unidos haciéndose pasar por portorriqueños: como no necesitan ni visa ni pasaporte para viajar entre la isla y Estados Unidos, una licencia de conducir portorriqueña les basta. Por eso, la entrega de la licencia de conducir es un tema tan controvertido y tiene divididos a los estados de la Unión. Algunos, como North Carolina, llegan a soluciones de compromiso que siguen recibiendo impugnaciones, como la emisión de licencias especiales para migrantes no autorizados con la leyenda “sin estatus legal”. En Tennessee, la lucha por las licencias de conducir fue exitosa gracias a que la población latina había alcanzado una masa crítica suficiente¬ creando lugares de comunicación, servicios religiosos hispa¬nos, estaciones de radio y pequeños periódicos en todo el es¬tado. Ayuda sobre todo que los migrantes actúen como si fueran ciudadanos, pues eso favorece procesos de resistencia.¬

EL CONSUMO:
UNA CANCHA EN LA QUE TIENEN MAYOR CONTROL


La sociedad de consumidores se superpone -y le impone sus prioridades- a la sociedad política. Esta faceta de la modernidad líquida tiene, como Bauman lo ha señalado en reiteradas ocasiones, muchos aspectos tenebrosos. Pero también establece un juego de poderes en el que los migrantes pueden convertir el mercado en una herramienta de acceso a la ciudadanía política. De hecho, el abstencionismo electoral latino puede significar, entre otras cosas, que el voto no figura entre sus máximas aspiraciones.

Absteniéndose podrían cometer un error de cálculo político, pero eso no quita que han decidido desplazar sus batallas a otros terrenos que sienten más firmes y conocidos, una cancha y un juego para el que se juzgan mejor dotados porque es un terreno en el que tienen mayor control: los migrantes crean la demanda que sólo la mano de obra migrante satisface. Son la demanda y la oferta potenciándose y legitimándose mutuamente: empacan la comida que consumen, reforman las viviendas que habitan, sirven en los restaurantes a los que acuden con regularidad, fabrican las camisetas que visten, administran las canchas de futbol en las que juegan…

Su afluencia a las ciudades y condados dispara la demanda de vivienda y de inmediato proporcionan la mano de obra para construir más casas. Elevan la demanda de servicios públicos, pero pagan impuestos que sufragar su costo. Los migrantes latinos son creadores de un mercado -de la nostalgia- que sólo ellos pueden dinamizar y de cuya presencia depende el crecimiento económico de condados enteros.¬

Tomando nota de esta legitimación económica, a los eventos masivos de centroamericanos acuden las firmas transnacionales con sus vistosos stands: S&W Beans, Western Union, Delta, Telscape, IDT, Curacao, Goya, Coleman y Tigo, entre muchas otras. Los migrantes latinos trabajan en sus empresas y/o consumen sus productos.

Ser consumidor no convierte a nadie en ciudadano. Eso lo enfatiza Bauman con sobrada razón. Pero la condición de consumidor no autorizado reabre el área del disenso en un escenario distinto. El disenso está abierto en el Congreso, donde desde hace más de una década los congresistas republicanos y demócratas no logran conciliar sus diferencias en torno a cuál debe ser la reforma migratoria. Los migrantes reabren esa discusión en el terreno del consumo: siguen sin ser legalmente admitidos en un país cuyo mercado ya los integró y cuyas políticas y su clase política se muestran sensibles a su voto como consumidores.

Los que oficialmente no deberían tener presencia la tienen en el supermercado, en la industria discográfica y en las industrias que producen para el mercado de la nostalgia, entre muchas otras. Esa ciudadanía económica puede ser ejercida también por los “consumidores-votantes”, quienes, por las mismas razones, son también productores-votantes o trabajadores-votantes.

EN EL MERCADO
SON MÁS EFICACES QUE EN LAS URNAS


Si las empresas tienen una ciudadanía global basada en su rol económico, también el uso que los dominados hacen de su poder económico -el poder de su presencia y peso en el mercado- puede ser categorizado como ciudadanía económica, muy especialmente si al ejercer ese poder obtienen una mejor posición en el terreno político.

Esa ciudadanía económica manifiesta su faceta de desobediencia civil como acción constructiva en el consumo cotidiano: el migrante accede a los bienes como cualquier ciudadano. En la muy conservadora Virginia la ejercieron como acción confrontativa en su “fuga bulliciosa” que acabó torciéndole el brazo a las políticas anti-inmigrantes de un condado de ese estado. Aquel boicot se consumó sin asambleas, sin volantes, sin barricadas, sin arengas callejeras... Votar con las billeteras es una forma de sufragio que se ejecuta a voluntad desde que se inventaron los boicots.

Los indocumentados hicieron valer su poder en el terreno del consumo y producción de una forma genuinamente política. Como las masas no tienen “derecho de picaporte”, ese derecho de tocar a la puerta de los grandes políticos que deciden leyes, no se decantan hacia la política de intrigas palaciegas, urdida a puertas cerradas y a resguardo del escrutinio público.

Evaden la política en el sentido que le da Arendt. La fuerza de los indocumentados se ejerce en el terreno de la política como la entendía Marx -en el terreno donde se generan e intercambian los medios de vida-, llegando también así a la política partidaria, estimulando el disenso, en los medios de comunicación, en las ONG, en las iglesias y entre los artistas que participan en conciertos de apoyo a la amnistía migratoria, la documentación masiva y el cese a las deportaciones.

El mercado, y el consumo como su palanca, suenan a convidados de piedra en la política. Pero también son el terreno en el que las élites asientan y disfrutan su poder. Los centroamericanos cimentan su poder ahí mismo, haciendo valer su poder de consumo como una herramienta para hacerse presentes en el mercado, un espacio en el que son tanto o más eficaces que en las urnas.

MIEMBRO DEL CONSEJO EDITORIAL DE ENVÍO.
INSTITUTO DE SOCIOLOGÍA – UNIVERSIDAD PHILIPPS
DE MARBURG.


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