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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 406 | Febrero 2016
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Nicaragua

“El acuerdo climático de París es claramente insuficiente”

Víctor Campos, Director del Centro Humboldt, institución integrada a redes ambientales nacionales e internacionales, estuvo presente en la cumbre climática de París, en diciembre de 2015. Con Envío analizó aspectos fundamentales del acuerdo y de la decisión que salieron de esa reunión global en una charla que transcribimos.

Victor M. Campos Cubas

Todavía con la resaca del júbilo excesivo y de los aplausos mediáticos que recibieron el acuerdo climático conseguido en París analizaremos algunos detalles del proceso, de las expectativas que teníamos y de lo que realmente se logró allí. Aunque no es fácil una lectura completa de lo que ocurrió en París, les compartiré una aproximación a mi interpretación de los resultados.

En resumen, creo que de la cumbre climática de París salió un acuerdo claramente insuficiente, que no asume un verdadero compromiso con la justicia climática planetaria, especialmente con las poblaciones más desprotegidas de un importante número de países de distintas partes del planeta que tienen una alta vulnerabilidad. Resulta insuficiente respecto a compromisos que tienen las economías más poderosas de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero que están causando el calentamiento global. Y también es insuficiente respecto a la cantidad de recursos financieros destinados a intentar frenar la crisis climática.

Comentemos primero algo del largo proceso de negociaciones climáticas globales, porque eso también explica, en parte, los insuficientes resultados. La Convención de Cambio Climático fue aprobada en la Cumbre de Río de Janeiro en 1992.En 1994 entró en vigencia y a partir de 1995 comenzaron a celebrarse las que se conocen como Conferencias de las Partes (COP). La celebrada en diciembre en París fue la COP 21. Desde 1995 se viene discutiendo año con año, en el seno de Naciones Unidas, cómo alcanzar acuerdos para lograr el objetivo de la Convención, que es “estabilizar los gases de efecto invernadero en la atmósfera” para impedir que siga aumentando la temperatura del planeta. Esos gases, que provienen de la quema de hidrocarburos, y también de otras fuentes, después de alcanzar más de 350 partes por millón en la atmósfera la calientan. En este momento las concentraciones superan las 400 partes por millón.

Aunque la necesidad de frenar la emisión de gases de efecto invernadero fue aceptada por la gran mayoría de los países en 1992 y en 1995 se realizó la primera COP, fue hasta 2007 que se estableció un plazo perentorio para alcanzar un acuerdo global, que debía ser acordado en 2009 durante la COP 15 en Copenhague.

Esto generó grandes expectativas, confiando en que el mundo estaba a punto de alcanzar un acuerdo climático global satisfactorio. Pero no ocurrió. Copenhague constituyó un tremendo fracaso que pospuso decisiones importantes por más de una década. Un fracaso que incluso puso en riesgo la negociación multilateral como vía para encontrar soluciones a la crisis climática global

Durante las COP posteriores se trató de superar la crisis y en la COP 17 de Durban (Sudáfrica, 2011) se aprobó lo que se conoció como la Plataforma de Durban para una Acción Reforzada, ADP por sus siglas en inglés. La plataforma establecía dos grupos de trabajo para preparar el borrador del acuerdo global. Un grupo trabajaría en establecer las acciones necesarias a ejecutarse antes de 2020 y otro abordaría los temas que tienen que ver con una visión de largo plazo, acciones para más allá de 2020. En la COP 21 en París, en 2015, debería lograrse “un acuerdo, un protocolo u otro instrumento con fuerza legal aplicable a todas las partes” que garantizara frenar el calentamiento global, que se haría efectivo a partir del año 2020.

Como vemos, en la Plataforma de Durban, y a pesar de la gravedad de la crisis climática, los gobiernos trasladaron la responsabilidad de iniciar acciones en 2010, las que debieron acordarse en la COP 15 en Copenhague, hasta 2020, lo que demuestra que el fracaso de Copenhague retrasó durante una década las acciones globales para enfrentar la crisis climática.

La Plataforma de Durban acordó que en la COP 20 (Lima, 2014) debía estar listo el borrador del acuerdo de París. Pero eso no se logró. De hecho, lo que vimos en París es que los grupos de trabajo pre-2020 y post-2020 entregaron ese borrador a la presidencia de la COP 21 hasta el 5 de diciembre, el mismo día en que inició la cumbre. Y lo que entregaron no era propiamente un borrador de acuerdo, sino un texto en el que sumaron las distintas posiciones, aun cuando eran contradictorias, demostrándose así que las metodologías utilizadas durante 21 años de negociaciones climáticas no han sido capaces de generar textos de consenso relevante con viabilidad política para su puesta en práctica. En realidad, siempre se ha sabido que el proceso oficial de negociaciones ha sido sumamente complejo, principalmente por el insuficiente poder de decisión que tienen las delegaciones oficiales permanentes.

Visto esto, al iniciar la COP21 se conformó el Comité de París que debía lograr un texto de acuerdo satisfactorio para todas las partes. El trabajo diplomático del gobierno francés, con el apoyo de Perú -por ser el país que presidió la COP 20-, entre otros países, fue muy intenso. El comité instaló en la cumbre consultas informales sobre el texto usando la modalidad “indaba”, un término de la lengua zulú para nombrar reuniones de quienes se interesan en resolver un asunto que a todos atañe. La cancillería francesa estableció estos grupos de trabajo por temas, poniendo al frente de ellos a representantes de delegaciones que actuaban como facilitadores y conciliadores. Por ejemplo, la representante del gobierno de Venezuela fue elegida como una de las facilitadoras para el tema de equidad, ya que el gobierno de Venezuela se proyecta internacionalmente por su vocación social. Durante la cumbre, Venezuela fue uno de los contactos oficiales para recoger las inquietudes de cualquier país sobre este tema.

El mecanismo instalado no consistió en hacer los ejercicios respectivos de “grupo de contacto”, sino en plantear en el grupo temático con la metodología “indaba” las diferencias que cada delegación encontraba respecto a sus propios planteamientos. Se buscaba así potenciar las coincidencias en la búsqueda del consenso. Hay que reconocer que esta modalidad agilizó mucho las discusiones.

Entre los temas que se plantearon en los grupos estuvo el de la diferenciación, ya que desde 1992 los países se clasificaron diferenciadamente según sus mayores o menores responsabilidades en emitir gases de efecto invernadero a la atmósfera. Todos sabemos que los países industrializados son los principales responsables y que China es hoy el principal emisor de estos gases. Otro tema que se vio en los grupos fue el de la ambición: cuánta ambición se debe tener en la reducción de los gases de efecto invernadero. Otro tema fueron las formas de implementación del acuerdo en cuanto al financiamiento y a la transferencia de tecnologías de los países más industrializados a los menos industrializados.

Otro fue el de pérdidas y daños por los efectos del cambio climático. Y naturalmente, también estuvo el tema de las acciones pre-2020, tema crucial, especialmente porque ya todo el mundo anda pensando en el post-2020, a pesar de que aún faltan cinco años para esa fecha y hay tanto por hacer antes de llegar a ella.

Fue allí, en los grupos indaba, y recibiendo aportes sobre estos temas, que se desarrolló la negociación. Se hizo evidente que todo el proceso preparatorio de elaboración de textos no contribuyó, como se esperaba, para elaborar el acuerdo definitivo. Quedó claro que los años de negociación previos, sus resultados, la compilación de insumos y propuestas surgidas del trabajo de los dos grupos surgidos de la COP de Durban no fueron más que una referencia.

La verdadera negociación se dio en París y entre los Jefes de Estado. Y fueron los procesos previos de negociación durante 2015, fuera de la Convención, en el Foro de Financiamiento del Desarrollo – Objetivos de Desarrollo Sostenible, los que allanaron el camino para lograr una negociación que fructificara en París en un acuerdo que contara con la aceptación de todos y fuera firmado por todos.

Antes de valorar los resultados de París, quisiera mencionar las prioridades que Centroamérica llevó a la cumbre. Como muchos otros países, queríamos que de la reunión saliera un acuerdo vinculante, un protocolo, un instrumento que tuviera fuerza legal.

Queríamos que Centroamérica fuera reconocida como una región altamente vulnerable. En este punto principalmente había bastante coincidencia entre los gobiernos de la región y las organizaciones de la sociedad civil centroamericanas. Queríamos, que el compromiso de París limitara el incremento de la temperatura del planeta a menos de 1.5 grados centígrados tomando como referencia la temperatura del planeta en 1990.

Eso nos preocupaba especialmente, porque a partir de Copenhague, y ratificándolo en Cancún, la Unión Europea había presentado su posición: afirmaba que el límite del incremento de la temperatura fuera 2 grados centígrados. Pero quienes estamos en los trópicos, sabemos que si la temperatura media del planeta aumenta en 2 grados, ese aumento puede llegar en determinadas estaciones a más de 3 grados y hasta a 4 grados. También teníamos una posición común sobre las contribuciones de nuestros países a la reducción de las emisiones.

En la reunión de París se esperaba que todos los países del mundo presentaran cuáles iban a ser sus contribuciones para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero para frenar el calentamiento global. Las contribuciones se conocen como INDC (Intended Nationally Determined Contributions), “contribuciones pretendidas y determinadas nacionalmente”. Este asunto fue uno de los puntos clave en la negociación en la cumbre y cómo lo manejaron los países industrializados es también clave para entender los insuficientes resultados de París.

La Convención de Cambio Climático establece que las contribuciones de los países con economías industrializadas serán obligatorias y que para los países con menor responsabilidad en la emisión de gases de efecto invernadero serán voluntarias. Sin embargo, el acuerdo de París diluyó el contenido de la Convención y las contribuciones, que debían ser obligatorias para unos, los más responsables, y voluntarias para otros, los de menor responsabilidad, pasaron a ser voluntarias para todos los países. Éste fue, indiscutiblemente, un punto fundamental en el proceso de negociación y uno de los que nos permite afirmar que el acuerdo decepcionó.

En París casi todos los países presentaron sus INDC, pero no hubo una metodología unificadora y se expresaron muy distintos tipos de contribuciones. Algunas, condicionadas a recibir el apoyo financiero y técnico para su ejecución. Algunos países se comprometieron a reducir emisiones tomando como referencia un año específico, pero cada país usaba como referencia un año distinto. Otros países se comprometieron a reducir la intensidad energética de su economía, la cantidad de carbono emitido por unidad de su producto interno bruto. Estados Unidos anunció que reduciría sus emisiones en relación a lo que emitía en el año 2005, cuando los términos generalmente aceptados indican que de lo que se trata es de reducir con respecto a las emisiones de 1990.

El resultado fue una amplia variedad de compromisos, lo que hace difícil cuantificar y comprobar cuál es el verdadero compromiso de reducción de gases. Cuando en la cumbre se calculó todo lo ofrecido voluntariamente por las INDC presentadas se concluyó que la temperatura en el año 2100 estaría por encima de los 2.7 – 3.5 grados.

Aspirábamos a un acuerdo legalmente vinculante. Eso fue lo que se estableció en Durban: que de París surgiera un acuerdo con peso legal. ¿Y qué resultó? Que el acuerdo es legalmente vinculante, pero en el compromiso de reducir las emisiones no lo es, a pesar de que era este compromiso el objeto central del acuerdo.

¿Qué es ahora lo realmente vinculante? El acuerdo en sí, pero no sus compromisos fundamentales, los que garantizarían enfrentar el cambio climático. Lo que tenemos entonces es un cascarón legal vacío de compromisos. Los países con más poder económico no se comprometieron ni obligatoriamente ni legalmente ni siquiera a lo que creen que pueden hacer voluntariamente en los próximos años. Tampoco establece el acuerdo algún tipo de sanción por incumplimiento del compromiso de reducción presentado.

Desde esa perspectiva, el acuerdo de París es un acuerdo basado en buenas voluntades. Sin embargo, a pesar de que no es vinculante, fue muy aplaudido, porque se presentó como tal y por eso tuvo un enorme efecto mediático. Reconozco que la conducción del proceso de trabajo desde la COP de Durban para presentar resultados positivos ante el mundo, a pesar de que lo que tenemos es un acuerdo tan insuficiente, fue genial.

Debemos reconocer también que los movimientos sociales y las organizaciones ambientales no fuimos capaces de darnos cuenta de que estaba en proceso un ardid, un abordaje para poder neutralizar ese punto central: conseguir un acuerdo legalmente vinculante.

No nos dimos cuenta de que los negociadores trabajaron de manera tal que nuestras principales reivindicaciones quedaran mediatizadas, nominalmente incluidas, pero sin la fuerza que esperábamos. No sé si todo estaba fríamente calculado, lo que sé es que no nos dimos cuenta.

Hoy, muchos de los que mostraron júbilo ya están comenzando a perderlo. Los movimientos sociales todavía están tratando de asimilar el acuerdo y de entender sus vacíos. Y las organizaciones ambientales estamos en proceso de reflexión cuestionándonos si valdrá la pena seguir vinculados a estos procesos de negociación, preguntándonos qué es lo que nos corresponde hacer.

Veamos lo de la reducción de la temperatura del planeta, otro de los aspectos fundamentales que tuvieron resultados insuficientes. Ya sabemos, por criterios científicos, que el compromiso de evitar un aumento de la temperatura global hasta 2 grados centígrados es insuficiente para detener los efectos dañinos del cambio climático. Por eso, la mayoría de los países proponíamos no llegar a más de 1.5 grados. ¿Qué dice el acuerdo de París? Dice: “mantenernos lejos de los 2 grados centígrados y hacer esfuerzos para no superar los 1.5 grados”. Pero el techo sigue siendo 2 grados. Con ese resultado, los gobiernos pueden ahora decir: “La elevamos a más de 1.5 grados, ¡pero no nos pasamos de 2!” La única obligación es, pues, no pasarse de 2 grados.

En este aspecto, lo único concreto es que ya no se puede ir para atrás. Podemos entonces preguntarnos qué diferencia hace París con lo que ya se había acordado en Copenhague y en las COP anteriores. Realmente, no vemos mucha diferencia.

Veamos lo del financiamiento global para enfrentar el cambio climático. Lo que se pedía eran 100 mil millones de dólares anuales a partir de 2020. En el acuerdo quedó que 100 mil millones de dólares son “el piso”, pero no se establece que ese piso crezca… así que puede ser que nunca pasen del piso. El compromiso es alcanzar esos 100 mil millones de dólares, pero no se plantea superarlos. Creemos que 100 mil millones de dólares es una cifra insuficiente. Para recuperarse del huracán Sandy en Estados Unidos el Presidente Obama pidió 60 mil millones de dólares, el 60% de lo prometido para todo el planeta de 2020 hacia adelante, y para un solo país y un único evento. ¿Serán suficientes 100 mil millones para todo el mundo y para todo lo que viene?

De pretender un acuerdo vinculante legalmente en París, ahora se habla de “el paquete de París”. Los resultados se dividieron en dos documentos: “el acuerdo de París”, que se supone es legalmente vinculante, aunque con las limitaciones que he mencionado, y otro documento, “la decisión de París”, una decisión de la COP 21, en la que se seguirá trabajando. Ambos documentos constituyen el paquete de París. Las cosas más difíciles quedaron en “la decisión”, para seguir discutiéndolas. Y las cosas que hubieran tenido capacidad de transformación de la situación climática planetaria quedaron en “el acuerdo”, aunque claramente insuficientes.

Quiero referirme a una de las que quedó en el acuerdo, aunque sin fuerza. Es el tema de pérdidas y daños, del que se había venido discutiendo cuando se hablaba de la adaptación de los países al cambio climático. Ya hace años inició esta reflexión y algunos países decían que el cambio climático ya les había producido pérdidas y daños irreparables y se preguntaban quiénes se responsabilizarían por compensar esos daños…

En la COP 19 de Varsovia (2013) y en la COP 20 de Lima (2014) hubo discusiones intensas donde los países afectados reclamaban compensación por esas pérdidas y daños, un reclamo que es de elemental justicia. ¿Qué quedó ahora sobre pérdidas y daños en el acuerdo de París? Que hay que seguir trabajando en ese tema, pero no hay nada destinado a compensación.

Este resultado se considera un avance porque Estados Unidos se había opuesto tajantemente a que ese tema entrara al acuerdo. Sí entró, pero en la decisión de París se afirma que ningún país está obligado a reconocer compensaciones. En otras palabras: sigamos hablando de pérdidas y daños, pero no hablemos de dinero… Ahora, considerando un avance que el tema de pérdidas y daños entrara al acuerdo, se alimenta la esperanza de que, en algún momento y en el marco de las discusiones de las próximas COP, se puedan incluir recursos para compensaciones. Me parece una ilusión porque ese objetivo tienen en contra al llamado “grupo umbrella”, integrado por varias de las economías más poderosas del mundo, Estados Unidos, Canadá, Japón, Corea, Australia y Nueva Zelanda, que no están dispuestas a entregar recursos para ese fin.

Veamos ahora el objetivo de que la vulnerabilidad climática de Centroamérica fuera reconocida internacionalmente. Es indiscutible nuestro alto grado de vulnerabilidad. En cualquier índice de riesgo climático siempre aparecen dos o tres países centroamericanos en el top ten, en lo más alto del ranking.

Hasta ahora los gobiernos de Centroamérica no habían logrado consenso para proponer a Centroamérica como región altamente vulnerable, lo que desde las organizaciones de la sociedad civil ha sido una permanente demanda, no sólo porque eso acrecienta la posibilidad de conseguir recursos financieros para enfrentar la adaptación al cambio climático, sino porque es importante que nuestras poblaciones tomen conciencia de que vivimos en una región de alto riesgo climático.

Por fin, antes de París, los gobiernos y las sociedades civiles de Centroamérica se pusieron de acuerdo en este punto para llevarlo a las negociaciones. Sólo Belice no estuvo de acuerdo porque, aunque no es una isla, forma parte de los “pequeños estados insulares”, los que corren más peligro ante el cambio climático. República Dominicana sí se unió a Centroamérica.

Cuando la región presentó en París la demanda de ser reconocida como altamente vulnerable, otros grupos de países adujeron lo mismo y también demandaron ser reconocidos como países “particularmente vulnerables”. Ahí se complicó la negociación, se empezaron a añadir regiones geográficas y cada vez había más países con alta vulnerabilidad: los estados insulares, los países centroamericanos, los países africanos, los países montañosos… Se fue agrandando la lista y para zanjar la discusión se decidió que no se reconocería a ningún país en esa condición.

¿Qué quedó finalmente sobre este punto? El acuerdo de París se refiere a la Convención de Cambio Climático de 1992, que señala a los países que están en mayor riesgo: los que tienen costas más bajas, los que tienen recursos hídricos deficitarios… y, sin mencionar países o regiones específicas, dice que son altamente vulnerables quienes cumplen con las condiciones que establece la Convención. Aunque Centroamérica cumple con casi todas, no hubo un reconocimiento oficial de la alta vulnerabilidad que tenemos en nuestra región.

África sí logró que se conformara un grupo de trabajo, al que va a darle seguimiento la presidencia, para avanzar en la discusión de si se puede o no considerar a todo el continente africano como altamente vulnerable, aunque ya sabemos que África no es un continente homogéneo, pues hay países africanos, como Sudáfrica, con economías sólidas. A pesar de que Centroamérica no lo consiguió en esta ocasión, creemos que la región debe seguir buscando ese reconocimiento, aun cuando sea difícil conseguirlo en las condiciones actuales, pues la correlación política en los grupos de negociación no es favorable para insistir en lograrlo.

Hablemos ahora de la participación de Nicaragua en la cumbre de París. La delegación de Nicaragua fue presidida por el ministro secretario para políticas públicas, el doctor Paul Oquist. Desde la reunión de Cancún en 2010 él viene presidiendo la delegación nicaragüense en las COP. Aunque hay una focalía de la Convención de Cambio Climático en el MARENA (Ministerio de Recursos Naturales y del Ambiente), al menos a nivel internacional no desempeña su función. En la delegación, y hasta donde tenemos conocimiento, estuvieron también el viceministro del MARENA, un funcionario que atiende el tema de REDD+ y un miembro de la delegación de Nicaragua en Naciones Unidas en Nueva York.

Por las organizaciones de la sociedad civil nicaragüense, participando en carácter de observadores en la COP oficial estuvieron cinco representantes de la Alianza Nicaragüense ante el Cambio Climático (ANACC), tres del Pacífico y dos de la Costa Caribe y un representante de la Federación de Cooperativas del Campo. En el espacio no oficial participaron seis personas incluyendo dos jóvenes indígenas Rama. En total, hubo una representación de unas treinta personas aproximadamente, de distintos espacios, destacándose, entre otras, la representación del Foro Centroamérica Vulnerable Unida por la Vida, la Concertación Regional de Gestión de Riesgos, el Concejo Indígena Centroamericano, el Observatorio de la Sostenibilidad (SUSWATCH), la Campaña Mesoamericana de Justicia Climática y los espacios nacionales de concertación para el Cambio Climático.

Tuvimos oportunidad de tener una reunión con el jefe de la delegación de Nicaragua y él nos adelantó sobre la posición que llevaba: insistiría en las responsabilidades históricas de los países que han contribuido más al calentamiento global, reclamando lo que en la jerga del cambio climático se conoce como “el principio de responsabilidades comunes pero diferenciadas de acuerdo con la capacidad nacional”, lo que significa que todos los países somos responsables de lo que está ocurriendo, pero hay unos más responsables que otros, y que todos estamos obligados a aportar soluciones, pero en la medida de nuestras capacidades nacionales.

Ciertamente, este principio que decidió defender el gobierno de Nicaragua, se trató de evadir en la cumbre de París. Fue una lucha de los países del G-77 que se siguiera manteniendo la diferenciación en las negociaciones. La posición que sostuvo Nicaragua no era sólo que se mantuviera el principio, sino que se cumpliera: que los países industrializados asumieran responsablemente la reducción obligatoria de sus emisiones y que no se les exigiera lo mismo a los países con poca o menor responsabilidad. En el acuerdo de París el principio de diferenciación quedó intacto, pero la reducción de las emisiones, ya lo vimos, no será obligatoria.

Incluso, muchos reclamábamos que economías emergentes y poderosas, como las de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica) asumieran también reducciones obligatorias. Pero en el forcejeo entre las grandes economías con un alto grado de responsabilidad histórica (Estados Unidos, Europa, Australia, Nueva Zelanda) y los BRICS, con menos responsabilidad histórica, se concluyó que para ningún país las reducciones fueran obligatorias. Eso difuminó completamente el principio de diferenciación.

De nuevo, fue éste otro punto en el que aparentemente se avanzó, porque los movimientos sociales estaban pidiendo que, por justicia ambiental, se mantuviera la diferenciación. Y se mantuvo, pero sin que ese principio se traduzca en un compromiso obligatorio, vinculante legalmente, verificable.

A pesar de la validez del razonamiento de Nicaragua, al final nuestro país quedó aislado. Nicaragua, junto a otros siete países (Corea del Norte, Libia, Nepal, Panamá, Timor del Este y Uzbekistán) no presentaron sus contribuciones, las INDC. Realmente, el aporte de nuestro país al calentamiento de la atmósfera es apenas el 0.03% y si Nicaragua dejara de contaminar, la atmósfera ni se enteraría…

Políticamente y desde nuestra perspectiva, no presentar nuestra INDC no fue una decisión acertada. Todos los países del continente presentaron sus contribuciones a excepción de Panamá y Nicaragua. Incluso, en medio del júbilo desatado al final por el acuerdo, cuando todo el mundo estaba felicitando a la presidencia de la COP, pidió la palabra la representante de Venezuela, Silvia Salerno. “Señor Presidente -dijo-, Venezuela celebra también el acuerdo y por eso, nuestra contribución, la que no habíamos presentado hasta ahora, la hemos presentado hace cinco minutos ante la secretaría de la cumbre”. Fue un gesto político de rectificación que le ganó grandes simpatías.

Pero no fue sólo que no presentáramos nuestra contribución. Al final, Nicaragua también quedó señalada y aislada. Las cosas sucedieron así. La diplomacia francesa, con el apoyo de la diplomacia peruana, logró una primera propuesta de acuerdo el martes de la segunda semana de la cumbre. El texto que presentaron tenía innumerables corchetes, que es el formato que Naciones Unidas utiliza para indicar donde hay todavía contradicciones.

Con esa primera propuesta se abrió la posibilidad de discusión del primer borrador del acuerdo. Se circuló ese documento y la presidencia de la COP dio a las delegaciones dos horas y media para revisarlo e ir al plenario, donde se cedió la palabra a las delegaciones que así lo pidieron. Se procedió a la instalación de los grupos en modalidad “indaba”, a donde debían dirigirse los países que sentían que sus intereses no estaban representados en el documento. Como ya dije, esa metodología agilizó la discusión y el consenso. Después de esta discusión, el jueves se presentó otro texto con menos corchetes. El viernes debía concluir la cumbre a las 5-6 de la tarde, pero a esa hora todavía estaba circulando un tercer borrador de acuerdo.

Fue hasta el sábado a las 7 de la tarde cuando se presentó finalmente un texto definitivo de acuerdo ya sin corchetes, 24 horas después de la fecha definida para cerrar la cumbre. Entonces, el canciller francés, Laurent Fabius, martillo en mano, abrió la discusión y la cerró en menos de medio minuto. Hubo sólo tres pedidas de palabras. La tercera, la del doctor Oquist, a nombre de Nicaragua.

El representante de Nicaragua tomó la palabra cuando ya se había anunciado un acuerdo definitivo y había estallado el júbilo. En ese contexto de algarabía generalizada, además de anunciar que Nicaragua no podía respaldar el consenso, afirmó que el proceso de discusión que se había desarrollado en la cumbre había sido antidemocrático, se quejó de que en los grupos temáticos Nicaragua no había sido suficientemente escuchada y pidió la supresión del artículo 52 de la decisión de París, que establece que se exime de compensaciones a los países desarrollados por pérdidas y daños causados a otros países, una opinión que nosotros compartimos al cien por ciento porque nos parece una reivindicación justa.

Nicaragua no se opuso al acuerdo, pero no respaldó el consenso logrado que hizo posible el acuerdo. Fue el único país del mundo que no respaldó dicho consenso. A mi juicio, lo que dijo el representante de Nicaragua fue bastante ajustado a los reclamos de justicia climática que han hecho desde hace años los movimientos sociales globales, en correspondencia con los principios de responsabilidad histórica de los países, diferenciando las responsabilidades. Sin embargo, aunque sus palabras pudieron interpretarse como valientes, por la entereza de decir la verdad de que el acuerdo estaba faltando a los compromisos originalmente aceptados en la Convención, la posición de Nicaragua fue vista con indiferencia, como la del villano de la película, como la del aguafiestas que llega de último a la celebración a empañar su encanto.

La posición de Nicaragua en la cumbre climática, no presentando INDC y no acompañando el consenso, puede también interpretarse como poco legítima, al pedir en el extranjero una justicia ambiental que no cumple a lo interno, donde su comportamiento ambiental es totalmente deplorable, reñido con las mejores prácticas y promoviendo proyectos que ponen en riesgo la integridad ambiental de nuestro país, como es el proyecto del Canal Interoceánico.

Viéndolo así, también podemos interpretar la posición de Nicaragua como una cortina de humo que el gobierno quiso lanzar para que nadie le pida cuentas ambientales y para evadir cualquier compromiso futuro. También cabe otra interpretación: hay sectores del gobierno de Nicaragua que quieren congraciarse con movimientos sociales y redes históricas de solidaridad que se creen el discurso oficial de que el actual gobierno da continuidad a la Revolución de los años 80.

En la primera semana de la cumbre Oquist hizo una presentación del proyecto del Canal afirmando, con cifras, que contribuiría a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero al agilizar el transporte marítimo de grandes buques mercantes. Pero el público que acudió a esa presentación fue poco representativo y el mensaje no tuvo mucho eco. Estuve presente en una exposición que hizo la CCAD (Comisión Centroamericana de Ambiente y Desarrollo), en la que alguien preguntaba sobre las inversiones en Centroamérica y, aunque Oquist estaba allí y aunque era el momento para hablar de las grandes “bondades” del Canal, prefirió guardar silencio.

Lo que ahora le reclamamos al gobierno de Nicaragua no es su contribución para reducir gases de efecto invernadero, pero sí cuál es su contribución a la adaptación al cambio climático. Seguiremos demandando que nuestro país presente sus contribuciones a la adaptación porque necesitamos saber a qué se compromete nuestro país en términos de adaptación del año 2020 en adelante. Eso sí nos importa. Porque, más allá de si la posición de Nicaragua es justa o no, más allá de si fue o no políticamente correcta, más allá de si esa posición nos deja fuera del financiamiento para adaptarnos al cambio climático, creo que debemos de transmitir el mensaje de que las soluciones no nos van a llegar de fuera.

Siendo super-optimistas, y aún si se cumpliera todo lo planeado en cuanto a recursos, las soluciones no nos van a venir del exterior. Incluso 200 mil millones de dólares a nivel global son insuficientes para garantizar todos los procesos que Nicaragua necesitaría desarrollar para enfrentar el cambio climático. Además, la gente ya se está adaptando y no está esperando, ni siquiera está atenta a los procesos globales de negociación.

Si en algún momento llegaran algunos recursos del Fondo Verde Climático de la Convención, que ya aprobó ocho proyectos, dos en América Latina, serán adicionales a los esfuerzos nacionales que ya está haciendo la gente del campo en sus comunidades para garantizarse su propia sobrevivencia. Y aunque esos esfuerzos son todavía dispersos, son los auténticamente necesarios para lograr la adaptación, no los de la maquinaria oficial de la Convención de Naciones Unidas, que promueve y provee soluciones tecnocráticas sin considerar a la gente como sujetos activos de su adaptación al cambio climático.

¿Qué continuidad va a tener ahora el proceso que ha tenido en París un nuevo hito en las negociaciones climáticas? ¿Cómo entrará en vigencia el acuerdo de París? El 23 de abril de 2016 los países del mundo están convocados a firmar el acuerdo en la sede de Naciones Unidas en Nueva York. Y un año después, el 23 de abril de 2017, cada país firmante deberá haber ratificado el acuerdo con la aprobación de sus respectivos parlamentos y habrá incorporado sus contenidos a su legislación nacional.

El acuerdo entrará en vigencia cuando el 50% de los países firmantes de la Convención de Cambio Climático hayan ratificado su adhesión al acuerdo y cuando las reducciones emitidas por esos países sumen más del 55% de las emisiones globales. ¿Y cuándo se van a revisar las contribuciones prometidas voluntariamente? Eso no se ha fijado.

En el año 2018 habrá una revisión de la ambición -a cuánto debemos aspirar en la reducción de gases contaminantes-, pero a lo único que obliga esa revisión es a comprobar que los países no reducen emisiones en menor cantidad de la que ya comprometieron. Las reducciones de los gases de efecto invernadero tienen que ser progresivas, nunca pueden disminuir, aunque siguen siempre basadas en promesas voluntarias, ya que el acuerdo no establece en cuánto deberían incrementarse progresivamente las INDC ni tampoco fija un umbral al que deberían acercarse, ni en referencia a la sumatoria global ni en referencia a nada.

En 2018, una vez revisada la ambición, las contribuciones serán revisadas cada cinco años, pero la primera revisión oficial del cumplimiento de las contribuciones se dará hasta el año 2025, ¡década y media después de que se debió haber comenzado a tomar medidas urgentes!

¿A qué se deberá tanta lentitud? ¿Por qué tanta confianza de las economías industrializadas, cuando ya todas ellas están sufriendo los efectos dañinos del cambio climático? Algunos piensan que deben tener alguna solución tecnológica bajo la manga que aún no conocemos. Es sólo una especulación que se escucha.

Las soluciones tecnológicas conocidas hasta ahora para reducir los gases contaminantes de la atmósfera son contraproducentes y profundizan la crisis ambiental. Todas tienen que ver con incrementar la capacidad de los océanos de absorber dióxido de carbono por procedimientos químicos y existen muchas dudas sobre cómo esto afectará la salud de los océanos. ¿Tendrán los países de economías importantes otras soluciones que expliquen cómo aprueban un acuerdo que no modifica los anteriores, sino que más bien los debilita, con tal de no obligarse legalmente a reducir directamente las emisiones? No lo sabemos.

París demostró que el desgastante proceso de negociaciones, COP tras COP, no garantizó resultados ni insumos suficientes para lograr un buen acuerdo. ¿Cómo es posible que después de veinte años de negociaciones no se haya llegado a un buen acuerdo? Ahora quedó más que demostrado que el proceso ha sido ineficiente y debe ser revisado.

Toda la preparación y sus ineficiencias quedaron olvidadas cuando la presidencia de la COP anunció solemnemente que había un acuerdo y que era legalmente vinculante, que tenía mayor ambición, que ya no se hablaba de 2 grados, que habría 100 mil dólares anuales para atender el cambio climático… Increíblemente, todas las promesas expresadas en el acuerdo se dieron por compromisos firmes y el júbilo fue unánime. Y comenzaron las declaraciones celebrando el resultado. El representante de China y el de Estados Unidos, John Kerry, expresaron su satisfacción en iguales términos. El jeque gobernante de Arabia Saudita se felicitó por el acuerdo… tal vez porque el texto no menciona siquiera la palabra “hidrocarburos” ni la palabra “petróleo”...

Países tan disímiles como Ecuador, Burundi o Tuvalu, una pequeña isla que va a desaparecer por el cambio climático, celebraban al unísono. Y uno se preguntaba cómo podían coincidir los intereses sobre el cambio climático de Arabia Saudita, el país con renta petrolera más alta del mundo, con los de Burundi, un país con las menores rentas a nivel global… También vimos a organizaciones ambientales del Norte con cierto compromiso ambiental aplaudiendo el acuerdo. Y escuchamos al presidente del Banco Mundial diciendo que el de París era un acuerdo que “desatará las fuerzas del mercado para poder darle solución al problema climático”. Y uno se preguntaba cómo el mercado que causó el problema podría ahora resolverlo…

¿En las negociaciones de París decidieron los gobiernos o las empresas? Sabemos que quienes negocian son los gobiernos, pero quienes ponen las emisiones de gases son las compañías transnacionales. Hay menos de 20 empresas transnacionales, que son responsables de más de la mitad de las emisiones globales de gases de efecto invernadero.

Lo que ha venido sucediendo hasta ahora también sucedió en París: los gobiernos de los países de origen de esas empresas van a las negociaciones acompañados de las empresas. La delegación de Estados Unidos, por ejemplo, era de más de un centenar de personas, incluyendo a representantes de empresas contaminadoras. La pregunta de siempre es: ¿Deben negociar los gobiernos o deberían negociar quienes contaminan directamente la atmósfera? Lo que sucede es que son los gobiernos los que representan a esas compañías y por eso se les dificulta tanto asumir compromisos ambiciosos, porque sería jugar contra los intereses de grandes empresas que están entre sus principales contribuyentes…

Dos hechos del contexto internacional también tuvieron que ver con las negociaciones que se dieron en París y creo que hay que tenerlos en cuenta a la hora de evaluar los resultados. El primero, los atentados terroristas en París en noviembre. Llegamos a una ciudad crispada, nerviosa, donde se habían prohibido totalmente todas las marchas y movilizaciones callejeras. Hubo algunos intentos, pero el ambiente no ayudaba y pocos querían arriesgarse a romper el orden establecido.

Como las grandes movilizaciones por la justicia climática habían venido creciendo hasta la última de Nueva York, en septiembre de 2014, que movilizó a más de 100 mil personas en las calles, en París se esperaban manifestaciones inmensas. Ya en Copenhague el activismo europeo había demostrado su capacidad de movilizar multitudes. En 2009 el activismo ambiental europeo colapsó esa ciudad. Y estando París geográficamente aún más céntrica en Europa, se anunciaban y se esperaban movilizaciones increíbles. Pero no las hubo. Por eso, los negociadores se sintieron de lo más tranquilos sin ninguna presión social en las calles.

El otro hecho fue el desplome del precio del petróleo, que en los mismos días de la cumbre alcanzó un descenso histórico. La baja del precio del petróleo no hay que verla desvinculada de la negociación climática. Llegamos a la COP 21 con unos precios del crudo que dejan fuera de competencia a las energías renovables desde el punto de vista del mercado. Ahora tienen precios más altos de generación que lo que cuesta generar con el crudo a precios tan bajos.

Hay que reconocer que algunas economías han tenido un ímpetu importante hacia las energías renovables. China, que está ahogándose literalmente porque su gente ya no puede ni respirar, ha tenido un avance increíble en renovables. También Estados Unidos.

La negociación de París se hizo en un clima hostil a las energías renovables: era el altruismo contra el mercado, era ir hacia una economía verde cuando el mercado iba en dirección contraria... En un mundo tan complejo como es el que maneja los precios del petróleo, no sé si la coincidencia del desplome de los precios del crudo fue casual o motivada, pero influyó.

Ciertamente, hay actualmente una contracción de la demanda de petróleo de China, pero también es cierto que el consumo de petróleo ha estado subiendo, ahora que tiene precios tan bajos. Según el criterio científico, para el año 2030 la humanidad debería haber reducido entre el 30% y el 40% de las emisiones globales si no queremos que el calentamiento global supere los 2 grados centígrados, lo que provocaría un grave riesgo.

Para que esa necesaria reducción se logre, entre 2016 y 2020 deberíamos haber alcanzado el pico de la curva del consumo de hidrocarburos para, a partir de ahí, empezar a descender y poder llegar al año 2030 con la reducción que demanda el criterio científico: estar por debajo de las emisiones que teníamos en 1990. Ésa es la meta.

La reducción de los precios del petróleo ha incrementado el consumo, a pesar de la contracción experimentada en China, y no se vislumbra que el pico máximo de consumo global se alcance a tiempo, comience a descender el consumo y eso reduzca de manera significativa las emisiones.

Más se complican las cosas ahora, cuando ya tenemos un acuerdo globalmente aplaudido, que es legamente vinculante sólo en las cosas que menos nos interesan, mientras el contexto del mercado internacional y del sector energético no nos permiten ser optimistas sobre el cumplimiento del criterio científico.

Y hablando de energías renovables, quiero señalar también que el acuerdo de París refrendó los mercados de carbono, considerados por los movimientos sociales y por las organizaciones ambientales como una falsa solución para el calentamiento global, pues las capturas de carbono que se logran con este mecanismo son sólo temporales y terminan incorporándose al ciclo del carbono.

Desde hace años, los países del Norte que deben reducir las emisiones de gases de efecto invernadero financian la siembra de árboles en los países del Sur. Y como los árboles capturan el carbono de la atmósfera, los países del Norte contabilizan esa captura en el Sur como reducciones propias. El acuerdo de París revitalizó los certificados de carbono alentando a los países industrializados a seguir promoviendo esas iniciativas para reducir sus propias emisiones.

Realmente, ha habido siempre en estas negociaciones climáticas una permanente disyuntiva: mantener vivo el sistema multilateral de negociación sobre el cambio climático, a pesar de todas sus limitaciones, o apostar a mantener vivas las expectativas que queremos lograr en los acuerdos. Los negociadores siempre nos dicen: ése es el mínimo común denominador de lo que se puede lograr. Y sólo en el marco de ese mínimo común se mantiene vivo el marco multilateral. Así se nos han impuesto, una vez tras otra, acuerdos de mínimos comunes denominadores, en vez de acuerdos ambiciosos.

Y eso fue lo que volvió a ocurrir en París, aunque creo que esta vez fue aún más grave porque muchos de los acuerdos dependen de la buena voluntad de quienes tienen la mayor responsabilidad histórica en la contaminación de la atmósfera, de quienes hasta ahora han demostrado que no tienen voluntad de comprometerse efectivamente para superar la crisis climática.

Un punto para finalizar. Todos aquí conocemos la encíclica “Laudato Si” del Papa Francisco, un documento trascendental para entender los compromisos que requiere el cuidado de la casa común. Pues bien, es muy fácil darse cuenta de que el acuerdo de París no es consecuente con los contenidos de la “Laudato Si”. Ésa es otra vía para valorar que el acuerdo es claramente insuficiente.

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