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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 405 | Diciembre 2015
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Centroamérica

Ernesto y María: desafiando barreras mentales y fronteras físicas

Aunque el Estado levanta muros para frenar, también los muros cumplen la función de unir a los indocumentados que los burlan, sin necesidad de que pertenezcan a ningún movimiento u organización. Sortear los muros y las vallas tiene una dimensión política en la que burlarlos es el mensaje. Y el mensaje es: Sabemos que está prohibido cruzar, pero tenemos derecho y podemos. Quienes cruzan las fronteras protagonizan una masiva desobediencia civil: le niegan al Estado el derecho a detenerlos.

José Luis Rocha

En su interesante rastreo de los nuevos caminos del cambio social y las luchas políticas, Manuel Castells argumenta que “las relaciones de poder son constitutivas de la sociedad porque aquellos que detentan el poder construyen las instituciones de la sociedad de acuerdo a sus valores e intereses”.

EL PODER QUE PERSUADE Y REPRIME
Y EL CONTRAPODER QUE DESAFÍA


A partir de esta premisa, Castells distingue dos ámbitos del cambio y de la lucha entre el poder y el contrapoder: “El poder es ejercido mediante la coerción (el monopolio de la violencia, legítima o no, que tienen quienes controlan el Estado) y/o la construcción de significados en la mente de las personas, a través de mecanismos de manipulación simbólica”. Estas dos vertientes del poder -persuasión y coerción, hegemonía y violencia, manipulación simbólica y sujeción física- las más de las veces trabajan juntas.

La superación de ambos controles -el mental y el de las fronteras físicas- es en sí misma -según Castells- un enfrentamiento con el poder, un despliegue del contrapoder, es decir, un ejercicio de “la capacidad de los actores sociales de desafiar el poder imbricado en las instituciones de la sociedad con el propósito de reclamar representación para sus propios valores e intereses”. ¿Cómo ocurre este ejercicio en personas que consideraron que la imperiosa necesidad de mejorar sus condiciones de vida estaba por encima de la prohibición de cruzar varias fronteras e instalarse en un país sin las autorizaciones requeridas?

No hay duda de que la potestad del Estado para ejercer el monopolio de la violencia legítima es un pivote imprescindible del poder. Sin embargo, observa Castells, “la construcción de significados en la mente de las personas es una fuente de poder más decisiva y más estable” porque “la manera en que la gente piensa determina el destino de las instituciones, normas y valores sobre los cuales las sociedades están organizadas. Pocos sistemas institucionales pueden durar largo tiempo si sólo están basados en la coerción. Torturar cuerpos es menos efectivo que moldear mentes”.

Cuando la gente cambia su forma de pensar en un sentido que contradice las normas y valores del Estado, la aplicación de las políticas estatales se enfrenta a una barrera y se produce un cambio social, aunque -señala Castells- no necesariamente en la dirección y medida que satisface las esperanzas de los agentes del cambio. En todo caso, ese cambio puede obtener la neutralización de la que habla Bobbio: le imposibilita al Estado la consecución de sus objetivos.

En la proliferación machacona de programas de desarrollo de USAID que criminalizan la migración, presentándola como indisolublemente asociada a las redes del crimen organizado (trata de personas, narcotráfico) y al SIDA, campañas, estudios, investigaciones y películas son empleados como artefactos orientados a infundir terror, operan en las mentes antes que en los cuerpos y no reparan en promover el enfoque anti-trata a costa de los derechos humanos de los migrantes.

LA PRIMERA BARRERA A SUPERAR:
LA FIDELIDAD A LA PATRIA


Aun siendo de mucho peso y resultado de acciones muy planificadas, ésta no es la primera ni la más resistente barrera ideológica que los migrantes han de vencer. La primera suele estar introyectada y es reforzada por los intelectuales orgánicos de la que el sociólogo alemán Ulrich Beck llama national Outlook (perspectiva nacional). Maestros, sacerdotes, pastores, promotores de proyectos de desarrollo y militantes de partidos políticos, entre muchos otros, tienen un proyecto de vida que está contenido en los límites de la nación, la parroquia o la aldea. Sus labores -y a menudo sus proyectos utópicos- tienen una circunscripción territorial que no excede las fronteras del Estado-nación. Su propuesta es construir una sociedad mejor en el reducido espacio geográfico que la iglesia, el partido o la ONG les ha asignado. Su universo parroquial encapsula la utopía. Los migran¬tes deben romper esa perspectiva.

En conversaciones con migrantes he visto que esa ruptura implica entender que la fidelidad a la patria -cuya mitología es cultivada en Centroamérica con el extremo fervor con que se celebran las fiestas de la independencia- no excluye la búsqueda de otros horizontes para mejorar las condiciones de vida. La convicción de que pertenecemos al lugar donde nuestro ombligo fue enterrado, a esa tierra a la que la providencia nos destinó, no desaparece por entero, pero es perceptible en los migrantes una lucha para romper con la racionalidad hegemónica que ancla las posibilidades entre los linderos del Estado-nación de origen.

No se trata de celebrar las migraciones per se, sí de ponderar el potencial creador de nuevas posibilidades que tiene la movilidad que trasciende fronteras, la voluntad de superar lo que Boaventura de Sousa Santos llama el “limitado horizonte de posibilidades”. Santos sostiene que “considerando las tres categorías modales de existencia -realidad, necesidad y posibilidad- la racionalidad hege-mó¬nica y el conocimiento se enfocan en las primeras dos y descuidan enteramente la tercera”.

EL HONDUREÑO ERNESTO SERNA:
“FUI VIENDO Y REFLEXIONANDO”


Los migrantes se atreven a superar su horizonte de posibilidades en un espacio que les estaba vedado. Para mostrar mejor la agonía y reflexiones que implica esa superación recojo el testimonio de Ernesto Serna, migrante hondureño de 40 años, con dos estadías en Estados Unidos. La primera de 2005 a 2007 y la segunda desde 2013 hasta hoy. Las dos veces en Fairfax, Virginia, un condado con 58,591 centroamericanos, 8,898 hondureños. Las dos veces compartiendo un cuarto de 3 x 2 metros con un hermano y una hermana, extremando la austeridad para expandir sus ahorros.

En sus viajes fue hospedándose en comunidades de religiosos mexicanos, de quienes recibió cama, mesa, llamadas telefónicas, transporte y dinero. En su segundo viaje iba a cargo de un par de muchachos de 16 años que huían de la violencia.

Ernesto es un campesino de montaña adentro. Nació en Dulce Nombre de Culmí (Olancho) y creció en Minas de Oro (Comayagua). Pela cocos en un pestañazo, maneja el machete con la destreza de quien ha trabajado toda su vida con esa herramienta. Es de una franqueza cruda y sin paliativos. Era promotor de proyectos de desarrollo en una ONG de la iglesia católica. Su esposa es directora de un instituto de formación vocacional de la misma congregación católica.

¿Cómo tomó la decisión de migrar? “Normalmente uno va viendo el entorno de las personas y se va viendo en esas personas. Yo tenía dos personas de referencia en lo laboral. Las veía y pensaba: cuando esté más viejo, voy a estar así, sin una base económica que me permita sobrevivir. Y me dije: yo tengo que vivir de mis propios recursos y trabajar porque yo quiera trabajar. Porque a mí me gusta no trabajar obligado porque necesito un sueldo para tener una comida. Y que cuando al jefe se le antoje, decir que ya no y quedar en la calle, a la deriva de la suerte o de la lástima por mí. Si sintieran compasión, está bien. Pero normalmente la gente siente lástima y te invitan a trabajar un día o medio día, a chapear un solar. Eso me hizo ir reflexionando y tomar una decisión”.

“ME ENSEÑARON A OLFATEAR LA REALIDAD”


“Lo que hice fue ir trabajando poco a poco a la familia, explicarles que la parte económica no está siendo muy bondadosa que digamos para poder vivir. Mi esposa y yo teníamos un salario, pero no era suficiente. Ella ganaba 7,500 lempiras (375 dólares) y yo 8,000 (400 dólares). Pero los dos estábamos en la universidad, mi hija Vilma en quinto grado y Marcela en tercer grado. Y también apoyábamos a Alfonso, el hijo mío. Para los gastos educativos, de alimentación y de la casa ese dinero era insuficiente. Teníamos para sobrevivir. Pero se vino una crisis económica a nivel global y los centros donde nosotros estábamos trabajando se vieron reducidos en personal. Además, estaba la amenaza de que los financiadores de los proyectos sociales están teniendo la mirada puesta en África, donde hay sequías, hambrunas y guerras”.

“Vos sabés que a uno le enseñan a ir olfateando la realidad. Y en la medida en que te enseñan a olfatear, también te enseñan a ir tomando decisiones. Y yo creo que mis decisiones no fueron tan descabelladas. Yo tenía mi proyecto de estudiar. Quería sacar la licenciatura en sociología, pero como tenía que estudiar a distancia, se me obligó a estudiar pedagogía. De todas formas, por mi trabajo necesitaba saber cuestiones pedagógicas. Yo estudiaba los sábados después de las 2 de la tarde y los domingos por la mañana. Pero así a distancia toma un vergazal de tiempo. Apenas había sacado tres de 50 materias”.

“¿ME QUIEREN TENER SIEMPRE COMO
EL CIEGO DE JERICÓ, CON LA MANO EXTENDIDA?”
“Cuando les dije a mis colegas que me iba otra vez a los Estados Unidos, a mí se me criticó. El comentario más fuerte fue: ¡Pucha, se va éste! A éste en vez de formarlo lo ‘desformamos’. Consideran que hubo una ‘desformación’ en el proceso de acompañamiento que se me dio…”

“Uno cree que es gente de criterio la que dice eso. Ese comentario me lo hizo la administradora frente a la subdi¬rec¬tora. Eso en el momento te molesta, porque uno sabe que ellas tienen una vida hecha, tienen visa, pueden venir a los Estados Unidos cuando quieran, pueden ir a España porque tienen visa y han construido una posición económica que les permite moverse. Ellas viajan cuando lo planifican. De lo que sí estoy seguro es que no es deformación. Al contrario, es la formación que me han dado la que me permite ver la realidad desde donde se tiene que ver. Pero me quieren tener como el ciego de Jericó, siempre con la mano extendida. Prefieren no dejar que este maje se vaya para ver si va a construir lo que desde su perspectiva está diciendo que va a hacer”.

“Yo me movía en la moto que era de la ONG. Pero cuando vino la crisis me la vendieron para que yo pusiera el mantenimiento y el combustible. Yo tenía actividades en comunidades que estaban bien lejos, incluso los fines de semana. Todo el combustible yo lo pagaba. Luego vi que venían intelectuales contratados y empezaban ganando mil dólares. Eso causó muchas molestias entre los hondureños que tenían rato de estar trabajando. A ver cómo me va aquí. Soñar no cuesta nada, realizar los sueños es lo que cuesta”.

El contexto que motiva la migración de Ernesto son las repercusiones de la crisis económica sobre la ONG en la que trabaja, los recortes realizados y los que se avizoran. Ernesto fue uno entre las decenas de miles de hondureños que migraron en 2013 y uno también de los 36,526 hondureños que fueron deportados ese año desde Estados Unidos, algunos -como Ernesto- para emprender sin mayores dilaciones una nueva marcha hacia el Norte.

Fue también uno de los 2 millones 173 mil 746 migrantes no autorizados que entre 2006 y 2013 lograron entrar a Estados Unidos. Para ellos la crisis no fue un factor que hizo menos atractivo Estados Unidos, no marcó un punto de inflexión en el ciclo migratorio, imbricado en las fases económicas del país receptor. El efecto de la crisis sobre la eurozona, de donde provienen los fondos de la ONG en que Ernesto trabajaba, provocó un efecto carambola sobre un sector muy dependiente de la cooperación externa.

Ernesto no perdió su empleo y tenía un salario que superaba los 6,822 lempiras asignados a su sector (servicios comunales, sociales y personales). Pero hizo una reflexión previsora que estaba salpicada de un malestar de clase: lo tenía descontento su salario en comparación con el de sus colegas intelectuales y con su nivel de gastos y lo incomodaban los recortes de personal que estaban afectando a su clase, a aquellos que él atinadamente identifica como puntos de referencia.

EL TEST “DE COMPROMISO SOCIAL”
En el curso de nuestras entrevistas, Ernesto volvió a abordar el conflicto de clases con libertad de palabra campesina y con un test -voy a llamarlo “el test del compromiso social”- al que sometió incluso al director de la ONG. “Yo lo que quiero es ver si se puede contar con personas que dicen que son intelectuales y que también llevan la práctica del acompañamiento social. Yo hago un experimento para ver si así como hablan caminan. Es que a mí el uso de la palabra sólo por ser uso de la palabra no me convence. A mí me gusta ver en la práctica si de verdad socan. Por eso los invito a ir al cerro donde vive mi mamá. Hay un camino para vehículos, pero los llevo a pie para que la gente valore más. Hay un señor que se llama José. Subió con un quintal de maíz. Y desde ahí, desde donde nosotros caminamos con una mochilita, él subió con 100 libras de maíz. ¿Y uno, con sólo una mochilita, no va a llegar? ¿Y luego decís que hay que cambiar la realidad, que hay que transformar, que necesitamos compromisos? ¿Transformar desde una oficina? ¿O desde una moto o un carro, visitando gen¬te de las comunidades, olvidándote de la realidad de la gente? Yo creo que no. Creo que necesitamos conocer la realidad desde la gente que vive allá para poder hacer propuestas reales”.

El tema de la dura realidad de mujeres y hombres concretos, puesto en contraste con las comodidades e inconsis¬ten¬cias de los funcionarios mejor pagados de la ONG -con una “posición económica que les permite moverse”-, fue demasiado recurrente como para asignarle un puesto marginal en la decisión de Ernesto. Esa lucha de clases, que Ernesto sólo podía llevar a cabo abiertamente con el test del compromiso social, normalmente transcurría en forma de cuchicheo entre empleados en las mismas condiciones. El test del compromiso social era su respuesta a una institución que aplica el modelo neoliberal de reducción de costos mediante su externalización, pero reclama conciencia de parte de sus empleados.

El test era su “experimento” para desenmascarar las inconsistencias de una institución progresista pero con un trato marcadamente desigual. Pero el test sólo ofrecía un instante efímero de denuncia, una afirmación que lo distanciaba de las versiones thick y thin de falsa conciencia. Ernesto no consentía ni se resignaba a la posición subordinada del “ciego de Jericó, siempre con la mano extendida”.

UNA DECISIÓN CON UN CONFLICTO INTERIOR


Ernesto no podía transformar esa situación. Pero quería ampliar el horizonte de sus posibilidades y romper con eso que Andrés Pérez-Baltodano denomina “pragmatismo resignado”, enraizado en la cultura latinoamericana.

La migración fue un punto culminante donde la lucha desembocó en una decisión. Pero sigue siendo una decisión no exenta de un conflicto interior, como se desprende del hecho de que Ernesto haga votos de filantropía e interés por el desarrollo comunitario, porque le han inculcado que las decisiones en beneficio personal son egoístas y despre¬ciables desde un punto de vista cristiano y de izquierda. El conflicto brota de que antes y después de tomar la decisión hay una incertidumbre que brota de la naturaleza misma de la moral, que no se basa en certificar normas, sino de oponerles resistencia a un alto costo personal.

Por si se le estaba olvidando la lección, sus jefes se la refrescan. Sus colegas de alto rango en la ONG no supieron entender las necesidades del hombre concreto que es Ernesto y le hicieron pagar el precio de su “desformación” con comentarios antes de su salida.

Cuando Ernesto les avisó que recién acababa de arribar sano y salvo a Estados Unidos le dijeron “Acordate, no olvidés de tu familia” y otros comentarios con una carga no disimulada de desaprobación: “La primera vez que yo me vine juraban que me había venido porque quería dejar a mi mujer. Lo dijeron así textualmente: que yo no tenía cojones de dejarla estando allá y que me venía para separarme de ella. Y ahorita me da la impresión de que siguen esas tendencias: que me he venido porque quiero evitar responsabilidades, cuando es al contrario”.

“Yo me vengo porque quiero que ellos saquen un título universitario y que si en algún momento ellos se tienen que mover del país, que se muevan porque lo quieren hacer, no por necesidad económica. Quiero darles una base para que ellos estudien hasta donde ellos quieran. Quiero que ellos no dejen a su familia por venir a hacer pisto”.

ERNESTO ROMPIÓ EL CONTROL DE LA MENTE
CON EL VIENTO DEL PENSAMIENTO


El anhelo de independencia, el ideal aristotélico de verse liberado de las fuerzas de la mera compulsión -y de liberar a sus hijas e hijo- lanza a Ernesto hacia uno de los ojos del huracán de esas fuerzas. No obstante, muestra esa independencia de criterios que Hamah Arendt identifica con el pensamiento: “La manifestación del viento del pensamiento no es el conocimiento; es la habilidad de distinguir lo correcto de lo erróneo, lo bello de lo feo… La consecuencia de esta peculiaridad es que pensar tiene inevitablemente el efecto de socavar y destruir todos los criterios establecidos, los valores y las medidas -para bien y para mal-. En pocas palabras, socava aquellas costumbres y reglas de conducta de las que nos ocupamos en moral y ética. Los pensamientos congelados, Sócrates parece decir, han llegado a ser tan útiles que puedes usarlos en tus sueños; pero el viento del pensamiento, que ahora voy a despertar en ti, te ha despertado de tu sueño y te hace levantarte y vivir plenamente”.

Con su atrevimiento a pensar más allá de los linderos planteados por su ONG y contra algunos de sus valores, con el fresco viento del pensamiento, Ernesto rompió el control de la mente, la gubernamentalidad que limitaba su horizonte de posibilidades a un universo nacional. Su punto de apoyo fue el contraste de los ideales que le predicaban con lo que él llama la realidad de la gente concreta.

En la antigua Grecia, el concepto inverso de la parresía (libertad de discurso) era la homonoia. Aunque tenida en alta estima por los atenienses y valorada por Demóstenes como una virtud social medular, la homonoia implicaba que todos los ciudadanos pensaban lo mismo y que sus diferencias sociales y políticas estaban sumergidas en una unificada comunidad de intereses como hace el nacionalismo con su falsa homogeneidad y el neoliberalismo cuando reduce los problemas a asuntos técnicos y niega los conflictos de clase. El Estado podía funcionar entonces como una sola mente y una sola voluntad.

“NO TIENEN DERECHO A DETENERNOS”


Nos advierte Josiah Ober: “Homonoia es la mera antítesis de la libertad. Cuando la ciudadanía era de ‘un mismo pensamiento’ no había necesidad de libertad de palabra, pensamiento y acción… Pero un consenso político perfecto y de largo plazo no sólo era imposible sino peligroso. Si la ciudadanía tiene una misma opinión, el debate y la discusión se vuelven irrelevantes”.

El automatismo, la aceptación acrítica de hábitos y reglas, es de lo más apolítico y despolitizante. Ernesto rompe con esa homogenidad de mente y esa independencia de criterio lo lleva a formulaciones contra el principio de soberanía: “Yo creo que no hay derecho de detenernos. Se ha dicho que no deberían existir las fronteras, que debería haber un libre tránsito, así como libre tránsito tiene el arroz, el frijol, el azúcar, el jabón, los productos, también libre tránsito deberían tener las personas. Creo que se debe estar pendiente de si una persona quiere o no quiere hacer daño. Eso sí se debería evitar. ¿Quién viene aquí de los países de nosotros para hacer daño? Normalmente quien viene aquí lo hace por deseos de mejorar su economía, su vida, tanto la suya como la de su familia. Y eso se ve frustrado. Son miles de personas las que se ven frustradas. Los que tuvimos suerte de no ser maltratados, violados, asesinados, secuestrados o deportados… aquí estamos”.

La declaración de Ernesto, un campesino de las montañas de Olancho, es demasiado similar a la de Saskia Sassen. Muestra que se está extendiendo un pensamiento contrahegemónico sobre las migraciones que colisiona con políticas y con ideologías. Sassen dice: “El choque de dos regímenes distintos -uno para la circulación del capital y otro para la circulación de los migrantes- plantea problemas que no pueden ser resueltos por medio de las viejas reglas del juego”. Ese choque es para Ernesto otra forma de inconsistencia: en Honduras la protagonizaban funcionarios que desconocían la realidad del pueblo para el que decían trabajar, en Estados Unidos la encarna un set de reglas que se aplican de forma desigual. Esta es la base de su desobediencia: no se puede obedecer lo inconsistente. La inconsistencia invalida la ley.

LA SALVADOREÑA MARÍA GARCÍA:
“ESTE PAÍS ES DE MIGRANTES”


María García, una migrante salvadoreña recurre ante mí a un argumento histórico para justificar su desacato: “Este país es de migrantes. Los nativos son los indios. Todos los demás han venido de otra parte. California, San Francisco, Los Ángeles y San Diego eran de México. Con engaño fue que todo les quitaron a los mexicanos, así como quitaron Alaska a los rusos”. María expone otra vertiente de ese pensamiento contrahegemónico que se está diseminando para apuntalar ideológicamente el ingreso y la permanencia no autorizados.

Ernesto y María justificaron su ingreso en Estados Unidos apelando a la carencia de legitimidad del principio de control soberano de los Estados-nación y cuestionando el derecho de la población nativa a considerarse como tal. No apelaron al derecho al asilo que asiste a quienes proceden de países de extrema violencia, eran conscientes de que no calificaban en los estrechos criterios de la ley de refugio.

En 1985 María no aplicó ni se planteó aplicar al estatus de asilada. No tocó esa puerta a la residencia legal para sus hijas, que fue llevándose de dos en dos. Tampoco lo hicieron en 2013 los jóvenes encomendados a Ernesto. Se otorgaron el refugio que necesitaban, consideraron que su acción podía ser motivada por otros valores que pusieron por encima de los del Estado. Hicieron un juicio con independencia de las fuerzas ideológicas que los confinaban en un país y los rechazaban en otro. Como Thoreau, los migrantes pusieron lo que era correcto para ellos por encima de lo que es legal.

CÓMO SE FORMAN
LOS GRUPOS DE DESOBEDIENTES


La base del desacato de María García fue el seguimiento de los dictados de su conciencia, una conciencia compartida por una multitud, una serie de convicciones grupales, que se oponen al principio de soberanía territorial.

En este caso el grupo es en cierto modo previo y en cierto modo posterior al acto. Es previo en un sentido marxista: estos sujetos comparten una serie de posiciones en el sistema productivo y, por eso, hay una intersección en las convicciones sobre el derecho que les asiste y las necesidades que los empujan. No importa que Ernesto fuera promotor y haya empezado a estudiar una licenciatura en pedagogía. La fragilidad de su economía era más semejante a la de un cobrador de bus que a la de sus colegas profesionales en la ONG. Pertenecen al mismo grupo.

Pero ese grupo también es posterior porque no todos los que comparten esa fragilidad llegan a migrar. El no-movimiento de los indocumentados sólo queda conformado hasta que la serie de decisiones atomizadas confluyen hacia unas acciones cuya semejanza y coincidencia en el tiempo y el espacio les confiere a sus ejecutores el carácter de grupo. En ese sentido, el grupo de desobedientes sólo consigue “aglutinarse” a posteriori.

EL ÉXITO ARROLLADOR DEL ALAMBRE DE PÚAS


De acuerdo al historiador israelí Reviel Netz “es mediante el impedimento del movimiento que el espacio entra en la historia”. El espacio se politiza en un sentido weberiano: administrando las formas de uso del espacio se ejerce el poder y unos consiguen imponer a otros los límites y la ubicación de sus cuerpos en un adentro y un afuera. En esa administración de espacios el alambre de púas ha jugado y juega un papel fundamental.

En Estados Unidos el alambre de púas fue un éxito de ventas inmediato. A sólo seis años de haber sido patentado, 45 millones de kilos de alambre de púas cercaban ya unos 80 mil kilómetros. En el extremo sur del continente la situación no era distinta: “Se estimaba que en 1907 ya había suficiente alambre de púas en Argentina como para rodear el perímetro de la republica 140 veces”. Los alambres de púas que rodeaban la Unión Soviética formaban, según Kapuscinski, una maraña “lo bastante tupida como para que ningún ratón pudiese escurrirse a través de ella” hacia Polonia, China o Irán. Su reposición continua fue un esfuerzo que permitió a Kapuscinski “dar por sentado que gran parte de la metalurgia soviética no es sino la industria dedicada a la fabricación de alambre de espino”.

Tomando nota del éxito arrollador del alambre de púas y en general de otros cercamientos, Netz añade: “El enorme alcance del alambre de púas a lo largo de la historia (que va de la agricultura a la guerra y la represión humana, y de un extremo a otro del mundo) se debe a la simple e inmutable ecuación entre la carne y el hierro. La carne cede necesariamente ante el hierro y su consecuencia inevitable es el dolor. La historia de la violencia y el dolor trasciende especies, y lo mismo hizo, en consecuencia, la historia de la modernidad”. Esa violencia y ese dolor son los que deben superar los migrantes indocumentados. La historia del cruce de fronteras es una historia de sobreponerse al dolor. Y por eso mismo es una historia de los ardides para evitar el dolor y sortear cercos, muros y vallas.

MUROS PARA MANTENERLOS DENTRO
Y VALLAS PARA CONTENERLOS FUERA


A lo largo de sus 28 años de vida, el muro de Berlín fue el escenario del asesinato de entre 86 y 126 personas, según diveros cálculos, nunca exactos. Tres cuartas partes sufrieron disparos cuando intentaban escapar y el resto murieron en fuego cruzado o por accidente. Los peores años fueron los años 60: 1 mil heridos y 72 mil confinados por intentar escapar.

Pero el muro de Berlín también fue el lugar de fugas exitosas. Fue burlado por miles de personas que para intentar cruces clandestinos excavaron 39 túneles, elevaron globos y avionetas artesanales, pilotaron un submarino, compraron pasaportes falsos, se ocultaron en compartimentos de vehículos, se valieron de sistemas de poleas o estrellaron contra el muro camiones, locomotoras, excavadoras y autobuses blindados.

Era un muro al servicio del panóptico (mantener encerrado y dentro). Intuitivamente, Reagan conocía la diferencia entre panóptico y banóptico (excluir y contener fuera). Así se lo hizo saber en una conversación a Gorbachov, que recuerda en sus memorias -antes de perderlas con el Alzhei¬mer-: la valla estadounidense “estaba destinada a detener la inmigración ilegal de personas que querían unirse a nuestra sociedad porque ofrece oportunidades democráticas y económicas y ése no era el caso del muro de Berlín, que aprisionaba a la gente en un sistema social del que ellos no querían formar parte”. Reagan no mencionó que el celo de la vigilancia banóp¬tica de la valla estadounidense -destinada a mantener fuera, a impedir el ingreso de quienes querían disfrutar las oportunidades democráticas y económicas- ha sido mucho más letal que el muro de Berlín.

LA MUERTE EN LA FRONTERA USA-MÉXICO


En la frontera mexicano-estadounidense los muertos se cuentan por cientos cada año. Allí la violencia y el dolor son enormes. Sólo en el área que cubre la Pima County Office of the Medical Examiner (PCOME) se han logrado examinar los restos mortales de 2,413 personas, presumiblemente migrantes que perecieron tras cruzar la frontera entre 1990 y 2013.

Un estudio estima en 1,034 las muertes en los cinco años de 1993 a 1997 en toda la frontera suroeste. El estudio que se ocupa del período más lejano calculó que entre 1984 y 1998 hubo 3,676 muertes. Si añadimos los 5,766 muertos que la Border Patrol registra en 1999-2013, tenemos que en 1984-2013 ocurrieron 9,442 muertes. Las causas principales e inmediatas de esas muertes entre 1999 y 2003 fueron primordialmente exposición al calor (35%), ahogamiento al cruzar el río (21%), accidentes automovilísticos (11%) y exposición al frío (3%). Debido a que la principal causa de la muerte es la hipertermia, la mayoría de las muertes suceden entre mayo y agosto (55%).

Ésas son las causas materiales. Las políticas y la vigilancia son las causas eficientes. Otros perecen más allá de la frontera, como los 19 migrantes que en 2003 murieron por asfixia, deshidratación y calor en un tráiler, intentando pasar la segunda frontera: los check points entre la línea fronteriza y ciudades como Houston, Dallas, Phoenix y Los Ángeles. A estos peligros hay que añadir las agresiones de los agentes de las autoridades migratorias: abuso físico (4.76% de los migrantes), abuso verbal (12%), confiscación definitiva de sus pertenencias (3.17%), y también los menos frecuentes -pero existentes- casos de abuso sexual y uso de fuerza letal. También hay que agregar los peligros en México, que los deportados padecen por duplicado cuando el Inmigration Customs Enforcement (ICE) los expulsa -con frecuencia- a zonas controladas por los narco¬tra¬ficantes.

LAS RUTAS PARA BURLAR LAS FRONTERAS


Pocos centroamericanos entre mis entrevistados declararon haber pasado por el desierto. Quizás están evitando sus peligros y por eso notamos que en 2014 en el sector de Tucson -donde está el desierto más temible- sólo aprehendieron al 7.5% de los centroamericanos. En cambio, ahí cayó en las redes de la migra el 30% de los mexicanos que fueron detenidos en la frontera suroeste.

Ese sector mantiene entre los mexicanos -al menos desde el año 2000- un primer lugar imbatible como puerta de ingreso a Estados Unidos. Para los centroamericanos sólo alcanzó un peso porcentual significativo entre 2008 y 2011, años en que llegó a un pico de 32% y no bajó de 24%. Para los mexicanos los sectores de San Diego, el Centro y El Paso tienen importancia menguada pero persistente: ahí fue capturado el 12%, 5.5% y 4% de los mexicanos, menos del 1% de los centroamericanos en cualquiera de esos puntos.

Esto significa que los centroamericanos no siguen a pie juntillas las rutas migratorias mexicanas o que las siguen en volúmenes distintos. El grueso de las detenciones de centroamericanos ocurrió en el sector de Río Grande Valley (76%), uno de los dos sectores -el otro es el sector Del Río-, donde en 2014 hubo más centroamericanos detenidos que mexicanos: 192,925 vs. 63,468, un monto que fue decisivo para hacer de 2014 un hito histórico como primer año en que las aprehensiones de centroamericanos superaron a las de mexicanos: 252,600 vs. 226,771.

La evidencia aportada por mis entrevistados señala que muchos centroamericanos viajan con coyotes casi exclusivamente centroamericanos o por su cuenta y riesgo. Los centroamericanos han cambiado más sus puntos de ingreso. Los mexicanos, quizás por ser en gran número migrantes temporales que han entrado y salido varias veces, son más fieles a sus rutas y menos propensos a cambiar sus patrones de ingreso, que suelen depender de conocimiento y contactos acumulados.

LA PRIMERA VEZ DE MARÍA GARCÍA


Los cambios de ruta no evitan todos los peligros, que son múltiples y también experimentan metamorfosis. Pero son una de las muchas estrategias para evadirlos y disminuir su impacto. Son una de las muchas vías que los migrantes usan para hacer que el banóptico sea inoperante y neutralizar las fuerzas que les niegan el ingreso. Ante el despliegue de fabulosos recursos para bloquearles la entrada, los migrantes vienen usando tácticas que han logrado arrebatarle al Estado el control de la frontera: coyotes, documentos falsos, rutas clandestinas...

María García empleó una de esas tácticas para cruzar la frontera. En ningún momento hizo alarde de ser audaz. Siempre pasó por Tijuana/San Diego, un área menos peligrosa que las que ahora transitan la mayoría de las mujeres migrantes.

Ni antes la Border Patrol ni ahora el muro son barreras infranqueables, aunque se tengan que hacer tantos intentos como hizo esta salvadoreña que huyó de la guerra y llegó a Estados Unidos a los 29 años. Tiene 40 de vivir allá. Desde entonces regía el peaje que la policía mexicana cobraba a los migrantes centroamericanos: pagó 20 dólares cada vez que un policía detuvo el bus en que viajaba con otros salvadoreños y siguió su camino.

“¿Sabe cuánto se pagaba cuando uno pasaba la frontera? 200 dólares. Ahora son de 5 mil a 10 mil. Yo la primera vez no pude pasar porque me dejaron perdida en medio de la noche. Ya íbamos como a la mitad del camino, dos horas y media. Era de noche y todo estaba nublado. Quise ir a hacer pipí y me dieron permiso. Cuando yo volví, ya no estaba el grupo. Ellos creyeron que yo me quedé dormida en el camino. Pero no. Dios mío, uno viene de El Salvador y no sabe nada, cómo es esto, para dónde agarro. Sabía que para adelante estaban los Estados Unidos y para atrás México. Decidí regresar. Empezó a llover y sufrí mucho solita, pero caminé y caminé”.

“Me agarró el día y yo solita. Se oían los helicópteros: así andaban, igual que ahora, pero ahora hay cámaras en todas partes y hoy está peor. Yo me había fijado en qué colonia nos alojaron y cuál era el número de la casa. Como ya estaba amaneciendo, me escondí detrás de unos palitos. Esperé todo ese día sin comer, sin tomar agua. Llovía y yo abría la boca y tomaba agua. Esperé la noche y caminé otras dos horas. Me iba en los charcos, en los hoyos, bien lodosa. De repente vi una carretera y a lo lejos miré que habían rótulos en español: aquí es México. Pasó un taxi, le hice señas. Eran como las dos de la madrugada. Le pegué una mentira: vine a visitar a una tía y me perdí. No me creyó. Él vio que venía toda lodosa. Y llegué a la casa, donde todos se admiraron”.

“LOS HIJOS QUE HABÍA DEJADO ME DABAN VALOR”


“La siguiente noche pasamos la frontera otra vez. La migra nos agarró a todos porque andaban los helicópteros y venían los camiones. No les dije mi nombre verdadero. Bien calladita yo. Antes lo regresaban a uno a Tijuana, no lo mandaban a El Salvador. La tercera vez, lo mismo: me volvieron a agarrar. Ya me conocían. Ya era famosa en las oficinas de la migra. Ya sabía dónde sentarme. ‘¿Ya estás aquí otra vez? Aquí está tu silla’, me decían. María me había puesto. Cuando me llamaban, decían María García. Aunque estuviera dormida, yo sabía que ésa era yo. Me lo había aprendido”.

“También decía que era mexicana. Yo bien creída que hasta vivía en Chapultepec. Lo malo es que un día dije que era de Guasaca. Escriba ‘Oaxaca’, me dijeron. Ni ahora lo sé escribir. Uno de la migra me llevó aparte y me dijo: Tú no eres mexicana. Quiero que sepas que no me has engañado, que no eres mexicana y no te llamas María. Y yo callada. Ya les había empezado a perder el miedo y les dije: Yo no sé leer mucho. No sé cómo se escribe porque vengo del campo. No aprendí mucho a leer”.

“Yo era bien humilde, miedosa, no tenía valor, pero me daban valor los cinco hijos que había dejado, Dios mío. Cuatro veces me agarraron a mí y me dejaron ir. Después de cada intento me tenían como tres días descansando porque había sufrido mucho: pasar así, correr, tírense, vénganse… es horrible. Es horrible la pasada. La cuarta vez ya había conseguido pasar. No fue por el monte, sino por el puesto de la migra, con una mica falsa, una identificación falsa de residente, mica le decían antes. Las fabricaban con las fotos de uno. Todo eso había en ese tiempo. Ponían fotos encima del otro o de alguien parecido. Eran verdaderas, pero de otra persona. Así hacen ahora los pasaportes. Tuve que decir cómo me llamaba según la tarjeta, mientras se me quedaban viendo”.

“Logré pasar. Pero entonces yo de bruta quedé viendo hacia donde estaba el coyote y le hacía señas. Le digo que era bien tonta. No sé cómo fue que me avivé yo después, tal vez por los golpes de la vida. Los nervios me agarraron otra vez, la cuarta vez. Me volvieron a poner en la oficina y hasta se reían. Los de la migra ya eran todos conocidos: Ahí está esa muchacha otra vez, María García. Tengo que pasar, pensaba yo. Ya cuando uno deja prestado el dinero y los cinco niños tiene que pasar...”

LA QUINTA VEZ DE MARÍA GARCÍA:
“PERDÍ EL MIEDO”


“La quinta vez pasamos por el campo, siempre de noche. Pasamos unos alambres de púas donde me hice una herida. Iba sangrando. Vino el coyote, se quitó la camisa y me la puso. Iba sangrando pero pasé en el quinto intento”.

“Después perdí el miedo. Volvía a El Salvador a ver a mis hijos cada dos años, siempre de mojada. Pero ya entonces pasaba por el puesto de la migra con documentos falsos. Cuando iba, me traía dos más que se querían venir conmigo. Ya conocía el camino, ya les decía cómo iban a decir. A muchos les pagué el viaje. La primera vez me traje a una amiga y una prima. Todo les iba diciendo. Y es que yo apuntaba todo y tenía mi estrategia: no crea que íbamos derechito para Tijuana, decíamos que íbamos a otro lado, hacíamos desvíos, pero volvíamos a retomar la ruta a Tijuana. Cada dos años traía más gente”.

“Cuando mi segunda visita a El Salvador ya estaba la guerra y me traje a mis tres hijos más grandes. Ya había perdido el miedo. Y si me agarraban, ¿qué? Si le pasa algo a usted, tiene que decir ‘So what’. Ése era mi lema y me daba fuerza. Si me agarran, no importa, no es el fin del mundo, no me van a matar, no me van hacer nada. Eso sí, si me hubieran agarrado los que creían que yo era coyota, me habrían llevado presa por unos cinco años. Ahora veo esas entrevistas con la migra como un juego: lo entrevistan a uno y uno tiene que contestar. Hoy que ya soy mayor de edad lo veo como un juego. Fui ganando experiencia en todo eso y por eso se me hizo más fácil traer a otra gente. Usted sabrá en¬tre palabras lo que yo dije, se imagina lo demás, la verdad”.¬

DE TÍMIDA MIGRANTE
A COYOTA EXPERIMENTADA


María no presume de osadía ni tampoco representa un caso excepcional en la historia de las migraciones. Sin embargo, ella no tardó en convertirse en una desobediente contumaz. Hizo una poco usual transición desde una condición de tímida migrante primeriza hasta convertirse en una experimentada coyota conocedora e incluso creadora de estratagemas para burlar a las migras mexicana y estadounidense.

Se hizo experta en el método de cruce menos riesgoso: utilizar la green card o el pasaporte de un familiar, de un amigo o de un desconocido al que se la alquiló. Al principio sucumbía ante los menores escollos y dos años después ya estaba preparada para convertirse en guía de otros mi¬grantes. En su juego teatro ante la migra -en típica táctica de discurso oculto- interpretaba al principio el estereotipo de los dominados: apocados, analfabetos, ignorantes, para después darles el esquinazo.

En sus primeros intentos pudo haber repetido la respuesta que dio un migrante a punto de cruzar el desierto donde un día antes encontraron el cadáver de una amiga: “Nuestras necesidades son más grandes que nuestros miedos”. Después hasta podría haber cantado con Vicente Fernández: “La migra me hizo los mandados”. La justificación de María para los reiterados desacatos: Estados Unidos es un país de inmigrantes que desposeyeron a los auténticos nativos. Y ya que los verdaderos nativos no le impedían la entrada y estaba curada de espantos, traer más migrantes se convirtió en su misión.

MARÍA GARCÍA JUGABA CON LA MIGRA


Cuando dice que las entrevistas con la migra terminó por verlas como un juego, María García coincide con la filósofa española María Zambrano: “Mas la historia, si es tragedia, tiene un aspecto que pertenece a la misma tragedia, que es el juego. Aunque sorprende a primera vista, la historia más seria se ha hecho a ratos, jugando. Juego y seriedad no son cosas incompatibles”.

Y añade: “En muchos juegos infantiles quedan vestigios antiquísimos de muchas situaciones decisivas en la vida humana. Hay ciertos juegos que consisten en pasar de un cuadro a otro sin pisar raya, en una especie de tablero dibujado en la tierra. Son el símbolo, sin duda, de la vida humana, de ese ir de una a otra etapa, de una a otra edad, de una a otra situación: en suma, un símbolo de la vida humana como historia. Indican también que la historia no es algo querido por el hombre, ni inventado por él, sino algo engendrado por su propia vida, espontáneamente. Y cuanto más espontánea sea la vida, más llena de historias, más sumida y determinada por la historia”.

La vida de María García se llenó de historias que piensa escribir en un libro para el que ya tiene título: That’s the way it was. Queda claro que el juego con la migra le hizo pasar a otra etapa de su historia, en la que dejó de ser la “tonta” muchacha de 29 años para transformarse en la mujer que desposó a un estadounidense, poco a poco reunió en Estados Unidos a sus cinco hijos, enviudó tempranamente y se convirtió en un pivote para que el no-movimiento de los migrantes pudiera movilizar a muchos más desobedientes.

Con su desobediencia, María se dejó llevar por el viento del pensamiento, una situación diametralmente opuesta a la de los que siguen las normas con puntillosa fidelidad, según la caracterización que de ellos hace Hannah Arendt: “Si tu acción consiste en aplicar reglas generales de conducta a casos particulares según se presentan en la vida ordinaria, entonces te encontrarás paralizado porque tales reglas no pueden soportar el viento del pensamiento”. En el caso de Linda, ese viento del pensamiento tuvo efectos sobre el control del cuerpo. Su experiencia es significativa porque nos muestra cómo se multiplica la migración sobre la derrota de los artilugios del control del poder.

UNA VOLUMINOSA MASA DE DESOBEDIENTES


Las bases de esa derrota fueron puestas hace décadas y siguen en funciones, rindiendo notables resultados. En el año 2013, en la frontera con México, la Border Patrol tuvo conocimiento de 171,050 cruces no legales consumados con éxito. El año anterior contabilizó 103,811. En 2006-2013, solamente el sector de Río Grande Valley acumuló 549,380 cruces no autorizados conocidos.

En esos mismos ocho años, todos los sectores de la Border Patrol fronterizos con México no pudieron detener -según su propios récords- los ingresos de 2 millones 173 mil 746 migrantes no autorizados. Más de 2 millones de mi¬gran¬tes lograron que un espacio -unos cuerpos- escaparon al control del Estado.

Ese control es inviable porque es imposible evitar la existencia de puntos ciegos y realizar un chequeo minucioso de la enorme cantidad de vehículos, personas y documentos que cruzan cada día. Y puesto que atravesar la frontera no constituye la única forma de burlar el control del cuerpo, el éxito del desacato al principio de soberanía territorial es mayor.

A esos más de 2 millones de migrantes no autorizados que en 2006-2013 tuvieron éxito al cruzar la frontera hay que añadir los que no sólo evadieron las cárceles del ICE y sus subcontratados, sino también sus estadísticas: los que ingresaron sin que la Border Patrol tuviera conocimiento alguno de su paso por la frontera. Y a ésos se añaden los overstayers: los que entraron legalmente y permanecieron después de que expiró el período que les asignaron en la visa o al ingresar. El estudio Measuring the Effectiveness of Border Enforcement que comisionaron los congresistas estadounidenses estima que más del 40% de los migrantes no autorizados que residían en Estados Unidos en 2013 no habían cruzado ilegalmente la frontera, sino que arribaron legalmente con una visa de turista, estudiantil, de negocios u otro tipo y ulteriormente violaron los términos de la visa permaneciendo en los Estados Unidos.

Otro estudio más reciente, titulado Border Security: Immigration Inspections at Ports of Entry, calcula en 30% y 50% los overstayers.
El no-movimiento es esa masa crítica que se crea -y se fortalece con- los procesos migratorios acumulativos que desarrollan redes de carácter estable. Así, lo transnacional no sólo da lugar a “nuevas normas de acción, ambientes culturales, economías locales, redes sociales”, sino a un nuevo sujeto social, un sujeto que se niega a quedarse como el ciego de Jericó, con la mano extendida esperando que el gobierno estadounidense les conceda asilo.

HAY MILLONES DE ERNESTOS Y MARÍAS


Si en la ruptura del control de la mente estábamos ante el cuestionamiento de la hegemonía, en el cruce ilegal de la frontera y la permanencia no autorizada estamos ante lo que Castells llama el desafío de las normas burocráticas sobre el uso del espacio.

En cierto sentido, la frontera funciona como las barricadas de los movimientos revolucionarios: no son capaces de detener, pero definen un “nosotros” y “ellos”, un “adentro” y un “afuera”. Como la experiencia de enfrentar el control fronterizo contiene la relación inclusión/expulsión, considerar la frontera como un espacio de marginalidad puede mostrar su faceta política, porque es un lugar estratégico donde hay transgresión y resistencia.

Aunque el muro es erigido por el Estado, también cumple la función de unir -sin necesidad de que se adhieran a un movimiento u organización- a los indocumentados que lo burlan. Sortear el muro y torear su vigilancia, por más que en tantos relatos sobresalgan sus dimensiones biológicas¬ y psicológicas, tiene una dimensión política en la que el cruce es el mensaje: sabemos que está prohibido cruzar, pero te¬nemos derecho y podemos. Desde un punto de vista políti¬co, la superación de los obstáculos físicos importa por la actitud que supone frente a las leyes: una actitud de desobediencia civil, de negarle al Estado el derecho a detenerlos.

Esta desobediencia ocurre de forma masiva porque en la práctica el no-movimiento de los indocumentados, que es numeroso y, aunque espontáneo, actúa como si fuera ejecutando una serie de acciones concertadas. Lo integran millones de Ernestos y Marías. Los indocumentados realizan estos cruces de forma relativamente atomizada, generalmente en pequeños grupos. Pero esas acciones individuales ejecutadas sin concierto, en cierto modo desobediencias como las de los objetores de conciencia, adquieren en su sumatoria un carácter público y un potencial de cambiar la ley, como si fueran unos actos de desobediencia concertados.

EL PESO POLÍTICO
DE ESTA DESOBEDIENCIA CIVIL


Cuando Asef Bayat desarrolló su concepto de no-movimientos, dijo tener en mente los procesos prolongados en los cuales millones de hombres y mujeres se embarcan en largas jornadas migratorias, se dispersan en remotos y a menudo entornos ajenos, adquieren trabajo, refugio, tierra y medios de vida”.

Bayat se refiere a los refugiados y a los migrantes internacionales que van llegando contra las disposiciones de los estados anfitriones y sus disposiciones, a los migrantes rurales en las ciudades, a los invasores de tierras públicas y privadas o de viviendas, y a los desempleados, que son trabajadores de subsistencia en calles y espacios públicos que crean microempresas informales que son oportunidades económicas.

Según Bayat, este epidémico uso político de los espacios públicos provoca la vigilancia y represión de las autoridades. Pero estos flujos no pueden ser detenidos a no ser que el Estado normalice el uso de la violencia, erigiendo muros y check points. Eso es lo que el gobierno estadounidense ha hecho y tampoco le funciona.

La liquidez y la solidez de la vigilancia se han combinado para hacer más arduos los cruces, pero no han conseguido impedirlos. La alarma y reacciones del Estado dan cuenta del peso político de su desobediencia.

Castells sostiene que para que un movimiento (o el no-movimiento de los indocumentados) sea influyente los actores del Estado tienen que considerarlo capaz de facilitar u obstaculizar sus propios objetivos. Todo el aparataje de seguridad muestra que el de los indocumentados ha desatado una alarma y es indicador de la resonancia -en unos negativa, en otras positiva- que tienen sus acciones. Los migrantes siguen en la mira de la vigilancia mundial. Sólo entendiendo lo que esto entraña podremos conocer las dimensiones de su desafío, que no se reduce al cruce. También -y sobre todo- su desafío se lleva a cabo en el terreno de lo cotidiano, en su desobediencia sostenida quedándose a vivir, trabajar, pagando impuestos, usando los servicios públicos… en un territorio no tan controlado por un Estado que quiso bloquearles el ingreso y podría expulsarlos hoy mismo, mientras ustedes leían este texto.

MIEMBRO DEL CONSEJO EDITORIAL DE ENVÍO.
INSTITUTO DE SOCIOLOGÍA – UNIVERSIDAD PHILIPPS
DE MARBURG

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