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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 401 | Agosto 2015
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Honduras

Entre hogueras penales y linchamientos mediáticos se disocia la empatía

En un escenario de tantas violencias como el que vivimos hoy en Honduras la sociedad padece de un miedo generalizado y de una disociación empática, especialmente cuando las víctimas pertenecen a los sectores sociales más empobrecidos.

Natalie Roque Sandoval

Me desperté con el griterío de los compañeros que estaban ya rompiendo el techo de madera y zinc. Salimos y saltamos. Tuvimos que lanzarnos por un muro, los otros estaban muriendo entre las llamas… Los presos quedaron calcinados abrazados a los barrotes sin poder romper los candados de las celdas. Murieron prendidos de fuego, fue un infierno”. Testimonio de Víctor Sevilla, reo superviviente del incendio en la cárcel de Comayagua, tragedia ocurrida el 13 de febrero de 2012.

En horas de la noche de ese día de febrero inició un incendio en la granja penal de Comayagua, que consumió más de la mitad de la infraestructura de las instalaciones y dejó un total de 262 muertos entre los privados
de libertad.

EL INCENDIO DE COMAYAGUA

El incendio en Comayagua fue un hecho sin precedentes en Centroamérica y alcanzó una importante proyección internacional por ser una de las más aterradoras expresiones del horror que impera en Honduras, el país “en paz”
más violento del mundo.

La investigación que realizó el Estado hondureño fue respaldada por el Equipo de Respuesta Internacional del Buró de Bebidas Alcohólicas, Tabaco y Armas de Fuego de Estados Unidos, que concluyó que el incendio tuvo “causas accidentales”. Sin embargo, hasta hoy persisten las sospechas y las denuncias de familiares y organismos de Derechos Humanos nacionales sobre la responsabilidad criminal directa del Estado en esta tragedia.

Sobre este caso, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) recomendó en 2013 al Estado “investigar las denuncias que apuntan a graves omisiones por parte de las autoridades del establecimiento en la prevención y control del incendio, así como en el rescate de las víctimas”. Para justificar esta aseveración, la CIDH señaló la coincidencia de los testimonios de los internos sobrevivientes en tres puntos. El primero, que no fue el policía encargado de custodiar las llaves de las celdas quien las abrió. Segundo, que la policía disparó contra los que trataban de salir por los techos para huir del incendio. Tercero, que los bomberos esperaron fuera de las puertas del penal varios minutos sin poder entrar.

EL INCENDIO DE EL PORVENIR

El incendio de la granja penal de Comayagua ha sido considerado la peor tragedia en el sistema penitenciario latinoamericano en los últimos 25 años. Sin embargo, no fue el primer evento de esta naturaleza en una cárcel de nuestro país. En la última década se produjeron otros dos de gran envergadura. En 2003, la masacre en la granja penal de El Porvenir, departamento de Atlántida, dejó como saldo 69 privados de libertad muertos. Por este crimen se responsabilizó directamente a las autoridades penitenciarias, a policías y militares y a otros privados de libertad.

Lo ocurrido en El Porvenir fue descrito como “una carnicería humana”. Según el corresponsal de “Envío” en Honduras, el sacerdote Ismael Moreno, “aunque la versión oficial preliminar informó que se trató de una batalla campal entre mareros y policías guardianes, no hubo ni un solo policía muerto, ni siquiera uno herido y al menos la mitad de los cadáveres de los mareros estaban completamente carbonizados. Todos los heridos eran también pandilleros”. Según relatos de sobrevivientes, ellos corrieron tratando de salvar sus vidas y recibieron disparos por doquier. A partir de esta versión, afirma Moreno, “se concluye que existía la decisión policial de exterminar a todos los mareros y que los internos no mareros tomaron machetes y cuchillos y con el visto bueno de la policía destazaron a otros mareros dentro de las celdas”.

INCENDIO DE SAN PEDRO SULA:
RESPONSABILIDAD DEL ESTADO

En mayo de 2004 se produjo otro incendio, esta vez en el centro penal de San Pedro Sula, donde perecieron 107 privados de libertad, la mayoría vinculados a la mara MS13. Las imágenes de sus cuerpos calcinados fueron publicadas ampliamente en los medios de comunicación. Las hileras de cadáveres aparecieron en la portada y contraportada de un diario de circulación nacional.

El caso de San Pedro Sula fue llevado ante la CIDH, que determinó que el Estado era responsable de esas muertes. La Comisión planteó una serie de recomendaciones que el Estado no cumplió. El caso fue trasladado entonces a la Corte Interamericana de Derechos Humanos. El 28 de febrero de 2012 comparecieron ante la Corte funcionarios hondureños y en 2013 se logró finalmente el trámite llamado “solución amistosa”, aceptando el Estado su responsabilidad en la tragedia.

A estos trágicos eventos de gran magnitud se suman las constantes muertes “sospechosas” de reos hacinados en las cárceles del país. Las “hogueras penales” se añaden al espantoso escenario que vive a diario un país con cifras escalofriantes de violencia, donde el castigo-espectáculo y la muerte horrenda parecen estarse convirtiendo en práctica cotidiana.

EMPATÍA: EN LA RAÍZ
DE LOS DERECHOS HUMANOS

La empatía se define como “la capacidad de identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro”. El desarrollo de la sensibilidad y la empatía han sido elementos fundamentales para el surgimiento de la noción de Derechos Humanos.

La historiadora estadounidense Lynn Hunt señala una serie de transformaciones ocurridas en los últimos dos siglos en la arquitectura doméstica, en los espacios de socialización, en las formas de representación de la figura humana, en la individualidad como valor, y en la proliferación de textos literarios, que fueron cimentando alteraciones duraderas de las actitudes humanas, cruciales en la aparición de nuevas sensibilidades, las que, a su vez, generaron nuevas y profundas formas de empatía.

Hunt analiza cómo la incineración empleada como forma de castigo es de larga data en la historia de la Humanidad, manteniéndose incluso en algunos lugares hasta entrado el siglo 19. Señala que la persona a quien se quemaba era vista como una especie de victima sacrificial cuyo sufrimiento devolvería la tranquilidad a la comunidad y el orden al Estado. Ya en el siglo 20, el genocidio nazi evoca las hogueras. No podemos pensar en Auschwitz y en otros campos de exterminio sin imaginar humo…

El descubrimiento del horror ocurrido en estos campos produciría una explosión final de empatía que, según varios autores, fue el detonante final para que una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial se proclamara la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

HOGUERAS PENALES:
DISOCIAR LA EMPATÍA

Con este trasfondo, ¿cómo explicar las reacciones -aparentemente indolentes- de la sociedad hondureña ante las hogueras en los penales? Esa reacción social, que propongo llamar “disociación de la empatía”, ha llegado a ser como un “aplauso” por muertes interpretadas ¿como una purga sanadora?

Es una reacción con similitudes a la que es frecuente ante el asesinato sistemático de jóvenes -supuestamente vinculados a las maras o al crimen organizado-, hecho que desde hace más de una década se ha convertido en cotidiano en el país.

Similar también ante el más reciente fenómeno de los “encostalados”: cadáveres que envueltos en sacos son arrojados en cualquier predio. Similar a la apatía ante otras crueles formas de escenificación de la muerte provocadas por el crimen organizado… ¿en las que se camuflan escuadrones de la muerte? El resultado es una sociedad presa o secuestrada por el miedo.

UNA SOCIEDAD PRESA DEL MIEDO

“El miedo en Occidente”, de Jean Delumeau, es un texto clásico para estudiar la cultura del miedo. Más recientemente, la investigadora mexicana María José Rodríguez Rojas, analiza el miedo en la violenta situación que vive hoy México y afirma: “Todo escenario de desestabilización y guerra requiere tanto de una justificación como de mecanismos de control social que la hagan aceptable, lo que también sería cierto a la inversa… La amenaza se transforma en una sensación de inseguridad ante el “otro” que desata el miedo”. Según Delumeau, en contextos de guerra se genera la angustia, un fenómeno natural que fue motor evolutivo de la Humanidad que resulta positivo cuando prevemos amenazas y se estimula en nosotros el mecanismo de la huida. Afirma también que una situación de miedo demasiado prolongada “puede crear un estado de desorientación y de inadaptación, una ceguera afectiva, una proliferación peligrosa de lo imaginario y desencadenar un mecanismo involutivo por la instalación de un clima interior de inseguridad”.

En un escenario como el que vivimos hoy en Honduras, la empatía y la sensibilidad, fundamentales para identificar al otro como sujeto de derechos humanos, ceden paso al miedo y a la angustia que se apoderan de la sociedad y conducen a que “el ciudadano promedio demande el restablecimiento de condiciones de seguridad, aunque ello conlleve aceptar la violencia del Estado”, según explica Rodríguez.

La frase “Haré lo que tenga que hacer”, repetida por el hoy Presidente de la República Juan Orlando Hernández durante la campaña electoral de 2012, convertida en su “política de seguridad” desde que ocupó el sillón presidencial, se ve así socialmente justificada.

En un escenario como el que vivimos hoy en Honduras los medios de comunicación masiva juegan un papel fundamental para instalar en la sociedad tanto la disociación de la empatía como el miedo generalizado.

EL “ENEMIGO AMENAZANTE”

En Centroamérica el miedo fue instalado recientemente y en gran medida por las amenazas que identificaba la política de seguridad de Estados Unidos hacia América Latina. En los últimos cincuenta años Honduras ha participado del miedo a esas amenazas. Con la “amenaza comunista”, con el miedo a los “comeniños”, se justificó la Doctrina de Seguridad Nacional en las décadas de los años 70 y 80. Persecuciones, torturas, secuestros, desapariciones, escuadrones de la muerte, asesinatos políticos, férreo control social por órganos estatales represores fueron la respuesta a la amenaza del enemigo comunista, que pareció desaparecer en los años 90 en un contexto internacional de distensión, con la firma de los acuerdos de paz que pusieron fin a las guerras civiles en Centroamérica y con la caída del bloque socialista europeo.

Un nuevo enemigo amenazante no tardó en irrumpir cuando Estados Unidos inauguró en nuestro hemisferio la “guerra contra las drogas”, que tuvo un momento culminante con la cacería y posterior asesinato de Pablo Escobar en Colombia. En Honduras, ese enemigo amenazante apareció con el surgimiento de las “maras”, pandillas juveniles conformadas en un primer momento por emigrantes retornados de Estados Unidos que reproducían en barrios hondureños las configuraciones territoriales y asociaciones violentas que habían vivido en calles y barrios
de Estados Unidos.

MAREROS, NARCOS,
CRIMEN ORGANIZADO

Al finalizar el siglo 20 los mareros se fueron convirtiendo en la mayor amenaza para la seguridad ciudadana.
Hoy, el marero es el enemigo público número uno.

En 2002 se decretó en Honduras la Ley Antimaras, que faculta procedimientos expeditos para detener a jóvenes sospechosos de asociación ilícita. El tatuaje se convirtió en indicio suficiente para la sospecha y la detención. Reaparecieron denuncias sobre escuadrones de la muerte y proliferaron cadáveres de mareros ejecutados en los barrios. Menos de un año después se produjo el incendio del penal de San Pedro Sula.

La guerra contra el narcotráfico provocó nuevas rutas para el trasiego de drogas, haciendo del corredor centroamericano la principal ruta hacia el importante mercado consumidor de Estados Unidos. Aunque la presencia del narcotráfico en Honduras puede rastrearse fácilmente desde la década de los 70, con el asesinato de los esposos Ferrari en 1978, es en el período 2000-2005 que se diversifican los cárteles en nuestro territorio y se inician sus violentos enfrentamientos por control territorial.

A mediados de la década del 2000 el terror ya estaba plenamente instalado en la sociedad hondureña, identificadas las maras como la mayor amenaza. Al finalizar la década, esta amenaza experimentó una reconfiguración que la amplía: la amenaza es hoy el crimen organizado, en el que se incluye la narcoactividad. Evidentemente, esta amenaza existe, como existe también su instrumentalización con oscuros fines políticos, económicos y geoestratégicos.

LINCHAMIENTOS MEDIÁTICOS: DESHUMANIZAR A LAS VÍCTIMAS

Posicionada la amenaza, se ha instalado el terror como elemento disociador de la empatía, que llega a su máxima expresión en la fácil asimilación de tantas muertes crueles y abominables, considerando no víctimas a las víctimas. La deshumanización de las víctimas tiene una tradición histórica: ¿Son los indígenas humanos?, se preguntaban los españoles. Hoy la pregunta tiene la misma raíz: ¿Son los mareros humanos?

Se deshumaniza a las víctimas para así asimilar mejor, o incluso para justificar, el daño que se les inflige. Esta disociación empática ha encontrado renovadas expresiones ante el asesinato de niños y niñas. Sucedió ante los asesinatos en 2014 de Merelyn Abigail Espinoza y en 2015 de Soad Nicole Bustillo, niñas de 14 y 13 años, casos representativos del crimen contra decenas de niños y niñas asesinadas y criminalizadas en Honduras.

La cobertura mediática de estos dos asesinatos fue extensa y polémica. De alguna forma, las muertes se “legitimaban” al cubrir a las víctimas con un manto de sospecha: “Eran niñas problema”, “Andaban en malos pasos”, “¿Serían novias de mareros?”… Particularmente infames resultaron las declaraciones del Ministro de Educación, quien al referirse al asesinato de la niña Bustillo, participante en varias protestas estudiantiles, dejó caer la duda justificativa: “¿Era Soad problemática? ¿Era marera? ¿Era revoltosa?” La duda fue instalada casi como una certeza que permite a la sociedad disociarse de la empatía. Las niñas ardieron en la hoguera mediática.

AMNESIA E INSENSIBILIDAD

Han pasado dos años y los privados de libertad que ardieron en los penales han quedado en el olvido de una sociedad que padece no sólo disociación empática, sino también amnesia cuando las víctimas pertenecen a los sectores sociales más excluidos y empobrecidos. Los calcinados de Comayagua únicamente existen en las agendas de sus familiares y en los de las organizaciones de Derechos Humanos. El caso fue sentenciado como “accidental” y parece estar cerrado. El impacto inicial que provocó fue rápidamente superado.

La profunda crisis del sistema penitenciario hondureño se desdibuja y se diluye. Vigilan, castigan e incineran en las cárceles. ¿Ha retomado vigencia el fuego purificador? La cobertura de los medios masivos es cada vez más dantesca. Matan a niñas y a niños e incineran sus cuerpos en la hoguera mediática. El cuestionamiento de la rectitud moral de las víctimas logra atenuar el horror en este país, flagelado por tantas violencias y tantas incertidumbres económicas, que alimentan temores y del miedo se nutren, en un círculo vicioso que profundiza la disociación.

Nos quieren volver insensibles. Nos necesitan insensibles. Es un mecanismo perverso que hemos aceptado porque también es un mecanismo de defensa para sobrevivir en el horror.

BECARIA DE LA MAESTRÍA EN ESTUDIOS CULTURALES, CON ÉNFASIS EN MEMORIA, CULTURA Y CIUDADANÍA DEL INSTITUTO DE HISTORIA DE NICARAGUA Y CENTROAMÉRICA DE LA UCA DE MANAGUA.

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