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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 398 | Mayo 2015
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Centroamérica

Juventudes en territorios de violencias

En septiembre de 2014 se celebró en San Salvador el seminario anual de la Comisión Provincial del Apostolado Social de los jesuitas de Centroamérica y Panamá, dedicado ese año a tres temas interrelacionados: la juventud centroamericana, la violencia y el crimen organizado. Escuchamos aportes nacionales, regionales e internacionales y compartimos experiencias de jóvenes relacionados con la violencia y de organizaciones comprometidas en su prevención. Resumimos algunos de los principales contenidos del encuentro.

Juan Hernández Pico, SJ

El crimen organizado -en particular el narconegocio, una de cuyas ramas principales es el narcotráfico-, abarca muchos otros delitos: el contrabando de armas, la trata de niñas, niños y mujeres, la evasión y elusión de impuestos, la producción y distribución por la red de pornografía infantil, la tortura sistemática en estaciones de policía y cárceles, y en general, la extensa trama de la corrupción estatal y del tráfico de influencias. La lectura de “Gomorra”, de Roberto Saviano, nos introduce a las variadas e inauditas formas del crimen organizado. El seminario se centró en el narconegocio y el narcotráfico.

DE LA “PROHIBICIÓN” A LA DEA

Centroamérica, desde Panamá a Belize, y México, conforman un corredor que se extiende desde el principal país productor de cocaína, Colombia, hasta el país principal consumidor de esa droga, Estados Unidos, que combate contra la droga a través de la DEA. Pero los escenarios principales de ese combate están fuera de Estados Unidos: en Colombia, en el corredor centroamericano y en México. Ya en los años 20 del siglo 20, Estados Unidos intentó ilegalizar la venta del alcohol en su territorio y lo hizo en 1920 con la “Prohibición”, instituida por la enmienda constitucional 18, abolida en 1933 por otra enmienda constitucional, la 21. Las mafias, especialmente las de origen italiano e irlandés, hicieron grandes fortunas vendiendo clandestinamente toda clase de licores. Tanto el famoso Al Capone, como Joseph Kennedy, patriarca de la no menos famosa familia de políticos estadounidenses, hicieron su fortuna durante la “Prohibición”. Capone terminó en prisión, convertido en símbolo de una intolerable delincuencia y Kennedy fue el padre del primer Presidente católico de su país, John F. Kennedy (1960-63), asesinado en noviembre de 1963.

Desde el fracaso de la “Prohibición”, que hizo correr tanta sangre de agentes del orden y de mafiosos, Estados Unidos cambió su política y, en el caso de las drogas -aparentemente menos tolerables que el alcohol, aunque sea el alcohol responsable de más muertes en el mundo, muy por encima de las drogas- decidió una lucha estratégica fuera de Estados Unidos.

UNA GUERRA FUERA
DE LAS FRONTERAS DE EEUU

Estados Unidos conoció la guerra en su propio territorio durante la Guerra de Independencia contra el Imperio británico y después, de forma crudelísima, durante la Guerra Civil entre el Norte y el Sur por la emancipación de los esclavos negros. Desde entonces sólo se combatió en las calles de las grandes ciudades contra las mafias quebrantadoras de la “Prohibición”. Desde entonces hasta hoy, las tropas estadounidenses han combatido fuera de su territorio. Y es eso lo que hace la DEA en Centroamérica, México y Colombia. La mayoría de los costos de esa guerra los estamos pagando nosotros.

Siendo los estadounidenses los mayores consumidores de drogas, los gobiernos de Estados Unidos no enfrentan a los grandes receptores del narcotráfico ni a los grandes distribuidores, protegidos por influencias poderosísimas. A lo más, combaten contra los responsables del narcomenudeo y contra los consumidores pobres y de color. Es conocido el pacto de los grandes narconegociantes colombianos con el gobierno de su país para cumplir sus condenas en cárceles colombianas, una vez que son atrapados por la policía colombiana, para no ser extraditados a Estados Unidos: “Mejor una tumba en Colombia -decían los extraditables- que una cárcel en Estados Unidos”. Ese pacto lo rompió el Presidente Belisario Betancur (1982-86). Desde entonces comenzaron a ser extraditados a Estados Unidos grandes capos colombianos: los hermanos Rodríguez Orejuela, Carlos Lehder y otros. De los grandes capos, sólo Pablo Escobar cumplió con la consigna: “mejor una tumba en Colombia”.

MÉXICO: LUCHA DE CARTELES

El caso de México es más complejo. Allí se disputan territorios varios carteles. Los Beltrán Leyva en Guadalajara, la Familia Michoacana, el Cartel de Sinaloa, el Cartel del Golfo, el Cartel de Juárez, el Cartel de Tijuana, los Caballeros Templarios, y el Cartel de los Zetas, son los más conocidos.

La guerra declarada entre 2006 y 2012 por el presidente Felipe Calderón contra algunos carteles, especialmente contra los Zetas, aliándose con otros carteles, tal vez con el de Sinaloa, llevó, según algunos investigadores, a la fragmentación del cartel de los Zetas y tal vez a la de otros. Ya no se puede hablar de los Zetas como un cartel, pues están fragmentados en grupos que actúan por su cuenta, incluyendo entre sus crímenes la extorsión de los migrantes centroamericanos en ruta hacia Estados Unidos.

La captura el 24 de febrero de 2014 de Joaquín “el Chapo” Guzmán en un hotel de Mazatlán, podría conducir a imaginar que se trata de un éxito que anuncia la decadencia de los narcos mexicanos. Pero en los carteles hay mecanismos de sucesión bien establecidos para ocupar el liderato, aunque la caída de los grandes jefes puede conducir a la fragmentación de los carteles. El “Chapo” no ha sido extraditado hasta el momento a los Estados Unidos.

LOS CARTELES DE LA DROGA
SON TRANSNACIONALES

Los grandes carteles de la droga, junto con otros traficantes (armas, trata…) constituyen algunas de las mayores empresas multinacionales del planeta. Trabajan con el mismo objetivo de lucro por encima de todo que tienen muchas otras multinacionales. Lo que las diferencia es que se mueven fuera del sistema capitalista, el que, hasta cierto punto, se somete a un marco legal. Por operar fuera de la ley las multinacionales de la droga tienen balances de costo-beneficio mucho más favorables para sus “empresarios” y socios.

Son estas empresas transnacionales de la droga las que captan y usan a las pandillas juveniles o “maras” centroamericanas. Las emplean para el narcomenudeo. Y sobre todo, las usan como “testaferros” de la mala fama. De dónde viene la violencia, se pregunta la población centroamericana. Y la respuesta habitual es: ¡De las maras! Pero la violencia que las maras desatan, aunque más cercana a la población, sobre todo por las extorsiones a los transportistas y a toda clase de negocios legales de pequeños comerciantes, y por los homicidios entre las mismas maras, no tiene comparación con la macroviolencia de las empresas multinacionales de la droga, capaces no pocas veces de auténticas masacres, como la que se ejecutó en 2010 en el Petén guatemalteco contra decenas de campesinos que eran empleados de familias de narcotraficantes que se disputaban territorios.

HONDURAS: EL PAÍS MÁS VIOLENTO DEL MUNDO

La violencia fue otro de los temas del seminario. Honduras es considerado como el país más violento del mundo por su tasa de homicidios: 90 por cada 100 mil habitantes. La tasa en Guatemala y El Salvador anda alrededor de los 40 por 100 mil. Desde 2003 hasta el 6 de febrero de 2015 han sido asesinados en Honduras 51 comunicadores (periodistas, locutores de radio y TV). Reina la impunidad: en sólo el 4% de estos crímenes se ha obtenido una sentencia en firme. Estas cifras sólo son comparables con las de México, donde en la última década 80 comunicadores fueron asesinados y 17 desaparecieron. Pero los 51 asesinatos de Honduras se han producido en un país de 8 millones de habitantes, mientras que México es un país de 120 millones de personas.

San Pedro Sula, en Honduras, es la ciudad más violenta del mundo, según el ranking de 2013, con 187 asesinatos por cada 100 mil habitantes. Guatemala ocupa el puesto octavo, con 68 por 100 mil. Y San Salvador el puesto 27 con 44.7 por 100 mil.

¿LAS RAÍCES
ESTÁN EN LAS GUERRAS?

Se puede pensar, hipotéticamente, que la violencia en el Triángulo Norte centroamericano tendría que ver con la violencia que se asentó en los años de las guerras.

En el caso de El Salvador nos podemos remontar a la brutal masacre de 1932, cuando las tropas del Presidente Maximiliano Hernández Martínez, al mando del General Tomás Calderón -abuelo del ex-Presidente Armando Calderón Sol (1994-1999)-, combatieron la rebelión indígena -causante de unas 100 víctimas mortales- con una represalia que provocó entre 10 mil y 30 mil víctimas, según “Matanza” de Thomas Anderson, una proporción de entre 100-300 víctimas por una.

El analista Salvador Samayoa, co-negociador de los Acuerdos de Paz como miembro entonces del FMLN, compartió en el seminario que la violencia actual en El Salvador sólo tiene “vínculos tangenciales” con la violencia que hubo durante la guerra. No así en Guatemala, donde antiguos kaibiles abandonaron el Ejército para formar parte del cartel de los Zetas. Samayoa opina que la violencia actual, al menos la de las maras, tiene su origen en las deportaciones a comienzos de los años 90 de pandilleros salvadoreños que actuaban en las calles de Los Ángeles (la 13 y la 18), y en su asentamiento al regresar, en barrios marginados de El Salvador. Deportaciones se dieron también en Guatemala y Honduras.

Un ex-pandillero de cierta trayectoria, cuyo testimonio se escuchó en el seminario se refirió al lema que tenían aquellos días: “Vivo por mi madre y muero por mi barrio”. Nos narró cómo las armas y las drogas ejercían gran atracción entre ellos. Los pandilleros se volvían visibles en aquellos barrios olvidados, tan “olvidados” que los decidieron a migrar a Estados Unidos. Persistían en el “olvido” cuando volvieron a ellos deportados. “Olvidados” no expresa todo lo que puede decirse con “hacinados”. El hacinamiento de la población en barrios “olvidados”, en barrios muy pobres, puede haber contribuido también a la violencia que se desarrolló allí.

LAS PANDILLAS DE NICARAGUA

En su presentación, José Luis Rocha analizó las pandillas de Nicaragua y trató de responder al interrogante de por qué la violencia de estas pandillas no se puede comparar con la ejercida por las maras del Triángulo Norte. Ninguna ciudad nicaragüense aparece entre las cincuenta ciudades más violentas del mundo en 2013.

Dejando de lado los antecedentes en la década de los 80 y aún antes, Rocha explicó lo ocurrido en los primeros años 90, después del fin de la Revolución y de la guerra contrarrevolucionaria. Las pandillas se forman con ex-reclutas del Ejército Popular Sandinista, que pretenden recuperar camaradería y reactivar adrenalina. Su objetivo es también recuperar protagonismo y pasar de ser los “cachorros de Sandino” a ser los defensores del barrio. Ante la reducción del Estado y la consiguiente escasez de empleos públicos, las pandillas ofrecen otras oportunidades y heredan la violencia de las armas, aunque ya desideologizada y democratizada.

Entre 1993 y 1999 se da la “edad de oro” de las pandillas: para 1999 llegan a ser 110 pandillas con 8,250 miembros sólo en Managua. Estos jóvenes usan armas “hechizas” (artesanales) y su principal actividad son las peleas entre ellas, en las que fundamentalmente ganan o pierden respeto: “Mi familia es bien pobre, tenemos una de las peores casas. A mí antes me miraban como mierda, pero entré en las turquiaderas y ahora me respetan”, contaba uno de esos pandilleros, el Gordo Cristóbal. Entre ellos tienen un código ético: por ejemplo, en el propio barrio no se roba. El Reparto Schick en Managua es un barrio privilegiado por las pandillas.

Entre los últimos años 90 y los primeros cinco años del siglo 21 Nicaragua vivió una proliferación de intervenciones estatales, principalmente en forma de leyes que se ocupan de la niñez y la juventud, aunque con dudoso éxito. Dos partidos políticos propusieron tipificar las pandillas como “asociación para delinquir”.

Las pandillas nicas encontraron una leyenda justificadora en los programas de televisión que proyectaban las series televisivas de AkiraToriyama, basadas en un libro de dibujos manga que vendió más de 300 millones de ejemplares. Escenifican una saga de guerreros que divide al mundo maniqueamente entre amigos y enemigos para proteger la Tierra y el Universo a través de múltiples vidas y conversiones, todo envuelto en ribetes religiosos. En aquellos años ser un “salvayin” era la aspiración de todo pandillero. La serie televisiva permitía la transmisión intergeneracional de “la buena noticia” encerrada en la saga.

DE TIRAR PIEDRAS
A FUMAR PIEDRAS

Entre 2000 y 2005 se dio un cambio importante en las pandillas nicaragüenses instigado por la participación en el narcomenudeo. Pasaron de lanzar piedras a fumar piedras el consumo, comercio y manufactura de drogas reemplazó a las peleas. Una vez drogados, el código ético se volvió laxo y el rango de edad de los pandilleros cayó de 18-30 años a 14-18. Entre 2006 y 2008 se produjo una especie de tregua y algunas pandillas se denominaron “líderes de paz”. Comenzó a implantarse el tatuaje no como un estigma sino como un emblema.

No se producen en Nicaragua las masacres que suceden en las cárceles del Triángulo Norte, sobre todo en Honduras: 107 muertos en el incendio del presidio de San Pedro Sula en 2004 y 377 muertos en el incendio de la cárcel de Comayagua en 2012. Según datos del Instituto Universitario de Opinión Pública (IUDOP) de la UCA de El Salvador, las muertes de mareros se deben en un 32% a la policía, en un 22.2% a una mara rival, en otro 11.1% al gobierno, en un 9.2% a grupos de exterminio, en un 3.5% a la propia mara y en un 13% no se sabe a qué causa.

¿POR QUÉ HAY MENOS VIOLENCIA EN NICARAGUA?

En definitiva, ¿cuáles podrían ser las causas de la menor violencia en Nicaragua? Dejando de lado ciertos mitos, piensa Rocha que lo que puede respaldar la hipótesis de Nicaragua como país menos violento son varios hechos: menores tasas de homicidios, menor percepción de inseguridad, ausencia de maras, pandillas menos violentas. Pero existen otros hechos que se procura no mencionar: la existencia de violencia política en Nicaragua hasta los primeros años del siglo 21: recompas, recontras, revueltos, el Frente Unido Andrés Castro (FUAC) y actualmente, nuevos grupos rearmados con motivaciones políticas que adversan el gobierno de Daniel Ortega.



También influye el subregistro de datos oficiales. Una diferencia que ayuda a explicar la ausencia de maras propiamente tales es la distribución de la población migrante. Mientras que, según datos de 2004, en Los Angeles había 368 mil 416 migrantes de El Salvador, 199 mil 543 de Guatemala y 56 mil 555 de Honduras, sólo había en esa ciudad 29 mil 910 de Nicaragua. El 53% de los nicaragüenses que emigran lo hacen a Costa Rica. También es mucho menor el número de nicaragüenses deportados de Estados Unidos, como indica el cuadro.

Influyó también la gran presión ejercida por Estados Unidos para lograr la desmilitarización en Nicaragua,
unida a una mayor frontera agrícola para desplazamientos laborales internos y la identidad de los militares como antiguos miembros del Ejército Popular Sandinista, ingresados en él para hacer un Servicio Militar Patriótico, la menor disponibilidad de armas, una Policía Nacional nicaragüense con herencia de la Policía Sandinista, planes de lucha contra las pandillas muy distintos de los de “Mano dura” y “Mano superdura”, además de una importante inversión en mejores condiciones penitenciarias.

José Luis Rocha terminó su charla recordando algunos recientes sucesos violentos ocurridos en Nicaragua: los del 19 de Julio de 2014 y la violencia política de jóvenes sandinistas contra los jóvenes que apoyaban a los adultos mayores que reclamaban una pensión en 2013. Por eso, nos recordó esta frase de la gran filósofa social Hannah Arendt, que habló de “la imprevisibilidad absolutamente penetrante de la violencia”.

LAS MARAS DAN IDENTIDAD

Pertenecer a una mara o a una pandilla es para un salvadoreño, un guatemalteco o un hondureño, una manera de defender la vida en un ambiente, como el estadounidense, de gran discriminación.

Pertenecer a una mara o pandilla es una manera de aspirar al poder, y de hacerlo conquistando la identidad del lugar a donde se ha emigrado. El problema con los emigrantes latinos, especialmente los centroamericanos, llegados de últimos, es que a su rechazo por emigrantes se junta el rechazo racista por gente “morena”.

Pertenecer a una mara o pandilla para los deportados puede ser una manera de tratar de conquistar el respeto que se debe a gente pobre en países en donde existe una brutal desigualdad. Es un camino violento, muchas veces criminal, pero tal vez no más criminal que el que siguen los pocos ricos y poderosos manteniendo salarios de hambre, conexiones con las multinacionales de la droga, evadiendo impuestos o lavando dinero en los paraísos fiscales a través de los “honorables” bancos que hacen negocios en Centroamérica.

EL ESTADO ES INCAPAZ

Leticia Salomón, socióloga y profesora en la Universidad Nacional de Honduras, participó en el seminario expresando esta opinión: el Estado es cada vez más incapaz de enfrentar la criminalidad y su violencia. La fundamentó en tres razones: la ineficiencia de los aparatos del Estado, la politización partidaria, y el involucramiento de operadores de justicia con bandas criminales del crimen organizado. La gente se va desencantando de todo y el voto ya no es un mecanismo para cambiar las cosas porque esas tres realidades se ven en cualquiera de los partidos cuando llegan al poder. En esta situación la violencia se reproduce a través de los mecanismos de la democracia. Por eso, hay que descubrir modos innovadores para sumar prevención y control desde la sociedad civil mientras el Estado esté tan podrido y no sea reconstruido radicalmente.

LOS MEDIOS LOS ESTIGMATIZAN

Durante el seminario, Amparo Marroquín presentó una investigación sobre cómo enfocan los medios de comunicación salvadoreños el problema. Mostró cómo “las pandillas siguen siendo un instrumento útil de control de los miedos sociales, una herramienta útil para las campañas electorales, aunque cada vez con menor eficiencia, y un chivo expiatorio muy visible para explicar los males de las sociedades centroamericanas”. “Las pandillas -dijo- se han transformado: de una expresión cultural generacional, urbana y barrial han pasado a ser un entramado de relaciones complejas, que administran ciertas formas de violencia organizada”.

Marroquín explicó cómo desde el discurso oficial se construye un “otro” al que se le adjudican ciertas características propias, se construye un estereotipo con el que se estigmatiza a los deportados, a los pandilleros, o peor todavía a los mareros, y a los mismos grupos en los que se afilian y juntan”.

“QUE LA GUERRA NOS ASUSTE
PARA NO REPETIRLA”

Marroquín sí piensa que existe una relación más que tangencial entre la violencia de la guerra y la violencia del crimen organizado y, en especial la de las maras: “El tipo de asesinatos, desaparecidos o desplazados por la violencia en el siglo 21 guarda una gran semejanza con cómo se administraba la violencia durante las dictaduras militares y la guerra de la década de 1980”.

El estudio de Amparo Marroquín es importante especialmente por sus conclusiones sobre los principales medios de comunicación: “Posicionan a las pandillas como jóvenes y a los jóvenes como pandillas. A su vez, minimizan al crimen organizado y a la corrupción. Hay una agenda intencionada en qué es lo que se muestra y qué se invisibiliza”.

Marroquín concluyó su exposición citando la opinión de alguien que vivió la guerra siendo muy joven: “Yo que apenas vi las últimas bengalas de la guerra, creo que se debe promover la conciencia de que en este país se destiló sangre de las personas más indefensas, promover que se haga conocer nuestra historia hasta que nos asuste lo suficiente como para no repetirla”.

LAS VOCES JÓVENES

En el seminario tuvimos una presencia bastante numerosa de jóvenes, ellos y ellas. Nos compartieron su contacto directo con maras y pandillas y nos hablaron sobre los programas orientados a ayudar a la juventud a elegir caminos diferentes al de la violencia.

Un muchacho joven, que ha tenido que exiliarse del ambiente en el que nació y creció, nos habló a partir de su experiencia como “hijo” -usó esta metáfora audaz- de uno de los líderes de la Mara Salvatrucha. Fue duro escucharle cómo la violencia de las maras afecta a los jóvenes, especialmente a las jóvenes. Él ha sido testigo de cómo algunas muchachas en algunos barrios son arrinconadas y violadas hasta por trece mareros. También nos explicó cómo las maras ofrecen a sus miembros un referente afectivo que no encuentran en sus familias, que no pocas veces tienen al frente sólo a la madre o a la abuela, que trabajan a gran distancia del hogar.

Otro joven, interesado en la política municipal, nos dio un testimonio espeluznante de la forma en que el crimen organizado se ha ido apoderando de alcaldías limítrofes a los países del Triángulo Norte hasta hacer prácticamente imposible el desarrollo de una vocación política entre la juventud.

“NOS USAN COMO CARNADA”

Hay jóvenes del Triángulo Norte que han sido protagonistas de viajes alucinantes a través de México, hasta llegar al momento cumbre de su sufrimiento, cuando fueron apresados por alguno de los grupos desmembrados del cartel de los Zetas en el estado de Tamaulipas, ya con la frontera de Estados Unidos a su alcance. Nos hablaron de cómo estos grupos, activos en el tráfico de drogas, les obligaban a llevar una pequeña maleta con la droga, para así llamar la atención, por su inexperiencia, de la policía fronteriza, mientras los verdaderos traficantes pasaban tranquilos por esa misma frontera: “Nos usaban como carnada para desviar la atención del verdadero botín”. La consecuencia era la prisión y la deportación, cuando ya tenían a la vista la meta de su viaje. Lo han intentado varias veces tropezando siempre en la misma frustración.

TRABAJO DE PREVENCIÓN

Escuchamos a organizaciones que previenen la vinculación a las maras o una migración sin horizontes.

Ottoniel, un joven educador de gran entrega y notable capacidad, nos habló del Proyecto Educativo-Laboral Puente de Belize, en Guatemala, fundado por el jesuita Manolo Maquieira en 2004, que murió en 2006 por problemas cardíacos.

El secreto estructural del programa es la conjunción de educación y trabajo con cierta remuneración a medio tiempo. Sin educación no hay horizonte atractivo para los jóvenes de ambos sexos. Pero sin trabajo esas madres jefas de hogar y abrumadas por el trabajo distante de sus hogares no sienten estímulo suficiente para apoyar a sus hijas y a sus hijos para que se eduquen, porque eso no lleva ningún aporte económico al hogar. Por eso los estudiantes gozan de becas de inserción para trabajar en empresas que tienen al frente a empresarios responsables.

Gracias al apoyo financiero de ONG, a la contribución de otras fuentes de ayuda solidaria y al uso de un terreno propiedad de la Universidad Landívar, se han podido construir edificios escolares lejos del Puente de Belize. De lo que no se puede dar cuenta en términos financieros es del apoyo afectivo que esta juventud en riesgo recibió, primero del padre Maquieira y después de jesuitas y colaboradores y colaboradoras laicas. Educar con ternura y con disciplina constituye también una fórmula para la prevención de la violencia.

“CRECER ESTÁ EN MIS MANOS”

Escuchamos también el testimonio de jóvenes involucrados en el proyecto hondureño “Paso a paso” para prevenir la opción por las maras. Melvin Mejía nos explicó cómo emplean la metodología de Paulo Freire. Y Sagrario Melgar nos habló de la frustración que experimentan ante la ausencia de iniciativas estatales para ayudar a la juventud en riesgo.

Fidelina Bernardino, religiosa de las Hermanas del Ángel de la Guarda, habló en el seminario del programa
de formación juvenil que desarrollan en varios barrios de Managua. Tratan de comunicar a la juventud que la vida es un camino de posibilidades que no está abocado al fatalismo, a la frustración y al fracaso. Trabajan con jóvenes para desarrollar su identidad, para promover valores y sueños y para encaminarlos a una sexualidad sana. “Crecer está en mis manos” es uno de los lemas de esta iniciativa, que tratan de fundamentar en el mensaje de los Evangelios.

Rosa Anaya, del programa “Jóvenes constructores”, insistió en la prevención basada en la formación de los jóvenes: unas 800 horas y dos semanas fundamentales, “donde les damos ‘chicharrón’, como decimos en El Salvador”.

EXPERIENCIAS DIVERSAS

Royaris Cruz, que trabaja desde Costa Rica con jóvenes, insistió en la necesidad de convocar a movimientos de jóvenes de los diversos países centroamericanos para compartir experiencias, enfoques y resultados. También desde Costa Rica, Karina Fonseca recogió las inquietudes expuestas por Amparo Marroquín y propuso un esfuerzo para que en las escuelas los jóvenes aprendan a leery a escuchar críticamente los contenidos de los medios de comunicación masiva y los mensajes de las redes sociales, para que puedan desenmascarar los estereotipos y estigmas sobre la juventud que llenan el universo mediático.

Hoksan Flores del ERIC-Radio Progreso, de Honduras, explicó las múltiples dimensiones de esta obra, que trabaja con migrantes, analiza la realidad y denuncia la corrupción y la falta de inteligencia democrática en la política. Se han aventurado también en la medición de la opinión pública. Publican mensualmente “A mecate corto”, la revista Envío-Honduras y libros que priorizan las luchas por la justicia desde la fe cristiana.

El director del Instituto de Derechos Humanos de la UCA de El Salvador (IDHUCA) habló del proyecto
de educación para la paz y de la experiencia en el trabajo de justicia restaurativa, que ya tiene cuatro años.

Fe y Alegría de Guatemala también ilustró al seminario sobre los esfuerzos para que el Estado se responsabilice de una educación pública de calidad. Últimamente fueron capaces de reunir a 2 mil personas en una manifestación pública con este reclamo apoyados por otras obras educativas de los jesuitas en Guatemala.

Finalmente, Raúl Mijango, facilitador junto con Monseñor Colindres, de la tregua entre maras en El Salvador, mantuvo firmemente su convicción de que el gobierno de Mauricio Funes no participó en el proceso de negociación que condujo a la tregua y ofreció los siguientes datos sobre sus resultados: 41% de reducción de homicidios, 11% de reducción de extorsiones y 51.7% de reducción de desapariciones.

“HAY QUE PERDER
EL MIEDO A LA CALLE”

El seminario terminó con una intervención del jesuita hondureño Ismael Moreno, del ERIC-Radio Progreso, que planteó desafíos para quienes trabajan para prevenir la violencia entre la juventud más empobrecida. Los fue enumerando.Romper con la lógica de vivir en el encierro. Abrirnos a la vida y a la experiencia de las víctimas del orden social injusto. Resistir la tentación de entendernos y pactar con las cúpulas dirigentes de la sociedad. Tomar en serio la formación de quienes trabajan en estas tareas. Vencer el miedo a las luchas sociales y a los riesgos, que son hoy algunos de los más importantes signos de los tiempos. Perder el miedo a la calle. Redefinir la despolitización y volver a reflexionar en la relación entre fe y política. Contribuir a edificar una Iglesia sencilla que no opere desde la lógica del poder.

La clausura del seminario fue una celebración donde participamos en la manera cómo nuestros pueblos originarios escuchan a Dios y se dirigen a Él con sus clamores y sus más profundos deseos, mientras interpretan los mensajes que de Dios proceden a través del fuego sagrado en medio de la Naturaleza. Una experiencia no lejana a aquella en la que Moisés vio la zarza ardiendo que no se consumía y escuchó el llamado a liberar a su pueblo, o a aquella otra, cuando Jesús clamó que había venido a prender fuego en la tierra y anhelaba que ardiera.

CORRESPONSAL DE ENVÍO EN GUATEMALA.

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