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  Número 398 | Mayo 2015
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Honduras

El mal político del encierro

¿Cuál ha sido el caldo de cultivo en que el Presidente hondureño logró que le aprobaran la reelección indefinida? En ese caldo hay violencia, hay miedo real y miedo inducido, hay una agenda que prioriza respuestas violentas para garantizar seguridad. Hay medios de comunicación, iglesias y militares. Y sobre todo hay una enfermedad: el mal del encierro, una enfermedad política generalizada, que debe ser entendida y superada para poder salir del deterioro en el que está sumido el país.

Ismael Moreno, SJ

Por qué políticos tan poco dotados como Juan Orlando Hernández tienen tanto éxito en Honduras? ¿Por qué los políticos hondureños hacen y deshacen con las leyes sin que nadie los toque? ¿Por qué un Presidente tiene tanta capacidad para hacer que todos los poderes del Estado creen las condiciones para que él continúe en el poder cuantas veces le venga en gana sin que haya ni el más mínimo asomo de rechazo popular?

¿Por qué tanta pasividad política de los hondureños si vivimos en el país más violento del mundo?Son preguntas sin fácil respuesta. Acaso algunas de ellas sin respuesta. Pero son preguntas para andar buscándoles respuestas mientras caminamos.

DESPUÉS DE AQUEL ESPEJISMO

Seis años atrás la sociedad hondureña se conmocionó, parecía que todo el andamiaje del poder se venía abajo y que una avalancha de gente se aprestaba a responder a todas las preguntas con las respuestas de la resistencia popular. Pero todo quedó en “llamarada de tusa”. La resistencia que surgió tras el golpe de Estado parecía que llevaba a la cresta de su madurez a la lucha popular, pero no era más que una euforia política pasajera Un espejismo.

Una vez que los políticos de oficio controlaron la efervescencia que siguió al golpe de Estado todo se desinfló, como cuando se le saca el aire a un inmenso globo. El movimiento social quedó a expensas de los políticos, y como sucede en la bipolaridad sicológica, la sociedad pasó de la euforia exaltada a la depresión más aguda. Y eso en muy poco tiempo, en meses quizás. “Ahora lo único que nos queda es quejarnos, porque ya perdimos la fuerza y las ganas de luchar entre todos. Mejor nos encerramos para salvar el pellejo”. Quien habla así es una joven dirigente que en los días de la lucha contra el golpe de Estado organizó a su gente y se puso detrás de quienes poco después aparecieron como candidatos a alcaldes y diputados. “Hoy ni se acuerdan de nosotros”, dice.

Eso no significa que la gente no sienta los problemas. Lo que pasa es que después de tantos años de no creer en lo público y en quienes conducen lo público, la gente acabó consumida en la enfermedad política del encierro, lamiéndose las heridas, consolándose a sí misma con sus propios lamentos. Cada quien en lo suyo… porque “el buey se lame solo”. Cada quien tragándose sus angustias, expresión extrema de la total desconfianza en lo público. De esta forma, lo público, lo político, queda en manos de reducidos sectores de la sociedad que hacen todo lo que quieren a su antojo, mientras la gente busca resolver el día a día por su propia cuenta sin mirar siquiera al vecino. El encierro es el mayor de los males políticos.

SÓLO UN DESAHOGO

Ese mal político que es el encierro está en la base de los males sociales. Cuando la gente se encierra, por desconfianza en lo público y en quienes lo manejan, deja manos libres para que esos en quienes desconfía sigan controlando la cosa pública como su propiedad y acaben viendo también a la gente como su propiedad.

La gente se queja de lo que ocurre en el país, de los desmanes de los políticos, del alza de los productos básicos… Se queja de todo y hasta despotrica en contra de los funcionarios, del gobierno, de los empresarios, de los gringos, pero esas quejas son apenas un desahogo dentro de una evidente parálisis política. En los sondeos de opinión que el ERIC (Equipo de Reflexión, Investigación y Comunicación) de los jesuitas de Honduras ha realizado en cinco años consecutivos (2010-2014) la gente exige cambios profundos en el país, identifica a los políticos como los principales responsables del descalabro y les demanda que lo resuelvan. Pero hasta ahí: ni los políticos escuchan ni la gente pasa del reclamo a la movilización.

En el último sondeo de opinión, el realizado en diciembre de 2014 y que hicimos público en enero de 2015, la desconfianza de la sociedad hondureña hacia las instituciones y sus diversos actores siguió siendo la misma que habíamos observado en los cuatro sondeos anteriores.

MORBO Y MIEDO

En los últimos años el mal político del encierro se ha acentuado con el ingrediente del miedo, tanto del miedo real como del inducido. Observamos diferencia entre la violencia que la gente sufre en carne propia y la violencia que percibe en la sociedad. En el último sondeo, por ejemplo, un 25% dijo haber sido víctima directa de algún hecho de violencia (asaltos, robos), mientras que un 75% expresó que la violencia y la inseguridad son los problemas más severos que golpean a nuestra sociedad.

Sin duda, esa brecha entre lo vivido y lo percibido la fabrican en gran medida los medios de comunicación en los que la gente se informa, mayoritariamente la televisión y mayoritariamente los canales especializados en destacar sangre y cadáveres, imágenes que alimentan morbo y miedo en quienes consumen ese tipo de noticias. Tres cuartas partes de la población dice que ve esos canales y esas noticias.

A la violencia objetiva se suman elementos subjetivos: curiosidad no sólo por conocer lo que ocurre, sino también por ver la reacción de quienes son víctimas de la violencia. Esa curiosidad retroalimenta el deseo de seguir consumiendo ese tipo de noticias En la televisión una mayoría de gente mira la angustia que provoca la violencia y así se prepara para lo que le puede ocurrir, se identifica con el dolor ajeno, y también naturaliza la violencia. En cualquier caso, esas noticias alimentan el miedo. El miedo real porque son hechos reales lo que la gente ve. Y miedo inducido porque la reiteración de noticias de muertes violentas, extorsiones y amenazas provoca miedo. Y ese miedo consolida el mal político del encierro.

RESPUESTAS VIOLENTAS

Obviamente, detrás de los medios de comunicación hay actores políticos interesados en que haya miedo para que la gente acepte respuestas basadas en la violencia institucional, en el recurso a la fuerza, a la represióny a la militarización de la sociedad. Lo que se busca es que la misma población demande y respalde respuestas violentas, en vez de reclamar políticas públicas que den respuestas al desempleo y reduzcan las desigualdades sociales y económicas.

La importancia de la televisión es mayor en una sociedad como la hondureña, con tan baja escolaridad. En nuestro sondeo de opinión la mayoría de las personas no pasaron del sexto grado de primaria. Cuanta más alta es la escolaridad más críticas suelen ser las respuestas de los encuestados. Y en la medida en que disminuye la escolaridad aumenta más la influencia, no sólo de la televisión, sino de los mensajes de los grupos evangélicos neopentecostales que han proliferado por todo el país promoviendo individualismo y pasividad. También observamos correlación entre la baja escolaridad, ese tipo de religiosidad y la aprobación a los programas asistencialistas que promueve la actual administración pública.

LA AGENDA MILITAR

El gobierno saca provecho del mal político del encierro. El miedo provocado por las noticias de violencia en la televisión acentúa también la ansiedad de que alguien brinde seguridad. El gobierno se presenta entonces como el que resuelve y lo hace siempre con respuestas policiales y militares.

El gobierno de Juan Orlando Hernández ha sabido explotar este ambiente de miedo y de necesidad creada y a comienzos de 2015 lanzó la propuesta de la Policía Militar del Orden Público. Con una buena campaña publicitaria colocó este tema como un asunto nacional, casi de vida o muerte. Una buena publicidad puede lograr que el esclavo acabe pensando y sintiendo como su amo. Así lo recordaba el luchador negro por los derechos civiles Malcolm X: “Si no tenemos cuidado los medios de comunicación harán que acabemos odiando a los oprimidos y amando a los opresores”.

El tema militar está especialmente priorizado en la agenda del actual gobierno. Y quienes escuchan los medios que más destacan la violencia y el clima de inseguridad y menor escolaridad tienen son los que más apoyan esa agenda. En el sondeo del ERIC de finales de 2014 la población apoyó mayoritariamente que los militares salgan a la calle y veía como un proyecto positivo la creación de la Policía Militar del Orden Público.

Hay que recordar que los militares tienen ya varios años impulsando el programa infantil “Guardianes de la patria”, destinado a influir en la conciencia infantil para que vean en los militares el paradigma de la democracia, apreciándolos por sobre los sectores civiles. Baste también ver el control que los militares están teniendo en cada vez más instituciones del Estado, incluyendo el Ministerio de Seguridad, la supremacía que tienen sobre la Policía y hasta el poder de decisión sobre qué jueces tienen capacidad para dictar sentencias y cuáles deben ser separados del Poder Judicial.

EL CALDO DE CULTIVO

Ha sido en este caldo de cultivo donde Juan Orlando Hernández creó las condiciones para que el Congreso aprobara la reelección presidencial indefinida. Y entre las condiciones creadas para ese propósito ha estado el “ganarse” a las tres instituciones que gozan de mayor confianza en la percepción de la gente, de acuerdo con nuestro sondeo de opinión: la iglesia católica y las iglesias evangélicas, los medios de comunicación, particularmente la televisión, y los militares.

En el actual contexto hondureño, de deterioro objetivo, de inseguridad, violencia y miedo, estas tres instituciones están acentuando el mal político del encierro creando un círculo vicioso: a más seguridad garantizada por el gobierno más se encerrará la gente y cuanta más inseguridad exista o más se publicite más amenazada se sentirá y demandará mayor seguridad.

A los liderazgos religiosos se les mira hoy más cerca del poder que cerca de la feligresía acompañándola pastoralmente. Cada vez es más notoria la presencia de jerarquías de las diversas iglesias en ambientes en donde se bendicen ecisiones gubernamentales y cada vez es más frecuente ver a policías y militares dirigiendo oraciones a Dios en actos oficiales. Eso refuerza un contexto en donde la religiosidad más tradicional, especialmente la de influencia neopentecostal,está penetrando en los ambientes más empobrecidos de barrios y colonias de las ciudades, contribuyendo a consolidar el mal del encierro.

LIBRE Y PAC: MÁS DE LO MISMO

La influencia que sobre la conciencia de la población tienen iglesias, medios y militares es mucho mayor
en el actual período que la que ejercen los partidos políticos, a pesarde la masiva participación de la gente en las elecciones generales de 2013. De acuerdo a nuestros sondeos de opinión, los partidos políticosson las instituciones de las que más desconfía la población.

Grandes segmentos de la población dicen pertenecer y tener simpatías por los dos partidos políticos tradicionales, la mayoría por el Partido Nacional. En segundo lugar aparecen quienes no simpatizan ni pertenecen a ninguno (35%). Y en tercer lugar los que pertenecen o simpatizan por el Partido Liberal. A gran distancia se ubican quienes señalan a los dos nuevos partidos, LIBRE y PAC.

El sondeo de 2014 fue el primero que realizamos después de casi un año de presencia activa de dos nuevos partidos políticos en el escenario. El resultado para LIBRE y para el PAC es desalentador si lo comparamos con las expectativas que crearon ambos. Mayoritariamente la gente expresa que son más de lo mismo. La entrada al escenario de ambos partidos no ha variado en nada la percepción de desconfianza hacia los políticos, persistente en las encuestas de los últimos cinco años.

Nuestra hipótesis es que la construcción de propuestas partidarias que recojan demandas, sentimientos, intereses y esperanzas de la población sigue siendo una asignatura pendiente, que el surgimiento de estos dos nuevos partidos no lo han logrado y que eso obliga a repensar la política y la participación de la ciudadanía en lo público.

LA OPORTUNIDAD DE ESTE MOMENTO

A pesar de la influencia de medios y de iglesias distrayendo a la gente de la realidad, el sondeo muestra que la gente identifica claramente los problemas del país y demanda consenso y unidad para enfrentarlos. Este dato es, sin duda, uno de los factores más alentadores en medio de los tantos trazos oscuros y deprimentes que pinta el conjunto de la encuesta.

Por sí solos, ni los partidos políticos, ni la empresa privada, ni los sectores populares, ni las ONG, ni los liderazgos sociales, económicos, políticos y eclesiásticos serán capaces de construir respuestas adecuadas a la gravísima situación del país. Las rutas se han ido cerrando. Pero al cerrarse, han abierto una gran oportunidad, la de construir propuestas que surjan del encuentro dinámico y de puertas abiertas entre los diversos sectores. En impulsar estos encuentros y en atinarle en cómo hacerlo es en donde está el desafío más grande que hoy tiene Honduras.

ESCOLLOS A SUPERAR

Para enfrentar ese desafío habrá que superar escollos, barreras que parecen algunas infranqueables. La primera es que los diversos liderazgos tengan capacidad de escuchar lo que dice la gente dejando la comodidad que les brindan sus cuotas de poder y abandonando la seguridad que tienen ellos y sus bienes gracias a la agenda de la militarización del país.

Los liderazgos de los sectores populares tendrán que superar el escollo de la autenticidad, que debe comenzar identificando sinceramente los niveles de organización y las fuerzas con que cuentan.

El sondeo del ERIC muestra que el movimiento populary sus liderazgos aparecen ausentes de la vida de la gente. Su presencia entre la población es apenas perceptible. Y cuando se les menciona, por ejemplo en el caso de los sindicatos, la percepción de la población los mete en el mismo saco de los políticos de quienes desconfía.

Tal vez los liderazgos populares estén presentes, pero lo están en la penumbra. Redescubrir nuevos liderazgos y redefinir la organización popular desde nuevos ejes temáticos y desde realidades territoriales y políticas es condición sin la que será muy difícil avanzar en busca de otros sectores para alcanzar acuerdos básicos compartidos.

¿Y LA FUERZA CAMPESINA?

Siendo que la organización y las dirigencias campesinas se encuentran en el mismo nivel de ausencia que otros liderazgos populares, resulta paradójico que los encuestados le sigan asignando un papel protagónico. Para explicarlo hay que enlazar tres razonamientos. Uno, reconocer la situación de deterioro del campo y de las familias campesinas, abandonadas por las políticas públicas y marginadas por la agroindustria que promueven las transnacionales y sus socios locales. Esto ha deteriorado la producción campesina y explica el desangre del campo con la migración hacia las ciudades y hacia el extranjero. En un estudio de hace cuatro años, el FOSDEH (Foro Social de la Deuda Externa y el Desarrollo) anotaba que el 87% de la juventud que emigra hacia el exterior procede de las zonas rurales.

Una segunda razón es que la mayoría de las personas entrevistadas, sin importar el lugar donde hoy viven, tiene orígenes rurales y esas raíces explicarían el deseo de que el liderazgo campesino sea protagónico en el cambio del país.

La tercera razón es la nostalgia. Todavía revolotea en las mentes de mucha gente un pasado en el que Honduras llegó a contar con las organizaciones campesinas más potentes y pujantes de América Latina, capaces de estremecer a toda la sociedad, como ocurrió a mediados de los años 70, cuando la presión campesina por la reforma agraria movilizó a miles de familias, provocando respuestas, tanto represivas como temerosas, entre militares y terratenientes, hasta acabar con la sangrienta masacre de Los Horcones (25 de junio de 1975) en Olancho.

PROPUESTAS DE AFUERA

Ante la precariedad de los liderazgos populares actuales para convocar encuentros entre los diversos sectores que conduzcan a consensos mínimos, la dinámica del país continúa siendo definida por propuestas elaboradas afuera y sin contar con la gente. Es lo que ya ocurre con las Zonas Económicas de Desarrollo (ZEDEs) o con la Alianza para la Prosperidad del Triángulo Norte, propuesta por el Presidente de Estados Unidos y en proceso de aprobación. En ambos proyectos ni se discute que el liderazgo lo tengan y lo sigan teniendo las élites empresariales y políticas, que tienen la cuota más alta de responsabilidad en el profundo deterioro en el que ha caído la sociedad hondureña.

En un contexto así, no sólo los campesinos, también la mediana, la pequeña y la microempresa quedan relegadas. Son sólo cantera de emigrantes, de mano de obra barata o de una población sumisa que agradece los programas asistencialistas del gobierno.

UN MAL GENERALIZADO

El escollo mayor a superar si queremos construir acuerdos básicos compartidos es el encierro. Los liderazgos del país tienen que tomar conciencia de este mal político, generalizado en toda la sociedad.

Los liderazgos de las organizaciones populares viven su encierro insistiendo en determinadas demandas y acariciando la “toma del poder” para realizar las transformaciones sociales, una fantasía desligada de la conciencia resignada de la gente común.

Las élites políticas lo viven creyendo que están representando a las mayorías encerradas en sí mismas. La gente común y corriente lo vive cargando con sus calamidades como penitencia, despotricando de quienes se aprovechan de sus problemas, resolviendo lo que puede individualmente y dejando intacto el actual estado de cosas.

Y las élites empresariales lo viven convencidas de que el país, el Estado y todos sus recursos les pertenecen para convertirlos en dinero. Encerradas en esa convicción se alían con las corporaciones transnacionales y con el gobierno de Estados Unidos. “Honduras abierta a los negocios” dijeron hace seis años, “Honduras abierta a la minería” dicen ahora.

Hay una dialéctica en este encierro: el encierro empobrecido y paralizante es la contrapartida del encierro acaparador, codicioso y excluyente.

Son estas variadas formas de encierro las que le han permitido al Presidente Juan Orlando Hernández promover su reelección.

SIGNOS DE RUPTURA

A pesar de todo, hay signos que apuntan a una ruptura del encierro. Las organizaciones comunitarias que se unen para protegerse de la amenaza común de las compañías mineras extractivas o de las empresas que quieren apropiarse de acuíferos y cuencas de agua son un signo de que el encierro se puede romper promoviendo demandas en torno a problemas que afectan por igual a varias comunidades.

Las pequeñas redes de comunidades indígenas que se defienden de la amenaza de proyectos turísticos -como los garífunas del Atlántico- y las redes de solidaridad con comunidades lencas del occidente del país y con comunidades topulanes en Yoro son también signos de ruptura con el encierro.

Las mujeres organizadas a partir del dolor que les ha dejado la muerte violenta de sus hijos en barrios estigmatizados por habitar en ellos “jóvenes peligrosos” son otro signo de que la muralla del encierro se puede romper. Los jóvenes que se deciden a formarse política y culturalmente, los que pintan murales con mensajes de paz, los que se capacitan en técnicas artesanales para reciclar desechos plásticos, son signos de que el encierro no es inexpugnable.

Todas son experiencias que van surgiendo en los márgenes de un sistema que promueve individualismo y encierro. Entre las élites estos signos aún no aparecen. Pero, para lograr consensos y para buscar respuestas a los males de nuestra sociedad, no bastará con romper el encierro de las bases. Habrá también que romper el de los actuales liderazgos populares, políticos, empresariales y eclesiásticos, con frecuencia más contagiados por esta enfermedad de lo que ellos suponen.

Lo que queda cada vez más claro es que cualquier proceso de transformación de la realidad actual hondureña tendrá que enfrentar el mal político del encierro.

CORRESPONSAL DE ENVÍO EN HONDURAS.

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