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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 398 | Mayo 2015
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Nicaragua

Crónica de miles de muertes ignoradas

La Insuficiencia Renal Crónica, que enferma y mata a miles de cañeros en el Occidente de Nicaragua desde hace muchos años es un problema apremiante de salud pública, al que ni el poderoso Grupo Pellas ni el gobierno de Daniel Ortega dan una justa respuesta. Llama la atención tanto silencio, tanto olvido, tanto acostumbrarse a esta tragedia.

Carlos Salinas Maldonado / Francisco Javier Sancho Mas

En mayo, al final de la temporada de zafra, en los ingenios azucareros de Centroamérica y el Caribe se compite por obtener la mayor cantidad de materia prima para elaborar azúcar, ron o biocombustibles. En el Pacífico nicaragüense, una misteriosa epidemia de insuficiencia renal mata a los hombres jóvenes que trabajan en los cañaverales. Sus vidas y muertes, y las de sus familiares, transcurren como capítulos de una vieja historia de desigualdad y explotación, impropias del siglo 21. Se cierne sobre esta epidemia un extraño silencio, como si no fuera asunto de vida o muerte. ¿Qué y quiénes están detrás de todo este abandono?

“FLOR DE CAÑA” Y CAÑEROS

Empieza la fiesta en Managua. A cualquier hora de la noche. Salpicada aún por los escombros de un terremoto que la destrozó hace décadas, precaria y con una belleza latente que nunca se ve, esta ciudad no duerme. “Managua, salsa city” la llamó el escritor Franz Gallich. Y en bares y discotecas, se repite la escena: un camarero se acerca con una botella de ron y la coloca en el centro de la mesa. En la etiqueta, inconfundible, el dibujo ovalado de una vieja vía de ferrocarril flanqueada por palmeras altísimas. Al fondo, la silueta de volcanes. Representa la entrada al ingenio azucarero más grande del país, el San Antonio, a casi 130 kilómetros al noroeste de Managua, propiedad de la familia Pellas, de origen italiano, presente en el país desde finales del siglo 19. Allí se extrae la materia prima para la elaboración de su producto estrella: el ron añejo Flor de Caña.

A esas mismas horas, más de dos mil hombres se disponen a cortar caña en el ingenio. Estamos en plena temporada de zafra. En esas mismas instalaciones, tras unos análisis de sangre, algunos sabrán que no van a regresar al trabajo al día siguiente. Y que van a morir jóvenes si no se ataja la extraña epidemia que les invalida los riñones. A la vuelta, en sus casas, junto a los cañaverales, les queda una vida marcada por historias a las que vale la pena acercarse.

Aunque hay quien prefiere endulzarlo aún más con Coca Cola, los entendidos beben el Flor de Caña “en las rocas”, con cierto fervor patriótico. Se le considera uno de los mejores rones de calidad “premium” en el mundo. Junto al azúcar, de la que casi la mitad de la producción del país está en manos de los Pellas, es parte del grueso de las exportaciones de Nicaragua, una lista limitada de productos entre los que, a la par de la carne, sigue destacando el oro y el café. Ca¬si lo mismo que se exportaba a finales del siglo 19.

En el desvío para llegar a Chichigalpa, donde está el ingenio San Antonio, se anuncia el “tour Flor de Caña”, un recorrido que la empresa brinda a turistas y distinguidos visitantes, recientemente a las candidatas al concurso de Miss Nicaragua. La ruta por algunas instalaciones del ingenio no incluye los cañaverales, donde miles de hombres se afa¬nan, bañados en sudor y ennegrecidos, la mayor parte del tiempo bajo una temperatura ambiente extremadamente calurosa, más de 36ºC de media, exacerbada por la quema¬ de zonas del cañaveral, que se realiza la noche anterior al cor¬te. El porcentaje de humedad puede llegar al 70%.

La estación seca se vive con dureza en esta zona del país y el viento, en lugar de aliviar, hace irrespirable el aire lleno de polvo. En el portón de entrada a este lado del ingenio, suelen encontrarse policías, antimotines, y grupos de trabajadores -algunos ya con signos avanzados de la enfermedad- que se manifiestan, a veces, bloqueando la entrada o con pancartas en las que escriben sus demandas a la empresa y al gobierno.

En enero de 2014, un grupo de esos ex-trabajadores enfermos fue atacado salvajemente por la Policía Nacional cuando realizaban un tranque a la entrada del ingenio. Demandaban una indemnización por lo que consideran daños laborales. En la represión resultó herido Ignacio Balladares, un niño de 14 años. A Ignacio le disparó un policía “por error”, al confundirlo con uno de los trabajadores. Tendrá que vivir con una bala en la cabeza el resto de su vida. Durante el altercado hubo varios heridos, y también un muerto, un hombre de 48 años, Juan de Dios Cortés, ex-jornalero de la zafra y enfermo renal, abatido por otro policía que le disparó a matar.

IRC: UNA SENTENCIA DE MUERTE

La insuficiencia renal crónica (IRC) se produce cuando el riñón va perdiendo su capacidad de filtrar y eliminar los desechos del cuerpo. Los escasos recursos con los que estos ex-trabajadores cuentan para tratarse hacen que el diagnóstico por IRC suela considerarse una sentencia de muerte. A medida que la enfermedad avanza, es necesaria la diálisis y al final, el trasplante de riñón. Muy pocos lo logran antes de morir. En Nicaragua el costo aproximado de una sesión de diálisis es de 150 dólares y los pacientes suelen necesitar tres sesiones semanales. El de un trasplante, alrededor de 14 mil dólares, en el caso de encontrar a un do¬nante ideal. No es de extrañar que Nicaragua, el país más pobre del continente después de Haití, presente índices muy ba¬jos de diálisis y trasplantes realizados, a pesar de tener uno de los mayores índices de enfermos renales de Centro¬américa.

A los antiguos trabajadores del azúcar, la IRC les produce una muerte amarga, precedida de vómitos frecuentes, inflamación de varias partes del cuerpo, debilidad extrema y una lenta y dolorosa agonía. Según los limitados estudios científicos realizados en la zona, la enfermedad se debe a una combinación de factores, tanto laborales como ambien¬ta¬les. Antes no se podía decir a ciencia cierta el grado de relevancia de los factores laborales, pero finalmente se ha evidenciado que éstos son de los más importantes.

Los que no tienen duda de esto -nunca la han tenido- son los hombres que se manifiestan a la entrada del ingenio San Antonio. Creen, presienten, saben, que las principales causas de la enfermedad que los deja sin riñones y sin vida, están allí, en medio del cañaveral. Y se quejan de que las respuestas de la empresa y del gobierno han sido dolorosa¬men¬te silenciosas o sospechosamente discretas. En cualquier caso, las ayudas paliativas que se conceden a un número limitado de beneficiarios son a todas luces insuficientes porque no ofrecen soluciones a los dos grandes problemas que asolan a sus familias: la enfermedad y la miseria. Solucionarlos exige un grado de responsabilidad demasiado costoso que ni empresa ni gobierno parecen querer o poder asumir.

UN PROBLEMA APREMIANTE DE SALUD PÚBLICA

Los registros de la mortalidad por IRC son confusos porque sólo se ha empezado a considerar la magnitud del problema en la última década. Estimaciones de la OPS (Organización Panamericana de la Salud) calculan que en cuatro años hubo más de 20 mil muertes, de ellas más de 3,400 en Nicaragua. Sólo en Chichigalpa se estima que prácticamente la mitad de todas las muertes de hombres se debe a la IRC, con una ta¬sa de 95 por 100 mil habitantes. La mayoría de los falleci¬dos¬ son agricultores temporeros de la zafra. Una buena parte con¬¬trajo la enfermedad antes de cumplir los 30 años. Según Aso¬chi¬¬vida, organización de ex-cañeros del ingenio San Anto¬nio¬ que padecen IRC, entre 2009 y 2013 la epidemia mató a 1,196 personas. Nos muestran datos que contabilizan sólo las defunciones registradas entre los miembros de la asociación.

La OPS ha alertado a los gobiernos de Centroamérica sobre la gravedad de esta mortal enfermedad. En un documento discutido en junio de 2014 advirtió a las autoridades sanitarias de la región que “este tipo de enfermedad renal crónica es un problema apremiante y grave de salud pública, tomando en consideración su alta incidencia, prevalencia y mortalidad, así como la demanda insatisfecha de atención de salud y la carga para las propias familias, comunidades, los sistemas de salud y la sociedad en general”.

La organización sanitaria reconoce que esta epidemia representa una “alta carga económica” para Centroamérica, no sólo por las miles de vidas perdidas, sino porque requiere de una ingente inversión de fondos públicos para establecer mejoras en servicios de salud, recursos humanos calificados para tratar la enfermedad, tratamiento y mejoras en las condiciones de vida de los afectados.

Los gobiernos de la región centroamericana, menos el de Nicaragua, dieron un primer paso para reconocer la gravedad de la epidemia. En abril de 2014 los ministros de Salud del Sistema Centroamericano de Integración (SICA) se reunieron en El Salvador y firmaron la llamada “Declaración de San Salvador”, en la que se comprometen a “promover con urgencia” medidas que permitan prevenir la enfermedad. El desinterés del gobierno de Nicaragua se manifestó de forma elocuente: ni participó de esa reunión ni suscribió el documento.

UN MISTERIO DE SALUD PÚBLICA

Lo que ocurre aquí, en Nicaragua, y en otras zonas agrícolas cercanas a la costa del Pacífico centroamericano, es un misterio. Al menos hasta el momento. En países con similares condiciones climáticas y geográficas, como Cuba o Brasil, donde existen importantes ingenios azucareros, no hay estos índices de la enfermedad, y mucho menos de mortalidad. Sí se han observado niveles parecidos en otros países como Sri Lanka. Allí las investigaciones de sus autoridades culpan como causa principal y, sin dudarlo, a los pesticidas.

Entre las primeras voces de alarma en la comunidad médica estuvo la del doctor salvadoreño Ramón García Trabanino, quien a principios del año 2000 se extrañó de la cantidad de pacientes -más de 200- que en un solo hospital de su país iniciaron el tratamiento crónico de diálisis. El doctor halló que la mayoría de ellos no compartían los factores y causas tradicionales de la enfermedad conocidas en el resto del mundo: la diabetes, la hipertensión y el envejecimiento tanto en hombres como en mujeres. Aquí, en cambio, se trataba casi exclusivamente de hombres jóvenes, la mayoría agricultores de las plantaciones costeras del Pacífico. En el estudio publicado en 2002 en la Revista Panamericana de Salud Pública, García Trabanino exponía que su investigación permitía “sospechar una relación con la exposición laboral a insecticidas o plaguicidas”. Conclusión de su estudio: se necesitan “más investigaciones para confirmar estas hipótesis”.

En Chichigalpa los hombres no suelen advertir los sínto¬mas de la enfermedad hasta que está en una fase muy avan¬zada. Y es preocupante que se hayan descubierto niveles elevados de daño renal en adolescentes que aún no han tra¬bajado en la caña de azúcar. Sólo en un año hubo en el mu¬nicipio más de 2 mil pacientes con enfermedad renal, que al final terminarían por necesitar tratamiento crónico de diá-lisis y trasplante.

Ante la alarma provocada por la mortalidad de IRC en la región, el Consejo Directivo de la OPS celebrado en Wa¬shing¬ton, en octubre de 2014, pidió a todas las autoridades que afrontasen este drama con la fuerza y la urgencia necesaria porque “el ejercicio del derecho a la salud es exigible aun en situaciones de pobreza y de carga elevada de enfermedad”.

ÚNICO HORIZONTE: CAÑA Y VOLCANES

Además de a los cortadores de caña, la empresa emplea a otras siete mil personas en diversas labores necesarias durante la temporada de zafra. En una comunidad como la de Chichigalpa, si se exceptúa a niños y ancianos, significa que una mayoría de hombres y mujeres en edad de trabajar siguen dependiendo de cañaverales que no han dejado de producir azúcar desde finales del siglo 19, cuando el primero de los Pellas, procedente de Génova, fundó aquí su particular imperio.

Aunque Chichigalpa fue de los primeros municipios en contar con centros educativos, el nivel escolar es bajísimo. La falta de asistencia de los niños, y también de los maestros, a las escuelas públicas es lo común. En toda Nicaragua, la calidad de la enseñanza en los centros públicos es de las peores del continente. La escasa educación, la falta de servicios básicos, las condiciones paupérrimas de vivienda se terminan convirtiendo aquí en una especie de costumbre, tanto para los vecinos como para quienes se valen de esta mano de obra para ofrecerles un trabajo temporal. La caña es el único horizonte que rodea a las comunidades de Chichigalpa. Caña y volcanes.

SER (SUGAR, ENERGY, RHUM): TRIPLE NEGOCIO

Los dos mil hombres que cortan machete en mano la mitad del cañaveral del San Antonio -la otra mitad se corta de forma mecanizada- contribuyen a un negocio, el de Pellas, muy rentable. Ahora ha triplicado su valor, porque no sólo se circunscribe a la producción de azúcar y ron, sino a una parte de la energía que se distribuye al país y que producen quemando el bagazo de la caña. Además, también producen bioetanol, un combustible que empezó a exportar el grupo empresarial recientemente, lo que le permite ampliar el negocio cuando el precio del mercado es suficientemente atractivo. Por eso, Pellas decidió aunar el ingenio azucarero y la compañía licorera bajo el acrónimo SER (Sugar, Energy, Rhum), que resume el triple negocio que obtiene de la caña.

Casi una cuarta parte de las importaciones de azúcar de Estados Unidos procede de Centroamérica, que ha mostrado en repetidas ocasiones su interés por la producción de bioetanol en la región. Venezuela ha sido, hasta la fecha, otro gran comprador. Y el Banco Mundial otorgó un finan¬cia¬miento al grupo Pellas para la ampliación de su producción de caña.

FACTORES OCUPACIONALES ENTRE LAS CAUSAS

Debido a la alarma generada por profesionales de la salud, medios de comunicación y colectivos de trabajadores por el impacto de la insuficiencia renal en los trabajadores, el Banco Mundial decidió contribuir a financiar un estudio algo más ambicioso sobre este problema. Se llevó a cabo entre 2009 y 2012 y fue coordinado por un equipo de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Boston. La otra parte del financiamiento corrió a cargo de la industria azucarera nicaragüense, principalmente, del grupo Pellas. Actualmente, el estudio continúa en una fase de identificación de causas más precisas.
La protesta de enero de 2014, que se saldó con la muerte de un ex-trabajador del ingenio y el disparo a la cabeza del niño Ignacio Balladares, estuvo protagonizada por un gru¬po de ex-trabajadores que se quejaban del desinterés de la empresa y de las autoridades gubernamentales en un diálo¬go que abordase el viejo reclamo de las indemnizaciones.

Un primer avance del estudio de la Universidad de Boston apuntaba inicialmente a un cóctel “multicausal” de la epidemia, que puede ir desde los restos de pesticidas utilizados en el pasado, al exceso de horas de trabajo bajo condiciones de calor extremo, la falta de hidratación, los malos hábitos o la altitud sobre el nivel del mar.

A inicios de febrero de 2015 la Universidad publicó un nuevo documento sobre sus hallazgos. Los investigadores, liderados por el doctor Daniel Brooks, analizaron a 284 trabajadores de la caña en Chichigalpa. En esta ocasión afirmaban, por primera vez, que “factores ocupacionales” podrían estar vinculados a la mortal epidemia. “Se encontró que la función renal de los trabajadores de la caña de azúcar de Nicaragua disminuyó durante la temporada de cosecha, variando por categoría de trabajo, y se asoció con el número de años trabajados. Estos hallazgos sugieren que uno o más factores de riesgo subyacentes se relacionan con la exposición ocupacional”. Esto es lo que establece la investigación publicada en la Revista Internacional de Salud Ocupacional y Ambiental.

“Los trabajadores de campo estaban en mayor riesgo de deterioro de la función renal durante la temporada de co¬se¬cha, en comparación con los que no laboran en el campo,¬ los trabajadores de las fábricas y los conductores. Este hallazgo sugiere que el trabajo de campo se asocia con la función renal reducida, aunque no todos los trabajadores de campo fueron igualmente afectados”, se lee en el estudio.

SON MUCHAS LAS CAUSAS

¿No hay ninguna causa que predomine sobre otras? Hicimos esta consulta al doctor Daniel Brooks y nos dijo: “Una de las fortalezas del estudio fue que nos permitió evaluar la función del riñón por tipo de trabajo. La mayor parte de los estudios anteriores han calificado la función del riñón por industria (caña de azúcar, minería, pesca, etc.), pero la cuantificación por tipo de trabajo dentro de una industria (cortador de caña, irrigador, aplicador de pesticida, etc.) provee mucha más información, lo que permite interpretaciones más firmes. El hecho de que la función del riñón se redujo en la mayoría de los cortadores de semilla, irrigadores y cortadores de caña, en comparación con los trabajadores de fábrica, sugiere que la exposición a las condiciones experimentadas en el trabajo de campo están afectando la función del riñón”.

Sin embargo, Brooks aseguró que son necesarios nuevos estudios para determinar las causas exactas de la epidemia. “Los resultados de este estudio proveen evidencia de que de uno a más factores de riesgo son ocupacionales. Porque la enfermedad es seguramente multifactorial, otros factores contribuyentes pueden ser ocupacionales o no ocupacionales. Es difícil determinar el peso e importancia asignada a esas exposiciones, porque no podemos confirmar cuáles exposiciones específicas están causando la enfermedad”, nos aclaró el científico.

“¿POR QUÉ ENTRAMOS SANOS
Y SALIMOS ENFERMOS?”

Oriana Ramírez es de Madrid y participó en los trabajos coordinados por Brooks. Afirma que al principio, una de las cosas más difíciles fue explicarle a la comunidad que no tenían evidencias científicas de que en los cañaverales del ingenio San Antonio estuvieran las causas directas de la IRC, que ha matado ya a tantos trabajadores. La mayoría de los hombres que van a morir no se conformaban y replicaban en una lógica a la que aún no han llegado las investigaciones: “Entonces, ¿por qué entramos allí a trabajar estando sanos y salimos enfermos?”.

En 2015 vuelven a realizarse tres estudios más, coordinados nuevamente por el doctor Brooks. Y también la indus¬tria azucarera financiará una parte, por lo que algunos cues¬tio¬nan la imparcialidad de los resultados, con la sospecha de que nadie pagaría para saber si es culpable, sino para to¬do lo contrario. Sin embargo, el colectivo más importante de los trabajadores ha dado el visto bueno a esos estudios.

Cuando se iba a realizar el primer estudio de Brooks, surgieron las mismas críticas. Ante ellas, el director de comu¬ni¬cación del grupo Pellas, Ariel Granera, ex-político y diplo¬má¬tico, nos respondió: “Alguien tiene que pagar ese estudio y no van a ser los trabajadores”.

Posteriormente, y en respuesta a las inquietudes del Cen¬¬¬¬tro Nicaragüense de Derechos Humanos (CENIDH), Gra¬¬nera recordó que la empresa “desarrolla importantes pro¬¬¬yectos en beneficio de las comunidades del entorno de la em¬presa, tales como construcción y reparación de escuelas, obras de electrificación y saneamiento, construcción de par¬ques,¬ donación de útiles escolares, jornadas médicas gratui¬tas...¬ El Ingenio San Antonio invierte anualmente más de 5 mi¬¬llones de dólares en sus políticas de Responsabilidad Social”.¬

CORTAN HASTA SIETE TONELADAS DIARIAS

Los trabajadores de la zafra afirman que su salario sólo se calcula según las toneladas de caña cortada, a machete y lo más cerca posible de la base del tallo. Cada uno corta una media de entre cinco a siete toneladas diarias. Al finalizar la última zafra, se premió a dos de los cortadores que más toneladas habían acumulado: más de 2,400 y de 2,300. El premio consistió en una vivienda para cada uno, valorada en 6 mil dólares.

Durante la zafra pasada, el objetivo del ingenio fue redu¬cir el tiempo de traslado de la caña, porque a medida que pa¬san los minutos, la caña va perdiendo su contenido de azú¬car. Los cortadores competirán entre sí para el incentivo¬ del premio final... o simplemente para ganarse un salario que¬ no alcanza a cubrir ni las necesidades más básicas de sus familias.

Los investigadores del equipo de Brooks observaron que, según la Administración de Salud y Seguridad Laboral de Estados Unidos, por cada 15 minutos de trabajo intenso en las condiciones extremas en que lo hacen los cortadores del ingenio, se debe realizar un descanso de 45 minutos para que el cuerpo no sufra en exceso. Eso no es realista para los cor¬tadores de caña de Nicaragua. En el Ingenio San Antonio, según Ariel Granera, “se han reducido las jornadas labo¬rales a no más de ocho horas y la compañía proporciona sufi¬ciente hidratación, además de un seguimiento y atención in situ a sus trabajadores”. De los descansos, nada de nada.

“SÓLO QUIERO MORIR EN PAZ”

Visitamos los barrios en los que transcurre la vida de muchos de los afectados por la IRC. Hazel, una mujer de 24 años, es vecina de la “Pila Séptica”. Así se llama un asentamiento irregular de cientos de viviendas miserables cercanas al Ingenio, agrupados alrededor de una pila séptica. El nombre no deja lugar a dudas...

Ella nos guía por las callejuelas. Está a punto de oscurecer. Vemos el reflejo de las luces del ingenio y muy pronto el resplandor de la quema en los cañaverales. El hedor de las aguas fecales que recorren las calles polvorientas entre las casas nos acompaña sin descanso. Caminamos tratando de esquivar lodo y riachuelos negros. Hazel nos lleva hacia otro barrio vecino en las mismas condiciones. Un hombre joven nos llama desde el fondo de una casa. Es imposible vislumbrar su rostro. “Casa” no es una palabra que sostenga el minúsculo espacio entre plásticos y ramas donde habita con su mujer, de 20 años, y dos niños, de tres y un año, a punto de dormirse. Un par de cerdos hacen ruido buscando acomodo bajo la cama sobre el piso de tierra mojada.

El hombre sabe que somos periodistas y que estamos preguntando a la gente de las comunidades aledañas al ingenio sobre la epidemia. Se llama Héctor Danilo Zapata y tiene 30 años. Ha trabajado en siete zafras, pero sus contratistas sólo le reconocen tres. Se rumorea que algunas subcon¬tratas se ahorran el dinero del seguro social y no dan cuenta del verdadero número de sus trabajadores. Héctor saca una bolsita de plástico, donde se guardan en estas casas los papeles importantes, a cubierto de las goteras y el polvo. Son análisis de creatinina, un desecho que, cuando los riñones no funcionan, aparece en el flujo sanguíneo con niveles elevados. Cuando resulta superior a 1.4 mg/dl es que la enfermedad está muy avanzada. Héctor nos muestra uno de 3.9 mg/dl y otro de 5.9 mg/dl.

“En el ingenio me dijeron que salí pegado, y me echaron no más. No me respalda ni el seguro social ni la empresa. Me dicen que no tengo derecho porque no llego al mínimo de semanas cotizadas”. Héctor ha tenido que trabajar en otros cañaverales de empresas que se hacen de la vista gorda con los trabajadores enfermos. “Pero estos días sólo he ido tres veces porque no tengo fuerzas, sólo quiero quedarme en cama todo el tiempo”.

Lo máximo que puede ganar en las actuales circunstancias son 600 córdobas quincenales -unos 40 dólares men¬sual¬es-, nos dice. Nos habla con la voz franca de un hombre joven lleno de pesadumbre. Su voz, sus ojos, bajo la luz muy dé¬bil de una única bujía que tiembla, la situación en la que vive con su familia, todo aleja cualquier rastro de dudas. Estos hombres no mienten. Estos hombres van a morir y na¬die parece querer o poder impedirlo. Héctor reclama “mo¬rir¬ en paz”. ¿Qué quiere decir eso?, le preguntamos. “Que al menos ayuden a mi mujer y a mis hijos. Que no queden abandonados”.

Escuchamos la misma historia en varias casas de la comunidad. “Estoy pegado” es la frase habitual de los trabajadores a quienes se les ha diagnosticado la IRC. En el mejor de los casos, las pensiones, si el trabajador puede demostrar el número de zafras estipulado para acceder a ese derecho, alcanzan el equivalente a 200 dólares mensuales. En el mejor de los casos. El costo de lo básico en Nicaragua, según las estimaciones oficiales, es el doble de esa cantidad. Todo aquí evidencia una vieja y turbia historia de explotación y olvido. Es difícil ajustar el relato de los hechos y testimonios de los que hemos sido testigos de una manera periodísticamente imparcial u objetiva, cuando se evidencia un desequilibrio de tal magnitud.

YA NO CABÍAN EN EL CEMENTERIO

Se escucha por megáfono el anuncio del velatorio de un di¬fun¬to. Hazel nos dice que todos los días pasa el mismo auto anunciando muertos. “Día y no¬che. Es horrible”. Y siempre dicen el nombre, y a menudo el apo¬do. El de hoy murió en el ingenio San Antonio. Esta vez, no por IRC, sino porque se electrocutó en unos trabajos de reparación.

Si Juan de Dios Cortés, el hombre que estaba en las protestas, no hubiera muerto por las balas de la policía, habría muerto, más pronto que tarde por la IRC, como tantos otros de sus antiguos compañeros. Tantos que el alcalde del municipio, del gobernante partido sandinista, tuvo que abrir un nuevo cementerio, ya que el viejo se estaba quedando pequeño. Y ante la pobreza de solemnidad de las familias de los difuntos, el alcalde -también con familiares víctimas de la enfermedad- lleva a cabo la política de última caridad con sus vecinos: donarles el terreno para las tumbas.

Recorremos el nuevo cementerio. Caminamos alrededor de esas tumbas. Las fechas en las cruces atestiguan la magnitud del drama. La mayoría no abarca cuatro décadas. Algunos, muy pocos, yacen bajo losas de cemento. Otros, sólo tierra bajo cruces con un nombre, o nada. Flores de plástico, o nada. “Nos estamos quedando sin hombres”, exclama una vecina de otra comunidad aledaña al ingenio lla¬ma¬da “La Isla” que, a causa del número de muertos, ha pasa¬do a conocerse popularmente como “La isla de las viudas”.

La noche está despejada pero sin luna, así que no hay manera de saber dónde poner los pies para no caerse o hun¬dir¬se en el lodo. La luz de los teléfonos celulares nos ayuda. Hazel también nos avisa cuando hay charcos, mientras nos cue¬nta que ha trabajado en el ingenio “de todo lo que se pue¬de trabajar, y siempre por una cochinada de salario. ¡A qué hora dejé de estudiar y me metí con hombres!” Se lamen¬ta de haberse quedado embarazada muy joven en dos ocasio¬nes. El hombre desapareció y el ingenio le proporcionó lo úni¬co con que mantener a su familia. Mantenerla en la mise¬ria.¬

LA PALABRA TABÚ: INDEMNIZACIÓN

Daniel Ortega ha contado desde 2007 con la ayuda millonaria de Venezuela para financiar una amplia gama de proyectos sociales, criticados por la oposición como “prebendas” o “migajas”. También ha contado con los recursos para constituir una red de empresas que no se sabe si son públicas o privadas, en cuya dirección hay algunos de sus allegados y familiares. Aunque ejerce una influencia absoluta sobre las instituciones clave del país, también parece contar con bastante apoyo popular. “En los tres gobiernos anteriores no hemos recibido nada. Al menos, Daniel y la Chayo se acuerdan de nosotros y nos dan regalos de vez en cuando”, me dice una empleada doméstica de Managua.

Ortega no concede entrevistas a medios nacionales ni suele dar cuenta de sus decisiones. Su agenda no es pública, pero su esposa, Rosario Murillo, a cargo de la Secretaría del Comunicación, emite un informe diario de las acciones del gobierno y ejerce una labor incansable de difusión de los méritos de “una revolución” a la que tilda con tres calificativos que se repiten en la calle como un mantra, a veces en serio, a veces en son de burla: “Nicaragua cristiana, solidaria y socialista”.

En todo el país está la imagen omnipresente del antiguo revolucionario en grandes carteles publicitarios agitando una bandera o mirando al horizonte, siempre rodeado de una gama multicolor en la que predomina el color fucsia, el favorito de Murillo. Parece una constante campaña electoral de un único candidato. Lo último es el anuncio de una obra faraónica que ha venido a desempolvar viejos demonios y utopías de Nicaragua: la construcción de un Canal Interoceánico que compita con el de Panamá. Recientemente, el periodista Jon Lee Anderson abordó ampliamente el asunto en un reportaje para la revista The New Yorker, que mostraba serias dudas sobre la materialización de este megaproyecto, liderado por un empresario chino, surgido prácticamente de la nada. Sin embargo, el proyecto es una especie de permiso para soñar. Inmune a la oposición -dividida y casi anulada-, Ortega y sus más cercanos, como su esposa, han manejado con cálculo las relaciones con los dos grandes poderes del país: las diferentes iglesias y las grandes empresas familiares, sus enemigos en los años 80.

A la entrada de Chichigalpa hay dos vallas de iguales proporciones: una del presidente Ortega mirando al horizonte y otra del ron Flor de Caña. Puede que la bonanza macroeconómica esté detrás del entendimiento actual entre este gobierno sandinista y la cúpula empresarial. Aunque el Ortega de hoy dio un giro con tintes religiosos a su posicionamiento, tratando de mezclar algunos ideales del sandinismo de antaño con cierto pragmatismo aprendido en el camino, lo cierto es que el autoproclamado gobierno “cristiano, socialista y solidario” ha dicho muy poco, o casi nada, de los trabajadores afectados por IRC. Un silencio particularmente llamativo por la gravedad y lo paradimático del asunto. Ni el gobierno ni las empresas quieren oír hablar de una palabra que se considera tabú: indemnización.

EL IMPERIO PELLAS

En una reunión celebrada en 2013 entre los grandes empre¬sarios del país con el presidente y su esposa, Carlos Pellas cali¬ficó de “milagro” el clima de entendimiento entre ambos¬ sectores. En aquella reunión abundaron las alabanzas de ca¬rác¬ter religioso.

Las vidas de Carlos Pellas y su esposa también cambiaron radicalmente a raíz de un accidente aéreo, el más grave sucedido en Centroamérica. En 1989, en un vuelo hacia Miami, con 146 personas a bordo, un Boeing 727 de la empresa TACA se precipitó en una de las montañas de Honduras. Sólo sobrevivieron 15 personas, Carlos Pellas y su esposa Vivian, entre ellas. Él consiguió sacar a la mujer del avión antes de que estallase. Ella sufrió quemaduras muy graves y se sometió a numerosas operaciones de reconstrucción. En la actualidad preside una fundación para ayudar a niños con quemaduras, que su marido apoya como otra expresión de las acciones de responsabilidad social del grupo Pellas.

Heredero del negocio de su familia, su grupo aglu¬ti¬na hoy a un conglomerado de negocios millonarios que abarcan desde el sector bancario a la agricultura de cítricos -posee uno de los naranjales más grandes del mundo-, la distribución de energía eléctrica, compañías aseguradoras, crediticias, informáticas, concesionarias de marcas como Toyota o Suzuki, ecoturismo de lujo y los ingenios azucareros, las licoreras, etc. Tiene su despacho en el piso más alto de uno de los pocos edificios altos de Managua, ciudad que aún teme el pró¬ximo terremoto. Desde allí se divisa el otro rascacielos que quedó en pie tras el último seísmo y que perteneció también a su familia antes de pasar a manos del Estado. Cuando¬ la revista centroamericana Estrategia y Nego¬cios lo eligió entre los empresarios más admirados, Pellas declaró: “Considero que he contribuido de manera importante al de¬sarrollo de la región creando más de 100 mil empleos directos¬ e indirectos… Dios me permitió sobrevivir junto con mi es¬posa a un terrible accidente de aviación, lo que cambió nues¬tras vidas aumentando considerablemente nuestro com¬pro¬miso por los demás, en especial por los más desprote¬gi¬dos”.

ESTE SILENCIO...

Los hombres que cortan caña de azúcar empiezan a trabajar muy temprano en el ingenio San Antonio. Más allá de las causas de esta enfermedad, sentimos que los relatos que se narran en las calles y casas miserables de esta comunidad, hablan de una vieja historia que sabemos cómo acaba. Nunca acaba. Aquí se escuchan como rutina anuncios de velatorios y funerales, y reclamos de ayuda urgente para los enfermos y sus familiares. Es muy probable que las investigaciones confirmen lo ya avanzado: que uno o más factores de la enfermedad son las condiciones laborales en algunos ingenios. Pero también es probable que las demandas de los familiares de los fallecidos, y las de los que van a morir por la IRC, no se resuelva.

En el cementerio nuevo habrá al menos tumbas dona¬das.¬¬ Pero se espera una respuesta más digna. Está por verse si la mejora de las condiciones de vida y de trabajo de estas co¬¬¬mu¬nidades incide en la reducción de la epidemia. Está por verse. Aunque sea difícil de creer, aquí los hombres se han acostumbrado a que las marcas de la miseria o las del do¬lor no lastren totalmente sus vidas. A sabiendas de que sus padres murieron de IRC, envían a sus hijos a trabajar a la caña. Y es muy posible que si la empresa decidiese mecani¬zar el cien por ciento de las tareas del ingenio, se originaría pro¬testas para que al menos una parte de la zafra continuara¬ haciéndose a mano. Es la historia de acostumbrarse a la deses¬peración.

Los que los ven desde afuera, y los que viven adentro se han acostumbrado a verlos, a verse, postrados en las camas o en las hamacas, con una condena en los riñones, o sencillamente sin más futuro que vivir entre cartones, trabajar en la caña, enfermar o emigrar. Es la vida que les espera en Chichigalpa a hombres enfermos de muerte. O a un niño con una bala en la cabeza. Lo que llama la atención, más de un siglo después, es este silencio. También, una costumbre.

PERIODISTAS.

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