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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 396 | Marzo 2015
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Nicaragua

Hambre Cero: cómo les va a las mujeres

En 2010 un equipo del Grupo Venancia de Matagalpa investigó “cómo les iba” a las mujeres de los municipios de Matiguás, Muy Muy y Río Blanco que habían sido beneficiadas con el bono de Hambre Cero, el programa estrella del gobierno. En 2014 las Venancias regresaron a los mismos grupos y municipios a dar continuidad a esa investigación. Llegaron con parecidas preguntas a las de cuatro años atrás y con algunas más: ¿Se habían formado cooperativas que habían empoderado a las mujeres? ¿Cómo valorar las prácticas clientelistas de las políticas sociales del gobierno?

Grupo Venancia

El año 2007, el gobierno de Daniel Ortega lanzó el Programa Productivo Alimentario (PPA) Hambre Cero, como el instrumento central de su política de seguridad alimentaria. Los objetivos generales del programa son: erradicar el hambre, la desnutrición crónica y la pobreza extrema, con tres componentes: la capitalización¬ a través de la entrega de un Bono Productivo Alimen¬tario (BPA); la capacitación con acompañamiento técnico y talle¬res y la organización con la formación de “núcleos” y promoción de cooperativas.

UNA LÓGICA FAMILISTA

Una de las principales características del Hambre Cero es que las beneficiarias directas son mujeres, presuponiendo que así hay una mayor repercusión en las familias campesinas y que eso contribuye a la transformación de las relacio¬nes de género en el campo.

El enfoque de género de Hambre Cero coincide con muchos de los programas de asistencia social ligados a la entrega de Transferencias Monetarias Condicionadas (TMC) que se consolidan como grandes políticas de superación de la pobreza en América Latina desde la década del 2000. En las TMC la mujer es la beneficiaria directa de las transferencias, ya que se considera que “son mejores administradoras de recursos al interior del hogar y tienen mayor compromiso con la educación de los hijos”. Esta lógica “familista” utiliza a las mujeres como instrumentos para garantizar la eficacia de esas políticas, aunque no son necesariamente tomadas en cuenta como sujetas de derechos, sino más bien como un “medio para” o un “conducto de políticas”.

Desde la academia feminista se ha argumentado que, a pesar de que el empoderamiento de las mujeres puede ser un efecto secundario de estas políticas, éste no es su principal objetivo. Las voces a favor de las TMC argumentan que mejoran la situación económica de las mujeres y su capacidad de negociación en los hogares y que las empoderan a través de la administración del estipendio económico que se les transfiere. Sin embargo, estos argumentos han sido cuestionados por investigaciones feministas sobre las relaciones de poder dentro de los hogares, que evidencian que dar dinero a las mujeres no se traduce automáticamente en que ellas asuman el control del mismo.

Estas políticas han recibido críticas porque no cuestionan ni rompen la división sexual del trabajo, sino que re-tradicionalizan los roles de género asumiendo que las mujeres son las responsables de la reproducción. El problema de las TMC no es solamente que se “feminiza la responsabilidad y obligación”, sino que además perpetúan el privilegio masculino al absolver a los hombres de cualquier papel clara¬mente especificado. Académicas como Sylvia Chant afirman que las TMC lo que hacen en realidad es evitar el “empoderamiento real” ya que incentivan a las mujeres para que sean altruistas y orientadas hacia la familia, en lugar de promover la renegociación de su posición en los hogares. Así, algunas feministas denuncian que este tipo de políticas intensifican la explotación de la mujer camuflándola de empoderamiento.

Estas autoras advierten sobre los peligros del concepto de “altruismo femenino”. La forma en cómo se incorpora a las mujeres en este tipo de programas tiene que ver con la lógica de las mujeres, que tienden a priorizar el bienestar de los demás antes que el suyo y que además son propicias a ofrecer su trabajo de forma voluntaria. Con este tipo de políticas, la porción desproporcionada de “altruismo” que cargan las mujeres en hogares de rentas bajas parece estar aumentando y no disminuyendo.

CUATRO AÑOS DESPUÉS

Usando este marco de referencia, en 2011 el Grupo Venancia publicó una investigación sobre la lógica de género de Hambre Cero en tres municipios del departamento de Matagalpa (Matiguás, Muy Muy y Río Blanco). Entre los beneficios identificados entonces por las mujeres que habían recibido el bono destacaban una mejora en la alimentación, un aumento de autoestima, más seguridad económica y mayor poder de decisión en sus hogares. Todos estos factores los identificamos como elementos que contribuyen favorablemente al empoderamiento de las mujeres. Sin embargo, argumentamos que Hambre Cero tenía serias limitantes para contribuir de manera significativa a su empoderamiento.

En concreto, señalamos como obstáculos que el PPA no aborda el problema de la falta de acceso a la tierra para las mujeres; que no altera, sino que se basa en la división sexual del trabajo y la refuerza; que justifica y termina reproduciendo la irresponsabilidad masculina, y que un programa que no tiene como objetivo establecido el empoderamiento de las mujeres, sino el bienestar de la familia como unidad, raramente tendrá algún efecto significativo en dar más poder a las mujeres. No es que Hambre Cero no tenga un efecto positivo en muchas de las beneficiarias, sino que su capacidad para contribuir efectivamente al empoderamiento de las mujeres venía limitada desde su misma concepción.

Cerrábamos aquella investigación argumentando que lo más preocupante de una política como Hambre Cero es que se implementaba en un contexto de abandono de la población por parte de los gobiernos anteriores, donde se había socavado la ciudadanía de las personas de tal forma que era tierra fértil para el cultivo de prácticas clientelistas. También argumentamos que en contextos donde se hace un uso claramente clientelista de estos programas y donde hay una polarización política como la que existe hoy en Nicaragua, eso puede representar un serio retroceso en términos de la ciudadanía de las mujeres. Las condiciones materiales de las mujeres puede que mejoren, pero a costa de reforzar su rol como cuidadoras del hogar y de transformarlas en clientas obedientes del gobierno de turno.

El presente documento da continuidad a los esfuerzos iniciados entonces. Cuatro años más tarde, decidimos darle seguimiento a aquella investigación.

CAPITALIZAR, CAPACITAR Y ORGANIZAR
A LAS FAMILIAS BENEFICIADAS

Desde 2007, el PPA-Hambre Cero ha sido una de las “estrellas” de la política social de la administración Ortega, una política con cuatro ejes: política de educación, política de salud, política de abastecimiento de agua y saneamiento y política de seguridad alimentaria.

La política de seguridad alimentaria tiene como objetivo erradicar el hambre, dando prioridad a la niñez, y el PPA es su principal programa. El objetivo principal es “erradicar el hambre, la desnutrición crónica, la pobreza extrema y el desempleo en 75 mil familias rurales pobres, mediante el incremento cuantitativo y cualitativo de la producción y el consumo de alimentos proteicos, favoreciendo a la vez la sustitución del consumo de leña por el de biogás”. Inicialmente, Hambre Cero fue implementado por el Ministerio Agrícola y Forestal (Magfor), pero en 2012 se creó el Ministerio de Economía Familiar, Comunitaria, Cooperativa y Asociativa (Mefcca) que asumió su implementación.

El PPA se inició con el objetivo de llegar a 75 mil familias, pero su alcance aumentó hasta sobrepasar las 100 mil. A finales de 2012 ya se había superado la meta de 100 mil mujeres beneficiadas, con la entrega de 103 mil 336 Bonos Productivos Alimentarios en todo el territorio nacional. El Mefcca anunciaba entregar 25 mil más en 2013. Tomando estos datos como referencia estimamos que a inicios de 2014 se habían entregado un aproximado de 128 mil 336 bonos. Llama la atención que 2008 y 2011, años electorales, fueron los años en los que más bonos se repartieron.

El PPA define tres objetivos específicos: capitalizar, capacitar y organizar a las familias beneficiadas. La capitalización se traduce en la entrega de un Bono Productivo Alimentario que ha variado con los años. Si en un inicio el bono típico contenía una vaca preñada, una cerda “cubierta”¬ (embarazada), un gallo, cinco gallinas, materiales de construcción para acondicionar corrales y porqueriza, plantas y árboles, en la actualidad se entregan bonos de patio, que contienen básicamente aves y una cerda. Estos bonos están pensados para ser manejados en un solar.

Una de las razones para este cambio ha sido que la entrega de la vaca como parte del BPA hacía que el requisito de una manzana de tierra para poder obtener el bono -mínimo espacio para mantener una vaca- excluía a las familias más pobres de las comunidades. Con la nueva modalidad, desaparece la vaca, pero se amplía el número de familias que pueden ser beneficiadas.

¿QUÉ CAMBIOS HA HABIDO EN HAMBRE CERO?

Además de los cambios en los bienes que se les entregan para capitalizarlas, hasta hace un año aproximadamente, las familias recibían visitas periódicas de asistencia técnica a domicilio y capacitaciones regulares con otras beneficiarias del programa, sobre temas básicamente relacionados con el manejo y cuido de los bienes recibidos.

También aquí ha habido un cambio, ya que uno de los proyectos que apoyaba este programa con financiamiento terminó. Esto ha provocado que en la mayoría de municipios se haya reducido drásticamente el personal técnico a cargo de dar seguimiento al programa. Este personal, además de trabajar en el Hambre Cero, está a cargo de los demás programas del Mefcca en los municipios. Por eso, no sólo han desaparecido las visitas domiciliares a las beneficiarias, sino que terminaron las capacitaciones hechas en el terreno. Este cambio ha ido acompañado de la creación de una red de Promotoras Sociales Solidarias entre las beneficiarias.

El objetivo de organizar a las familias se concreta en la creación de núcleos de unas 25-40 mujeres, que deben ahorrar el 20% del valor del bono para crear un fondo revolvente con el que apoyar iniciativas productivas entre las beneficiarias que siguen activas en el programa. Originalmente, el diseño del programa preveía que una vez que estos núcleos lograran ese nivel de ahorro -meta prevista a alcanzarse en dos años- pasarían a conformarse en cooperativas de ahorro y crédito. Sin embargo, el desarrollo del programa ha sido distinto. Siete años después de que los primeros núcleos recibieran sus BPA, la mayor parte están lejos de lograr ese 20% de ahorro propuesto.

No todos los núcleos se han conformado en cooperativas. La implementación de esta parte del programa ha tenido diversas versiones, según las realidades municipales y de los núcleos. Según el Mefcca, a inicios de 2013, como resultado del Hambre Cero había 297 cooperativas legalmente constituidas y acreditadas por el Instituto Nicaragüense de Fomento Cooperativo (Infocoop), integradas por 8 mil 376 mujeres. Además, se habían realizado 26 propuestas de planes de negocios con el apoyo del Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA) y el programa Apoyos Productivos Agroalimentarios (Apagro-BID).

DE “BENEFICIARIAS” A “PROTAGONISTAS”

Lo que se ha mantenido estable desde el lanzamiento del Hambre Cero ha sido la focalización en las mujeres como beneficiarias. En los documentos de definición del programa se habla de las mujeres como dueñas de los medios de producción, del nuevo rol de la mujer campesina, de la responsabilidad compartida del hombre y del “cambio de comportamiento social del hombre en el hogar como escuela del nuevo comportamiento social”. Se aclara que los bienes del bono están a nombre de la mujer para el beneficio de la familia porque son mejores administradoras “al estar demostrado que la mujer cuida más de la función reproductiva y de la propiedad de los medios proteicos de producción que el hombre”.

El único cambio significativo que encontramos es que en la actualidad, tanto en la página web del Mefcca como en el discurso de sus técnicos, el programa Hambre Cero ya no se refiere a “beneficiarias” sino a “protagonistas”. Intuimos que este cambio ha sido una respuesta a las críticas que se le han hecho al programa por ser asistencialista y por promover el clientelismo. Habría que explorar si esta metamorfosis a nivel discursivo ha supuesto un cambio efectivo en el diseño e implementación del programa.

También se introdujeron cambios en temas criticados como la calidad de los bienes entregados -especialmente las vacas, también las cerdas- y la arbitrariedad en los procesos de selección. No se hicieron compras masivas de animales, sino que las mismas mujeres tuvieron la oportunidad de elegirlos y revisarlos involucrándolas de forma más protagónica en el proceso. Y, a partir de las críticas por el sesgo político-partidario en la selección de las beneficiarias, se introdujeron cambios. Los requisitos siguieron siendo los mismos, pero se trató de unificar el proceso de selección y se añadió un nivel más de verificación. Se introdujo el llenado de fichas por cada posible beneficiaria, identificada a nivel de la comunidad por las estructuras comunitarias político-partidarias del FSLN. Después de la preselección a nivel de la comunidad, esa lista pasa al personal técnico municipal del ministerio a cargo de implementar el programa, quien hace la verificación técnica. A continuación, el ministerio pasa estas listas a Managua.

Es desde la capital que llegan brigadas de jóvenes de la Promotoría Solidaria a verificar una vez más que las mujeres preseleccionadas cumplan con los requisitos. Tanto a nivel comunitario, como en Managua, parece que la Juventud Sandinista desempeña un papel cada vez más preponderante en este proceso de selección. El “movimiento” de Promotoría Solidaria se creó en 2010 para fomentar el voluntariado juvenil y para apoyar la implementación de algunos programas sociales del gobierno: Plan Techo, Amor para los más Chiquitos, distribución de canastas básicas…

EL “ABANDONO” DE LOS TÉCNICOS
Y LA LLEGADA DE LAS PROMOTORAS

El acompañamiento técnico se menciona como un elemento clave en el funcionamiento de los núcleos. Las visitas del personal técnico han sido esenciales para estimular el pago del fondo revolvente, para convocar a reuniones y para compartir información sobre el desarrollo del programa.

En 2014, debido a restricciones presupuestarias, se dio un cambio fundamental en su implementación. En los tres municipios visitados, si hace dos años había unos siete técnicos o técnicas para darle seguimiento, el número bajó a uno o dos y el coordinador municipal es el único que está en el terreno.

Esto ha generado un cambio importante en la dinámica del programa. La mayoría de las beneficiarias lo entienden como “un abandono” de los técnicos. En el estudio realizado por la Embajada de los Países Bajos en 2009, Paul Kester ya advertía sobre los peligros del “abandono” y la sensación de “frustración” que esto podía generar una vez se terminaran los fondos para el programa.

En muchos de los núcleos que visitamos, las mujeres identifican la falta de técnico o técnica como la principal causa del decaimiento o desarticulación de sus núcleos. La mayoría de mujeres entrevistadas no manejan los cambios presupuestarios que ha sufrido el programa y muchas creen que las han dejado de visitar por el bajo nivel de ahorro que ellas han logrado.

La idea es que las Promotoras Sociales Solidarias cubran el vacío que deja la reducción del personal técnico, pero la lógica de las Promotoras no sigue la de los núcleos. Si en el núcleo encontramos mujeres de distintas comunidades -una de las razones que ha dificultado la consolidación de los núcleos, especialmente cuando se trata de comunidades lejanas-, las promotoras atienden a las 10 ó 12 beneficiarias que viven más cerca de su casa, independientemente del núcleo al que pertenezcan. Tienen dos tareas: dan acompañamiento sobre manejo de animales y tienen un botiquín veterinario con productos para vender a precio de costo a las beneficiarias y acompañan a las mujeres para tramitar cartas de descarte y de venta de los animales.

Ha habido algunas promotoras que han sido capacitadas en finanzas para que motiven el ahorro de las mujeres de sus núcleos. Sin embargo, con beneficiarias y con personal del Mefcca, esta red de promotoras parece no funcionar. Las promotoras están más centradas en recopilar información censal sobre la producción y aumento de beneficiarias del programa que en brindar apoyo técnico a las mujeres. Son pocas las mujeres que han asumido el papel de promotoras de forma activa. Es trabajo voluntario, requiere bastante tiempo y las beneficiarias están geográficamente dispersas y no siempre las demás beneficiarias han sido informadas y aceptan el rol de la promotora.

Tanto la sensación de “abandono” como la desconfianza hacia las promotoras se deben en gran parte a la falta de información y comunicación sobre los cambios que el programa ha experimentado. Cabe señalar también que la creación de la red de promotoras de Hambre Cero supone el traspaso de un trabajo remunerado, como el que desempeñaba el personal técnico, a un trabajo voluntario no remunerado que hacen las mujeres.

Este “traspaso” o abuso del “altruismo femenino” es típico de las políticas de desarrollo que asumen que el tiempo de la mujer es gratuito e ilimitado. Pero, para quienes se convierten en promotoras esto supone una carga extra de trabajo: acudir a reuniones, hacer visitas a las demás beneficiarias y reunirse con el personal técnico, además del costo económico no reconocido que implica toda esta movilización.

“UNA ENTRA EN UN DESÁNIMO”

Tanto el equipo del Mefcca como las beneficiarias coinciden en que hoy la mayoría de los núcleos están dispersos y desarticulados. Hay juntas directivas inactivas y núcleos que no se reúnen desde que los técnicos dejaron de dar acompañamiento directo. Algunos núcleos ya estaban desarticulados desde antes. Por la falta de personal del ministerio en el terreno las mujeres que recibieron el BPA en 2014 todavía no habían sido integradas a los núcleos existentes y tampoco manejaban información sobre cuánto debían ahorrar.

El que originalmente los núcleos se conformaron con mujeres de comunidades a veces muy distantes, ha dificultado que sigan organizados. Esto se hace especialmente evidente en el municipio de Muy Muy, donde los núcleos se conformaron entre mujeres que vivían en comunidades en extremos opuestos del municipio. Por esa razón, las reuniones con las técnicas y los técnicos se solían hacer en dos sitios. Los cargos de la junta directiva también se partieron en dos: la mitad de un lado y la otra mitad del otro. Desconocemos la lógica para haber organizado los núcleos así, pero es evidente que ha sido un impedimento importante para su cohesión y autosostenibilidad.

En cuanto a la dinámica que tienen los núcleos, en muchos de ellos se hace evidente la existencia de fuertes liderazgos que centralizan la información y la toma de decisiones. Normalmente las beneficiarias ubican a una figura central en su núcleo, que es quien “maneja la tarjeta”, la tarjeta donde se deposita el ahorro del núcleo. Esas líderes suelen ser también quienes convocan a reuniones y también aparecen como quienes deciden sobre la autorización de préstamos a quienes los solicitan. Las dificultades para ejercer liderazgos democráticos son evidentes.

Cuando se pregunta a las mujeres sobre la posibilidad de rearticular el núcleo, lo asocian con la presencia de una figura externa que las convoque y anime a seguir abonando lo que les falta ahorrar. Una de las mujeres lo decía así: La asistencia técnica es la que tiene que permanecer en esto de los bonos… Al suspenderla, una como que se lentea también, una entra en un desánimo y ya no participás ni nada porque ya se siente mal.

AHORRAR LES ES DIFÍCIL

Muchas de las mujeres que tuvieron problemas para depositar la cuota del ahorro, poco a poco dejaron de asistir a las reuniones por vergüenza. Aunque encontramos mujeres que ya han terminado de ahorrar el 20% se trata de una minoría. El objetivo inicial era que los núcleos completaran el ahorro en dos años, pero los mismos trabajadores del Mefcca mencionan que, a nivel nacional, no hay núcleos donde se haya completado el ahorro al 100%. Nos explicaron que en uno de los municipios hay un núcleo que ha logrado ahorrar un 80% y en los que están más o menos avanzados el ahorro anda por un 35-40%.

En la investigación de 2011 preguntamos a las mujeres cómo habían logrado reunir la cuota del ahorro. Eran pocas las que generaban suficiente producción para vender excedentes y ahorrar a partir de los bienes del bono. Cuatro años más tarde las cosas han cambiado. La mayoría de las mujeres vende leche, cuajada y huevos. También han vendido chanchitos y terneros. Todas estas ventas les han generado ingresos que parcialmente han invertido en la cuota del ahorro. Pero, como vimos en la primera investigación, muchas beneficiarias mencionan haber pagado parte del ahorro con otras fuentes: trabajando en Costa Rica, vendiendo nacatamales, elotes, frito o ropa, con el salario ganado cortando café, con ayudas recibidas de otros programas, con apoyo de hijas e hijos -también remesas- y con ayuda de sus parejas.

APENAS LES DAN PRÉSTAMOS

Respecto al fondo revolvente para préstamos hay mucha desinformación: quién toma las decisiones sobre los préstamos, quién puede hacer uso de él, qué pasa con las mujeres que no terminan de pagar, si es obligatorio el pago de las cuotas, qué se hace con el dinero ahorrado cuando el núcleo deja de estar activo… La mayoría de las beneficiarias no asume ese fondo como algo que les pertenece y sobre el que solamente ellas pueden decidir. Se evidencia así la clara dependencia del personal técnico y la concentración de poder que hay en la líder del núcleo, que es quien suele “manejar la tarjeta”.

Hasta la fecha se han dado muy pocos préstamos. Fuentes del Mefcca explicaron que la idea de los préstamos es que se usen para proyectos productivos. Sin embargo, entre los pocos préstamos que se han dado no todos cumplían con este requisito.

En varios de los grupos focales y entrevistas las mujeres compartieron su decepción por no haber accedido a los préstamos. Una mujer nos compartía: Me fui desmoralizando porque la política era así: de lo que nosotras íbamos aportando era un ahorro para cada una. Pero no fue cierto que la política era así como ellos nos dijeron, porque una vez yo pedí un pequeño préstamo para componer mi casita y no me lo quisieron dar. No me lo aprobaron. Entonces ahí fue mi desánimo y donde yo le dije a ella que un peso yo no volvía a pagar.

Otra compartía su sensación de haber sido engañada: Habían dicho que nos iban a ayudar a nosotros con unos préstamos, que íbamos a salir nosotras mismas. Y así nos tienen y nada, así nos llevan, así nos tienen engañadas. Entre las mujeres que entrevistamos y/o que participaron en los grupos focales ninguna de ellas había recibido un préstamo de su núcleo.

EL SUEÑO DE MILES DE COOPERATIVAS

Uno de los componentes clave de la primera formulación de Hambre Cero era que los núcleos organizados alrededor del fondo revolvente se iban a conformar en cooperativas de ahorro y crédito. En la página web del Mefcca se lee: “Al final del programa tendremos a las 75 mil mujeres organizadas en núcleos cooperativos de 50 mujeres cada uno, es decir, 1,500 cooperativas de mujeres. Cada cooperativa manejará un fondo revolvente de 250 mil córdobas, lo que convierte el programa Hambre Cero en el mayor programa de cooperativización y formación de fondos revolventes, por un monto total de 375 millones de córdobas”.

Lo que encontramos en los tres municipios no son cooperativas surgidas de los núcleos, sino una cooperativa a nivel municipal para el acopio, destace y procesamiento de carne de cerdo, compuesta fundamentalmente por mujeres beneficiarias del programa. Tanto en Muy Muy, Río Blanco y Matiguás se han conformado cooperativas ligadas al “proyecto carne” de Procaval, del mismo Mefcca.

Las cooperativas pioneras fueron la de Río Blanco y Muy Muy, que obtuvieron personería jurídica. Al momento de realizar el trabajo de campo, la cooperativa de Matiguás gestionaba su personería. La cooperativa que está más avanzada es la de Muy Muy. Aunque han tenido problemas para conseguir el título de propiedad de la tierra del lugar donde está el centro de acopio, ya han hecho las primeras compras de cerdos para vender al mismo Mefcca.

En Río Blanco también hubo dificultades ya que en el lugar donde se construyó el centro de acopio, matadero y procesamiento no hay electricidad y la maquinaria no puede funcionar hasta que se resuelva ese problema. En Río Blanco, entre julio-agosto de 2014 la cooperativa contaba con 210 afiliadas, en Matiguás con 182 y en Muy Muy con 126. Retomando información a la que tuvimos acceso, calculamos que un tercio de las beneficiarias en estos municipios son las que decidieron unirse a esa cooperativa.

“NO NOS TOMAN EN CUENTA”

Son pocas las mujeres que hablan de la cooperativa como una forma colectiva de resolver las necesidades de las mujeres a través del trabajo conjunto. Eso nos recuerda la experiencia de la década de los 80 y no parece que se hayan retomado los aprendizajes. En varios de los núcleos que visitamos las mujeres que inicialmente decidieron unirse a la cooperativa ahora están desmotivadas. Hay mucho descontento. Algunas opinan que la información y las decisiones las manejan unas pocas: No nos toman en cuenta. No manejan información y se lamentan porque el dinero que aportaron para la creación de la cooperativa no les será devuelto.

Las mujeres que decidieron no unirse a la cooperativa nos expusieron distintas razones. Algunas no entraron porque habían tenido que vender la cerda. Otras no se unieron porque sus esposos no se lo permitieron. Hay quienes no quisieron porque sienten que asociarse les generaría una carga extra de trabajo: Sólo soy yo de mujer y a los chigüines ¿quién me los va a cuidar? No quiero porque es más carga. En una comunidad la mayoría de las beneficiarias no quisieron unirse a la cooperativa por desconfianza.

UNA MEJOR ALIMENTACIÓN EN LA FAMILIA

El programa Hambre Cero ha tenido claros beneficios para las familias que recibieron el bono. El beneficio más evidente, y el primero que surge al hablar con las mujeres, es la mejora en la alimentación. Huevos, leche, cuajada -y de vez en cuando carne- son alimentos que las beneficiarias y sus familias ahora tienen en la mesa sin tener que comprarlos. No tener que comprar leche y poder vender sus derivados, además de huevos y carne para comprar productos básicos -azúcar, sal, aceite, jabón y ropa- es la expresión de una mejoría económica.

En relación a la primera investigación que hicimos, la mayoría de las mujeres ahora sí venden regularmente excedentes generados por los bienes del BPA. La mayoría han logrado reproducirlos, aunque la falta de tierra ha supuesto una seria limitante a esa capacidad reproductiva. Seguimos concordando con la valoración que hacía en 2008 el Instituto de Estudios Estratégicos y Políticas Públicas (Ieepp) cuando afirmó: “La meta del PPA de atender a 75 mil familias en 5 años y lograr que éstas generen alimentos no sólo para el consumo del hogar, sino también para la comunidad, el departamento, el país y para exportar, parece bastante ambiciosa y poco realista”.

AHORA TRABAJAN PARA ELLAS MISMAS

Con la venta de excedentes y de los animales que se reproducen, algunas de las beneficiarias han hecho mejoras en sus casas. Otras afirman haber usado el dinero para pagar deudas, para “salir de jaranas”. Una beneficiaria comentaba orgullosa que ella pagó la promoción de preescolar de su hija con el dinero del BPA: Cuando mi niña se iba a promocionar de preescolar, yo le dije a mi hija: Yo voy a recoger para tomarte fotos, para comprar tus cosas para la promoción. Con la leche de la vaca le hice la promoción a ella.

Dos de las participantes en los grupos focales lograron ahorrar para comprar una manzana de tierra propiedad del suegro. Además de contar con efectivo del que disponer, las mujeres sienten que ahora tienen de dónde “echar mano” en caso de necesidad. Si alguien enferma, si surge cualquier gasto grande o inesperado, tener ganado representa un “seguro”. Alguien del Mefcca, que tiene años de trabajar en el Hambre Cero, afirma que económicamente han crecido sólo las que han tenido espacio donde mantener la vaca. Otras mencionan como un impacto positivo no tener que trabajar en las haciendas para los demás. Ser dueñas de los medios de producción las ubica en otra posición. Así lo explica una mujer: Aquí hemos mejorado porque no tenemos que andar de jornaleras… Una no tiene que ir a servir a los demás, ya no. Ahora una tiene que servirse a una misma criando sus animales.

Antes trabajaban de jornaleras, de cocineras o salían a cortar café en las haciendas. Todos, trabajos muy pesados realizados en condiciones de explotación y precariedad: largas jornadas laborales, bajos salarios y nulos derechos laborales. Ahora trabajan para ellas mismas, no para los demás. Es claro que esto es un beneficio para las mujeres, aunque tiene un doble filo: para algunas que antes salían a trabajar el cambio ha supuesto volver al espacio tradicional de la casa. ¿Es una “vuelta a casa” o es convertirse en mujeres productoras y emprendedoras? Depende de dónde se ponga el énfasis.

También valdría la pena profundizar sobre la concepción sobre qué es y qué no es “trabajo” según las mujeres. Cuando hablan sobre ya no tener que salir a trabajar a la hacienda, muchas dicen que ahora “no trabajan”. Todo el trabajo reproductivo y productivo que hacen en sus casas no es percibido como “trabajo”. Un estudio sobre mujeres rurales en Nicaragua señala que las mujeres se autoperciben como “amas de casa”, a pesar de todo el trabajo agrícola que realizan.

Otro beneficio que ya aparecía en la primera investigación tiene que ver con el aumento de la autoestima y la confianza de las mujeres: Ahora soy una mujer más estimulada, salgo con confianza, le hablo a los demás, nos decía una. Los cambios en la autoestima de las mujeres están relacionados con su acceso a bienes, su capacidad productiva y a su participación en espacios organizativos.

“LOS HOMBRES DICEN
QUE AHORA ELLOS SON LAS MUJERES”

En cuanto a la reacción inicial de los hombres, como ya aparecía en la primera investigación, en la mayoría de los casos las mujeres comparten la alegría que significó para sus familias, incluyendo a los hombres, ser beneficiadas con el Bono Productivo Alimentario, y especialmente, recibir una vaca. Todas las entrevistadas mencionaron que sus esposos estaban felices y, en la mayoría de los casos, las acompañaron a traer los animales.

Sin embargo, más allá de la reacción inicial, encontramos evidencia de hombres que se han sentido amenazados por lo que perciben como un aumento de poder de sus compañeras. Al pasar a ser propietarias de ganado, han aparecido algunas tensiones en la pareja. Una mujer comentaba: Me dice mi esposo: ‘Sos dueña vos porque ahora sí tenés reales vos. Siento que tenés más que yo’. Bueno, yo digo que lo dirá por broma o será que se siente chantajeado porque a veces me dice: ‘Imaginate que te vivís quejando y tenés más reales que yo’. Entonces yo le digo: ‘Sí, cierto que hay reales en la vaca, pero la vaca no tiene los billetes encima de ella’. La tengo que vender para ver los reales. No es un dinero que voy agarrar de la vaca así queriendo.

La percepción de los hombres de que ahora sus mujeres, al tener el bono y estar organizadas, tienen más poder también queda claro en esta experiencia: Ellos dicen que ahora ellos son las mujeres y nosotras somos los hombres, porque nosotras tenemos más derechos que ellos porque a nosotras nos toman en cuenta donde quiera.


“ANTES SI NO PEDÍA NO PODÍA”

El poder de negociación de las mujeres en el hogar depende en gran medida de la propiedad y control de activos por parte de las mujeres. Las mujeres perciben un cambio ya que ahora sienten “que tienen algo”. Algunas comparten que su poder de decisión en la casa ha aumentado y que se sienten más autónomas en las decisiones que toman.

En la mayoría de los casos relacionan este poder con la capacidad de resolver necesidades propias o de sus hijos o hijas con el manejo de dinero propio y con la posibilidad de decidir en qué gastar los pequeños ahorros que generan: Antes yo tenía que decirle un día antes si iba a salir y ahora no. Ahora sólo me alisto y le digo: ‘Mirá, tengo que ir a reunión’ y no me dice que no vaya, me dice: ‘Pues te metiste a eso, tenés que andar en eso’. Otra mujer explica: Ahora tengo en qué decidir yo. Tengo algo en qué echar mano. No estoy como antes que si no me daba no tenía, si no pedía, no podía.

Otro ejemplo del aumento de poder de decisión apareció en un grupo focal, donde una de las participantes explicó que su marido le puso un ultimátum: o iba a las reuniones o seguía con él. Ella se decidió por las reuniones y su compañero, al ver que no iba a cambiar de opinión, terminó aceptando su decisión. Explica como un elemento clave el poder disponer de dinero para no tener que pedir permiso: Si yo le pidiera para el pasaje: ‘Mirá fulanito, voy a ir a tal parte, dame para el pasaje’, pero yo saco mis realitos de donde los manejo, me alisto y ‘¿a qué horas venís?’ Le digo: No sé.

Otra mujer compartió en un grupo focal su sensación de libertad al poder tomar decisiones sobre el dinero sin tener que pedir a su compañero: Antes de que nos dieran el bono nosotras no teníamos nada de qué depender, de sacar un peso. Solo pedirle al marido. Y ahora no, ahora yo digo tengo estos reales, yo no le pido a él. Él compra los gastos de la casa, yo compro otra cosa o si le quiero comprar algo a mi niña yo se lo compro. Yo no le digo a él que quiero para algo. Le hace sentir a uno como libre, diferente. Son muestras del aumento en la autonomía de las mujeres cuando acceden al dinero.

¿QUÉ APORTAN LOS HOMBRES?

En la mayoría de los casos hablaron de trabajo compartido con la pareja y con otros miembros de la familia. Sin embargo, la división que se hace de las tareas se corresponde con una división sexual del trabajo, en la que las mujeres realizan tareas “fáciles” cerca de la casa y los hombres hacen las tareas “pesadas” más alejadas del espacio doméstico.

Lo común es que los hombres -sea compañero, hermano, hijo, padre o cuñado- sean los que “lidian” con la vaca. Aunque también hay casos de mujeres separadas, viudas o solteras donde son ellas quienes están a cargo de la vaca. Entre las mujeres que manejan la vaca, la mayoría aprendió de pequeña a hacerlo. El cuido del ganado menor -cerda y gallinas- normalmente recae sobre las mujeres, así como el procesamiento de los derivados y su venta. Los hombres juegan un papel fundamental en la venta de los animales, porque manejan información sobre el precio del ganado y las mujeres carecen de información y de habilidades de negociación en ese mercado.

Todas mencionaron que ellas administran los bienes y recursos del bono, aunque en varios casos de forma conjunta con sus compañeros: Yo tomo la decisión yo sola. Él me dice: ‘Son tuyos, vos mirás lo que hacés’. Pero si yo le digo que me ayude en tal cosa, él me ayuda. Pero de lo que es mío yo tomo la decisión.

Un hallazgo que en la investigación anterior no abordamos tiene que ver con el apoyo que las mujeres reciben de sus hijas en el desempeño de las tareas reproductivas. Especialmente las beneficiarias que están activas en el núcleo, que son promotoras, de la junta directiva o de la directiva de la cooperativa, asisten a un sinnúmero de reuniones y capacitaciones, lo que las obliga a ausentarse de sus casas regularmente.

Cuando les preguntamos cómo resuelven, casi todas mencionan el apoyo que reciben de otras, normalmente de sus hijas. Hay que tomarlo en cuenta, ya que es un trabajo invisible que muchas veces realizan niñas menores de edad, para quienes la participación de sus madres en estos programas supone beneficios, pero también implica una carga extra de trabajo al tener que asumir tareas que desempeñarían sus madres.

En el estudio anterior señalamos que otras investigaciones sobre programas y políticas similares encontraban que en algunos casos el aumento de ingresos para las mujeres provocaba que los hombres asumieran menos responsabilidad económica en el hogar, que los hombres, en lugar de ver el aporte de las mujeres como un complemento a sus propios ingresos, lo veían como un sustituto. En este trabajo de campo encontramos que Hambre Cero ha provocado cambios en la carga laboral de los hombres.

En más de un caso las mujeres compartieron que ahora sus compañeros no tienen que salir a trabajar “en cualquier cosa”, ya que contar con el bono reduce la presión por tener fuentes de ingreso externas. Esto podría ser positivo, si al no tener que salir a trabajar fuera, los hombres asumieran tareas que tradicionalmente hacen las mujeres. Sin embargo, ellas comparten que ahora a sus compañeros “no les toca tan duro” y aseguran que ellas trabajan lo mismo o más.

Dice una mujer: Ahorita que nadie está trabajando porque no se halla trabajo, me ayudo con lo de la comida. Porque mi marido trabajó, pero ahorita está trabajando aquí en lo de la casa, limpiando café, exfoliando café, sembrando maíz y frijoles. Antes él tenía que comprar la comida, tenía que trabajar a como él pudiera. Era demasiado difícil. Ahora en este tiempo él descansa más. Cuando le preguntamos si a ella también se le había reducido la carga de trabajo, respondió: Yo lo mismo ¡y creo que un poco más! porque con los niños uno trabaja más.

TIERRA PARA LAS MUJERES RURALES:
UNA LEY QUE NO SE CUMPLE

En Nicaragua, las mujeres constituyen el 23.19% de las propietarias de la tierra, según cifras oficiales (Inide 2011), siendo así que la propiedad de activos -y especialmente de tierra- es un elemento clave para aumentar el poder de decisión de las mujeres en los hogares, especialmente de las mujeres rurales. Un estudio reciente hecho en Nicaragua muestra la relación positiva entre la propiedad de la tierra en manos de las mujeres y la disminución tanto de la desigualdad de género como de la violencia contra las mujeres.

En la descripción del programa Hambre Cero que se hace en la página web del Mefcca se reconoce la importancia de facilitar el acceso a la tierra, así como al agua y al crédito como piezas del programa: “Pensar en condiciones óptimas para los animales otorgados pasa por facilitar el acceso al agua, a la tierra y al crédito”.

En concordancia con el enfoque en la soberanía alimentaria, en 2010 la Asamblea Nacional aprobó la Ley Creadora del Fondo para la Compra de Tierra con Equidad de Género para Mujeres Rurales, Ley 717. El objetivo de esta ley es ayudar a las mujeres de pocos recursos del sector rural a comprar tierras. En su artículo 1 la ley establece que el Estado deberá crear un fondo para comprar tierras que luego se venderán a mujeres para “mejorar la calidad de vida del núcleo familiar, el acceso a los recursos financieros, priorizando a aquellas mujeres cabezas de familia de bajos recursos económicos”.

La Ley 717 establece que el capital inicial con el que funcionará el fondo para la compra de tierras con equidad de género deberá salir del Presupuesto General de la República y ser administrado a través del Banco Produzcamos. Sin embargo, a pesar del trabajo de incidencia de organizaciones como la Coordinadora de Mujeres Rurales, el Comité de Mujeres de Occidente y la Federación Agropecuaria de Mujeres Productoras del Campo (Femuprocan), aliadas con otras organizaciones, cuatro años después de su aprobación, en 2014 el gobierno todavía no ha asignado fondos para la creación del banco de tierras.

LOS BONOS DE PATIO
NO INCLUYEN LO PRINCIPAL: LA VACA

El tema de la falta de acceso a la tierra salió con mucha fuerza en el trabajo de campo que hicimos. Un programa que tenga como objetivo el empoderamiento de las mujeres en el campo necesariamente debe abordar el tema de la falta de acceso a la tierra.

En la primera investigación que hicimos señalamos que Hambre Cero, por sus requisitos y características, no había dado respuesta a las mujeres más empobrecidas, las que no tenían tierra a su nombre, ni acceso a ella. Y afirmábamos que no se había aprovechado el programa para promover que las mujeres beneficiarias tuvieran la tierra titulada a su nombre o mancomunada con sus compañeros.

Los cambios introducidos al PPA en los últimos años han dado respuesta a esa crítica. Para poder incluir a mujeres que no tienen acceso a la tierra y que, por eso, están en mayor desventaja, se introdujo un nuevo tipo de bono que no incluye la vaca. Este bono se ha entregado a mujeres que no tienen tierra, sino sólo un patio, un solar. En 2014 en los tres municipios que analizamos los bonos entregados no incluían la vaca y se entregaron a mujeres sin tierra. Aunque este tipo de bono hace al programa más incluyente se realiza a costa de renunciar a la vaca, el componente que tiene más valor -tanto simbólico como material-, el que más aporta a la alimentación de la familia. Este cambio, además, no toca la raíz del problema, que es la falta de tierra.

A pesar de la aprobación de la Ley 717, las fuentes del Mefcca nos confirmaron que el gobierno no ha impulsado ninguna acción que efectivamente aborde este problema. La falta de acceso a la tierra, o la propiedad de poca tierra, ha sido una seria limitante para reproducir los bienes del bono, especialmente de la vaca. Siete años después del lanzamiento del Hambre Cero esto se hace cada vez más evidente. Algunas mujeres que no tenían tierra o tenían poca, pero lograron salir beneficiarias del bono en las primeras entregas, terminaron vendiendo la vaca porque el alquiler del potrero les salía demasiado caro y era demasiado difícil mantenerla. Para muchas de ellas eso ha sido causa de frustración, ansiedad, tristeza y sensación de fracaso.

Sienten que tuvieron la oportunidad de tener “algo”, pero no pudieron aprovecharlo: Le dije a la presidenta del núcleo que si yo no podía pagar esa vaca que mejor se la diera a otra persona que la necesitara. Es cierto que tengo necesidad, pero no tengo donde coma esa vaca... La vaca la tengo, pero yo siento que he fracasado.

“ME AFECTÓ MUCHO VENDER LA VACA”

Otra mujer cuenta que ella cumplió con la meta de ahorro del 20%, pero finalmente tuvo que vender la vaca porque era muy difícil mantenerla: Estábamos como una mente de niños, no teníamos una mente que nosotras teníamos que tener recursos. Yo no tenía terrenos, vivía alquilando para la vaquita y la vaquita no me resultaba. Pagaba 200 córdobas mensual por el potreraje y entonces me salía muy costoso a mí. Tenía que estar trabajando y buscar la manera cómo mantener la vaquita. Esta mujer pagaba el potrero con lo que ganaba el marido -es líder de salud en una ONG- y con dinero que le mandaban sus hijas. Pero cinco años después de que le dieron la vaca, la tuvo que vender: Me afectó mucho. Es que no es fácil para un pobre tal vez mirar que llegan las facilidades a las manos de uno y tal vez uno no poder luchar para mejorarlas. Sí, da aflicción, da sentimiento.

Otras mujeres con poca tierra han logrado mantener y reproducir la vaca, pero no logran aumentar el número de animales porque no tienen suficiente tierra. Una fuente del Mefcca nos compartía que en un análisis interno que hicieron se dieron cuenta que el número de vacas casi no había aumentado desde 2007 y eso se debía a la falta de tierra que lleva a las mujeres a vender los terneros.

“QUEREMOS IR PARA ARRIBA”

En uno de los núcleos donde dos mujeres vendieron su vaca porque no les resultaba a alquilar el potrero, el grupo se organizó, hizo una demanda colectiva para que el gobierno las apoyara en la compra de tierras, hicieron gestiones, hablaron con personal del Mefcca y hasta viajaron a Matagalpa a exponer su caso. Sin embargo, no obtuvieron respuesta: Anduvimos va vueltas y va vueltas y de allí miramos que fue difícil. El gobierno no quiere nada porque tal vez él desconfía que no vamos a poder devolver ese dinero y nosotros no le pedimos regalado, nosotros pedimos a cambio que lo vamos a ir pagando poco a poco.

Otra mujer explica: Es pesaroso que el gobierno nos dio esos animales y estarlos vendiendo por falta de terreno. Nosotras queremos que nos den más tierra, no es regalada. Queremos pagar esas tierras en arriendo, con lo que cosechamos, con el huevito de gallina que vendemos... Nosotras lo que queremos reproducir son las vaquillas. Queremos ir para arriba y no para abajo. En otro núcleo proponían: Tener siquiera una o dos manzanas. Sería bueno que el gobierno se compre un lote de tierra, dos o tres manzanas y nosotras se las pagamos a él con facilidades de pago y trabajamos la tierra y con eso mismo vamos sacando y vamos pagando.

Sin saberlo, muchas de las beneficiadas por Hambre Cero lo que demandan es la implementación de la Ley 717, que permitiría que mujeres rurales de escasos recursos compren tierra. El desarrollo del PPA ha demostrado que si no se aborda este tema la capacidad reproductiva de los animales es limitada y esto excluye a una proporción importante de mujeres que son quienes se encuentran en situación más desfavorecida.

¿HAMBRE CERO “LLEGA PAREJO”?

En nuestra investigación anterior cerrábamos argumentando que el PPA es un programa asistencialista que otorga “beneficios sin derechos” y que ha sido implementado de forma clientelista. Mencionábamos varias evidencias como el hecho de que el PPA ha usado como actores clave -sobre todo en el proceso de selección de beneficiarias- las estructuras partidarias y parapartidarias, tanto a nivel municipal como comunitario. El cambio del lenguaje en el Mefcca de “beneficiarias” a “protagonistas” parece ser una forma de dar respuesta este tipo de señalamientos. Pero, ¿se han introducido cambios para transformar las dinámicas clientelistas en el Hambre Cero y en otras políticas sociales del gobierno?

La percepción generalizada de las mujeres es que el factor principal que pesa en la designación de quién se beneficia de un programa o política, es la necesidad real de recibir la ayuda o el servicio prestado. Está bien generalizada la idea de que estos beneficios llegan sin discriminación de algún tipo a la comunidad, independientemente del partido al que se pertenezca: Es parejo todo, sea lo que sea, así sea evangélico, sea católico, sea sandinista, sea liberal, sea lo que sea, allí va parejo, con tal la persona necesite. Este tipo de afirmaciones de que la ayuda llega “parejo” contrasta con la realidad que encontramos en el campo.

En primer lugar, los CPC (ahora Gabinetes de la Familia, Comunidad y Vida), el secretario político del FSLN, la Juventud Sandinista, el delegado político y los jefes de ruta siguen siendo actores clave en el proceso de selección de beneficiarias y beneficiarios y aparecen mencionados en todas las entrevistas y grupos focales por su papel protagónico en la implementación de las diversas políticas sociales del gobierno. En el trabajo de campo se nos hizo imposible ubicar a una sola beneficiaria del Hambre Cero que no se identificara como sandinista.


Esto puede obedecer a distintas razones. Por un lado, basándonos en estudios anteriores, mantenemos la hipótesis de que son simpatizantes sandinistas quienes han sido más beneficiados con las políticas sociales del gobierno, sea Hambre Cero, Usura Cero o Plan Techo. Por otro lado, sugerimos que las personas, independientemente del partido de preferencia, deciden identificarse públicamente como sandinistas para así garantizar su acceso a las políticas sociales.

Una promotora nos decía en un grupo focal: Las personas son inteligentes, no es que tengan que ser sandinistas, pero trabajan con inteligencia y dicen: Ahora que están en el poder, voy a ser sandinista para que me den. En otro grupo focal una beneficiaria nos explicaba la diferencia entre ser “legítimo” y no serlo: En la comunidad uno se dan cuenta quién es legítimo y quién no. Entonces ellas para lograr algo se hacen sandinistas, para lograr, pero a la hora de llegada no son. Y otra mujer: Parece que ahora aquí no hay liberales. Ahora nadie quiere ser liberal, ahora todos quieren ser sandinistas.

“EL DAÑO QUE HACEN
LOS SECRETARIOS POLÍTICOS”

En algunas entrevistas y grupos focales aparecieron quejas sobre los procesos de selección de las beneficiarias de varias políticas de gobierno, aunque no sobre Hambre Cero. Algunas criticaron prácticas “amiguistas” y corruptas en los procesos de selección, lo que se ve como un problema de los líderes locales y no como una práctica generalizada de corrupción intrínseca al modelo clientelista de gobierno. Hay una disociación entre lo que pasa en los municipios y lo que hace el gobierno. Daniel y Rosario -nombres utilizados como sinónimo del gobierno- no se ven como responsables de las malas prácticas que se dan en los municipios.

La idea de que los problemas de corrupción y amiguismo son locales se repitió en varias entrevistas. En un grupo focal, una mujer hablaba en términos negativos de las prácticas de la Juventud Sandinista al otorgar becas a jóvenes: Becaron a sus amigos, a lo mejor a su familia. No es a como el gobierno manda, pues. El gobierno hace maravillas a los municipios y a los departamentos. Prefiere a la gente pobre, a los niños, a las mujeres. Muchas cosas está haciendo el gobierno y parejo, sin distinción, pues. Los que hacen distinción son los ramales de los municipios. La idea de que el problema es a nivel local se repitió en otra comunidad: El gobierno no se da cuenta de los políticos que tiene en el campo, no se da cuenta de lo malo que ellos están haciendo. Nosotras queremos que el Gobierno ponga mano dura y quite esos secretarios políticos que no están trabajando bien. Eso es lo que esperamos nosotras, que nuestro gobierno y doña Rosario Murillo mire y quite a esos secretarios políticos porque en estas comunidades viera el daño que hacen.

NO ES UN DERECHO, ES “UN REGALO”

La forma en la que las beneficiarias hablan del BPA evidencia el uso clientelista que lo acompaña. Las mujeres no hablan de “derecho” sino de “regalo”: Estoy muy agradecida con el regalo que nos dio el Presidente. Siento también que podemos darle gracias a Dios por todo. Él vino a mejorar a las familias que vivíamos en el campo, olvidadas, la gente pobre, que éramos las más despreciadas. El gobierno trata de darnos cariño a todos nosotros los del campo y nos ha premiado con regalarnos un bono.

Otra mujer dice: El gobierno, la compañera Rosario, se sigue acordando de nosotros, a pesar de tantas y tantas cosas en este país de Nicaragua, tan pobre que es, que hay mucha gente pobrecita, pero siempre nos siguió apoyando, él (Daniel Ortega), con lo poco que puede a cada uno de nosotros. Y otra: Me siento agradecida porque el gobierno es el único que nos ha apoyado. Entonces, también tenemos que apoyarlo a él, dándole nuestro voto para que nos siga apoyando y también que se acuerde de nosotros.

Según esta lógica, haber recibido el bono genera una obligación hacia el partido de gobierno, quien debe ser retribuido con el voto. Esta lógica ya aparecía en nuestra primera investigación. En las entrevistas y grupos focales también se hacen evidentes rasgos que el politólogo Andrés Pérez-Baltodano identifica como característicos de la cultura política nicaragüense: el providencialismo y el pragmatismo resignado.

El providencialismo, explica él “expresa una visión de la historia como un proceso gobernado por Dios”. Esta visión sobre la política nacional aparece en varias de las entrevistas. Una mujer dice: Dios es el que dispone los gobiernos. Ningún gobierno lo ha hecho como este gobierno que tenemos y le damos gracias al Señor, que Dios lo ha puesto. Y que siga ganando el mismo todavía. Y otra: Le damos gracias al Señor y después al Presidente porque Dios es el que pone y cambia a los presidentes, porque él es que dispone. Pero el Señor miró y puso buen presidente, espero que siga ganando para que nos sigan apoyando.

UN PRAGMATISMO ESTRATÉGICO

Pérez-Baltodano llama pragmatismo resignado a “asumir que lo políticamente deseable debe subordinarse siempre a lo circunstancialmente posible”. En las entrevistas se repitió la idea de que “tenemos que estar con el partido que esté” y que proporcione los mayores beneficios, evidenciando una visión pragmática de la política. Una mujer que en la entrevista dijo votar por el FSLN, pero que había sido nombrada por otras como liberal, lo argumentó así: Yo les digo que con el gobierno que trabaja con ése hay que estar uno. Otra lo dice así: Tenemos que estar con el partido que esté, porque no todo el tiempo el mismo gobierno va a estar. Va a haber un momento en que él va a perder sus elecciones. Entonces uno no está seguro quién va a pertenecer todo el tiempo al mismo partido.

Creemos que estas muestras de pragmatismo evidencian un pragmatismo estratégico, que tiene una connotación más favorable y menos pasiva que el pragmatismo resignado, ya que revelan cierta capacidad de las mujeres de ser sujetas activas que deciden y gestionan su vida.

Éstos y otros testimonios de queja y denuncia, de pragmatismo estratégico, de “inteligencia” y de formas de resistencia hacia estas prácticas clientelistas, nos hacen pensar que debajo de la aparente aceptación, aparecen nuevas formas de conciencia entre las mujeres, que se corresponden con las de una ciudadanía activa.

Será cuestión de dar seguimiento a estos procesos de desarrollo para ver si con el tiempo se confirman nuestras apreciaciones, todavía incipientes.

AMPLIO RESUMEN DE LA INVESTIGACIÓN “HAMBRE CERO CUATRO AÑOS DESPUÉS. CÓMO LES HA IDO A MUJERES DE MATIGUÁS, MUY MUY Y RÍO BLANCO EN MATAGALPA”, REALIZADA POR EL GRUPO VENANCIA EN 2014 Y PRESENTADA EN NOVIEMBRE DE 2014. LA INVESTIGADORA FUE EDURNE LARRACOCHEA, CON LA COLABORACIÓN DE GENI GÓMEZ Y FERNANDA SILES.

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