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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 394 | Febrero 2015
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Centroamérica

Migrantes en camino, iglesias en desobediencia civil

El comedor de la Iniciativa Kino y tantos otros comedores, la parroquia y albergues de Ciudad Juárez, las tantas posadas a uno y otro lado de la frontera, son oasis que hacen posible el diario desacato de las leyes migratorias y que renuevan las energías y esperanzas de los migrantes. Al frente de estos espacios de desobediencia civil están religiosas, sacerdotes, pastores, creyentes católicos y cristianos, también no cristianos, gente buena que trabaja con el alma para insuflarle fraternidad universal al mundo. Conocí a algunos. Y aquí los cuento y los canto.

José Luis Rocha

Los migrantes indocumentados no están solos. No podrían ingresar y permanecer en Estados Unidos sin apoyos sostenidos y cotidianos. ¿Quiénes son los delincuentes que les ayudan a violar las leyes? ¿Son “coyotes” agazapados tras arbustos? ¿O anarquistas cabezas calientes dispuestos a cargarse el Estado y a renegar de toda autoridad? ¿Hay que buscarlos en las tenebrosas redes de narcos, terroristas y mareros, como algunos señalan?

GRANDES CÓMPLICES DE LOS INDOCUMENTADOS

Entre los principales cómplices de los criminales que burlan los controles fronterizos y se sientan a una mesa donde no fueron invitados se cuentan los creyentes de distintas religiones. Más vale mirar hacia los altares, buscar en piadosas cofradías, husmear en los templos, remover sacristías. Están en las iglesias. En las ONG confesionales y las universidades explícitamente cristianas. Son curas y monjas, presbíteras y pastores, imanes y rabinos. Son las catequistas y los fieles más activos. No portan la estrella roja, sino camándulas y escapularios. No los mueve el lucro por muchos apetecido ni los detiene el infierno tan temido. Los mueven razones tan diversas que sólo adquieren sentido y eficacia mediante su confluencia en un marco político de tensión entre el desacato a la ley y una legislación anti-inmigrante.

El significado de sus acciones se juega en un escenario donde la ciudadanía universal que comporta su pertenencia a iglesias globales se pone a prueba en un contexto de políticas terrenales que niega y constriñe la inclusión y la fraternidad en el estrecho corsé de las nacionalidades.

¿Quiénes son esos cómplices del crimen? ¿Qué traman en sus conciliábulos rebeldes? ¿Por qué obran contra la ley y erosionan la soberanía estatal? ¿Por qué son tan tozudos desobedientes? ¿Cómo piensan? Daré algunas respuestas. Pasaré rápida revista a algunas de sus acciones por los indocumentados. Todas tienen eficacia política y desafío, y representan apenas muestras de centenares de acciones gemelas diseminadas por todo el ancho territorio estadounidense. Mi experiencia directa se limita lamentablemente a los ámbitos de la iglesia católica. Sé que las iglesias protestantes y otras denominaciones, así como numerosos grupos no cristianos, también comulgan con los mismos ideales y desarrollan trabajos semejantes.

LA INICIATIVA KINO PARA LA FRONTERA

Mi periplo por las rutas de los desobedientes arranca en Nogales, una urbe bicéfala. Nogales es una ciudad de 235 mil habitantes partida por la línea fronteriza. Por eso hay Nogales-Sonora en México y Nogales-Arizona en Estados Unidos. Un mismo pueblo asentado en dos naciones.

Más de 21 mil personas en Estados Unidos y “el resto” en México, separados por una valla que se presume infranqueable. Del lado mexicano, a casi un tiro de piedra de la garita Mariposa -un puesto de ingreso y salida en la frontera- está el comedor donde las Hermanas Misioneras de la Eucaristía y los Jesuitas dan comida a los migrantes dos veces al día. Es el comedor de la Iniciativa Kino para la Frontera que coordina el sacerdote jesuita Sean Carroll.

Al otro lado de la calle atravesada por un flamante rótulo metálico que da la bienvenida a Nogales, las hermanas tienen un dormitorio para mujeres que necesitan una estadía relativamente prolongada. Un poco más allá, adentrándose en el casco urbano, está el albergue San Juan Bosco, que en sus 31 años de infatigable servicio ha hospedado a más de un millón de migrantes.

En otro sector está el Albergue Cristiano La Roca, allanado por 20 policías estatales y municipales el 9 de julio de 2014. Los policías llegaron a las 11 de la noche, encapuchados y armados hasta los dientes. Encañonaron a los 20 migrantes ahí hospedados y a la familia salvadoreña que regenta el albergue. Los obligaron a hincarse y al grito de “¡Al primero que se mueva le vamos a chingar la madre!”, les robaron dinero, celulares y todas las pertenencias de valor. Cuando se retiraron con el botín, un migrante tomó el teléfono y denunció el hecho a la jefatura de policía más cercana. Sólo consiguió que la cuadrilla, al corriente de la llamada por la misma policía, retornara en busca del denunciante, les tomara fotos uno a uno a todos los migrantes y amenazara con matarlos si intentaban otra denuncia.

Ojerosos y palpitantes, a la mañana siguiente los migrantes contaron lo sucedido en el comedor de la Iniciativa Kino. Fue parte de la violencia de ese día. Fue una denuncia entre las que a diario recoge la hermana María Engracia, fundadora de ese apostolado en 2007, con el que dio continuidad a los tamales que cada mes un grupo de mujeres cocinaban y distribuían entre los migrantes. Cuenta la hermana Engracia. “Muchos migrantes dormían en el cementerio, sobre las tumbas, porque ahí no los molestaba la policía, ahí se quedaban hasta tres meses porque no tenían dinero.” Y allá se van a pernoctar todavía los que se quedan en Nogales más de las tres noches que les ofrece el albergue San Juan Bosco.

“QUERÍA VOLVER A LAS PERIFERIAS”

En sus comienzos el comedor no era más que la hermana Engracia, sobre la calle dura y con un puente por sombrero, repartiendo almuerzos que extraía con vertiginoso parpadeo de la tina de una camioneta. Era la época del boom de las deportaciones por ese puesto fronterizo. Alimentó a más de 200 migrantes al día, con ínfimos recursos a la mano.

La hermana Engracia no consigue que su menudo porte oculte su impetuosa y acogedora fuerza interior, como si por ser oriunda de Jalisco el fuego del tequila corriera alocado por sus venas. ¿Sabe que se juega la vida todos los días? Seguramente. Pero ése no es un asunto a tratar con solemnidad. La cercanía y cotidianidad de la violencia le imprimen otro sabor. “A ver cómo te va” -le dice, con la experiencia que sabe del peligro y del azar- a un migrante que va en tránsito y le cuenta que mañana intentará cruzar la frontera por segunda o tercera vez.

La hermana llegó a Nogales tras un itinerario que no pronosticaba esa estación: “Trabajé en colegios, después cuidé a mi mamá por cuatro años. Fui a Brasil y allá analicé mi práctica. Y según el análisis yo no había podido hacer nada porque había trabajado con el lumpenproletariado... y ése no es el sujeto social con el que se debe hacer la revolución -añade con retintín ironizante-. La revolución hay que hacerla con otro tipo de gente. Yo venía convencida de que hay que trabajar con gente de otro nivel. Y por eso di cursos bíblicos por todo el país. Después fui vicaria de mi congregación y estuve cinco años en el centro del poder. Pero sentía que me estaba acomodando y quería volver a esas periferias donde comencé y así fue que me destinaron a Nogales para trabajar con migrantes”.

UN BUEN DESAYUNO Y UNA BUENA DINÁMICA

Cuatro años duró el trabajo con las uñas y ocasionales voluntarios. Con el apoyo de la Compañía de Jesús y la diócesis, hoy el comedor tiene unas instalaciones físicas y un equipo numeroso. Mariana y Armando son los primeros en llegar cada mañana, después de preparar a sus hijos para el colegio. Son un matrimonio migrante de Puebla que vibra con este trabajo. Mariana puede preparar, en cuestión de minutos y en una gigantesca sartén, setenta huevos revueltos y luego calentar sus respectivas tortillas, al mismo tiempo que supervisa la monumental olla del café. Apenas la inmuta el caos que se desprende de los infinitos fallos de intendencia. Apostado junto al portón metálico, con intimidante presencia robusta pero melifluo timbre de voz y tiernas palabras, Armando se encarga de que no se infiltren polleros de mala calaña y estafadores. Su ojo clínico es infalible.

Una vez que los migrantes están instalados en sus sillas, tras una breve oración, la hermana Alicia dirige una dinámica: van en balsas imaginarias y deben ponerse unos salvavidas de papel, deben tocarse la oreja izquierda con la mano derecha y la nariz con el dedo índice izquierdo y luego viceversa. En un contexto salpicado de riesgos mortales, esa trivialidad parece ser un anexo surrealista.

Pero funciona: todos ríen, el hielo se derrite, baja la tensión, empieza la plática con los compañeros de mesa y por un momento se olvidó que cada uno es cada cual, arrastrando cuitas del pasado y temores bien fundados. Al fin y al cabo todos están en la misma balsa, aunque los salvavidas sean tan perecederos como el papel. La hermana Alicia hace un milagro cada día: repite sus dinámicas con la misma pasión y la inédita amenidad de la primera vez.

RODEADOS DE TANTAS VIOLENCIAS

Después interviene la hermana Engracia. Los invita a denunciar las violaciones a sus derechos humanos. Así recogen historias que aportan datos a FUNDAR, un centro de análisis que aboga por los derechos humanos.

Ese microscopio permite ver que no sólo el desempleo y la reunificación familiar los mueve a buscar otras tierras. También la violencia aparece con sus múltiples rostros: doméstica, política, institucional, delincuencial, pandilleril, mafiosa… Entre los centroamericanos, los colmillos de la postguerra siguen profundamente hundidos en una región que no logra salir a flote: capos con derecho de picaporte en la policía, sobornos a cielo abierto, cuerpos militares represivos de los años 80 reciclados en escoltas de la coca, kaibiles entrenando a Los Zetas en el arte del asesinato atroz como principal táctica persuasiva. Y en México, la violencia del narcotráfico, no menguada sino atizada por los operativos militares destinados a truncarla aplicando la ley del talión, en los dos últimos sexenios desarrolló una irresistible fuerza expulsora.

Otras fuentes nos revelan que muchos viajan en tren, pero no la mayoría. Incluso los que recurren a ese medio, no lo emplean en todo el trayecto. Los centroamericanos que atraviesan México en el ferrocarril son solamente entre 10 y 14% del total de centroamericanos que transitan por ese país. Los buses son el medio de transporte más usado y seguro.

UNOS LOGRAN ENTRAR, OTROS SON DEPORTADOS

Muchos de los que ya fueron deportados, que son el grupo más numeroso de los atendidos por el comedor, viajaron por la costa este e hicieron su ingreso a Estados Unidos desde el Tamaulipas hacia Texas. Unos entraron por McAllen, otros por Laredo. El sector de Tucson, al que corresponde Nogales, ya no es el principal corredor de paso para los centroamericanos, sino McAllen. Aunque Tucson, por su temible desierto, sigue siendo la zona que cobra más muertos y un lugar muy recurrido para las deportaciones debido a la estrategia de dividir a los grupos para desalentar futuros reingresos. Algunos comensales del albergue habían sido capturados en Calexico o en McAllen, separados de los familiares y amigos con quienes viajaban y luego trasladados a Nogales para su deportación por la garita Deconcini. Están entre los últimos deportados por ese puesto migratorio.

En octubre de 2014 el gobierno mexicano inauguró la ampliación de la garita Mariposa, la más próxima al comedor, que costó 200 millones de dólares. Ahí está habilitado un kilométrico túnel enrejado para evacuar a los detenidos del Immigration and Customs Enforcement (ICE), alias “la migra”. En fila india y sin boleto de retorno caminarán inermes hombres, mujeres y niños, en las entrañas de una colosal y férrea jaula que parece diseñada para contener los desmanes de una legión de Hannibal Canibals.

“LAS FRONTERAS SON LÍNEAS EN LA ARENA”

Información como la anterior va cayendo a cuentagotas mientras los migrantes toman un desayuno abundante, servido por los Samaritanos del Green Valley, dos novicios jesuitas y tres jóvenes voluntarias, una estadounidense, otra colombiano-estadounidense y otra más que vino desde la remota República Checa, donde era curadora en el museo del castillo de Praga.

Todas colaboran en otros servicios, no siendo el menos meritorio ni más humilde el troceado de tomates y chiles para mejor conservarlos en forma de suculenta salsa roja. Con su coordinadora Marla Conrad, todas logran dar a los migrantes una conversación fraterna que los saca del masificado número de deportados y los devuelve al ser humano que son: madre de dos hijos en la secundaria, músicos en un pequeño conjunto, catequistas, modistas, panaderos, niños en busca de sus madres, taxistas en busca de otros horizontes…

Christopher Boitano, uno de los novicios, me explica cómo llegó allí: “En los ejercicios espirituales reflexioné y descubrí que Jesús es un migrante. Por eso vine aquí. También me preocupaba la deshumanización de la migración: los mismos términos con los que los dominicanos se refieren a los haitianos son los que se usan en Estados Unidos para referirse a mexicanos y centroamericanos. La gente tiene el derecho a migrar. Las fronteras no son más que líneas imaginarias en la arena”.

En medio de la plática se van sucediendo los servicios adicionales que presta el comedor. La distribución de enseres de aseo y de ropa y zapatos en magnífico estado. La atención médica del novicio que también es doctor. El Cónsul mexicano subsidia boletos de regreso a sus poblados a los mexicanos, tomando huellas dactilares y otros datos porque es un regalo que el gobierno mexicano les hará una vez en su vida.

Un gringo con aspecto de miembro de la generación beat obsequia un tesoro para caminantes: cordones de zapatos. Una pareja mayor de edad recolecta leche y otros productos al borde del vencimiento que donan supermercados y estaciones de gasolina. La organización “No más muertes”, que debe tener un récord de miembros en prisión por poner agua y comida en el desierto sobre la ruta de los migrantes, obsequia llamadas telefónicas para facilitar la reunificación de aquellos a quienes la migra dividió deportándolos por diversos puntos.

90 MILLONES DE DÓLARES EN “DESPOSESIÓN”

En un abrir y cerrar de ojos van “al otro lado”, el lado gringo, para cambiar los cheques que el gobierno les da a los deportados en lugar del dinero en efectivo que portaban y que, donde no existe este servicio y los migrantes no tienen forma de redimir el cheque, se convierte en una confiscación, un impuesto forzoso que supera los millones que Los Zetas obtienen con sus extorsiones.

Parodiando la accumulation by dispossession de David Harvey, “No más muertes” habla de dispossession by deportation en el texto Shakedown: How deportation robs immigrants of their money and belongings, un riguroso reporte rebalsado con denuncias. La más estremecedora: a un tercio de las 400 mil personas que las autoridades migratorias deportaron en 2013 no les devolvieron su dinero u otras pertenencias. Para la mayoría, la pérdida de dinero fue de 100 dólares. Otros perdieron más. Gran parte del dinero fue directamente robado por agentes y otra parte devuelto en forma de tarjetas de débito prepagadas o cheques personales imposibles de redimir en México, salvo por codiciosos bancos que cobran 25% de comisión. Como resultado de esta expropiación, 81% de los entrevistados no podían pagar un pasaje de regreso a casa, 77% no podían comprar comida, 69% no podían pagar hospedaje y 53% estuvieron expuestos a condiciones peligrosas.

Los beneficiarios que acumulan con esta desposesión son la Oficina del Tesoro de Estados Unidos, la compañía NUMI Financial que emite tarjetas de débito prepagadas y los agentes del ICE o policías locales que no reportan el dinero conculcado. Esta desposesión ha ocurrido en millones de casos, salvo en los 1,481 atendidos por el Property Recovery Assistance Project de “No más muertes” entre 2011 y 2014. Si en 165 casos debidamente documentados estamos hablando de 37,025 dólares entre el dinero perdido y recuperado, en los 400 mil deportados de 2013 podría tratarse de casi 90 millones de dólares.

UN MOVIMIENTO CON RAÍCES CRISTIANAS

“No más muertes” -según me explica Marla Conrad - tiene raíces cristianas. John Fife, ministro presbiterano retirado, es su cofundador y creó la patrulla Samaritana para ayudar a los migrantes en tránsito. Él también fundó el Movimiento Santuario en 1982.

El Movimiento nació cuando el 24 de marzo de 1982, en el segundo aniversario del asesinato de Monseñor Romero, miembros de la iglesia presbiteriana de Tucson anunciaron al gobierno estadounidense que ellos estaban listos para violar las leyes migratorias mediante la conversión de sus iglesias en santuarios para los centroamericanos que huían de los escuadrones de la muerte. Fife escondió a cientos de migrantes salvadoreños y guatemaltecos y los ayudó a cruzar el país y llegar a Canadá. Fue sometido a espionaje y acusado en 1986 por “coyotaje” violatorio de las leyes federales. A él y a otros 16 indiciados se les imputaron 71 cargos, incluyendo conspiración, transporte y hospedaje de ilegales y fomento de la migración no autorizada. Seis de ellos, incluyendo Fife, fueron condenados en un juicio que puso nuevamente sobre el tapete la desobediencia civil.

En 2004, junto a otros líderes religiosos, Fife fundó “No más muertes” y el “Nuevo Movimiento Santuario”. Desde 2008, “No más muertes” es un ministerio de la Iglesia Unitaria Universalista de Tucson. Alicia Dinsmore, promotora de “No más muertes” y colaboradora del impactante reporte Shakedown, me cuenta que tienen abogados luchando contra las deportaciones en Tucson y que un equipo viaja a México para proporcionar varios servicios y enseres a quienes están a punto de cruzar: tres llamadas telefónicas, vaselina para reducir fricciones y evitar ampollas, filtro y cloro para que puedan reducir las bacterias en el agua. “Pienso -dice Alicia- que en gran medida nosotros somos la razón por la que la gente de Centroamérica y México migra, y por eso es injusto hacer el proceso migratorio tan difícil y mortal. Estados Unidos es la principal falla en esto. Nosotros hacemos las políticas que los traen aquí y también tenemos los trabajos que los atraen, y luego hacemos que sea casi imposible para ellos cruzar. Nuestras leyes tienen muchos elementos descabellados para excluirlos”.

“EL PAÍS DEL OTRO LADO”

El comedor de la Iniciativa Kino se sitúa en lo que parece ser una tierra de nadie, pero que no lo es. Tiene dueños. Dos dueños. Al lado mexicano los “halcones” controlan incluso los movimientos más milimétricos. “Halcones” o “puntos” es el nombre que se da a los peones de los carteles que acechan e informan de los vacíos en la vigilancia fronteriza para colar los cargamentos de droga. Complementan sus ingresos cobrando un peaje a los migrantes.

Al otro lado es propiedad de facto de la Patrulla Fronteriza, con licencia para disponer de vidas y haciendas. Así lo demuestra cuando dispara contra peatones civiles del lado mexicano, una práctica cada vez más común, que costó la vida a José Antonio Elena Rodríguez, estudiante de 16 años, acribillado por un agente de la Border Patrol.

La noche del 10 de octubre de 2012, después de un partido de básquetbol, José Antonio caminaba sobre la acera de la Calle Internacional, que corre paralela al muro fronterizo. Vecinos del lugar escucharon entre catorce y treinta detonaciones de fusil. Desde una torre de vigilancia, un agente le acertó a José Antonio dos proyectiles mortales y lo remató con ocho más, la mayoría en la espalda. El gobierno estadounidense ni siquiera ha revelado la identidad del asesino. Pero su madre presentó una demanda con el apoyo de la American Civil Liberties Union.

Natalia Serna, una de las voluntarias del comedor, le dedicó a José Antonio una de sus más conmovedoras y bellas canciones, “Yo me llamo José Antonio”, que empieza así: “El país del otro lado / es cobarde y es ladrón. / No ha querido dar la cara y mi vida me robó. Cuánta vida me quitaron / esa noche de horror. / Se quedaron con mi vida, / pero no mi corazón”.

ENTRE LOS NARCOS Y LA BORDER PATROL

Nogales está dominado por los narcos y por la patrulla fronteriza. Dos presencias letales que son la peor pesadilla de los migrantes. Unos por sentido del deber: el deber de defender una línea divisoria que no entienden como una convención política, sino como un campo de batalla. Otros por sentido del negocio, para quienes los migrantes son una mercancía, como bien expresa el Padre Alejandro Solalinde, director de otro refugio para migrantes, el albergue Hermanos en el Camino, situado en Ixtepec, Oaxaca, en el sur de México: “Son víctimas de la voracidad humana. Es eso, más que nada. Que no los ven, porque no han sido personas educadas para verlos como seres humanos, cuidarlos, sino los ven como mercancías. Entonces hay que sacarles el dinero a como dé lugar, con golpes, como sea, sacarles el dinero”.

Entre esos dos fuegos, el comedor de la Iniciativa Kino, las mujeres de La Patrona que lanzan almuerzos a los migrantes que viajan en ese tren llamado “La bestia”, los albergues San Juan Bosco y Hermanos en el Camino, la Posada Belén que dirige el Padre Pedro Pantoja y tantos otros, son oasis que posibilitan el diario desacato de las fronteras y que renuevan las energías y esperanzas de los migrantes mientras estén llevados por personas que se dejan el pellejo por insuflarle fraternidad universal al mundo. Sin ellos -sin esa ruta de los albergues que es también una ruta de los desobedientes- sería mucho más arduo atravesar la enorme frontera vertical que México es para los centroamericanos y colarse por la porosidad de esa frontera.

Antes de salir de Nogales voy con Pete Neeley -superior de los jesuitas en Nogales- al colegio San Miguel que los salesianos tienen en Tucson. El proyecto “El otro lado” lo invitó a dar una breve charla. Pete empieza con una broma sobre la proverbial enemistad que jesuitas y salesianos han mantenido a lo largo de su historia y lo inusitado de su presencia allí. Es una observación quizás exagerada. Pero muy a pelo para captar la atención de los estudiantes: ahí están reunidos jesuitas y salesianos haciendo causa común con la causa de los migrantes, que es llegar al otro lado.

UN SACERDOTE EN CIUDAD JUÁREZ

Al otro lado de la frontera, en El Paso, Texas, está la parroquia del Sagrado Corazón, a cargo de los jesuitas desde su fundación en 1893. La parroquia proporciona clases de ciudadanía a quienes son residentes y de inglés a documentados e indocumentados. Ahí trabaja el padre Donald Ballinger como encargado de los temas migratorios.

Tras una vida dedicada a la educación secundaria en colegios jesuitas, Ballinger fue destinado al trabajo pa-rroquial en Paraguay, donde durante 15 años fue un activo y temerario oponente a la dictadura del General Alfredo Stroessner, que gobernó Paraguay por 35 años. Durante la visita que Juan Pablo II hizo a ese país en mayo de 1988, en el octavo y último período de Stroessner, Ballinger fue detenido junto a un grupo de campesinos a los que acompañaba en una huelga de hambre para protestar por el atropello a los derechos humanos. Tenía entonces 60 años.

Lo conocí 16 años después, cuando Donald era el párroco de Arcatao en Chalatenango, El Salvador. Tenía una energía arrolladora y rezumaba entusiasmo por su trabajo en los todavía humeantes escenarios de la guerra civil. Una década después, en marzo de 2014 nos reencontramos en El Paso. Donald Ballinger, de 86 años, vistiendo una guayabera chalateca, todavía libraba batallas nada desdeñables. Con él visité varias veces Ciudad Juárez.

Ballinger cruza la calle distraído mientras lee los mensajes en su celular y los airados conductores le lanzan a quemarropa floridas mentadas de madre. Aborda los buses desconociendo el costo de los pasajes y se queda perplejo si su enjuto monedero no contiene la suma requerida. El chofer acaba aceptando cualquier monto y Ballinger llega a su destino, ajeno al barullo mundanal y a sus pedestres afanes pecuniarios. Y de alguna forma más peregrina -alguno dirá “milagrosa”- consigue retornar ileso y a tiempo para la misa comunitaria, poniendo a prueba el poder y la paciencia divinos.

En el camión -como le dicen en México al autobús- suena atronador un corrido de moda: “Piensan que porque brinqué la línea / soy un narcotraficante / ya basta de mil humillaciones / nomás por ser inmigrante / Estoy cantando por toda mi gente/ no lo olviden, ténganlo presente”.

“ES UN MILAGRO CRUZAR LA FRONTERA”

En Lomas de Poleo, una grisácea barriada marginal en las afueras de Ciudad Juárez donde cada gota de agua es oro líquido que un avaricioso sol devora apenas asoma del grifo, está Casa Tabor, una comunidad de contemplación y acción política, tan nómada como sus fundadores, la religiosa Betty Campbell, de las Hermanas de la Misericordia, y el sacerdote carmelita Peter Hinde, quien fuera también fundador en 1984 de CRISPAZ en El Salvador, Cristianos/as por la Paz, junto a un pastor luterano y un activista cuáquero que buscaban proveer refugio a los desplazados por la guerra civil. Casa Tabor fue fundada en 1973 en Washington DC, luego se mudó a San Antonio en Texas y en 1995 encontró una ubicación -¿definitiva?- en Ciudad Juárez.

Hinde me cuenta que desde la violencia en Juárez los migrantes son menos numerosos. Pero que siguen llegando. Con 80 y 91 años de edad, Campbell y Hinde pertenecen a una generación de revolucionarios en vías de extinción. Hinde, piloto en la Segunda Guerra Mundial, cruza cada viernes a El Paso para protestar por las invasiones militares del gobierno estadounidense. En Casa Tabor él y Campbell reciben a peregrinos e instruyen sobre la vida en la frontera, la letal política exterior estadounidense y la violencia en Ciudad Juárez.

Hinde me recomienda The beast -la versión al inglés de “Los migrantes que no importan”-, de Oscar Martínez: “Si uno lee su libro queda con la impresión de que es un milagro que alguien pueda pasar esas fronteras sin caer en las garras de los narcos o de los de “la seguridad” de México, que están comprometidos con los narcos”.

Después me cuenta un poco sobre Casa Tabor: “Cuando Casa Tabor, que era de las Comunidades Eclesiales de Base, estaba en Washington DC a fines de los 70 y principios de los 80 recibíamos refugiados de Chile, Argentina, Bolivia y después de El Salvador y Guatemala. Formamos comités de solidaridad de los distintos países. En 1981 nos trasladamos a San Antonio, Texas, para poder viajar por tierra a México, y después a Ciudad Juárez”. Siguen siendo un punto de referencia moral y una meca a la que peregrinan muchos creyentes de izquierda en busca de consejo y alimento espiritual. La hermana Betty me muestra los murales colectivos que están haciendo en memoria de los asesinados en Centroamérica y de las muertas y muertos de Juárez. Son mosaicos muy expresivos.

“DE ESTE LADO TAMBIÉN HAY SUEÑOS”

“¿Supiste -me pregunta Donald Ballinger cuando regresamos- que cuando salí de El Salvador en 2005 estuve en contacto con un coyote? Estábamos en tratos para hacer el viaje desde El Salvador hacia Estados Unidos con un grupo de migrantes. Al principio él me pidió cinco mil dólares. Pero le dije que yo quería ir como capellán para celebrar misas con la gente y todo eso. Entonces él bajó el precio hasta mil dólares -Donald se lanza una de sus sonoras carcajadas para celebrar su triunfo-. El Provincial de New Orleans me dijo que no y luego me dijo que sí. Pero el Provincial de Centroamérica me dijo: ‘De ninguna manera, porque si te doy permiso todo el mundo va a querer ir’. Ésa era mi manera de ir con los migrantes acompañándoles”.

Ése es Donald -pensé-, genio y figura hasta la sepultura. Su vida es tan contestataria como los mensajes que grafiteros tan osados como él han pintado en el cauce del río Bravo/Grande y que se divisan entre los huecos de la malla que enjaula el puente internacional Paso del Norte, el que tanto une como separa Ciudad Juárez de El Paso: “Los muros jamás detienen la primavera”, “De este lado también hay sueños” (firmado: Acción Poética Ciudad Juárez), “Asesinado Rubén por un agente de migración y no se hizo justicia, migras asesinos”.

Una vez al otro lado nos dirigimos a la Annunciation House, creada en 1978 cuando un grupo de jóvenes “católicos e idealistas, se reunieron en El Paso buscando un propósito mayor, algo que les hiciera sentir que estaban cumpliendo con una misión”. La diócesis católica de El Paso les cedió un local para albergar a los homeless.

Rubén García, futuro director del albergue y entonces director de la Oficina para Adultos Jóvenes de la diócesis, reflexiona sobre el inesperado cruce entre las consecuencias de la geopolítica y su compromiso: “La casa fue fundada en 1978, en el momento en que los sandinistas derrotan a Somoza en Nicaragua y toman control del país. Es cuando las guerrillas de El Salvador y Guatemala se lanzan con la esperanza de que ellos también podrían lograr un cambio de gobierno, que como sabemos no pasó. Pero la guerra civil provocó un flujo de migrantes exiliados y El Paso fue una de las fronteras a donde llegaron; así que los recibimos en la casa”.

Los homeless hospedados terminaron siendo los countryless centroamericanos que huían de la guerra civil. Actualmente Annunciation House hospeda a quienes huyen de la violencia reciente en Centroamérica, una violencia que es secuela de la guerra y cosecha de la industria armamentista y de las actividades del narcotráfico.

DOS ALBERGUES DE ACOGIDA

Su misión ha colocado a Annunciation House en tensa relación con las autoridades migratorias hasta el punto de que la extensa garra de la violencia llegó una mañana a sus puertas. El 22 de febrero de 2003 uno de sus huéspedes, Juan Patricio Peraza, mexicano de 19 años de edad, oriundo de Mexicali, fue asesinado por agentes de la Border Patrol cuando botaba basura en las inmediaciones del albergue. Ocho agentes rodearon al joven. Vernon Billings disparó a quemarropa. Los padres de Juan Patricio entablaron un juicio contra el gobierno estadounidense. Pero la patrulla fronteriza llegó a la estación de policía y amenazó con deportar a los ocho testigos, todos huéspedes de Annunciation House.

En marcado contraste con este episodio extremo, en julio de 2014 Rubén García recibió una llamada del representante del ICE. El número de migrantes centroamericanos menores de edad detenidos en el área del Río Grande, al sur de Texas, había excedido con creces la capacidad de las autoridades de inmigración para procesarlos. El agente le preguntó a García: “Van a llegar al centro de procesamiento de El Paso algunos aviones con 140 personas cada uno. Los vamos a soltar bajo palabra. A los que no tengan a donde ir, ¿los podría recibir usted?”

“VI MUCHAS INJUSTICIAS EN NUESTRO SISTEMA”

Desde su fundación, Annunciation House ha recibido a más de 125 mil personas en sus dos albergues. Reciben tres nuevos migrantes por semana. Al menos la mitad son centroamericanos, principalmente de Guatemala, Honduras y El Salvador. Si vienen para pedir asilo, pueden quedarse varios meses y son remitidos a la asistencia legal de Las Americas y el Diocesan Migrant & Refugee Services.

Diez voluntarias los atienden y organizan el trabajo. Julia es una de ellas y explica su motivación para dar un año de su vida en estas latitudes: “Yo era maestra de inglés en una escuela en Wisconsin y la mayoría de mis estudiantes eran migrantes que habían cruzado la frontera. Así fue como me llamó la atención la migración y el sistema de inmigración de los Estados Unidos. Vi muchas injusticias cometidas por nuestro sistema. ¿Quiénes somos para decir: “No puedes entrar a nuestro país” a quienes quieren mejorar su vida? Quería cambiar el sistema migratorio. Pero como no puedo cambiarlo, busqué cómo ayudar y aprender más sobre la frontera y la migración, y así fue como decidí buscar un programa de voluntariado aquí”.

“NO TENDRÍA QUE HABER PAÍSES”

La noche antes de partir de El Paso me reuní con el Comité de Justicia Laboral, el grupo de abogados que apoya a los migrantes en sus demandas laborales y organizan protestas contra los abusos a los derechos humanos de las autoridades migratorias. Se reúnen una vez por semana en un salón de la parroquia Sagrado Corazón.

Si mi subconsciente esperaba escucharles alguna declaración piadosa, quedó defraudado. Son un grupo bastante aguerrido que pone las frágiles herramientas de la ley al servicio de los migrantes en un terreno poco propicio. En primer lugar, porque en El Paso la Border Patrol tiene una estrategia de marketing muy agresiva para venderse como benefactores de la comunidad. En segundo lugar, porque Texas goza de una política salarial que permite pagar por debajo del mínimo establecido a nivel federal. No satisfechos con esta ventaja comparativa, los empleadores de la región han cometido abuso laboral contra el 98% de los migrantes indocumentados, según el Comité.

A contrapelo de estas condiciones, los abogados organizan marchas, plantones, ayunos y otros dispositivos a cual más mediático. Seis de ellos se sumaron en marzo de 2014 al ayuno We Belong Together por la reforma migratoria y contra las deportaciones. Carlos León, concejal y anterior jefe de la policía en El Paso, los acompañó en esa sesión. En un impecable spanglish los invitó a buscarlo: “Cuando tengan un problema, háblenme para empezar el procedimiento. Yo sé lo que es luchar por un trabajo con que mantener a la familia. No voy a hablar mucho. I am not a good speaker. If there is anything I can do... What I told everybody: I am your employee. I was elected by you to serve you, and not the other way around. Soy su servidor. Por eso estoy aquí. Les voy a repartir mi tarjeta, por favor, háblenme. Yo no me rajo”.

Después de la reunión, Donald remata aclarando su posición: “No importa que los migrantes rompan las leyes. Yo voy a ayudarles a entrar. Si tengo la posibilidad de ayudarles, voy a hacerlo porque la gente tiene el derecho de mejorar sus vidas. Toda la gente tiene el derecho de hacer eso. Yo estoy llegando al punto de vista de que no tendría que haber países. Tenemos el derecho de cruzar cualquier frontera para ganarnos la vida. Cuando un astronauta mira hacia abajo el mundo, no mira las fronteras. Dios creó el universo sin fronteras”.

LA RESURRECCIÓN DEL MOVIMIENTO SANTUARIO

En septiembre de 2014, 40 iglesias de Illinois y otros estados declararon su apoyo a los migrantes que están en peligro de deportación. “El movimiento está agarrando fuerza y no estamos solos en nuestro llamado a la conciencia de todos aquellos que creen en Dios”, dijo el sacerdote José Landaverde de la United American Catholic Church. Y añadió: “Es un mandato del Evangelio y de la Biblia” dar santuario a las personas que lo necesiten: “Debemos acatar las órdenes de Dios y apelar a las autoridades federales para que declaren una moratoria en las deportaciones”.

Decenas de iglesias han abierto sus puertas a los migrantes en peligro de ser deportados. “Abrir las puertas de una iglesia, una sinagoga o una mezquita y declararla santuario es un asunto serio. Los líderes religiosos y sus congregaciones no tomaron esta decisión a la ligera”, señaló el reverendo Noel Andersen, coordinador del área de derechos de los inmigrantes del Church World Service (CWS).

La octava persona que buscó refugio en una iglesia fue Ángela Navarro, hondureña residente en Filadelfia. Capturada por la migra al cruzar la frontera en 2003 a los 17 años, y ahora con once de residencia en Filadelfia y dos hijos estadounidenses de 9 y 11 años, Ángela decidió refugiarse en West Kensington Ministry para resistir a la orden de deportación que por más de 10 años penduló sobre su cabeza. Después de dos meses y seis mil firmas de apoyo, su caso fue revisado, la deportación anulada y Ángela pudo regresar a su familia y trabajo.

“ES UN MANDATO DE LA BIBLIA”

No es casual que las iglesias estén dando su respaldo a los migrantes. He relatado algunos ejemplos en el catolicismo, pero entre evangélicos, musulmanes, judíos e hindúes se encuentran planteamientos, episodios y actividades semejantes. La afirmación de Landaverde y Anderson sobre el mandato divino y la seriedad de la decisión encuentran respaldo en la tradición judeocristiana.

Lo ordena toda la Torah, desde el Código de la Alianza hasta el Libro de los Números: “No oprimas ni maltrates al extranjero, ustedes saben bien cuál es su condición, pues fueron extranjeros en Egipto”. (Éxodo 23,9). “Cuando coseches el trigo en tu campo, si olvidas una gavilla no vuelvas a buscarla. Déjalas para el extranjero, el huérfano y la viuda”. (Números 35,15). Son preceptos que valen tanto para judíos como para cristianos.

La tradición específicamente cristiana retoma este legado. El evangelio de Mateo incluye una bienaventuranza para quienes asisten a los migrantes: “Vengan, benditos de mi Padre, tomen posesión del reino preparado para ustedes desde la creación del mundo, porque era un forastero, y me hospedaron”. (Mateo 25,34-36). El desarrollo posterior de la práctica y doctrina cristianas también retoma la antorcha. Un mandato de hospitalidad para con los extranjeros está presente en el capítulo 53 de la Regla de San Benito: “Sobre todo, se les dará una acogida especial a los pobres y extranjeros, colmándoles de atenciones, porque en ellos se recibe a Cristo de una manera particular, pues el respeto que imponen los ricos, ya de suyo obliga a honrarles”.

La iglesia católica estadounidense recibió ese encargo explícito en Ecclesia in America, la exhortación de Juan Pablo II a los católicos estadounidenses: “Favorecer su asentamiento en el territorio y para suscitar, al mismo tiempo, una actitud de acogida por parte de las poblaciones locales, convencida de que la mutua apertura será un enriquecimiento para todos”. Y les recuerda que “la Iglesia en América debe ser abogada vigilante que proteja, contra todas las restricciones injustas, el derecho natural de cada persona a moverse libremente dentro de su propia nación y de una nación a otra. Hay que estar atentos a los derechos de los emigrantes y de sus familias, y al respeto de su dignidad humana, también en los casos de inmigraciones no legales”.

TAMBIÉN HAY RAZONES HISTÓRICAS

Obviamente, el nivel de compromiso varía y todos los preceptos sobre la solidaridad con los pobres y contra la acumulación de las riquezas que corromperán la polilla y la carcoma, no surten frecuentes cambios en la conducta de los cristianos más confesos y mea pilas.

“A Dios rogando y con el mazo dando” es una versión condensada de la sabiduría popular en torno a la ambivalente relación de los creyentes con la doctrina y la omnipresente brecha entre teoría y práctica en el mundo religioso. Los preceptos religiosos pueden tener diversas lecturas y aplicaciones según cada contexto. Además de la tradición doctrinal-religiosa existe una tradición histórico-política en la que esa tradición religiosa está imbricada, pues ahí encuentra su concreción y las posibilidades del Reino de Dios en la cotidianidad terrenal.

En Estados Unidos existe un vínculo histórico entre iglesia católica y recién llegados: irlandeses, italianos, polacos, mexicanos y ahora centroamericanos. Una larga tradición coloca al catolicismo oficial del lado de los migrantes. “Ve a una iglesia cualquiera el domingo por la mañana -declaró un pastor protestante en 1887- y verás abogados, físicos, comerciantes y hombres de negocios con sus familias... pero el trabajador y su hogar no están ahí”.

Según el historiador Arthur Schlesinger, de las antiguas religiones, sólo católicos y judíos sabían cómo atraer y retener a los obreros e inmigrantes recién llegados a Estados Unidos a finales del siglo 19. La iglesia católica atrajo sobre todo a irlandeses, alemanes, austro-húngaros, italianos, polacos y canadienses francófonos. Entre 1850 y 1900 los católicos en Estados Unidos aumentaron de 1 millón 606 mil a 12 millones 41 mil. Cinco millones de migrantes fueron un componente sustancial de este incremento.

Plenamente conscientes del potencial religioso de los inmigrantes, entidades protestantes desplegaron una labor misionera en los puertos del Atlántico para atender las necesidades religiosas y prácticas de los inmigrantes. Schlesinger sostiene que en 1883 la organización interdenominacional American Home Missionary Society organizó departamentos especializados en alemanes, escandinavos y eslavos. Notoria fue, según Schlesinger, la tendencia de las iglesias protestantes a desarrollar un trabajo filantrópico y educativo entre los pobres y sin iglesia una vez que tomaron nota de su potencial como practicantes asiduos.

LA “CIUDADANÍA RELIGIOSA”

Los inmigrantes han sido una cantera de prosélitos que las iglesias no podían ignorar so pena de perecer por decrepitud y mengua de fieles. Dicho en términos demográficos: ninguna iglesia puede sostenerse si se atiene únicamente al puro crecimiento vegetativo -a menudo limitado a la tasa de reposición-, sino sólo por medio de la suma de nuevos acólitos.

La historia migratoria y religiosa de Estados Unidos muestra una vigorizante tensión dialéctica en la que el proselitismo entre los inmigrantes encontró una funda¬men¬tación bíblica y doctrinal, y donde el carisma y los valores de acogida a los extranjeros y la compasión por los vulnerables cayeron en un terreno religioso-político muy propicio. Esta dinámica posibilitó que el reclamo de universalidad de las iglesias se actualizara en una teocracia multide¬nominacional que se ha revitalizado por sucesivas aperturas y negociaciones políticas.

El reclamo universalista ha sido efectivo y ha gozado de renovadas y creativas reediciones. En God needs no pass¬port (Dios no necesita pasaporte) la socióloga estadounidense Peggy Levitt sostiene que “alguna gente no vive de acuerdo a un atlas, o al menos no al tipo al que la mayoría de nosotros estamos acostumbrados. Esa gente se imagina a sí misma viviendo en un paisaje religioso… No son nacionales o cosmopolitas, sino miembros de comunidades de fe compuestas por correligionarios de todo el planeta. La ciudadanía global religiosa implica derechos y responsabilidades que complementan, suplementan y algunas veces contradicen otras formas de pertenencia. Para este grupo, esas reglas son más importantes”. No ignoran las fronteras políticas, pero “se conciben como personas que habitan en una topografía alternativa, con residentes, reglas e hitos que importan más que sus equivalentes seculares”.

Aunque para alguna gente -nos dice Levitt- una sola tierra, un documento de membresía y una identidad sean una versión secular de la Santísima Trinidad, para muchos más los espacios sagrados son más importantes que la actual geografía política. Este reclamo de múltiples membresías, que no significa desestimar la ciudadanía política, supone la aceptación de que más y más personas poseen tanto pasaportes religiosos y globales como nacionales. Por eso “los ciudadanos religiosos globales quieren el derecho de vivir de acuerdo a su interpretación de la ley religiosa”.

CIUDADANÍA RELIGIOSA VS. CIUDADANÍA NACIONAL

Los argumentos de Levitt son convincentes, su intuición de los paisajes religiosos que se superponen a los políticos es sugerente y su metáfora de las ciudadanías globales religiosas es poderosa y en ciertos ámbitos puede encontrar mucha evidencia empírica que la respalde.

Pero creo que para penetrar en lo que está ocurriendo con esas ciudadanías es preciso explicitar que sólo su colisión -y no su convivencia paralela- con la ciudadanía política es lo que nos puede mostrar su eficacia simbólica y política porque, como señaló Bourdieu, “el poder propiamente simbólico de la Iglesia sólo puede ser eficaz en relación con ciertas disposiciones preexistentes, que no son producidas, propiamente hablando, por la Iglesia misma”.

Y esas condiciones preexistentes -en el caso que me ocupa- son las migraciones como constante histórica, el sistema político estadounidense y su apertura a la desobediencia civil, así como las reacciones xenófobas y su otra e inseparable cara: la relación clientelar construida por iglesias y partidos políticos en los nichos étnicos y confesionales de los migrantes recién llegados.

Los ejemplos que Levitt eligió para presentar la ciudadanía global religiosa no manifiestan de inmediato su conflicto con la ciudadanía nacional porque los comentarios que ella recogió de labios de migrantes paquistaníes, brasileños e irlandeses en Boston podrían haberlos dicho cualquiera de sus paisanos, sin jamás haber puesto un pie fuera de su aldea: que para ellos las autoridades religiosas pesan más que las seculares, que les importa más lo que diga el Papa o su imán que lo que diga el Presidente, que sus hermanos son los miembros de su comunidad religiosa y no los de su país...

La ciudadanía global sólo existe si se pone a prueba, si se mide con las constricciones de la ciudadanía política. De lo contrario es un imaginario sin eficacia política. Porque la política, como señaló Jacques Ranciere, nace del desacuerdo, y en este caso se trata de un desacuerdo en relación a la equivocidad de la ciudadanía: una ciudadanía universalmente inclusiva y una ciudadanía nacionalmente restringida. Las condiciones de posibilidad de este desacuerdo se remontan muy atrás.

EFICACIA POLÍTICA DE LA CIUDADANÍA RELIGIOSA

Del lado de las iglesias cristianas hay que subrayar que han pasado muchos siglos -y cambios de actitud- desde aquel “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” con que las primeras comunidades de cristianos expresaron su voluntad de mantener separados dos ámbitos: el terrenal y el celestial.

La visión del ser humano como peregrino en la tierra ha sido siempre poderosa -Arendt la considera como esencial a toda filosofía verdaderamente cristiana-, pero cesó de inspirar la conducta hacia los asuntos políticos cuando los cristianos dejaron de considerar la segunda venida de Cristo como un acontecimiento inminente. Desde entonces -y más aún con el matrimonio Iglesia/Estado- los asuntos mundanos importaron mucho.

Cuando los cristianos se percataron de que el Reino no estaba a la vuelta de la esquina, su reflexión empezó a ocuparse más seriamente de los asuntos terrenales. Su práctica ya había tomado la delantera. Por eso es preciso señalar que la ciudadanía eclesial global emerge como un elemento auténticamente político no cuando se desentiende de la ciudadanía nacional -como harían los que no son más que peregrinos en la tierra-, sino cuando lucha por expandirse y minar sus dispositivos excluyentes.

Si existen las ciudadanías religiosas globales en un estrato de la realidad más tangible que el metafórico, no se trata de ciudadanías que simplemente conviven con -aunque de espaldas a- las ciudadanías nacionales, sino que negocian, desafían o incluso colisionan con éstas frente a frente. Ahí reside su eficacia política.

DIVERSOS NIVELES DE COMPROMISO

Y esto ocurre más allá de la radicalidad de las posiciones de los sujetos, enormemente variable porque cada quien tiene sus razones que sólo el corazón comprende. Los casos de apoyo a los migrantes son deliberada y representativamente diversos y los niveles de compromiso de las personas involucradas se mueven en un rango muy amplio, que al menos abarca desde el anarco-cosmopolitismo de Ballinger hasta la timorata actitud del superior de una congregación religiosa en vías de extinción que en Virginia admite indo-cumentados entre sus miembros, pero no se ocupa en absoluto de su condición legal.

Próxima a la posición de Ballinger está la de Alicia Dinsmore y Natalia Serna: una trabaja en una de las más beligerantes organizaciones y la otra prepara un disco con canciones que descienden a los detalles humanos demasiado humanos sin perder el filo de la denuncia. En algún punto intermedio está la pareja piadosa que un día lleva leche al borde del vencimiento al comedor Kino y otro día a un asilo de ancianos. En otro punto intermedio está el novicio que trabaja con migrantes porque Jesús lo fuera, aunque -hasta donde se tienen noticias fiables- el Jesús histórico limitó sus desplazamientos a una circunscripción geográfica tan restringida, y sin traspasar sus dominios políticos, que no estoy seguro de que merezca ese título. Y en otro punto está la Annunciation House que empezó como albergue para homeless y, casi sin comerlo ni beberlo, a tirones de la geopolítica estadounidense y sus efectos sobre Centroamérica, se convirtió en albergue para refugiados políticos y, con ello, en un proyecto situado en el ojo del huracán de una época especialmente convulsa.

Todos tienen en común lo que Levitt llama ciudadanías re¬ligiosas globales y yo llamo reclamo de universalidad. Pero no todos tienen el mismo nivel de conciencia sobre el desacato a las leyes estadounidenses del que sus actividades por los migrantes están preñadas.

DIVERSOS LEGADOS HISTÓRICOS

En este abanico la presencia de los más radicales y conscientes no es desdeñable. Da una vaga idea -aunque un indicio claro, al fin y al cabo- de cómo los migrantes actuales se benefician de la infraestructura organizacional y de la solidaridad amasada durante décadas. Esa infraestructura también implica otros acumulados: los veteranos -como Ballinger, Hinde y Fife- se alimentan de su ideología y de su trayectoria revolucionaria en los años 70 y 80. Siguen vibrando con la teología de la liberación que algunos, como Peter Hinde, aprendieron directamente de la inspiradora palabra de Gustavo Gutiérrez en Perú.

Al mismo tiempo que el imperio movía sus piezas en el gran tablero de la geopolítica mundial, se produjo un florecimiento de organizaciones de solidaridad con el Tercer Mundo, con Latinoamérica y Centroamérica, con sus refugiados, incluso con sus guerrilleros. Con el tiempo las solicitudes de asilo descendieron y la geopolítica adoptó otro guión, pero esos organismos persisten y son ahora la plataforma del activismo por los migrantes: CARECEN, Casa de Maryland, Casa Tabor, Annunciation House...

La geopolítica generó unos anticuerpos que todavía perduran y desafían al Estado en otros terrenos. Es una curiosa forma en que la geopolítica ha venido a ser la partera de una desobediencia que abre espacios, que orquesta la inclusión de los sin política. Los politizados de ayer pavimentaron las carreteras por las que entran y actúan los no explícitamente politizados de hoy.

Ese abanico también incluye a jóvenes voluntarios que se alimentan de su contacto cara a cara con los migrantes. Esta juventud se inspira en los migrantes de carne y hueso o en los que imaginan a través de las versiones idealizadas que les presentan su catequista, su párroco o su superior religioso. Dicen no estimular a los migrantes. No animarlos a migrar. Y, si preguntas, todos están ahí por razones humanitarias: por su fe cristiana, porque desde chicos jugaban con inmigrantes de su barrio, porque Jesús era un migrante o porque en Minnesota daban clases de inglés a latinos y porque las historias que sus alumnas les contaban los animaron a venirse como voluntarios.

DIVERSAS DESOBEDIENCIAS Y EFICACIAS

La desobediencia de Fife y Ballinger se da por descontado. La desobediencia de Julia es menos declarativa y más escenificada. Por eso tenemos distintos niveles de conciencia y radicalismo con similar efectividad y expresividad.

De hecho, ninguna organización tiene algo parecido a una declaración de principios sobre los migrantes. Sin embargo, sus peticiones -siempre coyunturales- contienen explícitas y tácitas tomas de posición ante aspectos muy específicos. Su sumatoria viene a proponer que la pertenencia a las naciones imaginadas pueda supeditarse a la universalidad de la comunidad eclesial (ése fue el mensaje de Landaverde). Esa universalidad está en el núcleo de su eficacia.

También lo está la universalidad de su mensaje: “la migra” y otros burócratas que aplican la legislación migratoria hablan -como los neuróticos- una jerga muy particular que toma -para legitimarse- algunos préstamos del vocabulario nacionalista. Pero el lenguaje de las instituciones religiosas obtiene con su universalidad una mayor eficacia en términos de validación social. Y aunque no hay balanza que pondere el peso de esa eficacia, tampoco hay duda de que la presión eclesial estuvo tras el alivio migratorio con que en noviembre de 2014 Obama suspendió la deportación de más de 5 millones 200 mil indocumentados.

En las declaraciones de muchos funcionarios eclesiales no hubo el ocultamiento que Bourdieu atribuye a -y presenta como conditio sine qua non de- la eficacia simbólica religiosa: “Los especialistas religiosos deben necesariamente ocultarse y ocultar que sus luchas tienen como apuesta intereses políticos”. Hubo un claro llamado a la desobediencia civil con la oferta de convertir los templos en refugio para deportables.

EL CRISOL DE LAS DESOBEDIENCIAS

Las declaraciones de estos desobedientes consiguieron que la desobediencia civil implícita de los activistas menos politizados que practican la caridad cotidiana se convirtiera en desobediencia civil explícita. Y así se produjo el crisol que funde todas las desobediencias: las de los curas jubilados que dedican a los indocumentados sus últimas energías y años, la de la hermana Engracia que salió del centro del poder religioso hacia las periferias, la de los ancianos que nomás llevan leche casi vencida de las gasolineras estadounidenses al comedor en Nogales…

Todas suman al gran desacato. Todos le insuflan vida a sus comunidades eclesiales porque les dan una causa por la que luchar, un Cristo vivo, siempre crucificado y siempre resucitado. Todos creen que God needs no Passport. Y que tampoco lo necesitan sus hijos y sus hijas.

MIEMBRO DEL CONSEJO EDITORIAL DE ENVÍO. INSTITUTO DE SOCIOLOGÍA-PHILIPPS DE LA UNIVERSIDAD DE MARBURG.

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