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  Número 394 | Febrero 2015
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Nicaragua

Nicaragua tiene que dialogar

Este sencillo texto, titulado “Venezuela tiene que dialogar”, escrito cuando la oposición y el gobierno venezolanos se sentaron a dialogar por primera vez, calza como zapato a medida y como anillo al dedo en la realidad de Nicaragua, donde reina la polarización y la necesidad de diálogo y de debate es apremiante.

Hildebrand Breuer Codecido

La filósofa alemana Hannah Arendt acuñó el término mal banal para referirse a aquellas acciones o conductas a todas luces malas, que no eran construidas a través de sentimientos humanos como envidia, miedo, odio, rencor o resentimiento. Conductas que son malas, que pueden llegar a ser perversas, pero que tienen su origen en algo distinto al mal más cotidiano. Arendt atribuye este fenómeno a la ausencia de pensamiento en algunos sujetos, pues pensar, para ella, implica necesariamente un acto reflexivo en el que la persona dialoga consigo misma.

Ese diálogo se convierte en un escrutinio constante, un examen de nuestras propias convicciones e ideas más íntimas, lo que nos obliga a hacerlas pasar por juicios minuciosos, de los que nuestras convicciones más sólidas pudieran salir mal paradas. Algo similar a lo que hacía Sócrates con su daimón, esa suerte de espíritu con el que decía dialogar de forma periódica.

Esto tiene, como es obvio, varias consecuencias. En primer lugar, ejercitamos nuestra propia voz interior, la que, si bien somos libres de obedecer o no, en la medida en que se haga más audible tendrá más que decirnos sobre nuestras acciones. Además, este conversar constante con nuestra conciencia nos coloca con mayor facilidad en el lugar del otro, lo cual termina impidiendo que lo atropellemos, vejemos y, más aún, que la banalidad del mal se haga presente.

PERSONAS IRREFLEXIVAS:
NIHILISTAS, DOGMÁTICOS Y NORMALES

La pérdida de juicio interno puede darse en cualquiera, en mí, en usted, en quienes le rodean, en cualquiera que parece ser normal y cuya conducta no arroja datos excepcionales de ningún tipo. Ahora bien, la irreflexión se da, usando categorías de Hannah Arendt, en tres niveles de personas: nihilistas, dogmáticos y ciudadanos normales. Irreflexivos nihilistas son aquellos que conciben un mundo sin valores universales a los que adherirse, por lo que todo termina siendo relativo, incluso la dignidad humana.

Los dogmáticos se separan del nihilista al no poder vivir sin asirse a un referente de valores, aunque no lo sean en realidad, por lo que se aferran a cualquier propuesta de pensamiento para conseguir seguridad y tranquilidad. En ellos, pensamos nosotros, la irreflexión se da no sólo como un síntoma, sino como una necesidad. El pensamiento reflexivo sería en ellos insoportable.

Pero son los últimos, los irreflexivos entre los ciudadanos normales, los que más nos inquietan ya que son ellos los que darán legitimidad a los sistemas totalitarios y a las políticas de los nihilistas o dogmáticos que dirijan estos regímenes, partiendo de un proceso acrítico.

En los tres casos hay una conducta no dialogante con la conciencia, con la voz interior, que está presente como un ser extraño al cual, por no dársele conversación, no se le conoce y mucho menos se le puede llegar a obedecer.

EL DIÁLOGO QUE SURGE EN LAS BASES
ES EL MÁS SUBVERSIVO

¿Usted quiere subvertir la polarización? Dialogue. Una vez lograda la deliberación interior de la que hablaba Arendt, el diálogo debe pasar a un siguiente nivel en el que nos re-encontramos con el otro, y a través de ese re-encuentro nos reafirmamos como parte de una sociedad.

El diálogo no se agota en los niveles más altos del poder, entre representantes del gobierno y de la oposición. Es más, ni siquiera tiene que comenzar allí aunque eso pueda ser una señal positiva, mientras no sea constantemente echada por la borda con discursos de confrontación, puesto que el diálogo requiere un proceso de conversión de las formas y de la praxis.

Es mucho más subversivo el diálogo que surge desde las bases, que superan y sobrepasan en madurez y ética a sus líderes. Subvertir un sistema de exclusión, de división, de extrañamiento entre hermanos, de dependencia a poderes económicos y políticos, de polarización exige un diálogo constante y profundo, pero sobre todo masivo, primero en pequeños espacios, en barrios, urbanizaciones, universidades, consejos comunales. Espacios que luego vayan conectándose y creando nuevos discursos y nuevas dinámicas de construcción social.

Entre las ideas del cómo hacer este diálogo se nos ocurren varias, lo que no representa por supuesto una lista exhaustiva, sino sugestiva para el surgimiento de más y nuevas propuestas.

NO SÓLO HAY DOS POSICIONES

Los objetivos de las partes que dialogan deben ser expuestos de la forma más clara posible. Los que se mantengan en secreto entorpecerán por supuesto el acercamiento, y los resultados serán cualitativamente menos valiosos en la medida en la que más objetivos sensibles permanezcan silenciados o innegociables. Una de las ideas que hay que superar es que en el conflicto venezolano sólo hay dos partes. No solo hay actores distintos a los dos más claramente contrapuestos, sino que incluso esos dos no son homogéneos.

Lo que es justo para usted quizás no lo sea para mí. Lo mismo ocurre con lo que es bueno, y con cómo definimos la felicidad. Pero el problema va más allá. ¿Ha tratado usted alguna vez explicarle a alguien lo que es el bien, o lo que es la justicia? Haga el ejercicio, busque un momento a solas y trate de explicarse a sí mismo con argumentos de qué se tratan esas ideas, así como sugeriría Arendt. Verá que no es fácil. Ahora imagine a millones de personas tratando de hacerlo y entenderá por qué a veces es tan difícil construir una sociedad que se ponga de acuerdo en cosas que parecen tan evidentes. Aquello en lo único que podemos estar todos de acuerdo es, justamente, en que sólo en esta dificultad podremos todos llegar a estar de acuerdo.

Una sociedad en la que todos están de acuerdo, en la que nadie se queja, en la que no se escucha disentir a alguno, es una sociedad en la que probablemente muchos están callando o están siendo callados.

OBSTÁCULOS PARA EL DIÁLOGO,
SESGOS Y FALACIAS

Para dialogar hay que superar obstáculos y muchos de ellos están entre nosotros, en nosotros. Yo no llevaré de la mano a las respuestas que yo me he dado a mí mismo, pero lo invitaré a usar mi marco de análisis para que se haga algunas preguntas.

La psicología cognitiva, ésa que se encarga de estudiar cómo aprendemos, ha identificado lo que desde mi perspectiva son piedras de tranca para cualquier proceso deliberativo. Vamos a echarles un vistazo. El sesgo de confirmación: a través de él tendemos a favorecer información que sirva de prueba a aquello en lo que creemos o que deseamos, aunque esa información no esté confirmada.

Lo contrario es el sesgo de la disconformidad, que consiste en criticar más duramente o poner en duda con más energías aquello que pudiera rebatir nuestras creencias.

La falacia del falso dilema es asumir que hay un dilema planteado entre sólo dos actores que agotan todas las opciones de elección. Los actores no son sólo dos y esos dos más visibles no son homogéneos. No todos los chavistas son iguales, así como tampoco lo son todos los opositores. Pero el falso dilema no sólo abarca a los actores, también a los métodos. Por ello es falaz pensar, como hacen algunos, que sólo tenemos frente a nosotros dos caminos: el de la violencia y el de la conformidad absoluta.

La falacia de la causa simple es atribuir una única explicación, y además sencilla, a fenómenos complejos. Explicar la delincuencia, el desabaste¬ci¬miento o la corrupción, con argumentos monocausales es un ejemplo cotidiano entre nosotros.

La falacia del hombre de paja es una de las más interesantes y quizás más difícil de identificar. Hombres de paja son muñecos de paja u otros materiales que se usan para practicar algún tipo de combate físico y que, obviamente, son fáciles de derrotar. Esta falacia consiste en construir una postura torpe y mal argumentada, que presentamos simplistamente como la posición contraria, a la que vencemos sin inconvenientes y frente a nuestros acólitos, que aprueban satisfechos.

El sesgo de la defensa del estatus es el sesgo que se hace presente cuando nos sentimos amenazados ante argumentaciones e interpelaciones que identificamos como amenazantes para nuestra posición y comodidades, lo que nos genera una actitud defensiva y de negación.

El razonamiento anecdótico es una figura predilecta entre muchos de nosotros, con la que pretendemos dar un carácter general a un fenómeno desde casos puntuales o anecdóticos que no demuestran a priori su universalidad.

Quizás el más importante, el que todos debemos buscar en nuestras posturas, el sesgo del punto ciego del que quizás todos padecemos en alguna medida. Consiste sencillamente en no ver nuestros propios sesgos y prejuicios.

¿Dialoga usted consigo sus propias posturas? ¿Siente que algunos de estos sesgos o algunas de estas falacias están presentes en su análisis del país? Si usted se siente parte de uno de los polos contrapuestos en Venezuela, ¿cuáles sesgos o falacias identifica en la acera de enfrente? ¿Cuáles en la suya? Y quizás la pregunta más importante: ¿Qué recomienda para superarlos?

ESPECIALISTA EN SEGURIDAD INTERNACIONAL. TEXTO APARECIDO EN LA REVISTA “SIC”, DE LOS JESUITAS DE VENEZUELA, en abril 2014. EDICIÓN DE ENVÍO.

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