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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 391 | Octubre 2014
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Nicaragua

La dolorida mochila que cargamos los nicaragüenses

TEDx es una iniciativa surgida hace más de tres décadas en Estados Unidos para dar a conocer a personas que tengan ideas y experiencias dignas de ser compartidas y divulgadas. Desde 2011 TED llegó a Nicaragua. En la sesión del 27 de septiembre de 2014, y durante 20 minutos, tomaron la palabra 13 participantes, después de un cuidadoso proceso de selección. Ésta fue la experiencia que compartió esa noche la psicóloga Martha Cabrera.

Martha Cabrera

Hoy vengo a hablar de amor. Sí, de amor, aunque el título no lo parezca. Vengo a hablar del trabajo que tengo el privilegio de realizar desde hace 17 años, un trabajo que me ha enseñado a amar profundamente La Nicaragua.

MIS DUELOS:
MARLON, ERNESTO Y ALBA LUZ

Quiero comenzar abriendo mi corazón y compartiendo con ustedes la etapa más dura de mi vida, cuando perdí a tres seres queridos. A ellos les dedico mis palabras. Mis duelos son Marlon, Ernesto y Alba Luz.

Una mañana de finales de mayo de 1983, mientras estudiaba en Leipzig, Alemania, recibí un paquete de Nicaragua. Al abrirlo descubrí un recorte de periódico con una foto de Marlon Zelaya. En la nota me comunicaban que había¬ muerto en un combate en Río San Juan. Marlon era estu¬dian¬te de arquitectura, un muchacho noble, sencillo, a quien mi familia le tenía mucho cariño. Lo conocimos cuando llegaba a trabajar a Santa Gertrudis, una finca de café en Jinotega. La noticia me sacudió profundamente porque hacía sólo una semana había recibido una carta de él. Aceptar su muerte fue un proceso muy difícil porque guardé dentro de mí una buena parte del dolor, situación que afectó mi de¬sempeño como estudiante. Recién había terminado el apren¬di¬zaje del idioma alemán y comenzado la Maestría en Psicología.

Año y medio después, una tarde gris de noviembre, al abrir la puerta de mi apartamento encontré un telegrama en el piso. Una corriente recorrió mi cuerpo. Me comunicaban la muerte de mi hermano Ernesto en la madrugada del día 16, en un combate en El Venado, Río Blanco. En lo primero que pensé fue en mi madre. Para digerir la noticia caminé horas bajo la fría llovizna otoñal que se confundía con mis lágrimas. Afortunadamente, pude viajar a Nicaragua, estar con mi familia, llorar juntos. Recordar el legado de Ernesto, su generosidad, su sentido del humor y alegría de vivir me ayudaron a asimilar su pérdida y un par de meses después regresé a continuar con mis estudios.

Y ya cuando estaba en la recta final del doctorado, la muerte nos golpeó nuevamente. El 12 de diciembre de 1987 se llevó a Alba Luz, una de mis hermanas menores, quien dejo a su hija Alba Lucía de dos meses. Alba Luz era una socióloga irreverente que disfrutó la vida plenamente. Inmediatamente le dije a mi tutor, el Profesor Wolfgang Kessel, que quería regresar a Nicaragua. Él se opuso: “Si te vas -me dijo- no vas a regresar, te has esforzado mucho y debes terminar el doctorado”. Acepté a regañadientes… porque sabía que tenía razón.

UN DOCTORADO DE SOBREVIVENCIA

Para sobrevivir congelé mis lágrimas. El insomnio se volvió mi compañero, levantarme por las mañanas para ir a la Universidad era una batalla. Por las tardes pasaba horas en la biblioteca intentando escribir con la mente en blanco. Terminar los últimos capítulos fue como subir una montaña porque mi alma estaba en otra parte. Finalmente, haciendo de tripas corazón, defendí mi tesis en noviembre de 1988. No obtuve excelente y, al contrario de mis colegas que hicieron grandes fiestas, yo no hice nada. Estaba agotada, me sentía como si hubiera corrido un maratón y lo único que quería era regresar a mi país.

UN PAÍS DE POSTGUERRA
CON LA HISTORIA ATORADA EN LA GARGANTA

Al regresar a Nicaragua me integré a mi trabajo como docente de Psicología en la Universidad Centroamericana (UCA) de Managua. A partir de 1990 empecé a observar que la dinámica grupal de las aulas reflejaba las historias de los estudiantes y las estudiantes. Había en las aulas quienes habían participado activamente en la Revolución Sandi¬nis¬ta y habían puesto sus energías al servicio de ese proyecto de transformación social, había ex-militares de ambos bandos, muchos de ellos y de ellas habían pasado de ser héroes a ser desempleados. Había también quienes venían con las vivencias del exilio. Cada quien cargaba en su mochila la intensidad de las experiencias de los años 80. Al escucharles me sentía dividida e impotente y me resultaba muy difícil lidiar con esa compleja y contradictoria realidad.

Los escritos del psicólogo social salvadoreño Ignacio Martín Baró me ayudaron a comprender que la guerra es uno de los eventos más brutales que puede sufrir una sociedad y que las secuelas afectan a varias generaciones. La polarización social y la intolerancia política que se manifestaba en las aulas eran síntomas de la postguerra. Éramos una sociedad con la historia atorada en la garganta.

Me fui dando cuenta de que yo no era la excepción. Una vez facilité un taller con líderes comunitarios del Frente Sandinista y de la Resistencia y mientras trabajaba con ellos una pregunta taladraba mi cabeza: ¿Quién de éstos habrá matado a mi hermano Ernesto? Mis emociones eran una clara señal de que el dolor causado por las pérdidas de mis hermanos no había sanado.

EL HURACÁN MITCH
ABRIÓ ANTIGUAS HERIDAS

A partir de 1997 decidí dedicarme con alma, vida y corazón a realizar trabajo psicosocial. Este trabajo consiste en generar espacios donde las personas puedan compartir sus historias de vida, hablar de los eventos que les han causado daño, hablar de eso, de sus duelos, reflexionar sobre las causas y las manifestaciones de esos duelos y de las estrategias adecuadas e inadecuadas de cómo los superaron.
Un momento clave de este trabajo fueron los talleres con sobrevivientes del huracán Mitch, uno de los ciclones tropicales más mortales que pasó en octubre de 1998 por Centroamérica, causando miles de muertos y millones de dólares en pérdidas. Durante varios meses realizamos talleres psicosociales en Chinandega, Posoltega, Condega, San Francisco Libre, Managua y Puerto Cabezas. Rápidamente nos dimos cuenta que las lluvias habían puesto al descubierto no sólo las heridas de la tierra, también las profundas heridas de las personas.

Una noche, después de finalizar un taller, una mujer rural de León se acercó tímidamente y me contó que cuando tenía quince años la violaron al ir a traer agua al río. Un hombre de Posoltega comentó que al quemar los muertos provocados por el deslave del Volcán Casita, el olor le recordaba los cadáveres de la guerra. Un campesino de Condega habló de la depresión que sufría por el abandono y maltrato vivido en su niñez. Muchas mujeres compartieron su tris¬teza por la migración de sus hijos a Costa Rica.

“¿Por qué vienen hasta ahora? -nos reclamó un campesino de Nueva Segovia-, yo regresé loco de la guerra, me divorcié de mi esposa y ahora soy alcohólico”. Y otro: “Mi pa¬¬dre estuvo en la guerra, me cuesta comunicarme con él y me he intentado matar varias veces”. Y una mujer: “Perdí a mis cuatros hijos en el Mitch mientras trabajaba co¬mo em¬plea¬da doméstica en Costa Rica”. Y otra más: “Mi hija se fue a Estados Unidos, me llamó sólo una vez de la frontera, después perdí el contacto con ella, ahora tengo que cuidar a sus cuatro hijos y no sé qué decirles”. Y aquel otro hombre: “Después que me desmovilicé del ejército lo perdí todo, estoy tan acostumbrado a perder que cuando gano me enojo”…

Yo tengo una deuda de amor con esas historias porque en la medida en que me sumergí en ellas inicié un proceso de sanación, me di permiso de llorar por Marlon, por Ernesto, por Alba Luz y también lloré con las mujeres rurales de Estelí y Jinotega, con los jóvenes y las jóvenes de Mateare, San Judas, Ciudad Sandino y el Jorge Dimitrov, con los líderes y las líderes comunitarias de Malpaisillo… Y me di cuenta de cuánto había sanado cuando pude abrazar a doña Martha, una campesina de Nueva Segovia que había luchado contra la Revolución en la Resistencia.

LA CULTURA DEL SILENCIO
Y LAS LÁGRIMAS CONGELADAS

En los años siguientes al Mitch recorrimos casi todo el país escuchando a la gente y aunque había variaciones en los relatos, todos tenían una melodía en común: hombres y mujeres, jóvenes y adultos del campo y de la ciudad cargaban una mochila llena del dolor causado por la pérdida de seres queridos, por la guerra, por el abuso sexual, las violaciones, el maltrato y el abandono, por la migración, el exilio y las pobrezas. Duelos que aún no habían tenido la posibili¬dad¬ de sanar y que afectaban severamente la calidad de su vivir y convivir cotidiano.

A finales de 2002 teníamos un mapa de la subjetividad colectiva nicaragüense que nos permitía hacer esta afirmación, esta formulación: Nicaragua es un país de duelos múltiples. Y nos hicimos muchas preguntas: ¿Por qué las personas han congelado sus lágrimas y puesto candados a las emociones provocadas por todos estos duelos? ¿Por qué han aprendido a callar y a tener vergüenza de hablar sobre lo que les pasó, a creer que sólo a ellas les ha pasado, a no pe¬dir ayuda, a no ser transparentes y a ponerse muchas máscaras? ¿Por qué no le hemos dado al fenómeno de los duelos múltiples la importancia que merece? ¿Por qué socialmente hemos hecho como el avestruz y hemos enterrado la cabeza en la arena? ¿Por qué, a pesar de que estamos pagando una factura social e individual muy alta, la academia le ha dado la espalda al fenómeno de los duelos múltiples y no se incluye en los planes de estudio de las universidades? ¿Por qué las historias de los nicaragüenses y las de las nicaragüenses no aparecen en los marcos lógicos de los proyectos?

Por supuesto, no teníamos todas las respuestas, pero algo si sabíamos. Estos comportamientos ponen de manifiesto la cultura de silencio profundamente arraigada en nuestra sociedad y la enorme ignorancia social que tenemos sobre la importancia de la subjetividad.

El trabajo psicosocial me ayudó a comprender que las lágrimas no lloradas por las generaciones anteriores no han de¬saparecido. Los vivos las cargan en sus cuerpos y el dolor¬ silen¬ciado se manifiesta en muchas enfermedades por¬que el cuerpo habla aun cuando calla. Este dolor se ma¬ni¬fies¬ta en la violencia que azota la cotidianidad de muchos ho¬¬gares, también en el grisissignis, esa enfermedad colectiva que hoy¬ aqueja a comunidades indígenas de la Costa Caribe de nuestro país.

UN PASADO QUE SIGUE VIVO

El pasado está vivo, como lo ha demostrado la terapia sistémica transgeneracional de las constelaciones familiares. Está vivo en las adicciones que padecen muchos de nuestros jóvenes y en los intentos de suicidio porque no se sienten con derecho a estar vivos y carecen de energía para construir sus proyectos de vida porque han tomado prestados los sentimientos de sus padres y sus madres y cargan con sus depresiones.

Los grupos grandes y los grupos pequeños recuerdan el pasado de diferente manera. Pero independientemente de lo que una familia o grupo decida recordar, siempre hay cosas que nunca se mencionan y que muchos preferirían olvidar. Algunos eventos son muy difíciles de digerir, dan mucha vergüenza porque son muy dolorosos y se envían a zonas de silencio.

Algunos de los eventos históricos permanecen no procesados en la memoria colectiva. Esa energía deja huellas en el alma de un país, huellas que se manifiestan en la vida personal de las personas actuales. Y esa situación se agrava a nivel social porque el dolor impide ver, ge¬ne¬rando inercia y un apego acrítico al pasado, tanto en las organizaciones socia¬les como en los partidos políticos.

CÓMO DESCARGAR
LA MOCHILA QUE CARGAMOS

Considero que en Nicaragua ha llegado la hora de darle a los duelos sociales la importancia que merecen. Ahora que sabemos cuánto daño nos causan debemos comprometernos a abrir los candados, a descongelar las lágrimas, a vaciar la mochila.

Para hacerlo necesitamos hurgar en las raíces del autoritarismo, del machismo, de la inequidad y del silencio, para dejar de escucharles, obedecerles y, a partir de ahí, promover formas de vivencia y convivencia que reconozcan, como dice el biólogo chileno Humberto Maturana, que “somos mamíferos de naturaleza amorosa”.

Para lograrlo tenemos mucho trabajo por hacer y propongo algunas sugerencias:
– Honrar y reconocer a todos los nicaragüenses y las nicaragüenses muertas durante las guerras y en nombre de quienes murieron comprometernos a una cultura de paz para que nunca más nuestro país se tiña con sangre de hermanos, como cantamos en nuestro himno nacional.
– Construir unas Ciencias Sociales que reconozcan la importancia de la subjetividad como un elemento clave para la transformación social.
– Lograr que las Universidades integren el fenómeno de los duelos múltiples en sus planes de estudio.
– Continuar trabajando en la prevención del abuso sexual.
– Promover nuevas modelos de masculinidad y de paternidad responsable.
– Propiciar espacios de conversación liberadora y de diálogo intergeneracional que permitan a la gente joven enriquecerse de la experiencia de los mayores y a los mayores, escuchar, acompañar y motivar las aspiraciones y sueños de los jóvenes.
– Implementar metodologías que integren plenamente el cuerpo y nos ensenen a ser honestos y honestas y a conectarnos con nuestras emociones.

SOMOS UN PAÍS DE GENTE JOVEN
CON VIGORES DISPERSOS

La gente joven necesita de una memoria colectiva sanadora que los libere de los dolores del pasado y que los conecte con la sabiduría y el afecto de quienes vinieron antes que ellos.

Las jóvenes y los jóvenes aportan una mirada más fresca del mundo, nos contagian con su energía y su creatividad y nos abren las puertas a nuevas posibilidades de construir sociedades más sanas y más felices. La experiencia de trabajar para la gente joven y la de trabajar con ellos y ellas me ha convencido de que en nuestro país hay sufi¬cien¬tes talentos, recursos y capacidades para asumir este desafío.

Para finalizar quiero leer este poema de Gioconda Belli:

Uno no escoge el país donde nace,
pero ama el país donde ha nacido.
Uno no escoge el tiempo para venir al mundo,
pero debe dejar huella de su tiempo.
Nadie puede evadir su responsabilidad.
Nadie puede taparse los ojos, los oídos,
enmudecer y cortarse las manos.
Todos tenemos un deber de amor que cumplir,
una historia que nacer,
una meta que alcanzar.
No escogimos el momento para venir al mundo.
Ahora podemos hacer el mundo
en que nacerá y crecerá
la semilla que trajimos con nosotros.


PSICÓLOGA ESPECIALISTA EN TRAUMA SOCIAL.

Ver http://www.envio.org.ni/articulo/1190

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