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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 384 | Marzo 2014
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Nicaragua

TECHO: Algo más que una moda

Después de pasar un año como voluntario de TECHO descubrí que hay mucho que contar sobre este organismo y su trabajo. ¿Cómo logran una base tan grande de voluntarios jóvenes? ¿De qué clase es el compromiso que adquiere la juventud con el organismo y con las familias con las que trabajan? ¿Es TECHO sólo una moda? Con estas preguntas en mente, me acerqué a esta experiencia.

Harold Bellanger

En Nicaragua se habla mucho del bono demográfico -se está reduciendo la natalidad y aumenta el número de la población joven en capacidad de trabajar-, insistiendo en que debemos “aprovecharlo”.

¿UNA JUVENTUD APÁTICA?

Un millón 800 mil jóvenes representamos el 30% de la población total de nuestro país. Desde esta realidad, relativamente nueva, no son pocos los que consideran que esta etapa es de vital importancia para asegurar el desarrollo, ya que el bono demográfico significa un rango importante de población con energía para aportar activamente al desarrollo económico, social, político y cultural en distintas tareas, una juventud capaz de producir y de sostener con su trabajo a la población en edades más avanzadas, que también está incrementándose.

¿Qué puede hacerse en este supuesto período de gracia si su protagonista, la juventud, no comparte esa euforia? Según un estudio que hizo en el año 2011 el Centro para la Información y la Comunicación (CINCO), titulado “Jóvenes y cultura política en Nicaragua – Generación del 2000”, menos del 30% de los jóvenes se consideran “felices”. Si esto es cierto, más de un millón de jóvenes viven inconformes e insatisfechos con su situación o con la situación del país. Lo llamativo es que su inconformidad o su insatisfacción no los mueve a luchar por cambiar las cosas. En el estudio se les presentó una lista de once actividades, preguntándoles a cuáles dedicaban su tiempo libre. Las actividades políticas y los trabajos sociales no aparecieron.

¿A qué se deben los síntomas de apatía en la juventud? ¿Acaso los jóvenes nicaragüenses carecen de espacios para expresar sus inconformidades y para proponer y trabajar alternativas de cambio? ¿No enfocan sus energías en ninguna “causa”?

Después de pasar un año como voluntario de TECHO sentí que hay mucho que contar sobre este organismo y su trabajo. TECHO tiene ya suficiente “presencia escénica” en Nicaragua, pero más interesante de lo que puede verse a simple vista, es analizar lo que no es tan visible y lo que puede revelarnos sobre los jóvenes que participan en esta iniciativa. ¿Cómo logra TECHO trabajar con una base tan grande de voluntarios jóvenes? ¿De qué clase es el compromiso que adquieren con el organismo y con las familias con las que trabajan? ¿Es TECHO sólo una moda? Con estas preguntas en mente, hablé con algunos de sus directores y voluntarios permanentes y asistí a diversos talleres.

TECHO NACIÓ EN CHILE

En 1997 el sacerdote jesuita Felipe Berríos fundó en Chile la ONG Un Techo para Chile. En todos los países a donde se extendió la iniciativa comenzó llamándose Un Techo para mi País, hoy en todas partes se llama simplemente TECHO.

Después de 16 años de trabajo, TECHO se ha convertido en una verdadera transnacional. Tiene presencia en 19 países latinoamericanos, cuenta con oficinas para recaudar fondos en Estados Unidos y en Inglaterra y dispone de una envidiable red de relaciones internacionales. TECHO puede presumir de ofrecer oportunidades de “movilidad internacional” a sus miembros, algo habitual ahora en las universidades, que buscan atraer estudiantes ofreciéndoles la posibilidad de matricular un semestre en el extranjero. En la actualidad, Panamá, Chile, Haití y República Dominicana cuentan con algún director o directora de TECHO que son nicaragüenses.

Aunque nació con el objetivo de proporcionar una vivienda digna a la población más pobre de los asentamientos de Chile, el crecimiento y la madurez desarrollados a lo largo de años decidió a TECHO a aventurarse en nuevas tareas. En la actualidad, Techo Chile, la más antigua y experimentada, cuenta con un centro que publica investigaciones realizadas por los jóvenes, siempre sobre temas relacionados a los problemas de los asentamientos en donde viven las familias más pobres. El acompañamiento que semana a semana desarrollan en los asentamientos, en las que llaman “mesas de trabajo”, nutren esas investigaciones.

TECHO LLEGA A CENTROAMÉRICA

TECHO entró en Centroamérica por El Salvador el año 2001. En Honduras tiene poco más de tres años de existencia. A Guatemala y Nicaragua llegó en 2008. Del número de jóvenes que movilizan en cada actividad y del número de voluntarios que participan, sea en la construcción de viviendas o en las encuestas o en las colectas, se lleva un control detallado. Así han contabilizado un número, bastante cercano al real, del total de jóvenes con los que han contado desde que TECHO llegó a cada país hasta hoy. Encabezando la lista se encuentra El Salvador con 17,421 jóvenes. Le sigue Nicaragua (12,500), Panamá (3,681) y Honduras (2,900).

Matías Miguens, Director de Comunicación, me comenta que TECHO Guatemala ha logrado establecer un récord latinoamericano de recaudación en colectas de calle y donaciones de empresas. En 2011 lograron 1 millón 300 mil dólares, triplicando los 300 mil que había logrado Argentina ese mismo año.

El contacto y el intercambio entre las distintas sedes es una tarea importante para mejorar debilidades y aprender unos de otros. Los directores comparten datos e intercambian experiencias por videoconferencias o viajando cuando lo permite el presupuesto.

TECHO SE ESTRENA EN NICARAGUA

Nicaragua fue el país latinoamericano número 14 al que llegó TECHO. En un inicio fueron sólo unos cuantos estudiantes universitarios quienes construyeron las primeras cinco “viviendas de emergencia”. La organización llama así a las viviendas que desde entonces han construido en nuestro país. Son casas de 3 por 6 metros, con una puerta y cuatro ventanas, levantadas siempre sobre gruesos pilotes de 1 metro y medio de altura, para prevenir las inundaciones que habitualmente sufren las familias que viven en los asentamientos.

En Nicaragua TECHO inició con apenas 70 voluntarios, todos amigos y amigas, conocidas o conocidos, no tan organizados como lo están ahora, cuando la media de voluntarios que participan en las actividades masivas de construcción de esas viviendas difícilmente desciende de los 200. En Nicaragua ya se han construido más de 1,360 viviendas de emergencia hasta febrero de 2014.

UNA OFICINA ALEGRE Y AUSTERA

Al entrar a las oficinas de TECHO, en una casa alquilada en el reparto Los Robles, de Managua, dos detalles me llamaron de inmediato la atención. El primero, la decoración juvenil del lugar, para nada oficinesco. En las paredes, pintadas de blanco y azul, hay afiches con frases que motivan y llaman la atención del visitante. Una pared tiene pegado un plástico que hace función de pizarra donde se anotan las actividades de cada mes en el año. En otro mural se cuelgan textos sobre temas sociales para que los visitantes lean. Hay carteles más pequeños con datos: cantidad de mesas de trabajo, casas construidas, jóvenes movilizados, todos ellos con dibujos y colores.

También percibí austeridad. Los muebles son todos reutilizados, la oficina tiene sólo dos computadoras de mesa y el resto son las que cada quien lleva. También llevan sus cámaras fotográficas y hasta ventiladores para soportar el calor. La organización no tiene vehículo propio y en los días de colecta los voluntarios que pueden prestan los suyos y siempre se les reconoce el gasto en combustible.

¿Con qué personal cuentan? Hay una Directora del Área Social y otra del Área Comercial. Esas dos áreas coordinan diversas direcciones: Detección y Asignación, Construcción, Desarrollo de Fondos, Administración y Finanzas, Dirección Social, Habilitación Social, Legal, Comunicación y Formación y Voluntariado. Estos directores son los únicos que tienen un trabajo fijo y perciben un salario, que varía entre el equivalente a 450-750 dólares. Y aunque está estipulado que algunos trabajan medio tiempo, para poder reunirse con los voluntarios es necesario destinar las ocho horas laborales o un poco más.

TECHO no es una organización donde se aspire a conseguir un trabajo fijo y estable. Un estudiante universitario recién graduado podría intentar obtener el puesto de director de algún área después de uno o dos años de voluntariado.

UNA JERARQUIA NO CONVENCIONAL

En la oficina, los espacios de trabajo no tienen división. Las reuniones pueden hacerse tanto en el retirado cuarto del fondo como en la sala central. Y cuando la oficina se llena de gente antes de las actividades masivas, la distracción es segura y el ambiente puede volverse caótico. Algunos trabajan en materiales para repartir en la próxima colecta, otros hacen llamadas a cada uno de los posibles 200 voluntarios porque hay que confirmar uno a uno… Algunas, ya cansadas, se dedican a platicar, otros escuchan música. Mientras uno inserta datos a la computadora o edita algún video para la próxima campaña institucional, las pláticas del resto y los recién llegados siempre dan ocasión para detenerse un rato a platicar y prolongar así lo que se está haciendo. La concentración resulta difícil.

El costo de este ambiente juvenil y atractivo son las distracciones, que interfieren continuamente el trabajo. Tuve la impresión de que para estos muchachos y muchachas el problema no es tener mucho trabajo, mientras eso no signifique estar solos y en silencio.

Que los “jefes” sean otros jóvenes no deja de ser un plus y en TECHO, donde los doce directores de las distintas áreas promedian los 23 años, la jerarquía no funciona en absoluta de modo convencional. En ocasiones eso entorpece el desarrollo del trabajo. La impuntualidad y las tareas asignadas e incumplidas no pueden ser sancionadas porque el trabajo es voluntario. Pude observar lo ardua que resulta la lucha de los responsables para cambiar en la juventud la idea de que el voluntariado no es un favor o una donación que se toma a la ligera sino un compromiso adquirido.

Gestionar y coordinar recursos humanos siempre resulta complicado. En TECHO puede serlo aún más. Los jóvenes directores, la mayoría mujeres, aprenden a dialogar, a escuchar y a animar a sus voluntarios. Sienten que deben mantener los ánimos en alto y transmitir un ambiente positivo. Muchas estrategias de comunicación las van desarrollando con el objetivo de acomodarse a lo que mejor funciona con la gente joven. Y si en las universidades existe una continua lucha -a menudo infructuosa- para que los estudiantes lean, en TECHO sucede lo mismo. Sabiendo esto, la formación la transmiten con charlas y actividades divertidas, sabiendo que el objetivo es mantener la atención.

DE LA AVENTURA AL COMPROMISO

En el voluntariado de TECHO hay universitarios, unos cuantos graduados y también pobladores de las comunidades que quieren colaborar. El área de Formación y Voluntariado tiene claro que en un inicio la sensibilidad social o el grado de concientización de los jóvenes que llegan a TECHO varía mucho y que se debe trabajar bastante con ellos y ellas. Escuché de los responsables que los jóvenes de secundaria que participan no acaban de darse cuenta de la magnitud de las desigualdades sociales que existen en Nicaragua.

Según William Pavón, un universitario que, como voluntario permanente del área de Formación y Voluntariado, se encarga de la comunicación y convocatoria de los muchachos de secundaria, “lo que les mueve es la curiosidad, salirse de su entorno y de su zona de confort buscando una aventura”. Reconoce William que lo que más le motiva a él es ver ese momento en que esa búsqueda de aventura se convierte en algunos en un compromiso. “El trabajo que hacemos con ellos es continuo -dice-, tanto en las comunidades de los asentamientos como dentro de sus colegios. Aquí aprenden a desarrollar habilidades: trabajo en equipo, liderazgo y comunicación. Hay que tener paciencia, el cambio nunca se da de un día para otro”, me dice.

Quise saber si no le resultaba desgastante trabajar cada año con muchachos nuevos. “Pues no -afirma convencido-. Siempre encuentro jóvenes sin mucho interés, pero eso no me desanima porque yo sé que encontraré voluntarios. Hay que darle a cada uno su tiempo y su espacio”. Como es joven, William entiende cómo son los muchachos y las muchachas a esas edades y sabe hasta dónde puede exigirles sin presionar. Comprenderlos, y la profunda convicción que tiene de poder incidir en ellos, le permite perseverar en un trabajo que para otros sería muy agotador anímicamente.

En los relatos de los jóvenes sobre su debut en TECHO resaltan los elementos de aventura espontánea que tuvo ese estreno. Tito Castillo, un estudiante de secundaria, recuerda que no planeó participar en la primera construcción a la que llegó. “Estaba de vacaciones -me contó- y de casualidad jugaba en la casa de mi primo. Él me invitó y me contó que nos quedaríamos a dormir durante el fin de semana. Me gustó. No sabía a lo que iba, le pedí prestada ropa y fui con una toalla de Ben 10 y allí, en medio de aquella pobreza, esa toalla me dio mucha pena. Ya una vez allí, en la construcción, tuve un jefe de cuadrilla que fue excelente. Me dejó asombrado”.

LA JORNADA ANUAL
DE LA COLECTA EN LAS CALLES

La jornada anual de colecta suele ser la actividad en la que se inician los jóvenes de secundaria. No todos cuentan con la edad mínima para ir a las construcciones o sus padres no les dan permiso. A la edad de 15 años, cuando empiezan, TECHO les resulta una actividad llamativa, que ven como una diversión, una tendencia o una moda. Saben que la colecta es para recaudar dinero para una buena obra y saben que participando en la colecta cumplen con las horas sociales del colegio. Generalmente, el principal motivo para participar es pasar horas extra en la calle con los amigos y conseguir una camiseta que diga que participaron.
El día de la colecta esa juventud llena las calles de Managua desde las 7 de la mañana hasta las 5 de la tarde. Pasan varias horas de pie bajo el sol o la lluvia. Y aunque no falta quienes se quejan del cansancio, trabajan con responsabilidad y orden.

Para que ese día de la colecta sea exitoso, en las semanas previas se han invertido muchas horas de planificación: elaborar listas de contactos, comunicarse con los colegios, ubicar las zonas en donde estará cada grupo. Ese día le toca a los jefes de grupo velar porque se cumpla el trabajo y por la seguridad de tantos jóvenes en las calles. Los días de colecta se nota mucha proactividad, mucha de la energía y la disponibilidad que quizás falta otros días en los salones de clase.

De estas primeras actividades saldrán los futuros voluntarios permanentes. Porque siempre hay un grupo que, al terminar la actividad, se anima a preguntar cuál será la siguiente tarea o como podría ayudar en otra. Y aunque no son mayoría quienes al término de la colecta se acercan a ofrecerse para futuros trabajos, los directores de TECHO y los voluntarios permanentes tienen claro que depende de ellos que los muchachos y las muchachas vuelvan y quieran seguir. Saben también que la colecta, por exitosa que sea como medio para financiar en parte las construcciones, no es el principal objetivo de TECHO.

EL OBJETIVO
ES DARLES UN TECHO

En todos los países, el principal objetivo de TECHO es mejorar la vida de la gente en los asentamientos, en esas zonas urbanas, semiurbanas o rurales en donde viven las familias más pobres, en condiciones muy deficientes. TECHO caracteriza a los asentamientos así: lugares que “albergan a ocho o más familias que viven en condiciones precarias de habitabilidad, con posesión irregular de terrenos y carencia de al menos uno de los servicios básicos”.

Ya sabemos que Nicaragua es el segundo país con mayor pobreza en América Latina después de Haití. Pero, generalmente, cuando se piensa en pobreza, lo primero en lo que se piensa es en la comida, en la falta de salud, en la falta de educación, en el desempleo… La vivienda no aparece tan frecuentemente como una prioridad. Se le da un nivel secundario de importancia.

Para TECHO no es así. Una vivienda pequeña, esas viviendas de emergencia, pueden asegurarle a esa familia pobre la posibilidad de resguardar lo poco que tiene y pueden garantizarle tranquilidad para pensar en otras necesidades. Tener un techo bajo el que protegerse permite priorizar otras cosas.

LA IMPORTANCIA
DE LAS MESAS DE TRABAJO

En Nicaragua, las mesas de trabajo, que comenzaron a desarrollarse en Chile para cercarse a la población de los asentamientos, son recientes. Para contribuir a ésta área vino desde Chile Anne Siebert, quien se encarga de visitar cada fin de semana distintos asentamientos del país, en donde analizan con las comunidades los problemas que enfrentan.

Las mesas de trabajo funcionan a distintos ritmos. No pretenden homogeneizarlas, tampoco presentarlas como “casos exitosos” que demuestren las bondades de alguna metodología. Percibí en este modo de trabajar una diferencia con otras ONG, que desarrollan tareas puntuales con una inyección de capital garantizado y con metodologías previamente establecidas y definidas.

En las mesas de trabajo que promueve TECHO es la misma comunidad la que decide el trabajo y la que lo desarrolla. Cada comunidad identifica sus prioridades y se organiza. Toda propuesta es válida y TECHO actúa sólo como mediador y facilitador de información. Los voluntarios no llegan a “iluminar” a la comunidad con metodologías o argumentos creados por expertos del desarrollo. De la comunidad nacen las ideas y el ritmo para realizarlas también lo pone la comunidad.

LA CLAVE:
UN TRABAJO VOLUNTARIO

Es obvio que muchas de las actividades que realiza TECHO no son originales, pues son muchas las ONG que han trabajado en Nicaragua con iniciativas valiosas durante muchos años. Tampoco puede decirse que, por tener una agenda más libre, el trabajo que realiza TECHO requiere de menos esfuerzo. De muchas maneras, también TECHO es como otras ONG: trabaja consiguiendo fondos para invertirlos de manera organizada en mejorar la vida de las familias más pobres de Nicaragua.

Bajo este común denominador, lo interesante de la experiencia de TECHO, lo que constituye su principal diferencia con muchas ONG, es que se trata de una organización que descansa sobre el trabajo de voluntarios, todos jóvenes y casi todos trabajando sin ganar un centavo. Voluntarios que buscan fondos, organizan, hacen publicidad y ponen su mano de obra.

En un país tan pobre como Nicaragua, y sin dar un incentivo económico o de otro tipo, ¿cómo logra TECHO atraer a tantos jóvenes? ¿Cómo logra que mantengan su compromiso?

Entre los horarios de clases, los deberes y la diversión, los jóvenes voluntarios de TECHO deben apartar tiempo para las reuniones y para el trabajo de voluntariado. Más allá de los dos o tres fines de semana y los tres primeros días de la semana santa, que pasan cada año en las jornadas de construcción, tienen el compromiso de asistir regularmente a las oficinas a reuniones al final de la tarde, también los sábados. Aunque estas reuniones, en donde se invita a expertos para dar alguna charla, no se logran aún con la regularidad deseada, tantas horas de convivencia afianzan la amistad entre los voluntarios.

La directora de Formación y Voluntariado es consciente de que a TECHO se le mide más por el número de viviendas construidas cada año que por estos esfuerzos de formación. Mientras más viviendas, más exitoso es el año. A Sabrina le preocupa esta idea, porque TECHO quiere ser un medio de transformación, educación y concientización de la juventud, un objetivo más difícil de medir que el número de casas construidas.

El trabajo de los directores es de lunes a viernes. Sábados y domingos están en las mesas de trabajo en los asen¬ta¬mientos. Saben todos que para lograr los objetivos de TECHO necesitan de los voluntarios permanentes. En las dos campañas de construcciones masivas, la del mes de diciembre y la de semana santa, así como en las campañas de construcción más pequeñas, hay que asignarles muchas tareas a esos voluntarios y a esas voluntarias. Es una responsabilidad, es un desafío y hasta es un arte.

ANTES DE PONER EL TECHO

La vivienda de emergencia no es totalmente gratis para la familia. En TECHO tienen la convicción de que lo que se regala no se aprecia o no se cuida. Entonces, para que una familia de un asentamiento pueda asumir el contrato de construcción y pagar los 2 mil córdobas (equivalentes a menos de 100 dólares) que le “costará” la vivienda, debe ser seleccionada a través del proceso de asignación, que inicia semanas antes de la construcción con encuestas que los voluntarios realizan para medir la situación de la familia en términos cuantitativos. Le sigue otra encuesta, más abierta y que mide parámetros cualitativos.

Después, los voluntarios deliberan y eligen a las familias a las que les construirán su casa. Los voluntarios debaten con estas familias aspectos económicos, para que sean capaces de cubrir los gastos de la casa y los de todos los días. Antes de la jornada de construcción, cada fin de semana llega un par de voluntarios a reunirse con las familias asignadas. A los voluntarios se les enseña que no llegan a enseñar o a capacitar, sino a compartir y a platicar sobre un mejor manejo del dinero.

La colaboración con las comunidades ha logrado que jóvenes de los asentamientos también se hagan responsables de actividades de TECHO en sus barrios o en otros. Es un camino para modificar la forma en que perciben a quienes llegan hasta el asentamiento a construirles casas. Desde 2012 TECHO cuenta con Jimmy, quien se hizo responsable de la contabilidad y del mantenimiento de las herramientas de construcción. Su familia recibió una vivienda de emergencia y Jimmy decidió dedicar parte de su tiempo al voluntariado.

CÓMO SE ORGANIZA LA CONSTRUCCIÓN

Terminado el proceso de selección de las familias inicia el proceso de la construcción. Los jefes de escuela conocen ya a las familias varios días antes de la jornada de construcción. Otros, los jefes de construcción, visitan cada vivienda mientras dura la construcción. También son responsables de garantizar todos los materiales, de las herramientas, de pesar los clavos. De ellos depende que no falte nada en esa jornada. Ya durante la construcción les toca evaluar la calidad del trabajo que están haciendo los muchachos y animar a las cuadrillas de construcción que vayan más lentas.

Los jefes de cuadrilla tienen a su cargo tres, cuatro o más jóvenes. Velan por la calidad de la vivienda de cada familia y coordinan las tareas de cada cuadrillero bajo su responsabilidad. Los intendentes se encargan del orden y de cocinar la comida de los jóvenes constructores. Como la jornada de construcción puede durar más de un día, son necesarios lugares de alojamiento. A veces son escuelas públicas, otras veces escuelas privadas o centros comunitarios. Los intendentes son responsables de esos lugares. Los jefes de trabajo se movilizan de una a otra escuela, coordinando a los jefes de escuela.

Las responsabilidades de jefes de trabajo, de escuela o de cuadrilla, exigen un cuidado considerable. Aun sabiendo esto, muchos jóvenes se molestan si no tienen alguna responsabilidad durante la construcción. Muchos aplican a alguna y hasta la solicitan. Algunos se molestan si no se les asigna nada. Cuando hay un primerizo su inexperiencia se compensa con algún experimentado. La asignación de responsabilidades es el resultado de evaluaciones que hacen los propios voluntarios.

Para adquirir alguna de estas responsabilidades nadie firma ningún contrato. Muchos acuerdos surgen de pláticas fuera de la oficina o de los horarios laborales. En una ocasión escuché cómo Sabrina, la directora de formación y voluntariado, le preguntaba a Yasser, jefe de escuela de Estelí, durante el almuerzo si se “apuntaba” a ser jefe de trabajo en la jornada de construcción de la semana santa de 2013. “Primero -le dijo Yasser- tengo que ver si me dan vacaciones esos días en el call center. Y si me las dan, ¿quién sería mi co-jefe o co-jefa?” Sabrina le contestó que podría ser William, pero luego le dijo que si no tenía tiempo podría ser entonces coordinador de colecta. A Yasser le gusta más convivir con la comunidad. “¿Cómo hacés para convocar a tantos chavalos?”, le pregunto. “Hay una técnica - responde sonriendo Sabrina-, comenzás seis meses antes”.

HACIA LA JORNADA DE CONSTRUCCIÓN

Relataré cómo funciona una jornada de construcción. Reunidos en el punto de encuentro -en esa ocasión fue el Colegio Teresiano de Managua-, se espera a que lleguen todos los voluntarios inscritos. Muchos, no inscritos, llegan hasta una hora antes a pagar su cuota (cantidad con la que cubren el transporte y alimentación de los días de construcción), lo que siempre retrasa la hora de salida.

Es viernes en la tarde y se espera que lleguen los estudiantes del turno vespertino, incluso los del turno de noche y algunos pocos que ya no son estudiantes y salen de su pasantía o de su trabajo. Finalmente, reunidos los 270 voluntarios se les presentan videos previamente preparados sobre cada asentamiento a los que cada grupo irá a trabajar. Algunos incluyen una breve entrevista al líder o lideresa de la comunidad o a alguno de los pobladores.

Después, los jefes de escuela se presentan y hablan de las familias a las que les construirán las viviendas. El ambiente es muy animado, como si se prepararan para una fiesta. “¡Hagan una bulla los de la escuela El Belén!”, grita el jefe de escuela. Desfilan los nombres de las escuelas en donde pasarán la noche. Cada grupo hace su bulla. Para mi sorpresa encontré algunos muchachos que iban solos, sin ningún amigo o amiga y no sólo por ser primerizos, también habían sido ya voluntarios en otras jornadas. Siempre pensé en grupos de amigos inseparables, pero también hay muchos que llegan sin conocer a nadie, con el ánimo de hacer nuevos amigos y hay otros que repiten por fidelidad a esta causa.

Salen del colegio ya de noche. Comen cualquier chuchería que compraron antes, lo que me dejó con hambre porque no supe antes que no habría nada para cenar. Al llegar a la escuela en donde dormirán, sea en Chinandega, en León, en Masaya o en cualquier otro lugar del país, bajan mochilas, colchones, barras, palas, las herramientas de construcción. Unos cuantos corren para escoger el mejor lugar donde poner su colchón, su hamaca o el sleeping bag que trajeron. Algunos prefieren dormir al aire libre.

Cuando todo está en orden ya son las 10 de la noche. Entonces, los jefes de escuela presentan a los intendentes, a los jefes de construcción y a los jefes y jefas de cuadrilla. Luego, cada quien debe presentarse: su nombre, su edad, lo que estudia y el color que lo representa. Los verdes son los que no tienen pareja, los amarillos los que no están muy seguros y los rojos los que ya están formalizados. Se rompe el hielo fácilmente, se bromea y se debate sobre algunos conceptos previamente preparados por los jefes de escuela para que tomen conciencia: exclusión, oportunidad, género, censura….

Casi llegando a la medianoche ya se piensa en dormir porque a las 5 de la mañana todos deben estar despiertos. Algunos se quedan platicando y tocando guitarra, otros ya roncan. En general, se consigue un buen grado de disciplina. Las reglas son muy estrictas: no alcohol, no sexo y nada de drogas. Tampoco está permitido saltarse las actividades de formación que acompañarán la jornada.

CÓMO SE LEVENTA UN TECHO

Al día siguiente, puntualmente, los intendentes preparan el desayuno y despiertan a los constructores con gritos, música estridente o sonando las pailas de cocina. Medio dormidos se despabilan y desayunan. Después de alguna dinámica de juego, a las 7 de la mañana ya están cargando barras, palas, tablas, clavos, y también la comida que la familia preparará para el almuerzo.

Cada cuadrilla llega hasta su respectiva familia, con la que trabajará esos días. Cada uno se presenta y hacen preguntas indispensables: ¿En qué dirección quiere su casa? ¿Pasa alguna tubería por aquí?. Son necesarias: ya han roto tuberías de agua y han empezado a levantar viviendas en la dirección equivocada, que posteriormente tuvieron que cambiar.

En el punto más alto se debe colocar el pilote maestro. Después de medir, se colocan los otros tres pilotes. Con eso ya están los soportes de las cuatro esquinas de la casa. El proceso es un poco lento al inicio, pues se cuida mucho que el “cimiento” de la casa, lo que será su base, sea firme y segura. Los jefes de construcción van de una a otra casa en construcción para asegurarse que los pilotes estén bien fijos. “Éste está muy flojo, sacalo y volvelo a hacer”, dicen a menudo. Cuando están los cuatro pilotes asegurados, se marcan otros once puntos donde también irán pilotes. En este trabajo, el más duro, la mayor de las suertes es encontrar suelos planos y no muy pedregosos.

A menudo, jóvenes de la familia a la que se le construye la casa ayudan, lo que agiliza mucho el trabajo. En ocasiones, la familia desmontó su champita, hecha con ripios, plásticos y tablas podridas para tener todo listo cuando llegan los jóvenes de la cuadrilla. En estos casos, duermen al raso esa noche y también el primer día de la construcción.

Durante la jornada el asentamiento se llena de gente y llegan niñas y niños a querer ayudar. Apenas se le pone el piso a la casa, el primero en entrar a buscar sombra es el perro de la casa.

Después de asentar los pilotes, la tarea más difícil, la que más esfuerzo requiere, la estructura de la vivienda es más fácil de montar. Las paredes se levantan con paneles de madera. A veces cuesta cortarlos porque el serrucho tiene poco filo. Puestas las paredes de tablas se pone el techo con láminas de zinc, mientras otros trabajan en la puerta y las ventanas. El techo debe quedar muy ajustado, para evitar goteras que luego habría que reparar.

Cuando la casa está lista, se clava una cinta azul en la puerta. La cortan el padre o la madre de familia y se les hace la entrega oficial. Todos, quienes construyeron la casa y quienes la habitarán, dicen algunas palabras. El momento es muy emotivo.

ENTRE BROMAS Y CONCIENCIA

En las jornadas de construcción surgen siempre un sinnúmero de anécdotas divertidas. Siempre hay bromas para los nuevos voluntarios. Vi cuando mandaban a unos novatos hasta otra cuadrilla a conseguir la “aguja” para coser el piso. Después de media hora vuelven sin esa aguja y les esperan las risas de los experimentados.

El sabor de los desayunos y cenas cocinados por los intendentes es también ocasión de bromas… y cuestión de fortuna. En ocasiones comen huevos sin sal o con cáscara y frijoles repletos de gorgojos.

La hora del almuerzo con la familia es un momento de mucha importancia y siempre se busca que la dueña de la casa y sus hijos se sienten a comer con los voluntarios. Generalmente tienen que sentarse por turnos porque nunca hay suficientes sillas o en la mesa no hay espacio para todos. Durante ese rato ambas partes enseñan, aprenden y se enriquecen. Se platica de cualquier tema: trabajo, percances sufridos, momentos buenos vividos. Es a partir de estas pláticas que muchos jóvenes reconocen haber tomado conciencia de qué es la pobreza.

Algunas familias son muy expresivas y sensibles, agradecen y lloran al finalizar la construcción. A Thaís Rodríguez, la niña de la casa le regaló una carta donde le decía que ahora ya tendría dónde hacer sus tareas. Hasta comprometerse a ir a la primera construcción, Thaís me cuenta que rechazó la invitación a tres construcciones previas. No tenía ni ganas ni interés. Tras mucha insistencia, sus amigos la llevaron cargada hasta el kiosko de TECHO en la Universidad Americana y cuando la aterrizaron allí le dijeron que firmara ya su compromiso o que ya nunca más iría a ninguna actividad. Acabó yendo y hoy lleva ya cinco años levantando casas como voluntaria.

EL INEVITABLE AMBIENTE POLARIZADO

Laura Lacayo, la Directora Social de TECHO afirma: “Trabajamos de forma articulada con todos los actores que quieran aportar a la superación de la pobreza”. Entienden que el rol del Estado y del gobierno es indispensable para lograr soluciones integrales.

En la práctica, la mejor comunicación la han logrado entre los jóvenes voluntarios con los líderes comunitarios, con algunos representantes del partido de gobierno o con miembros de los Gabinetes de la Familia, Salud y Vida, también oficiales. TECHO busca, de manera persistente, trabajar en espacios abiertos que permitan la participación de toda la población sin ninguna exclusión. Laura describe la relación con el gobierno y con los alcaldes como algo esporádico y comenta que en algunas municipalidades existe apertura con las alcaldesas, los alcaldes y las oficinas de urbanismo.

Las experiencias de relación con las autoridades son variadas. En Jinotega, TECHO tuvo que cancelar unas construcciones porque la alcaldía les notificó que la zona en donde iban a hacer las viviendas era de alto riesgo por los deslizamientos y las familias que vivían allí serían reubicadas, aunque meses después de la notificación no tenían ni fecha ni zona para esa reubicación. Una experiencia como ésta ha sido una lección: más cautela al tomar la decisión de dónde construir.

Entre las malas experiencias recuerdan la de la semana santa del año 2012. TECHO contaba con los permisos para utilizar seis escuelas públicas ubicadas en cuatro barrios de Managua, pero a mitad de la jornada de las construcciones, funcionarios del Ministerio de Educación y del Ministerio de Salud llegaron a desalojar a los jóvenes. Sin presentar ningún documento oficial, entraron a fumigar la escuela, afirmando que había una emergencia a causa del mal de Chagas. Jóvenes de barrios cercanos también llegaron a presionar e intimidar. Los jefes de escuela se movilizaron para buscar otras escuelas donde alojarse y cumplir el compromiso con las familias. La fumigación comenzó estando todavía los muchachos dentro de la escuela. Al final, nada detuvo las construcciones y esos días se levantaron cumplidamente las 85 viviendas programadas.

PREJUICIOS, CRITICAS, DUDAS ...

TECHO se ha posicionado en el imaginario nacional por una activa presencia en los medios de comunicación nicaragüenses. Esto ha provocado las más diversas opiniones sobre esta iniciativa, muchas de ellas prejuiciadas.

Quise comenzar averiguando qué pensaban los jóvenes de TECHO antes de unirse a la organización y participé en un taller con unos 25 voluntarios antiguos y recientes. Lo organizaron Gabriela Montiel, antropóloga y voluntaria, y Sabrina Vega, la directora de Formación y Voluntariado. El resultado sirve de base para el primer estudio de posicionamiento enfocado a universidades que realiza TECHO a nivel latinoamericano.

En el taller, muchachas y muchachos se sinceraron. La mayoría confesó no tener un buen concepto de la organización antes de unirse a ella. Esa percepción es la de otros muchos jóvenes e incluso la de muchas familias de quienes son voluntarios. En un país tan politizado y polarizado como Nicaragua, la organización no se salva de ser malinter¬pre¬tada. “De todo se ha dicho de nosotros -comentan-, que a TECHO sólo van niños ricos y culitos rosados, que somos asistencialistas y derechistas”. Pero no existe una sola ideología político-partidaria entre los jóvenes de TECHO. Tampoco pertenecen a una sola clase social. TECHO respeta la diversidad y el pluralismo más que otras instituciones del país.

La organización tampoco se salva del escepticismo que reina en una sociedad en la que es difícil creer que exista gente dispuesta a trabajar por el bien común sin recibir algo a cambio. Algunas personas están convencidas de que TECHO es una organización cuyo fin es el lucro y comentan: “Mientras el gobierno regala láminas de zinc para los techos de los más pobres, ustedes los venden”. Hasta hay amigos de los voluntarios que les insinúan que algo estarán ganando.

LA VALIOSA TERQUEDAD JUVENIL

Algunos ponen en duda la calidad del trabajo que realiza TECHO al saber que entre los responsables ninguno pasa de los 30 años, lo que pone en evidencia que el insistente discurso sobre el bono demográfico es incompatible con la cultura adultista de los nicaragüenses.

La discriminación generacional pesa mucho en nuestra sociedad. A la juventud se la asocia con mano de obra barata y de poca experiencia. Muchos jóvenes profesionales lo pueden testificar. Pocos adultos creen capaces a los jóvenes de cumplir con compromisos y obligaciones sin la supervisión de alguien mayor. “Sin duda, una organización liderada por jóvenes tiene sus retos en Nicaragua”, reconoce Laura. Constantemente la gente se sorprende al tratar con ella, una Directora Social tan joven. Ella no se molesta, entiende que los mayores tienen sus ideas y acepta que le quiten valor a lo que la juventud hace y propone.

Muchos piensan que TECHO es un organismo que sólo es capaz de movilizar a jóvenes o de manejar tecnologías nuevas. Para la directora, la propuesta no es sólo para la juventud, es también para las familias y líderes comunitarios de los asentamientos.

Otros critican a TECHO por aceptar dinero de “empresas sucias”, que disfrazan su afán de lucro con la etiqueta de la responsabilidad social empresarial. También dicen que TECHO no es más que una buena excusa para que los chavalos conozcan chavalas. Y viceversa.

Ante tantas críticas, resulta aún más valiosa la terquedad de los jóvenes, que persisten y se ríen de esas críticas. ¿Rebeldía juvenil? Tal vez. Estos jóvenes expresan con esa rebeldía que tienen claro que lo que hacen vale la pena. Asocian a TECHO con aprendizaje, con cambio, con crecimiento, con convicción. La mayoría le atribuye haber sido el punto de partida para una nueva visión, para un despertar a la realidad camuflada de la pobreza. Consideran que la inclusión y la tolerancia que han aprendido es ya una característica importante de su nueva forma de ser.

LA POBREZA Y EL LIDERAZGO QUE VEN

Para la juventud, lo primordial en el aprendizaje y en el crecimiento personal es encontrarse con las familias pobres. Ese contacto, ese acercamiento, que de otra manera resultaría casi imposible, es lo que más les impacta.

Durante las construcciones los jefes de escuela hacen énfasis en analizar la realidad de esas familias. Dialogan, debaten, desentrañan cada noche los prejuicios con los que llegan a los asentamientos, buscando que todos, también las calladas o los tímidos, participen en la plática. A esas horas no faltan quienes se quejan del cansancio y preferirían dormir, porque un día de construcción puede iniciar a las 5:30 de la mañana y acabar a las 11 de la noche. Pero todos participan.

Fuera de las fechas de construcción el área de Formación y Voluntariado organiza otras charlas y análisis, a las que invita a la mayor cantidad de voluntarios posible. Es difícil atraerlos, porque muchachos y muchachas huyen de todo lo que les recuerde el salón de clases. La asistencia se considera numerosa cuando llegan cincuenta.

Además de la importancia que tiene la convivencia con las familias de los asentamientos es muy importante también para esta juventud la imagen que los responsables dan a los voluntarios. Aun cuando sean de la misma edad, o aun cuando el jefe de cuadrilla sea incluso menor que un voluntario, la imagen y el estilo que perciben son cruciales. Que el voluntario vuelva depende de que al término de la construcción recuerde a su jefe de cuadrilla como una gran persona.

¿QUÉ PUEDE ENSEÑAR TECHO?

Más allá de todas las deficiencias y aciertos, TECHO abre una ventana por la que entra una luz que remueve la pasividad de la juventud nicaragüense. O que demuestra la falsedad de esa presunción.

Aunque es cierto que con más personal, con más fondos, y con más experiencia la organización podría lograr más incidencia y construir más viviendas de emergencia, lo que más me impresionó de esta organización, lo más interesante de esta iniciativa, es su dinámica de funcionamiento y el acercamiento que logra con la gente joven. Estudiar más a fondo esto permitiría a un experto en ciencias sociales comprender un poco más cómo desarrolla relaciones y cómo asume compromisos la juventud nicaragüense.

La experiencia de TECHO demuestra que las posiciones filosóficas, las corrientes ideológicas y los mensajes políticos pasan a un segundo plano cuando en los jóvenes existe un motivo para actuar. Sucedió ya en Nicaragua en el caso de los ancianos que reclamaban una pensión y la juventud que les apoyó en el movimiento OcupaINSS. Sucedió con la movilización para salvar la Reserva de Bosawás o con el movimiento Ventana, que vela por los pacientes del hospital siquiátrico.

Sería un error subestimar el mensaje que contienen estas experiencias, por pequeñas, puntuales o no sistemáticas que sean. Me quedó claro que ofrecerle a la juventud diversión -la ofrece el gobierno en fiestas o en estadios virtuales donde siguen la liga española de futbol- no es lo único que moviliza a la gente joven. Tampoco lo único que les mueve es un salario o que les retribuyan con comida gratis y alcohol abundante. Tampoco les motiva que les impongan una creencia religiosa o una ideología política.

La experiencia de TECHO nos enseña que la juventud se motiva cuando mira los resultados de su trabajo, el fruto de su creación. A muchos jóvenes no se les da esa oportunidad ni en su familia, ni en su proceso educativo, ni en sus primeras experiencias laborales. Puede ser que la experiencia de ver ante sus ojos la realidad tangible de una casa construida con sus propias manos y en un corto plazo sea la clave: un resultado seductor para quienes viven en un país con tantas frustraciones y fracasos.

TECHO es una oportunidad de formación para todo tipo de jóvenes, los serios y los divertidos, los creyentes y los agnósticos, los partidarios y los sin partido, Al final, todas y todos quedan satisfechos al ver sus esfuerzos físicos transformados en sólo dos días en una casa. Y al final, muchas, muchos, quedan inquietos, sabiendo que esa casa que construyeron con sus manos nunca será suficiente.

UNA CANTERA DE LÍDERES

En Chile, TECHO ha sido una cantera de líderes jóvenes. Los primeros directores, tal vez impetuosos e ingenuos, han llegado a ocupar cargos en el gobierno y el sector privado. La experiencia del voluntariado les facilitó el acceso a becas en prestigiosas universidades extranjeras, de las que regresaron decididos a aportar a su país desde su profesión. En la actualidad, más de 80 funcionarios de gobierno son ex-voluntarios de TECHO. Los llaman “la generación TECHO”. Y el sector privado busca a estos muchachos, valorando su liderazgo. En Chile se demostró que lo que comenzó como un proyecto para un período de la juventud dejó huella, tanto en los jóvenes como en la sociedad chilena.

Esa meta de corto plazo que es construir una casa puede alimentar el nacimiento de metas de más largo plazo, de mayor profundidad y complejidad. En Nicaragua, algunos jóvenes voluntarios con los que he platicado ya comienzan a preguntarse cómo sus estudios universitarios podrán ser útiles para servir a su comunidad, a su país.

INGENIERO EN CALIDAD AMBIENTAL.

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