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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 384 | Marzo 2014
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Nicaragua

“Simple delegado del pueblo, no reconozco colores de partido”

Discurso del Presidente de la República de Nicaragua Fernando Guzmán al tomar posesión de su cargo en Masaya el 1 de marzo de 1867. Más de siglo y medio después, sus palabras resuenan y rechinan en el momento político que vive Nicaragua.

Fernando Guzmán

Nicaragüenses: Elevado por vuestros sufragios a la Presidencia de la República, y altamente reconocido por el distinguido honor que me habéis hecho poniendo en mis manos la dirección de vuestros más caros intereses, estoy en el deber de daros a conocer la norma de conducta que me propongo seguir, mis opiniones, mis deseos y esperanzas.

Al comenzar mi período administrativo estoy ciertamente muy lejos de considerarme el Jefe de la Nación con derecho de mando sobre mis compatriotas. Soy el simple ciudadano encargado de velar por la felicidad común, el mandatario responsable y amovible, sin más poder ni más fuerza que el poder y la fuerza de mis conciudadanos, sin otra influencia, sin otro prestigio que el que por la justificación de mis actos haya sabido granjearme el amor y las simpatías de los nicaragüenses.

Quiero ser sobre todo un mandatario civil, dispuesto siempre a amalgamar, evitando el choque de encontrados intereses. Quiero ser el vínculo de unión de los partidos opuestos, de las miserables rivalidades de localismo, de las pasiones exageradas que el espíritu terco de partido coloca sobre los verdaderos intereses públicos. Quiero ahogar, si es posible, con una conducta francamente conciliadora la causa principal de nuestros infortunios, el origen de nuestros males: esa negra intolerancia política que envenena el aire de la patria y declara enemigo irreconciliable al hermano disidente.

“EN LA ESCUELA DE LA DESGRACIA”

Si como hombre privado puedo tener mis simpatías por cualesquiera de los bandos políticos del país, como hombre público no reconozco colores de partido. No hay para mí más que nicaragüenses hermanos y en toda circunstancia durante mi administración estará siempre el más digno antes que el más adicto.

Sé que me dirijo a un pueblo educado en la escuela de la desgracia, pero siempre dispuesto al trabajo y a los sacrificios, y capaz por lo mismo de mejorar en mucho su condición actual. No quiero, sin embargo, halagar el orgullo nacional presentando una situación brillante, un presente exento de embarazos, ni quiero deslumbraros con vanas y pomposas promesas que casi nunca pasan de ser un prospecto de fantásticos ofrecimientos.

En mi concepto, el gobierno no puede ni debe ser más que uno de tantos elementos, si se quiere, de los más poderosos. Cuando el Estado, traspasando ciertos límites, lleva su influencia al comercio, a la agricultura, a la industria, a todos los ramos, en fin, que forman los elementos de cultura de un país, se hace proteccionista y centralizador, aparenta guiar cuando no hace más que remolcar pesadamente a la Nación, crea los odiosos monopolios y su funesta injerencia acaba por enfangar las fuentes de la riqueza.

“ABSOLUTA INDEPENDENCIA A LA JUSTICIA”

Creo que lo que principalmente necesita la República es asegurar sobre bases sólidas su propia tranquilidad. Este resultado, a mi entender, sólo puede conseguirse con el imperio absoluto de la Constitución y las leyes, y yo me propongo sujetarme a ellas de la manera más estricta.

La administración de Justicia y la Hacienda pública ocuparán muy particularmente mi atención: absoluta independencia a la primera y todas las economías posibles en la segunda. Es cuanto en estos ramos necesita, a mi juicio, Nicaragua. Ensanche al poder del magistrado, al poder municipal, desde el primero hasta el último de sus agentes, al poder de todos los encargados de velar por la seguridad, el honor, la vida y la propiedad de los nicaragüenses. Ilustración y honradez en el manejo de nuestro corto tesoro, supresión de los empleos que juzgue innecesarios. Orden y excesiva severidad, siquiera con la menor sombra de impureza, en el manejo de las rentas. Tales son mis opiniones en estos dos puntos.

Conozco muy bien que, en el lugar en que estoy colocado, voy a ser por cuatro años el blanco de críticas acerbas. Pero, antes que tenerlas, deseo por el contrario oír perpetuamente la voz autorizada y franca del supremo juez de la época, del tribunal soberano de la civilización, de la opinión pública. La opinión tiene su voz y esa voz es la prensa. Por ella tengo amor y veneración. Yo la llamo en mi auxilio, deseo sus consejos, sus severas indicaciones. Y al invocarla para que me guíe en tan escabrosa senda, no llamo a la prensa servil y aduladora, vendida siempre al poder y que coloca delante de los ojos del mandatario una densa nube de incienso que no le deja ver los sufrimientos, las necesidades y las verdaderas aspiraciones del país. Republicano por convicción y por carácter, quiero oír los consejos de la prensa que critica con moderación e independencia, quiero escuchar sus juicios por severos que sean. Y no temáis nunca que un agente del gobierno vaya armado de inicuas leyes de circunstancias a poner su mano sobre el que tuvo energía y patriotismo bastante para censurar los abusos o las equivocaciones del poder. La calumnia misma me encontrará impasible. La despreciaré, pero no la perseguiré jamás.

Hago finalmente un llamamiento a todos los hombres que por su ilustración y por sus luces puedan ayudarme en mi tarea, a todos los hombres honrados sin diferencia de opiniones políticas que lleven en su alma verdaderos sentimientos de progreso y amor patrio, al pueblo pacífico y laborioso que quiere libertad y orden, que ama el trabajo y en quien veré siempre el mejor apoyo de mi gobierno. Deseo también que el extranjero activo y emprendedor, que quiera hacer de la nuestra su segunda patria, venga y coopere con nosotros en la obra común. Siempre me encontrará el primero cuando se trate de traer a Nicaragua la ilustración, la población y el espíritu de empresa que nos falta.

Con este intento se debe procurar con empeño el cultivo de nuestras relaciones exteriores, principalmente con la gran República de los Estados Unidos, con quien por desgracia hasta ahora no tenemos ningún tratado. Y ni por un momento debemos olvidarnos de cuán necesario es al porvenir de nuestra patria ir poco a poco allegando nuestros intereses a los de las otras Repúblicas Hispanoamericanas, con especialidad a nuestras hermanas del Centro, hoy más que nunca ligadas por un común destino.

“LA FELICIDAD DE LOS MUCHOS”

Conciudadanos: Simple delegado del pueblo, encargado de intereses ajenos que me son tan caros, espero devolver el poder que me confiasteis con la conciencia tranquila del hombre honrado que ha querido cumplir con su deber. Es mi programa la forma de juramento que acabo de prestar. Mi más ardiente deseo es procurar la felicidad de los muchos, aun a despecho de la oposición de los pocos. Y la más grande de mis aspiraciones, concurrir como el último, pero como el más decidido, en la santa empresa de hacer de Nicaragua una verdadera República, donde reine en toda su pureza el sistema constitucional, donde la libertad, la seguridad y el orden no sean una quimera y donde, en fin, quienquiera que sea, pueda encontrar entre nosotros un asilo tranquilo y hospitalario.

PUBLICADO EN LA GACETA DIARIO OFICIAL EL 9 DE MARZO DE 1867.

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