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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 374 | Mayo 2013
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Guatemala

El genocidio guatemalteco

El juicio contra Efraín Ríos Montt y su jefe de inteligencia, acusados de masacres y gravísimas violaciones contra la población indígena, y del asesinato de 1,771 personas entre 1982 y 1983, ha avivado un debate trascendental en ese país centroamericano: Las operaciones militares del ejército guatemalteco, ¿entran o no en la categoría de genocidio?

Ricardo Falla

Se cometió o no un genocidio en Guatemala? Puede ser una trampa ideológica equiparar el genocidio guatemalteco con el genocidio nazi y concluir que en Guatemala no hubo genocidio porque no fue igual al nazi. Ha habido genocidios en Yugoslavia, en Ruanda, en Cambodia y en otras naciones. En cada país el genocidio ha tenido sus rasgos propios. Sin embargo, todos han sido calificados de genocidio.

¿Hubo genocidio en Guatemala? Para responder a esa pregunta es muy importante analizar lo que es genocidio según las Naciones Unidas. Y después, ver los hechos ocurridos en Guatemala. Así podremos concluir si la definición se ajusta a los hechos y podremos llegar a comprender en qué consistió el genocidio guatemalteco.

EL CONCEPTO DE GENOCIDIO
SEGÚN NACIONES UNIDAS

El genocidio se encuentra definido en la Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio adoptada en Naciones Unidas el 9 de diciembre de 1948 y en vigor desde el 12 de enero de 1951. Esta Convención fue firmada por Guatemala el 13 de enero de 1950 durante el gobierno de Juan José Arévalo.

Según la Convención, el genocidio, ya sea cometido en tiempo de paz o en tiempo de guerra, es un delito de derecho internacional. El Artículo 2 dice así: En la presente Convención, se entiende por genocidio cualquiera de los actos mencionados a continuación, perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, como tal:

a) Matanza de miembros del grupo. b) Lesión grave a la integridad física o mental de los miembros del grupo.
c) Sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total
o parcial. d) Medidas destinadas a impedir los nacimientos en el seno del grupo. e) Traslado por fuerza de niños del grupo a otro grupo.


LOS ACTOS Y LAS CONDICIONES

El artículo consta de dos partes: en una se enumeran cinco actos y en otra se enumeran las condiciones necesarias para que esos actos sean considerados genocidio. Si esas condiciones no se cumplen, esos actos pueden darse sin ser genocidio.

De los cinco actos señalados en la Convención, dos son los que más claramente se dieron en Guatemala: matanza de miembros del grupo y sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial.

En Guatemala ambos -o más exactamente, la serie de ambos actos- estuvieron concatenados como dos fases de un mismo proceso. Primero se cometió la matanza (masacres de 1981 y 1982) y después se intentó controlar a la población dispersa mediante condiciones de existencia límite (de 1982 en adelante, según regiones). Pero, ambos actos, aunque no hubieran estado relacionados, de por sí, e independientemente uno del otro, cumplen con la definición, porque la Convención establece que se entiende por genocidio cualquiera de los actos mencionados.

Las condiciones para que esos actos se entiendan como genocidio son cuatro. Es a esto a lo que se agarran los que defienden que en Guatemala no hubo genocidio. Por eso, hay que comprender bien estas condiciones, tratando de mantener un ánimo desapasionado.

LA INTENCIÓN Y EL ALCANCE

La primera condición es la intencionalidad: que cualquiera de esos actos sean perpetrados con la intención de destruir... Que no sean producto espontáneo de la ira o de la venganza. La intencionalidad se descubre en su planificación, ya sea con documentos escritos, ya sea con expresiones de los victimarios (palabras, gestos...), ya sea con la inspección de los hechos. Por ejemplo, la sucesión de masacres semejantes indica que no hubieran sucedido así si no hubieran estado planificadas.

La segunda condición es el alcance de la destrucción. Dice la Convención: destruir total o parcialmente a un grupo. Según esto, hay dos tipos de genocidio. El que tiene la intención de destruir totalmente al grupo, como fue el genocidio que pretendía destruir a todos los judíos. Y el que tiene la intención de destruirlo parcialmente. Si se objeta en el caso de Guatemala que el ejército no tuvo la intención de matar a todos los indígenas y por eso no cometió el delito de genocidio, entonces no se comprende que lo que hubo fue un genocidio de destrucción parcial.

LOS GRUPOS A DESTRUIR

La tercera condición se refiere a la naturaleza del grupo. Pero antes de ver los distintos tipos de grupos, hay que adelantar, aunque la Convención no lo diga expresamente, que todos fueron de población civil no armada. La Convención define el genocidio como un delito más allá de las matanzas de población civil organizada.

Para que haya genocidio el grupo debe ser de uno de estos cuatro tipos: un grupo nacional, étnico, racial o religioso. Cuatro categorías definen al grupo objeto de la destrucción: la nacionalidad, la etnia, la raza y la religión. Estas categorías no son mutuamente excluyentes. Pueden darse varias a la vez. No están incluidas en la definición otras categorías: la etárea -los jóvenes, por ejemplo-, el género -las mujeres, por ejemplo-, los grupos políticos -miembros de un partido- y otras.

La Convención tampoco define las categorías: qué es nacionalidad, qué es etnia, qué es raza, qué es religión. Eso lo deja abierto. La Comisión de Esclarecimiento Histórico (1999) trata a los kichés, a los ixiles y a otros como etnias de la población indígena. Consecuentes con este razonamiento, podemos decir que, así como las etnias de los grupos lingüísticos se subsumen en la etnia indígena, así también hay otras etnias menores que se pueden subsumir en las etnias de los grupos lingüísticos y así sucesivamente hasta llegar a los microgrupos étnicos: las aldeas.

Por ejemplo, Xek’echelaj (aldea) de Santa María Chiquimula (municipio) de los kichés (de la etnia indígena). Y esto no es sólo el fruto de un proceso analítico de la mente del observador, sino que corresponde a identidades sociales que se dan. Las aldeas y los municipios en Guatemala no son sólo unidades políticas y territoriales, sino grupos con identidad étnica distinta. Así es como una aldea masacrada puede ser un microgrupo étnico destruido.

La consideración como etnia de una aldea no es algo usual en el lenguaje sobre el genocidio en Guatemala. Por otro lado, y prescindiendo de consideraciones sobre derechos humanos, se ve “el acierto” político del ejército de apuntar a estos microgrupos étnicos, donde se encuentran los nudos vitales de los pueblos. ¿A quién de los jefes se le ocurrió esto en su planificación? Probablemente, lo descubrieron al ver cómo la guerrilla, mejor conocedora de las bases de los pueblos, los organizaba entrando en el corazón de las aldeas. Destruir estos microgrupos étnicos era destruir el centro de su poder social, formado por linajes y familias emparentadas, siendo todo ese tejido la naturaleza original de la etnia.

LAS RAZONES

La cuarta condición se refiere a la razón de la intencionalidad. Para significarla, la Convención utiliza el “como tal”. Dice: con la intención de destruir... a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, como tal. Con la intención de destruir al grupo nacional, como nacional. Por ejemplo, a los judíos, como judíos, en cuanto que son judíos, porque son judíos. Con la intención de destruir al grupo étnico, como étnico. Por ejemplo, a los indígenas, como indígenas, porque son indígenas. O a los de Nebaj, a los nebajenses porque son nebajenses...

Con esta condición se niega que la razón política constituya una razón suficiente para el acto de genocidio. Si el ejército, por ejemplo, tiene la intención de destruir a un grupo indígena, no porque es indígena, sino porque es un grupo políticamente enemigo, entonces el acto de destrucción no es considerado genocidio. Esto es lo que dice la Convención. Y mucha gente discute la justeza de esta definición. Pero estamos tratando de apegarnos a la Convención, no de reformarla, aunque debería reformarse.

Aquí hay dos cosas muy importantes para el análisis de los hechos. La primera es que, según la Convención, es posible destruir “parcialmente” un grupo nacional, étnico, racial y religioso “como tal”. El que la razón de la intención sea “como tal” no implica que la destrucción deba ser total. Por ejemplo, un Estado puede destruir sólo a algunos grupos indígenas, y destruirlos porque son indígenas. El que los destruya porque son indígenas, no implica que donde encuentre un indígena lo va a destruir. La planificación del acto depende de muchas circunstancias más, además de la razón de la intención. Así fue como pudieron ser utilizados soldados indígenas para matar a indígenas en cuanto indígenas. El entrenamiento los preparó para matar a su propia gente.

HUBO RAZONES POLÍTICAS
Y TAMBIÉN RAZONES RACIALES

Otro punto importante que debemos tener en cuenta: las razones de las intenciones de los actos humanos -también de los actos sociales y de los políticos, como es el genocidio- no son ni únicas ni exclusivas. Siempre que hacemos algo en la intención de nuestro acto se mezclan muchas razones. Por eso, las razones de la intencionalidad en la estrucción de un grupo pueden estar mezcladas. Puede destruirse al grupo en cuanto que es judío, pero también en cuanto que representa la oposición a un gran plan de conquista de Europa. En los genocidios suelen mezclarse y agregarse varias razones.

Y aquí viene el punto más importante: la razón política no excluye la razón étnica o racial, ambas se pueden combinar. El que el ejército, por ejemplo, destruya un grupo indígena por ser enemigo político -porque abastecía a la guerrilla-, no excluye el que también lo destruya por ser indígena. Una razón no excluye a la otra. Entonces, el argumento de que no hubo genocidio en Guatemala porque el ejército cometió las masacres por razones políticas, no se sostiene, porque además de la razón política se descubre en esas masacres la razón étnica o racial. Las señales de la existencia de esas razones raciales o étnicas no necesariamente deben encontrarse en afirmaciones explícitas de documentos escritos, al estilo del genocidio nazi, que fue sustentado por toda una ideología públicamente defendida.

Hay que descubrir las razones raciales o étnicas en los hechos mismos: en la destrucción total de aldeas, en la matanza de niños, en las expresiones de tenientes que decían “Hay que acabarlos hasta la semilla”, en la crueldad de las violaciones sexuales, en las torturas… ¿Qué justificación política podrían tener esos excesos? A través de “los excesos irracionales” de los actos de destrucción se pueden leer las razones ocultas -y ocultadas ahora- del desprecio racial y de la discriminación étnica.

UN ESPEJO INVERTIDO
DE LA ESTRATEGIA GUERRILLERA

El genocidio en Guatemala tiene antecedentes. Es bueno traer a la memoria los hechos del pasado reciente para que nos ayuden a discernir el presente.

Comencemos con el triunfo de la Revolución Sandinista en Nicaragua el 19 de julio de 1979. En ese momento estalló una esperanza para las revoluciones de toda Centroamérica. Se produjo una oleada de entusiasmo desde Nicaragua hacia los países al norte. Se cantaba: “¡Si Nicaragua venció, El Salvador vencerá y Guatemala le seguirá!”. Como en un dominó los países irían cayendo uno tras otro. Los Estados Unidos así lo comprendieron y ocuparon Honduras como un portaviones de contrainsurgencia para apoyar a la Contra, que combatía al gobierno sandinista y para apoyar al gobierno de El Salvador que luchaba contra el FMLN.

En Guatemala, el ejército y la empresa privada dijeron NO al Comunismo, pues así concibieron aquella oleada de entusiasmo. Fue un NO a cualquier precio para “salvar a la civilización occidental y cristiana”. Entonces, el ejército diseñó una estrategia doble, que era un espejo invertido de la estrategia revolucionaria. Si la guerrilla pretendía comenzar la toma del poder yendo desde la periferia hacia el centro, el ejército seguiría el camino opuesto: comenzaría desde el centro hacia la periferia.

Así se comprenden los golpes que sufrieron las organizaciones en la ciudad en 1980 y 1981 y luego la tierra arrasada, que comenzó desde Chimaltenango y Chupol, al sur del Quiché en noviembre de 1981, y que poco a poco llegaría hasta la frontera de Guatemala con México en el “julio negro”, el julio de 1982. Era una sweep operation: una operación de barrida, como cuando una mujer saca la basura con la escoba hasta la puerta. A la mitad de esta ofensiva se dio el golpe de Estado del General Ríos Montt el 23 de marzo de 1982. No cambió esa estrategia, más bien la fortaleció.

FUSILES Y FRIJOLES

En la doble estrategia del ejército se consideró que si la guerrilla pretendía involucrar a la población civil -las bases- para desencadenar una incontenible guerra popular, se seguiría el camino opuesto: separar a la guerrilla de las bases, utilizando dos tácticas combinadas: fusiles y frijoles. Pero primero fusiles y luego frijoles.

¿Qué significaba “fusiles”? Significaba concentrar la fuerza destructora en algunas comunidades consideradas de apoyo a la guerrilla para eliminarlas completamente sin dejar una persona viva (destrucción total del grupo). Y significaba también eliminar a algunos miembros más destacados en el apoyo a la guerrilla de comunidades vecinas (destrucción parcial del grupo) con el fin de separar por el terror a la población civil de la guerrilla. El alcance total y el alcance parcial iban combinados, porque la destrucción total de las comunidades señaladas como rojas debía irradiar el terror sobre las vecinas para que se doblegaran y pudieran ser controladas.

La población colaboraba con la guerrilla en forma de comida, información y tareas. Eso era lo que se debía cortar mediante esta táctica. Así “se le quitaba el agua al pez”, como decían. Pero no fue agua, fueron ríos de sangre.

“Frijoles” significaba concentrar la fuerza defensora del ejército en ciertas comunidades consideradas como fieles. Y si la guerrilla tenía milicias armadas, también el ejército entregaría armas a los civiles de esas comunidades y los organizaría en las que se llamaron Patrullas de Autodefensa Civil (PAC). Estas patrullas serían la columna vertebral de un nuevo mapa de comunidades, llamadas aldeas modelo, que eran premiadas por su fidelidad con comida, recursos, viviendas. “Frijoles” eran estos premios. Pero nunca se podía aflojar el control que el ejército tenía, basado en el terror. Por eso, el elemento “fusiles” nunca desaparecía.

En una primera fase los operativos fueron solamente de “fusiles”. Es la fase que corresponde a las matanzas de miembros del grupo, totales o parciales. En una segunda fase, los operativos fueron de “fusiles” combinados con “frijoles” y correspondió al sometimiento del grupo a condiciones de existencia que acarrearían destrucción física, total o parcial. Esas condiciones eran hambre, recursos destruidos, viviendas quemadas, persecución y terror.

“NEGREABA DE ZOPILOTES”

Recientemente publiqué un libro que titulé “Negreaba de zopilotes”, en el que, en la voz de sobrevivientes, recupero la historia de la masacre ocurrida en San Francisco el 17 de julio de 1982. Aquello no fue un acto singular de genocidio. No fue único, fue parte de toda una política.

Esta masacre tuvo lugar en una aldea-finca de unas 50 casas situada cerca de la frontera de México en el municipio de Nentón, Huehuetenango. La población era indígena de lengua chuj. La masacre ocurrió después que el General Ríos Montt dio el golpe de Estado. La estrategia de arrasamiento desde el centro hacia la periferia se había comenzado en el gobierno anterior, el del General Lucas García, aunque no se había completado.

En junio de 1982, y antes de proseguir con nuevos bríos el operativo de masacres, Ríos Montt decretó un mes
de amnistía. Pero antes de que el mes se cumpliera, se reinició la estrategia de arrasamiento en Huehuetenango, precisamente en el municipio de Barillas. Se reinició con una serie de operativos de matanzas parciales en diversas aldeas, combinados con una matanza total en la comunidad de Puente Alto, el 7 de julio de 1982 (353 víctimas). Lo que el ejército dejó a su paso fue un reguero de sangre, como se puede comprobar en el informe de la Comisión de Esclarecimiento Histórico. Eran hechos que tenían relación entre sí: matanzas parciales relacionadas con una matanza total del grupo.

Después, el 14 de julio, el ejército entró a San Mateo Ixtatán, municipio vecino, y cometió una masacre total en la pequeña aldea de Petanac (89 víctimas). Finalmente, entró al municipio de Nentón, vecino a San Mateo, para cometer en San Francisco la masacre principal, también una masacre total, en la que causó 376 víctimas. Toda esta campaña seguía la táctica de “fusiles” para causar una ola de terror.

¿Cómo se desarrolló la masacre de San Francisco? Unos 400 soldados rodearon la comunidad en la mañana temprano, con el apoyo de un helicóptero que traía provisiones a los soldados. La presencia del helicóptero fue una señal inequívoca de que no se trataba de guerrilleros vestidos de soldados, como a veces el ejército ha dicho que sucedía, diciéndolo para exculparse.

“ACABARLOS HASTA LA SEMILLA”

Los soldados encerraron a los hombres y a las mujeres con sus niños en dos lugares separados: la alcaldía auxiliar y la iglesia. La separación en dos grupos debió tener como objetivo el debilitamiento extremo, primero, el de las mujeres y los niños, para luego, a través de ellas, conseguir el de los hombres.

La matanza comenzó con las mujeres. No las mataron en la iglesia, sino en sus casas, donde las violaron antes de matarlas. Probablemente pretendía el ejército obtener información de ellas. Después mataron a los niños y niñas que habían quedado solos en la iglesia. Los sacaron fuera para matarlos. Algunos eran bebés. Les metían un cuchillo y les sacaban las tripas y como gritaban los estrellaban contra las piedras.

Se cumplía así lo que los jefes les habían dicho en Huehuetenango: “Acabarlos hasta la semilla”. Finalmente, mataron a los hombres, cortándoles el cuello a algunos con machetes sin filo, y a otros disparándoles un tiro. La masacre fue total y cruel. No perdonaron a nadie. Ese día mataron a 376 personas. Guardamos sus nombres y sus apellidos.

A media masacre los soldados descansaron y se comieron un toro de los comunitarios. Y al final hicieron una fiesta con marimba violando a mujeres jóvenes que se habían reservado, matándolas después. Este descanso y esta fiesta son señales de una planificación y de una intencionalidad. La masacre no surgió de una reacción espontánea. Es un esquema que traían ya y que se repitió en muchas otras matanzas.

DESPUÉS DE LA MASACRE

Hubo varios sobrevivientes. Los más importantes fueron tres hombres que se escaparon del local en donde los encerraron. Uno, al que vieron escapar, fue perseguido, una señal de que el ejército llevaba el plan de no dejar a nadie con vida. Los otros estaban fuera de la aldea trayendo leña y quedaron fuera del cerco que tendió el ejército a la aldea o se encontraban en lugares apartados. El cerco cubrió las casas que estaban dispersas y, según la intención del ejército, toda la población cercada debía ser exterminada. Destrucción total.

La noticia de esta masacre corrió como pólvora y unas nueve mil personas corrieron a refugiarse en campamentos de México. Los primeros que huyeron fueron los de una comunidad vecina formada por comunitarios de San Francisco (Yulaurel), que recibieron el aviso de los sobrevivientes de San Francisco. Pero hubo algunas comunidades cercanas que no se refugiaron en México y quedaron bajo el control del ejército, que las forzó por el terror a organizarse en las PAC.

Después, entrarían en el programa combinado de Fusiles y Frijoles. Un componente de “frijoles” fue la tierra con que los premiaron, la tierra que abandonaron los refugiados. La tierra de San Francisco no entró en el premio porque era una finca privada, de la que los masacrados eran rancheros. En esta franja fronteriza ya no se dio la segunda fase de sometimiento de la población a condiciones extremas, porque la población o había huido a México o fue rápidamente organizada en las PAC.

LA INTENCIÓN:
DESTRUIRLOS

Concluyendo, la masacre de San Francisco tuvo:
– Una intención de destrucción. No fue un acto espontáneo, sino planificado con anterioridad. No fue tampoco un acto aislado, se repitió en otros lugares.
– La intención fue la destrucción total de los miembros del grupo. Hombres, mujeres, niños, niñas, ancianos. Todo el grupo, sin dejar sobrevivientes.
– El grupo fue de población civil.
– Fue un microgrupo étnico con identidad de ser de esa aldea, de ser chuj y de ser indígena.
– La razón de la intención (“en cuanto tal”) fue, por lo menos, doble: política (control de la población) y étnica.
– La presencia de una razón étnica -y racial- se descubre: en la totalidad misma de destrucción del microgrupo étnico; en las expresiones de esa intencionalidad (“acabarlos hasta la semilla”); en la crueldad y bestialidad del acto (sacar tripas a niños, matar viejos cortándoles el pescuezo con machete sin filo, violar y torturar mujeres); en la combinación de fiesta y pasión (orgía al cerrar la masacre), crueldad y orgía que son señales de un exceso que no se explica sólo por la intencionalidad política.

26 MASACRES
1981 – 1982

He hecho una lista de 26 masacres ocurridas entre 1981 y 1982:
San Mateo Ixtatán, San Mateo Ixtatán, Huehuetenango (etnia chuj, 55 víctimas, 31 mayo 1981).
Piche, Rabinal, Baja Verapaz (etnia achí, 32 víctimas, 2 enero 1982).
Chisis, Cotzal, Quiché (etnia ixil, 132 víctimas, 13 febrero 1982).
Río Negro, Rabinal, Baja Verapaz (etnia achí, 177 víctimas, 13 marzo 1982).
Los Encuentros, Rabinal, Baja Verapaz (etnia achí, 94 víctimas, 14 marzo 1982).
Cuarto Pueblo, Ixcán, Quiché (etnia multilingüe, 350 víctimas, 14 marzo 1982).
San Antonio Sinaché, Zacualpa, Quiché (etnia kiché, 199 víctimas en tres masacres: 16 marzo, 18 mayo y 30 mayo 1982).
Arriquín, Zacualpa, Quiché (etnia kiché, 83 víctimas, 19 marzo 1982).
Estanzuela, Joyabaj, Quiché (etnia kiché, 57 víctimas, 19 marzo 1982).
Estrella, Chajul, Quiché (etnias ixil y kanjobal, 96 víctimas, 23 marzo 1982).
Xalbal, Ixcán, Quiché (etnia multilingüe, 38 víctimas, 1 abril 1982).
Chel, Chajul, Quiché (etnia ixil, 90 víctimas, 3 abril 1982).
Piedras Blancas, Ixcán, Quiché (etnia mam, 55 víctimas, 18 mayo 1982).
Chacalté, Chajul, Quiché (etnia ixil, 55 víctimas, 12 junio 1982).
Puente Alto, Barillas, Huehuetenango (etnia kanjobal, 353 víctimas, 7 julio 1982).
Sebep, San Mateo Ixtatán, Huehuetenango (etnia chuj, 60 víctimas, 13 julio 1982).
Petenac, San Mateo Ixtatán, Huehuetenango (etnia chuj, 86 víctimas, 14 julio 1982).
San Francisco, Nentón, Huehuetenango (etnia chuj, 376 víctimas, 17 julio 1982).
Plan de Sánchez, Rabinal, Baja Verapaz (etnia achí, 268 víctimas, 18 julio 1982).
Lancetillo, Uspantán, Quiché (etnia kiché, 26 víctimas, 11 septiembre 1982).
Agua Fría, Uspantán, Quiché (etnias achí y kiché, 92 víctimas, 14 septiembre 1982).
Rabinal, Rabinal, Baja Verapaz (etnia achí, 205 víctimas, 15 septiembre 1981).
Parraxtut, Sacapulas, Quiché (etnia kiché, 27 víctimas, 15 noviembre 1982).
Bacanal, Rabinal, Baja Verapaz (etnia achí, 58 víctimas, 4 diciembre 1982).
Dos Erres, La Libertad, Petén (etnia mestiza, 190 víctimas, 7 diciembre 1982).

TODAS CONTRA INDÍGENAS

Todas estas masacres, excepto una, la de Dos Erres, fueron de población indígena maya: achíes, kichés, ixiles, kekchíes, chujes, kanjobales y multilingües, pero todas fueron de indígenas. Esto nos dice dos cosas. Una, que, según la Comisión de Esclarecimiento Histórico, hubo una intencionalidad étnica en las matanzas de los grupos, como se aprecia por la proporción de víctimas indígenas (83%) y por la selección de zonas donde se aplicó esa política. Y otra, que el caso de la masacre de mestizos en Dos Erres fue una excepción, pero entró dentro del mismo plan de genocidio practicado contra los grupos de población indígena.

En El Salvador, hubo actos genocidas contra comunidades, como la ocurrida en El Mozote, pero no entró dentro de una planificación de genocidio de aldeas, porque no pertenecían a un grupo étnico. Fue distinta la planificación genocida ocurrida en 1932 en El Salvador, dirigida contra todo “indio” asimilado como comunista, en la que se superpusieron dos razones: acabar con el comunista y acabar con el indio.

En la lista hay algunas que fueron matanzas totales: la de Cuarto Pueblo en Ixcán, la de La Estrella en Chajul, la de Piedras Blancas en Ixcán, la de Puente Alto en Barillas, la de Petanac en San Mateo Ixtatán, la de Plan de Sánchez en Rabinal. Otras fueron matanzas parciales: la de Pichec en Rabinal, la de Arriquín y las de San Antonio Sinaché en Zacualpa y la de Xalbal en Ixcán. No tenemos datos de las demás.

Una de las masacres, la de Chacalté, fue cometida por la guerrilla o por fuerzas afines. Todas las demás, por el ejército, por patrullas civiles o por una combinación de ambos.

Atendiendo a la definición de la Convención de que una matanza puede ser destrucción parcial del grupo étnico o racial y, a la vez, ser en cuanto tal grupo étnico o en cuanto tal grupo racial, se puede concluir que en Guatemala el ejército cometió el delito de genocidio en cuanto que intentó destruir parcialmente al grupo indígena, en cuanto indígena.

Dado el terror de los operativos, la población indígena en muchos lugares interpretó los hechos como si tuvieran la intención de destrucción total de la población indígena de Guatemala. Eso no era posible para una sociedad -representada por el ejército- cuya mano de obra agrícola es mayoritariamente indígena. No lo era tampoco para un ejército cuyos soldados, si no mayoritariamente, eran en grandes cantidades indígenas.

La percepción de destrucción total, aunque no era correcta, fue la razón para que la población indígena de muchos lugares se desplazara fuera del país o fuera de las regiones indígenas o se camuflara en las fincas, quitándose las mujeres sus trajes propios.

RACISMO
EN EL EJÉRCITO

Quienes defienden que en Guatemala no hubo genocidio, y ridiculizan a quienes lo afirman, dicen que no pudo haberlo porque los soldados eran también indígenas.

Que la intención fuera destruir parcialmente a la población indígena “como tal” se deduce del racismo insertado en el entrenamiento militar, como lo ha demostrado Manolo Vela en su tesis del año 2010 “Pelotones de la Muerte”, en donde relata cosas como ésta: “El racismo en los mandos construyó entre los soldados, jóvenes indígenas, y sus víctimas, también indígenas, esa distinción necesaria y radical: los indígenas, que se habían dejado engañar por la subversión, debían morir. La transformación en su manera de percibir la realidad, a propósito del racismo se condensa y es expuesta en este párrafo por el soldado Martín Ramírez: “Uno mismo, siendo indio, le dice indio a otro indio”. Esto forma parte de un trato que viene de los oficiales, los eslabones (ladinos), que hacen funcionar a la gran masa (indígena) de tropas: “Así es cómo uno lo mira de los oficiales: que aquel es indio, que aquel otro es indio, que indio aquí, que indio allá; se va haciendo una palabra común, como un virus, se va metiendo, metiendo y metiendo”, continúa diciendo Ramírez. Así, concluye: “Hasta el peor indio lo trata de indio a uno. Es una frase que le da risa a uno, porque dice uno: ¿Por qué este me está tratando de indio y hasta es más indio que yo?”

El desprecio al ser humano indígena se muestra en las palabras y acciones crueles de la tropa en campaña. El racismo consiste en despreciar a una población como raza inferior, considerando que no tiene los mismos derechos que todo ser humano, tampoco el derecho a la vida. La población indígena fue considerada como “prescindible”, con tal de salvar a la Patria del comunismo.

Esta actitud es la que descubre la intención de destrucción del indígena “en cuanto tal”. No sólo es lícito matarlo para tan necesaria causa, sino que es necesario.

LA PROLONGADA
SEGUNDA FASE DEL GENOCIDIO

Analicemos el segundo tipo de genocidio, según la definición de la Convención: Sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial.

Este tipo corresponde a la segunda fase de la estrategia militar. A diferencia de la primera fase, ésta fue más prolongada en el tiempo y afectó a muchos grupos de población causando un enorme sufrimiento. Yo mismo viví esta fase en las Comunidades de Población de Resistencia (CPR) del Ixcán después de las masacres de 1982. La viví desde 1983 a 1993, pero la fase duró más: desde mediados de 1982 hasta 1994, cuando los grupos que estaban escondidos en la montaña salieron al claro y el ejército los tuvo que respetar.

Esta fase tuvo sus oscilaciones y sus momentos críticos. Comparada con las CPR de la zona ixil o con las de la zona kekchí, el genocidio no fue tan fuerte sobre nosotros. Estábamos más cerca de la frontera mexicana y el sometimiento al que nos pretendían hacer llegar, provocando condiciones de existencia límite no lo lograron de la misma manera como sí lo consiguieron en regiones que no podían recibir ayuda desde México. Igualmente, hubo otras zonas más cercanas a la ciudad de Guatemala, como San Martín Jilotepeque, donde la población fue sometida a esas condiciones límite, pero por corto tiempo, pues pronto fueron controladas por el ejército.

Después de las grandes masacres, los sobrevivientes eligieron tres opciones principales. O salir huyendo a la montaña a esconderse allí. O salir al refugio si la frontera estaba cerca, como hicieron los sobrevivientes y vecinos de San Francisco. O emigrar a los pueblos grandes y a las ciudades, incluyendo la ciudad de Guatemala, para camuflarse entre mucha gente y entre gente desconocida.

PRIMER PASO:
IMPEDIR LA SOBREVIVENCIA

La fase de destrucción se dio contra la población que buscó la montaña. ¿En qué consistieron esos operativos de control de población y control de territorio? ¿Cómo se les puede entender como delito de genocidio?

Cuando se daba una gran masacre o pasaba el ejército generando terror con muertes de algunas personas, se producía una dispersión enorme de gente que se iba a esconder bajo los árboles lejos de sus casas.Iban desorganizados en pequeños grupos de familias. A veces buscaban barrancos o buscaban cuevas.

Entonces las patrullas del ejército -a veces combinadas con PAC- cumplían con un protocolo de acción que se adaptaba al terreno. Primero, impedían a la población fugitiva vivir en la montaña.

Para eso, les quitaban las condiciones de sobrevivencia. Les quemaban las casas y destruían todo lo que tenían en las casas: enseres domésticos y chamarras; les destruíanla comida (mazorcas en trojes) o les cortaban la milpa en pie ya camada o les mataban o robaban los animales, desde gallinas hasta ganado mayor; les quemaban o robaban la ropa, para que murieran de frío o si se mojaban no se pudieran cambiar; les destruían los instrumentos de trabajo, azadones y machetes.

Era un operativo contra población civil y si encontraban algún rifle de cacería se lo llevaban.

SEGUNDO PASO:
PERSEGUIR A LOS QUE HUÍAN

El segundo paso era perseguir a los grupitos de población dispersa en la montaña, que huía despavorida, aterrorizada, porque veían al ejército como un enemigo total e incomprensible. “Los habitantes de esta región (Nebaj) están convencidos de que el Ejército es asesino del pueblo”, le informa el Coronel Francisco Ángel Castellanos al Jefe del Estado Mayor en carta del 22 julio 1982 (Operación Sofía). Al perseguir a la gente, el ejército solía disparar a matar contra los que huían. Más lo hacían, si la guerrilla los había emboscado. Huir era visto como una señal de complicidad con la guerrilla. Y la gente que no huía, porque ya no podía o porque se rendía, era capturada viva. Así se concretaba el control de la población.

En los informes de la Operación Sofía, de 1982, el enemigo, la población civil, era llamado “eno”. A los niños los llamaban “chocolates”.

En la página 316 del documento de la Operación Sofía también aparecen los Mayores José Esteban Arango Barrios
y Otto Fernando Pérez Molina como jefes de la patrulla “Escocia III”, compuesta por 32 paracaidistas de tropa especializada, informando el 15 de agosto de 1982 desde Nebaj del contacto con el enemigo con el resultado de 4 FIL (Fuerzas Irregulares Locales) muertos, 18 mayores de edad y 12 niños (12 “chocolates”) capturados.

TERCERO Y CUARTO PASO: REEDUCAR, QUEBRAR RESISTENCIA

El tercer paso era sacar de la montaña a la población capturada y llevarla a una aldea de reeducación. Así, iban ganando control sobre la población y sobre el territorio, aunque al principio quedara vacío, mientras no se ubicaba en ese lugar a una nueva comunidad fiel al ejército.

El cuarto paso pretendía quebrar la resistencia de los grupos que no se rendían, fuera por miedo o por convicción o por ambas razones. Para quebrarla se utilizaban desde bombardeos con aviones de guerra y rafagueos con ametralladoras hasta el volanteo desde los helicópteros de mensajes inofensivos, pero insultantes, sobre los grupos que permanecían escondidos.

“ÉRAMOS
COMO ANIMALES DE MONTE”

Estos volantes son una muestra develadora de las intenciones racistas y genocidas del ejército en campaña. Traían dibujos de animales con cola y cachos: eso éramos la población en resistencia. Nos pedían que saliéramos a entregarnos al ejército. Querían decirnos que si no nos entregábamos, éramos como animales del monte y que si nos entregábamos nos convertiríamos en personas. Y, por tanto, mientras no nos entregáramos seríamos tratados como animales -no sólo como guerrilleros- y podíamos ser baleados. No teníamos derechos como seres humanos.

Todo esto era sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física total o parcial. En estos operativos muchas personas murieron de hambre, de desnutrición, de desesperación y de varias enfermedades.

Las mujeres se hinchaban y se ponían amarillas y se les acababa la leche para dar de mamar a sus bebés, algunos nacidos en la montaña. En los meses que siguieron a las masacres murieron incontables personas.

En su libro “Nos salvó la sagrada selva”, Alfonso Huet ofrece esta importante estadística: de las 61 comunidades kekchíes de Alta Verapaz que estuvieron refugiadas en “la sagrada montaña”, 574 personas murieron por enfermedad y 619 murieron asesinadas.

PODEMOS CONCLUIR QUE...

Se puede concluir:
– Que estos operativos tuvieron una intención de destrucción planificada en muchas regiones del país, donde se practicaron simultánea o sucesivamente.
– Que la intención fue de destrucción parcial, aunque todos los miembros del grupo, hombres, mujeres y niños, fueran sometidos a las mismas condiciones.
– Que el grupo era la suma de grupos indígenas de diversas lenguas y etnias que se encontraban al margen del control del Estado en la montaña.
– Que la razón de la intención (“en cuanto tal”) fue, por lo menos, doble: política -controlar la población fuera del control del Estado y controlar su territorio- y étnica/racial.
– Que la razón étnica/racial se descubre en la apreciación del grupo como si fuera de animales de monte, sin derecho a la vida mientras no se dejara someter al Estado (domesticar), pero de difícil sumisión al Estado (domesticación),
a no ser por la fuerza.

SÍ, HUBO GENOCIDIO

El genocidio guatemalteco tuvo dos fases íntimamente vinculadas que corresponden a dos de los tipos de actos mencionados en la definición de lo que es el genocidio caracterizado en la Convención de Naciones Unidas de 1948.

Fue un genocidio total de aldeas indígenas y un genocidio parcial del pueblo indígena maya, combinándose ambos tipos de actos.

El genocidio guatemalteco se operativizó de dos formas distintas interconectadas como dos fases del mismo. En la primera, matanzas totales de aldeas indígenas, en cuanto aldeas indígenas, y matanzas parciales del pueblo indígena, en cuanto tal, realizadas combinadamente.


Y en la segunda forma, consecuencia de la anterior, sometimiento intencional de grupos indígenas dispersos a condiciones de existencia (hambre, enfermedad, frío, lluvia...) que acarrearon su destrucción parcial, en cuanto tales grupos indígenas.

Sí, sin duda, hubo genocidio.

ANTROPÓLOGO. AUTOR DE VARIOS LIBROS SOBRE EL CONFLICTO ARMADO EN GUATEMALA.

TEXTO DE SU CONFERENCIA EN EL CENTRO UNIVERSITARIO DE OCCIDENTE DE QUETZALTENANGO EN 2012. PUBLICADA EN EL PERIÓDICO DIGITAL “PLAZA PÚBLICA” EN MARZO 2013.

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