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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 370 | Enero 2013
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Honduras

Balada triste de Navidad

Honduras ya no parece un lugar habitable. Ha sido convertida en corredor de la droga. Su institucionalidad está en quiebra total. Su clase política vive desquiciada por la ambición y el saqueo de los recursos, El movimiento social no logra encontrar su propia voz. Y la ciudadanía apenas balbucea entre el sonido atronador de las balaceras. Somos territorio de violencia, batiendo récords mundiales. ¿Cómo se rebela uno contra todo esto?

Alejandro Fernández

La mañana del 23 de diciembre de 2012, mientras nos preparábamos para salir a comprar los regalos de la noche de Navidad, recibí la llamada de Kevin, maestro de sexto grado de mi hija, con quien planeábamos almorzar ese día. “Acaban de matar al papá de uno de mis alumnos”, me dijo con la voz quebrada.

Ambos nos quedamos sin energía para seguir con la agenda programada. Ese dicho, “uno propone y Dios dispone”, es casi un mantra en Honduras. Cuesta terminar un día cualquiera sin sobresaltos que te obliguen a cambiar de planes.

OTRO NIÑO SIN PADRE

No era el primer niño de su escuela que perdió a su papá en el año 2012. Sólo en su sección -me dice Kevin- tres niños han quedado huérfanos como consecuencia de la violencia criminal que azota a este país.

José Ramón Lagos, el papá asesinado, era un abogado muy respetado, un hombre leal y honrado, a decir de quienes lo conocían. El suyo es un crimen absurdo, como el de tantos otros que han enlutado la provinciana vida de El Progreso en los últimos años. Fue acribillado a balazos a las 11 de la mañana, mientras conducía su vehículo, a escasos cincuenta metros de la jefatura de policía. Venía acompañado de un cliente que también pereció y a quien, supuestamente, buscaban los hechores del crimen.

Hoy en Honduras morir de una bala que no va dirigida a ti ha dejado de ser un acontecimiento inusual. Los sicarios no se detienen a pensar en los daños colaterales. Dejar a un niño de 11 años sin padre no conmueve a los jóvenes que disparan, que viven ellos mismos con un pie en la tumba. Y que son víctimas de la miseria y el abandono del Estado antes de convertirse en verdugos de otros y de sí mismos, aceptando e imponiendo una existencia marcada por la velocidad, la droga y el espanto.

Por fortuna para Anuar, hay una familia detrás que mitigará el daño emocional y seguirá encaminándolo en su adolescencia. Cientos de niñas y niños se enfrentan cada año a situaciones aún peores. Tras perder a su padre o a su madre en un acto violento, tienen que abandonar la escuela prematuramente y ponerse a trabajar o engrosan la larga lista de niños viviendo en la calle.

LOS QUE NO LLEGARON
A LA NOCHEBUENA

El 24 de diciembre desayunamos tamales en casa de una vecina, una tradición que se resiste a morir y que expresa como ninguna otra el espíritu de compartir que prevalece en estas fechas. ¿Quién no se pasa en estos días por casa de un amigo a comer un tamalito con café? Pero ese día, la tradición dio paso a la lamentable actualidad. Acompañamos en la funeraria a Fernando Alvarado, entrañable amigo y ex-locutor de Radio Progreso, de 39 años, que murió el mismo día que el abogado Lagos, no como consecuencia de la ola criminal, aunque su muerte tampoco fue ajena a la violencia estructural que impone su sino sobre los usuarios de los hospitales públicos, donde la crisis de personal y de medicinas se ha vuelto crónica, condenando anualmente a miles de enfermos a una muerte evitable.

Tras una mañana navideña tan emotiva, salimos a realizar, hoy sí, las últimas compras. El consumo y la alegría superficial que la Navidad genera se entretejen con la tristeza más profunda. En realidad, consumo y violencia no dejan de ser fenómenos con extrañas concomitancias. Todo se acelera: la vida y la muerte, y quien puede, porque cuenta con crédito fresco, trata de vivir las fiestas como si fueran las últimas. Uno no se atreve a criticar esta actitud en una sociedad tan imprevisible, donde el trabajo, la vivienda y hasta la propia existencia se tornan tan vulnerables y efímeras.

Al menos 54 hondureños que amanecieron el 24 de diciembre con salud suficiente y con la ilusión de celebrar la Navidad, no llegaron a darse el tradicional abrazo de medianoche. Murieron abruptamente en el camino de una jornada trágica. Por circunstancias diversas, en barrios ricos o pobres, de diferentes edades, con un destino común. En el macabro caldo de cultivo del narcotráfico proliferan los asesinos a sueldo que devalúan la vida a un precio escandalosamente bajo. En un país donde los operadores de justicia han hecho mutis por el foro, la forma más barata y eficiente de arreglar un problema es pagando a quienes han adquirido el hábito de matar sin hacer preguntas. Probablemente no hay otro país sobre la tierra con tantos homicidios en Nochebuena. Otro insólito y triste récord para la república con más guerras civiles y asonadas golpistas de la región centroamericana.

LA MUERTE EN CADA ESQUINA

Un día después de Navidad, la llamada de mi amiga Aleyda interrumpe la cena con antiguos compañeros de trabajo. Notablemente nerviosa, apenas acierta a pronunciar unas palabras que me permiten intuir de un fogonazo el susto que la inunda, aun sin comprender los detalles. Entre sus sollozos consigo por fin vislumbrar que acaba de ser testigo de un triple asesinato. Unos jóvenes que habían tratado de entrar a un domicilio fueron perseguidos por su dueño y abatidos a tiros en plena calle, a escasas cuadras de la casa de Aleyda. Ella, que circulaba por ahí, en su vehículo, con su hijo de nueve años, frenó petrificada al oír los disparos y creyó por un instante que las balas buscaban otro destino. Alcanzó a escuchar a una de las víctimas pedir auxilio antes de ser rematado en el suelo por quien decidió tomarse la justicia por su mano.

¿Cómo le explica uno a su hijo que la vida es tan fútil que puede ser arrebatada en un instante sin mediar palabra? ¿Qué grado de impunidad hemos llegado a alcanzar para que alguien dispare con desparpajo sobre tres cuerpos y luego regrese a su casa tranquilamente sin que nadie pregunte nada? ¿Qué futuro espera a estos niños, acostumbrados a convivir con la muerte y el temor acechando en cada esquina?

Nadie sabe cómo se maneja una situación así y yo tampoco acierto a darle un consejo que al menos tranquilice a Aleyda. Toma la única decisión a su alcance: irse inmediatamente de su barrio y alquilar otra vivienda en una colonia cercada y con seguridad privada. Una solución que no le está permitida a cualquiera. Para la mayoría, no queda de otra que recoger sus calaches y echarse al camino.

LOS DESPLAZADOS
DE ESTA GUERRA

Miles de hondureños y hondureñas pobres están hoy desplazados de sus viviendas, desarraigados por las consecuencias de la violencia, vagando por los arrabales de las ciudades sin rumbo fijo. El problema se ha hecho tan acuciante que el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para Refugiados, que desde hace años se ocupa también de los desplazados, está ya pensando de nuevo en instalarse en nuestro territorio como hiciera en los años 80, cuando las guerras civiles asolaban la región.

A su manera, y de hecho, en Honduras también se libra una guerra. 86 muertos civiles por cada 100 mil habitantes
es una cifra que sólo se permiten los países que atraviesan un conflicto armado.

SOBRE UN POLVORÍN DE ARMAS

Es 28 de diciembre, celebración de los santos inocentes. Imposible no acordarse de tantos niños asesinados en nuestra tierra. Más de cinco mil desde que comenzó el siglo, según Casa Alianza. Hoy, las estadísticas progresan inexorablemente: las noticias hablan de un niño de 12 años que disparó casualmente una escopeta sobre su hermana de 10 causándole la muerte al instante. Un hecho casual que puede producirse en cualquier latitud del planeta, pero que obviamente es más probable en un país de 8 millones y medio de habitantes donde circulan más de 3 millones de armas de fuego, la mayoría ilegales. Vivimos sobre un polvorín y no es extraño que en ocasiones se produzcan hechos así.

Almorzamos en casa, también con amigos. Las bromas se suceden, como es común en esta fecha, y no faltan los propósitos para el año nuevo. Nos reímos comentando las últimas ocurrencias del Noti Nada, el ya célebre boletín informativo de Radio Progreso, que en clave de humor repasa la realidad nacional, incluso la más trágica, con un toque de sana ironía. Y es que en este tiempo el sentido del humor es un bien de primera necesidad, imprescindible para no caer abatido bajo el peso de los acontecimientos.

Reflexionamos sobre el origen de tanta violencia. ¿Es suficiente razón que el 80% de la cocaína que se consume en Estados Unidos pase frente a nuestras narices? ¿Qué papel juega la clase política y empresarial en toda esta catástrofe?

POLICÍAS EN SU INFIERNO

¿Servirá para algo la depuración policial que se está llevando a cabo? ¿Queda algún policía honesto en nuestros cuarteles? Ricardo, médico, afirma que tiene varios pacientes que son agentes de policía. Su vida es otro infierno -nos comenta-, presionados como están por una cadena de mando que ha hecho de la institución una calamidad pública. Quien no quiere mancharse las manos acaba inevitablemente salpicado por las tropelías de sus compañeros, o termina tres metros bajo tierra con su boca sellada para siempre. Es la ley del silencio que un día vimos en las películas de la mafia y que hoy revivimos multiplicada por diez en este pequeño territorio, donde nadie, ni siquiera el más fuerte o el más rico, está a salvo.

CADÁVERES
QUE SON MENSAJEROS

Patricia, una de las invitadas a nuestro almuerzo, reside en Tegucigalpa y vivió este año el secuestro y asesinato de su hermano. Aquella noche, los amigos la acompañaron de posta en posta policial para, a medianoche, concluir tristemente que su hermano no estaba arrestado oficialmente, a pesar de que quienes se lo llevaron vestían uniformes. Unas horas después, en una nueva madrugada sangrienta, la radio informaba de la aparición de cuatro cuerpos sin vida en diferentes cunetas de la capital. Uno, el de su hermano.

Nadie averiguó nada. Nadie preguntó más. La mara que opera en el barrio llegó al velorio a presentar sus condolencias y a dejar claro que los responsables eran otros. El control del territorio se marca o se viola en Honduras exacerbando el miedo: cuerpos humanos convertidos en mensajes de quien manda y ordena, para que todo el mundo lo sepa y tome nota.

OTRO TAXISTA ASESINADO

A pesar de tanta violencia, la población se obstina en celebrar las fiestas con alegría renovada. Los sandwiches de chancho, o al menos de pollo, abundan por donde vayas, no falta el rompopo y las cervezas entre quienes están un poco mejor, y los amigos se intercambian regalos para demostrar su aprecio y reeditar la solidaridad que nos permite resistir en este ambiente. El día 29 me disponía a llevarle a Benjamín un obsequio cuando me llamó por teléfono para contarme que su compadre había sido asesinado. Otra familia más que aborta la celebración y se dispone para el luto. Oscar trabajaba desde hace 20 años en una ferretería del centro de El Progreso. De 7 de la mañana a 5 de la tarde, durante veinte años, lo encontrabas en su puesto de venta. A pesar de su trabajo constante y de su comportamiento ejemplar, no podía mantener a flote a su familia, cada vez con más necesidades insatisfechas. Por eso, desde hacía tres años había comprado un viejo taxi con el que hacía servicios en horas de la madrugada, siempre a clientes fijos y bien conocidos para evitar los riesgos.

Oscar era un hombre precavido. Es muy probable que, como la mayoría de los transportistas en Honduras, destinara parte de sus ganancias a pagar el “impuesto de guerra”. La madrugada del 29 se disponía a regresar a su casa cuando fue interceptado a disparos por dos jóvenes que, tras robarle, lo llevaron debajo de un puente y acabaron con su vida. No fue el último taxista en morir así en 2012, un año en que más de 50 parecieron bajo las balas asesinas en todo el país.

OTRA AUTOPSIA DILATADA

Veinte horas después de su muerte, la humilde casa de su madre a orillas del Río Pelo, donde Oscar se crió hace medio siglo, estaba rodeada de viejos amigos que vinieron de todas partes a compartir con la familia el dolor. No importó que quedaran tan sólo unas horas para que terminara el año. Nadie escatima su tiempo en estas circunstancias. La gente es generosa y, quien más quien menos, conoce la impotencia de estos lances y sabe de la importancia de sentirse acompañados. No falta la comida ni el café caliente, aportada por los dolientes, mientras se espera con paciencia inaudita que medicina forense entregue el cadáver. No resulta fácil, pues la morgue se encuentra atestada y nuestras autoridades, que no son ni responsables ni diligentes, tampoco parecieran conocer la piedad.

Como si no fuera suficiente el dolor de la desaparición de un ser querido, hay que esperar inútilmente a que hagan una autopsia que nunca conduce a ninguna investigación. Al horror de la muerte se suma esa displicencia, que se desentiende de la espera de los familiares, quienes conmovidos por la tragedia, desean al menos acompañar, cuidar y velar cristianamente y con mimo al ser querido ya sin vida, en sus últimas horas sobre la tierra.

MÁS MUERTES DE MUJERES

El año termina, como siempre, entre risas, canciones y pólvora. En algunas colonias con más medios los vecinos organizan pequeños fuegos de artificio. En otras, se quema un muñeco que representa el año viejo. No falta quien dispare balas vivas al aire. Las autoridades advierten del peligro de esta práctica. Pero hace tiempo que perdieron autoridad, así que cada uno toma sus precauciones. Mejor nos quedamos a resguardo en casa de unos amigos, y esperamos a que termine la explosión de júbilo y pólvora para regresar a casa.

María Estela trabaja en una organización de mujeres. Ha constatado que en 2012 el número de mujeres asesinadas ha subido en mayor proporción que el de los hombres. Es un signo inequívoco de que los más débiles sufren más las consecuencias de esta lacra interminable. Se pregunta, como todos en este país nos preguntamos, qué está pasando, qué nos están haciendo, por qué nadie interviene, cómo se rebela uno contra tanta injusticia, por donde se empieza... En los años 80, dice un amigo, con la doctrina de la seguridad nacional sabíamos de donde nos venía el golpe, podíamos advertir donde se agazapaba el peligro… Ahora es más complicado.

HONDURAS
ES UNA TRAMPA MORTAL

El pequeño territorio hondureño ya no parece un lugar habitable. Ha sido convertido en corredor de estupefacientes, con una institucionalidad completamente quebrada, una clase política desquiciada por la ambición y el saqueo de los recursos, un movimiento social que no encuentra su propia voz y una ciudadanía debilitada, que apenas balbucea entre el sonido atronador de las balaceras.

Es un país convertido en una trampa mortal, de la que algunos consiguen escapar, en el que la mayoría no tiene más remedio que sobrevivir al día, con coraje, estoicismo, dignidad y hasta ternura, aunque ajena a las claves de un conflicto que se dirime a muchas millas de distancia.

¿DE DÓNDE SACAR LA FUERZA?

La Navidad se acaba. Santa Claus pasó fugazmente y el año nuevo comienza retomando los viejos problemas seculares. Lo peor no es el asombroso déficit fiscal que hoy aqueja tanto al Estado como a las economías familiares. Ni el desempleo galopante que sigue atestando los buses de hombres y mujeres que se van o intentar irse para el Norte. Ni siquiera la caricatura democrática que se presume serán los próximos comicios, con formaciones políticas, antiguas o remozadas, todas huérfanas de alternativas a los verdaderos problemas. Lo más grave es pensar que si las estadísticas no se revierten, este año morirán violentamente 8 mil hondureños más. ¿De dónde obtendremos la fuerza que necesitamos para preservar la cordura?

Los lamentos y la incertidumbre acaban por convertirse en una plegaria de año nuevo que apenas precisa de palabras, en una balada triste pero esperanzada para conjurar el miedo, hacer acopio de tanta experiencia compartida a corazón abierto, alentar los sueños y convocar la vida… Siempre la vida.

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