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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 365 | Agosto 2012
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Nicaragua

Está en riesgo nuestro futuro

El modelo de desarrollo que ha mantenido Nicaragua durante su historia es oportunista y es insostenible. Hemos explotado irracionalmente nuestros recursos naturales. Predomina una manera de pensar fatalista, desarrollista y de corto plazo. Tal vez estamos ante la última oportunidad de cambiar de rumbo, de pensar responsablemente en el futuro de las próximas generaciones, de adoptar una nueva visión del desarrollo.

Jaime Incer Barquero

El futuro inmediato de Nicaragua está determinado por las características de su territorio, la existencia de sus recursos naturales, el modelo de desarrollo que se promueve, las actividades económicas que se realizan y las capacidades de la población para entender e impulsar su propio progreso y bienestar. Ese futuro depende del interés nacional en promover una nueva visión y de la voluntad de concretizarla, ante fenómenos tan envolventes como la regionalización, la globalización y el incremento de la población mundial.

PASÓ LA ÉPOCA DEL PROVIDENCIALISMO

Esta nueva visión tiene que considerar el equilibrio entre tres factores que forman un trinomio inseparable: el Territorio, la Economía y la Población. Ninguno de ellos puede garantizar desarrollo si no se atiende el valor de los otros dos factores.

En el territorio nicaragüense interactúan con especial dinamismo fenómenos geológicos, climatológicos y ecológicos que modelan los procesos esenciales de sobrevivencia. Por tanto, resulta inexplicable que en nuestro país, poseedor de una activa dinámica geográfica, se hayan subestimado durante tanto tiempo la importancia y el rol que juegan estos procesos para garantizar la productividad del territorio, sustento principal de nuestra economía y mayor generador del bienestar social tan deseado por la población.

Pasó la época de creer en el providencialismo de los fenómenos naturales como benefactores del hombre. En Nicaragua, como en casi todos los países del Tercer Mundo, la Naturaleza parece haber agotado la capacidad para seguir subsidiando el desarrollo por sí sola si no se la aprovecha racionalmente y se propicia su regeneración o restauración.

Son pocos los planificadores del desarrollo con suficiente previsión para valorar e incorporar el patrimonio natural de nuestro país en las cuentas nacionales. En este sentido cabe preguntarles, por ejemplo, cuánto cuesta para la salud de la población la contaminación de nuestros ríos, lagos y mares, cómo afecta la producción agrícola la pérdida anual de miles de toneladas de ricos suelos que la erosión hídrica y eólica acarrean al mar sin beneficio o recuperación, a cuánto asciende la pérdida económica y ecológica de las miles de hectáreas de bosques que anualmente perecen en nuestras montañas, cortados y quemados sin provecho, cuánta es la pérdida que provoca la desaparición progresiva de tantas especies de flora y fauna que nunca tuvimos la oportunidad de estudiar y aprovechar, cuánto costaría restaurar la fertilidad de centenares de miles de hectáreas de pastos que todos los años se queman, carbonizando su materia orgánica con la cavernaria quema de potreros…

Y otras preguntas: ¿De dónde sacaremos el agua en la cantidad y calidad que debe consumir la población de Nicaragua cuando sobrepase los diez millones de habitantes dentro de veinte años? ¿Cómo estará para entonces la sedimentación en las represas que generan energía hidroeléctrica, si no existió un buen manejo de los suelos en sus cuencas deforestadas? ¿Podrá un país de paisajes desgatados, naturaleza exterminada y ambiente contaminado ser un atractivo turístico de afluencia internacional? Y como éstas, se manifiestan otras incógnitas que revelan lo insostenible de nuestro actual modelo de desarrollo.

POBLACIÓN NUMEROSA, RECURSOS REDUCIDOS

Es necesario despejar estas dudas si pensamos en la participación de nuestro país en las convenciones internacionales, en las economías de mercado a gran escala o en los procesos de globalización, para no seguir abriendo ilusamente expectativas con una visión y modelo económicos totalmente divorciados en la praxis de las capacidades de nuestra geografía, que ha sido tan expoliada, sin aportar beneficios a una población cada vez más numerosa y empobrecida.

En las últimas décadas, en Nicaragua, como en el resto del istmo, se ha acentuado la alteración del medioambiente y la explotación irracional de los recursos naturales. Ambos procesos se han acelerado coincidentemente en el momento en que la población de la región se ha incrementado, con las más altas tasas de crecimiento de su historia, lo cual impone el serio reto de satisfacer las necesidades sociales y económicas de una población cada vez más numerosa y necesitada de recursos cada vez más reducidos.

Tradicionalmente, las opciones económicas con que cuenta nuestro país se basan en el aprovechamiento agropecuario, forestal, pesquero, minero y turístico, en aquellas áreas ligadas al manejo y aprovechamiento del territorio y sus recursos naturales: sus excelentes suelos agrícolas de origen volcánico, sus extensos bosques coníferos y latifoliados, sus recursos pesqueros y marinos y los paisajes del territorio con toda su numerosa biodiversidad.

Sin embargo, el modelo de desarrollo económico tradicional ha estado orientado hacia la agroexportación de productos demandados en el mercado internacional, realizada a costa de disminuir los recursos naturales y de alterar o contaminar el medioambiente, sin sentido de reposición o de conservación. Ha sido un modelo de desarrollo basado en una visión oportunista e insostenible. Es evidente que en Centroamérica, y con mayor razón en Nicaragua, la Naturaleza ya no puede seguir subsidiando esta forma de desarrollo. Por otra parte, la marginación social de una gran masa de campesinos sin tierra ha creado una fuerza de colonización espontánea, desordenada y destructiva a expensas de los bosques, talados y quemados para dar paso a cultivos de subsistencia de bajo rendimiento económico o para extender pastizales para una ganadería extensiva, todo a costa de la destrucción de nuestros bosques húmedos originales.

POR CODICIA O POR IGNORANCIA

Como consecuencia de este modelo y de estas actividades se observan en nuestro país estas alteraciones ecológicas: reducción continua de la cobertura forestal, erosión y pérdida de la fertilidad de los suelos, disminución de los cuerpos de agua, reducción paulatina de la biodiversidad y contaminación progresiva en tierras, aguas y aire. Algunas especies de interés comercial o de consumo popular han sido capturadas, pescadas y cazadas casi al límite de su extinción, sin que se observen regulaciones ni vedas para impedirlo.
La contaminación ambiental campea no sólo en el área rural, donde se siguen utilizando prácticas agrícolas que a ello contribuyen. También hay contaminación en las ciudades por los procesos de disposición de las aguas servidas e industriales, por el tráfico vehicular y por el descarte de basuras generadas por los hábitos de consumo de los pobladores que viven aglomerados en los principales centros urbanos, faltos de educación y de responsabilidad ciudadana. Es evidente el escaso impacto de la educación ambiental y la falta de observancia de regulaciones para frenar todos estos procesos y sus consecuencias.

La codicia o la ignorancia conspiran contra el buen manejo de los recursos naturales. La falta de conciencia ambiental que se observa en todos los sectores de la población no es sólo producto de la ineficacia de los gobiernos de turno para hacer cumplir las leyes, sino de la ausencia de una educación y de participación de la ciudadanía en la resolución de estos problemas, sentidos como responsabilidad de la sociedad y como compromiso con las generaciones futuras.

En síntesis, creemos que el actual comportamiento social de la población nacional, los modelos de desarrollo históricamente empleados y el deterioro ambiental con dilapidación de los recursos naturales sólo han conducido a un empobrecimiento crítico de nuestra creciente población, comprometiendo las opciones de las futuras generaciones. Por tanto, es conveniente desde ahora reorientar todo el quehacer nacional ajustándolo a un nuevo modelo de desarrollo con visión sustentable para que Nicaragua pueda sobrevivir como nación civilizada en el siglo 21.

Algunos defienden la actual situación argumentando que el deterioro ambiental es una consecuencia esperada del desarrollo, sobre todo en países como Nicaragua, donde los niveles de pobreza obligan a la población a utilizar los recursos renovables donde están o como estén, sin sentir la obligación de conservarlos o de reponerlos. Con esta forma de argumentar se cae en un círculo vicioso, donde la pobreza contribuye al deterioro ambiental, lo que a su vez genera más pobreza, agotando progresivamente los recursos y ambientes naturales en formas cada vez más costosas e irreversibles para los seres humanos que sobreviven en ellos y viven de ellos. Los resultados de esta manera de pensar, fatalista, desarrollista y de corto plazo, están a la vista y representan una advertencia trágica de lo que no debe continuar haciéndose de ahora en adelante.

URGE UN CAMBIO DE ACTITUD

Un cambio de actitud en el actual desarrollo social y económico del país se perfila como una urgente medida deseable para armonizar las necesidades de la población con las capacidades del territorio, cambio que es posible realizar con la progresiva puesta en marcha de acciones hacia el modelo que llamamos Desarrollo Sostenible.

La Alianza Centroamericana del Desarrollo Sostenible, suscrita por los mandatarios del istmo centroamericano en la Cumbre Ecológica realizada en Managua en octubre de 1994, definió así este nuevo modelo de desarrollo: “Un proceso en la calidad de vida del ser humano, que lo coloca como centro primordial del desarrollo, por medio del crecimiento económico con equidad social y de la transformación de los métodos de producción y de los patrones de consumo, y que se sustenta en el equilibrio ecológico y el soporte vital de la región.

Este proceso implica el respeto a la diversidad étnica y cultural regional, nacional y local, así como el fortalecimiento y la plena participación ciudadana, en convivencia pacífica y en armonía con la Naturaleza, sin comprometer y garantizando la calidad de vida de las generaciones futuras”. Existe también una responsabilidad, mundialmente compartida por varias naciones y gobiernos a partir de la Conferencia Mundial sobre Ambiente y Desarrollo, celebrada en Río de Janeiro en junio de 1992, que nos obliga a todos a actuar en armonía con la Naturaleza si queremos vivir de ella.

Mucho se ha argumentado en los círculos económicos sobre las restricciones que la ecología impone al desarrollo, mientras en el otro extremo se critica la falta de consideraciones ambientales en los procesos de desarrollo, buscando beneficios al más corto plazo y sin importar las consecuencias.

El Desarrollo Sostenible trata de armonizar estas dos concepciones. La conservación bien entendida aumenta la producción, al manejar correctamente los recursos y ambientes naturales para que éstos rindan resultados inmediatos, también permanentes, a los procesos económicos, con beneficios que deberán reflejarse en el bienestar social nacional y en la mejoría de la calidad de vida de la población. El reto es amplio, pero muestra muchas posibilidades de acción. Requiere de parte de los gobiernos presentes y futuros una clara visión, voluntad y responsabilidad para impulsar el nuevo desarrollo del país, con la participación activa y consensuada de toda la sociedad civil en un proceso de cambio que favorezca a la generación actual y a las venideras.

¿QUÉ LES HEREDAREMOS?

En Nicaragua debe ser motivo especial de preocupación la aceptada adopción de procesos y tecnologías agrícolas, industriales, urbanas y domésticas donde se usan, producen, transportan o eliminan sustancias y desechos que contaminan el suelo, el agua y el aire, que alteran los sistemas naturales y amenazan la salud y la vida de todos los seres vivos, nosotros incluidos.

En países como el nuestro, donde la principal actividad económica gira en torno al cultivo de la tierra y al aprovechamiento de los recursos naturales, habrá que poner mayor atención a los aspectos ambientales, a la conservación de suelos, aguas y bosques, que mantienen el sistema natural funcionando y garantizando la producción nacional. Es necesario que parte de los beneficios económicos que resultan de las actividades productivas sean revertidos en la conservación y funcionamiento de los sistemas naturales.

Nadie puede rebatir, por ejemplo, la importancia de dejar que nuestros hijos dispongan, pasadas dos o tres décadas, de 6 millones de hectáreas con 500 millones de árboles maderables de la mejor calidad, transformando con semejante herencia a nuestro país en un emporio de producción forestal. El desarrollo sostenible es nuestra responsabilidad, es el legado de nuestra generación a las siguientes.

EL PAPEL DE LAS UNIVERSIDADES

A la luz de todas estas inquietudes, que en realidad son verdaderos retos, cabe preguntarnos: ¿Cuál sería el rol de la universidad nicaragüense para reorientar el futuro del país? ¿En cuántas de estas opciones estamos formando profesionales comprometidos con una visión verdaderamente nacionalista? ¿Cuánto de la docencia y de la investigación que impartimos está orientada a formar profesionales preocupados por el destino del país, para servir a la nación y no para servirse de ella? ¿Cuántas carreras están orientadas a apoyar el desarrollo futuro de Nicaragua con verdadera vocación de justicia, equidad, conciencia y con conocimiento de las oportunidades que nos ofrece su geografía y de las necesidades de sus pobladores? ¿Cuántas se orientan al desarrollo futuro de nuestro país con un modelo sustentable?

¿Están las universidades preparadas para asumir los nuevos retos del siglo 21? ¿Están ofreciendo carreras para atender la sobrevivencia individual, social, nacional, mundial, de los seres humanos en nuestro planeta? ¿Existirá algún día en Nicaragua el gestor ambiental, el planificador ambiental, el procurador ambiental, el tecnólogo ambiental, el educador ambiental, el legislador ambiental, el ingeniero ambiental, el gerente ambiental, y así siguiendo la lista, entre los futuros egresados?

No cabe duda que el Estado debe constituirse en el principal impulsor del Desarrollo Sostenible. Su rol es el de planificar, normar y facilitar su desenvolvimiento, sin perder de vista que este modelo de desarrollo es un compromiso nacional que incumbe a todos los miembros de la sociedad civil (agricultores, industriales, administradores, comerciantes, estudiantes, profesores, profesionales, obreros, líderes, mujeres, juventud, indígenas), que deberán participar en el montaje y ejecución del proceso, porque a todos nos incumben o afectan los resultados como habitantes que somos de esta nación.

La participación de la población nacional en la planificación del Desarrollo Sostenible permite que la misma gente se entere del proceso, tenga conciencia de su importancia y ventajas y contribuya al ordenamiento de la nación, pues es ella la que demanda trabajo y servicios y es de ella de la que se esperan beneficios.

Las leyes del país deben conferir mandatos y promover capacidades para que los diversos estamentos de la sociedad civil nicaragüense tomen parte activa en una nueva visión de desarrollo. Y porque esta nueva visión se basa en las características del territorio, son los gobiernos regionales y municipales los que deben tomar la iniciativa en acciones y proyectos localizados, instancias a las que habrá que capacitar y a las que habrá que facilitar recursos para invertirlos en el proceso.

Para que el Desarrollo Sostenible sea factible es necesario promover a la par el Desarrollo Humano Sostenible, pues la población nacional es el mejor recurso que cualquier país tiene y la única fuerza que puede actuar con conciencia de sí misma y responsabilidad para construir el futuro. Conviene invertir en el Desarrollo Humano, tanto y más que en el económico. Urge rescatar los mejores valores de la humanidad, educarla y promover su aspiración a vivir en paz, con justicia y equidad, en un sistema democrático con iguales oportunidades para todos. Éste es también un gran reto para las universidades.

NUESTRA ÚLTIMA OPORTUNIDAD

Ojalá Nicaragua se apreste a avanzar en el siglo 21 con la visión del Desarrollo Sostenible en todo su alcance económico, social, ecológico y humano. Ojalá incremente sus relaciones con el resto del mundo para beneficiarse de los intercambios científicos y tecnológicos que garanticen la sobrevivencia de esta pequeña nación, tan congestionada de problemas. Ojalá sepa enfrentar los retos planteados por una civilización exigente y demandante de los recursos cada vez más escasos que nos brinda la Naturaleza. Solamente así los nicaragüenses de hoy y mañana podremos alcanzar una vida digna y escapar de las terribles ataduras de la pobreza y la ignorancia y gozar de una civilización que se respete a sí misma y a todos los seres vivos que comparten nuestro único planeta.

Nicaragua necesita ganar su espacio de sobrevivencia como nación prospera, libre e independiente en lo que transcurre el siglo 21, no como una hueca aspiración histórica, sino como un derecho que sus mismos habitantes deberán forjar desde ahora para bien de las futuras generaciones. Cuando esto suceda, como lo deseamos, muchos nicaragüenses ya habremos fallecido, pero millones de nuestros descendientes estarán en espera, o quizás ya disfrutando, de esta última oportunidad.

CIENTÍFICO Y ACADÉMICO.
DISCURSO EN EL ACTO DE IMPOSICIÓN
DEL DOCTORADO HONORIS CAUSA
EN EL AMERICAN COLLEGE. MANAGUA, 25 JULIO 2012.

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