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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 363 | Junio 2012
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Nicaragua

Memorias de una generación becada

¿Cómo vivieron en la URSS y en la RDA los miles de jóvenes nicaragüenses que en la década de los años 80 fueron becados por la Revolución para estudiar tan lejos? ¿Cómo valoran la experiencia? ¿Qué aprendieron de la perestroika y de los últimos años del socialismo europeo? Reuní ocho testimonios de aquella generación becada. Cada uno es una historia de sobrevivencia.

William Grigsby Vergara

Fueron muchos los que, durante la década de los 80 salieron de nuestro país a estudiar a los países del bloque socialista. Muchos viajaron a la Unión Soviética y a Alemania Oriental. Para quienes fueron becados por el gobierno sandinista ese salto fue una hermosa y arriesgada oportunidad para conocer desde adentro el sistema socialista y contrastarlo con lo que conocieron en Nicaragua. Fue prioridad del proyecto de la dirigencia que encabezó el proceso revolucionario invertir en la formación de futuros profesionales preparados en la Europa socialista.

La idea era que regresaran a Nicaragua con sólidos conocimientos. Pero la historia dio la vuelta bruscamente. Todo empezó a venirse abajo. Y alcanzó a los nicaragüenses, que asistirían allí a la mayor catástrofe geopolítica de la historia moderna: la estrepitosa caída del muro de Berlín en 1989 y el fin de la URSS en 1991.Nicaragua también se sumó al derrumbe de la izquierda mundial. En 1990 el FSLN perdió las elecciones ante Violeta Barrios de Chamorro y Daniel Ortega tuvo que entregarle el gobierno, en un país desgastado por la guerra.

La inesperada victoria de la oposición sepultó los sueños de muchos nicaragüenses. Era el fin de una era para Nicaragua y para el mundo. ¿Cómo regresaron al país los nicaragüenses que fueron en busca de superación y experiencia en la Europa socialista? ¿Cómo fue vivir allá, tan lejos de su terruño pinolero? ¿De qué manera sobrevivieron a los últimos años de la Guerra Fría? ¿Qué aprendieron, a pesar de todo? Reuní ocho testimonios de nicas en la URSS y la RDA. Cada uno es una historia de sobrevivencia.

“NOS ATENDÍAN A CUERPO DE REY”

Víctor, 65 años. “Nací en Mina La India, en León. Me fui a la URSS en 1981 y me tuve que regresar en 1982. El plan era estudiar biología marina. Pero en el vuelo se extraviaron mis documentos y los de otro profesor de la UNAN-Managua. Se perdieron diplomas y títulos importantes. Pasamos desocupados sin estudiar como cuatro meses y no hallaban qué hacer con nosotros. Para mayor desgracia, en la URSS nos querían hacer estudiar desde primer año de bachillerato y yo dije inmediatamente que no. Que prefería regresarme. Tenía 35 años, tres hijos y una esposa. Empezar de cero era absurdo para mí. Entonces, me acomodaron en un cursillo y estudiamos cualquier cosa con tal de ocuparnos en algo. Éramos trece así, todos de la UNAN-Managua. Me ofrecieron también una beca para estudiar en el Conservatorio de música. La rechacé. Yo estaba desesperado.

Finalmente ingresé al Instituto Astraján en el pueblo que se llama así. Quedaba como a 60km del Mar Caspio, a 32 horas en tren de Moscú. El pueblo era parte del puerto de Tallin, un espacio de defensa bélica para la flota naval. Ellos lo consideraban un pueblo de cuarta categoría.

Estudié con otros revolucionarios, vietnamitas, cubanos, mozambiqueños, de Barbados… Allí formé un cuarteto de música revolucionaria con otros nicas. Cantábamos canciones de la Revolución, las de Carlos Mejía Godoy y el Grupo Pancasán. Yo era la primera voz y mis compañeros hacían el coro. Éramos muy solicitados. Como se valoraba mucho el arte y la cultura nos atendían a cuerpo de rey y comimos caviar, salmón y trucha. Nuestra Revolución estaba de moda y querían escuchar nuestras canciones. Durante la celebración del aniversario de la revolución de cada país hacíamos actos culturales con marroquíes, libios, etíopes, vietnamitas, angoleños y algunos de Madagascar. Los morenitos no eran muy queridos. Por racismo. Humildes, cariñosos, callados, pero no muy queridos. El racismo se manejaba de manera extraoficial”.

“YA NO RECORDABA LA CARA DE MIS HIJOS”

“A pesar de todo, la experiencia fue buena. A veces echaba mis lágrimas por mi esposa y mis tres hijos. Luego de unos meses ya no recordaba la cara de mis hijos y pedí que me mandaran fotos. Mis compañeros chilenos trataban de consolarme. Ellos quedaron entrampados en la URSS desde la caída de Allende en 1973 y no pudieron regresar a Chile. Me decían que no me preocupara, que a los seis meses me iba a olvidar de mi esposa, me iba a casar con una rusa y me quedaría viviendo allá. Esa posibilidad me afligía.

Regresé a Nicaragua con una especialidad en cultivo de peces. Me fui con mis documentos al Instituto de Pesca (INPESCA) esperando una oportunidad laboral. Llegué con aquella alegría de haberme graduado en la URSS y me recibió una compita vestida de verde olivo y traje militar. Le mostré mis papeles y ella sólo me quedó viendo y me dijo que dejara los documentos y llegara otro día. Me sentí menospreciado. Le pedí hablar con el ministro o con alguien encargado de recursos humanos para ver mi caso. Ella se negó y me atendió hasta una semana después y sólo para negarme cualquier chance de trabajo. Eso fue en el 82, cuando apenas empezaba la revolución... ¿Qué podía esperarse de los años siguientes?”

“LA URSS ERA COMO UNA FLOR
QUE QUERÍA ABRIRSE”

Bertha, 47 años. Nací en Managua. Tenía 19 años cuando salí del país hacia la URSS. Estudié en la Academia Agrícola de Ucrania, en Kiev, la capital. Lo logré por una beca. Las becas de quienes estudiábamos Medicina Veterinaria eran financiadas por la UNICEF, que le daba los fondos a la URSS, que escogía y ofrecía becas en los países del Tercer Mundo. Los bachilleres que optábamos a esas becas hacíamos exámenes psicométricos, físicos, de coeficiente intelectual…

Los becados vivimos momentos históricos al llegar a la URSS. Fue asombroso cuando, durante las primeras reuniones y charlas políticas a las que nos convocaron, los profesores nos hablaron de la perestroika, la glasnot y la reestructuración del sistema socialista soviético. Fuimos la generación de estudiantes que vivimos la apertura y el cambio de la sociedad soviética. Yo sentí que con los cambios que intentaba aplicar Gorbachov, la URSS era como una flor que quería abrirse, pero todavía estaba cubierta por una mallita que no le permitía liberarse y dar todo su esplendor.

De 1985 a 1988 fueron tres años dramáticos para la URSS. Fue el rompimiento de viejos paradigmas, la apertura de fronteras, el acceso a ciertas tecnologías, los cambios en la política económica. Hubo un momento en que, por los drásticos cambios de moneda que había, en vez de darnos el estipendio normal, nos daban cupones impresos en unas ristras de cartón que parecían billetes postizos.

Ser mujer en Ucrania tenía muchas ventajas. Había muchas oportunidades, pocos límites y mucho respeto. Eso lo sentí y lo viví. Sin embargo, era una mujer extranjera y eso ya era otra cosa. Había mucha discriminación segmentada que no se podía negar. Como nos tocó trabajar en el campo, por el perfil de la carrera, tuvimos que lidiar con gente más conservadora. Era difícil que aceptaran tu color de piel morena y tu pelo murruco.

Ya, cuando nos relacionamos más a fondo con los campesinos ucranianos, entendieron que éramos prácticamente los mismos seres humanos que ellos. Queríamos trabajar, salir adelante, aprender, teníamos sentimientos y esperanzas. Igual que ellos. Nos casábamos y teníamos hijos, igual que ellos. Mi hijo mayor nació allá y allá me case con un nicaragüense.

Cuando el ucraniano abría las puertas, lo hacía de corazón. Yo considero que el 98% de la experiencia que tuve allá fue positiva, a pesar de la crisis. Durante los seis años que estuve, aprendí mucho y encontré gente muy buena, ángeles por todos lados que me tendían la mano, profesores que se preocupaban por mí y me querían.

Regresar a Nicaragua fue un golpe duro en todos los sentidos. Me costó adaptarme a la cultura soviética y me costó readaptarme a la cultura nicaragüense. El clima era otro rollo. Los inviernos ucranianos eran de 45 grados bajo cero y al regresar volvimos a los 36 grados de un calor arrecho. Pero lo más duro fue lo político y lo social. Cuando nos fuimos de Nicaragua, aquí había una Revolución y cuando regresamos ya no estaba esa Revolución.

Un cambio drástico. Yo, igual que mis compañeros, veníamos con un título, veníamos egresados con maestrías e incluso doctorados, con licenciaturas, con ingenierías. Pero cuando buscamos un trabajo y nos preguntaban dónde… “¿En la URSS? Usted es comunista”. Nos cerraban todas las puertas, no teníamos acceso a un trabajo. A pesar de todo, para mí fue lindo saber que ya no había guerra en Nicaragua. Eso fue lo más importante. Fuera lo que fuera, en mi país ya no había guerra y ya no había jóvenes muriendo por una causa perdida. Eso fue lo que me empujó a salir adelante”.

“AGARRÉ LA COLA DE LA CRISIS”

Cipriano, 47 años. “Soy leonés. En 1984, el Centro Nacional de Educación Superior (CENES) ofertó varias becas para la URSS. Ellos seleccionaban y ubicaban a sus candidatos por medio de la Juventud Sandinista, que avalaba tu salida, porque era tiempo de guerra. En ese tiempo ya estaba la movilización al servicio militar patriótico y yo necesitaba un aval político. Tenía 19 años y tuve suerte de que no me mandaran a la guerra.

Viajé a la URSS. Los primeros días allá fueron difíciles por la comida y la dificultad del idioma. La gente trataba de entendernos y era una lucha entre el vendedor y nosotros, los compradores, para obtener el “producto” que ellos necesitaban: más comunismo. Ir a Rusia era como seguir un negocio político donde nosotros teníamos que saber vender nuestra propia Revolución. Para algunos fue más duro que para otros. Conocí estudiantes que dejaron su primer hijo en Nicaragua y se regresaron llorando porque extrañaban a sus criaturas. Pero nunca los regresaban al instante. El proceso era tardado y debían esperar por lo menos un año para volver a la patria. El retraso era un castigo, ya que tenían que responder a una beca de gran exigencia y en la que se invertía mucho dinero. Otros añoraban a sus esposas y colgaban los guantes y se regresaban. No coronaron sus carreras.

Tuve la oportunidad de estudiar Química en la Universidad de Kishinev, en Moldavia. Nosotros sentimos el desmoronamiento de la URSS hasta el último año de la carrera, en el 90. Gracias a Dios yo agarré la cola de la crisis y la viví de refilón. Sin embargo, otros compañeros tuvieron otra suerte, perdieron hasta el estipendio que los mantenía estudiando y tuvieron que regresarse antes“.

“LOGRÉ VER LA REALIDAD
DEL SOCIALISMO PURO”

“Nos daban 90 rublos para sobrevivir al mes. El rublo tenía mayor valor que el dólar. Según ellos, 90 rublos eran como 110 dólares. Era poco, debía alcanzarnos para todo lo necesario. Con un rublo o un rublo y medio vos comías. Mal, pero comías. Una leche Kopi te costaba 20 o 30 centavos. Con 2 o 3 rublos almorzabas decentemente. Nos daban zapatos, guantes y abrigos una sola vez y para siempre, que era para seis años. Si se te jodían los zapatos, tenías que buscar cómo arreglártelas para conseguir unos nuevos. Pasamos seis años con la misma bufanda, el mismo pantalón, el mismo gorro y los mismos zapatos. No había opción de pedir nada extra y lo que te daban te tenía que ajustar.

Al regresar a Nicaragua nuestra esperanza era encontrar un trabajo garantizado. Eso nos dijo el gobierno sandinista cuando nos mandó allá. Pero todo se esfumó en las elecciones del 90. En los meses siguientes le hicieron revueltas a doña Violeta. Había barricadas en Managua. Mi avión, que venía desde Rusia, se tuvo que quedar en Irlanda una noche porque ese día el aeropuerto nacional estaba tomado. Lo primero que sentí fue un ambiente de incertidumbre.

Costó mucho que me reconocieran el título de la URSS en la Universidad de León y en la de Managua. Pasé impartiendo clases en la secundaria unos tres años, recibiendo el sueldo de un bachiller. También nos cerraban las puertas por celos y por estigma. Mi título decía Máster en Química. Decían que si estuvimos sólo seis años estudiando en Rusia, no era posible que trajéramos un Máster. Todo por celos profesionales. Y eso hizo más difícil que encontráramos un trabajo digno.

A pesar de todas las penurias, viajar a la URSS fue una experiencia bella. Yo logré ver cuál era la realidad del socialismo puro. Viví en el gobierno somocista durante sus últimos años y luego durante el gobierno sandinista en el primer quinquenio. Los somocistas hablaban pestes del comunismo. Los sandinistas venían con un discurso contrario. Estas discrepancias políticas despertaban mi inquietud de joven por saber quién tenía la razón. Lo cierto es que ningún sistema es perfecto. Pero en Rusia yo vi que trataban a todos por igual y los niños, las mujeres y los ancianos tenían una vida digna. Y eso yo no lo vi bajo la sombra de Somoza”.

“LAS DESIGUALDADES SOCIALES
YA SE EMPEZABAN A VER”

Johanna, 41 años. “Nací en Managua. En Rusia saqué una carrera técnica llamada Tecnología de los Productos Pesqueros. Me fui en 1987, tenía 16 años. Fue cómico porque supe de las becas por medio de una amiga romanticona que se hacía la ilusión de postularse para becaria mientras leía el anuncio en el periódico. Me convenció para que participara. No la pensé dos veces, apliqué y me aceptaron.

Yo venía de la iglesia bautista, en donde participaban personas de izquierda. Yo ya había estado en brigadas de salud, cortes de café y en obras sociales que organizaba la Revolución. Me pareció lindo irme a Rusia tan joven y mi excelencia académica me favoreció mucho. Era como un el sueño adolescente hecho realidad.

Cuando me iba no me querían dar la beca -ya teniéndola aprobada- porque yo soy evangélica y ellos decían que ir a un país donde se practicaba el ateísmo, podía ser muy duro para mí. Entonces mi mamá habló con el Ministro de Educación, el padre Fernando Cardenal, y le dijo que yo había dado mucho por mi patria y que merecía ir para demostrar mis capacidades. Finalmente dejaron de ponerme trabas y pude viajar.

Estudié en la Escuela Técnica de Pescado de Astraján, a dos horas de Moscú en avión. Yo venía de un país controlado por un sistema parecido al ruso, así que a los nicas no nos asustó tanto la situación que allá se vivía. Estuvimos en la crisis y también estuvimos en el tiempo de después, el del auge económico capitalista, cuando celebraron al primer millonario ruso. Yo me sorprendí al ver cómo los rusos, después de vivir en la ignorancia total en todo lo que tenía que ver con el mundo capitalista, lograron hacerse millonarios de la noche a la mañana, aunque, no siempre de la manera más limpia. Las desigualdades sociales ya empezaron a notarse en el segundo lustro de la década de los 80.

“FUI MADRE, ESPOSA
Y ESTUDIANTE A LA VEZ”

A los nicas nos apoyaban nuestros padres, ya que el estipendio que recibíamos del gobierno ruso era insuficiente. Mi gran dicha y a la vez mi gran dificultad fue casarme inmediatamente después que llegué a la URSS. Fui la primera nicaragüense que se casó con un nica que estaba allá y al poco quedé embarazada. Allá nació mi hijo mayor.

A pesar de todo, logré destacarme en mis notas académicas. Estando embarazada, gané las Olimpíadas de Física de mi ciudad y los rusos no podían creerlo. Creían que los nicas recibíamos Física desde el primer año de secundaria y en ese momento yo sólo había aprobado el tercer año. Yo estudié Física por primera vez en mi vida al llegar a Rusia y al poco rato estaba ganándole a los árabes, a los africanos y a los mismos rusos. Dicen que embarazada uno se vuelve más inteligente. Yo lo pude comprobar estando allá.

Mi gran dificultad fue haber sido madre, esposa y estudiante al mismo tiempo. Me daban 90 rublos al mes. A mi esposo le daban 120. Un pollo costaba 30 rublos. Enormes dificultades pasamos la gran mayoría de los nicas. Teníamos que vender botellas de vidrio para sobrevivir. La gente botaba las botellas en las calles, nosotros las recogíamos, las lavábamos y luego la íbamos a vender. Sólo comíamos pan de centeno, el más barato, el que nadie quería. Costaba 10 centavos.

En 1990 vine a dejar a mi hijo a Nicaragua por recomendaciones del pediatra porque él fue afectado por la radiación expansiva que quedó en el ambiente luego del accidente nuclear de Chernobil de 1986. Tenía muchas hemorragias por la nariz y el médico nos recomendó regresarlo a Nicaragua. Cuando vine a dejarlo en 1990, vi que la Revolución se había venido abajo. Me asusté muchísimo, pensé que en el aeropuerto me iban a quitar a mi hijo. Temía que regresáramos al tiempo de Somoza.

Regresé preocupada a Rusia para culminar mis estudios y me encontré con otra crisis: la URSS se desmoronaba y había tanques blindados por doquier. Había toque de queda y se escuchaban balas rozando los edificios y las casas. Yo estaba acostumbrada a eso, pues venía de un país en guerra, pero igualmente sentí que debía tener mucho cuidado. Moscú estaba sitiado. Le dieron un golpe de estado a Gorbachov y Boris Yeltsin tomó el poder bajo un nuevo sistema de gobierno”.

“NO PUDE TRABAJAR
EN NADA DE LO QUE APRENDÍ”

“Cuando regresé definitivamente con mi esposo era 1992. Los rusos no nos pagaron el vuelo de regreso, tuvimos que costearlo de nuestra propia bolsa. Gracias a Dios, el nuevo gobierno de Nicaragua asumió la responsabilidad y finalmente mandó a traer al último contingente de nicaragüenses que quedaba en Rusia.

Al regresar, no pude trabajar en mi área ni desarrollar lo aprendido. INPESCA, la empresa donde obtuve la beca, había desaparecido. Y eso que al salir ya teníamos un contrato de trabajo y firmamos un papel que decía que a nuestro regreso pasaríamos inmediatamente a la planilla de INPESCA. Pero nada de eso ocurrió. Comencé a trabajar en una tienda de ropa para sobrevivir. Luego fui asistente de la gerente y después me fui inclinando al área administrativa y decidí sacar otra carrera.

A pesar de todo lo malo, pienso que sí valió la pena la experiencia. Voy a cumplir 23 años de casada, soy una madre realizada y todo esto y lo que viví no lo cambio por nada”.

“ME CONSTA QUE HUBO XENOFOBIA”

Carlos, 49 años. “Nací en el municipio de Malpaisillo, León. Tuve la oportunidad de viajar en 1984 a Alemania Oriental para estudiar una maestría en Química. Yo estaba en la preparatoria de León y era de la Juventud Sandinista. Alemania ofertó 50 cupos anuales a Nicaragua para sus universidades. Apliqué a uno y fui aceptado. Tenía 19 años.

Antes de viajar recibí un curso preparatorio de alemán en la UNAN-Managua para irnos familiarizando con el idioma. Al inicio de nuestra llegada nos costó adaptarnos. El idioma era un verdadero dolor de cabeza. Era tan difícil que una vez un nica compró jabón líquido en vez de aceite de cocina. Otro, en vez de comprar pasta de dientes, compró crema para rasurarse. Cosas cómicas nos pasaban a los nicas allá en Alemania. La política estaba a favor nuestro. Éramos bien recibidos porque sabían que veníamos de una Revolución joven que había destronado a una dictadura. Sin embargo, me consta que, a pesar de la bienvenida, hubo xenofobia, que oficialmente era reprimida.

Mientras estudiaba allá tuve la oportunidad de regresar a Nicaragua en el segundo quinquenio de la revolución. La experiencia fue chocante. Recuerdo que cuando iba para mi pueblo, militares del Ejército Popular Sandinista me bajaron del bus y me querían llevar al servicio militar. Tuve que presentarles un carnet diciendo que estaba estudiando fuera. Casi me agarran. Pero logré regresar a Alemania”.

“EL NICA ES BACANALERO EN TODOS LADOS”

Estudié en una escuela técnica superior llamada Loina Mercel. Quedaba en Halle, a 200km de Berlín. Después de la unificación alemana esa escuela desapareció. El muro cayó en 1989 y yo me quedé, no había terminado mi carrera. La ventaja fue que la Alemania Federal adoptó a todos los becarios nicaragüenses que había en la Alemania Oriental y les siguió dando estipendio.

Con el cambio de sistema los estudiantes cubanos desertaron, también los coreanos y los de otros países. Nosotros los nicas nos quedamos gracias al Servicio Alemán de Intercambio Académico, que asumió los estipendios y nos pagó el pasaje de regreso, a pesar de que el gobierno sandinista ya no estaba en el poder.

El nivel de vida de los alemanes era el mejor entre todos los países socialistas. Alemania era el símbolo del socialismo a nivel mundial y tenía que dar una apariencia de desarrollo y progreso. Su fuerte era la industria liviana. La industria pesada fue siempre el fuerte de la URSS. Cada país tenía su fuerte y se complementaba. En ese tiempo existía el CAME (Consejo de Ayuda Mutua Económica) y los países socialistas se apoyaban económicamente sin mayores problemas.

Nos asignaron 320 marcos y eso daba para comer durante un mes. Era el equivalente aproximado a 30 dólares y era mucho en el mercado negro de esa época. Un bluyín costaba ciento y pico de dólares, el equivalente a 15 marcos. Especialmente las mujeres pagaban por ellos. Eran carísimos y escasos. Comprábamos libros e incluso tomábamos una cervecita de vez en cuando. El problema era que muchos nicas agarraban el estipendio y se lo bebían en guaro y andaban de cuarto en cuarto buscando borrachos que les hicieran compañía. El nica siempre ha sido bacanalero y tocadito al mal. En Alemania no fue la excepción. Muchos se hacían los disimulados a la hora de comer y luego se iban a beber guaro. Esto no lo controlaba el gobierno alemán. De haberlo hecho, seguramente muchos hubieran sido devueltos antes de tiempo.

En Alemania va cambiando el tipo de vestimenta con las cuatro estaciones: primavera, verano, otoño, invierno. A veces era necesario andar buzo y un montón de ropa debajo de los abrigos para pelear contra el frío. Era duro aquel clima. Los cuartos necesitaban de un calefactor y todo el país tenía una batería regida por un sistema que en un momento determinado encendía todas las calefacciones estatalmente, mientras medían la intensidad del clima. Nos fuimos adaptando.

Fue duro regresar a Nicaragua. Pasé un año desempleado. Estar allá tanto tiempo preparándome para después venir a nada fue algo frustrante, pero ni modo. Finalmente conseguí trabajar como profesor horario en la UNAN-Managua y después me vine a trabajar en la UCA.

A nuestro regreso, lo peor de todo fue el estigma que nos tenían como comunistas. Muchos trabajos se nos cerraron por eso. A pesar de todo, valió la pena aprender un segundo idioma. Todavía tengo la oportunidad de platicarlo cuando puedo ver a mis amigos alemanes”.

“PRIMERO NOS FASCINÓ LA NIEVE,
DESPUÉS FUE ANGUSTIANTE”

Violeta, 45 años. “Soy de Managua. A los 18 años me fui a Ucrania, una de las 15 republicas de la URSS de aquel tiempo. Era el año 1985 y Nicaragua entraba en una espantosa guerra civil que manchó de sangre nuestras montañas. Logré irme con una beca para estudiar Medicina Veterinaria, una carrera que no existía en Nicaragua.

Para mí fue una gran oportunidad. Mi papá era conductor y mi mamá trabajadora doméstica. No tenía ningún chance económico. Escuché la convocatoria en las noticias y busqué todos mis papeles: diploma de bachillerato, certificado de la Cruzada Nacional de Alfabetización y todos los documentos y cartones que tenía. Y el permiso de mis padres.

Tenía un entusiasmo tremendo, pero la verdad es que cuando llegué al aeropuerto de Kiev lo primero que hice fue llorar. Ni siquiera había llorado al despedirme de mis padres pero al sentirme completamente en otro mundo no pude controlarme y lloré como una niña perdida. Me pregunté qué hacía allí, tan lejos de mi familia, de mis amigos, de mi hogar. Me desahogué sola, respire profundo y luego asumí la realidad. Tenía que superarlo, madurar y regresar después de seis años. Ni modo, ya estaba allí y no podía costearme un pasaje de regreso ni tampoco portarme mal.

La primera gran dificultad fue el choque cultural. Era un cambio de 360 grados. Otra idiosincrasia, otra cultura, otra gastronomía. El clima era atroz. Recién llegada, no me afectó mucho porque los becados llegamos en agosto, era pleno verano y hacía calor. Pero pronto llegó el invierno. Las primeras semanas fueron lindas. Todos estábamos fascinados viendo nieve, pero cuando pasaban dos meses y no dejaba de caer nieve, se volvió angustiante. Eran temperaturas gélidas de menos 20 y 25 grados.

Los ucranianos eran personas muy cerradas y nacionalistas. En un principio no querían mucho a los extranjeros y costó que nos dejaran ser parte de ellos. Les hablábamos, preguntábamos y saludábamos en ruso, pero ellos sólo nos respondían en ucraniano. Eso nos hizo sentir mal. Los europeos eran gritones, les gustaba gritar mientras conversaban y daban bromas pesadas. Parecía que estaban peleando todo el tiempo. Nosotros éramos el otro extremo: muy amables, muy cordiales, sonrientes. Hubo un choque importante y tuvimos que adaptarnos al temperamento flemático de los nórdicos”.

“DECÍAN QUE ÉRAMOS
LOS CULPABLES DE LA CRISIS”

También sentimos la crisis del cambio de sistema en 1987. Pero como veníamos de un país en crisis, de una Nicaragua bloqueada económicamente, ya sabíamos. En Nicaragua teníamos que hacer fila para comprar cualquier cosa y apuntarnos en listas para ver cuándo llegaba el producto y ver si alcanzábamos algo. Lo mismo empezó a ocurrir en Ucrania en 1987. Uno iba al supermercado y no encontraba casi nada. Había que hacer fila para comprar una cajilla de huevos. Ni modo, ya sabíamos lo que era eso“.

“Los soviéticos nos miraban mal porque decían que los extranjeros eran los culpables de la crisis. El país había albergado a tantos estudiantes de todas partes del mundo que la población empezó a sentir la presión de aquellas grandes migraciones de cerebros. Ellos sentían que nosotros éramos una especie de invasión, el producto de un éxodo masivo de los países del Tercer Mundo. Tuvimos que luchar contra esa mentalidad.

La carga académica no nos dejaba sentir el impacto de la crisis política. Estábamos inmersos en nuestros estudios, sobre todo los que estudiábamos Medicina. En otros institutos y carreras humanistas estudiaban de lunes a viernes. Nosotros de lunes a sábado. Todos tenían feriado entre julio y agosto, nosotros sólo en agosto. A veces no teníamos nada comprado para comer, pero debíamos seguir estudiando. Teníamos que responderle a la embajada como nicaragüenses y no había tiempo para quejarnos.

Teníamos un estipendio garantizado de 75 rublos. No cubría todas las necesidades, pero era lo que había. Mis padres no me podían enviar más dinero y yo tuve que sobrevivir con lo que me daban. El estipendio en segundo año de la carrera era de 90 rublos o un poco más. Así fue hasta 1991, cuando regresé a Nicaragua”.

“LO QUE MÁS QUERÍAMOS
ERA SERVIR A NUESTRO PAÍS”

“Me casé en Ucrania con un joven esteliano y tuvimos un hijo. Fue duro estudiar en el campo con nuestro niño de por medio. Nos turnábamos para poder ir a clase y no descuidarlo. Cuando nos dimos cuenta que el FSLN perdió las elecciones en 1990 supimos que regresaríamos a un país diferente, aunque, gracias a Dios, ya no estaba en guerra.

Mi marido y yo pensamos que, como profesionales, encontraríamos un lugar en esa nueva Nicaragua y trabajaríamos por nuestro país. Era lo que más queríamos: servirle al país. Pero nos equivocamos: regresamos para caer en el desempleo.

No logré trabajar en lo mío. Nos cerraron muchas puertas por el simple hecho de haber estudiado en la URSS. En Nicaragua existía la mentalidad de que todo lo que venía de Rusia, incluyendo sus profesionales, no servía.

Trabajé en una escuelita dando clases de primaria seis meses. Luego seis meses más como secretaria en la aduana. Finalmente logré meter mi currículo en el Ministerio Agropecuario y Forestal y me lo aceptaron. Gracias a Dios, ya tengo casi veinte años de trabajar ahí. He logrado sobrevivir a cuatro cambios de gobierno gracias al buen respaldo de mis estudios. Así que después de todo, valió la pena todo el sacrificio”.

“YO APRENDÍ A PENSAR EN LA URSS”

Carlos Alberto, 42 años. “Nací en Managua en 1970. En 1985 se abrió una convocatoria pública en “Barricada” para becas en distintos países del bloque socialista y en distintas carreras. Yo fui precoz, me bachilleré a los 13 años y a los 14 ya estaba estudiando Física en la UNAN-Managua. Mi fuerte eran las matemáticas. A pesar de mi juventud, mi papá me motivó, apliqué y fui aceptado entre los mejores.

Al llegar a la URSS hicimos un examen para ubicarnos. Me dejaron en la mejor universidad de la Unión Soviética: Lomonosov, en Moscú. Llegué en el momento en que se estaba empezando a hablar de la perestroika y de la reforma al sistema socialista ruso. Era el año 1986. Había cierta agitación social, pero nada grave. Había también discusiones en la planta alta del poder. Pero, como es la costumbre, en la planta baja la información no se manejaba completa. Ni sospechar que el sistema se desplomaría pronto. Las clases continuaron normales.

Yo estudiaba matemáticas. Debía estar cinco años allá, pero sólo llegué hasta tercer año de la carrera. Incluso tuve problemas para quedarme en la sede central y gracias a Luis Gámez, que después llegó a ser presidente de la Sociedad de Matemáticos de Nicaragua, logré quedarme más tiempo.

Existía un bloqueo mental en ciertos profesores, que nos discriminaban. Al venir de un país subdesarrollado, no nos consideraban aptos para estudiar asignaturas de alto ni¬vel intelectual. Luis Gámez era una lumbrera, un tipo excepcional. Estudiante ejemplar ante nosotros los nicas, llegó a sacar su doctorado e hizo correcciones metodológicas a un libro de matemáticas de un autor ruso. En su momento, fue invitado a ser miembro de la Academia de Ciencias de la URSS. Sin embargo, rechazó la invitación porque era un tipo muy humilde y no le interesaban los puestos importantes. Gracias a él yo pude alargar mi estadía en la Universidad.

En verano los rusos se iban a trabajar a diferentes brigadas para ganar dinero y ayudarse un poco. Nosotros organizamos brigadas de apoyo y solidaridad para mandar fondos a Nicaragua por medio de la Juventud Sandinista. En la medida en que fue avanzando la crisis empezó la presión sobre el estudiantado extranjero. Me trasladaron a una filial de la Universidad de Moscú, en una ciudad retirada a ocho horas en tren.

Me tocó aprender en dos fines de semana dos años de la secundaria rusa. Sólo así podía aprobar el examen de admisión. Luis Gámez, fallecido en julio de 2011, me ayudó mucho. Me mandaron a esa filial y podría volver a la sede central si mantenía un gran rendimiento. En esa ciudad pequeña empecé a tener problemas con la gente. Se hablaba demasiado de política y poco de religión. A pesar de todo yo aprendí a pensar estando en la URSS”.

“REGRESÉ PARA CAER
EN EL DESEMPLEO”

“A los tres meses de estar en la URSS ya hablaba el ruso, un idioma muy complejo porque no se parece a las lenguas romances a las que estamos acostumbrados: español, alemán, inglés… Pero cuando lográs entrar en el esquema de aprendizaje, no es tan difícil el ruso. Yo me esforcé mucho por ingresar a los grupos donde no hablaban mi idioma. Eso me causaba problemas porque la Juventud Sandinista siempre estaba encima de vos, vigilando tus pasos. Me estigmatizaron. Allí fue la primera vez que miré que todos los muchachos becados eran “carnetizados” y vigilados por el FSLN.

El discurso oficial decía que nos mandaban a Rusia para aprender cómo funcionaba el sistema socialista. Se suponía que Nicaragua iba en la misma dirección. Sin embargo, yo vi que la práctica de quienes estaban en los niveles superiores estaba divorciada de ese discurso. Vos mirabas los grandes bacanales que se armaban en la embajada y los grandes bisnes que hacían en la delegación nicaragüense con la compra-venta de dólares. Yo estaba muy chavalo, me lo tomé muy a pecho y me sentí traicionado.

Comenzaron los problemas de tipo económico y se planteó la posibilidad de hacer cobros y aranceles a los extranjeros. En el caso de nosotros, hubo una especie de limpieza étnica. Presionaron a los estudiantes que no podían pagar. Éramos dos nicas en ese grupo, uno era yo. Fue prácticamente imposible para nuestras familias costearnos los estudios allá. Entonces perdimos el interés en seguir estudiando, decidimos abandonar la carrera y regresarnos. Yo regresé en 1989 y vine a caer en el desempleo”.

“SER MUJER EXTRANJERA FUE DIFÍCIL”

María Dolores, 52 años. “Nací en Toluca, ciudad de México, en 1959. La primera vez que vine a Nicaragua tenía seis o siete años. Tengo la nacionalidad bajo la ley que nos declara nicaragüenses nacidos en el extranjero. Fui a Alemania en 1985, con 23 años, casada y con dos hijos, una niña de cinco y un niño de menos de un año.

Salí de Nicaragua con una beca, gracias a un convenio de gobierno a gobierno entre Nicaragua y la República Democrática Alemana. Fui a estudiar Economía y Ciencias Sociales en Berlín, en el Instituto Karl Marx, la Escuela Superior del PSUV, que dirigía Erich Honecker.

La primera dificultad que tuve fue el cambio de clima. Los fríos alemanes son muy duros. Lo segundo fue el idioma, ya que no tuve instrucción previa. Sabíamos decir si, no, agua y unas dos o tres palabras más. Nos tocó aprender sobre la marcha. La tercera dificultad fue la comunicación desde Alemania. En aquel tiempo nos daban una llamada al mes, que duraba apenas diez minutos. Yo hice doce llamadas en el año y sentía que esos minutos eran infinitos porque yo quería hablar con mis niños, sobre la muñeca que le habían regalado a mi hija o el perrito querido de mi hijo. En diez minutos no podía. Fue un año duro. Recibí un estipendio de 600 marcos alemanes, patrocinado por la RDA. Era más que suficiente para sobrevivir durante un mes. De los 600, me sobraban 400 o más, y yo aprovechaba para comprar cosas para mi familia en Nicaragua.

Ser mujer extranjera en Alemania era difícil. En Nicaragua teníamos muy poca noción de género. La revolución nunca hizo un esfuerzo importante en el trabajo de género. Éramos nicaragüenses a secas y además, mujeres. Los alemanes pensaron que las nicas llegábamos a Europa sólo a buscar marido, relaciones amorosas temporales o casuales. Hubo un cierto acoso en ese sentido. Pero como yo tenía un profundo sentido de mí misma, no permití que ocurriera nada conmigo. Otras compañeras que venían de una formación familiar más débil o fracturada sí fueron lastimadas. Hubo otras que usaron sus becas como trampolines para quedarse y finalmente se establecieron allá. Esta realidad nunca se manejó en las altas esferas del poder, sí en la calle con iguales, en el supermercado, en el parque…

“LO QUE MÁS RESCATO
ES LA FORMACIÓN ACADÉMICA”

Lo que más rescato de esa experiencia es la formación académica. La disciplina, la organización y la manera de pensar que ellos te incorporaban para administrar tu tiempo. Fue algo muy valioso. Era una estructura para que vos organizaras tu vida y tus acciones. Nos enseñaron el mérito de ser puntuales y metódicos en todo lo que hacíamos. A mi regreso a Nicaragua, yo seguí trabajando como oficial en el Ministerio del Interior y me sentí mucho más preparada. Luego de la derrota del FSLN en 1990, perdí mi trabajo, pero no me sentí desamparada. La UNAN-Managua reconoció mis estudios para continuar mi carrera y me convalidaron dos años en Ciencias Sociales.

Me gradué en 1991. No todos los que estudiamos en la RDA se quedaron sin trabajo. Entré a ser instructora y hoy soy docente titular en la Facultad de Antropología de la UNAN. No todos quisieron continuar su relación con la nueva Alemania unificada después de la caída del Muro, pero yo continué estudiando, e incluso saqué otras becas durante los años 90. Ahora soy becaria del Servicio Alemán de Intercambio Académico y para mí la experiencia sí valió la pena”.

ELOGIO DE UNA GENERACIÓN BECADA

Aunque algunos no lograron nunca trabajar en las áreas en las que se especializaron, aunque otros se sintieron defraudados después de haber estudiado al otro lado del charco para venir a caer en el desempleo, aunque muchas mujeres sufrieron maltratos, discriminación y acoso, lo cierto es que la Revolución nicaragüense le dio una gran oportunidad a esta generación de jóvenes que soñaban con superarse y lo lograron.

No todo fue justo. El gobierno sandinista quedó en deuda con este importante grupo de entusiastas becados que esperaban regresar a Nicaragua y servirle al país. Y los gobiernos siguientes tampoco fueron justos con estos compatriotas. No obstante, sobrevivieron. Y no sólo sobrevivieron, también se impusieron por su tenacidad a lo largo de los años.

La mayoría no pudo desarrollar lo aprendido, pero todos coinciden en que haber estado tanto tiempo en un país socialista de Europa, lejos del trópico, lejos de sus familias y de la comodidad de sus hogares, no sólo les abrió la mente y les permitió vivir una experiencia única. También les permitió contrastar el sistema socialista de Nicaragua con el de otras potencias mundiales de la época, la URSS y la Alemania Oriental.

Con el desmoronamiento de la URSS, la caída del Muro de Berlín y el histórico fracaso electoral del FSLN en 1990, también se vinieron abajo los sueños de todos estos brillantes jóvenes becados que, a pesar de las penurias que encontraron al regresar a un país arruinado por la guerra, tuvieron la voluntad de seguir adelante. Los llamaron comunistas, los discriminaron, les cerraron puertas y ventanas y, sin embargo, hoy brillan por lo que son. Son la generación becada. Estos ocho testimonios representan a la generación de estudiantes que lograron surgir en medio de los cambios políticos, la división entre comunismo y capitalismo, la hostilidad de un mundo sin esperanzas y el desgaste de una sociedad dividida.

COMUNICADOR SOCIAL

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