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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 357 | Diciembre 2011
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Nicaragua

¿Qué fue la Revolución? ¿Qué es el Sandinismo?

El discurso oficial en que insiste el FSLN es que Nicaragua vive “una segunda etapa de la Revolución”. Es necesario, entonces, ahondar en cómo es recordada la primera etapa, la de los años 80. Este texto, fragmentos de un libro más extenso, abre ventanas en la memoria de la Revolución que guarda la población campesina de Siuna. Y concluye en la urgencia de revisar, re-pensar, re-escribir, re-imaginar la Revolución y el Sandinismo.

Fernanda Soto Joya

En los años que siguieron a la Revolución, dirigentes del FSLN reafirmaron su discurso tradicional en negociaciones a puertas abiertas con los gobiernos de derecha, en entrevistas con los medios de comunicación y en campañas políticas y celebraciones de la gesta revolucionaria, en particular en las concentraciones populares del 19 de Julio. La memoria colectiva del Sandinismo se ratificaba en esos espacios, recomponiéndose según lo que iba sucediendo en el presente.

Pero todo era contradictorio: si en algunos discursos se clamaba por la reconciliación y por una suerte de olvido, ahí mismo se revalidaban las historias del pasado que revivían la esperanza de vengar el asedio político y el insulto de la derecha gobernante. Mientras se recordaba el compromiso político con los ideales de la Revolución, se aceptaban como naturales, necesarias o inevitables las enormes diferencias -no sólo económicas-, entre unos y otros dentro del partido, diferencias que se agudizaron con el paso de los años. En los más de quince años que duró este proceso se reconfirmó una memoria de la Revolución que idealizó aquel momento histórico y afianzó antiguas narrativas sandinistas. Ésa es la memoria colectiva de la Revolución que impera hoy. Una memoria complaciente, que inhibe preguntas internas y resalta el imperativo de la defensa. Ésa es la memoria en la que quise “abrir ventanas” para comprenderla mejor.

¿CÓMO RECUERDAN LA REVOLUCIÓN?
¿CÓMO CONCIBEN EL SANDINISMO?

La publicación de memorias personales sobre los años de la Revolución tomó su tiempo. Los reacomodos que ocurrieron a inicios de los años 90 parecen haber retrasado ese esfuerzo. Las más conocidas fueron los textos de Sergio Ramírez (1999), Gioconda Belli (2001) y Ernesto Cardenal (2003), figuras nacionales que a mediados de los 90 ya se habían distanciado públicamente del FSLN. En sus escritos se percibía el peso del privilegio que derivaron de los cargos que ocuparon durante el gobierno sandinista. Hubo documentales hechos por extranjeros que hablaron del recuerdo de los años revolucionarios y hubo documentales nacionales que describieron la situación que se vivía después de la Revolución.

A pesar de estas iniciativas, considero que no se ha discutido pública y suficientemente cómo recuerdan los años revolucionarios los sandinistas “de base”, quienes combatieron en la guerra, quienes vivieron esa experiencia en el campo, quienes después de la derrota electoral tuvieron menos recursos a la hora de “competir”. Se asume que la población nicaragüense “repite” y que en ese “repetir” sólo hay vacío y necesidad de sobrevivencia. Pero, si como dijo Sandino, “sólo los obreros y campesinos llegarán hasta el final”, es justo preguntarse, una década después del fin de siglo, qué piensan aquellos “sujetos revolucionarios” sobre el pasado y el presente.

¿Cuál es su memoria de la Revolución? ¿Cómo conciben su Sandinismo? Preguntas que nos llevan a otras: ¿Qué reflejan las memorias revolucionarias hoy? Y la más importante: ¿Es contra-hegemónica esa memoria? ¿Cuál es el legado revolucionario? Mi investigación es mi intento por entender cómo los sandinistas reconstruyen la memoria revolucionaria, qué dice esa memoria acerca de la relación de un sector de la población con el Sandinismo y qué legados revolucionarios aparecen en esa memoria. Busco responder estas preguntas mientras recuerdo e interpreto lo que viví, lo que vi y lo que escuché en Siuna, en la “montaña” de la antigua frontera agrícola de Nicaragua.

VENTANAS EN LA MEMORIA CAMPESINA

¿Por qué hablar de las memorias campesinas? Es importante conocer cómo recuerda la Revolución uno de los sujetos priorizados por este proyecto político. El imaginario revolucionario exaltó a la población rural y dibujó la montaña como el espacio de lucha por excelencia. En La montaña es algo más que una inmensa estepa verde, Omar Cabezas describe un mundo entre el lodo y las sombras de la selva donde se forjaba el temple guerrillero y se daba continuidad a la tradición sandinista, que se remontaba a la época de Sandino, el General de Hombres Libres. En ese texto parecía que por la savia de los árboles se transmitiera una herencia política que, aunada a la pobreza y la exclusión, llevaban al campesino a convertirse primero en colaborador y después en guerrillero sandinista. En los años 80 la campaña de alfabetización acercó a los pobladores urbanos a sus compatriotas rurales. Después, la reforma agraria, a pesar de sus errores, demostró cierto compromiso con el campesinado. Si el campesino fue uno de los sujetos revolucionarios por excelencia, es relevante preguntarse cómo recuerdan hoy la Revolución y qué legados consideran que les dejó.

Tuve otro motivo para abrir ventanas en la memoria campesina. Mis primeras experiencias de trabajo en el campo nicaragüense me acercaron a quienes lucharon en contra de la Revolución, campesinos que no cabían en la descripción sandinista. Aquellos encuentros me permitieron conocer un espacio hasta entonces ajeno. Las imágenes del campo que la Revolución había dibujado en mi mente se deshicieron rápidamente ante mí. La montaña no tenía nada de heroico. Sólo en algunos casos aparecía como un sueño de prosperidad en medio de las carencias. En otros casos era tierra de nadie donde regía la ley del más fuerte.

En aquellos años me vi participando en programas que apostaban al bienestar de la población rural, pero que jamás se preocuparon siquiera por saber a qué aspiraba aquella gente o qué entendían por bienestar. Aunque muchos de mis compañeros de trabajo no escondían su rechazo a la vida rural, en ellos recaía la responsabilidad de “sacar” al campesino de la pobreza. Me encontré ante algo que no es nuevo: el menosprecio a la población rural, un menosprecio que se evidenciaba en la falta de interés por escucharlos y entenderlos.

Dada la enorme exclusión en la que vive la población campesina nicaragüense, especialmente la más alejada de los centros urbanos del Pacífico, decidí trascender los análisis que la describen como formada por sujetos que deben ser “desarrollados”, meros números en las estadísticas de pobreza, desnutrición, analfabetismo y violencia. Me interesaba entender cómo estos hombres y mujeres analizan su pasado y conciben el presente que viven. En mí se mezcló el interés por comprender cuál fue la experiencia de quienes fueron identificados por la Revolución como destinatarios privilegiados y la necesidad de escuchar qué piensan, qué sienten y cómo conciben lo que entonces vivieron y lo que hoy viven en nuestro país.

CUANDO LA NACIÓN ES LA FINCA

El conflicto de la población campesina de la frontera agrícola con la Revolución debe ser analizado teniendo como trasfondo varias realidades. Durante la dictadura somocista la presencia estatal en esta zona fue mínima y buena parte de la población asumió esa ausencia como “vía libre”, como una confirmación de su libertad para colonizar “la montaña” y buscar mejoras personales.

Con el gobierno sandinista hubo mayor presencia del Estado, pero el nuevo gobierno no reconoció la importancia de la tarea colonizadora que habían realizado estos campesinos y hasta limitó su lógica de enriquecimiento personal. Muchos lo sintieron así. A los ojos de buena parte de la población campesina de la frontera agrícola el Estado sandinista, a través de su política agraria, los ninguneaba. Y aunque era desarrollo lo que proclamaba la Revolución, sintieron que lo que hacía era poner límites a su desarrollo. Muchos campesinos optaron por combatir militarmente contra la Revolución y lo hicieron aferrándose al discurso de defensa de la patria- Nación que fraguó la Contrarrevolución, un discurso muy parecido al de los sandinistas por su ingrediente de nacionalismo.

¿Cuál Nación defendieron estos campesinos? Para el campesino de la frontera agrícola la nación es su finca. Aunque parece una aseveración simplista y algo exagerada, no deja de ser cierto que la lucha nacionalista de estos pobladores tuvo como principal motivación la defensa de sus fincas.

La nación que se reivindicaba era aquella en donde ellos pudieran “trabajar en paz”. Al luchar buscaban el retorno a una etapa original en la que imperaba la libertad para adquirir propiedades y para mejorar las condiciones de vida en una tierra imaginaria, sin límites y sin dueños. Es interesante comprobar que una de las consecuencias del proceso revolucionario ha sido la ampliación del espectro de derechos que la población campesina y antisandinista tiene actualmente. Hoy, los campesinos liberales de Siuna le exigen más al Estado, le reclaman más libertad, lo que representa una paradójica contradicción derivada de aquellos tiempos de la guerra.

¿QUÉ ES “LIBERTAD”
EN LA FRONTERA AGRÍCOLA?

En mi opinión, la lucha de la población campesina de la frontera agrícola ha sido por la ciudadanía completa y por un “Estado bueno”. Para esta gente el “buen Estado” es el que no sólo materializa los beneficios prometidos, sino el que reconoce a los campesinos de esa región como “forjadores” del progreso rural. Es su historia colonizadora la que a los ojos de estos hombres -y digo “hombres” porque el discurso de la colonización de la “montaña” es predominantemente masculino- reafirma su derecho a la ciudadanía y a la igualdad que disfruta el resto de la Nación. Es esa historia colonizadora la que los distingue de los pueblos indígenas y negros del Caribe, la que comprueba y reafirma su mestizaje, la que los libra de toda sospecha. Están orgullosos de haber forjado civilización y desarrollo al colonizar “la montaña” y es por eso que quieren ser reconocidos por el Estado.

La población de la frontera agrícola quiere un Estado bueno y rechaza al Estado, no sólo cuando no cumple con sus promesas -cuando no materializa sus derechos-, también lo hace cuando no respeta sus formas de trabajo y cuando las menosprecia. El éxito y la aceptación del discurso liberal en zonas como Siuna no radica en lo que hacen o no hacen los gobiernos o los dirigentes liberales -raramente han cumplido sus promesas-, sino en el discurso político que emplean, cuya premisa fundamental es la libertad. Esa libertad proclamada es motivación esencial para la población de la frontera, y es uno de los temas que mantiene intactas ciertas estructuras rurales.

La mayor diferencia que observé entre los campesinos liberales y los sandinistas en Siuna es la forma en que los sandinistas -a partir de su participación en la Revolución- concibieron el Estado. Lo vieron como el proveedor de la libertad y vieron los “derechos civiles” como expresión de esa libertad. Mientras los campesinos liberales sintieron que la Revolución limitó su libertad, los sandinistas consideran que la Revolución ensanchó su libertad. Y es que para ellos, la libertad adquirió nuevos significados. Ya no era simplemente avanzar en el territorio y apoderarse de tierras.

SIUNA, ABRIL DE 2007

Mi estadía en Siuna terminó en abril de 2007, apenas tres meses después del regreso de Ortega al gobierno. Para entonces ya se notaba en el pueblo y entre los liberales precaución ante la nueva situación. No sabían cómo se desarrollarían las cosas. Por su parte, los sandinistas -minoría en la zona- expresaban públicamente su enorme alegría. Muchos esperaban que retornaría todo lo bueno del pasado ya sin lo malo de aquellos años, y eso significaba ya sin la guerra.

En el año 2007 uno de los primeros pasos del gobierno del FSLN fue estructurar instancias organizativas llamándolas Consejos de Poder Ciudadano (CPC), conformándolos como una organización comunal de base. Un vecino había sido encargado, junto con otras personas, de organizar los CPC allí donde desarrollaba mi investigación. Nos dijo que estaba teniendo “mucho trabajo para organizar” a la gente y que varios no querían participar en los CPC. Tenía también problemas para escoger a gente sandinista “de confianza” que apoyara ese proceso organizativo. “Pero si hasta la gente que hizo cosas importantes en el Frente al final lo dejó”, le comentó un amigo. Le decía que no buscara mucho, porque hasta los de muchísima confianza ya no eran de confianza y le mencionó algunos nombres de viejos sandinistas que estaban en el MRS. El organizador de los CPC le respondió: “Pero ésos son los que tienen reales”.

Escuchaba en sus palabras el relato arraigado: los del FSLN no sólo están con los pobres sino que viven como los pobres. De acuerdo con ese discurso, quienes han abandonado el FSLN son los ricos, los que en el fondo siempre fueron de derecha, los que traicionaron y se vendieron. El discurso mantiene que “el pueblo” continúa fiel y sigue siendo como una enorme masa homogénea.

LA “SUPERIORIDAD MORAL” DEL FSLN

La actitud de superioridad moral de muchos miembros del FSLN se parece mucho a la conocida imagen del poder desde la que se mira con desdén al resto. Por eso, son muchos los que consideran que el gobierno del FSLN está en lo correcto al reforzar las narrativas religiosas conservadoras y los valores tradicionales porque “sólo así es que la gente entiende”. Para muchos, el problema en los años 80 fue intentar cambiar lo que no se puede cambiar.

Desde esa perspectiva, “el pueblo” continúa siendo representado como inculto, ignorante, vulgar y simple. Son opiniones que muestran que estamos ante el reforzamiento de una mirada del mundo tan estrecha que pone límites antes de echar a andar los procesos, asumiendo que la forma en que la población actúa refleja “nuestros valores”, que esos “valores” son cultura y que la cultura es algo como la herencia biológica, algo así como heredar la nariz de tu papá o los ojos de tu mamá. Con esta visión quedan muy al margen las esperanzas de cambio.

Las metáforas religiosas, la convocatoria nacionalista y la identificación con el pueblo fortalecieron los apegos de un sector de la población hacia la Revolución y hacia el partido que la representa, el FSLN. A la vez, se naturalizaron formas tradicionales de concebir y de ejercer el poder: la Revolución concebida como bondad, la que nos dio, la que nos respondió, la que nos protegió, la que nos amó. Es una historia sentimental donde el discurso ideológico se mezcla con compromiso, deudas, nostalgia, lealtades, culpa, orgullo, heroísmo / hombría…Queda por fuera el dolor, la tristeza, la decepción, el egoísmo, la revancha, la rabia.

En realidad, el problema no son los sentimientos en sí sino las asociaciones que naturalizamos. Porque podemos entender el poder de otra forma, podemos repensar el heroísmo de manera que incluya tantos pequeños actos que quedan fuera, podemos trascender las interpretaciones ancladas en la bondad.

FSLN: CON ANSIEDAD POR CONTROLAR
CÓMO SE HACE MEMORIA DE LA REVOLUCIÓN

No es extraño que muchas de las actuales disputas políticas en Nicaragua giren alrededor de la memoria. Más interesante aún es ver que la disputa más intensa no es la que enfrenta a sandinistas y antisandinistas, sino la que existe entre quienes se definen como sandinistas. En esta batalla el FSLN ha logrado mantener su hegemonía sobre una mayoría de sandinistas, aun cuando el odio volcado contra los disidentes evidencia ansiedad. Quizás porque son figuras conocidas y relevantes del Sandinismo de los años 80 quienes integran el MRS, con quienes los sandinistas de larga trayectoria pueden identificarse. O quizás esa irritación no sea más que una reacción que busca sancionar el desacato y el cuestionamiento a la autoridad de los actuales dirigentes del FSLN.

La ansiedad de los actuales dirigentes del FSLN por controlar cómo se debe hacer memoria de la Revolución radica también en el poder que tiene esa narrativa para legitimar sus acciones en esta nueva etapa de gobierno. El FSLN afirma que hoy los nicaragüenses viven “la segunda etapa de la Revolución”. Me lo dijo así una señora: “No le estoy hablando de la primera Revolución sino de esta de ahora, la segunda”.

Si ahora vivimos una nueva Revolución, la memoria colectiva sandinista se convierte en la prueba de lo que el FSLN puede hacer, de sus posibilidades de transformación. Pero esa memoria deja de lado elementos fundamentales de aquel pasado y del presente. Por ejemplo, no se discuten abiertamente, entre otras cosas importantes, en qué han consistido las negociaciones que algunos miembros del partido han hecho a lo largo de las últimas tres décadas y las repercusiones que han tenido esas negociaciones. Algunos dan por sentando que no es necesario, porque todo lo que hace el FSLN es revolucionario y, si no es revolucionario, al menos se hace siempre teniendo a los sectores marginados como prioridad. La memoria que repite historias del pasado es para algunos la confirmación de ese inveterado compromiso.

PREVALECE UNA IMAGEN CONGELADA
DE LA REVOLUCIÓN

Vale la pena tomar en cuenta lo que dice Jacqueline Rose: Hablar sobre algo puede ser, por muy paradójico que suene, una forma de no hablar sobre algo. Y por eso, muchas veces parece que hablar de la Revolución es no hablar de la Revolución. Aunque el discurso habla de igualdad, hace mención al socialismo y cuestiona el capitalismo, la propuesta política que se deriva de ese discurso es confusa y en las acciones lo que vemos es la reproducción de las viejas prácticas de hacer política.

Esto muestra una imagen congelada de la Revolución, que no abre la puerta para discutir aquel momento, sus legados, lo que se debe retomar, lo que se debe superar. El tono defensivo del actual llamado revolucionario acaba dejando de lado preguntas como ésta: ¿Por qué la lealtad es con un partido y no con los ideales? Lo único que resulta claro y nada confuso es la disciplina que se exige. En el FSLN cualquier desvío de la narrativa oficial del pasado parece implicar una traición, la evidencia de un oscuro lado reaccionario en quien lo narra de otra forma. Las respuestas han sido ser separado de las esferas del FSLN y la consecuente exclusión de cualquier beneficio económico o político -ambos inseparables- que pueda ofrecer el partido.

Al final, la memoria colectiva sandinista se convierte en una historia sentimental que asocia al Sandinismo con un universo afectivo “nacido del lado más cristalino del corazón”. En muchas ocasiones, esa retórica sentimental subsume el análisis político y lo convierte en un tema de sentimientos y lealtades que dificulta cuestionar la narrativa política sandinista y reafirma los apegos que provoca. En una memoria construida así la palabra Revolución resulta trivializada y aspectos esenciales de aquel proyecto -la transformación política y social de la sociedad nicaragüense- van quedando entre bastidores, mientras los amores y los odios se asoman al escenario como protagonistas, mientras las discusiones ideológicas se simplifican.

Al final, a la par de la igualdad, la justicia y la solidaridad aparece siempre la imagen del poderoso padre de la patria que “vela por nosotros” y la de una Revolución que representa todo lo bueno que siempre está por venir. Mientras la población espera ese futuro utópico, defiende a su partido y se alimenta no sólo de promesas, también de prebendas, de “regalos”, de beneficios. Se construye así una extraña visión: Nicaragua convertida toda ella en una gran frontera agrícola, en un mundo de inseguridad jurídica y de frágil institucionalidad, donde habitan hombres fuertes que nos ofrecen protección y bienestar a cambio de lealtad y obediencia.

POCA CRÍTICA Y MUCHA OBEDIENCIA

Durante un tiempo, mi romanticismo, alimentado por años de ausencia de Nicaragua y por una Revolución hecha de recuerdos de infancia, me confirmaba que el mayor legado revolucionario había sido la transformación de los sujetos políticos nicaragüenses. Una transformación, naturalmente, para mejorar. En mi idealización, la Revolución había formado sujetos políticos de izquierda, los sandinistas, con una visión de la vida y del mundo marcada por la solidaridad y la equidad. Era comprensible: a fin de cuentas la Revolución es la base de mi formación política. Mi memoria de aquellos años está marcada por la memoria colectiva sandinista, como también lo está mi identidad política. Yo misma me he considerado uno de esos sujetos formados por la Revolución y continúo pensando que no hubiera sido la misma sin las historias que escuché y las lecciones que aprendí en los años de mi niñez.

Hoy reconozco que los legados revolucionarios son mucho más complejos y contradictorios. No sólo porque el gobierno revolucionario duró apenas diez años, seguidos de casi otros veinte años donde se revirtió mucho de lo logrado. También por lo que durante aquel tiempo se reprodujo. En Siuna vi la persistencia de una sociedad donde parece que unos “nacen para mandar” y otros “para ser mandados”. Vi también que la Revolución, aunque cuestionó eso, lo reprodujo manteniendo el autoritarismo y las jerarquías, aunque con nuevos rostros. Aun cuando los campesinos sandinistas pueden tener un discurso político más elaborado que el de otros pobladores rurales, a la hora de discutir las contradicciones dentro del partido, y entre sandinistas, lo que impera es poca crítica y mucha obediencia. Y más grave: la memoria colectiva sandinista popularizada por los dirigentes del FSLN no ataja esos problemas, los afianza.

Si bien la memoria es fundamental para imaginar el futuro, en algunas ocasiones el futuro imaginado puede no ser diferente. La memoria que construimos puede reafirmar historias que perpetúan exclusiones y puede servir también para justificar arreglos desiguales en el presente. El ejercicio de la crítica es una posible alternativa. Pero la memoria colectiva que el FSLN ensaya hoy limita ese ejercicio, aun cuando hay aspectos de aquel pasado que alimentan cuestionamientos.

MEMORIAS A LA DEFENSIVA
Y MEMORIAS QUE TEMEN SER DESLEALES

Durante el tiempo que viví en la región de Siuna escuché muchas historias sobre la Revolución. De esas historias me quedaron dos impresiones. Primera, la memoria colectiva sandinista oficializada por el FSLN es la narrativa que ordena los recuerdos que los pobladores sandinistas hacen públicos.

En esa memoria la Revolución se idealiza y lo que predomina es la defensa de aquella etapa. Si bien el Sandinismo y la Revolución han sido constante e injustamente atacados -la mayor evidencia fue la guerra-, la defensa acérrima ha llegado al punto de catalogar todo cuestionamiento como una posible amenaza. Bajo esa lógica sólo existe una correcta versión de la historia revolucionaria y es la que enfatiza lo bueno. Cualquier desviación de esa narrativa es la prueba de que quien cuestiona no es un verdadero sandinista.

Segunda impresión: que haya defensa de la Revolución no quiere decir que no haya cuestionamientos o insatisfacción, aunque algunas veces pareciera que expresar esas opiniones o hablar públicamente de otros recuerdos -no tan gratos- fuera errado o prohibido. Muchos temen que sus palabras sean malinterpretadas y se les considere desleales. Para evitarlo, cualquier cuestionamiento que ellos mismos señalan o la mención de algún problema son seguidos de la reafirmación de su sandinismo.

Curiosamente, esas historias no tienen nada de desleales y en muchos casos son sólo una reafirmación de la Revolución “a pesar de”. Lo que parecen considerar un error es tan sólo contar una parte de la historia que no figura en la narrativa “oficial”, relatar historias que no se deben contar a los desconocidos. Para algunos sandinistas hablar de esos temas en público equivale a asestarle una puñalada a la Revolución y al FSLN. ¿Cuáles son esos otros recuerdos? Son recuerdos de insatisfacción en las cooperativas, de represión del ejército, de frustración ante la pérdida de las tierras que tuvieron antes de cooperativizarse, de la falta de apoyo del FSLN en los años posteriores a la derrota electoral de 1990. Algunos no expresan crítica al contarlas. Otros sí, y al cuestionar la exclusión que sintieron lo hacen demostrando el peso que tiene en esos cuestionamientos la versión sandinista de los hechos.

MUCHOS SANDINISTAS
SE NIEGAN A HACER EL DUELO

Predominan posiciones defensivas, pero no por pura imposición o por razones interesadas. La actitud defensiva puede expresar convicciones políticas, presiones partidarias y deseo de “recompensas”, pero también expresa apegos. La idealización del pasado y la lealtad que la defensa expresa puede ser también una de las vías para asumir y aceptar la derrota de la Revolución y la pérdida de las ilusiones que la acompañaron. Puede ser una evidencia de melancolía revolucionaria: rehusarse a renunciar al vínculo con lo que se perdió, negarse a hacer el duelo. Esto ocurre, en gran medida, porque hacer el duelo implica “matar una segunda vez” lo que ya no está. En vez de hacer el duelo, algunos optan por agarrarse a los recuerdos idealizando el ayer. En ese sentido, distintas memorias evidencian no sólo las distintas maneras en que la población se vinculó con la Revolución, sino también los diferentes caminos que han seguido para aceptar su fin y lo que vino después.

¿QUÉ DEFIENDEN AL DEFENDER LA REVOLUCIÓN?

¿Qué se defiende cuando se defiende la Revolución y al FSLN? ¿Por qué algunos temen que otros piensen que no honran esa defensa? ¿Qué está en juego cuando se habla de aquel pasado? Es imposible señalar una única razón que dé respuesta a estas preguntas. Algunos apuntan a los intereses económicos, otros han hablado sobre una forma nicaragüense de asumir la política y la vida. “Pragmatismo resignado” llama a esa forma Andrés Pérez Baltodano. Y están quienes subrayan los imperativos ideológicos: ser sandinista se asume equivalente a ser de izquierda.

Los años que siguieron a la Revolución han estado llenos de decepciones, cansancio y dolores causados por la pobreza, con la violencia que acarrea, y por las consecuencias de la guerra. Hoy vemos grandes desigualdades, exacerbadas con la profundización de un sistema económico en el que a diario y con cada vez más determinación el Estado se pone al servicio de quienes tienen dinero, y en una sociedad donde impera el individualismo, el afán de lucro y el consumo. Vivimos en un país -y en un mundo- donde el éxito y la honorabilidad son directamente proporcionales a la capacidad para amasar dinero, sin importar la forma en que ese dinero se obtenga. Vivimos en un lugar donde los políticos han perdido el sentido del servicio público y se enriquecen, donde son muchos los que piensan que “al tonto ni Dios lo quiere” y que, en consecuencia, hay que ser “vivo” y agarrar todo lo que se pueda.

En este contexto, lo que sentí en las narrativas del pasado de los sandinistas de “la montaña”, en Siuna, fueron memorias que afianzan la relación con un partido que se convierte en intermediario de la población, ofreciéndole protección y beneficios económicos.

En las memorias de muchos campesinos sandinistas hay autocensura o cautela al expresar sus desacuerdos y reclamos: temen ser excluidos de los beneficios que podrían obtener por sus vínculos políticos. Otros conciben su vínculo con el FSLN como el escalón para lograr puestos políticos en sus comunidades o en el municipio. Aun cuando esos puestos sean modestos comparados a los que se disputan en la capital, no dejan de garantizar acceso a las ventajas del poder. Y hay quienes argumentan que deben defender al partido porque no sólo representa sus intereses sino los de los más necesitados. Todo esto significa que hay intereses económicos y posiciones políticas cuando defienden al FSLN, pero hay mucho más.

¿CUÁL ES LA FUERZA EMOTIVA DE LA REVOLUCIÓN?

Cuando hablamos de Sandinismo no sólo hablamos de intereses económicos, de intereses políticos o de prácticas culturales. Hablamos de decisiones racionales basadas en un sentido común fraguado dentro del Sandinismo -reconocemos así la fuerza ideológica de este proyecto político-, en un mar de contradictorias reacciones e identificaciones, que están vinculadas también a una estructura de sentimientos, al mundo afectivo. ¿Qué representa el Sandinismo y la Revolución para un sector de la población nicaragüense? ¿Qué hilos mueven esta adhesión, más allá de lo que catalogamos como “intereses”? ¿Qué fantasías acompañan al Sandinismo? Dentro de las muchas posibles respuestas aparece la bondad y la moral y el Sandinismo como representación de lo bueno y lo moral, el espacio simbólico donde se revertirá el destino de los “desafortunados”. En el camino de encontrar respuestas hallaremos apegos, historias de compromiso personal construidas a lo largo de treinta años o más. En ellas descubriremos la fuerza emotiva de la Revolución, expresada y reafirmada a través de la memoria.

La memoria colectiva sandinista reafirma una forma de interpretar y sentir el pasado revolucionario y el actual proyecto político sandinista. Esa memoria acentúa lo bueno, obvia los errores y demanda defensa. ¿Qué se defiende? Se defiende un pasado con el que un sector todavía se identifica -un pasado de justicia- y también se defiende un pasado que representa lo que se soñó ser o lo que se deseó ser.

CUESTIONAR LA REVOLUCIÓN
ES CUESTIONARSE A SÍ MISMOS

La idealización puede ser el camino para asumir la pérdida de la Revolución y la lealtad puede ser la expresión de una negativa a hacer ese duelo. Decir esto no significa que no haya racionalidad en las decisiones políticas. Significa que nuestras decisiones políticas se mezclan con otros elementos. Aunque algunos perciben los acontecimientos o los procesos políticos como algo “externo”, para otros son parte de sí mismos, escenas de su yo. A veces, cuando le preguntas a algunos por qué defienden la Revolución y al FSLN, descubres tras sus respuestas que lo hacen porque la Revolución son ellos mismos y cuestionarla es cuestionarse a sí mismos en una zona fundamental de su yo. Cuestionan el pasado, pero les resulta muy difícil hacerlo.

No todos asumen el pasado así. Hay muchos para quienes la Revolución no tuvo tanto peso emotivo y hay muchísimos otros que se sintieron oprimidos por ese proyecto. La Revolución despierta en todos ellos otros sentimientos. Hay también quienes han logrado establecer otra relación con aquel pasado. Lo que es fundamental es tener en cuenta los elementos emotivos para no calificar la “defensa” de la Revolución y del FSLN como expresión sólo de servilismo, de oportunismo o de ignorancia.

La idealización de la Revolución y del FSLN no es sólo el producto de la imposibilidad o de la dificultad de cuestionar el propio pasado, una limitación meramente subjetiva o la expresión de emociones y deseos. Existen reales y sentidas presiones del partido para que sus militantes y simpatizantes sigan una única línea de pensamiento y de acción, para que narren sólo la versión idealizada de aquel pasado. Para algunos, las consecuencias económicas y no económicas que acarrearía apartarse de esa línea pueden ser grandes. También es evidente que un pasado tan complejo escapa por sí mismo de las líneas y los marcos que intentan contenerlo.

LA MEMORIA IDEALIZADA DE LA REVOLUCIÓN
LE CONVIENE AL FSLN

Lo que vemos hoy en Nicaragua son representaciones congeladas que idealizan o demonizan el pasado y oscurecen los procesos que vivimos en el presente. Los sentimientos asociados a la Revolución y al Sandinismo juegan un rol central en dar legitimidad a esas representaciones.

Para el FSLN es importante que la memoria colectiva recuerde una historia revolucionaria de aciertos y de compromisos con la población pobre. Es ese pasado idealizado el que alimenta su relación con la población sandinista. Ese pasado da también legitimidad a la estructura de poder a lo interno del FSLN y al proyecto político que sus dirigentes promueven hoy. Esa memoria sandinista se ancla parcialmente en una historia extremadamente sentimental que idealiza la Revolución y coloca al Sandinismo del lado de la bondad, que reafirma a la nación como una gran familia y que equipara al FSLN con el pueblo. Es con esas historias de amor que se justifica el ejercicio de un poder político autoritario, patriarcal, vertical, excluyente.

UNA MEMORIA QUE SIMPLIFICA EL AYER Y EL HOY

La idealización de la Revolución que impera entre algunos simplifica el pasado y el presente. En la memoria idealizada se narra una lucha de buenos contra malos, donde los intereses de los buenos son siempre, y de entrada, incuestionables. En los discursos políticos sandinistas vemos aparecer los tradicionales temas de la izquierda: la denuncia del imperialismo de Estados Unidos, la crítica a la oligarquía nacional y al capitalismo salvaje que destruye el mundo… La coherencia entre este discurso y la práctica es muy difusa. A nivel público no se discute la orientación de los proyectos económicos que emprende hoy el gobierno sandinista ni tampoco cuáles son las implicaciones de las alianzas políticas que han hecho ni cómo se distribuyen los beneficios económicos y políticos de proyectos y alianzas. Hay en el FSLN quienes no tienen ningún problema con la vaguedad de las propuestas, siempre y cuando reciban algún beneficio y se mantenga un discurso que les recuerde el pasado, como si esa retórica los “salvara”.

El riesgo de todo esto es anclarse en una idealización que no permite discutir lo problemático del ayer y lo que de ese pasado permanece hoy. Esa idealización, inseparable de un exacerbado sentido de defensa, limita entender y superar muchos de los problemas y dilemas del Sandinismo de hoy. Para los sandinistas está pendiente el reto de hacer memoria de la Revolución reafirmando lo positivo, pero también discutiendo las herencias revolucionarias que no fueron revolucionarias. Hacerlo significa rearticular los recuerdos revolucionarios. Estos recuerdos no están sólo en el pasado, hacen parte de un largo proceso de continuas reformulaciones dentro del Sandinismo, la sociedad nicaragüense y eso que llamamos Nación.

¿PODREMOS CONTARLAS Y VIVIRLAS?

¿Podremos contar otras historias de la Revolución y del Sandinismo? Sí. Ya muchos nicaragüenses están cuestionando hoy aspectos del Sandinismo y de la memoria de la Revolución y ya varios están narrando otras historias de ese pasado. Es evidente que muchos de los dilemas personales de algunos radican en lo difícil que es esta tarea, no sólo por las consecuencias personales que entraña, sino por las implicaciones políticas y económicas que se derivan de esa acción.

Y además de contar otras historias, ¿podremos vivirlas? ¿Existen espacios en Nicaragua donde podamos hacer un trabajo de la memoria que no sólo desafíe a la memoria hegemónica del Sandinismo sino que sea capaz de autocuestionarse? También creo que sí.

Cuando me refiero a re-escribir el Sandinismo, hablo de re-imaginarlo dejando de lado las historias de sacrificio, de bondad y de heroísmo, que no son únicas del FSLN. El Sandinismo no es un asunto de bondades. Es un proyecto político que propone cambios, y no porque sus miembros sean buenos y amen a todos los seres humanos, sino porque sus miembros están convencidos de que son esos cambios los que nos permitirán vivir mejor colectivamente.

Los proyectos políticos no son “obras de amor”, son responsabilidades sociales. Luchar por lo que creemos no es ni un sacrificio ni una muestra de heroísmo. No hay sacrificio en actuar según las propias convicciones. Luchar por los cambios es tan sólo demostrar que creemos en lo que decimos y que hacemos lo que decimos. Los compromisos no deben ser ni con partidos ni con líderes, sino con ideales y con propuestas. La Revolución no vino a salvar almas sino a construir espacios donde la justicia no sea un privilegio, donde no digan que se es pobre porque así lo quiso Dios, donde nadie acepte obedecer sin antes preguntar por qué.

COMO ESE CHAVALO QUE ME DESPEDÍA…

Mi partida “formal” de Siuna fue en abril de 2007. Ese día, un domingo, agarré el “Santa Marta”, que pasa a las 7 de la mañana. Venía llenísimo. Tuve que entrar por la puerta de atrás y sentarme sobre un quintal de frijoles, entre bombas de fumigar, gallinas amarradas y metidas en sacos, unos chavalos que iban para un juego de beisbol -lo supe por los uniformes y los guantes- y un pobre perrito con ladridos de lloro. Hasta Río Blanco la carretera aún es de tierra y corre como en una zanja y los cercos de las fincas se ven casi a la misma altura del bus.

Mientras me acercaba a la ventana del de enfrente para averiguar por donde íbamos, divisé un chavalo de unos diez años, sin camisa y sin zapatos, agarrado de las crines de un caballo sin montura, echándose una carrera en competencia con el bus. Recordé todas las películas, los libros y los cuentos en donde aparece esa misma escena. Pensé en las historias de la frontera agrícola, en las memorias revolucionarias. Me pregunté si ese correr contra el viento, contra el tiempo, si el deseo de ganarle a la máquina, creyéndose invencible, no era también una metáfora de la libertad que tantos imaginaron y siguen reclamando.


ANTROPÓLOGA. FRAGMENTOS DE SU LIBRO “VENTANAS EN LA MEMORIA – RECUERDOS DE LA REVOLUCIÓN EN LA FRONTERA AGRÍCOLA” PUBLICADO POR LA UNIVERSIDAD CENTROAMERICANA (UCA) DE MANAGUA EN AGOSTO 2011.

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