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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 227 | Enero 2001
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Honduras

Retrato en grises del Cardenal hondureño

Oscar Rodríguez, 58 años, arzobispo de Tegucigalpa, fue uno de los 10 latinoamericanos entre los 37 nuevos cardenales nombrados por Juan Pablo II. Honduras está eufórica y ya lo sueña Papa.

Ricardo Falla

El 21 de enero llegó a Honduras la noticia -que ya se comentaba como posible, aunque también resultaba increíble- de que el Papa había nombrado Cardenal a Oscar Andrés Rodríguez Madariaga. Al mediodía, a la hora del Angelus del domingo, el Papa anunció el nombramiento de 37 nuevos cardenales. Entre ellos, el arzobispo de Tegucigalpa.


Historial con ascenso vertiginoso

Sobre su infancia, él mismo dijo en una ocasión, que había sido "encantadora". Nació de padres hondureños en Tegucigalpa en 1942. Por problemas de salud, debidos a un parto prematuro, fue ofrendado a la Virgen al nacer. Tal vez la fragilidad de su salud tuvo que ver con su piedad y su devoción por el sacerdocio. Hay una foto, que fue publicada, en la que el niño Oscar celebra misa con una casulla hecha de papel periódico. De muchacho no fue deportista. Su afición fue la música y aún hoy toca a veces en público la guitarra y el piano. Desde pequeño también aprendió a cantar.

Se educó con los religiosos salesianos de Tegucigalpa, y en su colegio se graduó de bachiller en 1959. Después entró a la congregación salesiana y estudió para el sacerdocio en El Salvador y en Guatemala, donde se ordenó sacerdote en 1970. A la vez que estudiaba, daba clases en varios institutos salesianos. Prosiguió su educación en Europa, obteniendo la Licenciatura en Teología Moral en Roma (1974) y el diplomado en Sicología Clínica y Sicoterapia en Innsbruck (1975). No por estar estos años en el extranjero dejó de ser Director del Instituto Teológico Salesiano de Guatemala.

Su carrera eclesiástica fue de rápido ascenso. En 1978 es nombrado obispo auxiliar de Tegucigalpa y en 1993 recibe en el Vaticano el palio del arzobispado de Tegucigalpa de manos del Papa Juan Pablo II. Durante esos quince años es nombrado administrador apostólico de dos diócesis vacantes: Santa Rosa de Copán (1981-1984) San Pedro Sula (1993-1994).

Poco después de ser nombrado obispo auxiliar de Tegucigalpa es llamado en 1979 a colaborar en el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM). En esta máxima instancia de los obispos del continente, comienza como miembro de la Comisión del Departamento de Educación (1979), sube luego a Secretario General (1987-1991) y para llegar después al máximo cargo de Presidente (1995-1999). Durante 20 años (1979-1999) siempre tuvo algún cargo en el CELAM. Los tres mencionados fueron los más importantes. Durante 16 años ininterrumpidos (1984-2000) ha tenido también cargos en la Curia Romana: en la Comisión del Clero, en la Comisión para América Latina, en el Consejo Pontificio de Justicia y Paz, y en el Consejo Pontificio Cor Unum. En Honduras, no se publicó ninguna declaración del Vaticano que señalara las razones de la Santa Sede para nombrarlo Cardenal. En ambientes esclesiásticos y no eclesiasticos de Honduras se barajan varias razones.

La primera, que desde sus altos cargos en el CELAM, ha sido un abanderado latinoamericano de la lucha por la condonación de la deuda externa, objetivo priorizado por el Papa y la Santa Sede en estos últimos años.

La segunda, la confianza que se le tiene en el Vaticano, por ser persona inteligente, culta, diplomática, políglota y fiel a las líneas del Papa. La tercera, el conocimiento que de él tiene la iglesia latinoamericana, por haber sido Presidente del CELAM. La cuarta, la gran aceptación que tiene en Honduras. La quinta razón es que el Papa, ya cercano al final de su vida, ha querido incluirlo entre los papables: siendo cardenal tendría más probabilidades de ser elegido en el próximo cónclave.


Soñando con que llegue a ser Papa

El nombramiento de Oscar Rodríguez despertó reacciones muy positivas en Honduras. Alegría y satisfacción, hasta euforia: ésa ha sido la tónica general, destacada por los medios. El cardenalato del arzobispo significa también sacar a Honduras del anonimato. La euforia de hoy recuerda a la que el país experimentó cuando la selección nacional de fútbol se acercó a participar en el Campeonato Mundial y por la cabeza de la hondureñidad se cruzó la nube rosada de que Honduras podría llegar a ser Campeón Mundial... Ahora, toda Honduras, se siente a un paso de tener al frente de la Iglesia católica universal a un Papa hondureño.

Los ojos del mundo se volverían hacia nosotros porque Dios habría premiado nuestra pequeñez. Y hasta sería un beneficio económico para Honduras, porque el turismo crecería. Los turistas ya no sólo vendrían a ver las Islas de la Bahía o las ruinas de Copán. Llegarían a ver la cuna donde Monseñor nació, la bicicleta que montó de pequeño, la guitarra que tocó de joven. Habría un museo destinado a su biografía.


Católicos eufóricos, evangélicos en silencio

En el gobierno y entre los políticos, todos quieren retratarse junto al nuevo Cardenal, o al menos ser mencionados como sus amigos o sus simpatizantes. El nuevo Cardenal es fuente de estabilidad política. El Presidente Flores -como hiciera el Presidente Reina cuando Rodríguez fue nombrado Presidente del CELAM- lo sale a recibir al aeropuerto. Los diputados liberales mocionaron de inmediato en el Congreso para nombrarlo Hombre del Año. Ya en diciembre de 1995, el Congreso lo había condecorado con la Gran Cruz con Placa de Oro. Los políticos de izquierda, que no son muchos, callan. Sienten que abunda el oportunismo y la adulación, pero no se atreven a analizar con frialdad el nombramiento.

Los medios de comunicación resaltan la carrera meteórica de Monseñor, su ascenso en cargos y en responsabilidades en las instancias de la Iglesia universal. Le dan primeras planas y los artículos editoriales son unánimemente positivos a su persona. Los medios repiten un curriculum vitae que, evidentemente, les han proporcionado fuentes eclesiásticas. Paradójicamente, resaltan más su carrera eclesiástica internacional que el desempeño que ha tenido en Honduras en asuntos de la realidad nacional.

Entre los católicos la reacción es de mucha alegría, especialmente entre el pueblo de Tegucigalpa. Monseñor es un tegucigalpino. Atemorizados por el avance de las iglesias evangélicas, los católicos sienten en este cardenalato una confirmación de su fe. Algunos sacerdotes dan declaraciones rescatando anécdotas de momentos en que lo conocieron. Cuando volvió del exterior, recién anunciado por el Papa como futuro cardenal, una multitud le dio la bienvenida -acto inesperado para él- a la entrada del Santuario Nacional de la Virgen de Suyapa. El nuevo Cardenal se emocionó mucho viendo a tanto pueblo sencillo que lo abrazaba.

Las noticias no destacan la opinión de los hermanos evangélicos. Como hondureños, sentirán orgullo, pero como evangélicos que siempre están pidiendo al gobierno un reconocimiento semejante al de los católicos, deben sentirse en la sombra. Y por eso, han guardado silencio.

Vienen cambios en la Iglesia

Angel Garachana, obispo de San Pedro Sula, ha señalado cambios que se darán en la estructura de la Iglesia tras su nombramiento. Se impone nombrar a un obispo auxiliar en la arquidiócesis, porque el nuevo Cardenal pasará mucho tiempo en viajes. Además, los obispos consideran que en el país ya no basta con las actuales siete diócesis. En breve serán diez. Está claro que con este nombramiento se refuerza el poder que ya tenía Monseñor Rodríguez en Honduras. Aunque ni por ser arzobispo ni por ser Cardenal tiene poder sobre los otros obispos, ya era visto -y ahora esto se acentuará- como cabeza visible de la Iglesia de Honduras, con poder ante el gobierno para apoyar o no apoyar a los otros obispos del país.

Obsesión por la unidad

¿Cuál ha sido la estrategia pastoral de Monseñor Rodríguez dentro de Honduras? Una clave fundamental es su afán por la unidad. Por eso, ha abogado siempre por el perdón y el olvido para sanar las heridas del pasado. El arzobispo suele decir que desde su independencia Honduras se ha visto desgarrada por guerras fratricidas y afirma que por eso el país no progresa.

En este contexto, la unidad y la conciliación entre empresarios y obreros la plantea como un deber. En el año 2000, gracias a su mediación, se convino entre ambos sectores el salario mínimo. Clama por una unidad en donde la Iglesia debe ser mediadora. Proclama la unidad, contraponiéndola a las zancadillas que los políticos se ponen unos a otros, mensaje especialmente significativo en los últimos meses, cuando los liberales han obstruido la inscripción del candidato nacionalista Ricardo Maduro.

El lenguaje del arzobispo nunca es de ofensa en las denuncias que con frecuencias formula. Esto dañaría la unidad que pretende. Hace cuatro años, el nuevo Cardenal presidió la Junta que traspasó la institución policial del poder militar al poder civil. Por la gran autoridad que tiene, la gente a veces se imagina a Monseñor como un mago que puede resolver cualquier conflicto.

Un luchador contra la deuda externa

Al menos en el discurso, otra de sus obsesiones es la lucha contra la pobreza, aunque partiendo siempre de la unidad. Rodríguez insiste en que los dos principales obstáculos para salir de la pobreza son la deuda externa y la corrupción. Y relaciona ambos. Plantea que la lucha por la condonación de la deuda externa debe corresponderse con la lucha contra la corrupción nacional. Si se nos condonara toda la deuda pero persistiera la corrupción -dice- después de cinco años nos encontraríamos de nuevo totalmente endeudados. Éste es un pensamiento que ha expresado muchas veces.

Uno de los frutos de su nombramiento podría ser la condonación total o parcial de la deuda externa hondureña. Monseñor Rodríguez ha luchado durante años porque se les perdonen sus deudas a los países más pobres del mundo, no sólo a Honduras. Ahora que está investido de la púrpura cardenalicia su palabra tendrá más autoridad ante los organismos internacionales. Antes, cuando iba a Alemania o a Bélgica a interceder por el perdón de la deuda externa, lo dejaban pasar y lo escuchaban porque era un obispo. Ahora, será un Cardenal el que toque la puerta. Si antes su palabra tenía peso, ahora tendrá más.


Denuncias frecuentes pero abstractas

Las denuncias del arzobispo -constantes en sus prédicas semanales- siempre son abstractas. No menciona hechos concretos, mucho menos menciona nombres concretos de personas. Porque esto dañaría la unidad. La denuncia abstracta la acompaña con la negociación personal, que realiza con organismos y personas influyentes. Sus palabras de denuncia son más fuertes cuando habla fuera de Honduras.

Cuando habla en los círculos de sus sacerdotes, sí suele ser muy explícito. Demuestra entonces ser una persona muy informada y con una conversación muy interesante. En estos encuentros sus juicios sobre hechos y personas, de la Iglesia universal y de la sociedad hondureña, son muy descarnados. En alguna ocasión, y dentro de Honduras, su denuncia pública ha sido más concreta. Por ejemplo, al tratar de temas sexuales. Fue explícito al rechazar la campaña del Ministerio de Salud de distribuir condones en las playas durante la semana santa.

Un toque de neocristiandad

La denuncia abstracta es también parte de su estrategia pastoral para mantener una buena relación con los gobernantes. Es costumbre que, junto al resto de obispos de la Conferencia Episcopal, asista a la toma de posesión del Presidente. Cuando el Presidente Flores tomó posesión de su cargo en enero 98, Rodríguez estuvo presente, y en un sermón alabó el discurso del Presidente, lleno de promesas que deseó se cumplieran.

Días después, el 3 de febrero, Flores y su esposa, con autoridades del Poder Legislativo y del Judicial, junto a la cúpula de las Fuerzas Armadas, asistieron a la misa de la Virgen de Suyapa. Los fotógrafos dejaron constancia del momento simbólico en que Flores, hincado delante de Monseñor, recibía la comunión de sus manos. En esta ocasión, Monseñor le predicó al gobierno en pleno, y el Presidente alabó los conceptos del sermón, de la misma manera en que Monseñor había alabado días antes el discurso del Presidente. Todo esto es algo muy cercano al estilo de una neocristiandad.

La católica: Iglesia nacional

Otra clave de su estrategia pastoral es fortalecer a la Iglesia católica ante el avance de las denominaciones evangélicas. Un fruto de sus buenas relaciones con el gobierno es mantener a la católica como Iglesia nacional. Para fortalecer el catolicismo, Moseñor utiliza los medios de comunicación. Ha puesto en marcha un canal de TV católico. Organiza concentraciones en el estadio, como la de la vigilia pascual, que son televisadas. En este tipo de eventos él es el centro. Le da mucho valor a los símbolos, y luchó mucho -contra toda suerte de críticas, aunque sin responderlas acremente- hasta construir el Cristo del Picacho, que ilumina las noches de Tegucigalpa. Valora mucho la educación superior y fundó la Universidad Católica, que se está extendiendo en los departamentos.

Sus discursos están a veces llenos de conceptos muy modernos, pero no pierde nunca su gran capacidad para comunicarse con la gente sencilla, hablándole en un lenguaje muy hondureño y con ejemplos populares.

Comparar para entender

Comparado con los dos cardenales que ha tenido Centroamérica en su historia, se puede decir que Oscar Rodríguez aventaja con mucho a ambos. Es un hombre inteligente, abierto, moderno, consciente de la incidencia estructural de la Iglesia católica en América Latina. En este sentido, es modelo de una figura eclesiástica del siglo XXI.

El finado cardenal Mario Casariego -nombrado por Pablo VI- fue un adefesio y resultó una rémora para la Iglesia guatemalteca. Casariego es una contundente señal de cómo la Santa Sede se puede equivocar al nombrar cardenales. El nicaragüense Miguel Obando y Bravo -nombrado en 1985, también por Juan Pablo II- ha sido un cardenal muy parcializado políticamente, como no lo ha sido Oscar Rodríguez, según se aprecia públicamente, aun cuando desee quedar siempre bien con el régimen.

Comparado con los dos grandes obispos mártires de Centroamérica, Monseñor Oscar Romero y Monseñor Juan Gerardi, ambos le aventajan con mucho. Romero y Gerardi denunciaban los hechos concretos y a las instituciones -a veces también a las personas- responsables de las injusticias. Romero, con gran facilidad de palabra, Gerardi más premioso al hablar, dejaron ambos una monumental obra de denuncia, de defensa de los derechos humanos, y de recuperación positiva de la memoria histórica, trabajando siempre en colectivo, con un equipo de laicos y laicas.

Monseñor Oscar Rodríguez no es ni se perfila como un obispo señalado por la cruz: por la persecución, las amenazas o las calumnias. Sus continuas denuncias contra la deuda externa no le acarrean ni críticas ni difamaciones ni ningún tipo de movimiento de opinión adverso ni riesgos. La imagen que los medios nacionales e internacionales le han estado forjando es la de un hondureño en un meteórico ascenso. Tan irresistible, que podría hasta llegar a ser Papa.

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