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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 354 | Septiembre 2011
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América Latina

De América Latina a AbyaYala: el nuevo despertar de lo indígena

Hasta finales de los años 60 se imponía la América mestiza. Desde entonces, y por un conjunto de factores, los pueblos indígenas se han venido despojando de esa máscara. Por muchas vías, llenas de zigzags, aciertos y retrocesos, los pueblos indígenas y sus propuestas han entrado ya en la agenda pública y política del continente. Ya no cabe hablar de una América Latina sin hablar también de Abya Yala:“tierra madura”, “tierra fecundada”.

Xabier Albó, sj.

Las políticas homogenizadoras y civilizatorias, fomentadas sobre todo a partir del I Congreso Indigenista Interamericano celebrado en Pátzcuaro (México, 1940) y sus ulteriores institutos indigenistas asimilacionistas, parecían estar llegando a su pleno éxito en casi todo el continente, al menos entre los pueblos más numerosos, entre los que ya llevaban cuatro siglos de contacto con la Colonia y con los ulteriores estados latinoamericanos.

A la sombra de esas políticas, los pueblos indígenas estaban siendo reducidos a la categoría económica genérica de campesinos, muy en línea con las nuevas corrientes mundiales modernizadoras y uniformadoras de regímenes, tanto de izquierda como de derecha. Parecía que ya se le había dado el golpe de gracia, para enterrarla, a la diversidad étnica y cultural del continente. Se imponía la América mestiza. Pero, ya desde finales de los años 60, el componente étnico de antiguos y nuevos movimientos empezó a quitarse esa máscara, en unos países antes que en otros.

¿POR QUÉ EL DESPERTAR?

Los principales factores que provocaron un cambio de estilo fueron varios. En primer lugar, el desencanto por el fracaso e insuficiencias del modelo llevó a los pueblos indígenas “campesinizados” a refrescar su historia, a recuperar su memoria larga. Así ocurrió en Bolivia, en Ecuador y más tarde en México (Chiapas). Otros intentos en Guatemala y en Perú quedaron cortados bruscamente.

En segundo lugar, el cambio se ha debido a la emergencia pública de pueblos indígenas antes periféricos y, por tanto, menos erosionados, al sentirse amenazados por la penetración de empresas, grandes proyectos y nuevos asentamientos. Su insistencia en la lucha ha contribuido a refrescar la dimensión étnica y territorial en los pueblos indígenas con un contacto más largo con los poderes estatales. Esto ha ocurrido, por ejemplo, en sectores andinos “campesinizados” por influencia de sus vecinos amazónicos.

Más tardíamente, a esos factores internos se añadió con fuerza una nueva corriente internacional, a partir del derrumbe del hoy llamado socialismo histórico en el este de Europa, simbolizado en la caída del Muro de Berlín en 1989. Sorprendió la rapidez y hasta la virulencia con que de la noche a la mañana pasaron a primer plano los conflictos étnicos, precisamente en países viejos que, hasta la víspera, habían proclamado la primacía casi absoluta de la lucha de clases. Otras corrientes internacionales fueron igualmente favorables al despertar indígena, entre ellas el creciente énfasis en el derecho a ser “diferentes”, iniciado con el movimiento feminista mundial y resaltado por otras minorías culturales, étnicas o no. Se abría así una faceta nueva dentro de los derechos humanos, hasta entonces concebidos de forma más individual y uniforme. El movimiento verde o ecológico ayudó, a su vez, a relevar que eran precisamente muchos pueblos indígenas los que durante siglos habían sabido convivir de manera mucho más armónica con la Naturaleza, incluso en áreas particularmente difíciles y vulnerables.

Por toda esta convergencia de factores, primero más internos y pronto más externos, la problemática indígena ha pasado a un primer plano en todo el continente latinoamericano. El año 1992 puede considerarse la fecha emblemática de todo este cambio de paradigma. Esta conmemoración se pretendió celebrar desde los Estados como un hito fundamental de la civilización y la evangelización o, en el mejor de los casos, como “el encuentro de dos mundos” (López Portillo). Pero un tanto inesperadamente, fueron los países más indígenas del continente quienes mayor capital simbólico acumularon en esa ocasión. En 1991, tras reuniones continentales en Guatemala y en Ecuador, arribaron a una sugerente propuesta alternativa: celebrar por todas partes sus “500 años de resistencia”. En el año 2000 hubo también una multitud de marchas indígenas que confluyeron en Porto Seguro con motivo del quinto centenario de la llegada, quizás casual, de Cabral al Brasil.

MÉXICO: LOS DOS EXTREMOS
DE OAXACA Y DE CHIAPAS

Veamos a grandes pinceladas impresionistas cómo estos períodos se presentan en diversos países, empezando por los cinco que concentran quizás el 90% de la población indígena continental, En cada país incluyo una estimación, sólo aproximada y no muy actualizada, de los millones de personas (m) de los grupos étnicos o lingüísticos (g) y del porcentaje de su población indígena.

En México (10m, 62g, 10%), el paso al esquema asimilacionista se inició a partir de la Revolución de 1917 y su institucionalización se dio desde los años 30 de la mano del partido único, el PRI (Partido Revolucionario Institucional).

En el camino, gran parte de los inicialmente mayoritarios indígenas fueron transformándose en campesinos, salvo un 10% del total nacional. Al definir a los indígenas sólo por la lengua y casi sólo en áreas rurales, los censos han facilitado lo que Bonfil Batalla llamó “etnocidio estadístico”. El Estado pretende mantenerlos hasta hoy bajo la tutela paternal y asimiladora del Instituto Indigenista y de sus sucesores.

Los estados colindantes de Oaxaca y Chiapas, ambos con alta densidad indígena, muestran quizás los dos extremos a los que se podía llegar en este modelo de relación. En Oaxaca, más marcado por la Revolución mexicana y por gobiernos locales relativamente abiertos a la temática indígena, se han llegado a reconocer municipios indígenas regidos según sus usos y costumbres, en espacios que pueden ir desde pequeñas comunidades de apenas cientos de personas hasta ciudades intermedias significativas. En cambio, a Chiapas, uno de los estados más ricos en recursos naturales, ni siquiera llegó la reforma agraria y existe allí una permanente tensión entre los indígenas y los grupos de poder, incluidos grandes terratenientes asociados al PRI, con periódicas masacres represoras.

Sorpresivamente, el 1 de enero de 1994, día en que se ponía en marcha el TLC de México con Estados Unidos, el alzamiento del EZLN en Chiapas, contando con la mayoría indígena y otros aliados, mostró que también a México, modélico país mestizo, llegaba el nuevo paradigma, con una notable incidencia, tanto en los demás indígenas mexicanos como en todo el mundo.

GUATEMALA:
LOS “VERDADEROS MAYAS”

Guatemala (3.5-6m, 23g, 43-49%). En este país, significativamente indígena, semejante a Chiapas, el paso del período colonialista al asimilacionista se intentó hacer, con una importante sensibilidad social, especialmente durante el período de apertura socialista de Jacobo Arbenz (1944-1954). Pero el golpe militar de Castillo Armas restauró bruscamente el esquema precedente y dio inicio a una larga y aguda represión armada excluyente. En los siguientes 36 años se estima un total de 100 a 200 mil muertos de forma violenta, en su mayoría indígenas. Fueron años en que se destruía a los mayas para poder redefinir mejor qué debía ser “el verdadero maya”.

La reemergencia fue iniciada por los propios indígenas asociados al CUC (Comité de Unidad Campesina, entre ellos Rigoberta Menchú) y por los involucrados en la guerrilla del EGP (Ejército Guerrillero de los Pobres), donde empezaron a percibir que ellos ya tenían su propio socialismo comunitario. La transición se consolidó recientemente con el retorno a la democracia y los acuerdos de paz, en particular el dedicado a “Identidad y derechos de los pueblos indígenas” (diciembre 1996) y con el surgimiento de organizaciones como Majawil Q’ij y la Coordinadora Nacional Indígena y Campesina (CONIC). Fue un duro revés la pérdida del referéndum de 1999 -con 82% de ausentismo, mayor en áreas indígenas-, en el que debían aprobarse las enmiendas constitucionales trabajosamente elaboradas en esa dirección. Fue un retroceso, al menos de corto y mediano plazo, cuyas consecuencias duran hasta hoy y que se reflejan en los recientes procesos electorales.

PERÚ, ECUADOR Y BOLIVIA:
AYMARAS, SHUAR Y QUICHUAS

Perú (4-9m, 49-52g, 35-40%) Ecuador (1-4m, 10g, 7-35%)
Bolivia (5m, 33g, 62%).
Es útil comparar simultáneamente lo que ocurre en estos tres países, cuyas zonas andina y costera fueron históricamente parte del Imperio incaico Tawantinsuyu, y que durante gran parte de la Colonia fueron parte del Virreinato de Lima. Hasta principios del siglo 20 la iniciativa de lo que en estos tres países ocurría estuvo sobre todo en el Perú, con el estilo de indigenismo propuesto, entre otros, por José Carlos Mariátegui. En los tres países ocurrieron rebeliones contra hacendados, al viejo estilo anti-colonialista y alimentadas ya por las nuevas ideologías socialistas.

Una de las más notables exponentes de esta fase fue la indígena quichua ecuatoriana Dolores Cacuango, asociada a la comunista Federación Ecuatoriana de Indios (FEI). Pero el paso decisivo al esquema asimilacionista fue realizado sobre todo por Bolivia con su revolución nacional de 1952 que, con la reforma agraria de 1953, la sindicalización campesina, el voto universal, la escuela rural castellanizante y otras medidas, aseguró un masivo y militante apoyo campesino quechua y aymara. En 1968-74 esto tuvo un significativo eco en Perú con la reforma agraria y demás medidas de Velasco Alvarado. Desde un poco antes, también en Ecuador con sus reformas agrarias de 1964 y 1973, que liquidaron también, aunque más suavemente, los sistemas de servidumbre del viejo régimen.

Entretanto, y ya desde fines de los años 60, empezaba a surgir el nuevo paradigma indígena en dos frentes. Uno en Bolivia con el movimiento aymara katarista en el contorno de La Paz, sede del gobierno. Otro en la selva amazónica ecuatoriana, iniciado por los shuar, que desembocó en una confederación de todos los pueblos amazónicos. Algo más tarde surgió un movimiento comparable de los quichuas llamado Ecuarunari (sigla silábica que significa: “el despertar de los indígenas del Ecuador”).

Poco a poco estos movimientos han ido tomando cuerpo en ambos países, dando lugar a nuevas organizaciones y -consolidada la democracia- hasta a partidos políticos más complejos, que en Bolivia llevaron a la Presidencia a Evo Morales, primer presidente militantemente indígena de todo el continente, que se mantiene con un creciente apoyo electoral. En Ecuador han llevado también a lograr acariciar momentáneamente la opción de ser gobierno.

¿QUÉ PASÓ EN PERÚ?

¿Por qué el Perú, ubicado entre Bolivia y Ecuador y pionero en el redescubrimiento del indio en el siglo 20, se quedó tan trancado en el anterior modelo asimilacionista, al menos en su área andina? Una explicación más estructural es el vuelco masivo de la Sierra a Lima y a la Costa relativamente pronto en el siglo 20. A esta emigración masiva se añadió durante los años 80 y parte de los 90 el problema de Sendero Luminoso, que se prolongó hasta principios de los 90, situación que a muchos no les permitía mirar más allá de la sobrevivencia. Este período deshizo muchos tejidos sociales, aceleró mayores emigraciones y, como saldo, según el informe final “¡Nunca más!” de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (2003), dejó 70 mil muertos, de los que casi el 75% eran quechuas. También murieron aymaras, ashaninkas, machiguengas y otros.

Después de esta etapa, ni el autoritarismo de Fujimori ni la retórica inicial del Presidente Toledo y su esposa belga -antropóloga y quechuista- modificaron el panorama. La total eliminación del tema indígena en el censo de 2005 mostró el poco interés real que había para hacerlo.

En los últimos años el tema ha resurgido entre los pueblos indígenas, sobre todo a partir de las amenazas que sobre sus territorios representa la penetración de grandes empresas multinacionales, tanto las petroleras en la Amazonía como las mineras en la Sierra e incluso en la Costa. La emergencia de Ollanta Humala, preanunciada en la primera vuelta electoral de 2006 y confirmada en su elección en 2011, representan un hito más en este giro, que tendrá consecuencias.

LOS PUEBLOS INDÍGENAS
DE CENTROAMÉRICA

En todos los países centroamericanos hay minorías indígenas relativamente activas. Salvo en El Salvador -donde en 1930 fueron masacrados los 30 mil que seguían llamándose indígenas-, ha habido un menor proceso de campesinización, tal vez porque al tratarse sólo de minorías, sus reclamos ya no se perciben como una amenaza real para el Estado-Nación. Sin embargo, por todas partes las amenazas empresariales (turísticas, mineras, petroleras, forestales, ganaderas) son permanentes, motivando demandas y marchas.

El caso más notable de resistencia y desarrollo es probablemente el del pueblo kuna, en Panamá (0,2m, 7g, 8%), que ya en un temprano 1938 consolidó su bello territorio o comarca Kuna Yala, al este, con significativos márgenes de autonomía. Desde entonces ha logrado frenar una y otra vez los intentos de la industria hotelera internacional y después, los de las empresas mineras. En el oeste, los ngobe llevan también años peleando con éxito ante una gran empresa minera.

En Nicaragua (0.4m 10-14g, 10%), los pueblos más conocidos son los de la Costa Caribe, a los que durante la guerra contrarrevolucionaria de los años 80 el gobierno del Presidente Reagan quiso cooptar. Esto llevó al gobierno sandinista de aquellos años a mejorar su sensibilidad étnica y al fin se logró la Autonomía Regional de la Costa, una primicia continental. En su cumplimiento ha habido diversas tensiones entre las visiones indígenas, las alianzas políticas y los intereses regionales según las coyunturas políticas.

En la costa de Honduras (0.5m, 7g, 7%) vive la mayor concentración del pueblo garífuna, el único de habla y ancestro indígena caribeño y a la vez africano, presente también en Nicaragua, Belice y Guatemala. Tienen la particularidad de participar militantemente, tanto en los movimientos indígenas como en los afroamericanos.

COLOMBIA:
LA QUINTA PARTE DEL PAÍS

Colombia (0.5m, 81g, 2%). Ya desde la Colonia y la primera República, buena parte de la población indígena que vive en Colombia perdió esa identidad; aunque entre 1910 y 1956 el nasa Quintín Lame, muerto en 1968 resistía. Tras la descafeinada reforma agraria de los años 60 se creó la organización campesina ANUC (1970) con su doble rama, una más oficialista y otra más autónoma. Ya en 1971 el pueblo nasa se desmembró de la ANUC, por sentirse mal representados en su especificidad étnica y creó el CRIC (Consejo Regional Indígena del Cauca), lo que estimuló a otros pueblos a hacer lo mismo, hasta crear la organización nacional ONIC (Organización Nacional Indígena) en 1982.

Siendo apenas el 2% del total de la población, los indígenas tuvieron una notable participación en la Constituyente de 1988. Posteriormente, han logrado la legalización de buena parte de sus territorios (resguardos), que ocupan aproximadamente el 20% del país. Pero la ocupación real de sus resguardos, así como la vida de estas organizaciones, sigue muy condicionada por la situación general de violencia y por los poderosos intereses e influjos externos que pesan sobre este país.

Venezuela (0.5m, 28g, 6%) Aunque presente, la problemática indígena nunca había llegado muy lejos en la agenda nacional de este país, tan marcado por el petróleo, salvo en el área wayú, compartida con Colombia. La nueva Constitución Bolivariana (1999), promovida por Hugo Chávez, ha provocado un proceso muy participativo y una de las normativas indígenas más avanzadas del continente. Otro asunto es si se cumple o no, como dramatizó en 2010 la huelga de hambre del jesuita José M. Korta y varios indígenas con los que él tanto ha convivido.

CHILE: LA FUERZA MAPUCHE

Chile (1m, 3-6g, 5-10%) A lo largo de la Colonia y la primera República, el pueblo mapuche fue uno de los que mostró mayor resistencia histórica a ser conquistado y mayor habilidad para relacionarse de igual a igual con los winkas, como llamaron a los chilenos. Pero la conquista militar expansiva del Estado chileno, primero hacia el norte boliviano y peruano (1879) y enseguida hacia el sur, hasta lograr la paradójicamente llamada “pacificación” de la Araucanía en 1881, provocó un temprano y acelerado proceso de chilenización asimiladora de los pueblos aymara, mapuche y otros menores.

Uno de los factores clave fue la desestructuración de sus territorios. Años después Pinochet llegó a afirmar que en Chile ya no había indígenas, sino “sólo chilenos”. El censo de 1992 arrojó un sorpresivo 10% de indígenas, mayormente mapuches. Por una reformulación la pregunta censal, el censo de 2002 rebajó a la mitad a los mapuches y duplicó a los aymara.

Estas cifras muestran ya la fuerte reemergencia de la conciencia étnica, incluso entre los mapuches que viven ya en las ciudades y que son casi la mitad del total. Los mapuches se movilizan hoy, sobre todo, para el reconocimiento y la recuperación de parte de sus territorios ancestrales rechazando la inconsulta penetración que en ellos han tenido grandes empresas madereras, eléctricas y otras. Por esos intereses empresariales, el Estado chileno ha sido muy renuente a ratificar el Convenio 169 de la OIT. Y cuando finalmente lo hizo en 2008, intentó incluir una cláusula restrictiva del artículo 35, no aceptada por la OIT. Además, ante algunas tomas de tierras e incendios forestales provocados, siguió aplicando la ley antiterrorista, pese a reclamos, incluso de las Naciones Unidas.

ARGENTINA: EN SUS FRONTERAS

Argentina(1m, 18g, 2,6%) En el pasado, el Estado argentino hizo notables esfuerzos por extinguir a sus aborígenes, sobresaliendo en el sur la Campaña del Desierto, casi contemporánea de la Pacificación. Algo más tarde hubo otra campaña semejante en el Chaco. Se impuso a partir del ahí el afán por “argentinizar” a los sobrevivientes, sin reconocer sus raíces.

En las últimas décadas por la lucha de los propios pueblos y por los nuevos vientos internacionales, se ha logrado ya un reconocimiento más formal y jurídico de la especificidad aborigen, primero en varias de las Constituciones provinciales (estados federados) y últimamente en alguna norma federal. Es significativa la influencia que tienen los movimientos indígenas del otro lado de la frontera: los collas y guaraníes del norte, cerca de la frontera boliviana, y los mapuches del sur, junto a la frontera chilena.

BRASIL: SIN CAMBIOS ESENCIALES

Brasil (0.7m, 235g, 0.7%). Según la retórica oficial, los tres componentes de la identidad nacional brasileña son los indígenas, los negros -mucho más numerosos que los indígenas- y los europeos. El estilo exterminador, o al menos asimilador -de indios a caboclos y a sólo brasileiros- fue el dominante en el nuevo Estado Federal desde principios de la independencia. Y lo siguió siendo a medida que se fue expandiendo su modelo agrocapitalista a áreas a las que antes no había llegado ni siquiera el “descubrimiento”. Con Lula y con Dilma Rousseff no ha cambiando en lo esencial este esquema agrocapitalista, salvo en una mayor atención a los pobres en general. Y persisten los conflictos por la masiva deforestación y por los proyectos de mega-represas.

Ya desde la época de Rondon -principios del siglo 20- este modelo tiene como contrapunto un enfoque protector, cuyo eco actual, ya muy ambiguo, es la FUNAI (Fundación Nacional del Indio). La reserva indígena del Parque Xingú es su mejor exponente. Desde 1972, el CIMI (Consejo Indigenista Misionero), organización de la Iglesia católica, ha sido uno de los principales aliados de los pueblos indígenas movilizados. Un hito ha sido la permanente presencia indígena en la Constituyente de 1988, hasta lograr en ella un significativo reconocimiento constitucional. La demarcación de territorios indígenas -sólo concesiones sin propiedad- y su consolidación, ha permitido un crecimiento demográfico indígena mucho más rápido que el del conjunto de la población. Pero la lucha es larga: los makuxis de Roraima tardaron treinta años para que, recién en 2005, se les reconociera su territorio ancestral en Raposa da Serra do Sol.

PARAGUAY: EN LENGUA GUARANÍ

Paraguay (0.1m, 16g, 2%) Este país vive la paradoja de ser el país latinoamericano con un mayor porcentaje poblacional que habla una lengua indoamericana: (en 2002 el 87% hablaba guaraní, frente a sólo el 70% que sabía castellano). A pesar de esta identidad lingüística, sólo el 1.8% de la población paraguaya se identifica como indígena.

Con el dramático bajón demográfico sufrido por el país tras la derrota ante la Triple Alianza (1870), se perdieron incluso los indígenas guaraní de Misiones. Los nuevos gobiernos, hasta la larga dictadura de Stroessner (1954-1989), siguieron una política asimilacionista semejante a la de sus vecinos Brasil y Argentina. Hay que llegar a tiempos muy recientes para poder ver movimientos reivindicativos de estas minorías indígenas y una cierta preocupación del Estado por el sector indígena.

LA LUCHA POR SER IGUALES AUNQUE DIVERSOS

Cabe distinguir dos grandes vertientes de demandas indígenas, que sólo al combinarse explican su dinámica particular. Por un lado está la demanda de ser iguales a los demás ciudadanos, en reacción a su secular marginación y discriminación. Por otro está la exigencia de ser también reconocidos en su especificidad como pueblos indígenas. Estas dos grandes demandas se expresan, tanto en el Convenio 169 de la OIT -con más énfasis en la primera vertiente-, como en la Declaración de Naciones Unidas de 2007, con un innovador acento en la segunda.

La demanda de ser tratados con equidad responde a la queja tan común de sentirse “ciudadanos de segunda”, discriminados y sin gozar en la misma medida de los derechos comunes a todos los ciudadanos. Los indígenas, al igual que otros grupos vulnerables, como las mujeres o los niños, son a veces objeto de categorías diferenciadas, tanto en las estadísticas como en la fijación de planes y metas de desarrollo, incluidas las Metas del Milenio de Naciones Unidas.

Este primer enfoque, aunque es muy válido, resulta insuficiente para explicar las movilizaciones indígenas. Entra entonces la segunda vertiente de demandas, que puede expresarse en el frecuente añadido: “Queremos todo eso, pero según nuestro propio modo de ser, nuestra cultura y nuestra identidad”. En la Declaración de Naciones Unidas ocupa un papel central el derecho de los pueblos indígenas a tener sus propias formas de gobierno, incluidas autoridades y métodos de nombramiento, leyes propias, un ejercicio de justicia propio... Y, para lograrlo, un margen suficiente de autonomía en un territorio propio donde poder vivir, expresarse y desarrollarse según su propio modo de ser, incluida su lengua y los ámbitos públicos en que puedan usarla, sus estilos educativos, sus prácticas de salud, su religiosidad.
Está pendiente cómo aplicar éstos y otros derechos entre los cada vez más numerosos indígenas que ya viven mayoritariamente en ciudades, entreverados con otros grupos humanos. Esto implica ulteriores adaptaciones y cambios, aunque no la pérdida automática de su condición étnica y los derechos que implica. ¿Cómo construir ciudades interculturales que no sean a la vez mata-lenguas, mata-culturas y mata-identidades?

LOS CAMBIOS DESDE ARRIBA

En el pasado y en muchas experiencias actuales los indígenas sólo hacían demandas locales. Pero cada vez más hay organizaciones indígenas con mayor fuerza demográfica y política, con demandas que ya no se restringen a una mejor relación con el Estado en sus respectivas regiones. Llevan también a un replanteamiento de cómo debe ser toda la sociedad y el Estado. Hay que distinguir en todo esto un doble flujo, uno desde arriba y otro desde abajo. Con o sin presión desde el movimiento indígena, con o sin alianza con ellos, desde el Estado se nota cierta apertura. Diversos estudios comparativos muestran que en las últimas décadas ha habido cambios constitucionales tendientes a un mayor reconocimiento de los pueblos indígenas en casi todos los países latinoamericanos.

Puede que algunos cambios desde arriba sean más audaces en países en que los indígenas son clara minoría, porque entonces esas concesiones no llegan a afectar las estructuras fundamentales del Estado. Colombia y, sobre todo Venezuela, por ejemplo, han hecho concesiones constitucionales y territoriales mucho más amplias a sus minorías indígenas que otros países con una densa composición étnica, como Perú o Guatemala. Pero las aperturas no son automáticas ni una regla universal. Así, en Brasil y Paraguay persiste la dialéctica entre exterminio, asimilación y reconocimiento.

Algunos de los cambios desde arriba reflejan quizás también intereses del enfoque neoliberal globalizante. Es probable que, desde la globalización neoliberal, determinados movimientos y concesiones a los pueblos indígenas se perciban como funcionales al sistema y otros sean vistos como disfuncionales y, por tanto, sean más resistidos. Por ejemplo, permitir cierta movilización y diferenciación étnica puede facilitar que los Estados se mantengan más débiles frente a la penetración mercantilista globalizadora desde arriba y, a la vez, distraer a las bases de su conciencia y organización como clase explotada.

¿Por qué será que en los cambios constitucionales de los años 90 prácticamente todos los países del continente, con regímenes, sean progresistas o conservadores, incorporaron su rasgo multiétnico y pluricultural? Incluso ciertas titulaciones de territorios indígenas podrían corresponder a un nuevo nombre más aséptico y civilizado de lo que antes se consideraban sólo “tierras baldías”. Pero si en esos territorios aparecen recursos naturales realmente apetecibles para el mercado, los poderosos del sistema se apoderarán igualmente de ellos. Cuando menos, éstas son sospechas dignas de ser tomadas en cuenta.

CAMBIOS DESDE ABAJO:
EL CASO DE CHIAPAS

El otro flujo hacia el cambio en el Estado surge más desde abajo. Repasemos los tres ejemplos más notables: Chiapas, Ecuador y Bolivia.

En Chiapas hubo una notable simbiosis entre algunos sectores de la clásica izquierda urbana, liderados por el Subcomandante Marcos, y grupos locales de clara extracción indígena, con una mutua conversión en ambas direcciones. Aunque hubo inicialmente acciones militares, lo más notable de este movimiento ha sido su incidencia motivadora -no exenta de humor y de un estilo poético con sabor indígena- en la opinión pública local, nacional e internacional con eventos de alto poder simbólico, el uso sistemático de Internet para captar una eficiente solidaridad internacional y las visitas concientizadoras de jóvenes del mundo para reconocer en los indígenas con pasamontañas, “el rostro de los sin rostro”.

June Nash ha caracterizado a este movimiento como “la primera revolución postmoderna”. En sus años iniciales
el movimiento zapatista parecía no pretender tomar el poder, sino sólo incidir desde el patio trasero de México en la opinión pública nacional e internacional, insistiendo en la necesidad de crear instituciones más democráticas y participativas. Algo logró. El haberse incrustado la piedra zapatista en la bota estatal, facilitó posiblemente la ruptura del septuagenario monopolio unipartidario del PRI, la “dictadura perfecta” por su máscara democrática, según Vargas Llosa. Sin embargo, a partir del fracaso de la sesión que tuvieron los zapatistas en el Parlamento mexicano en 2001, como colofón de una larga marcha por varios estados, hubo un giro.

La Ley Indígena que de allí salió ni respetaba los anteriores acuerdos de San Andrés ni el Convenio 169 de la OIT, tempranamente suscrito por México. Los zapatistas empezaron entonces a establecer gobiernos locales de facto, llamados Juntas de Buen Gobierno, que persisten hasta hoy. Quien al parecer ya no participa tanto es el célebre Subcomandante Marcos que, desde la nueva campaña electoral de 2005 se fue distanciando de los y las comandantes indígenas y de sus Juntas, buscando nuevas tareas más urbanas en otras partes. Se escucha mucho menos del movimiento zapatista. ¿Estrategia o declive?

EL CASO DE ECUADOR:
DESDE “EL SISMO ÉTNICO”

En Ecuador la fuerza ha estado en la CONAIE (Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador) y en su rama política Pachakutik. Pese a la cuestionable estadística oficial de apenas un 6.7% de indígenas, este país ha vivido una notable emergencia indígena, sobre todo a partir de lo que en 1990 se llamó “el sismo étnico”, un primer bloqueo nacional que, a su vez, catalizó el descontento de otros muchos grupos sociales rurales y urbanos. Posteriormente, los indígenas tuvieron un rol fundamental en la Asamblea Constituyente de 1998, con propuestas muy específicas y previamente consensuadas entre ellos. Las propuestas se tomaron muy en cuenta y en aquella nueva Constitución, que fue por entonces una de las más avanzadas del continente en cuanto a la inclusión de los pueblos indígenas en las estructuras del país, siendo la que más énfasis puso en sus derechos colectivos.

Pero una buena Constitución no implica necesariamente buenos gobiernos, y en la convulsión de los años siguientes, las organizaciones y partidos indígenas tuvieron que seguir luchando y participando muy activamente con sus propias demandas, negociaciones, nuevos bloqueos y otras acciones. Jugaron un papel protagónico en la caída del Presidente Mahuad (2000) y, poco después, llegaron a formar gobierno con Lucio Gutiérrez (2002-2005) elegido con una aureola de ex-militar dispuesto a transformar el país. En esos años los indígenas y sus aliados tomaron a su cargo ministerios tan importantes como Relaciones Exteriores, Agricultura y Educación. Pero el giro neoliberal y populista que enseguida tomó aquel gobierno les hizo salir, con una frustración más y con el debilitamiento de su organización y partido, incluyendo divisiones internas de la que aún no se han repuesto plenamente. El tema de las alianzas políticas, casi siempre complicado y resbaladizo, los afectó.

La llegada al gobierno ecuatoriano en 2006 del izquierdista Rafael Correa y la aprobación de una nueva Constitución en 2008 implica avances, sobre todo en el primer paquete de derechos indígenas, comunes a todos los ciudadanos. Con relación a sus derechos colectivos específicos como pueblos, el avance más notable a nivel simbólico, por ser una reivindicación largamente acariciada por el movimiento indígena, ha sido el reconocimiento del Ecuador como un Estado “unitario, intercultural, plurinacional” (artículo 1), incluyendo y reconociendo en su seno a las “nacionalidades indígenas”. Contradictoriamente, Correa siempre ha desconfiado de las organizaciones étnicas, que siguen teniendo tensiones con el gobierno, sobre todo en relación a la explotación petrolera en territorios indígenas amazónicos.

EL CASO DE BOLIVIA:
EL MÁS ESPECTACULAR

Es en Bolivia donde ha ocurrido el ascenso más espectacular. Se inició con la llegada simbólica del aymara katarista Víctor Hugo Cárdenas a la vicepresidencia de un gobierno paradójicamente neoliberal (1993-1997), en el que se dictaron leyes importantes como la de participación popular, que facilitó el acceso de indígenas a gobiernos municipales. También se legisló una nueva norma agraria, que facilitaba el mercado de tierras y -como contrapunto- reconocía las “tierras comunitarias de origen” (territorios indígenas). Todo ello se enmarcaba todavía en la ilusión neoliberal que entonces seguía viva en el país.

Desde el año 2000 esa ilusión se desvaneció, sobre todo a partir del mal manejo de la privatización de recursos naturales. Iniciaron entonces una serie de protestas sociales en que las organizaciones indígenas campesinas jugaron de nuevo un papel clave y creciente, combinando la vía electoral y la convulsión social. En las elecciones de 2002 ocurrió un salto cualitativo notable cuando Evo Morales -un aymara trasladado al área tropical de los productores de hoja de coca- quedó en segundo lugar y a menos del 2% del vencedor, ganando el MAS (Movimiento al Socialismo) casi un cuarto de los senadores y un tercio de los diputados, todos con raíces indígenas, éxito político no logrado hasta entonces en ningún otro país latinoamericano. Aun así, poco lograban frente al “rodillo parlamentario”, por lo que el movimiento indígena volvió a combinar su política en el Congreso con la de sus manifestaciones, marchas y bloqueos de calles y caminos hasta que todo este impulso reventó en octubre de 2003, a partir de las muertes causadas por la represión armada a estas protestas.

Jugaron un protagonismo importante en estos avances las juntas vecinales de la ciudad de El Alto, apéndice pobre de la ciudad de La Paz, poblado por un 74% de aymaras. El Presidente Sánchez de Losada tuvo que renunciar y, tras dos sucesores interinos, en las elecciones de diciembre 2005 Evo Morales ganó a paso de parada con 54% en la primera y única vuelta, algo que nunca había ocurrido desde el retorno a la democracia en 1978.

EL GOBIERNO DE EVO
Y UNA AUDAZ CONSTITUCIÓN

Resumir aquí los ya casi seis años de un gobierno liderado por el primer presidente indígena, claramente aliado con los demás gobiernos de izquierda de América Latina -dentro de una amplia gama de modalidades-, exigiría otro trabajo específico, que rebalsa el tema indígena.

Me limitaré a señalar que se distinguen claramente dos momentos en este nuevo régimen. En el primero (2006 a 2009), prevalece la pugna de la nueva hegemonía frente a la oposición electoralmente minoritaria, pero con el control de la llamada Media Luna, en las tierras bajas del país, donde hay una mayor concentración de población no indígena y la mayor riqueza económica, sobre todo en torno a Santa Cruz y Tarija. Esta oposición mantuvo más compacta a la mayoría indígena con sus aliados.

Esta pugna, llena de vicisitudes, la ganó el gobierno a partir del referéndum y promulgación de la nueva Constitución, no sin negociaciones políticas de última hora, después de una intentona fallida de golpe, desactivada con la mediación de UNASUR y de Naciones Unidas. Pese a afeites finales y a su estilo abigarrado, esa Constitución es hasta ahora la más audaz del continente desde la perspectiva de la inclusión igualitaria de los pueblos indígenas.

Bolivia entró en el segundo momento de esta experiencia a partir de las elecciones generales de diciembre 2009 cuando Evo y su vicepresidente Álvaro García Linera fueron ratificados por un amplio 62%, y cuando en la nueva Asamblea Legislativa Plurinacional (antes Parlamento), la alianza gobernante MAS-MSM (Movimiento Sin Miedo) logró incluso una limpia mayoría de dos tercios en ambas cámaras.

El escenario parecía óptimo para complementar e implementar lo previsto por la nueva Constitución, tanto para ajustar las leyes al nuevo texto como para apoyar el gobierno cotidiano. Pero hasta mediados de 2011 ésta ha sido una verdad sólo a medias. Como suele pasar cuando la oposición partidaria es débil ante un partido muy hegemónico, han empezado a surgir disidencias, hasta separaciones en las corrientes dentro del MAS, como pasó con el MNR de los años 50 y 60.

LOS RECURSOS NATURALES
Y EL “BUEN VIVIR”

Las divisiones más significativas en relación al tema indígena son las que se han dado en el seno mismo de los movimientos populares e indígenas, a veces por intereses encontrados entre diversas facciones locales en asuntos muy locales, y otras veces por discrepancias entre éstos y el Ejecutivo o el Legislativo en relación a determinadas decisiones impuestas desde la cúpula.

En esta etapa, también en Bolivia -como en casi todos los demás países latinoamericanos- pasan a primer plano, incluso en discusiones internas del gabinete, las decisiones sobre el manejo y explotación de los recursos naturales estratégicos en territorios indígenas y, sobre todo, en las tierras bajas. Igualmente, la doble lógica entre el (con)vivir bien todos de manera equitativa, un ideal más inspirado en las cosmovisiones indígenas y proclamada en la Constitución, o permitir que los más ambiciosos se lancen a proyectos más lucrativos pero a la vez diferenciadores y depredadores, para vivir algunos mejor que los demás.

Por estas vías, llenas de zigzags, aciertos y retrocesos, los pueblos indígenas y sus propuestas han entrado ya en la agenda pública y política continental.Ya no cabe hablar de una América Latina que a la vez no sea también Abya Yala (la Virgen ya madura para ser fecunda), un nombre generalizado ya entre todos los pueblos originarios del continente, a partir de dos palabras de origen kuna. Es un concepto mucho más preñado de sentido utópico y creativo que otros nombres llegados desde ultramar y cargados de malos entendidos, como América Latina o incluso Amerindia.

CONSEJERO DEL GENERAL DE LOS JESUITAS PARA EL DIÁLOGO INTER-RELIGIOSO Y RELIGIONES INDÍGENAS DE AMÉRICA. TRABAJA EN EL CENTRO DE INVESTIGACIÓN Y PROMOCIÓN DEL CAMPESINADO (CIPCA) DE BOLIVIA.

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