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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 354 | Septiembre 2011
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Nicaragua

Memorias de la generación traicionada

¿Cómo sobrevivieron en los frentes de batalla quienes se enfrentaron en bandos rivales en los años 80? ¿Cómo enfrentaron aquel drama? ¿Qué les quitó o qué les dio aquella guerra? Busqué a ocho desmovilizados y lisiados para entrevistarlos. Soy un escucha tardío de sus testimonios, en los que encontré compromiso, humor, dolor, miedo. También decepción. Son memorias de una generación que hoy se siente traicionada.

William Grigsby Vergara

Un amplio grupo de adultos nicaragüenses sobrevivieron a los diez años de la guerra civil que enfrentó a los miembros del Ejército Popular Sandinista (EPS), a los muchachos del servicio militar obligatorio y a la Resistencia -contrarrevolución financiada por Reagan con bases militares en Honduras-.

En este conflicto bélico combatieron los hermanos mayores y los padres de los niños y niñas que formamos parte de la “generación perdida”. Muchos héroes anónimos entregaron años y parte de sus cuerpos por su patria. Muchos otros dieron sus vidas.

Busqué a ocho desmovilizados y lisiados de aquella guerra para entrevistarlos. Y obtuve ocho valientes testimonios en los que recordaron la encrucijada que hace años los puso en jaque. Me preguntaba sobre qué sintieron estos guerreros nicaraos y chorotegas enfrentados en la generación que me precedió: ¿Todos fueron a la guerra forzados o por voluntad propia? ¿Cómo vivieron ese drama? ¿Cuáles fueron los momentos más difíciles en las montañas que sirvieron de escenario para el intercambio de balas? ¿Hubo espacio para reírse a pesar de la muerte que los rondaba, obligándolos a mantenerse serios y alertas? Y hoy, ¿se sienten traicionados por sus antiguos dirigentes o ven algún aspecto positivo que les dejó el haber participado en aquella batalla campal que ya es historia?

Fui a buscar sus respuestas con la esperanza de que me respondieran alentadoramente, al menos a la última pregunta. Aquí están los dos bandos, las dos voces. Aquí la Historia se sienta como una niña en mis rodillas, y yo la escucho hablar…

NOEL, 45 AÑOS:
“NINGUNA GUERRA PUEDE APORTAR NADA POSITIVO”

“Nací en Santa Teresa, Carazo. Soy la generación del SMP, el servicio militar patriótico. Yo estaba estudiando cuando en 1983 salió la ley del servicio militar obligatorio. Terminaba el tercer año de la secundaria. Ya antes todos los estudiantes que estábamos en los colegios fuimos los primeros en inscribirnos para participar en todo: en las jornadas de limpieza, en la vacunación de perros, en las jornadas de salud, en darle continuación de la alfabetización, que estaba muy fresca. Y aunque yo no quería ir a morir al servicio militar y jamás había tocado un arma ni sabía lo que era eso, terminé yendo de forma consciente. Sí, fue una decisión consciente.

El momento más dramático que viví fue el primer combate en la montaña con mis compañeros. Muchos estudiaban conmigo la secundaria. A todos nos habían incorporado en los primeros batallones de tropas guardafronteras en la zona de San Fernando. Después nos movilizaron a la frontera con Honduras y allí estuvimos unos cuatro o cinco meses. Durante ese tiempo no hubo ningún combate. Más tarde nos movieron a la zona de Chachahua, entre Quilalí y Wiwilí. En esos cerros altos experimenté mi primer enfrentamiento con la Contra. Fue terrible. Sentí un gran nerviosismo mientras duró la balacera. En el combate murieron varios compañeros, incluyendo el jefe del pelotón. De un compañero, a quien apodábamos “Somoza”, encontramos el cuerpo ya bayoneteado. Le habían arrancado el corazón y los órganos internos. Una visión espantosa que no se me olvida”.

“PERDÍ MI PIERNA IZQUIERDA”

“Otro momento dramático fue cuando pisé una mina personal. Casi pierdo la vida en el acto. La frontera, desde Nueva Segovia hasta Jinotega, estaba cubierta por milicianos sandinistas. Cada grupo teníamos un área asignada para resguardarla. Mis compañeros estábamos en Baná, cerca de la confluencia del río Coco y el río Poteca. En aquella ocasión logramos orillar a los contras a territorio hondureño y fuimos avanzando posiciones hasta cruzar la frontera y entrar unos dos kilómetros a Honduras. Luego tuvimos que replegarnos por el bombardeo aéreo y retomar nuestras posiciones, pero no sabíamos que en esa zona la Contra había dejado minas personales: unas por aquí, otras por allá, una en la fuente de agua, otra en algún caño y así.

Cuando nos tocó recuperar esa zona con los BLI (Batallones de Lucha Irregular), me escogieron a mí para dirigirlos y para apoyar la escuadra de exploración y retomar nuestras posiciones anteriores. Paramos entonces la marcha porque yo quería subir un poco más para ver desde la cima del cerro y así dirigir mejor la escuadra. Al avanzar cinco o diez metros, pisé la mina.

Sólo recuerdo haber escuchado un ruido fuertísimo. Caí después de ser lanzado por los aires y no supe lo que había pasado. Estaba aturdido, quise levantarme y ponerme de pie y no pude. Entones me arrastré y avancé otros diez metros hasta que empecé a gritar y a pedir ayuda para que me sacaran de allí. Perdí la pierna izquierda -un tercio arriba de la rodilla- y uso prótesis desde el año 87.

La guerra no me aportó nada positivo. No creo que una guerra pueda aportar nada positivo a nadie. En 1996, cuando ganó las elecciones Arnoldo Alemán, fue cuando empecé a ver que los cuadros, los grandes cuadros de la Revolución, no eran moralmente lo que antes decían ser. Los pactos, las alianzas a espaldas del pueblo, los enriquecimientos ilícitos y demás corruptelas me decían una cosa, mientras ellos hacían otra y se contradecían descaradamente. Descubrí que había mucha demagogia, que no había congruencia entre lo que decía y lo que hacían y eso me hizo despertar a una triste realidad. Me sentí traicionado. Me siento traicionado hasta el día de hoy y ya no puedo defender a una mafia instalada en las cimas del poder”.

ALEXIS, 39 AÑOS:
“LA GUERRA SE NOS LLEVÓ LA JUVENTUD”

“Nací en Quilalí, Nueva Segovia. Me incorporé en 1986 a las filas de la Resistencia Nicaragüense. ¿Por qué? Teníamos una finca cafetalera para cuando empezaron las confiscaciones de propiedades. Nos evacuaron del campo y nos metieron en unos asentamientos. Voluntario, tomé la decisión de ingresar a las filas de la Resistencia porque los sandinistas le habían quitado sus tierritas a toda mi familia. Tenía 15 años cuando ingresé.

Los momentos más dramáticos los viví en la “Operación Olivero” en 1987 y en la operación “Danto 88”, al siguiente año, cuando la incursión que hicieron los sandi¬nistas, una operación muy grande y muy fuerte que terminaron ganando ellos. Siempre había situaciones difíciles en la montaña. El sufrimiento era atroz. El hambre, el cansancio y el agotamiento eran el pan de cada día. No teníamos medicamentos suficientes para curar las heridas o las enfermedades. Cuando salíamos heridos de bala era fácil agarrar una gangrena y morir, no había lugares a donde te llevaran y te cuidaran las heridas.

Lo más difícil era estar en combate sintiendo el temor de perder tu vida. Todos los seres humanos tenemos miedo en una batalla. Ambos bandos sienten miedo. En esos momentos sólo le pedís a Dios salir vivo, es la única manera de sobreponerte. Dios, principalmente Dios, es la única esperanza que uno tiene cuando te están cayendo balas alrededor.

Había también momentos alegres. Principalmente, cuando salías invicto en un combate donde no tuvimos ningún caído. También había momentos de sentirte bien con tus demás compañeros. O cuando algún familiar te mandaba una carta y le mandabas a decir que estabas bien y cuánto lo querías y lo extrañabas. Aunque eran pocos los momentos alegres, sí los hubo.

Lo positivo que me aportó la guerra fue la disciplina. La formación militar te fortalece y te da coraje. Nuestros jefes eran también campesinos, con una misma visión y teníamos un sentido de hermandad, un espíritu de cuerpo y una gran confianza entre nosotros mismos.

Compartíamos mucho, nos mirábamos como hermanos en todo momento y nos ayudábamos, sobre todo a los enfermos y a los heridos. Los campesinos nos brindaban un gran apoyo con información, con medicamentos, con alimentos, con los correos. Ése era un eje principal en la Contra: los correos. Si en la guerra no tenés información, no sos nada. El que tenía la información tenía el poder. Y los campesinos dieron sus vidas por brindarnos la información necesaria para ganar la guerra.

Me quedan recuerdos buenos y recuerdos malos de aquella época. Lo bueno es que ahora estamos en un país libre donde ya no existe guerra y ahora somos padres de familia con actitudes sociales diferentes. Tuvimos preparación y ahora luchamos para un desarrollo mejor para todos. Lo malo es que muchos se quedaron en el camino.

Cuando yo me desmovilicé en 1990 ingresé a la Policía Nacional. Nos formamos 150 policías en Chontales, y logramos continuar estudiando como policías. Fue bueno porque durante la guerra tuvimos que interrumpir nuestros estudios y perdimos nuestra juventud, la desperdiciamos toda. La guerra se nos llevó la juventud.

Estuve 18 años en la Policía Nacional. Me retiré hace tres años y ahora, desde la ARNIG (Asociación Resistencia Nicaragüense Israel Galeano-Comandante Franklin), dirigida por la Comandante Chaparra, nos encontramos con los hermanos de lucha y comentamos sobre aquellos años. Y seguimos luchando. Ahora por la tenencia y la legalidad de las tierras, por los derechos que tenemos como ex-combatientes. Hasta hoy el gobierno sandinista nos ha respondido. Luchamos también por las pensiones de los lisiados de guerra y las madres de caídos. Hoy, después de aquella época oscura, nuestro lema es: Si juntos destruimos, entonces juntos vamos a construir”.

LUCAS, 56 AÑOS:
“UNA CASITA ES LO ÚNICO POSITIVO QUE SAQUÉ”

“Antes del triunfo estuve desde el 77 con el FSLN en la clandestinidad, mientras se gestaba la revolución desde las montañas. Yo nací en Matiguás, Matagalpa. En los años 80 me llamaron a integrarme como instructor de los muchachos del servicio militar patriótico que replegaban a la mano armada de la Contra.

Fui instructor durante cuatro años, hasta el 84. El año más duro fue el 82. Un 16 de diciembre perdí mis dos piernas en un combate en San Fernando y me dieron la baja en el ejército. Sólo me faltaban tres meses para darme de baja cuando surgió ese combate en San Fernando. Nosotros, que estábamos concentrados en la base de Somoto, en el batallón 3009, fuimos llamados a reforzar. El Frente no tenía gente suficiente en la zona para ganar el combate y de los 170 hombres que habíamos, escogieron a 80 para refuerzos. Entre ellos iba yo, desgraciadamente. Salimos como a la una de la madrugada y en combate, tras una ráfaga de balas, me acribillaron mis piernas. No, no quiero hablar de aquel combate, todavía me afecta mucho cuando lo rememoro…

Antes viví otros momentos dramáticos en Puerto Cabezas, en el río Coco, en Waspan, Leimus y La Tronquera. Allí era duro, muy duro. En invierno todas esas zonas estaban llenas de agua. Teníamos que dormir en hamacas entre los pantanos, con el agua empozada en los pies, cubiertos de chayules, de zancudos… Era horrible, estuvimos allí durante casi dos años.

También hubo momentos alegres. En las montañas uno se habita con los compañeros y las familias quedan lejos, pero cada año había un permiso de ocho días para que las familias nos visitaran. Casi nadie se conocía por su nombre, nos llamábamos por apodos. Sí era difícil estar en el ejército. Nuestros jefes nos exigían mucha disciplina. Teníamos que adaptarnos al mando.

Después de la guerra me dieron una casa. Fui privilegiado porque no a todos los lisiados de guerra se la dieron. Por lo menos eso me quedó: mi casita. Es lo único positivo que saqué de la guerra.

Como militantes del Frente Sandinista, y ahora disca¬pacitados de guerra, los líderes del Frente nos tienen abandonados. Oigo que están regalando chanchos y gallinas, pero a nosotros no nos dan ni siquiera una silla de ruedas. A pesar de todo yo sigo en pie de lucha. Nosotros no traicionamos al Frente Sandinista. Ellos, los dirigentes, nos traicionaron a nosotros. Ortega sigue siendo un líder, pero un líder mal asesorado porque no actúa como debería de actuar. Nosotros, los desmovilizados de guerra, hemos pedido ayuda con las pensiones, pero no nos han aumentado ni un peso desde hace cuatro años que ganaron las elecciones.

Lo que le dan ahora a los campesinos son puras regalías. Están tapando agujeros y regalando cositas aquí y cositas allá para que la gente vote por ellos. Quieren ganar las elecciones sin ofrecer soluciones de largo plazo. ¿La política actual del gobierno? Comida para hoy, hambre para mañana”.

ISIDRO, 40 AÑOS:
“O ESTABAS DE UN LADO O ESTABAS DE OTRO”

“Mi familia tenía una finca de café cuando comenzaron los combates y las primeras confiscaciones de tierras. Nací en San José de Bocay, soy norteño.

En la madrugada de un día del año 83 llegaron los guerrilleros de la Resistencia mientras cortábamos café. Nos apiñaron y nos dijeron: “Aquí hay que unirse a favor de la patria porque Nicaragua es de todos y todos tenemos que poner un granito de arena para defenderla del yugo sandinista”. Ése era el cuento que le metían a todo el mundo y yo era sólo un chavalo de 13 años cuando me lo tragué.

Yo era el más chiquito de toda mi familia. Había escuchado hablar de la guerra pero no sabía lo que era. Aquel día, en lo que íbamos caminando con los militares al lado, nos dicen: “El que deserte, aquí mismo le volamos la cabeza”. Sembraban el terror entre los campesinos y si te agarraban como sospechoso de ser sandinista también te cortaban la cabeza.

Nos llevaron a Honduras y allí nos entrenaron durante cuatro meses en las bases militares hondureñas para después venir a pelear a Nicaragua. Estábamos en una encrucijada muy difícil: o estabas de un lado o del otro. Los campesinos, al estar desinformados, no podíamos elegir. No sabíamos decir si me conviene o no me conviene esa decisión. Fuimos manipulados, nos mandaron a combatir, a la fuerza. Los campesinos somos gente fuerte y práctica. Mi papá y mi mamá siempre me enseñaron a ser humilde y eso me ayudó mucho a enfrentar la guerra”.

“ÉRAMOS 300 Y SOBREVIVIMOS 60”

“Son diferentes momentos dramáticos los que viví en la montaña y en todos tuve miedo. Teníamos bajas a cada rato, los combates eran muy intensos. Uno andaba cargando heridos cuando ni siquiera había comido y tampoco andaba muchas municiones para defenderse. Esas cosas lo desgastaban a uno física y moralmente. Uno también anda pensando en su familia, a la que no ves. Uno no tiene comunicación con su familia y se desconecta totalmente. Sin embargo, tenés que ser fuerte y resistente y sacar energías de donde no las tenés.

Primero operamos en Nueva Segovia. Cuando los sandi¬nistas nos penqueaban y nos hacían retroceder hasta la frontera, entonces nos abastecíamos en Honduras. Ya abastecidos, entrabamos a Jinotega, luego a Matagalpa. Andábamos como las hormigas locas, sin rumbo cierto, no teníamos un paradero claro ni podíamos hacer planes porque lo único que te quedaba era acatar las órdenes y buscar cómo salvar tu pellejo.

Hubo momentos alegres también. Uno hace amistad con los compañeros y cuando logras descansar te desahogas contando chistes y riéndote con el otro. Así uno se calma. Nos enseñaron que todos teníamos que ser unidos y compartir todo entre todos, pero habían sus bandidos que se te iban arriba o te robaban el agua y cosas así, pero todo pasaba entre nosotros y eso hasta te causa risa al recordarlo. Pero fueron tiempos muy duros. Si me preguntaras si yo volvería ir a la guerra te respondería que ni que estuviera loco. Ni le deseo ni le recomiendo a nadie que se meta a eso.

En mi grupo éramos 300 soldados y con costo sobrevivimos 60, entre cotos y ciegos. Todos pensábamos que íbamos a ganar la guerra, todos teníamos esa mentalidad, pero al final te dabas cuenta que no tenía sentido ni ganar ni perder. Nos manipularon. Eran una mafia.

Toda esa gente que nos involucró nos hizo tremenda jugada. Mientras ellos estaban en Miami y se hacían millonarios con la guerra que financiaban, nosotros moríamos en las montañas. Ellos no volaron ni un solo tiro y se hicieron grandes señores con cuentas en el banco, vehículos de lujo y fincas. ¿Y nosotros qué? Nosotros fuimos descalzos a la guerra y salimos descalzos”.

“FUIMOS TRAICIONADOS TODITOS”

“En política, si vos no la sabes manejar, mejor no te metás. Si alguien te habla de política y vos no sabes lo que esa persona está haciendo a tus espaldas, entonces actuás desde la ceguera. Eso fue lo que pasó con nosotros. Reclutaron a un montón de ciegos políticos. Hoy, los campesinos que entraron a la guerra están abandonados y nadie los vuelve a ver. Perdimos el tiempo y la juventud que teníamos.

Éramos jóvenes y no logramos estudiar. Ahora todos los que fuimos combatientes andamos por los 45 ó 50 años y ya no te dan siquiera un trabajo. Lo mejor de nuestras vidas quedó truncado. Me siento traicionado por un grupo de bandidos que nos reclutaron para la Resistencia. En realidad, fuimos traicionados toditos, tanto los sandinistas como los de la Contra. Todos éramos nicaragüenses y perdimos el tiempo en una guerra espantosa.

No a la guerra: ésa es mi recomendación. Todos los nicas tenemos que estar unidos y mirar hacia adelante para que nuestros hijos estudien y para que sean mejores que nosotros algún día. Las nuevas generaciones no tienen que cometer el error que cometimos nosotros. Si alguien me pregunta yo le doy mi consejo: No a la guerra. No es justo que las familias nicaragüenses sigamos en zozobra por unos cuantos que están en el poder, porque al final son las familias de este país las que pagan los errores políticos de los grandotes”.

CARLOS, 46 AÑOS:
“TRAIGO LO GUERRILLERO EN LA SANGRE”

“Soy de los barrios orientales de Managua. Cuando la guerra tenía 15 años. Perdí mi pierna izquierda en una emboscada que nos hizo la Contra allá por Laguna de Perlas.

Yo traigo lo guerrillero en la sangre porque tengo dos hermanos caídos en combate. Uno que murió en San José de las Mulas en la masacre de los 23 jóvenes que la Contra mató en el 83, y otro que murió en la guerra de liberación nacional el año 79. Lo agarró aquel famoso “Macho Negro”. Lo desapareció y nunca lo volvimos a encontrar. Y a como dice la canción de los Mejía Godoy, su tumba, la tumba de mi hermano desaparecido “es todo el territorio nacional”.

Viví varios momentos dramáticos durante la guerra. Uno me quedó grabado. Estábamos en la cuenca de Laguna de Perlas, Orinoco y la Cruz del Río Grande.

Íbamos para una misión y estaba lloviendo desde la mañana. Esa zona es bien húmeda y allí el paisaje es puro fango, suampos y manglares, porque la costa está cerca. Íbamos hacia El Tortuguero, caminando todo el día hasta que en la tarde nos topamos con un río. En realidad era un riachuelo que se creció y se puso copioso. Éramos un pelotón de 30 hombres. El río estaba tan bravo y tan lleno de agua que tuvimos que botar un palo con un hacha para poderlo cruzar. Mientras botábamos el palo, que fue dilatado, el río agarró más y más agua. Pasó la primera escuadra y luego, con costo, la segunda. Cuando llegamos la tercera escuadra, nos agarramos de un mecate y lo amarramos a un palo de un extremo para llegar a la orilla, pero se puso jodida la cosa. Íbamos pasando agarrados al mecate, pero con el peso el mecate se aflojó y el jefe del pelotón, que no sabía nadar, se dio vuelta con la mochila y se hundió. Yo lo agarré del pelo, pero me fui yo también al fondo del caudal. Cuando me voy quitando la mochila para poderme salir del agua encontré una “rama divina”, me agarré de ella y logré salir y sacar al broder que ya se nos estaba ahogando. Esa vaina no se me olvida. Para ser honesto, fue allí cuando más cagado me puse”.

“LA MONTAÑA FORJA AL HOMBRE”

“Yo creo que la guerra sí me aporto algo positivo. Yo mantengo el principio de que la montaña forja al hombre porque vos aprendés a compartir con los compañeros, a solidarizarte con los compañeros. Si yo llegaba a un lugar donde los campesinos, yo partía una tortilla mitad y mitad: “Tome, mi hermano, la mitad es suya”. Andar en el monte te forja valores buenos, amistades verdaderas, allí sabés quién es quién. No, no son vainas. Había jefes que eran vendidos. Yo conocí jefes que mandaban a las tropas y ellos se iban a carnavalear y a beber guaro mientras uno andaba volando balas. Pero había otros jefes que se ponían a la par del soldado y eran consecuentes y te decían: “¿Vas a caminar? Vamos a caminar. ¿Vas a sufrir hambre? Vamos a sufrir hambre. ¿Vas a comer mierda? Vamos a comer mierda”. Yo, por suerte, me encontré jefes que eran moridores.

Los momentos más alegres llegaban cuando recibías una carta de un ser querido, de mi abuelita o de mi mamá. Cada vez que decían que venía correspondencia yo me alegraba. Cada vez que me decían que un compañero que se fue herido, estaba vivo, era otro momento de alegría. En la montaña la onda era chocar. Si vos no chocabas andabas mal, porque entonces no tenía sentido andar en la montaña. Si vos chocabas ya te alegrabas. Chocar era pelear, combatir, volar balas.

Yo soy sandinista, pero no de banderitas que ponen en los carros. Porque ahora todo mundo es sandinista, todo mundo se pone una camiseta y te saca una bandera y te dice: Yo anduve en la montaña. Y te agarran y te quieren vociferar. Pero yo soy sandinista porque me cuesta serlo y no porque soy oportunista, pues he tenido oportunidad de agarrar y no he agarrado nada, porque ése no es mi estilo, ¿viste?

Para los tiempos de don Enrique Bolaños y durante los 16 años de gobierno liberal, las pensiones de nosotros, los lisiados de guerra estaban en 531 córdobas mensuales. Todo fue que viniera el Comandante Ortega y nos subieron a 1,200 córdobas. Ahorita me tienen en 3 mil córdobas y esa cantidad no te cae nada mal. Además, como desmovilizados, tenemos exoneraciones en el pago de nuestras casas, descuento en la luz y en el agua y muchos beneficios más. Hay compañeros que ni siquiera caminan y la pensión de ellos anda por los 5 mil córdobas. Y en comparación a lo que nos daban antes, esa cantidad no está nada mal”.

COMANDANTE “PAPILÓN”, 60 AÑOS:
“SE SIGUEN LUCRANDO DE NOSOTROS”

La mayor parte de nuestra gente se involucró voluntariamente a la Resistencia. Ninguno tenía salario, a menos que fueran las personas que estaban en los directorios y en los altos mandos. Esos sí devengaban un salario.

Recuerdo con mucho dramatismo la primera incursión militar que hicimos el 2 de enero del 83. No había reabastecimiento en ese tiempo. El comandante Renato nos dijo: “Vamos sin regreso”. Y es que el ejército sandinista era demasiado grande y nosotros éramos unos pocos. En otras palabras, nos estaban probando para ver si nos podían dar la ayuda que nos dieron después. En esa época eran dos fuerzas principales las que entraron, la “Jorge Salazar” y la “San Jacinto”. Hubo momentos alegres también. En un entrenamiento militar siempre hay una voz de mando fuerte que te está preparando, pero esa voz de mando también debe tener buen ánimo y carisma para la gente y sale entonces con un chiste y todo mundo se ríe. En otras ocasiones, estás en el entrenamiento y vas cantando y te salís de la fatiga y te metés en la música que vas cantando. Así superás el mal rato. Los ejércitos del mundo le llaman “garra” a tu amigo inseparable. En nuestro idioma le decimos “liga”. Era aquella persona que si vos ibas al baño, él te acompañaba y viceversa. Así de cercano éramos, como uña y mugre, entre los amigos combatientes.

Yo fui uno de los fundadores de la fuerza contrarrevolucionaria “Jorge Salazar”. Fui uno de los pioneros y salgo en un libro publicado recién por Adolfo Calero Portocarrero, “Crónicas de un Contra”.

Es un libro que están vendiendo, pero yo no recibo un solo centavo por las ventas. Ellos se siguen lucrando de nosotros, porque me sacan en ese libro sin mi consentimiento. Pusieron una foto mía y unas frases mías, pero a mí no me consultaron nada. ¿Qué pasó con esos dividendos? Ellos siguen haciéndose ricos. Ellos siempre estuvieron bien y siempre siguen bien. Simplemente nos usaron y nos tiraron a la montaña. Ellos, quienes protagonizaron la capitulación de la guerra nos negociaron.

Cuando nos desmovilizaron en 1990, nos dieron un pantalón y una camisa y hasta allí. Entregamos las armas sin ninguna seguridad. Luego de la desmovilización en el campo había rencillas y se dieron acontecimientos bastantes feos”.

“¿QUIÉN HABLA POR NOSOTROS?”

“Si nos ponemos a analizar de dónde venía todo el dinero para la Contra, quedamos con las manos en el aire. Ahora nos miran como nada. ¿Por qué no nos apoyan en los proyectos de nuestra gente? Quizás ya no a los viejos como nosotros, pero si a nuestras familias. Nosotros hicimos nuestras propias familias a raíz de la desmovilización de los 90. Fue el momento cuando, por fin, comenzamos a hacer nuestra propia vida. Ahora tenemos hijos y queremos que terminen de estudiar, porque nosotros no lo pudimos hacer.

¿Qué pensiones nos dan como víctimas de guerra? Resulta que ahora no te tasan como víctima de guerra, sino que te tasan por el carnet de afiliado del seguro. En aquel entonces, además de ser combatiente vos tenías un seguro porque eras un obrero o un profesional activo y cotizante. Ahora te tasan por ese carnet y no como víctima de guerra. Es injusto, no debería ser así. Siguen haciendo lo que quieren con nosotros. Sería importante que nos apoyaran. Tan siquiera el gobierno norteamericano, que fue el que nos mandó a la guerra y ahora nos dejó como nada, debería apoyarnos. ¿Quién habla por nosotros? El gobierno gringo nos debería estar apoyando. En el norte hay campesinos de nosotros, que fueron contras, que ganan 30 pesos al día bien penqueados y así se mueren, sin ningún apoyo ni ayuda, sin nada.

Nosotros no tenemos ningún resentimiento con el otro bando, con los sandinistas. Ya no son nuestros enemigos. La guerra ya pasó y, desgraciadamente, fue entre los mismos nicas. Me gustaría que los ONG de este país y de los países que estuvieron involucrados en la desmovilización, la ONU y la OEA, metieran proyectos para el cambio de vida de nosotros. ¿De qué nos sirve ahora que el gobierno nos dé un título de propiedad, a 21 años de la guerra y la desmovilización? Todavía los desmovilizados buscan su gestión para que les den su título de propiedad. Los gobiernos anteriores, no lo hicieron. Y si hoy nos dan el título, ¿por qué no nos dan un financiamiento para poder aprovechar la tierra? Tenemos… pero no tenemos.

Ahora somos ciudadanos comunes y corrientes, en eso nos convirtieron. Pero fuimos caballeros de la guerra y lo seguimos siendo, a pesar de que ya estamos bastante macizos. Mantenemos siempre nuestra palabra y nuestra posición, pero nos siguen ninguneando. Eso es doloroso.

¿La guerra me aportó algo positivo? Respondo a secas: nada. Yo creo que ninguna guerra aporta nada positivo a nadie. Ninguna”.

ROGER, 44 AÑOS:
“LA GUERRA TE HACE MADURAR MÁS RÁPIDO”

“Me incorporé voluntariamente en el Ejército Popular Sandinista cuando tenía 16 años. Nací en Matagalpa. Fui a la guerra siguiendo ese sentimiento revolucionario que inspiró a tantos después del triunfo de 1979. Era un proyecto que favorecía a la mayoría de los más pobres de Nicaragua, por eso lo hice.

Mi primera impresión de la guerra fue la crueldad de los combates donde murieron mis primeros compañeros. Ver tanta sangre, ver tanto muerto y ver tanto herido me impactó muchísimo. Pero esas mismas imágenes me llenaron de coraje para seguir librando la batalla por una Nicaragua libre. Yo me sentía como metido dentro de esas películas norteamericanas sobre la guerra en Vietnam. En la montaña te trasladás y te metés en un mundo diferentísimo al mundo tranquilo de la ciudad. Era algo totalmente nuevo para mí.

Estuve involucrado en el batallón de lucha irregular “Farabundo Martí”. Allí fue mi primera experiencia militar. Eran enfrentamientos cuerpo a cuerpo con la Contra. Desde muy chavalo me había incorporado al movimiento “Luis Alfonso Velázquez Flores” y después a la Juventud Sandinista. Participé también en los cortes de café. Todo para defender la revolución.

Hubo momentos tristes y momentos alegres. Cuando descansábamos, hacíamos chistes y nos acordábamos de las novias que habíamos dejado en la ciudad, de los chavalos de las fiestas. También hablábamos de lo que íbamos hacer si salíamos vivos de la guerra. Hoy recuerdo todo eso con nostalgia, pero también con alivio. Alivio porque yo salí vivo. La guerra me aportó muchas cosas positivas. Aprendí a valorar más la vida y a tenerle amor a las personas. Éramos chavalitos los que andábamos, y andar a esa edad en guerra te hace madurar mucho más rápido.

La relación entre los jefes y nosotros era muy fraterna. Había una comunicación total y ésa era la base para subsistir en la montaña. Además de estar bien preparado física y mentalmente, tenías que estar bien informado. Fue duro. A veces nos tocaba dormir sin cambiarnos la ropa ni bañarnos durante semanas. Dormíamos con las botas puestas y el animalero de la selva encima. ¿Cómo sobrevivir? Por tus propios principios. La relación entre nosotros, “los compas”, era cordial. Allí el que no cooperaba se moría de hambre. Por eso era tan necesario el espíritu de unidad total entre nosotros. Una vez al año nos daban quince días para visitar a la familia. Eran quince días que se sentían como quince años.

Han pasado ya 21 años desde que los nicas nos andábamos matando en la montaña, cada quien defendiendo lo que creía que era correcto. Viendo hacia atrás, creo que al fin y al cabo valió la pena la lucha. Veo positivo que ya no hay guerra y que los jóvenes de hoy puedan disfrutar de esta realidad. Ya no existe el fantasma de la guerra”.

“EL FRENTE SE CORROMPIÓ”

“Yo fui herido dos veces en combate. Muchos fueron heridos como yo. Y desgraciadamente, también herimos a los hermanos del otro bando que en aquel entonces miramos como enemigos. La guerra es lo peor para cualquiera. No se lo deseo a nadie. Y eso que yo salí completo de la guerra, pero tengo amigos que perdieron un brazo, un ojo, los dos brazos, los dos ojos. Son lisiados o están en silla de ruedas y no pueden contar la misma historia.

Ahora el partido sandinista ya es otra cosa. Yo participé activamente en las campañas del Frente hasta el 90. Actualmente sigo siendo militante, pero considero que los tiempos han cambiado. Por eso me retiré para seguir estudiando y buscar mi propio trabajo. A este gobierno le hace falta iniciativa. No valoran la preparación de uno. Yo tengo dos carreras. Saqué un técnico en Agronomía en León y después Ingeniería Agrónoma en la Universidad Nacional Agraria. Después, un posgrado en formulación de proyectos en la UCA y recientemente, en febrero, salí como administrador de empresas en la UCC. ¿Y todo eso para qué? El gobierno no valora la capacidad de la gente formada.

A mí no me han dado respuesta. Por medio de un amigo que trabaja en el Estado he metido currículo para ver si me dan trabajo y he corroborado con papeles en mano toda mi trayectoria anterior en las filas del Frente, pero parece que el partido está más interesado en reclutar gente por argolla, antes que reclutar a las personas por sus capacidades y sus méritos intelectuales o académicos.

Tengo un año de estar esperando la respuesta del partido, y hasta la fecha nada. Soy nada para ellos. Ahora los cargos son elegidos al dedazo. El partido se corrompió. Antes se hacían asambleas y uno realmente votaba y nos tardábamos hasta dos días para sacar una resolución. Ahora todo mundo ya sabe a quién van a elegir de antemano. Hay menos participación en las bases, ya no es democrático, todo cae verticalmente desde arriba”.

COMANDANTE “HUGO CHELE”, 59 AÑOS:
“NO NOS RECLUTARON, FUE POR NUESTRO GUSTO”

“Nací en La Concordia. Yo tenía 26 años cuando tomé la decisión de entrar a la guerra. Tuve muchos problemas en los años 80, pues trabajaba en comercio y un primo mío que trabajaba en la Seguridad del Estado empezaba a cuestio-narme porque yo me reunía en la zona de Yalí con los contras. Entonces tuve que refundirme en la montaña con la Resistencia.

El momento más duro que viví fue un combate donde le dicen Zompopera. Andábamos solamente 100 hombres y nos encontramos con nueve compañías enemigas, 910 hombres del otro bando. En un puesto a la retaguardia nos cayó una lluvia tremendísima, pero yo había logrado avanzar en arrastre hacia el lugar donde estaban los primeros sandi¬nistas en una colina cercana. Se vino otra lluvia que nos nubló la visión y me mataron a tres de los cuatro puestos que tenía yo en ese lugar.

Yo era el jefe de la escuadra. Cuando les caigo a los sandinistas en asalto, les quito la primera columna desde la colina cercana donde los había sorprendido. La respuesta de ellos fue tan feroz que comencé a avanzar y a avanzar y a avanzar para salir de allí, porque enfrentar a tantos hombres era un suicidio. Avancé desde las 9 de la mañana y salí de allí como a las 6 de la tarde. Logré escapar del anillo donde yo estaba metido, logré salir gracias a Dios, pero allí perdí, a tres hombres que me mataron en el puesto, a dos que me mataron en el asalto y a otros tres heridos, que tuvimos que llevar a curar al campamento.

En la montaña también hubo momentos alegres. Cuando estábamos en la base andábamos alegres. Teníamos una grabadora y cuando llegábamos a tierra pacífica nos poníamos a bailar y matábamos una vaca y nos la comíamos. Uno armaba su propia jodedera para no sufrir tanto la guerra. Yo siempre le decía a mi gente que esta guerra iba para largo y que teníamos que ser más tácticos en el combate. Andábamos conscientes de en lo que andábamos metidos y eso elevó nuestra moral. Nosotros no habíamos sido reclutados, sino que andábamos con nuestro propio gusto. A pesar de que los muchachos y yo hicimos todo lo posible por tener ratos alegres, yo pienso que la guerra no me aportó nada positivo. Los nicas nos matamos entre nosotros mismos y hubo un montón de muertos sólo por defender a cuatro o a ocho individuos que estaban en el poder.

A veces me acuesto y hago memoria de todos los lugares por los que anduvimos y pienso en cuántos hermanos quedaron abonando la tierra con su sangre y aquellos jefes que dijeron que eran jefes no se acuerdan de ellos. Soy franco: yo me siento traicionado. Lo digo claro y pelado: la negociación y la desmovilización que nos hicieron a los contras fue a cambio de nada.

Nuestra desmovilización fue vergonzosa. Hubo dinero para financiar la guerra, pero no hubo dinero para todo lo que pasó con nosotros después de la guerra. Nuestra desmovilización pudo haber sido mucho más decente, pero así nos despacharon: con un par de botas de hule y un uniforme, aquella gabacha que parecía que veníamos saliendo del hospital. No fue justo ni fue honroso para nosotros terminar de esa manera. Por eso me siento traicionado y no me da miedo decirlo”.

LA GENERACIÓN TRAICIONADA

Estos ocho testimonios nos muestran que el miedo no tenía nombre ni bando específico. Tanto los contras como los sandinistas sintieron miedo en las montañas donde sudaron con su sangre, donde se jugaron la vida y se jugaron la muerte, unos a la fuerza, otros con consentimiento, todos con el deseo de sobrevivir y de llegar a la paz. Era necesaria, aunque no ha sido definitiva esa paz, ya que son muchas las cuentas pendientes que tienen los jefes de estos valientes guerreros, protagonistas de páginas oscuras de nuestra historia nacional, donde -sin tener aún cifras exactas- se ha calculado que murieron, sólo del bando sandinista, por lo menos 25 mil muchachos del servicio militar, casi 30 mil reservistas y milicianos y un poco más de 3 mil miembros permanentes del ejército.

La lucha sigue. Sus reivindicaciones continúan. Sus familias claman por ayuda y por el respeto a sus derechos. Mientras, a mí, como joven y escucha tardío de estos testimonios desgarradores, sólo me queda plasmar algo de lo que mis hermanos nicaragüenses vivieron. Me queda hablar por ellos en estas páginas para que sus memorias tengan eco en mi generación y no se repitan los errores.

Esta generación se siente traicionada por los dirigentes que la utilizaron para llegar hasta donde están ahora, pisándolos desde arriba. Sus voces son de alarma: la democracia y la justicia que estos hombres merecen y por las que lucharon son aún una tarea de todos.

COMUNICADOR SOCIAL.

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